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domingo, 18 de octubre de 2020

Los paraísos perdidos y el futuro por perder

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Muchas de las batallas que hoy se libran en el mundo lo hacen en la esfera comunicativa, son batallas informativas. Eso vale tanto para la presidencia de los Estados Unidos como para convencer a los españoles de sus distintas localidades para que no salgan a la calle, se reúnan lo menos posible, se pongan mascarillas y otras cuestiones relacionadas con el coronavirus.

Lo malo de este tipo de batallas es que podemos llegar a no saber con claridad quiénes son los contendientes, aunque sepamos siempre quién es el blanco: nosotros, destinatarios naturales de todas estas campañas.

Estamos en una sociedad mediática y hay espacio para muchas batallas informativas sobre múltiples asuntos. Desde los medios, se reclama nuestra atención sobre múltiples asuntos, unas veces más claros, directamente, mientras que en otras ocasiones se recurre a fórmulas indirectas.

Tal como ocurrió en meses anteriores, la estrategia comunicativa para hacer que la gente siga las directrices para evitar la expansión incontrolada del COVID-19 necesita de un giro. Es una característica de la atención la necesidad de cambios periódicos para evitar que dejen de tener eficacia los mensajes que se nos envían. La eficacia comunicativa pasa por la especificidad de los públicos y por la variedad de las formas de los mensajes, por los cambios que aseguren la atención que puede provocar una reacción determinada.

El cambio de tono se produjo en mitad de la escalada, cuando la gente empezó a saturarse con los mensajes de prevención y hubo que empezar a recurrir a nuevos agentes comunicadores. Se empezó a utilizar a personas próximas, reconocidas, frente al debilitamiento de los comunicadores institucionales y la preocupación por un sector, los jóvenes, que se había perdido por el gran énfasis informativo puesto en la muerte de las residencia de tercera edad. Hubo que buscar interlocutores próximos y un lenguaje directo hacia la juventud que les hiciera ver que la cosa iba también con ellos. Se logró a medias. Con la llegada de la desescalada, el tono cambió y el mensaje también: todo era ya seguro. Tanto los agentes institucionales como los sectoriales empezaron a lanzar mensajes directos e indirectos sobre la seguridad. Reclamaban "corredores seguros", proclamaban que su autonomía y todo lo que había en ella era tan segura como las más seguras, en una irresponsable campaña que lanzó a la gente a la calle convencida que no había riesgos. En apenas unas semanas se perdió lo que se había avanzado con meses de sacrificios económicos, humanos y de paciencia, con pérdidas económicas y otras imposibles de evaluar, como las de la Enseñanza.

Ahora estamos en esto que llamamos incorrectamente segunda ola y que es exclusiva responsabilidad nuestra, de nuestras acciones y omisiones, de nuestro comportamiento y de nuestro aburrimiento. Ahora la batalla es perceptible entre los intereses sectoriales, los políticos, los sociales y los sanitarios. Es una batalla compleja que se dirime en los medios, en el parlamento, en los hospitales y hasta en las calles, con protestas de quienes quieren que se les quiten las restricciones a sus locales, ya sean de ocio o de restauración, de cultura o de deporte, tiendas de aforo limitado, etc. Todos necesitan de las masas, de la ocupación de sus negocios y, de nuevo, todos juran ser "seguros" y cumplir con las normas de seguridad, algo que no siempre ocurre. El "insigne" ejemplo de lo ocurrido en el teatro Real de Madrid, las actividades apretadas tras el cierre de los bares en la trastienda, las fiestas privadas, la llegada de estudiantes a las ciudades universitarias con escándalo atemorizado de los vecinos en ciudades como Granada o Salamanca, lo ocurrido en la Universidad del País Valenciano y que ha obligado a suprimir las clases presenciales, etc.

Los medios se encuentran presionados en esta guerra entre sus compromisos políticos (los tienen, pese a sus declaraciones de independencia) y económicos (los tienen a través de la publicidad y el accionariado). Muchas veces sobre ellos recaen ambas presiones.

Con todo, la gran responsabilidad es de cada uno de nosotros. No son los locales los que transmiten directamente; son solo el espacio del encuentro, que deben tener sus propias reglas, pero son la mayoría de las veces el incumplimiento individual y grupal el que provoca los contagios en una clara ceguera suicida para las personas y para los entornos económicos. Es una certeza que si todos cumpliéramos con las normas, de las personas a los negocios cara al público, no estaríamos en el estado actual. Pero es más fácil sancionar a un comercio que una fiesta de amigos en un domicilio, donde la vigilancia está limitada a las denuncias de los vecinos, en el más escandaloso de los casos.

Con todo, son las reuniones particulares, las fiestas familiares y de pandas de amigos o compañeros de estudios, los mayores espacios de contagio. Si a esto se le suma las carencias institucionales de medios, tanto de personal sanitario como de rastreos, de test rápidos, etc. el problema está servido.

La portada del diario ABC nos mete en la UCI directamente: "Las cicatrices del Covid: «Muchos saben que el virus mata, pero no se habla tanto de las secuelas»". RTVE iba por el mismo camino ayer dándonos reportajes de las UCI y de las personas que fallecen allí. Igualmente, nos mostraban las secuelas en pacientes jóvenes y no tan jóvenes, gente que ha quedado sin fuerzas o con una garganta que les impide hablar, personas que ha perdidos algún sentido, generalmente el gusto. Es un nuevo cambio en la estrategia comunicativa: tratar de acercar las secuelas y que el miedo prenda en la gente ya que la responsabilidad no lo hace.

La gran batalla se da con la juventud. No son siempre los responsables de todos los contagios, pero sí una parte importante y, sobre todo visible. El escándalo de las ciudades universitarias nos muestra un lado grave de nuestro estado social, la irresponsabilidad, que forma parte de nuestro medio ambiente social como uno de los mayores problemas. Desde el punto de vista comunicativo, se plantea un problema: su desconexión de los medios tradicionales, que son los que se están usando con poco efectos: los jóvenes no ven noticias, no ven nuestros noticiarios ni los programas. Son el reino de la auto programación, de la fragmentación informativa, casi atomización. Sus canales son otros menos programables para hacer llegar mensajes. Estos llegan a sus familias, pero parece que sirve de poco una vez que se tiene un pie en la calle. Los que son responsables, lo son. Los demás... La vida social es parte esencial de su mundo porque los sectores son generacionales. Si se les cierran los espacios de socialización, sencillamente los cambian, con lo cual el problema no solo no se soluciona, sino que se agrava. ¿No recordamos el origen del botellón, una alternativa barata por sacarlos de otros espacios? Al descender el poder adquisitivo de los jóvenes, estos fueron sacados de los espacios habituales y se organizaron en las calles, comprando la bebida en los supermercados y organizándose ellos mismos la distribución con esos coches que les suministran el alcohol cuando se les gasta. La "mano invisible" funciona reorganizando el mercado para que no se "pierda" el capital y siga circulando.

Nuestro sistema económico funciona en gran medida creando capas que van desde el turismo de lujo hasta el llamado turismo de exceso y el botellón, la alternativa  barata al restaurante o al pub. Lo malo es que se ha convertido en una alternativa estable que ha creado su mercado, por un lado y sus hábitos sociales, por otro. Y muchos no están dispuestos a renunciar a él. Desde fuera es trivial, pero tanto como lo es el cafelito de media mañana con los compañeros de la oficina. No es fácil desprenderse de los más cotidiano. Y una gran parte de nuestro sistema gira sobre este tipo de actividad. Es la alternativa social y alcohólica que da salida al comercio, a la producción de vinos y alcoholes, de refrescos y aperitivos.

Los primeros días del confinamiento por la pandemia, el papel higiénico y la botellas de cerveza, con los aperitivos, fue de lo que se hizo acopio. Las campañas publicitarias pronto mostraron que era necesario —tenemos algunas campañas publicitarias de cerveceras en este sentido— que había que apoyar a los bares, el lugar del consumo, y no solo a la bebida. No bastaba con consumir en casa, había que salir a los bares a beber allí ante el peligro del sector.

Es solo un ejemplo de los mensajes en diferentes sentidos que buscan combatir por su cuenta los problemas sectoriales en contra de los consejos sanitarios que buscan reducir la movilidad y la celebración sociales. No se puede combatir una epidemia reuniéndose en bares, campos de fútbol, teatros, museos, cines, etc. para mantener un país que se ha construido sobre la vida social y el turismo y no sobre la producción y la exportación industrial, un sector que se ha ido reduciendo.

La pandemia está durando más de lo que se pensaba (y lo que durará) y el coste en vidas es elevado. Se produce, además, un efecto negativo sobre el turismo, que se espanta ante las cifras españolas, por más que se le asegure que "todo es seguro". De nuevo aparecen hoy las noticias sobre "corredores turísticos seguros", con los que determinados espacios tratan de salvarse de la quema general. Es difícil lograrlo pues solo se reducen las cifras negativas con dos factores, reducción de la movilidad y mayor conciencia social, algo que entra en contradicción con las llamadas a la movilidad para aumentar el consumo. Es una pescadilla contradictoria que se muerde con saña su propia cola.

Estamos desaprovechando, entre quejido y quejido, entre lamento y lamento, entre protesta y protesta, la oportunidad de transformar nuestra economía, por doloroso que esto sea. Hay que pasar de un sector a otro, ir a actividades menos sensibles a lo que parece ser un signo del futuro que nos espera en un planeta que está llevado al límite. Los conspiracionistas obvian que es en gran medida nuestra actividad lo que provoca nuestra debilidad ante estos fenómenos —y otros relacionados con el cambio climático— que se irán multiplicando en el futuro. Quizá todo esto es el final de un ciclo y el futuro ya no va a ser una "normalidad" como la de antes. Tenemos por delante la ocasión de rectificar. Reproducir el mismo modelo es un suicidio. Pero parece que tenemos limitada la visión por los intereses de un modelo "terraza" y "vacacional" de vida, basado en el ocio y en la llegada de personas que pueden dejar de llegar mientras nosotros seguimos lamentándonos por ello, sin hacer nada por cambiarlo.

Las ampliaciones del teletrabajo, de la educación a distancia, de una cultura más digital, de menos grandes acontecimientos y mayor mesura en los viajes, etc. parecen más seguros que el mundo feliz que hemos diseñado desindustrializándonos, convirtiéndonos en un paraíso de pago para los que vengan a dejarse tiempo y dinero en nuestras costas, en nuestro abandonado interior. Tenemos de dejar de pensar en términos de "turismo" todo. Hay que empezar a reindustrializar España o el futuro que nos espera es bastante oscuro. Ya teníamos mensajes claros de una economía débil, precaria y creadora de profundas desigualdades. Sobre todo de sanción a una juventud a la que se forma en las aulas y se deforma en las calles, en los trabajos, etc. a base de botellones, de empleos precarios, de contratos temporales enlazados, de becas que tapan el drama, donde los mejor formados acaban en otros países que se aprovechan de nuestra educación para no tener que hacerlo ellos. Perdemos lo mejor; los que se quedan tienen muy poco donde elegir. Seguimos siendo el país con un paro que duplica el de los peores países. Y nos hemos acostumbrado a ello, entre otra cosa porque a muchos de los sectores que ahora se quejan les viene bien tener un empleo temporal y barato.

Nuestro problema no es nuevo. La pandemia lo ha dejado en evidencia. Pero seguimos sin querer verlo, mientras se agitan ante nuestros ojos ofertas de vacaciones a buen precio, ofertas increíbles, en paraísos semivacíos. Las secuelas del COVID19 no van a ser una exclusiva de los pacientes: también la economía las va a tener. Los demás países, los que nos envían turistas, toman nota de la situación de lo más aconsejable para sus propios futuros. Si no movemos ficha, corremos el riesgo de quedarnos como un resquicio de un pasado lejano. Es hora de tomar conciencia primero y medidas después. 

Desgraciadamente, tenemos al frente a la peor clase política en muchos años, incapaces de liderar una transformación necesaria de España, un cambio de rumbo hacia un futuro posible, mejor que este presente que dura ya demasiados años y se arrastra desde las crisis anteriores, que no convierte en el farolillo rojo de Europa, campeones en los peores datos. La sociedad española en su conjunto necesita reflexionar sobre esta situación y las perspectivas de futuro. Desgraciadamente estamos a otra cosa.

miércoles, 31 de diciembre de 2014

El año que dejamos o nos deja

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
He tirado cuatro páginas de recuento de elementos negativos del año. Los sabemos todos y no es más que meterse el dedo en el ojo. Entre el vaso vacío y el vaso lleno es mejor acabar el año con el sentimiento de que vamos saliendo. En España hay quien vive la crisis y quien vive de la crisis. Eso que nos han repetido de que hay que ver las crisis como "oportunidades", algunos se lo han tomado muy en serio. Demasiado.
En el aspecto positivo del año, las señales evidentes de mejora económica. Por más que los políticos vivan de la euforia unos y del desastre los que se les oponen, las señales de recuperación económica provienen de diversos indicadores internos de reactivación y de la confianza exterior. Ni tanto ni tan poco. Si tiene dudas, consulte en los comercios. Yo lo hago habitualmente, pregunto cómo va el año y me dicen, por lo general, que ha ido mejor que el anterior. Luego que los políticos digan lo que quieran y cada uno piense como mejor le parezca, si es poco o mucho.
Eso no significa que esto sea Jauja, sino que lo peor ha pasado y que, con muchísimo sacrificio, se ha conseguido salir de un desastre cantado. No, España no es Grecia, afortunadamente, por más que hoy mismo lo diga el señor Echenique, de Podemos. Los que se empeñan en que esto sea Grecia tendrán su responsabilidad histórica cuando intenten forzar los parecidos. Los retratos de España que hacen los políticos son como lo que decía Picasso del de Gertrude Stein: "ya se irá pareciendo". A unos, sí, les va el cubismo, a otros Sorolla y otros Gutiérrez Solana. Elija el que quiera.

Lo preocupante de esta recuperación son los efectos sociales de la crisis, que es necesario comenzar a paliar para que el estado de bienestar adquiera su sentido real, por un lado. Pero, por otro, lo es no cometer los mismos errores que anteriormente se han cometido.
En España hay dos crisis, la general, la de la zona euro, y la propia, la que se deriva de nuestros propios errores y derroteros. Hay que tener mucho cuidado con cómo se crece. Lo que se ha percibido claramente es que el camino que se había emprendido es poco estable y las crisis nos dejan anémicos.
Hay dos "Españas", sí. La una es la que se eleva sobre el ladrillo y el turismo, que quiere reducir al país a ese movimiento de especialización, y una segunda España que es la que ha retrocedido, la de la industria y la ciencia. Los que dicen que el turismo y la construcción son motores, tienen razón. El problema real es adónde nos llevan. Creo que eso lo hemos visto claramente; otra cosa es que verlo sea suficiente para convencernos.
La España que aspira a estrellas Michelin funciona pero tiene grandes problemas en un país con el potencial del nuestro. Es un camino que se ha ido convirtiendo en autolimitación de lo que podemos hacer para tener un país equilibrado. El turismo modela al conjunto porque requiere escenario, es decir, transformarnos a nosotros mismos para acoger a los que llegan y condenarnos a batir nuestros propios récords de afluencia. Esta muy bien, pero tiene efectos muy nocivos para poder avanzar como país si no hay nada más detrás. Las autoridades locales y autonómicas han visto en el sector la salida rápida de los problemas a través de un turismo que corre el riesgo de saturarse.

Para que España se sitúe en el lugar que puede estar es necesario avanzar por el apoyo a la industria y las exportaciones. Son los que han ayudado a salir de la crisis sacando pecho cuando todo lo demás menguaba.
Es necesario apoyar a la industria y a la agricultura, que ha tenido también un papel importante en el sostenimiento. España necesita fortalecer la industria y eso solo se logra potenciando la innovación real a través de la investigación. Hay que ligar Investigación y Desarrollo. Tenemos buenos científicos e investigadores a los que formamos y de los que apenas se saca provecho porque no hay una industria que aprovecha la aplicación de sus resultados.
España necesita una apuesta clara por la industria y la Ciencia. Es una demanda de una generación a la que se condena a vivir del turismo y sus efectos económicos. Además del comercio es necesario aumentar la producción superando la atomización del sector productivo español, reducido al aumento del autoempleo. Esto lo advierten una y otra vez, hay que aumentar el tamaño de nuestras empresas. Nuestro laberinto legal autonómico tiene que agilizarse para poder favorecer el desarrollo industrial. Es una reclamación constante.
Uno de los mensajes más claros de esta crisis es que España necesita de esos cerebros que se nos van. Se van porque el modelo de economía del país, el camino elegido, no los necesita, pues su foco está centrado sobre el turismo y el suelo. Para ello es esencial el papel del crédito y que la banca haga examen de conciencia sobre lo que ha centrado sus beneficios y pérdidas, es decir, su papel en la crisis financiera y en la burbuja inmobiliaria.


Es de agradecer que uno de los primeros mensajes de la Corona, del rey Felipe VI, haya sido de apoyo a la industria y, por extensión, la investigación innovadora. Creo que recoge el sentir de muchos y, junto a otras señales enviadas a la sociedad, ha hecho que crezca la confianza en la institución, tal como recogen las encuestas realizadas.
Aquí lo hemos señalado en estos años una y otra vez. Hay que salir de un modelo que nos condena a la dependencia exterior constante, que nos deforma económicamente, y apostar por un modelo paralelo que vaya haciendo crecer nuestro sector industrial que es competitivo cuando se le deja serlo.


La Ciencia española funciona cuando la dejan; lo que hay que dar es la oportunidad de que el dinero que se invierte en ella sea rentable al transferirse al sector industrial. En esto las universidades y centros de investigación son esenciales. La brutal campaña desatada contra la universidad española, de origen y finalidad inciertos, cuyos ataques provienen de sus propias filas, nada bueno augura. Son muchos sus defectos, pero también las carencias a que está sometida. Lo que no tiene sentido es atacar la institución, sembrando la desconfianza social, desautorizándola como referencia. Muchos de los que afilan sus uñas en artículos contra ella son hijos privilegiados de la misma universidad que atacan, pero los psicólogos nos explican bien ese mecanismo que hace que todo lo que tengamos sea esfuerzo propio mientras lo de los demás es regalo injusto.

Si de algo adolece la universidad española es del mismo cainismo político que la ha invadido y de la que no se ha sabido defender. Donde el cáncer del sectarismo ha anidado, se ha reproducido el mismo esquema de la política, supeditando la ideología o la afinidad a la eficacia. No, la universidad no se ha librado de esto como tampoco lo han podido hacer otras instituciones, que, al menos, lo intentan.
La mejora del sistema educativo es esencial desde la guardería en adelante. No se trata de aumentar los controles, forma carcelaria de entender la formación, sino de modificar los enfoques y crear las condiciones necesarias para que la educación realmente lo sea. Pero la educación padece, como otros ámbitos, la falta de acuerdo y la necesidad de inversión para que pueda ser más eficaz. Hay batallas, como la de la Formación Profesional, que llevan años librándose sin avance alguno. Y esto sería esencial también para el desarrollo industrial del país. Pero no hay forma de avanzar porque los intereses sobre la educación son muchos. Basta con ver los modelos externos que funcionan para entender lo que no funciona aquí.
La crisis que padecemos es larga porque no habido esa capacidad de poner rumbos hacia mejores aguas. Hace falta otro tipo de liderazgo y de líderes, personas que sean capaces de tener ideas y visión de futuro, algo de lo que nuestra clase política, ligada al aquí y al ahora del cortoplacismo, no tiene. Hay demasiada demagogia encubriendo incapacidades. La renovación de la clase política solo es posible si varían su forma de enfocar su papel en el desarrollo del país, detectar las fuerzas y posibilidades reales para encaminarnos todos. Lo demás es pelea de gallos, fuegos artificiales, que nos alejan de la posibilidad de ser un país que progrese al ritmo adecuado.
Tienen más confianza en España fuera que dentro. No la tenemos no porque no queramos, sino porque el debate político es una pelea en el fango, espectáculo al que consiguen arrastrarnos.


En España se confunde a menudo la acción ciudadana con salir a la calle con una pancarta. Necesitamos más iniciativas civiles, más cultura, más foros de debate de ideas. Algunas serán buenas. La tribuna única de nuestra política y su presión mediática nos hipnotiza y seduce. La vitalidad de una sociedad se mide en creatividad, no por el volumen de sus gritos.
Creo que la española lo es y debe demostrarlo cada día antes de dejarse seducir por más cantos de sirenas. Ya no es tiempo ni de bromas ni de aventuras. Es el tiempo de aportar y de exigir, de controlar y de dejar claras nuestras aspiraciones como sociedad.
La sociedad española ha dado un ejemplo de solidaridad constante durante la crisis, algo que los políticos han sido incapaces de hacer mostrando la unidad que deberían haber establecido entre ellos como ejemplo de unir fuerzas para salir adelante. Todo lo que nos siga dividiendo como sociedad se acabará volviendo contra nosotros. Esto es claro y sencillo. Todos podemos tener ideas; lo que no podemos es estar inventado el país todos los días.
Que 2015 nos traiga, al menos, buenas ideas que nos sirvan para salir de malas situaciones. Mis deseos de un año mejor para todos, estén donde estén, piensen como piensen, quieran lo que quieran.




jueves, 8 de agosto de 2013

Un canadiense excéntrico

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mark Carney viene de un país extraño, un país cuyo sentido universal parece que hagan chistes sobre él en las series estadounidenses. No llegan muchas noticias de Canadá; alguna sobre disputas lingüísticas o tensiones separatistas cuando hay elecciones y poco más. Mark Cartney, canadiense, ex Goldman Sachs, ha aterrizado en el Banco Central de Reino Unido y les ha dicho una cosa muy rara a los británicos. Nos lo cuenta el diario El País:

El gobernador del Banco de Inglaterra, el canadiense Mark Carney, dijo hoy que hay que cambiar la "cultura" de las entidades bancarias para que presten atención al lado "social", a fin de crear empleos y ayudar a las empresas a invertir.
"El asunto cultural es fundamentalmente importante. Tiene que haber un cambio en la cultura de estas instituciones. Es algo sobre lo que he hablado en el pasado cuando estaba en Canadá (donde fue gobernador del Banco Central), y se aplica también aquí", señaló.
"Yo creo que las finanzas pueden desempeñar una función social y económica útil", puntualizó el nuevo gobernador.
En su opinión, el sector financiero debe concentrarse en la "economía real", en la creación de empleos e impulso de la economía.
Según Carney, la pérdida de esa "concentración" en la economía y la sociedad hace que las finanzas sean "inútiles socialmente".*


Ese cambio de "cultura" contrasta con la opinión de la sabia empleada de mi sucursal, quien me dijo una vez que "los bancos están para ganar dinero y que unos lo hacen mejor que otros", que es como decir que hay robos mal hechos y otros bien hechos en los que no se dejan huellas. El diario El País dedica hoy su editorial —"Quejas sin respuesta"— al auténtico escándalo de que la banca española desatienda las reclamaciones de sus clientes, incluso las justas, desoyendo las resoluciones. Piden la intervención del Banco de España para que la banca atienda y deje  esa actitud impresentable de hacer oídos sordos a las sentencias que no le dan la razón. Están acostumbrados, según parece, a hacer lo que quieren sin que nadie les pueda decir nada, a ignorar las reclamaciones que tienen que atender.


La "doctrina Cartney", vamos a llamarla así, tiene mucho de osadía —ya le recibieron de uñas algunos en Reino Unido— porque decir estas cosas en una manifestación delante de mi sucursal puede ser un desahogo folclórico, pero decírselo a la BBC desde su puesto del Banco de Inglaterra es otra cosa. Decirlo cerquita de la City, en un país que ha ido perdiendo su tejido industrial centrándose en el mundo financiero, en la especulación mundial, en el que se refugian los que se sienten presionados en sus cuentas bancarias —menos Depardieu, que se va a Rusia—, el país en el que los banqueros juegan con el LIBOR (London InterBank Offered Rate) como el que juega al bádminton —es decir, pegándole fuerte para arriba, que ya caerá—, etcétera, etcétera, pues tiene un gran mérito provocativo.

Esto es lo que escribía José Alvear Sanín, en 2009 —en pleno estallido de la crisis financiera—, en el diario colombiano El Mundo, , bajo el significativo título "¿El fin de Inglaterra?":

La liquidación del Imperio significó un doloroso reacomodamiento para pasar de primera potencia a una posición secundaria en el mundo. Luego, con la transformación tatcherista, pareció detenerse la decadencia económica, pero el neoliberalismo más hirsuto agotó pronto sus aspectos benéficos como revulsivo porque, en vez de conducir a una recuperación industrial, produjo una mentalidad cortoplacista para el rápido lucro especulativo, seguida de un empobrecimiento general de los estratos menos favorecidos, con eliminación en buena parte del Wellfare State. 
Se redujeron los impuestos al capital y se desreguló la actividad bancaria hasta los extremos que han significado el desplome actual de esa industria. Se desmanteló el viejo aparato industrial. Casi todas las grandes compañías se vendieron a multinacionales extranjeras, antes de traspasar la propiedad de buena parte de la electricidad, los acueductos, los aeropuertos y las terminales marítimos a empresas foráneas.**

Cuando Alvear Sanín terminaba de describir las cifras de los efectos de la desindustrialización y de la conversión en un país de finanzas, dedicado al cortoplacismo, la búsqueda del dinero fácil y la inversiones allí dónde se obtenga la máxima ganancia sin importar otros factores, introducía una solitaria línea en la que señalaba: «Solamente Estados Unidos y España acusan cifras peores en ese capítulo. »** Nosotros, siempre con los grandes. 
El diario El País de hoy mismo nos trae otra noticia: las protestas por la desindustrialización de Andalucía. Titula el diario: "Andalucía pierde 16.000 operarios de la industria en solo un año"***. A través de los dramas personales de los desempleados o de los especialistas de la industria empleados en ocupaciones como vender pescado, nos va describiendo la lenta desindustrialización de Andalucía, pero que puede extenderse al resto del país, que muere lentamente por la falta de financiación a la economía real, por los miramientos de los que fomentaron la especulación de las burbujas, por los que apostaron todo al ladrillo, que era lo que permitía ganar por los préstamos a todos, a constructores y a compradores de casas, amparados en unos políticos no supieron o no quisieron —advertidos desde fuera estaban, desde luego— frenar ese modelo pensando, como es característico de la euforias financieras, que nunca se pincharía el globo.


La banca es rescatada, pero no lo es la industria, que debería recibir los efectos de ese rescate. Europa concede dinero que volverá a las arcas de los deudores, sus propios bancos, pero no quiere competidores industriales. Los que debemos querer competir somos nosotros, hacerlo desarrollando de nuevo la industria. El fiasco de los "astilleros" de estos días, con la devolución de las ayudas europeas, nos advierte claramente que hay que ir con pies de plomo, no sean que corten las alas. El esfuerzo industrial lo debemos hacer nosotros, agrupando fuerzas, potenciando iniciativas, creando alternativas, algo que no se ha hecho durante décadas de desidia en este sentido. La desindustrialización es lo que hay que evitar a todo trance —es lo que están haciendo países como Estados Unidos, que ha aprendido algo de la crisis— porque es el centro del empleo estable, lo que permite sortear las crisis con exportación, permite la innovación y el desarrollo científico e investigador. Sin industria no hay futuro. Y la industria necesita del crédito.


La recomendación de Mark Carney de que la banca invierta en la economía real, que los créditos vayas a las empresas e industrias, no es una excentricidad canadiense: es el futuro de este o de cualquier país que sienta que sus autoridades no están como florero neoliberal, esperando a que se reconstruya por efecto de la mano invisible, sino por las acciones inteligentes y eficaces sobre el sistema, redirigiendo los esfuerzos allí donde se pueden consolidar sectores industriales generadores de estabilidad y no en nuevas especulaciones, vendiendo a precio de risa a los que vienen a comprar en los saldos nacionales. Desde todas partes manifiestan el temor porque el crédito no fluye hacia la economía real. Y la banca espera a ser ella la que decida cuándo, cómo y a quién. En otras circunstancias sería lógico, pero teniendo en cuenta su responsabilidad en esta crisis y, especialmente, lo que se ha sacrificado por sanearla, creo que apelar a su responsabilidad —como la quieran llamar: ¿social, nacional, ética...?— no es demasiado. El modelo ha cambiado; debe cambiar.


Es el único valor que los españoles esperamos de nuestros políticos. Y, desgraciadamente, sus propias formas de selección no dan el tipo adecuado. La única política parece ser, como en las subastas, que los precios caigan tanto que les resulte atractivo a los demás comprarnos. Ya lo dijo Donald Trump.
Creo que necesitamos también algún canadiense excéntrico o, en su defecto, tomar nota. 

* "El gobernador del Banco de Inglaterra cree que los bancos deben centrarse en el lado "social"" El País 8/08/2013 http://economia.elpais.com/economia/2013/08/08/agencias/1375951087_444308.html
** "¿El fin de Inglaterra?" El Mundo.com 4/02/2009 http://www.elmundo.com/portal/pagina.general.impresion.php?idx=107140
*** "Andalucía pierde 16.000 operarios de la industria en solo un año" El País http://ccaa.elpais.com/ccaa/2013/08/07/andalucia/1375891496_442370.html




domingo, 16 de junio de 2013

El viaje de ida y vuelta a ninguna parte o la economía real

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No hay como un buen desastre para que uno se dé cuenta de que ha hecho las cosas mal. Últimamente estamos llenos de reflexiones en este sentido. La realidad es muy tozuda y los desastres se llevan por delante las exitosas argumentaciones de la temporada pasada. Recogen en el diario El País:

“Sin economía real no iremos a ninguna parte, los países con un sector industrial fuerte afrontan mejor la crisis que el resto. Tenemos que volver a poner la industria en el corazón de la política económica”, señalaban hace pocos días fuentes comunitarias en Bruselas, en un tono que parecía entonar un mea culpa colectivo y difuso.*

La "economía real" somos usted y yo y el vecino de enfrente. Decir que sin la "economía real" no se va a "ninguna parte", significa decir que una economía que no se preocupa de la gente no es una economía, es otra cosa. Podrá llamar economía a muchas otras cosas, pero no podrá olvidarse que al final está la realidad, usted y yo, seres finitos, que vivimos aquí y ahora, que comemos, enfermamos y tardamos un tiempo en recuperarnos, que crecemos y nos jubilamos.
La economía real tiene los pies en el suelo, pero no para especular con él, sino que entiende que la radicación es el hecho esencial de los seres humanos y no la migración, que es siempre un hecho forzado, huir de una carencia. La economía que acepta la visión del capital siempre está preocupada por la "fluidez", por dónde ganar más; la visión que se ocupa de la economía real, de nosotros, se preocupa de cómo garantizar la mejor vida posible a los que viven en un espacio, mayor o menor, y trata de mantener las mejores condiciones en él. La inmoralidad profunda de algunas opiniones frívolas sobre el que nuestros jóvenes tengan que irse de España es esa, la despreocupación por la economía real, por la realidad misma, por las personas y sus destinos vitales. Es maravilloso que la gente quiera ver mundo, salir y prosperar; pero desastroso si se te tiene que ir la mitad del país fuera para que te salgan las cuentas, si no puede uno enfermar porque se te descuadra el presupuesto, y una larga lista de "molestias" derivadas de la imperfección de naturaleza humana.


Puede que exista "otra economía", pero no hay "otra realidad". Es la cera que arde, como dice el refrán. Se nos refleje como se nos refleje, el problema que usted y yo tenemos es el de vivir en el seno de una sociedad y de tratar de hacerlo lo mejor posible, en las condiciones más humanas, con la mejor convivencia. Para ello es importante que las personas a las que elegimos usted y yo para que nos gobiernen, para que nos dirijan, sean conscientes de que usted y yo somos seres vivos y no números o gráficos, que somos seres que aspiramos a una modesta felicidad sobre la tierra.
Hemos desgastado la palabra "felicidad" con tanta novela romántica y libros de autoayuda, pero la aspiración humana, como bien señaló Keynes, es a una "buena vida", a una vida —la única que tenemos— "feliz". La política o la economía no deberían olvidarse —junto con muchas otras disciplinas, probablemente— de que su fin último debería ser humanista y social: preocuparse por la felicidad del ser humano, individual y colectivamente.


El descubrimiento por parte de las instituciones europeas de que con su diseño y políticas se va al desastre y que ese desastre no solo afecta a los números sino esencialmente a las personas y sus aspiraciones de felicidad llega un poco tarde. Ha tenido que crecer el desempleo, hacerse precario, mal pagado, reducir prestaciones y servicios sociales, saltar la indignación a las calles, darse suicidios por desesperación en distintos países, etc.
Señala Amanda Mars en el artículo citado de El País:

Hoy las autoridades asumen que la zona euro, que es la única región que no crece, si quiere prosperar, debe seguir siendo una factoría a pleno rendimiento, pero le coge en plena sequía de recursos públicos y con el grifo del crédito cerrado para el sur. Hay dos Europas en lo que a empresas se refiere y una paga por los créditos casi el doble que la otra. Se repite desde que comenzó la crisis de deuda soberana, pero esta misma semana la fundación de análisis de cajas de ahorros (Funcas) publicaba los datos más recientes en un estudio: los países con más problemas de déficit pagan un 85% más por el crédito que el resto. Bruselas intenta que el Banco Europeo de Inversiones (BEI) sirva para canalizar más dinero para pymes.*

En repetidas ocasiones hemos planteado aquí este problema. Hace unos días —en Pregunta a Míster Guindos [ver entrada]—, nos contaban que la pregunta que lanzaban al ministro de Economía español en todos los foros internacionales era en qué sector industrial se va a basar España para crecer. El "turismo" no es el camino, le advierten, por más que sea una fuente de ingresos. Lo es ahora porque hemos desmontado casi todo lo demás, porque los pueblos prefieren poner un dinosaurio de pega en la entrada para atraer turistas y que se tomen unas cañas en sus bares antes que crear industrias que permitan a las personas trabajar de otra manera [El dinosaurio soriano  ver entrada]. No podemos seguir poniendo puente de plata a nuestros jóvenes ingenieros; hay que ponerlos a trabajar aquí, crear industrias, invertir en ellas. Eso es ocuparse de la economía real, del potencial real.

Para ello hay que vencer las resistencias de los sectores que se han beneficiado de este desarrollo desastroso que España se ha dado, con los intereses de los inversores del Norte, todo hay que decirlo. Hay que vencer las resistencias de los intereses de los políticos locales sin miras que han hecho del suelo su principal activo y de todos los que pretenden que ese modelo sea predominante. La conversión de España en zona turística y de eventos, su progresiva transformación desde las costas hacia el interior, es algo que tiene que cambiarse para poder tener una economía real estabilizada. El modelo turístico es demasiado fácil pero hace estragos en el futuro, que se ve encadenado y condicionado. Es nuestra "enfermedad holandesa", el sector que destruye otros sectores, que impide otros desarrollos. Una piedra al cuello.
España tiene un grandísimo potencial industrial y llevaba el camino de hacerse realidad hasta que el desastre de nuestros dirigentes, su novatada europea, nos ha ido dejando caer en una forma en la que no concuerda nuestra transformación social con nuestro presente económico. Íbamos para país industrializado y nos redestinaron a un modelo precario y dependiente de crecimiento. Unos no querían competir con nuestra agricultura y volcaban camiones, otros tenían problemas con nuestra industria. El turismo estaba bien; España tiene —como decía la vieja canción de Los Mismos de Tenerife— "seguro de sol". Fuimos país emergente, pero se nos pasó el turno.

Efectivamente, sin la economía real no se va a ninguna parte. Y la economía real supone también dar salida a las aspiraciones que la mejora de la educación, la formación laboral, etc. producen en un pueblo. Hemos mejorado mucho, pero no nuestras aspiraciones, que se han quedado petrificadas en un modelo obsoleto que ya nos viene pequeño desde hace mucho tiempo. La migración de los mejores por inexistencia de iniciativas capaces de acogerlos o apoyarlos es la evidencia mayor. Hay que recuperar nuestro ritmo de crecimiento, continuar nuestra conversión inconclusa en país industrializado. Ayer decía el Presidente del Gobierno en un foro didáctico que los gobiernos no crean puestos de trabajo, sino las condiciones para que se cree, que son los emprendedores los que lo hacen. Pues más le vale, a él y a todos, que los emprendedores se dediquen a crear puestos en fábricas antes que en casino, en agricultura avanzada antes que en bares y terrazas. Ese es el valor de la acción política; eso es gobernar. No se puede gobernar sin tener un modelo de crecimiento, un ideal de cómo se quiere un país, no solo de las cifras finales, sino de la vida real. Todo depende entonces del qué, cómo, dónde de esas condiciones. 
Nos dicen que pagamos un 85% más por los créditos que los países que siguen controlando la industria europea y las grandes empresas. Así es difícil que se desarrolle la industria y crezcan las empresas, condenadas a ser pymes hasta el fin de los tiempos. Es un mecanismo que evita que podamos competir realmente, hecho para dejarnos históricamente en "nuestro sitio", como país sureño. 


La transformación de España en cincuenta años ha sido asombrosa; es ese "éxito nacional" que nos ha tenido que recordar el embajador de los Estados Unidos, Solomont, antes de irse de nuestro país. Y este país, que hizo ese esfuerzo brutal en la posguerra y en los años del desarrollo, se ha visto condenado por su propia imagen, aceptando la que tenían de él sus socios, acostumbrados a venir a sus playas y chiringuitos. Al final, como en la profética película de Berlanga, nos vestimos de patéticos parroquianos, para ser aceptados.
Dice el titular del artículo que "Europa también necesita fabricar". Me parece muy bien, pero hay que asegurarse que una parte de esa Europa seamos también nosotros; no podemos quedarnos fuera otra vez del impulso industrial. España tiene que recuperar su propia estima, reconocer su potencial real y lanzarse sin complejos más allá de lo que los demás esperan de nosotros. Hay que romper el techo de cristal.


* "Europa también necesita fabricar" El País 15/06/2013  http://economia.elpais.com/economia/2013/06/15/actualidad/1371319197_471132.html








sábado, 27 de abril de 2013

La sartén por el mango o la germanodependencia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Si la economía de la eurozona ha caminado hacia la desigualdad en vez de a la convergencia es que algo falla en el proyecto. Hay algo, no hay duda; algo que la crisis ha desatado, desvelado, pero no creado. En el espacio europeo hay ciertas tendencias que van más allá de las simplezas del "norte-sur" y "centro-periferia", que no son más que formas retóricas presuntamente deterministas. La nomenclatura tiene algo de fatalista, algo que conviene a los que tienen "la sartén por el mango", a los que han asumido ese papel directivo del conjunto.
Lo que es evidente hasta el momento es que el diseño actual tiene ciertos problemas, que no sé a quién atribuir pero sí sabemos quién los padece en toda su intensidad. España y Francia acaban de batir sus records históricos de paro. No hablemos de otros países ya intervenidos. El hecho de que Europa en su conjunto no se recupere parece deberse —según todo el mundo menos Alemania— al obcecamiento de una "política nacional" determinada, la alemana, y al congelamiento del resto, que debe esperar rezando a que Alemania haya acertado en sus decisiones.
¿El tópico del "motor alemán" significa que los demás están condenados a no poder ser "motores"? ¿Significa que siempre estaremos a expensas de lo que decida? ¿Somos germano-dependientes?¿Cuándo se repartieron los papeles de la "opereta" europea? ¿Por qué se sacrificó "nuestra" industria, nuestras compañías —vean el caso descarado de Iberia y British Airways— para que entraran las multinacionales que eliminaban rivales? ¿Por qué muchos países europeos están condenados a tener migajas industrias solo a cambio de empleos muy mal pagados y en riesgo permanente de huida de sus patrones extranjeros, los que tienen "la sartén por el mango"? ¿Se están incluyendo nuevos países en la Unión con el fin de que el capital disponga de nuevas bolsas de empleo barato, de lugares a donde trasladar las industrias con menos costes, o se hace para mejorar el nivel y calidad de vida de sus habitantes? ¿Qué Europa hacemos? 


Mientras Alemania sea la "medida de todas las cosas", parece evidente que no se crecerá más que cuando Alemania lo haga, idea asumida por nuestros políticos. Las políticas de Angela Merkel han sembrado también desigualdades en Alemania, en donde la calidad del empleo se ha deteriorado y abaratado, crecido el paro y aumentado la desigualdad. Lo que se está construyendo es una Europa satelizada, dependiente de Alemania, girando a su alrededor. ¿Por qué?

Las políticas que se han tomado hasta el momento se aseguran que el "crecimiento" no se produzca mediante la implantación de "error alemán" en toda Europa. Si Alemania no crece, nadie crece. Ella se encarga de que no ocurra mediante el control de la política económica europea y del euro que nos ata. Algunos ven la salida de Alemania del euro como la salvación de Alemania mientras que otros la exigen para salvar a Europa.
Desde todos los rincones del planeta se lo dice una y otra vez: el exceso de austeridad provoca la recesión y destruye el empleo. Se entra en un círculo vicioso. No se crece, no se crea empleo. Pero, sinceramente, ¿va a permitir Alemania una Europa industriosa que le dispute el territorio? Es dudoso. Estamos condenados, según parece, a la atomización industrial y empresarial, al autoempleo, a las microempresas, al enanismo económico, a un mar de precariedades. ¿Por qué?
Alemania fue la primera que entró en crisis y quien tiene un papel muy importante en el desarrollo de las crisis del "Sur". Hace poco menos de un año, podíamos leer en La Vanguardia:

La primera vez que se habló en Alemania de crear un banco malo fue en febrero de 2003. La banca alemana invertía gran parte de los enormes superávits exportadores del país en especulación inmobiliaria y contribuía a hinchar la burbuja global. Hubo una reunión confidencial del gobierno con los representantes de la gran banca nacional en la que se barajó la cifra de 300.000 millones en activos tóxicos y se debatió la posibilidad de una crisis, así como de la creación de un depósito de basura financiera. La cosa quedó ahí.
Cuatro años después, el estallido pilló de pleno a la banca alemana. En varias ciudades de Estados Unidos, Baltimore entre ellas, el Deutsche Bank es hoy propietario de más del 10% de las casas vacías. El negocio americano que arruinó al banco Hypo Real Estate, persigue al Deutsche Bank con varios pleitos por estafa en Estados Unidos.
En España la banca alemana tenía 144.000 millones de euros expuestos en España a finales de 2011, según la cifra publicada en abril por el Banco Internacional de Pagos. Es la mayor exposición de riesgo de una banca extranjera en España. En 2008 el riesgo alemán en España era de 200.000 millones.
El discurso populista alemán sobre la eurocrisis, que ignora su interrelación y carga las tintas sobre naciones buenas y malas, ha permitido obviar el debate sobre la central contribución de la banca nacional al estallido especulativo y su coste para el ciudadano.*




El desastre de los países rescatados tiene unos perfiles muy similares en toda la Unión: turismo, suelo, burbujas inmobiliarias y servicios, antes que industria, que se va perdiendo. Hay reparto de papeles. El dinero que ha fluido para estimular ese modelo perverso de crecimiento, se ha indicado en muchas ocasiones, venía del "norte". En el diario económico 5 días se explicaba así el rescate a la banca: "El rescate a los bancos españoles es en realidad un rescate a los imprudentes bonistas alemanes, según International Financing Review. Wolfgang Münchau, columnista del Financial Times, también considera que la ganadora de la última cumbre europea fue Merkel y no Monti o Rajoy." ** Merkel se gana el sueldo. Los inversionista nacionales lo pierden todo, lo alemanes no.


La repetida idea de la "cesión de soberanía" solo puede ser eficaz cuando lo hagan todos y se tomen decisiones favorables al conjunto. Algo que no sucede ahora y no sabemos si es porque es históricamente imposible que los países renuncien a sus intereses propios o si "Europa" levanta sus barreras para que se pierda soberanía y no se gane nada a cambio, al contrario. Sin la idea del reequilibrio histórico —la verdadera y única idea posible de una Europa— levantar barreras es hacer que entren los zorros en los gallineros.

Lo que sí parece evidente es que cuando "las cosas van bien" hay que analizarlas con detalle porque cuando "van mal" quedan muy pocos recursos y posibilidades de enderezarlas. Los hechos y las cifras están ahí. Media Europa está sufriendo una crisis profunda con unas limitadas posibilidades de recuperación porque nuestro crecimiento europeo se ha hecho con dependencia. Nuestros errores se produjeron cuando se decía que "España iba bien"; ahí se sembró la debilidad que hoy nos impide tener la fuerza suficiente como para crecer. El problema comenzó y se agravó por esa misma dependencia a las que nos llevaron las inversiones y las burbujas —apariencias de riqueza— que nos hizo recortar las alas para evitar que eleváramos el vuelo. El capital que nos hizo crecer determinó nuestro crecimiento y, si no se remedia, seguirá marcando nuestro desarrollo.
La única solución para salir de este modelo perverso, aunque rentable para algunos, es crecer reindustrializando. Todo lo que no sea hacerlo así, creará un castillo de naipes, una ilusión.


* "Bankia a la alemana: dos grandes bancos malos y niebla espesa" La Vanguardia 13/05/2012 http://www.lavanguardia.com/economia/20120513/54292594711/bankia-alemana-dos-grandes-bancos-malos-niebla-espesa.html
** "¿Rescate a España o a los inversores alemanes?" Blog de Mercados Punto Básico / 5 Días 02/07/2012 http://blogs.cincodias.com/punto-basico/2012/07/rescate-a-espa%C3%B1a-o-a-los-inversores-alemanes.html