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jueves, 2 de julio de 2026

Espectáculo o la guerra del contar

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Acertaron los que hablaron, como hizo Guy Debord, de sociedad del espectáculo. Lo que significa que se hace, se habla, existimos cuando nos mostramos. El "Ser", lo metafísico desaparece en favor de lo "representando". Si "ser" es un acto propio, en el espectáculo todo depende de ser contemplado, percibido, incluso ser aplaudidos o silbados es lo que determina nuestra existencia, algo que toma sentido de fuera (el aplauso, la mirada) hacia dentro. ¿"Pienso, luego existo"? ¡Qué anticuado! ¿A quién le importa eso? No hace falta pensar; siempre hay alguien detrás, el Gran Guionista, que nos escribe todo: qué decir, sentir, mostrar, cómo reaccionar. Ser espectáculo o, sencillamente, no ser; partículas errantes sin capacidad de ordenarnos ante la mirada del otro, mediada por el ojo de una cámara, por un micrófono.

Hoy todo necesita ser organizado y presentado como espectáculo. Lo vemos cada día en cómo se organiza y presenta todo. Lo hemos visto en una visita papal repleta de actos musicales, lo vemos en guerras y terremotos. Cada día.

Más allá del sentido o del sinsentido, está la representación, la forma en que manifiesta a terceros, el momento en que pasa a ser espectáculo. Los sistemas periodísticos de verificación examinan con lupa (con instrumentos tecnológicos, con programas, con anti algoritmos) comprueban las imágenes tratadas con IA, imágenes manipuladas por unos y otros para conseguir que el espectáculo actúe a su favor y los "likes" se buscan con determinación. Nos dicen que hay imágenes creadas por IA para contarnos el terrible terremoto de Venezuela, las guerras de Oriente Medio.

No se trata solo de mostrar lo que pasa; se trata de actuar sobre lo que pasa. ¿El motivo? La Gran Guerra tras las otras guerras. Es la guerra del contar, la que necesita de la textualización conveniente para conseguir un objetivo, la audiencia, una guerra que afecta a los medios y a los intereses detrás.


Esta sociedad del espectáculo se basa en la doble acción de la promoción y la autopromoción. La primera nos lleva a fijar los temas, los protagonistas. Se selecciona aquello que nos va a hacer quedarnos prendidos/prendados de lo que se nos ofrece, ya sea un Papa, un presidente, una víctima, un asesino, un enfermo. Todo ello forma parte de la vida exterior, pero no nos sirve así, en bruto, en el duro mundo de la competencia por mostrar. Todos nos lo ofrecen, pero alguien se llevará el gato al agua. La autopromoción es la promesa de emociones cuando nos selecciones, al que nos elija como fuente de emociones y sorpresas.

Es un mundo aburrido y lleno de posibilidades de saturación informativa. Es lo que más consumimos, información. Por eso la competencia es brutal y deformadora. Brutal porque vale todo y deformadora porque acaba destruyendo nuestro sentido de la realidad.

A la competencia de los medios, a la competencia de los poderes por imponer su discurso, se le añade otro factor: el "fake", la distorsión de la contra información. La apertura social no es solo a la información, sino que se han creado herramientas con las que competir/luchar en el universo mediático informativo. 

A la verticalidad de los medios tradicionales, se le ha superpuesto la posibilidad de la producción informativa horizontal, las redes y las crecientes herramientas para abandonar el papel pasivo y lanzarse a la producción de contra información haciendo guerra / competencia a los medios estándar. Lo del "prosumidor" se ha quedado corto. A la lucha mediática se le suma la lucha múltiple, el ego narcisista de personas y grupos cuyo entretenimiento u objetivo es moverse por el sistema creando focos de información falsa y redes de distribución.

Proliferan, como señalamos, fuentes falsas, distorsiones de lo que los medios ofrecen, nuevas formas de espectáculo. Los medios tienen que dedicar recursos humanos, económicos y tecnológicos para evitar convertirse en difusores de imágenes y noticas falsas. Cada día oímos sobre esto y vemos como los sistemas de verificación de noticias, imágenes, vídeos tienen que ampliar su radio de acción. Pero están condenados a perder esta guerra en la sociedad del espectáculo por su dependencia de las audiencias para sobrevivir.

La imagen de la BBC que encabeza el artículo, nos muestra a un Donald Trump rodeado de ciudadanos afroamericanos. Es falsa, nos dicen, solo una maniobra para tratar de captar votos. Un pequeño ejemplo de lo que hoy se hace y desde qué instancias.

Parece que no se le ocurrió a nadie que la proliferación de medios llevaba a un abaratamiento de la información, pero también a una disminución del pastel publicitario al tener que repartir sus recursos. Los medios luchan entre la idea de adquirir más seguidores y no abandonarse al espectáculo con lo que esto conlleva de distorsión. Está claro qué tendencia ganará: la del espectáculo, la del todo por el público. En la Sociedad del Espectáculo se han desviado los objetivos informativos y han triunfado los de poder y los económicos.

Estamos asistiendo a grandes cambios en medios importantes que han tenido que abandonarse al espectáculo, a dejar de ofrecer información relevante en beneficio de noticias absurdas, llamativas y baratas. Incluso se han originados "castas" de protagonistas triviales pero de interés. Se nos informa con "profundidad" de sus amores, disgustos, separaciones, vacaciones y regresos, vestidos, maquillajes, etc. Lo trivial ha ascendido a primera plana, mientras que lo esencial se espectaculariza o se arrincona. 

Peor todavía es cómo se usa el espectáculo para tapar lo crítico. Un mundial de fútbol, por ejemplo, puede ser usado para evitar primeras planas comprometidas para partidos o personas.

Los efectos de todo esto sobre las audiencias son terribles e incalculables. Jamás se nos ha embrutecido de forma tan programada y eficaz. Se ha perdido el valor crítico de la información, la resistencia a los discursos manipulados desde el poder. Las dictaduras han aprendido a invertir en medios, a establecer filtros informativos; las democracias copian poco a poco a las dictaduras. Todos van a la misma escuela de comunicación, los creadores del espectáculo.

Cada vez es más difícil encontrar información fiable, pues dependemos de la credibilidad de los medios y esta disminuye cuando aumentan sus deudas. Desplazan a los rincones de las páginas lo relevante y nos atiborran de trivialidades, de autopromociones. Generan desinterés en aquellos que se hartan de intentar comprender cómo funcionamos, qué ocurre en el mundo realmente

Las reducciones de corresponsales significan, por ejemplo, dependencia de terceros para informar sobre el terreno. El informador mismo busca convertirse en estrella del espectáculo mediante un estilo propio, agradable o crudo, de informar. ¿Recuerdan el caso del reportero que se manchaba la ropa de barro para hablarnos del desastre desde el que informaba? Un signo más de los cambios.

Estamos en la lucha por el relato, por hacerlo atractivo, por tapar los problemas o los delitos. ¿Los hechos? Un simple inconveniente. Solucionable.

 

jueves, 8 de mayo de 2025

La fumata binaria o el signo de los tiempos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La conversión de cualquier cosa, evento, etc. es espectáculo es un signo de nuestros tiempos. La distancia entre unos eventos tan formalizados como es la elección de Papa permite una mejor comprensión de cómo cambia la mirada sobre ellos. Quien hablo de la "Sociedad del Espectáculo", Guy Debord, allá por el lejano y cada vez más próximo 1967, lo hizo con anticipación y acierto.

Las imágenes del cónclave, de los participantes, de los espectadores, del Vaticano mismo, nos permiten comprender de primera mano nuestra situación al otro lado de la pantalla o, teléfono en mano, siendo el milésimo ojo que lo recrea y transforma en espectáculo.

Hace unos días, una imagen circulante nos mostraba una realidad tras la ficción: la figura del Crucificado rodeada de manos con teléfonos. Algo más que un chiste; una pos realidad que nos contrasta con lo simbólico convertido en espectáculo.

Con su estilo esquemático y directo, numerado, tratando de huir el espectáculo mismo, la primera página de Debord nos da sus cuatro primeros puntos: 

1    Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.   

2    Las imágenes que se han desprendido de cada aspecto de la vida se fusionan en un curso común, donde la unidad de esta vida ya no puede ser restablecida. La realidad considerada parcialmente se despliega en su propia unidad general en tanto que seudo-mundo aparte, objeto de mera contemplación. La especialización de las imágenes del mundo se encuentra, consumada, en el mundo de la imagen hecha autónoma, donde el mentiroso se miente a sí mismo. El espectáculo en general, como inversión concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no-viviente.   

3    El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad y como instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, es expresamente el sector que concentra todas las miradas y toda la conciencia. Precisamente porque este sector está separado es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia; y la unificación que lleva a cabo no es sino un lenguaje oficial de la separación generalizada.   

4    El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes. 

Da miedo pasar a la página siguiente.

La conversión del cónclave papal en espectáculo, con los medios tratando de explicar el incompresible retraso ante el público expectante, las "quinielas de papables", los antecedentes históricos saltando del color al blanco y negro, de la televisión a las fotos, de las fotos a pinturas y grabados en el confín de suceso, los comentarios de los viajeros —niños, adultos, ancianos... seglares y religiosos— cuando son puestos ante las cámaras televisivas, las formas de prevenir filtraciones, el exotismo y colorido del ritual, la disposición de la Capilla y sus detalles... todo ello forma un espectáculo cuya combinación lo hace único. A diferencia del Festival de Eurovisión, a diferencia de las finales de la Champion —los grandes rivales— los espectadores se adentran en lo insólito, en el espectáculo en el que, como titulaba RTVE hace unos minutos, "media humanidad está pendiente" de los resultados. Los presentes en la Plaza pasan a formar parte del mismo espectáculo, logran su deseo. Es el final del espectáculo en que se convierte un suceso encadenado que comienza con la enfermedad del Papa Francisco, sus idas y venidas de urgencias, el fallecimiento, los funerales y ahora la elección del nuevo pontífice, con detalles como la visita de JD Vance, el vicepresidente norteamericano, que iba a mostrar su amor a Francisco mientras deporta orgulloso a los inmigrantes, o la vanidad de Trump colgando en su red social la imagen de su "elección virtual" como Papa. Todo ello constituye un largo programa cargado de "novedades", un suceso lleno de giros inesperados que los medios dramatizan en su constitución del espectáculo.

Como objeto fetiche capaz de concentrar la atención en las pantallas, la chimenea binaria —fumata blanca, fumata negra—, pasa a ser un signo perfecto, capaz de condensar toda la emoción. Es como dice Debord en su apartado tercero, "el punto que concentra todas las miradas". La aparición del humo negro ha desencadenado un "¡oooooh!" espontáneo al que seguirá pronto un animado "¡aaaaah!" cuando la fotografiada chimenea lance al mundo y a las cámaras que le dan forma el esperado humo blanco.


Una vez tengamos el humo blanco, quedarán la presentación del elegido y como epílogo la ceremonia final del nombramiento. Será el cierre del espectáculo y los medios tendrán que buscarse otra cosa.

¡Quién le iba a decir a los autores de la película Conclave (Edward Berger 2024) que la vida les imitaría! Vance lo vería como otra "señal divina".

Nos dicen que Roma se ha puesto por las nubes, que no se encuentra lugar barato. Es el efecto de concentración del espectáculo. Todos ellos son necesarios como parte de él, para que sintamos no estar allí, delante de las cámaras, y no detrás de las pantallas. 

— Debord, Guy (1967) La sociedad del espectáculo. Trad. de José Luis Pardo.

sábado, 10 de noviembre de 2012

El espectáculo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Escribía Norbert Wiener, una de las grandes personalidades científicas del siglo XX, en su obra "Inventar":

La tesis que mantengo en este libro es que la existencia continuada de una atmósfera en la que la ciencia fundamental puede desarrollarse hasta el punto de satisfacer nos solo nuestras esperanzas, sino también nuestras necesidades, depende de la fe de la comunidad en el valor del trabajo intelectual y de las instituciones dedicadas a fomentar la atmósfera en que puede desarrollarse ese trabajo sean de interés público.
Esto implica también lo que ya he dicho en relación con la vocación del científico, que él mismo debe ser un hombre entregado a su trabajo. El medio ambiente en el que pueda florecer esta vocación depende de instituciones que son esencialmente permanentes.*

Para Wiener, la Ciencia surge porque existe un ambiente social propicio, que valora el trabajo intelectual y lo fomenta. De igual forma, la vocación científica se produce porque existentes referentes externos estables que ansiamos emular con nuestro propio trabajo.
La degradación de la Ciencia en España se explica por el mismo proceso que Wiener explica para su florecimiento: la ausencia de un ambiente social favorable. Cada vez se dan menos las condiciones necesarias para que esa cultura científica se expanda. Esto va más allá de las inversiones.
Una observación: por "cultura científica" no me refiero solo al conocimiento científico, sino al reconocimiento de su papel esencial en el desarrollo de nuestras modernas sociedades.


La Ciencia se ha considerado desde dos perspectivas. La primera es la que surge de la Ilustración y que se contrapone al oscurantismo del desconocimiento. La Ilustración o "iluminismo" se refiere a la expansión social de las "luces" del conocimiento científico frente a las tendencias que lo niegan y buscan establecer la vida social sobre fundamentos que carecen de verdad alguna, basados en las tradiciones que perviven desde las épocas más antiguas. La Ciencia, en este sentido, se opone a la ignorancia, a que los prejuicios rijan nuestra vida social; es una forma de desmontar los mitos, las falsedades que se disfrazan de verdades y se imponen por la fuerza de la autoridad y no de la evidencia.

La segunda perspectiva de consideración de la Ciencia, una vez que se ha aceptado la primera y creado las condiciones para esté presente en nuestras sociedades, es su valor como motor del desarrollo gracias a la interrelación entre Ciencia y Tecnología. La Ciencia produce conocimientos que son traducidos a nuestra realidad inmediata por la Tecnología para que lleguen a nuestra vida cotidiana en forma de objetos. El ordenador en el que estoy escribiendo esto  y en que lo está leyendo son el resultado de la conversión de una serie de conocimientos científicos en objetos gracias los procesos tecnológicos de transformación. Cada aparato de los que disponemos es el resultado de decenas de principios que han sido obtenidos en el campo de la investigación científica y que han sido unidos en la producción de un objeto determinado.
Si el clima científico crea Ciencia porque favorece las vocaciones y permite un ambiente favorable a la investigación, el clima tecnológico es el industrial, el que busca tener cerca a sus científicos para poder "innovar" (como señalaba el economista Schumpeter) y mejorar los productos haciéndolos más competitivos. La economía moderna cuenta con la Innovación como el factor de desarrollo clave para conseguir las mejoras de las empresas y con ellas del sistema social en el que se encuentra. La ciencia sale de los laboratorios y se expande por la industria, por todo el tejido productivo en la sociedad.

Cuando nosotros abandonamos la investigación (investigan otros) y la producción (producen otros donde es más barato), solo nos queda la dependencia y el oscurantismo del consumo, un acto que no resulta ni del conocimiento ni de la tecnología, sino solo de la capacidad de pagarlo.
El buen ambiente científico produce una sociedad más culta; el buen ambiente tecnológico una sociedad industrializada y con la idea constante de renovación por la innovación. Por el contrario, una sociedad sin investigación científica y sin capacidad de producción tecnológica no es más que un mercadillo en el que se va a ver qué llega y a revender las cosas para tener algún beneficio del que vivir.


Esto no es de ahora, fruto de los recortes. Esto es un largo proceso de deterioro científico e industrial al pasar al frente de la dirección social personas que carecían de las miras suficientes como para ofrecer un desarrollo en ambos campos. El éxodo de nuestros científicos e ingenieros es la constatación, la evidencia palpable del abandono de una perspectiva distinta.

Es esta la clave de porqué España tardará más en salir de la crisis que el resto de los países. Su propio tamaño la lastra y la pérdida de tejido científico e industrial, con cada investigador e ingeniero que hace las maletas, hace que se alejen las posibilidades de emprender la senda correcta. España es un país grande que ha adoptado la mentalidad de uno pequeño.
Somos el ejemplo perfecto de lo que Guy Debord llamó la "sociedad del espectáculo". Nuestros héroes sociales no son los científicos, los tecnólogos o los grandes intelectuales, sino tan solo aquellos en cuya imagen o en cuyo nombre se puede vender algo, una idea, un partido, un coche:

Los personajes admirados, en quienes se personifica el sistema, son bien conocidos por no ser lo que son; se han convertido en grandes hombres a fuerza de descender por debajo del umbral de la más mínima vida intelectual, y ellos lo saben.
62
La falsa elección de la abundancia espectacular, elección que se concreta en la yuxtaposición de espectáculos concurrentes y solidarios, así como la yuxtaposición de papeles (primordialmente significados por —y a poyados en— objetos) que al mismo tiempo son exclusivos y están mutuamente implicados, se desarrolla en una lucha de cualidades fantasmales destinadas a presentar como apasionante la trivialidad de lo cuantitativo. Renacen de este modo las falsas oposiciones arcaicas, regionalismos o racismos, que se encargan de transfigurar en superioridad ontológica fantaseada la vulgaridad de las posiciones jerárquicas del consumo. Así se recompone la serie interminable de ridículos enfrentamientos que movilizan un interés sublúdico, desde las competiciones deportivas hasta las elecciones. (66)**

El mensaje de Debord es claro: en la sociedad del "espectáculo", lo que se presenta como diversidad no hace sino esconder una patética vulgaridad de fondo. Estamos creando (creándonos) una sociedad que esconde su terrible trivialidad bajo el vocerío y el insulto, prescindiendo del conocimiento y del trabajo, bajo una furiosa diversidad que busca la diferenciación de las "marcas" (marcas nacionales, marcas nacionalistas, marcas ideológicas...).


En una sociedad sin ideas, sin conocimiento, sin trabajo, progresivamente dirigida a vivir en y del espectáculo (metáfora de la vida social en su conjunto), las diferencias hechas para que otros puedan vivir de nosotros, las diferencias voceadas, esconden una patética falta de sentido y dirección. Decía Debord que todas las diferencias en la sociedad del espectáculo  solo sirven para esconder "la unidad de la miseria" (67).
Sin ciencia, avanza la demagogia y la ignorancia; sin trabajo, todo se transforma en ocio. Solo queda ya que todo se convierta en espectáculo, en un espectáculo grandioso y miserable.


* Norbert Wiener (1995): Inventar. Sobre la gestación y cultivo de las ideas. Tusquets, Barcelona.
** Guy Debord (2002 2ª): La sociedad del espectáculo. Pre-Textos, Valencia.