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martes, 31 de marzo de 2020

El altruismo va ganando

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La situación mundial de esta pandemia global es también una prueba, un gigantesco test sobre liderazgo, también sobre ciudadanía responsable. Es un examen mundial de nuestra capacidad de resistencia, de valores sociales e individuales, que de ambos se necesita. "Saldremos mejores", se repite en afortunada frase. Lo es porque, en sí misma, ya manifiesta un deseo, una voluntad, una esperanza. Al fin y al cabo, todo está nosotros: la ciencia, la tecnología, los esfuerzos humanos, los sacrificios, las victorias, las derrotas... Caer y levantarse, sí, seguir, seguir.
Los ejemplos de confianza, de valor, de constancia y sacrificio de muchos se muestran todos los días a través de la visión mediática, pero también está en nuestro día a día, sin cámaras delante, solo para nuestros ojos, como en una película de espías.


Se ha pedido que se  paren las guerras. Aunque no se consiga, la petición está ahí. Su ignorancia nos muestra que el odio es humano, por encima de la supervivencia, que puede ser instintiva. Se ha pedido a los políticos que dejen de pelearse y coincidan en los puntos básicos; tampoco no hacen mucho caso. Pero también se ha pedido, un deseo de los ciudadanos en muchos países. Eso es lo importante.
Nos hemos pasado discutiendo si lo natural es el egoísmo o el altruismo. Podemos elegir los comportamientos que nos parezcan humanos o los que parezcan contrarios. Al fin y al cabo, la naturaleza no tiene idea ce cuál es su naturaleza. Nosotros sí nos preguntamos por ella. Tenemos la ocasión de demostrarnos cuál es, una u otra, con cuál nos sentimos más a gusto. A las 8 salimos a ventanas y terrazas a aplaudir a los que demuestran cada día que están ahí por nosotros. La práctica del agradecimiento se está extendiendo por todo el mundo y a las ocho, cada uno en su uso horario, escuchará los aplausos. Si alguien nos observara desde otro planeta, no acabaría de entender este extraño fenómeno acústico que hace que durante las 24 horas en algún lugar del planeta se escuchen aplausos durante unos minutos.


Bomberos, policías municipales y ambulancias pasan por delante de mis ventanas cada día. Dan una vuelta al pueblo para alentar a los vecinos y asegurar que vamos todos juntos a vencer a este coronavirus. Ellos nos alientan y nosotros los alentamos. Es la forma humana de enfrentarse a lo que no es fácil de vencer y que necesita de unión y energía positiva, descargar las emociones, la angustia, recargar vitalidad. Los gritos de "¡hasta mañana, hasta mañana!" son algo más que una despedida. Son también un deseo manifiesto de seguir viéndonos, de vencer miedos, algo de conjuro.
Personal médico, policías, bomberos, limpiadores, dependientes de supermercados y tiendas de alimentación, basureros, repartidores, carteros, transportistas... todos esos servicios básicos que necesitamos para sobrevivir... en un mundo que se ha parado. Veo el vídeo tomado desde el aire de la ciudad de Barcelona por los Mozos. Una ciudad de calles vacías, pero no una ciudad muerta. La vida está dentro, la vida reencontrada. También unas imágenes, hace unos días, de un Madrid nocturno solo recorrido por algunos autobuses, taxis y la bicicleta de un repartidor. La ciudad iluminada, con sus monumentos y edificios emblemáticos dispuestos a no perder su brillo aunque no haya ojos para mirarlos más que desde una ventana o terraza. Pero sus luces son como faros verdes que nos prometen que volveremos a estar allí.


Creo que va ganando el altruismo, al que le ha salido un rival que no es el egoísmo sino la estupidez, pues no se puede llamar de otra manera a lo que algunos hacen. La estupidez no se la lleva el viento, sino que queda registrada hasta el fin de los tiempos. Creo que hay muchos más ejemplos de valor y entrega, de afecto. Los de estupidez no son pocos, pero tienen la ventaja de que se consumen ellos mismos, se gastan por sí mismo. El altruismo nos trae la solidaridad y la emoción necesarias, también la inteligencia necesaria. De esto no salimos solos, sino bien acompañados por lo mejor que pongamos, liberados de lo que no merece la pena conservar ni atender.


Durante tiempo, un sector de la ciencia se empeñó en que  lo natural era el "egoísmo" y que el altruismo no era más que un disfraz. Vale, allá ellos. Hace tiempo que el altruismo ha ido ganando puntos y nos sentimos mejor cuando somos solidarios y nos enfrentamos en grupo, apoyándonos para objetivos nobles. Tenemos cada día muestras de este valor. Quizá haya egoístas, no voy a discutir sobre lo evidente, pero creo que  a muchos les ha interesado tener esa visión del ser humano y de la sociedad para sus propios fines. Hoy vemos otra cosa y quizá nuestra percepción de nosotros mismos y de las relaciones con los otros esté cambiando. ¡Ojalá fuera así! ¡Demasiadas teorías egoístas!
Sin poder abrazarnos,  nos sentimos más unidos. Acostumbrados a que en tiempos de "normalidad" se nos muestre siempre como noticia en los medios lo peor, en tiempos de peligro se nos muestra más lo mejor. El mundo se nos ha llenado de héroes ignorados, invisibles, que el COVD19 ha sacado a descubierto. Son los cimientos de nuestro sistema, los reales, lo que sustenta nuestras vidas a diario y que hoy se la juegan por nosotros.
Eso salimos ganando, una mejor percepción de nosotros mismos, descubrir que podemos ser mejores de lo habitual, que no solo hacemos por nosotros sino por los demás. El altruismo y la solidaridad, el apoyo mutuo van ganando. ¡Ánimo!







sábado, 27 de agosto de 2011

La paradoja del “Homo Economicus”

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Estos días los noticiarios y periódicos de todo el mundo nos han sorprendido con la petición de algunos súper ricos de que se les suban los impuestos. Primero en Estados Unidos y después en Francia, algunos poseedores de grandísimas fortunas han solicitado que se les apliquen impuestos especiales para intentar paliar los efectos de la crisis económica en sus países. A primera vista, han actuado contra sus intereses.
Que la iniciativa venga de los propios interesados y no de las autoridades respectivas plantea una interesante cuestión que ha tenido preocupados a teóricos de distintos campos: el problema del altruismo. Hemos hecho un mundo tan egoísta que nos cuesta mucho explicar los comportamientos que se olvidan de los intereses propios en beneficio de los ajenos. La egoísmo tiene un amplio respaldo teórico, mientras que los comportamientos contrarios plantean serías dudas.
Desde la teoría clásica, el “Homo Economicus” —la modelización del ser humano desde la perspectiva de la economía— se ocupa racionalmente de sus propios intereses, actúa siempre en su propio beneficio. En las decisiones que toma, busca siempre lo mejor para él. Puede que sus motivos estén ocultos o que, por estrategia, prefiera camuflarlos bajo el disfraz altruista. No por ello deja de actuar desde la perspectiva de su propio beneficio. Puede que sus caminos sean complejos, pero le llevarán a su objetivo: el beneficio propio. Lo contrario solo se puede concebir desde el error o desde la patología.


La Psicología freudiana se tuvo que enfrentar también a un problema similar. El egoísmo que busca satisfacer el deseo se camufla bajo apariencias que el propio sujeto niega por inaceptables. Los instintos egoístas se camuflan ante los demás y ante uno mismo. La conciencia superior no soporta los deseos puramente animales que nos dirigen y busca todo tipo de subterfugios. Bajo el altruismo humano anidaría siempre el cálculo de lo mejor para uno. Puede que no nos guste verlo y reconocerlo, pero es el fondo de nuestro ser.
Desde la Biología ocurre lo mismo. La lucha por la supervivencia nos ha hecho naturalmente egoístas y en nuestra misma naturaleza, reflejo del conjunto mecánico de la Naturaleza, estaría el egoísmo y el deseo de obtener el máximo con el mínimo. Los modelos biológico y económico se realimentan y fundamentan el uno al otro: la Naturaleza es economía y la Economía es naturaleza. Al fin y al cabo, para sobrevivir se necesitan recursos y la Economía se encarga de eso.

El egoísmo está en el centro de nuestros dispositivos explicativos teóricos. En el fondo de todo ello está la idea de la escasez de los recursos, que es la conexión entre el "homo economicus" y el "homo sapiens", entre la Economía y la Biología. Tanto Darwin como Wallace leyeron por separado la obra de Thomas Malthus sobre la escasez de los recursos y cómo esta circunstancia es la reguladora de la vida en su conjunto. Ambos, inspirados por la obra, llegaron a la misma conclusión: la naturaleza es un proceso cruel de selección, en el que la crueldad no es un elemento moral, sino como diría Nietzsche, otro convencido, “extramoral”. Gracias al mecanismo de la escasez, lo individuos que logran hacerse con los recursos existentes sobreviven y se reproducen, mientras que los que no lo hacen se quedan por el camino y no se reproducen. De esa forma si transmiten algo en común es lo que Richard Dawkins llamó el “gen egoísta”.

La colaboración
En todos estos apartados, el económico, el psicológico, el biológico (aunque Freud considerara el psicológico como biológico), el problema del altruismo se plantea como un reto al que solo cabe encontrar una explicación teórica que desvele su inexistencia.
Para algunos el altruismo solo se justifica teóricamente cuando se da el sacrificio (entendido como la represión del egoísmo natural) en nombre de la familia. Se estaría dando preferencia a la línea genética antes que al individuo que la transmite. Cuando alguien se sacrifica por sus hijos, está actuando un “egoísmo de grupo genético” antes que uno individual. Salvaríamos una versión más joven de nuestros genes.
El anarquista aristócrata ruso Priot Kropotkin, naturalista darwiniano, no creía que la lucha fuese la única forma de sacar adelante la evolución y siendo partidaria de ella, encontró que el “apoyo mutuo” podía ser beneficioso para especies o individuos en momentos determinados. No eliminó el egoísmo sino que señaló que podrían se obtener mejores resultados mediante la colaboración. Con todo, es un paso importante en la medida en que no nos obliga a estar luchando eternamente contra todos, sino solo contra algunos.
Los destripadores del altruismo se han dedicado a ir reventando las ideas altruistas en casi todos los campos. A los altruistas religiosos les dicen que su entrega de las cosas de este mundo es porque lo consideran un inversión en el otro y que esperan conseguir más de lo que dan; a los que invierten en obras de caridad o fundaciones les dicen que así desgravan impuestos; a los que no obtienen nada material les dicen que obtienen prestigio social, etc. Siempre, dicen, hay algo que nos beneficia.
Robert Malthus
Los súper ricos que han pedido que le suban provisionalmente los impuestos, según el principio de negación del altruismo, estarían tratando de evitar un mal que les perjudicaría, ya fuera el colapso del sistema o que existiera una reacción en contra de las grandes fortunas y se les quitara lo que ahora dan gustosos como un mal menor.
Esta doctrina del mal menor, en cambio, sí encaja bien con las teorías del Hombre económico y sus formas optimizadas de decisión: no siempre elegimos entre lo bueno y lo malo, sino que muchas veces elegimos entre lo malo y lo menos malo. Lo racional es elegir siempre lo que menos nos perjudica, no solo lo que nos beneficia. La Teoría de Juegos ahondan en este camino, en cómo decidimos para ganar o, en ocasiones, perder lo menos posible.
Al margen de las teorías egoístas, que presiden nuestro pensamiento teórico moderno, en la práctica nos encontramos con personas que realizan comportamientos altruistas. No se preocupe usted tanto por si existen motivaciones ocultas, o si se trata de obtener beneficios fiscales o compensar complejos o traumas infantiles. Cualquiera que haya realizado una “buena acción” habrá sentido en su cuerpo, más allá de la satisfacción intelectual, una sensación que le recorre de los pies a la coronilla. Piense que esa reacción es también “natural” y se llama “placer”. Porque lo interesante del asunto no es que realicemos actos egoístas para obtener placer (y viceversa), sino que podamos obtener placer y satisfacción realizando también buenas acciones, haciendo algo bueno por los demás. Más allá de los imperativos morales a los que recurramos, el hecho cierto es que hacer el bien nos es gratificante.
Deje que los teóricos y estudiosos de cada rama se devanen los sesos intentando encajar el placer que le produce hacer buenas acciones. Y no renuncie nunca al placer inexplicable de hacer algo bueno por los demás. A lo mejor le gusta y repite. A diferencia de los recursos materiales, que son finitos, el placer de ayudar a los demás es inagotable.