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lunes, 8 de abril de 2019

Del futuro o entre Diderot y Borges

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La relación entre lo conocido y lo desconocido y entre lo previsible y lo imprevisible definen nuestras vidas. Allí donde las demás especies sobre la faz de la tierra solo se preocupan del día a día, que no va más allá de alimentarse y salvar el pellejo, nosotros tenemos un don que se parece muchas veces a un castigo: el futuro.
Casi todas las culturas han tenido una relación ambigua con el futuro, lo que quiere decir que lo esperamos, pero también que lo tememos porque nos provoca inseguridad, angustia. Casi todas han desarrollado creencias tranquilizadoras, ya sea construyendo historias que nos traen algún tipo de sosiego o desarrollando técnicas con las que pretendemos adentrarnos en él y tratar de evitar sus obstáculos o consecuencias. Ya sea que nos prometan un buen futuro si seguimos las reglas adecuadas en el presente o si  alguien nos asegura que tiene las llaves de nuestra vida futura,  la preocupación no cesa.
La buena suerte, la mala suerte, el destino, el azar, etc. todo tiende a tratar de explicar lo que nos ocurre. Muchas veces, sin embargo, nos cuesta reconocer que es nuestra propia estupidez la que escribe los capítulos más notables y oscuros de nuestra biografía, individual o colectiva. Quizá sea esta característica de la dependencia de los demás, es decir, nuestra red de relaciones la que nos hace más sensibles a lo que ocurre a nuestro alrededor.
El escritor William Boyd es entrevistado por el diario El País con motivo de la publicación de su última novela, titulada El amor es ciego. En la entrevista se habla de esta forma de ver la relación entre los acontecimientos y el futuro:

P. La novela ocurre cuando acaba el siglo XIX y los personajes se preguntan qué pasara en el XX.

R. El gran cambio de siglo no pasa hasta 1914, cuando comenzó la I Guerra Mundial. Encendió la mecha un asesino en Sarajevo, fue un hecho azaroso, muy desafortunado. Si el archiduque no hubiera hecho ese viaje, si el conductor no se hubiera despistado, si el asesino se hubiera ido antes de la panadería… Este es un ejemplo para mí de lo azaroso que es el universo y eso es de alguna forma lo que le pasó al siglo XIX…

P. Y al siglo XX…

R. ¡Y al XXI! Fíjese en el Brexit. He aquí un ejemplo de la estupidez aleatoria con la que se maneja el destino. El terror que sentía David Cameron le llevó a ofrecer un referéndum que creía que ganaría fácilmente. Ese acto de estupidez complaciente desgarra ahora a este país. En el pasado lo hemos hecho. La I Guerra Mundial es un ejemplo. Llegó Hitler después, con su resentimiento por el tratado de París, creó el partido nazi, fue canciller por pura suerte, vino la II Guerra Mundial y hoy aún vivimos las consecuencias de ambas guerras.*



La consecuencia de los actos. ¿Somos malos calculadores de los efectos de nuestras acciones o simplemente es imposible saber su efecto? La calificación del Brexit como "acto de estupidez complaciente", algo que ocurre por la falta de cálculo sobre nuestras acciones se amplifica cuando a la estúpida decisión de David Cameron se superpone la decisión colectiva de aquellos que echaron en la urna su voto a favor. ¿Tampoco sabían ellos lo que ocurriría?
La estupidez de Cameron es poco disculpable. Sin embargo, en el caso global de las urnas puede decirse que la decisión tomada se hizo con bases en información engañosa, cuando no mentiras claras sobre lo que iba a ocurrir. El futuro llega rápido. Los británicos han tenido ocasión de darse cuenta de ello. No están todavía fuera y ya se han dado cuenta de lo que implica hablar de la Unión en términos de pasado, por un lado, y han empezado a ver desde la ventana isleña que el panorama que se aprecia no es el que ponía en el folleto, que la habitación con vistas no era tan cómoda ni soleada.
"Estupidez complaciente" es una expresión que define la concepción que Cameron tenía sobre el futuro. Él lo veía muy claro; tanto que se lanzó sin calcular el fondo de la piscina ni el nivel de agua.
El ejemplo del Brexit es claro, un punto que se puede señalar con pelos y señales en los libros de Historia. Habrá un antes y un después, un punto de giro bien definido, y un responsable. La señora May es un ejemplo de tozudez, con su visión del futuro, tratando de que este se ajuste a sus visiones. Sin embargo, ha conseguido... no convencer a nadie, algo que tampoco está al alcance de todo el mundo.


A Theresa May se le han ido ministros, diputados, votantes, socios... Como diría Nietzsche, tiene una visión y trata de meter en ella la realidad a martillazos. La señora May le está echando un pulso al futuro o a la percepción que tiene de él. Por el momento no ha logrado convencer a nadie que lo que ella ve sea el futuro, el bueno.
Hay dos o tres cosas que alguna gente ha aprendido sobre el futuro. La primera es que un pequeño accidente puede tener enormes consecuencias, para bien o para mal, solo que esto no lo sabemos. Sí sabemos que tiene consecuencias y lo llamamos "efecto mariposa", ya saben.

La segunda (tiene que ver mucho con la primera) es que todo está interconectado, aunque no sepamos exactamente cómo. Es como las jugadas del ajedrez, podemos prever la siguiente pero el nivel de dificultad va creciendo en cada jugada futura. La primera puede ser sencilla, pero las siguientes se van oscureciendo.  
La tercera es que no se trata de saber qué ocurrirá porque el futuro está abierto. Esto implica una forma de pensar distinta, no fatalista, sino probabilística. La razón es que, por el aumento de la complejidad de las interrelaciones, desconocemos el alcance preciso de nuestras acciones. El futuro no está escrito.
La cuarta es que es más fácil frustrar el futuro previsto por los demás que tratar de ajustar el propio. Esto es de suma importancia porque implica las acciones que se han de tomar. Farage y compañía, los antieuropeos, no tienen que plantear un futuro posible; basta, como hacen, con frustrar los planes de futuro de la Unión Europea. Es lo que hacen. Basta con crear el caos con pequeñas acciones que tendrán resultados imprevisibles, sí, pero impedirán que se cumplan los planes de los que lo calculan en un entorno estable.
La incertidumbre introducida por el Brexit no solo afecta al Reino Unido, a quien se la ha prometido un falso futuro seguro al "recuperar el control". Afecta a toda la Unión Europea, desestabilizándola. Mientras, se alientan fenómenos similares por el resto de la Unión. Son como los focos múltiples en los incendios.

La prensa de este fin de semana citaba a un funcionario de la UE diciendo que ya estaban hartos de tener que ocuparse del problema del Brexit, que ya era hora de volver a centrarse en los problemas europeos de nuevo. La estrategia del caos funciona.
Pensar en los futuros posibles requiere manejar mucha información. El crecimiento de la complejidad hace que en muchos aspectos esto se haga muy complicado y, desde luego, incierto.
No sé si el futuro está escrito en algún página, a lo Jacques el fatalista y su amo (Diderot), o si por el contrario se parece más a El libro de arena (Borges), de infinitas páginas, inabordable. Como humanos nos enfrentamos a situaciones borgianas que después mitificamos con nuestro gusto por el fatalismo. Todo se puede explicar una vez que ha ocurrido. Antes, nada.
¿Cómo encontrar un punto de equilibrio entre la previsión y la indeterminación causada por lo inabarcable? Esa es la miseria de la inteligencia; esa es la responsabilidad de la acción. ¿Cómo actuar inteligentemente sin constatar después que has cometido una estupidez?

Nuestro cerebro es una enorme maravilla, pero no está hecho para el cálculo con tanta información como el futuro necesita. Porque el futuro es una mezcla de nuestras interacciones —cada vez más y más complejas— y lo que llamamos azar, que puede que sea el resultado de lo que provocamos y nos resulta incomprensible.
Desde hace sesenta años, ante la constatación de que nuestros medios naturales eran incapaces de prever el futuro, comenzamos a desarrollar procedimientos para intentar anticiparnos o para llevar al futuro por las riendas. Todo ello es insuficiente —a veces incluso contraproducente— para conocer el futuro, cada día más escondido en la oscuridad compleja.
Como novelista, Boyd habla del destino. La metáfora del libro es poderosa y, como Diderot señaló, pensamos que vivimos en una página sin ser conscientes que el resto está escrito en el "gran rollo", como le gusta repetir a Jacques, el criado fatalista. Pero el destino es una solución demasiado fácil para un mundo más allá de las novelas. Que seamos capaces de decidir no significa ni que siempre acertemos ni que todo esté escrito. El arenoso libro borgeano está más cerca de una realidad acorde a nuestras posibilidades de anticipación, un futuro difuso y en constante construcción, desbordante, inabarcable, intratable.
Es como si tardáramos dos días en leer lo que nos ocurrirá mañana. ¿Es imposible prever? Cada vez es más y más difícil. Por eso hay que tener cuidado con aquellos que prefieren la vía, más sencilla, del que no se pueda producir. Puede que no veamos el futuro, pero sí se le pueden poner zancadillas. Paradojas de la vida.


* Entrevista a William Boyd “El Brexit es el ejemplo de la estupidez con la que se maneja el destino” El País 7/04/2019 https://elpais.com/cultura/2019/04/07/actualidad/1554639336_689207.html


lunes, 30 de diciembre de 2013

La enfermedad prevista

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Quizá de las muchas distinciones que establecemos con el resto de los seres vivos para tratar de perfilar la esencia de "lo humano", se encuentre la idea de "destino". No deja de ser curioso que el ser vivo que tiene un mayor grado de libertad respecto a los demás, que posee consciencia y capacidad de decisión, se muestre tan preocupado por un destino prefijado, fatal, escrito sin consultarle, cuyos acontecimientos se producen por una diversidad de fuerzas que van desde la Divinidad hasta la Historia o la Economía, como fuerzas que le dirigen y encaminan a lo largo de su existencia sin que él pueda comprenderlas. No sé si es el "miedo a la libertad", a la angustia que produce un futuro abierto, hecho cada día en lucha con lo que nos rodea y limita; si es el deseo de abandonarse a las fuerzas exteriores y renunciar a la carga que supone ser libre lo que nos hace dejar en manos de esas fuerzas la responsabilidad de lo que ocurre o hacemos.

El "libro" ha servido durante siglos como símbolo de una vida escrita de la que vamos viviendo cada página diariamente, tal como ejemplifica esa monumental novela de Denis Diderot, Santiago el fatalista y su amo (Jacques le fataliste et son maître). "Todo está escrito en el gran rollo", repite incesantemente en cada momento de su vida; nada queda al azar. A la superstición del destino como fatalidad le ha tomado el relevo la Ciencia que con muchos de sus descubrimientos nos trae nuevas formas de determinismo. Hoy tenemos un nuevo libro, el ADN. No es el libro de "allá arriba", sino el de "aquí abajo", el de la materia viva, sujeta a sus propios procesos de desarrollo.
La creencia en que todo está escrito en los genes suele ser matizada por parte de la comunidad científica, pero también se abre como uno de los grandes negocios en los que se nos ofrecerá la posibilidad de conocer el "futuro" o al menos una parte, el que está condicionado por nuestro propio cuerpo.
La BBC nos trajo  a mediados de diciembre un artículo con el título "¿Le gustaría saber qué enfermedades tendrá en el futuro?", en el que se nos dan algunas informaciones sobre las posibilidades actuales y futuras de conocer esa dimensión de nuestra vida y algunas de las posibles consecuencias. Nos dice la BBC:

Un número creciente de empresas privadas están ofreciendo leer el ADN de la misma manera que una computadora lee un código, lo que proporciona una visión de cómo su propio genoma afectará su salud.
[...]
Tomó 12 años y US$3.000 millones secuenciar el genoma humano, el código del ADN que compone todo ser vivo.
Pero en los últimos años, el costo y la velocidad para secuenciarlo se han reducido drásticamente y hoy se puede enviar una muestra de sangre y leer su propio código por US$ 2,000.
Y, por unos US$100, usted puede enviar una muestra de saliva y obtener informes sobre cómo los genes se relacionan con cientos de condiciones de salud.
Es sólo cuestión de tiempo hasta que los nuevos padres reciban el código genético de sus hijos junto con su certificado de nacimiento, cuenta el profesor McCauley.
"Todos tendremos estas lecturas del genoma desde que nacemos", dice.
"Terminaremos con, al menos, una predicción de nuestra salud, las enfermedades que estamos propensos a padecer y los medicamentos que no serán buenos para nosotros".
No todo son ventajas. Tener esa información disponible plantea enormes problemas éticos también.*


Quizá la idea de "problemas éticos" se quede bastante corta, ya que estos serán de gran amplitud, obligándonos a enfrentarnos a decisiones importantes en todos los órdenes. Hace años que se lanzaron los primeros avisos de lo que este conocimiento podía suponer en diferentes campos. En el laboral, por ejemplo, podría condicionar las contrataciones de las personas en función del absentismo provocado por la aparición de determinadas enfermedades. También se advirtió —y se han dado casos— sobre los efectos en la contratación de seguros médicos.

Venir con el ADN debajo del brazo puede no ser una idea excesivamente buena si nos condiciona nuestra vida y relaciones. A diferencia de la información que nos libera de muchas cosas condicionadas por la ignorancia, puede que esta nos encadene. Esto se dará en una sociedad que tiende a la ingeniería y la "gestión eficiente" de sus recursos y que puede considerar que es malgastar tiempo y dinero atenciones a determinados pacientes. Desgraciadamente, la sospecha de que esto haya podido ocurrir ya o pasar por la mente de algunos no es descabellada.
La reducción del futuro a "nuestras enfermedades" posibles y el establecimiento de un calendario vital con las posibles fechas de manifestación de la enfermedad plantea un cambio de perspectiva en nuestra percepción. No somos nuestras enfermedades; somos la forma en que nos enfrentamos a ellas, social e individualmente. Cada ser humano es diferente precisamente por eso, porque sus respuestas son diferentes antes las condiciones en que se encuentra. Vivir es reaccionar ante lo que nos ocurre. ¿Por qué son más importantes en nuestra vida las enfermedades que las otras circunstancias?


Diariamente se nos vende que los avances científicos ayudarán a prologar nuestra vida, mientras que por otro se nos informa de que esa vida está sujeta a caducidades múltiples. Hasta no hace mucho, no era posible conocer el sexo de los niños hasta su nacimiento. Hoy mucha gente no lo quiere saber. Notan que ese conocimiento les quita algo, aunque no sepamos explicarlo bien. El hecho de poder saber no es lo mismo que tener que saber. La cuestión que se plantea aquí es precisamente la de un conocimiento que indudablemente condicionará la vida, como una especie de efecto Edipo: conocer la profecía no nos hace salir de ella, pero si vivir condicionando nuestras respuestas, produciendo angustia. El argumento a favor, evidentemente, es la prevención, pero tal como van los estados, la prevención será un gran negocio privado, tal como lo es la prolongación de la vida.

En estos momentos tenemos en nuestras pantallas televisivas un ejemplo infame de ese uso de la angustia a través de la campaña publicitaria de un banco que nos muestra cómo la ciencia actual nos prolonga las posibilidades de vida en treinta años. La forma de llevar a que la gente haga sus planes de pensiones privados es hacerles ver que van a vivir más de lo que pensaban. Hasta hace poco, la angustia era la de la muerte. Desde ahora es la vida prolongada, especialmente en un universo precario, laboralmente reducido, en el que se debate cada día el futuro de las pensiones y, por ende, de los pensionistas. El ser para la muerte existencialista ha desaparecido reconvirtiéndose en el ser pensionista. Existe un espacio entre la vida y la muerte; se llama jubilación.
La pregunta que se hace la BBC —"¿Le gustaría saber qué enfermedades tendrá en el futuro?"— no es la correcta, sino más bien: ¿cómo vamos a reaccionar ante la llegada de la enfermedad prevista? ¿Cómo nos vamos a organizar socialmente? y ¿cómo vamos a evitar que esa información, hoy accesible, se convierta en un arma contra los más débiles? Sin embargo, los tiempos que vivimos hacen que la pregunta sea más prosaica: ¿cómo rentabilizar todo esto?
A veces la enfermedades sociales también se pueden detectar con anticipación, aunque no sea fácil establecer su cura.

* "¿Le gustaría saber qué enfermedades tendrá en el futuro?" BBC Mundo, 11/12/2013 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2013/12/131211_salud_genoma_conocer_enfermedades_ap.shtml