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sábado, 26 de abril de 2025

El cuarto poder y la crisis de los medios

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El miércoles pasado recuperamos para nuestro cinefórum la película "El cuarto poder" (Deadline - USA), un filme escrito y dirigido por Richard Brooks en 1952, con un reparto encabezado por Humphrey Bogart y por Ethel Barrymore. La actualidad del filme se hace evidente conforme van pasando los minutos y se comprende la crisis que trató de reflejar en su momento.

La historia que se nos cuenta es la de un periódico comprometido con la sociedad, que antepone los valores informativos a cualquier otro interés. Nos alejamos de la parte de la trama de corrupción política que se nos muestra en el filme y vamos a los procedimientos. Comenzamos con la mayoría de edad alcanzada por la hija pequeña del dueño fallecido. 

La viuda y las dos hijas deciden vender el periódico que va a ser comprado por otro de la competencia para callarlo y así aumentar su audiencia, ante la oposición de su actual director de The Day, Ed Hutchenson (H. Bogart), un continuador de la pasión periodística por el compromiso social y ético de su fundador hacía más de 30 años.

El filme nos muestra un giro en la historia de los medios a través del cambio y de las presiones que rodean al periódico, que se ha convertido en molesto en su afán por llegar al fondo de todo. El medio deja de estar dirigido por los intereses de los lectores y comienza a ser presa de los intereses —políticos, económicos, personales...— que le rodean. Hoy diríamos que la información toma la forma de "influencia". Ya no se trata de hacer llegar al lector lo que le interesa y afecta, sino lo que interesa a las empresas y grupos que se hacen con los medios. En este sentido, el término "influencer" va más allá de la persona aislada y la asumen los grupos detrás de los medios, ya sean políticos o económicos.

La película nos muestra la transición de las empresas familiares en la prensa —como ocurrió en España con la familia Luca de Tena— a los grandes grupos que usan su poder para influir o para evitar que llegue información que no les conviene. En el filme esto se refleja en los grupos corruptos, pero también en la intromisión del director de publicidad de The Day plantea retirar un artículo porque afecta en lo personal a un anunciante millonario del periódico.

La actualidad del filme es grande pues nos hace comprender con claridad el movimiento de los medios hacia la manipulación de los públicos en funciones de diversos intereses. Quizá lo que nos muestra Brooks en su película es un ideal y nunca existió realmente, pero sí es cierto que nos muestra el comienzo de algo que hoy ya no tiene apenas límites. Los medios los controlan los que están detrás, ya sean políticos o empresas, que los orientan hacia sus propios intereses. En este sentido, la cuestión puede variar en el grado, pero no en el fondo.

Lo que ocurrió 20 años después con el "caso Watergate" fu el canto de cisne de la Prensa. Hoy estamos en un mundo manipulador y manipulado, donde no tiene sentido decir la verdad porque estamos en un mundo en el que no se puede diferenciar de las "fakes news", de los bulos fabricados por personas o por IA automáticamente. Es un mundo en el que la fotografía, las voces o los vídeos se han convertido en tal grado manipulables que no es fácil sostener que puedan ser "ciertos" y el Periodismo sin un cierto grado de seguridad en lo que ofrece tiene poco sostén y eficacia.

Hoy compiten débiles verdades con poderosas mentiras repetidas millones de veces y la victoria no suele estar del lado bueno. Los públicos desean la mayor parte de las veces ser engañados en la medida en que creencias erróneas son suyas. De ahí el interés en la polarización social; cuando esta crece, los deseos de tener razón frente a los otros, convertidos en el otro polo, aumentan y se produce ceguera.

Solo desde estos parámetros es comprensible que las mentiras te lleven hasta la Casa Blanca o puedas aplicar aranceles a una isla habitada por pingüinos, que puedas cambiar el nombre al Golfo de México o, en general, puedas reescribir la Historia a tu gusto, faltando a cualquier rigor, con millones de personas deseando escuchar tus mentiras lanzadas por redes sociales o por medios que luchan contra su propia tendencia a informar verazmente.

Dicen que la verdad es la primera víctima de las guerras y las dictaduras. Habría que aplicar el concepto ya a las democracias, a las que vemos debilitarse por el declive de ese "cuarto poder" que deja en gran medida de cumplir sus funciones respecto a la ciudadanía, concepto que es olvidado en favor de otros, como "mercado".


Los medios actuales se encuentran en la encrucijada. Esta plantea directamente el uso de la información en una de las dos direcciones: la que va desde arriba hacia abajo siguiendo la dirección del poder o la inversa, la que asciende desde la ciudadanía y nos muestra los entresijos del poder.

La película de Brooks es muy recomendable verla de nuevo. Lo que se anticipa en ella, la muerte de la información como valor y su reducción a mercancía, lo tenemos hoy consumado en la mayoría de los medios, cuya subsistencia se mantiene por lo que tienen de etiquetado de lo que nos rodea. Pero también se incluye una declaración de amor por el verdadero periodismo, ese cuarto poder que vigila a los demás en defensa del ciudadano, por ese periodismo con valores que no siempre vemos en este mundo revuelto de la información.

Placer y melancolía al ver que el viejo cine no es tan viejo como indican los años. A veces es interesante ir al principio para comprender mejor.

 

֫— "El cuarto poder" (Deadline - USA). Richard Brooks 1952. B&N, 87 minutos.

lunes, 31 de marzo de 2025

La muerte de la noticia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Es triste ver cómo medios que han cumplido su función informativa durante décadas se ven arrastrados a lo intranscendente. El periodismo informativo, el que da cuenta de lo que ocurre en el mundo en que vives, el que lo analiza y explica, está desapareciendo de muchos medios para verse convertido en un mero apéndice de las empresas cuyo beneficio se prioriza. No se trata ya de informar, sino de promocionar algo, propio o ajeno.

Basta con ver las páginas web de ciertos medios para comprender el fenómeno. La colocación que hace más o menos visible las informaciones nos da cuenta de las prioridades, de lo que se ofrece a los lectores. Tres o cuatro noticias se sitúan en el inicio, a lo que siguen un descenso hacia lo trivial, hacia lo que se promociona para atraer a un tipo de receptor cada vez peor informado de lo que ocurre en el mundo para el que se fabrica una pseudo información irrelevantes, la mayor parte de las ocasiones centrada en sí misma.

Esto es evidentemente grave cuando los informativos son parte de medios televisivos. Hasta el momento, las televisiones consideraban que la información periodística era parte de su función como medios. Tienen programas informativos elaborados por unas redacciones, que dan forma a unas páginas en la web. Esas páginas constituían una salida de información donde se ofrecían noticias, entrevistas, reportajes sin la limitación de tiempo de la programación televisiva. Esas webs eran un medio para informarse sin horarios.

Esto ha cambiado a un modelo en el que la información noticiosa va desapareciendo en volumen y desplazándose frente a otro tipo de información, la que sirve para promocionar los programas del canal, que cada vez se decanta más por "entretenimiento", "deporte", información promocional sobre series, concursos, viajes, etc. La información noticiosa, la que nos habla del mundo, desaparece o se limita.

Con ella, desaparecen también los profesionales de la información, los periodistas, que se ven abocados a la trivialidad autorreferencial. El mundo desaparece, se reduce, y solo queda hablar del canal propio, que entra en competencia con otros canales que hacen lo mismo.

Cabe preguntarse si en este mundo complejo y convulso es "lógico" que desaparezca la información sobre él. Cuando esto ocurre en los Estados Unidos, acusamos al trumpismo y a sus adláteres de silenciar, de controlar, etc. la información. Aquí (y en otros lugares), en cambio, lo explicamos desde la llamada "lógica del mercado" y lo fundamentamos en la "eficiencia": todo debe apuntar a la ganancia de la empresa. Los informativos no se deben ya a los lectores, receptores, etc., sino que deben ser un medio más en un fin, el llevarlos hacia los programas de las cadenas o hacia productos, servicios, etc.

El periodismo queda así reducido a un trabajo en un marco empresarial, lejos de aquella retórica del "cuarto poder" y demás conceptos que hacían ver su importancia para la democracia y la vida social.

Reducir la información, fomentar el desinterés por las noticias supliéndolas por programas triviales, por muchos espectadores que puedan acumular, no deja de ser un fracaso social y cultural. Esto se hace mucho más evidente cuando se hace desde un medio público que, por definición, debería aspirar a algo más que al "beneficio".

Si esto lo contemplamos desde una perspectiva de crisis de los medios tradicionales que ven cómo la destrucción por desinterés avanza, que se mueren los receptores informativos, atraídos por las luces de neón, por toda la parafernalia con que se rodea la trivialidad, el desvío de los medios públicos se hace mucho más trágico. Son ellos los que tienen la obligación de mantener el foco sobre el mundo para que la sociedad pueda tener conocimiento de los problemas sobre los que decidirá. Este distanciamiento significa un doble dar la espalda a los deberes informativos e institucionales. Desgraciadamente, las políticas de desvío de la atención informativa van alejándose de las funciones que un medio público debería cumplir. Es lamentable que se desperdicien recursos y profesionales, muchos de ellos viviendo con tristeza sus nuevos objetivos informativos, intrascendentes, pero exigidos por las cúpulas.

El mundo de la información periodística es llevado a otros puertos. La incapacidad de ver las consecuencias de esto es grave; es una ceguera peligrosa. En un mundo en el que las luchas de información, desinformación  y bulos se producen en los medios es muy peligroso dejar a las audiencias con poca información en un sentido periodístico.

martes, 24 de diciembre de 2019

El cierre del Museo de la Prensa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País, a través de su corresponsal en Washington, Antonia Laborde, nos trae un titular triste: "Llega la hora del cierre para el museo de la prensa de Washington". Bajo el titular, una visitante disfrazada de Papá Noel hace fotos con su teléfono móvil a una larga fila de primeras páginas en las que la noticia del día es "Trump Impeached", a veces reducido a un simple pero impactante "Impeached".
Lo primero que señala la encargada de relaciones públicas es que no debe tomarse como "algo simbólico", que es simplemente una empresa que se lanzó a volar en 2008 y a la que le llegó la crisis económica y no ha sido posible rentabilizarla. Bueno, esa es la labor de una Relaciones Públicas, convencernos de que murió feliz en la cama. Pero temo que va a ser difícil evitarlo.
En el texto se señala:

Un letrero azul avisa desde la fachada del Newseum, el museo de la prensa de Washington: “We are on deadline”. La frase juega con la jerga periodística, el temido deadline que implica la hora del cierre en periódicos y revistas. En este caso, esa hora es el 31 de diciembre, cuando la institución cerrará sus puertas. En una paradoja irresistiblemente trumpiana, este templo consagrado al Dios de las noticias cerrará el mismo año en el que la capital estadounidense ha dado la bienvenida al espectacular museo del espionaje.*



La cuestión no es cuando cierras, evidentemente, sino si vuelves a salir, algo que hace el sol todos los días con completa naturalidad, pero requiere de un esfuerzo grande por parte de los periódicos. ¿Son ya un anacronismo? ¿Están en ese "deadline" con el que juegan en el museo?
No es fácil ser optimista con la prensa. Hay que separar la "prensa" de la información como contenido que la usa, entre otros, para ser difundida. Hubo un tiempo en que no había nada entre la gente y lo que ella no sabía, que solía ser todo lo que había más allá de su propia casa. La carta de algún familiar, si sabían leer y escribir, les decía algo que no solían comprobar, que existía un mundo más allá de sus sentidos. A eso a lo que dio forma y sentido la "prensa". Real o inventado, la gente se acostumbro a moverse mentalmente por esos espacios que le eran descritos. Y así siguió mucho tiempo.
La "realidad" exterior era lo que contaban los periódicos. Fragmentaron o construyeron la realidad a golpe de palabras y algunas imágenes, grabados y posteriormente fotografía, invento que permitía comprobar que lo que se contaba era al menos visible.


Hablamos de un mundo en el que la movilidad era mínima. La urbanización contribuyó al crecimiento de la prensa; juntó a su público, por lo que hizo que este surgiera, demandando más y más noticias sobre el mundo.
La democracia está ligada a la prensa porque lo está al conjunto de la vida política a través de la idea de opinión pública y la necesidad de estar bien informados para decidir. La prensa está ligada a las dictaduras porque los dictadores también necesitan público. Por eso la vida de la prensa siempre ha estado marcada por la visión que tengan de sí mismos los profesionales y los editores, según el lado en el que estén. La independencia de la prensa y de los profesionales es consustancial al papel que debe jugar.
Pero todo eso se transforma irónicamente cuando se produce la explosión de los medios de información. La aparición de múltiples medios después de la prensa la transformó mediante un fenómeno sistémico de readaptación a los huecos que iban creándose.


Hoy parece que el ciclo de los medios está provisionalmente cerrado (puede aparecer en cualquier momento otro que cambie el panorama mediático), dejando a la prensa como obsoleta en cuanto a velocidad, capacidad de cambio y límites, tres parámetros esenciales para informar.
Pero creo que son otros los factores realmente. Nuestro sentido del tiempo y el espacio ha cambiado (McLuhan ya lo advirtió). También nuestro sentido de lo que es estar informado y de lo que nos importa en el mundo. La persecución del entretenimiento como factor esencial ha hundido la propia materia, la información, produciendo millones de trivialidades por segundo para atraer nuestra atención y alejarla de la realidad.
En realidad vivimos sin sentido del tiempo, en un agotamientos decadente que necesita del estímulo constante para sentirse vivo, prisioneros de modas, deseosos de ser el centro narcisista del mundo para compensar nuestra real inferioridad en el mundo de las pantallas, el de la nueva era en que nos encontramos.


La prensa está vinculada más con el mundo reflexivo de la palabra escrita, que fija la realidad a través del texto verbal. Hoy esta misma realidad se encuentra en duda, cuestionada o, peor, fabricada para nuestro gusto o espanto. También la falsificación, la pseudo realidad, ha sido nociva para las noticias. Ver ya no es creer, sino la antesala al engaño.
La mayor parte de los jóvenes que acuden a las facultades de comunicación o similares por todo el mundo quieren ser otra cosa distinta a lo que querían en los 70, la época en que un periódico podía tumbar a un presidente mientras que en la que vivimos un presidente consigue cada día tumbar a casi todos los medios declarándolos "enemigos del pueblo". Hoy se teme más al tuit destructivo que al botón rojo que aterrorizó a varias generaciones.
El cierre del Museo de la Prensa, con el frente lleno de primeras páginas de la prensa del país con la noticia del "impeachment" de Trump no es una buena noticia, ni desde luego un bueno momento. Con lo dado que es Trump a ponerse medallas, pronto dirá que el museo ha cerrado gracias a él.


Se puede hablar desde muchas perspectivas de la crisis de la prensa. El pensar demasiado en la economía nos hace confundir efectos y causas, aunque lo único que se mira es la cuenta de resultados. Es el traductor universal de lo que funciona o no. Pero sea por la causa que sea, lo cierto es que esto tiene importantes consecuencias sociales, morales, políticas.
Las formas auto información no buscan el equilibrio o la ecuanimidad sino conseguir sus propios objetivos, ocultos o a la luz. La información se ha convertido por un lado en una simplificación extrema y por otro en una compleja lucha por conseguir la atención necesaria para causar efecto.
El progresivo uso de elementos no racionales, sino emocionales, distorsiona el papel especular sobre la realidad y fabrica los esperpentos que interesan en cada momento. En esto ayudan las investigaciones sobre las emociones o la cognición. No se trata de informar como de llevar a la gente hacia un punto al que interesa llevarle. Los crecientes informes sobre la manipulación de la ciudadanía hacen dudar de qué papel juega esta. ¿Debe estar ahí para ser intoxicada, manipulada? ¿Es esa su función?
En la guerra de la información, las posibilidades de unos medios independientes son cada vez más complicadas. La pérdida de la identidad es el pago por intentar sobrevivir en el caos cacofónico de los medios.
La crisis de la prensa coincide con la explosión de la Comunicación, con la construcción final de la Sociedad de la Información, con el mundo convertido en un circuito de contacto instantáneo global. No es coincidencia. Lo que sobrevive es lo distinto, aquello cuyas funciones no son asumidas. En este caso, la Prensa ha sido desmembrada.
No sabemos el futuro, pero se perciben sombras de lo que se acerca a través de este revuelto presente. El museo cierra, pero los medios se transforman y lo que empezó sirviendo para algo acaba sirviendo a amos muy diferentes.
Que cierre un medio es grave, pero que cierre el museo de la Prensa es algo revelador también de que algo ocurre. Podremos pensar que es mala gestión, pero seguro que haya algo más. Es la paradoja de estos tiempos saturados de noticias que no nos dejan ver el bosque.


* Antonia Laborde "Llega la hora del cierre para el museo de la prensa de Washington" El País 24/12/2019 https://elpais.com/cultura/2019/12/23/actualidad/1577121461_849492.html

lunes, 4 de febrero de 2019

La crisis mediática y el algoritmo culpable

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País publica un reportaje firmado por Jaime Rubio Hancock con el titular "La nueva prensa digital se enfrenta a su primera gran crisis". El texto comienza de manera directa dándonos los efectos de la crisis anunciada en cuanto a la prensa digital dirigida a los jóvenes, con el cierre de Eslang y Buzzfeed España y "un ERE de Playground que afectará a casi la mitad de sus redactores en Madrid y Barcelona"*.
La palabra "crisis" tiene muchos niveles de aplicación y uno procura reservarla para las etapas finales en donde se tiene que expresar como "gran crisis", como ocurre con el titular. Esto se debe a que la "crisis" tiende a ser un estado permanente de supervivencia, mientras que la "gran crisis" muestra la agonía irreversible a la que se ha llegado.
La palabra crisis está presente en el mundo de la comunicación periodística desde mediados de los años 90. Es en esa época cuando los medios se abren a regañadientes al mundo digital con la publicación de los primeros periódicos online. Unos lo hicieron por querer ser modernos; otros porque no tenían más remedio. Pero desde entonces se ha tenido la sensación fundada de que todo estaba cambiando. Y cuando las cosas cambian se producen las crisis.
El problema ha dejado de ser la crisis en sí y se ha desplazado al enlace entre las crisis sucesivas. Aquí no hay una crisis de la "adolescencia" que se resuelve tras unos cuantos granos y gamberradas; aquí hay un estado de alteración hormonal continuo que no tiende a estabilizarse y que cuando parece que está controlado vuelve a emerger con virulencia. El mundo digital es el de la eterna juventud y eso no es tan bueno como suena.
El espacio de la información se modifica con la entrada de cada nuevo medio, que pasa a competir con los de su "especie" (un periódico con otros periódicos, por ejemplo) y con todas las demás especie (un tipo de medio con los demás tipos de medios). No empeñamos en clasificar los medios, cuando lo realmente importante son la necesidades, mayores o menores, de información que los receptores globales necesitan. Es como el que necesita vitamina C en su organismo. Da igual que lo obtenga de limones, naranjas o mandarinas o cualquier otro elemento que la contenga.


El problema surge además cuando es casi imposible diferenciar los medios gracias al proceso de convergencia digital, es decir, la disolución entre las diferencias entre ellos. Si entro en la página de cualquier "periódico" me doy cuenta de que la "etiqueta" periódico ya no relevante, sino que puede contener textos escritos, podcast, vídeos, etc. Es decir, el "periódico" es ahora televisión y radio, además de incorporar por ejemplo elementos interactivos en la información y participativos a través de los foros, chats, etc.
No hablemos ya de la globalización de los medios. Puedo acceder a los medios de cualquier país del mundo salvo que este quiera cerrarse y solo permitir el paso a sus abonados. Pero si lo hace, se tiene a su alcance todo tipo de alternativas abiertas que hacen que nos olvidemos pronto de la existencia del que ha decidido cerrarse.
Quizá recordemos que en España se firmaron dos alianzas. La primera era para tratar de que los medio se cerraran al público general y solo admitieran entradas de pago. Como era previsible, fue un fracaso. Las tarifas publicitarias se desplomaron al caer los visitantes que pronto tuvieron alternativas en español fuera y dentro de nuestras fronteras. La segunda decisión era contradictoria, pero no se supo ver. Intentar cobrarle a Google las visitas que ellos reenviaban a los medios. La decisión era tan disparatada que Google acepto encantado prescindir de los medios que no aceptaban que les llegaran visitas desde los buscadores. Para ellos, la eficacia aumentaba ya que aquellos que recibían visitas sin problemas eran más visitados. Si se aprende de los errores, deberíamos ser muy sabios. Pero no lo somos.
El problema de esta gran crisis ya no tiene una paternidad clara, pero sí algunos sospechosos, que no es muy costosa la sospecha. Dice Rubio Hancock en el reportaje:


El primer sospechoso de estos despidos es el algoritmo de Facebook, que a partir de enero del año pasado dio prioridad a los contenidos personales frente a las noticias. Las redes sociales proporcionaban el 22% del tráfico de los medios de comunicación estadounidenses, según recogía Forbes antes de este cambio. La cifra era más elevada para algunos medios digitales, como Vice (48%) y Buzzfeed (38%), y se quedaba en torno al 10% para medios tradicionales como The New York Times y The Washington Post.
La dependencia del algoritmo no es nueva. Hasta ahora, Facebook incluso daba directrices a los medios acerca de qué contenidos tendrían mejor resultado en su plataforma. Por eso durante un tiempo veíamos muchos vídeos y ahora aparecen mucho menos.
Julio Alonso, fundador y director de Weblogs SL, explica que algunos medios han dependido en exceso de Facebook “y de los ingresos de publicidad derivados del volumen de usuarios”. También recuerda que es un riesgo depender de Facebook (y Google), ya que estas empresas tienen sus propios intereses, que no tienen por qué coincidir con las de los medios.
Pero el cambio en el algoritmo no es el único factor que explica estos movimientos en las empresas. “Buzzfeed España no ha cerrado por Facebook -afirma Marcos Chamizo, codirector del medio durante su última etapa-. Teníamos el mismo tráfico que hace seis meses o un año, al estar en varias plataformas”. De hecho, cuenta que les funcionaba mejor Twitter que esta red social.



A lo mejor estamos tan dentro del problema que no lo vemos. Desde hace tiempo, la palabra "algoritmo" es la principal sospechosa de los crímenes cometidos en el mundo digital. Es una cortina de humo; el problema real es la interacción de los medios y su jerarquización como parte de una red dentro del sistema. El algoritmo no es más que el programa que prioriza un tipo de información respecto a otros posibles.
La realidad es que los medios digitales tienen una segunda convergencia, un espacio de manifestación, que es la red de redes. No es lo mismo ir a un quiosco a comprar un periódico que entrar en ese periódico digital. La mayor parte de los "accesos" se realizan a través de terceros programas, que son los que redirigen y filtran la visibilidad. El problema del algoritmo es que si Facebook, como se señala, decide que solo se vean los medios que empiezan por la letra "A", el resto de los medios tendrán difícil ser vistos. El poder es el poder de hacer visible y de dar acceso o redirigir. Eso es lo que hacen Facebook y Google o cualquier otra gran concentración de usuarios y de los que controlan el paso.
Un pequeño cambio en el algoritmo de Facebook dando prioridad a unos contenidos sobre otros y ¡puff! se desmorona todo lo construido por unos y emergen nuevos beneficiados por el cambio. Como Facebook y Google experimentan de vez en cuando tratando de mejorar sus resultados —los que les benefician— la inestabilidad está asegurada para todos los que dependen de ellos. Y en el universo digital de la redes solo hay una verdad: tu dios juguetón es aquel que tiene tu destino en sus manos. Si se resfría y estornuda, lo pagas tú; si se pone a experimentar cosas nuevas, lo pagas tú; si no cambia las viejas, lo pagas tú. Es una dependencia jerárquica que implica siempre que entre tu público y tú hay una mano invisible que maneja los hilos. Esa mano son los macromedios que definen los campos de actuación concentrado el tráfico. En toda red, el objetivo es el tráfico, su concentración y dirección. El algoritmo redirige ese tráfico hacia unos y otros enviando unas noticias a las páginas de sus usuarios... o enviando otras. A veces es así de forma "neutral" (concepto absurdo) y otras es porque favorece a los que más pagan por ser beneficiados. Esa es la crítica que se le hizo a Google señalando que priorizaba los resultados del buscador en función de quienes pagaban. Se le obligó legalmente a que distinguiera los resultados y los resultados pagados.


El artículo abre un tema espinoso, la cuestión de los "lectores jóvenes", expresión que puede plantear ya ciertas dudas. Los que han crecido en el mundo digital, ya dos generaciones, salen con unos hábitos que no son los mismos que los que provenían de un mundo no digital. A lo mejor, lo que se está fomentando son hábitos que no hacen que el interés vaya hacia la información sino hacia otras fórmulas mucho más fáciles y atractivas cuyo efecto es el contrario. Se recoge lo que se siembra y lo que se está sembrando, desde luego, no son "lectores".
Aquí, de nuevo, se han confundido efectos y causas. Para tener lectores es necesario formar en la lectura, algo que no se hace, sino más bien lo contrario. Pretender que los que son formados con unos hábitos se transformen mágicamente al llegar a adolescentes o adultos es como pedir una combinación de milagros y "diseño inteligente". La recolección es una amalgama dispar y caótica de medios que surgen y desaparecen, de noticias intrascendentes elevadas a altar de la atención, de sensacionalismo, de creación de personajes fantasmales que nos piden que nos enganchemos a sus vidas, etc.
Nos decía Niklas Luhmann que la función de los medios era reducir la complejidad del mundo; el problema es que ellos mismos producen complejidad. Por eso quien reduce es el algoritmo, como hemos visto antes. El "problema" es lo que deja fuera. Problema, evidentemente, para los afectados; supervivencia para los favorecidos.
Los medios, nos dice el artículo, viven una situación hamletiana, dudando entre la "diversificación" y la "concentración" o. si es posible, ambas cosas. Explican:

Como apunta Nafria, “el problema es cómo transformar todo esto en un modelo de negocio que no dependa solo del número de usuarios y que los lectores consideren valioso, e incluso estén dispuestos a pagar por ello”, sin limitarse a replicar formatos y estrategias sin añadir ningún valor.
Una opción es la diversificación, que puede pasar por otras fuentes de ingresos como “el comercio electrónico, la afiliación, los eventos…”. De hecho, la periodista Luna Miguel también opina que en Playground se han dejado de lado otros modelos de negocio como el de la suscripción o la colaboración con otros medios.*

Lo dicho en el primer párrafo es volver a las preguntas exactas que se hacían en 1994-1995, cuando todo comenzó. Allí nacieron los gurús que señalaban, como la estatua de Colón, hacia un futuro incierto pero que ellos veían claramente desde lo alto de su columna.
En el segundo párrafo viene la otra tentación, la de convertir los medios de información en supermercados online que acaban atrayendo a la gente por todo menos por la información en sí. Esto es suicida. Hubo una ápoca en la que los medios en papel se dedicaron a regalar cosas los fines de semanas para que la gente comprara los periódicos. El efecto fue el contrario. La gente no se acostumbró a comprar el periódico los 7 días de la semana e iba los domingos con un carrito a comprar el periódico y llevarse los libros, vídeos, colecciones de sellos, etc. que reunía. Cuando se acababa la colección, dejaba de comprar el periódico. Tan sencillo como eso. Más de un periódico fue a la ruina por estas prácticas que eran caras por la distribución.


El problema de cómo rentabilizar lo digital es el de cómo lidiar con la gratuidad general y la súper oferta. La gratuidad invalida el camino de las suscripciones y la gran oferta existente lleva a la fragmentación excesiva que hace que nadie tenga suficiente como para sobrevivir.
El artículo termina con un horizonte de dudas abierto:

En todo caso, resulta muy difícil saber qué va a pasar: “Tenemos que reinventarnos y experimentar mucho para imaginar cómo será la esencia de los medios -apunta [Jeff] Jarvis-. Me gusta recordar a menudo que solo hace 25 años que se introdujo la web comercial. En términos de Gutenberg, eso nos coloca en el año 1474. El cambio solo está comenzando. Falta un largo camino para encontrar las respuestas”.*

Por lo que se ve, queremos subir más alto en la torre para ver ese futuro que se nos esconde. No hay "esencia", solo cambio. Parece que Jeff Jarvis no ha leído a Toffler y no piensa en términos de la aceleración, que los años de Gutenberg, los años de nuestros padres —de los míos— no son los mismos que los de mis hijos. Que lo que ocurre en unos meses, antes tardaba décadas en producirse aunque fueran cosas distintas.
No hay crisis; vivimos en crisis. Crisis significa cambio, transición. Y, por lo mismo, implica alteración, inestabilidad, desgaste, desorientación, pruebas con incertidumbre porque el mundo es cambiante y lo que vale hoy ya ha cambiado cuando lo aplicamos.
La única esperanza está en el cambio de aquellos que pueden valorar lo bueno y alejarse de lo trivial. Pero ¿es ese el camino que hemos elegido como sociedad? De poco sirve tener grandes chefs si la gente se ha acostumbrado al kétchup.
La solución sería decidirse por la comida rápida entonces, pero eso es lo que está al alcance de cualquiera. Con lo que volvemos al problema inicial. Lo bueno no se valora y lo malo abunda. Es lo que hay. El algoritmo solo es un aspecto del asunto. Mañana será otra cosa.



* Jaime Rubio Hancock "La nueva prensa digital se enfrenta a su primera gran crisis" El País 3/02/2019 https://verne.elpais.com/verne/2019/02/01/articulo/1549038378_127709.html

miércoles, 9 de abril de 2014

Navegando por los mares de la tontería

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cada día los medios de comunicación se ven enfrentados a la dura tarea de llamar la atención. En un entorno lleno de noticias que usan de forma sucia los codos para ganar posiciones en la parrilla de salida, lo esencial es hacerse notar. Y esto se puede conseguir de muchas formas. La nueva Retórica mediática habla de que hay que ser buenos "comunicadores" mejor que buenos "informadores". En ocasiones podrían coincidir —¿por qué no informar y comunicar bien?—, pero cada vez es más evidente que algunos apuestan por lo más eficaz para sus intereses.
Llamar la atención e informar son dos objetivos muy diferentes que solo se confunden en las mentes interesadas. Estas mentes son la que teorizan sobre la consideración de los medios como forma de consumo. Los medios se consumen como parte de una dieta informativa a la que todos estamos sometidos. Por seguir con el símil con la alimentación, los hay que se abonan a la comida basura y otros tratan de degustar platos más exquisitos.
Llamar la atención es anteponer los intereses del medio —considerado como una empresa cuyo objetivo es el mayor beneficio— a los de los receptores. Informar, en cambio, es cumplir con la función de mantener a los receptores en un nivel de conocimientos suficientes como para que puedan tomar sus decisiones o establecer una visión coherente del mundo. La cuestión interesante es: ¿pueden los medios cumplir su función informativa sin incurrir en los excesos de llamar la atención? Otra forma de preguntarse es: ¿hasta dónde pueden los medios acumular información basura (no información) sin que se vuelva contra ellos? En esta última cuestión, entiendo que "volverse contra ellos" es caer en una espiral de la que no puedan escapar, es decir, que su público se vuelva adicto a las tonterías y rechace cualquier información en un sentido pleno.


Esta cadena de preguntas y angustias se ha desencadenado al encontrarme en el diario El Mundo con una (¿cómo llamarlo?) "noticia" que responde al titular "El primer 'selfieadicto'". En la lista de "las más leídas", que se encuentra a su derecha, aparecen otros titulares sabrosos, como "Un diputado con 'pornosecretarias'" o "Polémica en Alemania por dos "barcos del sexo'". Caigo inmediatamente en la cuenta de que este tipo de noticias recurre con frecuencia a las "comillas", que ya es un cierto dato. "Selfieadicto", "pornosecretarias", "barcos del sexo" son construcciones novedosas con las que, efectivamente, se llama la atención. ¿Cómo no adentrarse en la exploración de conceptos como estos, sugerentes cantos de sirenas, diamantes en el ombligo de las danzarinas del vientre?
Sin embargo, mareado por tanta excitación informativa, logro centrarme en la noticia sobre "el primer selfieadicto" pensando que cuando haya dos dejará de ser noticia y no me enteraré. El diario me impacta con una serie de frases antes de entrar de lleno en el concepto:
  • Este joven británico, de 19 años, dedicaba hasta 10 horas diarias a hacerse autofotos
  • Intentó suicidarse tomando somníferos porque no era capaz de lograr la "imagen perfecta"
  • Sufre un trastorno dismórfico corporal y tuvo que ser ingresado para tratar su dependencia
  • "Sacaba 'selfies' en la cama, en el baño, todo el día hasta la madrugada", relata el chico 
  • Danny lleva siete meses sin 'tomarse' una foto y está tecnológicamente desintoxicado* 


Quedó abrumado, casi sin respiración. Como rápidas bofetadas con anverso y reverso de la mano, cada una de esas frases me golpea con su palabras clave: suicidio, trastorno, desintoxicaciones... Es como un tráiler. Vayamos a la película. Y esta comienza de lo abstracto a lo concreto, de la definición al caso, explicándonos qué es eso del "selfie":

Los 'selfies' (autofotos tomadas con la cámara del móvil listas para compartir en la Red) son el nuevo ego-fenómeno que inunda las redes sociales. Antes era una práctica marginal, pero ahora se los hacen hasta Obama o el Papa. Además, pueden ser en solitario o en grupo, como la famosa instantánea de la última edición de los Oscar.*


De nuevo me encuentro con otro término alarmante que desconocía: "ego-fenómeno". Esta vez soy yo quien pone las comillas, por lo que deduzco que debe ser algo de dominio público y que he debido estar apartado del mundo demasiado tiempo. ¡Vaya, me lo perdí! ¡Imperdonable! Sobre todo si se encuentra envueltos en el caso Obama y el Papa.
Me llega entonces un recuerdo de un selfie de Obama. ¡Claro! Fue durante los funerales de Nelson Mandela en diciembre. Y es verdad que se dijo que había creado un problema en la Casa Blanca. Pero entendí que lo de la "casa" era una cuestión matrimonial después de ver la cara de Michelle Obama. Si recuerdan, el premier británico Cameron y el presidente Obama, todos ellos de luto riguroso, se hicieron un selfie con la primera ministra de Dinamarca, Helle Thornin-Schmidt —o ella se lo hizo con ellos—. Puede que el selfie fuera un "ego-fenómeno", pero la foto que tenía valor era la que tomó el fotógrafo que logro captar en el mismo encuadre las caras tontas de los tres "selfies" y la de enfado de Michelle.


En cuanto al selfie del Oscar, el único comentario que recuerdo es uno que se lamentaba de que el actor Bradley Cooper —el que hizo la foto con el móvil de Ellen DeGeneres, la presentadora de la ceremonia— no tuviera los brazos un poco más largos para no haber cortado las cabezas de los que quedaban a los lados. Desconozco —es pronto para saberlo— si el ego-fenómeno dará ventajas evolutivas a los que tienen los brazos más largos respecto a los que los tienen más cortos, que pueden ser rechazados por las hembras de nuestra especie. Quizá dentro de unos miles de años podamos hacer selfies panorámicos. ¡Quién sabe!


Pero volvamos al caso del adolescente británico, el primer caso de "selfieadicto". Inmediatamente quedo atrapado en esta trivial historia:

[...] la simpática práctica del postureo casi lleva a Danny Bowman a la tumba. Este joven británico de 19 años dedicaba 10 horas al día a hacerse fotografías a sí mismo en busca de popularidad y aceptación en Facebook. "Podía sacarme 10 fotos antes de ducharme. Luego me hacía otras 10 después y 10 más después de arreglarme. Sacaba 'selfies' en la cama, en el baño, todo el día hasta la madrugada", explica Bowman al Daily Mail.*

Me desconcierta que una práctica tan peligrosa —crea ego-conflictos y crisis matrimoniales a los más altos niveles— pueda ser tildada de "simpática". Pero me desconcierta la fijación del adolescente británico con el número "10", lo que me hace sospechar un trastorno obsesivo. El diario nos lleva a los orígenes de este angustioso caso:

Hace cuatro años empezó a subir sus autorretratos a Internet para hacer amigos y conocer chicas. Pero en lugar de 'likes', empezó a recibir críticas sobre su aspecto físico, lo que avivó su desmedida afición. "La gente las comentaba, pero los niños pueden ser muy crueles. Una vez, uno me dijo que mi nariz era demasiado grande para mi cara y otro la tomó con mi piel", relata este adolescente nacido en Newcastle. Fue entonces cuando, en busca de la aprobación de los demás, se obcecó con conseguir una instantánea que reflejara su belleza.*


Debo reconocer que el caso tiene algo de fáustico: es persecución de la belleza hasta la locura tiene algo de pasión romántica y, como suele suceder, narcisista. Donde otros se hubieran vuelto adictos a la cirugía estética para cambiar de nariz, el joven británico se volvió adicto a la fotografía sin usar el "photoshop" que es lo que hacen los que quieren corregir "defectos" en las fotografías. Pero la honestidad del joven no le permitía esos trucos baratos, deshonestos, por más que los practiquen las revistas más prestigiosas sobre los más renombrados personajes. Él quería ser aceptado por sí mismo.
La historia avanza trágicamente en el relato de los acontecimientos. Nosotros la seguimos angustiados hasta el punto crítico:

Vivía pegado a su 'smartphone' y no podía pensar en otra cosa. La obsesión le obligó a dejar los estudios y a perder más de 12 kilos. Encerrado en casa, ya no veía a sus amigos y la idea de mostrar al mundo un rostro sin defectos se fue apoderando de él. Poco a poco, su salud se deterioró hasta el punto de intentar suicidarse.*

Descubro sobre mí que el estado que se nos demanda como lectores de noticias triviales no es racional sino orgánico: piel de gallina, nudo en el estómago y la lágrima a punto de salir. Cuanto más tonta es la noticia, más intensidad emocional requiere. La retórica rellena lo que falta de sustancia.
Que una "noticia" tan tonta como esta, tan artificial en todos sus pasos, haya llegado hasta aquí es un síntoma de nuestro mal estado informativo. Lo preocupante es que esta noticia —además de su trivialidad— reescribe, intensificando los efectos, lo aparecido en otro medio, el Daily Mail (con un espectacular titular: "Selfies almost killed me: Schoolboy who took 200 photos of himself every day because he wanted perfection describes how addiction drove him to attempt suicide")**, una noticia del 25 de marzo, que a su vez recoge información del Sunday Mirror y de ITV's Daybreak, en donde fue entrevistado. ¿El sentido de aquella entrevista? Un fin loable que se va perdiendo en cada paso que se centra en lo anecdótico para llamar la atención: avisar de los trastornos dismórficos, aquellos en los que los individuos se rechazan por su imagen. Los selfies son lo anecdótico, pues la existencia del trastorno es anterior a él. El propio joven confiesa: "'I think this kind of thing can happen to anyone, for me it manifested itself in selfies; it could be something different for someone else."** Un espejo hubiera sido igual de peligroso, pues hubiera enfrentado a la persona trastornada a su propia imagen, como ocurre en otros casos. El joven quería la aceptación de sí mismo y de los demás, algo mucho más vulgar, menos fáustico. Como el señaló, su objetivo era ser igual que su ídolo, Leonardo DiCaprio, pero... cuando no era la nariz, era el tono de piel. Cosas de la edad y de era de los medios.


El texto del diario El Mundo se limita a tomar una noticia de otro medio y a aderezarla con algunos aliños manidos y poniendo el énfasis en cosas circunstanciales. Podría haberse aprovechado para hacer algún tipo de indagación sobre estos desórdenes y su amplificación a través de las nuevas formas de comunicación, de las redes sociales. Pero eso es "caro" y "aburrido". Es más barato tomar una noticia "curiosa" y aplicarle unos toques de pintura para animarla. Unos cuantos términos más o menos llamativos acaban de completar el proceso de atracción
El diario Le Figaro de ayer publicaba un artículo sobre el videoclip del grupo español Amaral con el siguiente titular: "Sarkozy en héroïnomane dans le clip d'un groupe pop espagnol". Afortunadamente, se incluye el videoclip para que se pueda comprobar que junto a Sarkozy aparece una larga lista de políticos de toda condición y diversos países (Merkel, Berlusconi, Durao Barroso), pues no se critica al ex presidente galo, sino a la clase política. Pero la única forma de convertir eso en "noticia" es centrarlo en Sarkozy, un plano más en el conjunto del videoclip. Nada personal. Pero había que "personalizarla" para atraer la atención convirtiéndola en una "noticia francesa". Quizá con tanto "español" en los altos cargos de Francia, lo que venda ahora sea ponernos en el punto de mira. Cosas más raras se han visto.


Un lector sensato de Le Figaro se hace la pregunta que muchas personas se hacen cada día, en todas partes del mundo ante este tipo de noticias: "Pourquoi le Figaro se sent-il obligé de publier des nouvelles aussi consternantes qu’inintéressantes?". Otro, irónicamente consternado, señala: "Curieux, Hollande n'apparaît pas. Comme s'il n'existait pas aux yeux du monde.". Mi reino por una imagen. En todas partes cuecen habas.
Cuando los lectores son más sensatos que los que escriben, el periodismo está fallando.


* "El primer 'selfieadicto' " El Mundo 8/04/2014 http://www.elmundo.es/internacional/2014/04/08/534407c1e2704ece5a8b4585.html?cid=MOTB23701&obd=obinsite
** "Selfies almost killed me: Schoolboy who took 200 photos of himself every day because he wanted perfection describes how addiction drove him to attempt suicide" Daily Mail 8/04/2014 http://www.dailymail.co.uk/news/article-2588364/Selfies-killed-Schoolboy-took-200-photos-day-wanted-perfection-describes-addiction-drove-attempt-suicide.html

*** "Sarkozy en héroïnomane dans le clip d'un groupe pop espagnol" Le Figaro 8/04/2014 http://www.lefigaro.fr/politique/le-scan/insolites/2014/04/08/25007-20140408ARTFIG00421-sarkozy-en-heroinomane-dans-le-clip-d-un-groupe-pop-espagnol.php









sábado, 2 de noviembre de 2013

La perversión tituladora o la deformación del gusto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Una de las cosas que mejor definen el periodismo es el titular. El titular tiene un doble estatus, como toda promesa o pacto: nos ofrece algo y lo hace con un cierto estilo. El titular es un contrato sobre lo que el lector espera recibir. Nos adentramos en el texto al reclamo de unas líneas que nos hacen promesas sobre lo que esperamos encontrar. Como puede ocurrir con las promesas, muchas de ellas se incumplen o nos defraudan los resultados finales. Descubrimos entonces que lo que se nos ha dicho no era más que un envoltorio que escondía la realidad del texto.
Un titular es también una elección sobre el amplio contenido que le sigue. Nos muestra una decisión y un estilo decisorio que nos revelan algo del que ha realizado ese proceso de enmarcarnos el texto dentro de una lectura que el propio titular genera. Vamos al texto por el titular y leemos el texto desde el titular. Lo que podemos encontrarnos después puede se conforme a nuestras expectativas, creadas por el titular, o por el contrario puede ser engañoso o injustificado, un reclamo de pato para que el lector entre en la trampa efímera de la lectura.

Engañoso, injustificado o también —¿por qué no?— injusto, que es cuando lo que se nos dice queda empobrecido por una forma escandalosa de escribir y describir lo que después vamos a encontrarnos en el texto. Hay titulares que engañan engordando lo que apenas tiene consistencia y otros que, por el contrario, pervierten el contenido excelente porque no confían en que el paladar de sus lectores sea capaz de degustar más que griterío emponzoñado, controversia fácil, insinuaciones calumniosas, dobles sentidos y demás trucos con los que la profesión periodística tira piedras sobre su tejado y reduce a sus lectores a devoradores de comida basura.
Eso es lo que siente uno cuando ve la forma en que el diario El País ha titulado una magnífica entrevista al académico, catedrático de la Sorbona y ensayista Marc Fumaroli con motivo de la publicación de una nueva obra, La República de las Letras. El titular elegido por el diario es “Amazon son ladrones, unos vampiros”. Digo "elegido por el diario" porque —como he hecho en otras ocasiones— me gustaría que ese titular no fuera un acto deliberado del mismo profesional que ha realizado la información. Me gustaría —me muevo en el espacio del deseo— poder pensar que hay todavía personas que son capaces de realizar el proceso de elaboración de la información desde la honestidad profesional y no desde visiones y criterios degradados de sus materiales y del público al que van dirigidos.
Esta forma de titular es degradada y degradante, porque no solo afecta al trabajo del profesional —que ve modificado a la baja su trabajo, el texto— sino también hacia un lector al que se le llama a voces ofreciéndole carnaza podrida para que el olor se perciba desde bien lejos, que la vista se vea impactada por llamativas y escandalosas palabras. En el titular, que no puede ser más simple, todo queda reducido, de forma contundente, a la afirmación de que "Amazon" son "ladrones" y "vampiros", perdiendo cualquier tipo de sutileza informativa que nos explique por qué se ponen en boca de un señor como Fumaroli esas afirmaciones tan contundentes.


La entrevista con Marc Fumaroli se centra en las ideas que ha desarrollado en su última obra donde trata de explicar —según vamos sabiendo a lo largo de la entrevista— la esencia del mundo de las Letras hasta el siglo XVIII y cómo todo ese sentido cosmopolita de la cultura se transformó con la explosión del énfasis expresivo del "yo", con la llegada de los Romanticismos egocéntricos y populistas, buscadores de raíces personales y nacionales en extrañas síntesis de las que todavía padecemos los efectos secundarios.
Dice Fumaroli que tuvo una gran suerte por quedar aislado en el Marruecos francés durante los años de su infancia:  "tuve la suerte de estar privado de libros que no fueran los clásicos". Creció así su devoción literaria entre autores —Moliere, Racine, Corneille, La Rochefoucauld...— muy distintos de los que posteriormente revolucionarían las Letras creando un mundo fragmentario y de búsqueda constante, en el que el riesgo estaba en el descubrimiento de la propia mediocridad y en ser fagocitados por un público vulgar, acabados ya los tiempos de los elitistas mecenas protectores.


Tras interesantes reflexiones sobre los clásicos, el lenguaje, el gustos estéticos, etc.; tras citar ilustres nombres como los anteriores y otros tan exquisitos como Gide, Céline, Brasillach..., la entrevista se cierra —¡qué deprisa pasa el tiempo!— con una referencia a un libro anterior del autor y a la actualidad francesa:

P. Usted, que escribió El estado cultural, contra la política ideologizante ¿cómo valora la defensa estatal de los libreros franceses contra Amazon?
R. Estoy a favor de las librerías. ¡Es el combate de David contra Goliat! ¡Esas enormes maquinarias internacionales como Amazon que comen dinero y no pagan impuestos son ladrones, son vampiros, los detesto, no hay nada más horrible que esos Steve Jobs y compañía! En El Estado cultural yo no dije que el Estado no tiene que intervenir en los temas culturales; lo que dije es que debe apoyar solo lo mejor, y no derrochar en apoyar el rock o el rap y esas cosas que se venden muy bien solas. ¡Apoyar el libro, sí, al cien por cien! O nos convertiremos en subamericanos. En Nueva York todas las librerías interesantes han cerrado, quedan un par de Barnes and Noble, nada más...*

Tras esto, solo queda pagar el café y ponerse los abrigos. Ya está todo dicho. Esta última respuesta cuando ya se ha "sacado" todo lo anterior sobre la obra reciente es el diezmo a la "actualidad", la puerta que permite al periodista entrar con la cabeza alta en la redacción, un mundo en el que se confirma lo dicho por Marc Fumaroli: parece que solo cabe la vulgaridad y el escándalo, donde la "cultura", las "ideas", la "reflexión", etc. no pueden tener sitio. Todo lo anterior a ese párrafo, el texto completo, desaparece y solo nos quedan "ladrones" y "vampiros", quizá porque estaba destinada a aparecer en la edición de ayer, día de Halloween, y a alguien le pareció ocurrente. ¿Es eso lo "periodístico"?
Titulares posibles como "El Quijote apasionó a todo el siglo XVIII francés", "El beneficio ha destruido la República de las Letras", "El ocio debe ser enriquecedor"... o más centradas en lo personal, como "Quedé aislado con los clásicos", "Estoy a favor de los libros" quedan en el limbo de lo posible ante la contundencia de "vampiros" y "ladrones".
Hay un sinfín de posibles formas de que el titular haga justicia al texto. Casi cualquiera menos la elegida, que ha sido, además, manipulada. Tan manipulada que para que no sea tan evidente han cometido el "error" de suprimir las comas que enmarcaban a Amazon convirtiéndola así en el sujeto de las acusaciones de Fumaroli, y no en tan solo  un ejemplo de lo que quiere criticar: "esas enormes maquinarias internacionales". Quitar el "como" es convertir a Amazon en la responsable absoluta y en el objeto único de la ira de Fumaroli.
La forma correcta de la frase probablemente debería ser así: "Esas enormes maquinarias internacionales, como Amazon, que comen dinero y no pagan impuestos son ladrones, son vampiros, los detesto". De la misma forma, con el mismo criterio, —sería interesante saber por qué no lo hicieron— se podría haber titulado "¡Detesto a Steve Jobs!", pero quizá lo vieron demasiado personalizado y escandaloso, algo que suscitaría la protesta del propio Fumaroli que vería mucho más tergiversadas sus palabras. Al ponerlas entre comillas, se le asigna a Fumaroli un sentido que no es el que él le ha dado, incumpliéndose así otro pacto, el que afecta al entrevistado, que ve centradas sus declaraciones en algo marginal en la entrevista. El diario, sin embargo, insiste en ese interés —suyo, no del entrevistado— al señalar desde la cabecera "Alerta en esta entrevista sobre los peligros de los monopolios tecnológicos", algo que es absolutamente incierto.


Lo más deprimente de todo esto es que se reduce a los lectores a devoradores de carroña, a carroñeros incapaces de degustar un titular que tenga que ver con la "cultura", campo residual y estadísticamente despreciable en nuestros medios, incluso en los selectos, como se ve. La entrevista, de esta forma, mata los valores que el propio Fumaroli ha tratado de transmitir en sus declaraciones a través de la confirmación de los males que supone ese titular.

Titular de esa forma es comprender que efectivamente no es posible la "cultura" porque, entre otras cosas, algunos medios de comunicación hacen lo posible por enterrarla alejándola de lectores a través de su malformación. Es una educación negativa del lector. El que quiera cultura, parecen decir, que vaya a las revistas especializadas, que nosotros somos orgullosos garantes de la mediocridad ambiental, guardianes del escándalo, pisadores de uva de cualquier cosa que signifique sutileza, elegancia y distinción. Ladrones y vampiros.
Las pretensiones de que el "Estado apoye lo mejor" de la cultura para una mejora de la sociedad, sumergida en vulgaridad —como bien dice Fumaroli, lo vulgar se vende solo—, se diluyen en la forma burda de transmitir su mensaje, confirmando que no están los tiempos para Repúblicas de las Letras.
Echamos la culpa de esta situación al sistema educativo, a los profesionales, a los recortes, etc., pero no nos paramos a ver cuál es nuestra diaria contribución al crecimiento de la basura medioambiental. Si la obra de Fumaroli trata de explicar cómo el "ocio" era un concepto esencial en el mundo antiguo, pues estaba destinado al cultivo de uno mismo mediante la mejora del conocimiento, que fue de ese concepto del que surgió lo más valioso de la cultura digna de ser llamada así, «en el mundo industrial, moderno, el valor central es el trabajo. Es el beneficio, ganar, un mundo en que artes y letras están cada vez más marginalizados, no son de la misma necesidad que en un mundo centrado en el ocio.»*
Mientras la entrevista a Marc Fumaroli nos explica que es la perversión del ocio lo que marca el sino de los tiempos, el titular elegido nos lo confirma. Cualquier cosa vale para llamar la atención. Y todo tiene su efecto.


* “Amazon son ladrones, unos vampiros” El País 2/10/2013 http://cultura.elpais.com/cultura/2013/11/01/actualidad/1383332137_668553.html