Mostrando entradas con la etiqueta Anders Breivik. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Anders Breivik. Mostrar todas las entradas

domingo, 2 de septiembre de 2012

El susurro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los periódicos de ayer nos hablaban de la conspiración de cuatro soldados, norteamericanos, entre 19 y 26 años que se enfrentan a la pena de muerte por dos crímenes cometidos por temor a que desvelaran un complot para asesinar al presidente Barack Obama*. Supongo que consideraban, en su sureña ciudad de Savannah, que Obama no debería haber salido de una "plantación" y ellos estaban dispuestos a remediarlo, acumulando armas y explosivos. Detrás hay una pasión criminal nacida de un susurro escuchado, de una "verdad" que llega al oído como una revelación personal y clarifica el mundo fijando objetivos que eliminar.
No es el único lugar donde se escuchan estos susurros de la verdad imperativa que impulsa a devolver al mundo el orden perdido. Se ha desatado en Francia la polémica** por el ensayo del conocido escritor y editor Richard Millet, titulado "Elogio literario de Anders Breivik". Es otro despropósito que, más que "salvar Europa", como pretende, por el contrario la enfrenta con su propia contradicción y miedos.

 De poco sirve que Millet diga rechazar los "crímenes" de Breivik si sostiene la ideas equivocadas que lo han provocado. El "cristianismo" de Breivik no es cristianismo. Si ha estado alguna vez próximo a la cruz ha sido golpeando con el martillo del odio, hundiendo los clavos en la carne un poco más. Cada una de las muertes frías e inmisericordes de Anders Breivik, cada uno de esos jóvenes muertos, son un paso más alejándose del cristianismo y de su esencia, la fraternidad universal, y no el sectarismo. Lo demás es accesorio.
La reivindicación "literaria" de Millet no es más que una cobarde e infame justificación de la idea separándola de la acción. Y no pueden ser nunca "buenas ideas" las que acaban convirtiéndose en crímenes. Millet es otro de esos que escuchan el susurro, el sonido del convencimiento de que Dios está de su lado, de que ellos, con las armas o la palabra, deben sembrar de fuego y odio los campos que les fueron entregados hasta el fin de los tiempos. Estado, nación, cultura... Todo eterno e inmutable, creacionismo político. En el principio era Francia; en el principio era Noruega; en el principio era Europa. ¿Qué día fueron creadas?


La "Europa" de Richard Millet no existe. La Europa que ha existido es la que se ha hecho a sangre y fuego mediante siglos de guerras y horrores, cuya culminación por personas y pueblos que se llamaban "cristianos" fueron las dos guerras mundiales. Europa —una parte de ella— apenas ha vivido unas décadas de paz después de siglos de guerras continuas.

Eso es lo que representa Breivik, la voluntad fratricida. La prueba más evidente de ello es que mató a sus compatriotas, contra los que se dirigía verdaderamente su odio. Breivik odiaba a los que le rodeaban y su "cristianismo" o su islamofobia no fue más que la excusa para justificar la matanza, para dar un sentido a la sinrazón. La maldad, sin merma, también busca la coherencia.
La historia europea está plagada de intelectuales que en vez de abogar por el entendimiento, por encontrar cauces de comprensión para salir de sus tensiones históricas, ofrecer caminos de diálogo, han fabricado una vergonzosa ficción: esa Europa "cruzada" que santifica guerreros. Matar en nombre de ideas o revelaciones no convierte en mejores los crímenes; solo degrada las ideas. Millet debería leer Los justos, de Camus. Pero ya solo escucha susurros.

No ha existido nunca la "otra mejilla" europea, sino la cicatriz en el rostro de todas las naciones, que han guerreado en nombre de la "santidad" de sus pueblos desde hace siglos, desde la "Santa Rusia" hasta la "contrarreforma" española, pasando por Santa Juana, desde una punta a otra, católicos, protestantes y ortodoxos. No nos ha ido mejor cuando hemos abandonado las religiones y guerreado y exterminado igual en nombre del nazismo, fascismo y comunismo o del colonialismo, ideología común a todas las naciones que se lo pudieron permitir, independientemente de su fe. Europa necesita encontrar una idea común, una identidad, pero no basada en odios ni en mitificaciones pasadas, presentes o futuras. Libertad y convivencia.
No se puede convertir a Anders Breivik en un "patriota a la deriva" o un "nacionalista desesperado", como hace el escritor francés: su crimen lo cometió contra las personas que nacieron en la misma "patria" que él, en la misma "nación", con los mismos derechos. Haciéndolo, Millet se convierte en parte de la maquinaria que alimenta el próximo crimen en cualquier lugar del continente. Lo que está potenciando realmente es la continuidad del "susurro", las voces que llaman al odio, los ecos camuflados de las intransigencias humanas.


El diario El Mundo sintetiza algunas de las ideas de las dieciocho páginas dedicadas por Richard Millet a "elogiar" a Breivik:

"Breivik es sin duda lo que se merecía Noruega", escribe Millet. "Un niño producto de una familia en ruinas, nacido de la ruptura ideológica racial que la inmigración ha introducido en Europa desde hace 20 años". A lo largo de estas páginas el autor se esfuerza en explicar las 'razones' del asesino. "Breivik es el producto ejemplar de la decadencia de Occidente", escribe y no hay que declararle como un "loco".
"Las naciones europeas se desmoronan socialmente al tiempo que su esencia cristiana se pierde en beneficio del relativismo general", escribe. Millet denuncia la "pérdida de identidad nacional" de los Estados occidentales, "la islamización de Europa" y se muestra preocupado al constatar como las "raíces cristianas" son cada vez más frágiles.
"No apruebo los actos cometidos por Breivik el 22 de julio de 2011", se defiende Millet al comienzo de este panfleto de 18 páginas. "Sin embargo, me inclinaría ante estos actos, pues su perfección formal, de alguna manera, me ha impresionado, así como su dimensión literaria".**

Las víctimas de Breivik no podrán leer el ensayo de Millet

¿"Se merecía Noruega"? ¿Puede decirse esto? ¿"Su perfección formal"? El escrito, por lo expuesto, no es más que otra colección de tópicos publicados por alguien que tiene la capacidad de publicar y polemizar. Volver a la época de Spengler y hablar de la "decadencia de Occidente" nos lleva a preguntarnos cuál es para Millet la época de esplendor europeo. ¿Las cruzadas, el colonialismo? ¿Es Millet la decadencia y no su remedio?



La creación de un "integrismo cristiano" convergente con el "integrismo islámico" no ayudará a crear un mundo mejor sino un mundo de visionarios que cogerán las armas para eliminar a sus compatriotas por condescendientes, a su presidente por ser negro, o a un emigrante porque camina por las calles de Atenas y piensa que le "roba" su puesto de trabajo. Convertir el mundo en un polvorín no es defender nada sino llevarlo al borde del precipicio. El camino es otro; debe ser otro.
Millet y su "elogiado" Breivik no son cristianos, por más que lo proclamen. Y es lamentable que esto no se deje suficientemente claro por quienes tenían la obligación inmediata de hacerlo.
Millet es hijo de católica y protestante; vivió entre los seis y los catorce años en Beirut. Las confesiones cristianas de sus padres se mataron y persiguieron durante siglos sobre este continente que tanto quiere y defiende su hijo. Habla árabe. Esto va más allá del escritor "terrible", del "iconoclasta", etc. Es más serio. Tiene tanta gracia como las bromas de Lars von Trier sobre Hitler.


No sé en qué momento comenzó a escuchar el susurro. Su defensa de Breivik, su "elogio", no es una defensa de Europa. Puede que Europa tenga que "defenderse" de muchas amenazas, no lo sé. Pero sí sé que de la primera amenaza que debe defenderse, sin duda, es de Breivik y de los que pueden matar y lo hacen como él. Y ante los "elogios" de Millet, dejar claro el desprecio, no quedarse en el silencio. Si Millet tiene el derecho a decir lo que piensa, nosotros también. La historia muestra que los silencios y el mirar hacia otro lado han hecho mucho daño a Europa.
Hace un par de días hablábamos aquí del "huevo de la serpiente". Quizá el susurro que escuchan sea más diabólico que divino. Líbranos de la tentación.

* "La fiscalía pedirá la pena capital para los soldados que quisieron matar a Obama" El País 31/08/2012 http://internacional.elpais.com/internacional/2012/08/31/actualidad/1346435350_990211.html
** "French writer blasted for 'eulogy' to mass killer Breivik" France24 31/08/2012 24 http://www.france24.com/en/20120830-france-literature-richard-millet-essay-elegy-breivik-norway-oslo-utoya-murders-controversy
*** "El 'Elogio literario de Breivik' enciende la polémica en Francia" El Mundo 30/082012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/30/internacional/1346325074.html







sábado, 25 de agosto de 2012

La sombra de la serpiente

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El juicio por los crueles crímenes de Oslo y la isla de Utoya ha conseguido un final extraño que hace que crujan nuestros presupuestos basados en la lógica y en la experiencia. El caso es único desde el principio y lo ha sido en sus conclusiones. No recuerdo un caso en el que el acusado se ofreciera a no recurrir en el caso de ser considerado culpable y caerle la máxima pena y, por el contrario, amenazara con hacerlo si era declarado enfermo; no recuerdo ninguna situación en la que el asesino pidiera disculpas por no haber cometido más asesinatos de los que realizó. No recuerdo ningún caso en el que tanta acumulación de locura fuera tan coherente. Breivik, como señaló, se lavó su propio cerebro. Es una organización fanática de un solo miembro. ¿Cómplices? ¿Para qué? Breivik es otra cosa.
¿Es posible que hayan ganado todos? ¿Es posible que la sociedad esté satisfecha con el condena y el acusado con el veredicto, sin que exista arrepentimiento? Hay acusados en los que se despierta la conciencia y se arrepienten de sus crímenes no apelando sus condenas o buscando la pena máxima como castigo. No es este el caso de Breivik. Nos cuenta el diario El Mundo: "Nada más conocerse el veredicto, sonrió y bebió un sorbo de agua."* Pudo ya respirar tranquilo.


La atención que le hemos dedicado a este caso desde el principio es porque es un aviso del retorno de la maldad. Su insistencia en no ser considerado un enfermo mental frente a su profunda satisfacción por los crímenes cometidos, nos abren unas perspectivas que no pueden ser desestimadas como simples manifestaciones patológicas. La enfermedad nos afecta estadísticamente, como un número de casos posibles. Como maldad, en cambio, afecta a los fundamentos mismos de la sociedad.
Que Anders Breivik deseara ser condenado no deberíamos afrontarlo como una nueva forma de locura, sino como una nueva forma de racionalidad ante la que hay que precaverse.
Breivik es un "resistente" en una guerra que no por ser imaginaria es inexistente. Es falso que dos no pelean si uno no quiere. Breivik estaba en guerra con su sociedad aunque su sociedad no lo estuviera con él. Lo demostró de forma sangrienta.


Breivik no es un "enfermo"; es un síntoma de una enfermedad social, que es algo muy diferente. Y eso es para lo que ha servido el juicio, para mostrarnos la diferencia. No se trataba tanto de ser "justos", sino de cómo abordar esta situación hasta cierto punto inédita. Los jueces han juzgado y condenado sus acciones y es ahora a la sociedad a la que le corresponde juzgar sus ideas y programa y tomar las medidas adecuadas.
No es problema de Noruega; es un problema de cualquier parte del mundo en el que vuelva a germinar esta semilla de la maldad. En 1977, el director sueco Ingmar Bergman realizó una película sobre el germen del nazismo en los años veinte. Utilizó para su título un verso de Bruto en el Julio César shakesperiano:

And therefore think him as a serpent's egg,
Which, hatch'd, would as his kind grow mischievous,
And kill him in the shell
(Acto IIº, escena Iª)


Del huevo de la serpiente solo puede salir la serpiente, el mal, y aquel que lo encuentre debe destruirlo antes de que de él brote el peligro. Dejarlo germinar dentro de su cáscara es enfrentarse a un mal mayor en el futuro. Breivik es un síntoma extremo, pero va en el mismo huevo que otros síntomas de la enfermedad que se está incubando y que hacemos mal en ignorar. El aumento de la xenofobia, de los discursos racistas y sus coartadas pseudocientíficas, el instrumentalismo de las personas, su cuantificación y reducción unidimensional, la intransigencia política y el fanatismo creciente, etc., son  síntomas de una deriva social, de un vacío profundo que se rellena con los ídolos que encuentra.
Estamos produciendo personas sin anticuerpos del fanatismo y eso es peligroso. Declarar culpable a Breivik no sirve de nada si no se toman las medidas para evitar que se reproduzcan esas situaciones y no solo desde la seguridad pública. La educación debe ser más activa en el rumbo de la convivencia.


La redadas antinazis en Alemania hace unos días son medidas policiales después de la inoperancia demostrada ante la serie de asesinatos perpetrados por el grupo racista durante diez años con la más absoluta impunidad. Hay grupos ultranacionalistas por toda Europa. Es en los moderados y civilizados países nórdicos donde se ha producido la manifestación más grave. Es preocupante lo que ocurre en Grecia, como es preocupante el crecimiento por toda Europa de los discursos políticos xenófobos. Los partidos políticos se preocupan de los grupos extremistas, sí, pero lo hacen extremando sus propios discursos. La excusa es que así les roban votos a los más radicales; esto es cinismo electoralista. Basta un solo hombre para llevar a cabo una masacre como la de Utoya, pero hace falta la indiferencia de miles de personas para que se produzca. Cuando algo así ocurre es porque ha podido ocurrir. Breivik no es fruto del azar. Aunque actuara solo, no está solo.



La condena a Anders Breivik era importante. Ahora hay que curar la ceguera social. Cuando elevamos el huevo para verlo al trasluz, podemos percibir la sombra de la serpiente en movimiento.

* "Breivik, condenado a 21 años de prisión por la muerte de 77 personas" El Mundo 24/08/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/24/internacional/1345764460.html




Página de la vida de Anna Frank en cómic

viernes, 27 de julio de 2012

Asesinatos en escena (o Shakespeare no mató a César ni a Lincoln)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En un desafortunado —a mí juicio— artículo de opinión en The New York Times, titulado "Don’t Blame the Movie, but Don’t Ignore It Either", el crítico Stephen Marche, liberando de responsabilidades a Christopher Nolan (¡faltaría más!), establece una serie de confusas comparaciones en las que parte de una bonita frase: "The theater, the place where we are supposed to purge our pity and horror, has been converted into a wellspring of horror itself."* Realiza una inversión de la función de la purga, en donde la gente ya no se libera en el teatro (o cualquier forma escénica, como el cine), sino que, por el contrario, se carga de violencia. El debate es viejo pero, por lo visto, no está superado.
No es lo mismo hablar del arte violento que de la violencia del arte. El arte es "violento" doblemente: en el sentido de que rompe con la tradición buscando nuevas formas y en el de buscar romper nuestra percepción del mundo. Eso ocurre, al menos, en el arte moderno, desde el siglo XVIII, en el que el modelo neoclásico de la "bella naturaleza" pretendió un arte que no molestara a nadie, que transcurriera como "un riachuelo en un prado". Una parte del arte dejó de querer entretener y se dedicó a ahondar en la naturaleza humana dando forma a sus demonios. Se convirtió en una forma de indagación en nosotros mismos, en lo bueno y en lo malo. La aspiración a estar en paz con los dioses deja paso a la revelación moderna de lo humano, demasiado humano.
The Joker no es un modelo de actuación; es la destilación estética de un mal vivo, que existe repartido por el mundo, y que el artista que le dio forma consiguió sintetizar. A las personas normales les resulta repulsivo y desasosegante; que exista gente que se pueda identificar con él, solo significa que partía de una verdad viva. El arte siempre imita a la vida. Y cuando la vida imita al arte, es porque el arte acertó previamente.


Se abren tres frentes en los que cada uno, según sus preferencias, puede descargar (purgarse, ya que estamos) su análisis: el de la crítica al arte violento; el de la crítica a las armas y a la violencia social que implica; y el de la psiquiatría, que se centraría en el asesino como conjunto de motivos e intenciones.

Vayamos primero el segundo punto —el de las armas—, que fue el primero que se planteó como petición a los candidatos a la presidencia, la reacción social ha sido el aumento espectacular de la venta de armas. Ya sea porque unos se sientan con miedo o porque otros teman el recrudecimiento de las condiciones de compra, lo cierto es que la sociedad norteamericana se ha rearmado tras el incidente de Aurora. No sé quiénes han sido, si eran personas dudosas sobre la posesión de armas y que se han decidido por miedo, o personas que han aprovechado para renovar su armario con armamento a la última moda. Las cifras son las cifras y no entran en la mente de la gente.
En el tercer punto, sí se trata de entrar en la mente de James Holmes. Las informaciones que han salido a la luz son confusas, pero parece que algunos psicólogos albergan ciertas dudas sobre su "locura" y creen que puede estar fingiendo. Es pronto para decidirlo, aunque llama la atención que alguien que comete una matanza de este tipo acumule tantos detalles para manifestar su locura. Contrasta en esto con el asesino Breivik, el criminal de Utoya y Oslo, cuya obsesión es que su causa política y racista no sea contaminada con la locura. Allí donde Anders Breivik desea ser considerado cuerdo, parece que James Holmes quisiera ser evaluado como loco. La sonrisa firme y desafiante de Breivik contrasta con la mirada perdida de Holmes; la pulcritud del primero, con el desaliño y descuido personal del segundo. También hay un importante contraste entre la locuacidad del noruego y el silencio verbal —no corporal— del criminal de Aurora. Ambos son asesinos, sin duda; está por ver si ambos están locos, de qué tipo y en qué grado.


El debate sobre la locura tiene también su camino sobre la prevención o detección de los casos. La sociedad pregunta a familia y vecinos sobre si no notaron nada extraño y la respuesta suele ser la misma: personas normales, atentas, cuidadosas, etc. En el caso de Holmes, ya se nos ha mostrado un vídeo de hace tres años en el que se ve a un joven estudiante presentando ante la clase unas dispositivas, exponiendo un trabajo. Todo normal. El envío a un profesor de su universidad, un psiquiatra, de un cuaderno con anotaciones y descripción del crimen que pensaba cometer —tal como ha informado toda la prensa—, es otro dato más que hay que tener en cuenta. Sin embargo, el sobre con el cuaderno no fue entregado durante una semana al profesor y, solo después de la matanza, la Universidad llamó al FBI al ver el nombre del remitente. Parece que Holmes tenía mucho interés en que su domicilio saltara por los aires con las bombas incendiarias, pero que tenía un interés especial en que ese cuaderno estuviera a buen recaudo.

Vayamos ahora con el primer punto. Decíamos que el artículo de Stephen Marche en The New York Times nos parecía desafortunado por dos aspectos. El primero de ellos es la comparación del caso de Aurora con el asesinato de Abraham Lincoln, el 14 de abril de 1865, cometido en un teatro. 
Durante la representación de la comedia Our American Cousin, aprovechando unas frases especialmente divertidas en las que el público, que conocía bien la obra, soltaba grandes carcajadas ("Don't know the manners of good society, eh? Well, I guess I know enough to turn you inside out, old gal — you sockdologizing old man-trap."), el actor John Wilkes Booth aprovechando el ruido, disparó al presidente Lincoln en la cabeza. Lo hizo al grito de "Sic semper tyrannis!", frase atribuida a Bruto durante el asesinato de Julio César. La frase está incluida desde 1776 en el escudo del estado de Virginia y se consideraba una advertencia a los tiranos.
Establecer la conexión entre el asesinato de Lincoln porque se produce en un teatro, con los asesinatos de Aurora, porque se producen en un cine, no aclara nada y sí trae más confusión, demasiada. 
El asesinato de Lincoln es un crimen político, parte de una conspiración de la que John Wilkes Booth fue el brazo ejecutor. Booth no era un loco y, por supuesto, el momento y lugar no tenían ninguna influencia sobre él, sino que fue el momento en que al asesino le vino mejor y en un espacio que como actor conocía bien. Booth no entró en la sala a matar a cualquiera, sino a su odiado presidente, a un tirano. Por eso la conexión es oscurecedora.
Señala en su artículo Stephen Marche:

Christopher Nolan — the director of the Batman trilogy — is no more to blame for the Aurora rampage than Shakespeare was to blame for the assassination of Lincoln. But just because there’s no responsibility doesn’t mean there’s no connection. The drama was both at the forefront of Booth’s crime and deeply in the background. He chose the location to give his violence a spectacular quality and he was motivated, at least in part, by its power. James E. Holmes’s madness, or whatever name we eventually come up with for what motivated him to kill 12 people and wound dozens more, also ran on the power of drama. He allegedly said “I am the Joker” before opening fire, and an employee at the jail where he was arraigned told a reporter, “He thinks he’s acting in a movie.” Real life had become drama. His rampage was theatrical in every sense.*

El meter a Shakespeare por medio es para establecer la asociación con la obra Julio César y por entender el crítico que Booth estaba representando fuera de la escena el papel de Bruto. Al no resultar rentable establecer conexiones con la farsa que se representaba en el escenario, Marche tiene que recurrir a una supuesta obra mental en la que Booth se vería como Bruto y Lincoln sería forzado a representar el papel de César. Muy interesante, pero ¿qué tiene esto que ver con el crimen de Aurora? Además, Bruto y César —se olvida de ello Marche— eran personas reales como lo fue su asesinato. Shakespeare no mató a César, no fue fruto de su imaginación.


Si es cierto que James Holmes gritó "I am the Joker" su elección fue una forma más de aterrorizar a sus víctimas en plena sesión de la película de Batman, en la que el recuerdo de The Joker estaría obviamente presente en los asistentes. No forma parte de su locura sino de su plan de acción en un entorno específico. Una inteligente y medida forma de paralizar a sus presas. Holmes iba disfrazado; Booth, no.
Lo peligroso de los razonamientos de Stephen Marche es que, por eliminación, lo único que queda coherente es la elección del espacio simbólico, el teatro mismo, el espacio de la representación: "just because there’s no responsibility doesn’t mean there’s no connection". Aristóteles indagó, además de en la idea de purga, también en el silogismo y la causalidad. "Conexión" es demasiado confuso. 
Pero Marche va más allá:

A new cliché has taken hold, though, one that insists on an absolute separation between violent art and real violence. Only a few hours after the shooting, Indiewire proclaimed: “Don’t blame the movie.” As if an army of cultural warriors was poised over the hill, ready to charge Warner Brothers.
The truth is that real violence and violent art have always been connected.*


La teoría de Marche se cierra con esa afirmación sostenida en un equívoco importante, como hemos visto. La violencia del arte y la violencia de la vida están conectados no por las causas que señala Marche, sino porque ambas forman parte de la experiencia humana. Es de una gran hipocresía pensar que en una sociedad rodeada de violencia, que hace de ella un gran negocio y una fuente de poder, la gente carga sus pilas en el arte. Pero lo más visible —el arte— siempre es mejor candidato que lo semienterrado —la violencia social—. No tenemos explicación para cuando el arte representa lo violento; sí tenemos, en cambio, toda clase de excusas para la violencia real —económica, religiosa, bélica, familiar...—.

Marche soslaya que John Wilkes Booth asesinara a Lincoln durante una comedia y en mitad de un chiste. Su crimen no tuvo nada que ver con el arte, ni con Shakespeare, ni con César. O tuvo que ver en la misma medida en que todo lo que experimentamos o conocemos nos moldea de mayor o menor forma. Pero no todo el mundo reacciona de la misma manera a los mismos estímulos.
Todas las personas que fueron a ver la película lo hicieron para divertirse. Todos menos uno, al que no le interesaba la película. Elaborar una teoría sobre la excepción es complicado. Hay personas que usan los objetos artísticos como los que utilizan la gasolina para prender fuego a edificios. La mayoría de la gente la usa para mover sus coches. Podemos establecer una teoría entre asesinos y gasolineras, si nos place. 
Habrá que esperar para conocer las verdaderas motivaciones que le llevaron a elegir el disfraz. El largo camino que le lleva a teñirse el pelo de naranja es el interesante; no la media hora de peluquería.

* "Don’t Blame the Movie, but Don’t Ignore It Either" The New York Times 26/07/2012 http://www.nytimes.com/2012/07/27/opinion/dont-blame-the-movie-for-the-aurora-shootings.html?hp





sábado, 23 de junio de 2012

La defensa Breivik

Joaquín Mª Aguirre(UCM)
El criminal de Oslo y la isla de Utoya, Anders Breivik, reivindica su cordura. Esa es su línea de defensa y la de su abogado. Como se pudo adivinar desde el principio, Breivik no está dispuesto a que su “heroicidad” quede registrada por la historia como los actos de un criminal loco, de un enfermo. Y eso impulsa a los demás a considerar más plausible su locura. Por eso hay que escuchar a su abogado, del que nadie duda que esté cuerdo y dice lo mismo, que Anders Breivik no está loco, que actuó por “necesidad”. La CCN mexicana nos lo cuenta así:

Lippestad argumentó que Breivik eligió a sus objetivos por motivos políticos y que no atacó a gente no política, como al capitán del barco que tomó para llegar a Utoya y los niños más pequeños de la isla.
El abogado dijo al tribunal que compartía la opinión del fiscal de que los ataques, a los que llamó "un cruel acto de terrorismo", eran demasiado horribles para ser verdad.
Pero dijo que la cuestión clave para su cliente era saber si actuó bajo el principio legal de la "necesidad".*

La “necesidad” es trasladar la maldad de las ideas atrincheradas en la mente de Breivik a la sociedad noruega en su conjunto. El abogado del criminal quiere presentarlo como un cirujano al que le toca realizar una desagradable amputación para evitar la gangrena. Imaginamos que el letrado cuenta con el beneplácito de Breivik o que, posteriormente, ha sido seducido por sus discursos sobre el estado de la sociedad. 


Cuanto más desproporcionada y delirante sea la defensa de Breivik, más tentados estarán los jueces a considerarlo como una locura; cuanto más niegue la locura Breivik, más tentados estarán a considerarlo enfermo. Breivik defiende su cordura, que es la de sus crímenes. “De los que me han examinado, en total 37 personas altamente cualificadas, de esas 37 personas, 35 no han encontrado ningún síntoma”**, ha señalado Breivik satisfecho al tribunal, según recoge La Vanguardia.
El argumento de la “necesidad” es el que le permite salvar todas sus piezas personales y políticas, el que le salva de sí mismo, ya que le muestra como un salvador y no como un destructor de su país. Para él, sus actos no son más que el sacrificio heroico que realiza alguien que ama profundamente a su patria. Los equivocados, los que deberían estar sentados en un banquillo, son todos aquellos que han querido convertir Noruega en un estado “multicultural”, un país repleto de musulmanes.

El criminal  y meticuloso recorrido de Breivik por la isla de Utoya

Breivik relató hace meses —y aquí lo comentamos— cómo se había sometido a un intensivo tratamiento de deshumanización, de anulación sentimental para poder realizar la tarea de exterminio sistemático de personas a las que disparaba a pocos centímetros, mirándolas a la cara, impasible, guiado por la luz interior de su sacrificio por la patria. Fue una labor meticulosa. Se lavó el cerebro a sí mismo hasta convertirse en una máquina.
No debemos confundir deshumanización con locura, ya que sus acciones fueron elegidas previa y fríamente. Fue con posterioridad y por decisión propia cuando Breivik fue perdiendo lo que hubiera repugnado a una persona en condiciones normales. Pero el hecho determinante es que si Breivik era una máquina de matar, se había programado a sí mismo.
En su momento comentamos que se llegaría al punto de tendríamos que elegir entre la locura y la maldad, entre considerar que todo ha sido fruto de la mente de un enfermo o que lo ha sido de “ideas” equivocadas que niegan a otros la existencia. La insistencia en presentar a Breivik como un activista político confirma que él quiere pasar a la historia como un ser lúcido y condenado por ello; quiere convertirse en un “preso político”. Nuestra experiencia nos dice que se busca siempre la salida que esquive las condenas, que los acusados prefieren declararse locos antes que ser condenados. Pero eso no vale para Breivik que ha antepuesto, dentro de su visión heroica de sí mismo, las ideas a su propia persona.

Breivik, en términos ajedrecísticos, no es el “rey”, que sería la “ideología”; él es un peón que puede sacrificarse. Esa decisión ya la tomó cuando preparó sus crímenes. No había plan de huida. Breivik sigue jugando con blancas, imponiendo a los demás sus escenarios a los que deben ajustarse. Acto primero, los crímenes; acto segundo, el juicio. Habrá que esperar a ver cuál es su siguiente movimiento, porque lo tendrá.
La sociedad, mientras tanto, da ejemplo de cordura y se distancia de Breivik y de su ideología racista y xenófoba. Breivik no pretendía acabar con sus enemigos; solo dar un toque de atención, con setenta y siete muertos. Y eso lo ha hecho. El posible veredicto de locura para Breivik no debería ocultar que su ideología no surge de los genes o de una infancia difícil. Breivik llega a ella porque la tiene delante, en mitad de su camino, disponible para sumergirse en ella. No es una fantasía de un loco, por más que él lo esté. Es un cáncer social que puede extenderse. Ese era su objetivo principal.
Tanto enfermo como cuerdo, Breivik es irrecuperable. Es dañino en todos los sentidos. Y ahora, desde la soledad de su celda penitenciaria o desde el aislamiento de su habitación en un psiquiátrico, contará los días que faltan para que su proyecto de una Noruega limpia de todos aquellos que la contaminan prospere. Ya sea por locura o por maldad, es un hombre satisfecho. Ahora, el mayor peligro de Anders Breivik es su sonrisa y lo que se esconde tras ella.

* "El abogado de Breivik pide su absolución y que lo declaren cuerdo" CCC México 22/06/2012 http://mexico.cnn.com/mundo/2012/06/22/el-jucio-de-breivik-por-la-muerte-de-77-personas-en-noruega-termina
** "Breivik dice que está cuerdo y su veredicto se conocerá el 24 de agosto" La Vanguardia 22/06/2012 http://www.lavanguardia.com/internacional/20120622/54315304834/breivik-cuerdo-veredicto-conocera-24-agosto.html



sábado, 21 de abril de 2012

El asesino feliz

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¿Estamos preparados para enfrentarnos a una locura como la de Anders Breivik? Lo dudo. El término “locura” es demasiado ambiguo y oscila entre lo que repele y lo patológico. La enfermedad suele mover a la compasión y no es este el caso, desde luego. Su felicidad desbordante, sus deseos de repetirlo, sus lamentos por no haber podido matar a más personas, lo evita.
La aparición de Breivik ante las cámaras el otro día en la sala en la que está siendo juzgado no mostraba los ojos de la preocupación, del arrepentimiento o de cualquier otro sentimiento que pudiéramos asociar con una persona en ese trance. Con una persona normal, por supuesto. Pero la anormalidad no es la enfermedad, que es la distinción que tendrán que establecer los jueces y expertos.


La dificultad de asumir lo monstruoso en nuestra cultura es grande. Preferimos la patología, que nos tranquiliza. La racionalidad que presuponemos como guía de todas nuestras acciones, que han de estar justificadas, elude el peso de la justificación emocional. El psiquiatra Carlos Castilla del Pino señalaba que hay una estructura objetiva de la realidad, pero que existe también una estructura subjetiva que regula nuestra propia experiencia y relación sentimental con lo que nos rodea. Podemos compartir todos la primera, pero diferimos en la segunda, en la valorativa. Dice Castilla:

Nuestra manera de estar en el mundo se basa sobre todo en la valoración estética, pática y ética que hacemos de las cosas que lo componen. Que alguien estime más importante una poesía que un partido de fútbol, ¿a qué remite? A su esquema de valores, a sus preferencias (positivas) y contrapreferencias (negativas). Con esta organización subjetiva de la realidad no solo nos adaptamos al mundo sino que tratamos de que el mundo se adapte a nosotros, porque el conjunto de nuestras preferencias (del latín praeferre, «llevar adelante», «anteponer»), constituye la prototeoría con la que cada uno se acerca de antemano a la realidad. A la realidad no la «esperamos», sino que nos anticipamos a ella (prolepsis) dotados de nuestra preferencia o contrapreferencia. En este sentido, no hay ingenuidad. Nuestro mundo subjetivo, estrictamente sentimental, está construido como un conjunto de preferencias y contrapreferencias que naturalmente no están ahí por azar sino de acuerdo con nuestra precedente biografía. (244-245)*

Esa anticipación (prolepsis) de la realidad a la que se refiere Castilla son los “prejuicios”, palabra que recoge precisamente nuestra configuración de filtros por los que pasamos la experiencia. La estructura emocional es el conjunto de respuestas posibles ante lo que nos llega en función de nuestras experiencias previas. Reaccionamos emocionalmente ante lo que nos viene del mundo porque hemos desarrollado unas reacciones ante ello, ya sea directa o indirectamente. Esto es importante porque incluye la experiencia indirecta, es decir, las que se pueden generar en nosotros desde la educación, el arte, etc. Los prejuicios no surgen siempre de las experiencias directas, como bien sabemos; también se heredan y transmiten. Considerar que las personas pueden vivir sin prejuicios es un error; forman parte de nuestra estructura psíquica. Por eso lo esencial es su contenido.


Las palabras de Breivik sorprenden porque nos muestran a una persona que ha tratado de anular su propia estructura subjetiva, las emociones que sentía, por otras acordes con su finalidad deseada, para poder acabar con los que consideraba sus enemigos, los responsables del multiculturalismos y la “islamización” de su sociedad. Nos cuenta el diario El País:

[…] aseguró haber sido una persona sensible hasta 2006. Entonces se sometió a sí mismo a un entrenamiento para “deshumanizar” a sus víctimas, parecido al que se aplica a los soldados para que puedan matar al enemigo en el frente de guerra. Decidió para ello aislarse social y emocionalmente. Para rebatir a los que lo consideran un narcisista, Breivik aseguró que quiere más a su país que a sí mismo.**

Lo que Breivik ha realizado —siguiendo sus propias palabras a la que concedemos validez y credibilidad— es modificar su estructura subjetiva para evitar que surjan sentimientos también humanos, como la piedad («Lástima, misericordia, conmiseración», según la tercera acepción del DRAE) o la compasión («Sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias» DRAE). Pero lo que Breivik buscaba iba más allá: no solo se trataba de anular las reacciones compasivas, sino de activar la capacidad de poder lleva a cabo las acciones criminales. Debía matar y no parar ante lo que pudiera sentir al hacerlo. Su comparación con el entrenamiento militar no es casual.
La ya larga serie de fotografías y acontecimientos humillantes para con sus víctimas que llevamos vistos por parte de soldados —norteamericanos, en este caso, pero no son los únicos—, nos muestran la distancia existente entre nuestra estructura sentimental de la realidad y la de esas personas a las que se entrena para que la controlen y, como señalaba Breivik, “puedan matar al enemigo”. Se trata de reprogramar.


La alternativa a esto es reclutar psicópatas. Pero serían ejércitos absolutamente incontrolables. Ayer mismo, Euronews nos mostraba un reportaje sobre los cincuenta años de la independencia de Argelia****, uno de los procesos de descolonización más sangrientos. Entre las muchas atrocidades relatadas, una de ellas me llamó la atención: el reclutamiento como verdugo del asesino de una familia. Uno de los participantes en el reportaje relata cómo vio subir a treinta y ocho personas al cadalso. El verdugo era un antiguo preso común condenado por haber matado a una familia entera porque le habían rechazado a una hija. El director de la prisión, nos cuenta el entrevistado, lo utilizaba para torturar y matar. No tuvo que entrenar a nadie.


Las fotografías humillantes con cadáveres o prisioneros no son divertimentos; son el resultado lógico de una reducción del otro a la nada para poder evitar cualquier sentimiento de compasión, son refuerzos psicológicos, lo mismo que hizo Breivik. Las cifras de suicidios entre los veteranos del ejército de los Estados Unidos son escalofriantes: 18 suicidios diarios y 1.868 intentos en 2009.*** Las muertes por suicidio han superado las bajas en acción militar. Es el resultado de las guerras de Afganistán e Irak. Las asociaciones de veteranos protestan ante el drama, el de las personas programadas para anular sus sentimientos compasivos previos y abandonadas muchas de ellas a su suerte después, y reclaman ayudas, como informó no hace mucho el New York Times. A diferencia de ellos, a los que el regreso les va mostrando la distancia insoportable entre lo que vivieron y lo que viven, Breivik es feliz. Su autoprogramación incluye el intento previsible, por parte de los demás, de convertir sus acciones en locura. Por decirlo así, ha incluido un doble programa interno de defensa: frente a lo que iba a hacer y frente a las reacciones que suscitaría.

[…] declaró ser “una persona simpática”. Añadió que está mentalmente sano “desde el punto de vista penal” y que la sangre fría demostrada en la cacería humana que perpetró en Utoya es fruto de años de trabajo psicológico que le permitieron cometer los actos “crueles y bárbaros” de Utoya. Es necesario, añadió, distinguir “entre el extremismo político y la locura en sentido clínico”.**

Ante planteamientos de este tipo, debemos elegir entre la locura y la monstruosidad. La monstruosidad es lo que suscita rechazo en nosotros y separamos de la compasión que pueda producirnos el enfermo. La preocupación de Breivik por no ser considerado un loco es lógica. Si le declaran “loco”, también lo es su “causa”, que no sería más que el resultado de su locura. Y eso es lo que quiere salvar a todo trance, porque Breivik no se arrepiente de nada: cree en lo que ha hecho, en su necesidad y justicia. Donde otros alegan locura para salvarse, Breivik reivindica cordura para salvar su causa. Por eso ha pedido ser condecorado, como un patriota, por sus acciones. Tiene su lógica:

Breivik dijo haberse inspirado en la red terrorista Al Qaeda, de la que ha “aprendido mucho” y recuerda que su intención era fundar una “Al Qaeda para cristianos”. Se refirió también a otras organizaciones terroristas y destacó sus debilidades. Así, “la debilidad de ETA es que le temen a la muerte porque no creen en una vida después de la muerte”. Esta es, señaló, la debilidad de los marxistas. La ventaja de Al Qaeda se refiere a que “glorifican el martirio”.**


Terrible paradoja, la del asesino que mata aprendiendo de sus enemigos. Breivik pasa a ser el reverso de Osama Bin Laden, el mártir de una causa en la que espera enganchar a los nuevos cruzados. Queda por dilucidar las causas profundas —no sus explicaciones— de por qué eligió a jóvenes como él, inocentes, a los que fue rematando con la más profunda indiferencia. Si Bin Laden hubiera estrellado los aviones secuestrados contra una mezquita de La Meca alegando que buscaba demostrar los efectos perversos de Occidente, nos hubiera parecido un despropósito absoluto además de una monstruosidad criminal.
Nada repugna y preocupa más que esa frialdad que transmite su mirada, esa felicidad por lo que ha hecho. Nada suscita tanta repulsa como su felicidad. Como dijimos en su momento, el crecimiento de este tipo de conductas no solo debe ser explicado (y prevenido) en términos individuales sino también sociales. La programación psicológica no es exclusiva de los ejércitos en guerra, solo su manifestación extrema. Los soldados que se suicidan lo hacen porque se siente asesinos infelices. Breivik no.

* Carlos Castilla del Pino (2009): Conductas y actitudes. Tusquets, Barcelona.

** "Vais a morir hoy, marxistas". El País 20(04/2012 http://internacional.elpais.com/internacional/2012/04/20/actualidad/1334947451_631398.html

*** “One U.S. veteran attempts suicide every 80 minutes: Hidden tragedy of Afghanistan and Iraq  Wars”. Daily Mail 3/11/2011 http://www.dailymail.co.uk/news/article-2057061/One-U-S-veteran-attempts-suicide-80-minutes-Hidden-tragedy-Afghanistan-Iraq-wars.html

**** “Argelia: 50 años de independencia”. Euronews 20/04/2012 http://es.euronews.com/2012/04/20/argelia-50-anos-de-independencia/



1.868 veteranos de guerra se suicidaron en 2009
El reciente reportaje de TNYT sobre los suicidios de veteranos