viernes, 2 de septiembre de 2022

La ira o los atentados

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La suerte o como lo queramos llamar ha salvado la vida de la vicepresidenta argentina, Cristina Fernández. Algo hizo que el arma, con cinco balas, no disparara ninguna cuando fue apuntada a escasos centímetros de la mandataria. Su agresor, según los primeros datos, es un brasileño de 35 años. No hay más por ahora. Solo las reacciones de rechazo de políticos argentinos y de todo el mundo ante el intento de asesinato.

Las noticias sobre la violencia en la política se multiplican en muchos lugares. El asesinato de Shinzo Abe, apuñalado en plena calle durante un mitin en Japón, ha sido el más reciente, pero lo cierto es que la violencia se extiende en estos tiempos y apunta hacia la clase política, cada vez más arriba y selectiva. Una oscura historia con una secta religiosa ha sido la explicación del asesinato de Abe.


Podemos analizar el fenómeno desde diferentes puntos, tanto por la crispación política, la polémica como base de la comunicación o la interacción, de la que hablábamos precisamente ayer, que sería considerar que la violencia verbal acaba degenerando en física y que los ataques de unos políticos a otros acaban tomando forma física, o considerarla como una efervescencia que sube desde la calle y busca los objetivos más altos con los que saciar su creciente ira.

Otros preferirán una tercera vía, que es la de la salud mental. Me llamó la atención que el primero mensaje que me llegó al teléfono sobre lo sucedido con Cristina Fernández, fuera de la Asociación Argentina de Salud Mental. Fueron los primeros en lamentarlo o, al menos, el primero que me llegó.

Como en todo fenómeno de gran complejidad, las explicaciones no tienen por qué ser iguales en cada caso y la aparición de noticias, aunque el factor imitativo, puede ser también un desencadenante, un ofrecer alternativas que la mente del "perturbado" aprovecha para adquirir notoriedad.

Sea por los motivos que se lo cierto es que hay un enorme estado de crispación política por todo el mundo. Diciendo "crispación" intentamos recoger, aunque sea de manera general, un estado alterado que tiene su objetivo fijado en los políticos, a los que hace responsables de los males que les aquejan.

No sé si a las sociedades "felices" se les ocurren estas cosas, pero sí parece claro que las profundas crisis que nos aquejan —del clima a la economía pasando por las guerras— nos pasan factura creando grandes tensiones que se liberan de muchas formas, pero que se redirigen ahora a ese "otro" al que se responsabiliza y que puede tener múltiples caras: individual (como los casos comentados de Abe y Fernández) o colectiva (los otros dentro del espectro político, los otros de la xenofobia, los otros de otras creencias, etc.)

No sabemos mucho de por qué un brasileño de 35 años intenta matar a Cristina Fernández o por qué alguien, como hace unos días, cose a puñaladas a Abe. Sí sabemos algo más, aunque no mucho, del otro apuñalamiento, el de Salman Rushdie, no hace muchos días. Rushdie no es un político, pero sí un objetivo político, pues no puede entenderse su caso como realmente una lucha religiosa, sino más bien como de una transformación de lo religioso en político mediante una fatwa.

Las crisis producen exasperación, angustia, enfrentamientos, inseguridades y, especialmente, ver a los demás como enemigos si la situación se prolonga mucho y, además, es manipulada para dirigir la ira contra personas. Por eso, creo que estos incidentes son una mezcla de todos ellos con diversas variantes que matizan cada caso.

Vivimos en tensión y eso afecta a nuestra toma de decisiones. Vivimos cercados por dificultades reales y amplificaciones mediáticas y políticas que cada día nos bombardean y estimulan con los conflictos reales, impactándonos se produzcan donde se produzcan, que al final es en nuestras propias mentes. Somos la salida final de la cloaca de violencia e ira que se va acumulando y que se rompe por los eslabones sociales más débiles. Hay que reducir la "violencia"

No se trata solo de los políticos. Donde la violencia estalla, lo hace de forma virulenta, irracional muchas veces, con motivos absurdos. Pero nadie quiere hablar; prefieren estallar en el patio de un colegio, en las calles en fiestas nocturnas, etc. Hay mucha ira contenida buscando un destinatario en quien desahogarse. Quizá primero empieza creciendo la ira y después se busca en quién desahogarla, un objetivo asequible.

Preocupa la violencia irracional, la que se desahoga a las primeras de cambio, un día tras otro y a la que parece que nos acostumbramos. Nos fijamos en la ira contra gente notoria, pero quizá es más peligrosa la que estalla simplemente una noche en mitad de unas fiestas, sin más explicaciones. Quizá estamos más enfermos de lo que pensamos y seguimos lanzando leña al fuego.


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