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miércoles, 2 de noviembre de 2016

Eras

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
«No cabe duda de que hemos entrado en una nueva era»*. Así comienza el historiador Anthony Beevor el artículo publicado en el diario El País, titulado "Una nueva época, un mundo infeliz". Tengo mis recelos sobre las divisiones históricas más allá de los manuales escolares. El problema es que la gente las acaba tomando literalmente, como si atravesáramos una puerta y saliéramos de una habitación para entrar en otra. Hace unos días corregía en un texto que me pasaron un comienzo similar, "no cabe duda", porque me parece una expresión cada vez  más dudosa y, sobre todo, transmisora de una seguridad y confianza de la que uno se va desprendiendo con el tiempo. Yo, por mi parte, tengo todas las dudas sobre que existan siquiera las "eras" históricas más allá, como decía, de aclarar las cosas a los pobres alumnos que aprenden cosas como ciertas  en los niveles más elementales para descubrir cuando llegan al final de sus carreras académicas que la obligación de uno es dudar y que solo en la duda hay progreso. No hay que confundir la duda, en el sentido que expresamos, con la indecisión, que provoca lo contrário, parálisis. La duda valiosa es la que provoca distanciamiento y autocrítica, es la que busca soluciones mejores a lo que uno mismo propone.
Como Anthony Beevor no tiene duda alguna sobre lo de la era, traslada sus dudas a la capacidad de los historiadores para desentrañar sus causas: «El problema es que los historiadores tardarán años en determinar si los grandes cambios que estamos experimentado tuvieron relación entre sí o si se produjeron simultáneamente por casualidad.»* No sé cómo aceptarán los historiadores esta tarea encomendada. Aquí "determinar" tiene un sentido excesivamente fuerte para lo que los historiadores van a poder alcanzar. La complejidad de los fenómenos históricos es tal que difícilmente se atreverá ya nadie a formular esas macroteorías que lo unan todo. Toda explicación en este sentido es una simplificación, pero en este caso es dejar demasiadas cosas fuera, llamar "todo" a muy poco.
Debo confesar que, al igual tengo las dudas que me caben (que son muchas), tampoco me agrada esa forma de entender la historia como un guión lleno de casualidades. Entre el rígido argumento causal y la casualidad hay algunas vías más sensatas, si bien hay que señalar que son esas oscilaciones las que hicieron bajar a la Historia del trono humanístico y ceder en sus pretensiones.


No hay campo o disciplina que en el siglo XX  no haya sufrido algún correctivo a su petulancia o, quizá mejor dicho, a la de los que les ponen voz. Si hasta las "exactas" matemáticas tuvieron su Gödel, las Ciencias Sociales y en especial la Historia, experimentaron la corrosión de las pretensiones de lo absoluto, la certeza y demás seguridades que otros tiempos permitían, pero que estos ya no. Una cosa es tratar de explicar por qué ocurren ciertas cosas y otra creer que lo que ocurre tenía que ocurrir.
Alguien me dirá que Beevor está hablando metafóricamente y puede ser. Pero lo cierto es que el artículo está lleno de esas "certezas" que sirven para poner esas puertas y ventanas al flujo del tiempo. La Historia no existe más que como percepción y construcción humana, como forma de discurso explicativo o como teoría, como manera de intentar aclararnos nosotros mismos sobre lo que nos acontece. Por ello las preguntas y desafíos que Beevor lanza a sus colegas no se resolverán nunca. Simplemente habrá alguien que sostenga con la autoridad suficiente la afirmación de que es así, de que tal y tal acontecimiento son resultado estos otros. Podremos apilar montañas de documentos, pero tal como ocurría en Los apuñaladores, la obra de Leonardo Sciascia, que intenta reflejar "lo sucedido" realmente en Sicilia en el siglo XIX. Los documentos acaban formando una niebla sobre los que ocurrió, que está perdido en el tiempo, desaparecido. Quedan sus restos y estos son interpretables. La Historia no necesita distancia, como se dice. La distancia en realidad sirve para acallar polémicas al alejarse los discursos de los hechos ocurridos. La Historia no son los hechos sino su relato y explicación, que cada época necesita rehacer para comprender porque ella misma ha cambiado. Por ello dudo que en el futuro, los historiadores acepten el reto de Beevor pues le parecerá irrelevante para lo que a ellos les está preocupando en aquellos futuros momentos.
Escribe Anthony Beevor tras señalar los hitos que le parecen que configuran esta nueva era en la que hemos entrado, aunque no sepamos de cuál hemos salido:

En los últimos tiempos hemos asistido a un importante aumento de lo que yo llamaría la “dramatización deformada de la realidad” tanto en documentales como en películas de ficción. El peligro es que, en la actualidad, para la mayoría de la gente esta “historia para entretener” es la principal fuente de conocimiento histórico.
La obsesión de Hollywood por afirmar que una película es real incluso cuando es ficticia en su práctica totalidad es un fenómeno relativamente nuevo. Por lo visto, ahora hay que comercializarla proclamando su autenticidad. De vez en cuando se refuerza la falsa sensación de verosimilitud proyectando aquí y allá nombres de lugares y fechas concretas, como si el público estuviese a punto de presenciar una recreación fidedigna de lo que sucedió determinado día, algo que resulta especialmente lamentable cuando se trata de personas que solo han tenido contacto con el tema a través de la ficción cinematográfica o televisiva. Poco después del estreno de la película El Código Da Vinci, en Gran Bretaña se hizo un estudio para investigar sus efectos. A pesar de que la película es ciertamente absurda, la encuesta mostró que, después de verla, casi la mitad de la muestra diseñada para representar a la población estaba convencida de que María Magdalena había tenido un hijo con Jesús y de que su linaje pervivía hasta hoy. El incremento de la ficción realista coincide con una época en la que mucha gente tiene cada vez más dificultades para distinguir entre fantasía y realidad.*


Realmente no sé si esto se trata de una "novedad" que define a nuestra "era" o si solo se trata de una variante más de la "ignorancia", algo existente a lo largo de las épocas. Los antiguos tenían sus propios relatos, los mitológicos, que aceptaban como buenos hasta que dejaban de hacerlo. En realidad —esta tarde han puesto en un canal televisivo una película de un Thor galáctico, no por ello menos "dios" dentro de su universo y con un padre poderoso que se parecía mucho a Anthony Hopkins— lo que hay que definir es la realidad y la fantasía. Para el escritor y periodista Tom Wolfe, la "teoría de la evolución" darwiniana es un cuento, poco más o menos como El Código Da Vinci, según acaba de contarnos en una entrevista en El Mundo. Algunos autores del siglo XVIII recogen en sus escritos que cuando viajaban a Inglaterra, los amigos le mandaban recados para los personajes de las novelas de Richardson, que tomaban como ciertas y a ellos como existentes. Muchos no dudaban de la existencia de Werther o Lotte. Por su parte,  Napoleón aparece en Guerra y Paz y contribuye a configurar su imagen en la Historia tanto como otro tipo de textos.


El mundo se ha llenado de gente que no distingue la realidad de la fantasía, sí, pero también es cierto que algunos comienzan a no distinguir lo probable (en mayor o menor medida) de lo cierto, que es muy escaso.  Lo que sí ha aumentado, creo yo, es la cantidad de personas deseosas de que aceptemos sus ficciones, fantasías y embustes como realidades o verdades. El cine de Hollywood es uno, pero creo que no es el único ni quizá el más peligroso. 

Lo que creo que ha aumentado es el número de gente ignorante que recibe información y por ello da su opinión. El ignorante solía callarse por prudencia; pero ahora se le invita a manifestarse y se le dan todos los medios para que lo haga. Ya en Platón se discute la diferencia entre el conocimiento y la apariencia de conocimiento. No creo que sea una novedad, pero sí la virulenta intensidad.
"Realidad", "hecho" y "verdad" no son lo mismo, como tampoco lo son "ficción" y "mentira". La Historia es fabricación humana, una forma de discurso que selecciona, agrupa, conecta y explica. El discurso de la Historia no es la realidad; es una forma de relato que contiene "acciones" y "afirmaciones", pero no la "realidad", que se nos escapa entre los dedos del conocimiento. No aspiremos a la verdad (por la que muchos matan y mueren) sino a la "coherencia", que suele ser menos dogmática y más razonadora, que puede cambiar por pequeños detalles, como esa moneda encontrara en el acueducto de Segovia que ha obligado a cambiar todos los folletos donde constaba su antigüedad y en tiempo de quien se construyó. Esa monedita ha tirado por tierra las pretensiones de los expertos, que le habían echado más años y se la apuntaban a otro emperador romano***. Lo que hasta ayer era verdad, hoy eso solo historia de la Historia. Y así funciona la Ciencia en casi todos sus campos con humildad y reparación rápida de los errores detectados.


Todo es humano, demasiado humano. Y ni siquiera "humano universal", sino empapado de diferencias culturales, con escrituras de la Historia diferentes y en discordia. No sé cómo interpretarían sus certezas en otras partes del mundo que no comparte explicaciones ni percepciones.
Casi nunca se mata la gente por lo que se dice en Física, Matemáticas o la Química, que tienen formas de intentar probar lo que dicen. Sí en cambio, nos matamos con frecuencia por lo que pone en nuestros campos sociales: la Economía y en especial la Historia. Eso quiere decir que le damos más importancia a las visiones del mundo que al mundo mismo, que nos importa más la verdad (que es nuestra) que los hechos (que se han esfumado).
En realidad no estamos entrando ni saliendo de nada. Hace unos días otro reportaje se quejaba de la necesidad establecer con claridad las fronteras de la juventud, la infancia, la madurez, la vejez, etc. Igualmente son líneas que se le pintan al continuo de la vida, convenciones para aclararnos y poder jubilarnos todos a la vez o sacarnos un carné de conducir. En la realidad, un día nos sentimos más jóvenes que otros y algún día nos llega la vejez por sorpresa o, como cantaba Sinatra, nos preguntamos quién es ese hombre que nos mira desde el espejo, quién es ese en el que ya no nos reconocemos.


Muchas de las cosas que señala Anthony Beevor en su artículo me parecen interesantes y comparto su preocupación. Dice que están en peligro la verdad y la democracia. La verdad lo ha estado siempre; la democracia allí donde la ha habido. En muchos sitios no han tenido ocasión ni de estar en peligro porque se vive en una falsedad que se presenta como verdad incuestionable y tampoco existen libertades. Lo que sí ha aumentado objetivamente es el número de púlpitos, metafóricamente hablando, desde los que esparcir mensajes que pueden tener un grado muy variable de "verdad". El ejemplo de Tom Wolfe es claro: todo el mundo le ha puesto un micrófono delante para que diga que la "teoría de la evolución" es un cuento. Está en la sección "Líderes".
No me parece en cambio, que nadie esté entrando o saliendo porque me parece un error emplear esa metáfora que, como enseñó George Lakoff, puede condicionar nuestra precepción del mundo. Lo que sí estamos haciendo es comenzar cada vez más nuestros discursos diciendo "no cabe duda". Y eso sí es preocupante.





* Anthony Beevor "Una nueva época, un mundo infeliz" El País 31/10/2016 http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/24/babelia/1477319509_442404.html
** "Tom Wolfe: "La teoría de la evolución es un cuento"" El Mundo - Papel 30/10/2016 http://www.elmundo.es/papel/lideres/2016/10/30/58121c89468aebbe468b4585.html
*** "El hallazgo de un sestercio cambia la edad del acueducto de Segovia" El País 1/11/2016 http://cultura.elpais.com/cultura/2016/10/31/actualidad/1477929489_402129.html

miércoles, 14 de marzo de 2012

Lo que creemos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El historiador norteamericano, de origen húngaro, Joseph Lukacs realiza la siguiente reflexión:

Lo que sucede es inseparable de lo que la gente cree que sucede; in-separable, pero no idéntico. En algún momento, es posible que la gente reconozca (o puede que no) que lo que pensaron que había sucedido no es lo que sucedió. (Y promover este tipo de aceptaciones es una de las tareas más encomiables del historiador profesional).
Las personas no cambian de idea con rapidez. La trayectoria de las opiniones y sentimientos preconcebidos puede ser casi imparable, lenta, de larga duración.*

John Lukacs
El alcance de lo descrito por Lukacs es importante porque describe a los seres humanos como víctimas de su propia ceguera. En el terreno de la Historia, el problema es importante porque convierte muchas veces al historiador casi en un enemigo público cuando trata de salir de los caminos de la opinión generalizada. La Historia desmitifica. Y lo hace revisando las creencias o mitos con los que nos dotamos en la vida personal y colectiva. Pero la Historia, a su vez, es constructora de mitos, y una de las más potentes en la medida en que nos describimos e interpretamos. El "in-separable pero no idéntico" es un matiz importante que abre las puertas a la posibilidad de ir construyendo una historia que evolucione y que haga evolucionar las creencias sociales, aunque sea lentamente.
El fenómeno de la comprensión de lo que nos rodea —creer que entendemos lo que tenemos delante— es el principal problema que nosotros mismos nos creamos. Fue lo que trató de recrear Marcel Proust en su literatura, el efecto envolvente y ocultador de la vida y la necesidad de recurrir a herramientas como la Literatura para desentrañarla. La vida es equívoco, un suponer ver condicionado por lo que creemos. El arte moderno ha hecho de esto uno de sus motivos recurrentes. Jane Austen elevó a arte el estudio del malentendido social. Henry James lo continúo. Proust lo convirtió en el eje de sus reflexiones. A una novelística que creía que la realidad podía ser descrita y explicada precisamente —realismos, naturalismos, verismos, etc.— se opone una escuela de la creencia, que no trata con lo que hay, sino con lo que percibimos —un ver contra un creer ver—, con una realidad que se forma de manera imperfecta en nuestra imaginación, elevada al rango de objetividad.
Marcel Proust
Esa imposibilidad de separar las cosas de sus percepciones nos sitúa en una posición escéptica respecto a nosotros mismos. Pensamos que la fuente del error está en los demás y articulamos nuestras defensas para protegernos de ellos. ¿Pero cómo defendernos de nosotros mismos, de nuestros propios errores perceptivos, de nuestras creencias que tomamos como verdades? Me imagino que todos habremos tenido la experiencia de encontrarnos defendiendo algo absurdo tras una encendida discusión. Lo acalorado del debate no ha servido para aclarar nada sino, por el contrario, nos ha llevado a ser más irracionales. En ese punto, ya no se trata de saber, sino de poder.
El economista y Premio Nobel Joseph Stiglitz escribió:

Muchas veces, en ciencia, hay suposiciones que se defienden tan encarnizadamente o están tan arraigadas en la opinión pública que nadie se percata de que nos son más que suposiciones. (406)**

Joseph Stiglitz
Nadie se libra de esas creencias condicionantes y podemos encontrarnos defendiéndolas "encarnizadamente", como señala Stiglitz. Sobre ellas se construye el aparato argumentativo, dando por supuesta una validez que no se cuestiona.
La función de la Historia —o de cualquier otra disciplina— es ser liberadora de nuestras creencias. Pero lo que suele ocurrir, como señalaba Stiglitz en el caso de la Economía, es lo contrario. No no nos liberamos de las creencias, sino que se construye sobre ellas. 
Quizá sea irremediable y esté en nuestra psique individual y colectiva, pero también lo está —o debería estar— la posibilidad crítica de revisarlas. Es lo que trata de hacer la Ciencia, según los campos, con mayor o menor fortuna. Lo que convierte a la Ciencia en Ciencia no es la “verdad”, sino pensar que puede equivocarse y tratar de desarrollar los métodos para evitarlo o corregirlo permanentemente. El mejor remedio contra el dominio de la creencia es la sistematización de la duda y el reconocimiento de la imperfección desde la que es posible mejorar. Por eso la Ciencia, cuando es verdadera ciencia, es humilde, mientras que la creencia suele ser casi siempre soberbia.

* John Lukacs (2011): El futuro de la Historia. Turner, Barcelona.
** Joseph Stiglitz (2011): Caída libre. Punto de Lectura / Santillana, Madrid.



jueves, 22 de septiembre de 2011

Obstáculos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Gaston Bachelard escribió:

«Cuando se buscan las condiciones psicológicas del progreso de la Ciencia, se llega pronto a la convicción de que hay que plantear los problemas del conocimiento científico en términos de obstáculos [...] El conocimiento de lo real es una luz que proyecta siempre sombras en alguna parte.» (187)*


Con esto quería decir Bachelard que el acto de conocimiento plantea simultáneamente aspectos positivos y negativos para el conocimiento mismo, por expresarlo de forma simple; la luz ilumina ciertas zonas, pero provoca también zonas de sombra.
Pero Bachelard va más allá de la Ciencia y aplica este principio a otra forma de adquisición de conocimientos: la educación. Le sorprende al filósofo que los profesores (especialmente los de ciencias, señala) no sean conscientes de un hecho: «… el adolescente llega a la clase de física con conocimientos empíricos ya construidos; se trata pues no tanto de adquirir una cultura experimental, como de cambiar de cultura experimental, de volcar los obstáculos acumulados ya por la vida cotidiana» (191). El adquirir un conocimiento supone siempre cambiar otro conocimiento. Esta idea tiene grandes consecuencias si la tomamos en serio. Y deberíamos hacerlo.
Dentro de unos días comenzaremos el curso en nuestras universidades y los alumnos se sentarán frente a nosotros de nuevo. El “error de la página en blanco” es el de tener la ilusión de que esas personas que están allí vienen sin sus propias experiencias y sus intuiciones. La labor del profesor es doble y ninguna fácil: desmontar experiencias previas y tratar de insertar nuevas. Estas nuevas formas, en el futuro, actuarán también como obstáculos de nuevos conocimientos. Nuestra labor es desmontar certezas que se han adquirido previamente para poder dejar lugar a la duda como mecanismo de progreso. Sin duda no se avanza. No es fácil asimilar que lo que aprendemos está destinado a ser cambiado desde el mismo momento en que lo adquirimos.


La idea no es la imposibilidad del conocimiento o de la objetividad, sino que de todas las luchas que el ser humano emprende, la más titánica es la que mantiene consigo mismo. Cuando entendemos que somos nuestro principal obstáculo, podemos relativizar lo que nos ata y condiciona. Por eso son tan extraordinarios los espíritus creativos, los genios, cuya capacidad no es solo la de oponerse a los otros, sino especialmente oponerse a sí mismos. Hacerse es un desprenderse permanente; hay que aceptar que somos un proyecto inacabado y que esa es nuestra gran ventaja en lo personal, lo social y como especie.

Gaston Bahelard
Nuestros grandes avances se dan porque una parte de nosotros, individual y socialmente, se niega a estar cerrada. La Vida es un gran repertorio de programas con distintos grados de cierre. Nosotros somos, probablemente, la especie con mayor capacidad plástica cognitiva y esa ha sido nuestra fuerza y, sobre todo, lo que ha definido nuestra velocidad de avance  través de la cultura. Es nuestra capacidad de cambiarnos rápidamente, de desprendernos de nuestros propios obstáculos, lo que nos hace poderosos.
Desgraciadamente, la sorpresa de Gaston Bachelard porque los profesores no entendieran esto sigue vigente. Nuestra forma de educación está destinada a cerrarnos antes que a abrirnos. Entendemos la educación como una transmisión de conocimientos que nos definen de forma estática. Deberíamos incidir mucho más (en el caso de que se haga algo) en esa idea de desprendimiento. En términos de pensamiento, desprendimiento significa capacidad de preguntarse. Uno solo se pregunta algo cuando duda. Las personas seguras ni dudan ni se preguntan. Lo contrario es hacer unas personas que niegan y se niegan al cambio. Escribió Bachelard:

«Llega un momento en el que el espíritu prefiere lo que confirma su saber que lo que le contradice, o prefiere las respuestas a las preguntas» (189)

Vamos perdiendo capacidad adaptativa, ligereza, ante el peso desorbitado de los conocimientos y de las experiencias que nos van paralizando. La parálisis es la incapacidad de desprendernos de nosotros mismos. Ama las preguntas. Piensa que tus repuestas pueden ser un punto de apoyo para el siguiente paso y que la última es ya el final del camino. Cambié, dijo Goethe, para poder seguir siendo yo mismo. Metamorfosis frente a parálisis.
Hay un cuento sufí que se fue transmitiendo hasta convertirse en un célebre número de circo. Un payaso se pasea buscando insistentemente dentro del círculo de luz dibujado por una farola. Un compañero le observa detenidamente y, pasado un rato, decide preguntarle qué busca con tanta insistencia bajo aquella luz. «Unas llaves que he perdido», le contesta. El compañero se pone a buscar las llaves junto a él. Pasado un buen rato de busca conjunta, le pregunta: «¿Estás seguro de haberlas perdido por aquí?» «No —le contesta el payaso—, pero por aquí hay más luz.»
Payasos entre luces y sombras... La historia ilustra perfectamente lo que nos trata de explicar Gaston Bachelard. Lo estático de la luz ata al hombre a la zona iluminada y le impide ir a buscar más lejos. La luz se convierte en un obstáculo. La luz es lo que vemos, lo seguro. La vida es adentrarse en las sombras, abandonar la seguridad de la luz y seguir buscando.

* Gaston Bachelard (1973): Epistemología. Anagrama, Barcelona.



lunes, 1 de agosto de 2011

Dudas sobre la duda

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Si no fuera el asunto tan serio, podríamos pensar que alguien nos está tomando el pelo. Sin embargo todo esto es muy serio. Mientras esperábamos que nuestros problemas de descenso pausado —hacia no sé dónde— se diluyeran con la inyección de optimismo del acuerdo sobre el tope de endeudamiento norteamericano, resulta que vivimos el peor día del Ibex. Después de lograr un acuerdo, la explicación al desastre bursátil es que existen dudas.
Cuando los banqueros fueron reclamados a Moncloa por nuestro actual Presidente del Gobierno, el banquero Botín le pidió que no sembrara dudas sobre su futuro, pues eso afectaba a la credibilidad de los mercados sobre la economía española. La reunión no solucionó nada y trajo más dudas sobre si era mejor solucionar las dudas o mantenerlas. Decidieron resolver las dudas sobre la duda y se eligió un candidato, que en vez de resolver las dudas, trajo más, esta vez sobre cuándo se iban a celebrar las elecciones. Más dudas. Y la bolsa seguía bajando y la deuda subiendo.
Se convocaron elecciones, que era la duda que había que solucionar para que los mercados dejaran de dudar. Pero los mercados, aunque todo el mundo tenga más o menos claro qué pasará (como lo tienen claro los votantes del PSOE según el CIS), siguen dudando. La Bolsa baja y la deuda sube de nuevo.
Se reunieron los presidentes europeos y se le criticó a Angela Merkel que no mandara un signo claro para que los mercados, que seguían dudando, dejaran de dudar. Parece que lo hicieron solo media hora, que fue lo que la bolsa tardó en bajar de nuevo tras la reunión eufórica inicial.
Esta vez, la última, el problema que teníamos es que había muchas dudas sobre los Estados Unidos porque no había acuerdo entre demócratas y republicanos y el mundo dudaba sobre si se iba a producir mañana una suspensión de pagos. Cuando por fin pensábamos que ya no había dudas, que los norteamericanos habían llegado a un acuerdo, que los europeos habían llegado a un acuerdo, y que los políticos españoles habían llegado a un acuerdo sobre las elecciones con el fin de despejar las dudas, pues, es que no, que no se ha despejado nada y los mercados se vuelve a desplomar.
Probablemente, a usted como a mí, ya le estén empezando a cargar con tanta duda. A pesar de todo, de tanta y tanta duda, podemos llegar a algunas conclusiones claras:
1.- Las dudas no se resuelven nunca.
2.- La duda está en la naturaleza de los que dudan.
3.- Dudar es un marco, más que una acción, que engloba y marca a otras acciones.
4.- Según el estado de ánimo, optimista o pesimista, todo será certeza o duda.
5.- Dudan porque son pesimistas.
Esto tiene transcendencia para el presente. ¿Qué se puede hacer con unas instituciones que dudan de la solvencia de Estados Unidos, de la solvencia de Europa y de todo lo que le pongan por delante? Aquí el término “instituciones” es un poco etéreo, vamos a decirlo así, porque seguimos sin ponerle cara a eso que llamamos “los inversores” o “los mercados” en una extraña maniobra de proyección retórica de nosotros mismos. ¿Estamos ante un caso de ventriloquía, de esquizofrenia capitalista, tal vez? Es como si Hamlet decidiera, inmerso en dudas, finalmente "no ser" y desapareciera.
Rebecca
La pregunta no es ociosa porque las consecuencias son obvias: se están volatilizando todos los recursos y todos los sacrificios y recortes, se está ignorando los futuros de países con millones de personas dentro porque alguien o algo, no sabemos bien quién, “duda”. Rodríguez Zapatero se reunió con los banqueros, Obama con el presidente chino, Merkel con Sarkozy, Rossell con Guardiola..., todos se reúnen con el que les toque para llegar a un acuerdo y solucionar un problema. Pero ¿quién se reúne con los “inversores” o con los “mercados”? Son como la Rebeca de Hitchcock: un cuadro en un salón y un montón de malos recuerdos y dolores de cabeza.
Me temo que los mercados sean más como el mago de Oz. Tengo dudas de que el mercado pueda solucionar ya algo. Aunque a lo mejor son las dudas sobre los mercados lo que está sembrado el mercado de dudas.

El mago de Oz