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viernes, 17 de diciembre de 2021

Espectáculos poco edificantes

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


No, la Navidad no va con ellos. Tampoco hay que ser ingenuos, desde luego. El nivel de mala educación al que está llegando la política es inaudito. Lo hemos dicho en muchas ocasiones: solo se vive del espectáculo. Si atrajeran más gente luchando todos en un cuadrilátero enfangado lo harían, sin duda.

Todos hacen lo mismo con una simetría pasmosa. Son los mismos argumentos pero con distintos hechos. Por ejemplo, se trata de resaltar la "desunión" del otro. Los ataques se explican siempre como una forma de "ocultar los problemas propios" o se resalta como una pérdida de liderazgo interno. Según este procedimiento, el gobierno ataca a la oposición diciendo que está desunida aprovechando cualquier discrepante, y la oposición le reprocha al gobierno que cada socio va por libre. De esta forma la respuesta a cualquier crítica solo es otra crítica, un entrelazado absurdo que no sirve más que para mostrar agresividad, que es la forma en que aquí se oculta la falta real de ideas y de resultados. Esta política espectáculo se ha intensificado con la llegada de la "nueva política" y de los "nuevos políticos" que, por jóvenes, no han visto ni vivido otra cosa. Pero ¡cómo opinan de lo pasado sin haberlo vivido, con que vehemencia interpretan la historia que ellos han venido a enmendar!

Esto tiene su lógica porque los "nuevos políticos" sustituyeron en sus partidos a los "viejos políticos" con una patada en salva sea la parte, como se decía antes de que cualquier barbaridad pudiera ser dicha en cualquier lugar, situación y dentro del horario infantil, por poner una franja horaria.

Cuando no se sabe hacer política constructiva —que es lo que este país necesita— nos dedicamos a esta pelea goyesca a palos, que es lo que se nos ha dado siempre bien. ¿Para qué pensar? Estos nuevos cruzados de todas las tendencias solo saben vivir en y de los conflictos, por eso se resucitan todos que se actualizan como prioridades. Mirar al futuro requiere propuestas; es mejor mirar de continuo al pasado, contarlo una y otra vez, abrir heridas, alentar nuevos enfrentamientos sobre lo ya pasado. Por eso recurren a las grandes palabras, que quedan reducidas por su mezquindad.


Los ataques son de manual de "comunicación política", aunque no sé porqué llaman a esto "comunicación" y, si me apuran, "política". Todo sale de esos sobrevalorados e imprescindibles gabinetes de comunicación, llenos de estrategas y analistas de encuestas y escritores de discursos. Son buscadores de "puntos flojos" y no les importa la resolución de problemas sino los resultados de las encuestas que se hacen de forma permanente. No ven otra cosa.

Cuando el país tiene enormes problemas reales consiguen que acabemos discutiendo sobre si se puede dejar o no al perro en la puerta del supermercado mientras se entra a comprar  y cosas por el estilo. Se eleva la demagogia a niveles insospechados porque esto es una carrera sin fin, competitiva, a muerte por el poder.

Desgraciadamente, algunos entienden que es el comportamiento ejemplar. Es decir, sienten que insultando, que haciendo ejercicios ingeniosos de retórica, que levantando el tono... hacen política. Cualquiera que se quiera sentir "poderoso" copiará en su nivel las mismas malas prácticas que le harán sentirse como en medio del parlamento. 

Desgraciadamente veo cada día reproducirse estos comportamientos en lugares que deberían dar también ejemplo, como en las mismas universidades, que se nos llenan de personas que se consideran "políticos" al copiar las mismas prácticas de intransigencia, autoritarismo y obstruccionismo oponiéndose a cualquier cosa. Soy, desde hace décadas, miembro de diversos órganos universitarios porque he considerado que, si podía ayudar a hacer una universidad mejor, debía hacerlo. Pero el espectáculo al que asisto en los diversos niveles de decisión me hace ser muy pesimista sobre cómo estamos viendo nuestro espacio, cuál es su función y cómo debemos comportarnos en él.

En casi todos los espacios profesionales se está reproduciendo esta tensión que vemos en los políticos. No creo que sean los culpables directos, solo los más visibles. Pienso que estamos creando una sociedad dura, durísima, que admite las injusticias como inevitables, en la que cada vez brilla más la insolidaridad porque nos hemos hecho egoístas no mirando más que por nosotros mismos. Lo que hablamos ahora de la "salud mental" no es fruto de ningún virus, sino de nuestra propia toxicidad que se muestra en esta tensión constante, en esa agresividad y falta de empatía hacia el sufrimiento ajeno. Ante el que sufre, muchos sacan el móvil para inmortalizar el momento. Nadie detiene una pelea, solo se graba a golpe de teléfono.


La comunicación nos modula y nos dice qué debemos sentir en cada momento. No somos capaces de establecer un juicio sobre lo que ocurre a nuestro alrededor, todo ello es maquillado y enfocado según los intereses de quien lo saque a la luz.

No, no hay lugar para el espíritu navideño. Solo para las luces, los aforos, las compras, las reuniones y demás. Son formas que ocultan la profunda indiferencia que nos produce una enorme parte del mundo, del sufrimiento en la puerta de al lado. Con no mirar es suficiente. Cuando alguien nos fuerza a mirar, surge el desasosiego.

Tuve que abandonar una sesión hace unos días (no fui el único) ante el espectáculo vergonzoso al que estaba asistiendo. Creí que no debía prestar mi mirada a aquel espectáculo de personas que deberían dar ejemplo de concordia y búsqueda de acuerdos. No me había pasado anteriormente. Salí profundamente descorazonado.

Vivimos en un país crispado, tenso, siempre próximo al estallido. Es un síntoma claro de que vimos una vida inapropiada. En estas malas formas se ven nuestras frustraciones. No es esta la sociedad en la que podemos vivir cómodamente en un sentido más anímico que material. No concebimos el espacio más que como un lugar de lucha, de enfrentamientos por el poder o por las migajas. Estallamos en el metro, en los estadios, en los parlamentos, en las Juntas, allí donde hay ocasión de liberar el malestar interior.

Las virtudes que seleccionamos no son las que necesitamos para una mejor vida social o personal. Ascienden no los más conciliadores, sino los más agresivos. Se crea así un fenómeno de selección negativa que padecemos después todos.


Lo de las personas "de buena voluntad" ha quedado en nada, en publicidad engañosa, en deseos teatralizados, en unos cuantos actos que nos hacen sentir mejor con nosotros mismos. Poco más.

No voy a echar la culpa a la política, que es la parte más visible, en la que se focaliza la atención. Pero sí deberíamos ven en ella un comportamiento agresivo que va descendiendo por los diferentes espacios sociales, que se hace ya común.

Hablamos mucho estos días de "salud mental", pero no acabamos de encontrar la definición de esa "normalidad saludable" a la que algunos aspiran. A lo mejor hay que empezar a ser "diferentes" en vez de ser "normales". Habríamos llegado a un punto de desequilibrio que habría invertido los valores que alguna vez hemos tenido.

No se deje arrastrar, manténgase en el lado positivo, no le dé vergüenza ser buena persona. No se sienta débil por ello. Predique con el ejemplo, ya que quienes deberían hacerlo no lo hacen. Sí puede, manifieste su rechazo a todo este ambiente agresivo en el que vivimos; hágalo con formas pacíficas. Se puede hacer demostrando que no se está de acuerdo a través de formas educadas. Las maneras son importantes porque establecen los límites de nuestra convivencia. Sea crítico, pero no se transforme en lo que no es ni quiere ser. No deje que le arrastren.

Paul de Vos "Pelea de gatos en una despensa" (1630-40) . M. del Prado


viernes, 1 de octubre de 2021

La bronca del negacionista conspiranoico

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


—El otro día me pasó lo que nunca me había pasado —me dijo mi buena amiga quiosquera, la que me guarda los libros coleccionables y las revistas mensuales, además de surtirme de conversación en mi aislamiento—. Se me acercó un señor que vio la mampara cuando vino a pagar y me dijo "¡Muy protegida está usted!", Yo no le dije nada, pero cuando vio cómo me echaba el gel después de guardar el dinero, como hago siempre, empezó a pegar gritos, a decir "¡todo esto es un engaño! ¡Nos estáis engañando para controlarnos!..." y de todo. Y me asusté.

—Pues cuidado —le dije— porque estos paranoicos son cada vez más agresivos. Cada vez están más aislados y se sienten presionados. Viven dentro de su burbuja y todo lo que les deje en evidencia lo ven como una ataque. ¡Cuidado porque ese vuelve! Son cada vez más violentos y si les dices algo, se revuelven. ¡Cuidado!

—Ya, sí, miedo medió con la que formó.

—Pues díselo al de seguridad, que se quede con su cara, porque este te monta otra cuando vuelva.

—¡Ya le digo!



Me quedé preocupado porque esta gente es rara y solo busca la forma y ocasión de demostrarlo. Se pasan el día rumiando y, como la realidad les acorrala, no esperaras que puedan reventar ante tus mismas narices por cualquier tontería, pero que para ellos es el centro de su vida, donde no dejan de dar vueltas cada hora que pasa. Por decirlo así, viven en su propio universo conspirativo, un mundo oscuro lleno de obsesiones.

No son una creación del coronavirus. En realidad, nunca han sido normales, sino que han vivido de una forma u otra esta forma obsesiva y negativa de vivir. Por eso son terreno abonado. Hace unos días, cuando el volcán de La Palma estalló, hubo algunos que exclamaron "¡nada es casual!" tratando de conectar "lo nuevo" con lo "viejo". No es sencilla esta reconfiguración de sus mapas mentales para meter los volcanes, pero seguro que lo consiguen forzando cada vez más la lógica y encadenando supuestos, mitos y obsesiones.

En estos días ha circulado por la prensa, llegada de Estados Unidos, sobre el jugador de la NBA que ve en el pinchazo de las vacunas una conspiración para meter un chip con las agujas y conectar a los afroamericanos a un ordenador central. ¡De ahí salía un argumentazo que ni a Ian Fleming se le hubiera pasado por la cabeza! ¡Ni Spectra da para tanto! Pero en las mentes de estas personas siempre hay una organización malévola Spectra, un sentido escondido en todo lo que pasa, ya sea divino o humano. Hemos sustituido el "plan divino" por el "plan oculto". Las redes sociales mantienen el contacto entre ellos y podemos elegir por la web nuestra conspiración favorita a la que sumarnos como adeptos. Cada una de ellas incluye una visión del mundo, del universo podríamos decir, con sus propias reglas y explicaciones.



Las maravillas del mundo antiguo hicieron florecer teorías conspirativas. Ante la imposibilidad de entender cómo las hicieron se creó la idea de una comunidad escondida se sabios, básicamente en Egipto, que se seguían transmitiendo saberes de forma oculta, de tal manera que solo ellos sabrían, en sus pequeñas comunidades mundiales, la verdad de todo. Pero una cosa es una pirámide y otra los virus y, especialmente, los volcanes, que son difíciles de asesorar.

Responsables de todas estas teorías están las propias especulaciones sembradas desde el principio por la administración Trump con lo del "virus chino" y tratar de hacer pagar la factura del gasto a China. Ninguna investigación ha logrado demostrar que hubiera salido de un laboratorio. China, incluso, decidió devolverle las acusaciones a los Estados Unidos difundiendo, en clara competencia, la idea de que habían salido de un laboratorio norteamericano o que había sido llevada a China por atletas militares participando en una competición por la zona.

Infolibre

El agresivo comprador de prensa que estalló al ver mamparas y gel no tiene un interés estratégico como los equipos de propaganda internacionales o los medios que juegan a difundir estas cosas. En su mente hay otras cosas.

Conforme desciende la presión del virus gracias a la vacunación, los no vacunados (por diversas causas, temores y obsesiones), se sienten más presionados, atacados en sus fundamentos. Al ser ya muy pocos, no se pueden ocultar bajo la capa de las grandes cantidades de población. Hemos visto historias en las que los anti vacunación influían en sus familias y amistades, pero ahora la tendencia se ha invertido: son ellos los que reciben la presión mayoritariamente. El mundo que les rodea es ahora quien les dice que se vacunen y a ellos les quedan menos espacios en los que esconderse.




No sé si se acabará vacunando; es probable que quede algún núcleo resistente, alguna "pequeña aldea gala" con ganas de echar broncas y dar mamporros a los "romanos" de turno que les parezcan peligrosos para los límites de su mente. Aquí parece que somos muy celosos de que se nos obligue a algo, pero si aparecen casos de brotes ligados claramente a personas no vacunadas, habrá que hacer algo. Por supuesto, todo será una "conspiración" contra ellos e impedir que se sepa la "verdad".

Lo preocupante del caso, este aumento de la agresividad, es que se manifiesta con lo que entienden como una "provocación" (llevar una mascarilla, estar tras una mampara o limpiarse las manos). Habrá que tener cuidado porque estallarán muchas veces con el más débil o aquel que tenga que aguantar sus broncas porque no tenga más remedio. En otros casos, esperemos que pocos, la reacción puede ser peor y es mejor alejarse. ¡Cuidado!




jueves, 1 de octubre de 2020

Nueva política, viejos insultos (La bronca 2)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


¿Es tan difícil ponerse de acuerdo? Dos no discuten si uno no quiere, dice el refrán. Pero, ¿y si a los dos les apetece discutir? Hemos tenido un ejemplo de lo que pasa en el debate entre Trump y Biden. Algunos columnista y políticos le reprochan a Biden haberse dejado arrastrar "al barro" para pelear. Los intentos de mantenerse impertérrito ante insultos, interrupciones y todo tipo de desaires, impensables antes, se han convertido en una triste realidad política de división.

Trump se presentó como un nuevo modelo político, el "no político". Bueno, es lo que le interesaba. Llegó diciendo que él no era hombre de medias tintas, que diría siempre lo que pensara. Es cierto, pero el problema es que no ha dicho más que mentiras, medias verdades e inexactitudes, según los —gracias a él— muy desarrollados métodos de "fact check" que ha movilizado a cientos de periodistas e investigadores de cada una de sus afirmaciones. Pero Trump les ha agotado. A una mentira le seguía otra y otra y otra... Los investigadores tenían que hacer horas extra para conseguir mantener el ritmo del presidente más mentiroso de la historia. Trump ha dejado a Nixon como un querubín, que ya es decir. A Nixon le sacaron los colores y se tuvo que marchar con ese gesto tan gráfico desde el avión, ese adiós con giro de muñeca y sonrisa impostada. A Trump tendrán que desalojarle los marines de la Casa Blanca porque se atrincherará en el búnker y se llevará a casa el botón nuclear si no lo cachean al salir.

Trump lo ha empantanado todo y cuando se vaya lo hará con un taponazo de champán universal que recorrerá el planeta en su totalidad, la celebración mundial del cese de una pesadilla.

Ayer hablábamos de la bronca como estrategia para la distracción. Un clavo saca otro clavo. Un problema lo es por su contenido o por la atención que le dediquemos. Ignorar los problemas reales y centrarse en los artificiales, los creados especialmente como una cortina de humo tiene sus riesgos políticos. Pero forman parte de esa nueva-vieja forma de hacer política, amplificada gracias al manejo de los medios de comunicación por su ideología (resulta rentable adscribirse a una en estos tiempos de segmentación de los mercados, incluidos los electorales) o por su necesidad de seguir con la mirada la mano del ilusionista. "Todo por aquí, nada por allá" es el nuevo lema de estos demagogos de la distracción atencional.

Desgraciadamente, el método Trump, por darle el nombre de su más "ilustre" practicante, se está extendiendo peligrosamente y ya tiene franquicias por todo el mundo, de Johnson en el Reino Unido a Jair Bolsonaro en Reino Unido pasando por algunos países europeos que hacen populismo nacionalistas a costa de la Unión, con unos toques demagógicos y peligrosos de un Erdogan, por ejemplo. Y España...

Estamos elevando la bronca a niveles históricos. Tenemos ya el triste récord de poder discutir sobre cualquier cosa. El tono de las discusiones aumenta en función de la propia debilidad del sistema y sus integrantes. Todo está tan fraccionado, la derecha y la izquierda, y pulverizado el centro, que solo queda discutir. A la razón de los hechos o los argumentos, se le opone esta retórica hueca, atamborrada, que convierte a España en una concentración en la plaza de Calanda. Como se suele decir, ¡con la que está cayendo!

No hay persona que te encuentres que, tras la mascarilla, se sienta indignada con lo que ve y escucha. Estamos llegando a unas cotas en las que la venda del partidismo o la ideología se caen de los ojos ante tan tontería y mala fe generalizadas como vemos y escuchamos cada día. No hay día que no tengamos una nueva-vieja polémica. Los desbaratadores del país se están empleando a fondo, pronto no quedara piedra sobre piedra, solo un insulto que se irá repitiendo como un eco hasta perderse en la nada. Y es que es ahí a donde vamos, al agujero negro que todo se los traga. Cuando digo todo, quiero decir todo. No hay posibilidad de hundimiento de los políticos sin que nos arrastren. No hay quórum en la Historia, al abismo vamos todos.


Nunca he visto a la poca gente que veo tan pesimista. Doy gracias a que gran parte de mis conversaciones son con personas de otros países y hablando de cosas que nada tienen que ver con nosotros. Son mi Shangrila, del que soy desalojado de una patada cuando enciendo el televisor para ver las noticias. Regresas pasadas unas horas hablando de cosas interesantes, de problemas reales del mundo... para encontrarte con los "nuevos políticos" insultando, los "viejos políticos" camino del trullo y con los "futuros políticos" asistiendo al seminario de comunicación corporal que toca esta semana.

Toda la virulencia exhibida no es más que precisamente la carencia de la fuerza necesaria para tomar decisiones que no erosionen su ya desgastada imagen. No es otra la preocupación, solo el desgaste político. La fragmentación política no ha traído diversidad, sino radicalidad y debilidad, por lo que se está en un constante cálculo de los efectos de la contestación. Los gritos intentan tapar las vergüenzas, distraer de lo propio y señalar lo ajeno.

País de discutidores, nos dejamos arrastrar somnolientos, irritados, hartos. ¿Hay límite? Tenemos abiertas todas las heridas, incluso las más viejas y cerradas porque forma parte de la estrategia de provocación de unos y otros para que le miremos, para que no dejemos de hacerlo ni un segundo. Tienen miedo a que les sobrepasen por lado o por otro. Los márgenes son estrechos para unos y otros. Los recién llegados se aprovechan, por lo que la radicalidad avanza como forma teatral de la política.

Me doy cuenta que este es el tercer post seguido en el que la bronca es el tema principal. Son gritos desesperados por regresar a un silencio imposible ya, el de esos pájaros que escuchaba regresar en pleno confinamiento. Nuestros medios nos lanzan a la cara cada día toneladas de detritos políticos. Ya es difícil de soportar.

En país moderno y verdaderamente democrático es aquel en el que los progresos realizados permiten la confluencia de las fuerzas y la limitación de tensiones. Nosotros estamos volviendo a la época de las Cruzadas. Si lo que aumentan son las distancias, las desigualdades y las disidencias, es que algo está fallando gravemente.

Estamos en un mundo de Cecil B. de Mille, para quien una película "debía comenzar con un terremoto y seguir ganando en intensidad". Lo malo es que aquí los terremotos son de verdad y no efectos especiales.


sábado, 10 de diciembre de 2011

La isla de las buenas maneras


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leo el reportaje del diario El País titulado “Papá es un ‘hooligan’”* y me trae recuerdos de diez años atrás, de cuando llevaba a mi hijo, en sábados como hoy, a jugar sus partidos de fútbol a los campos situados en el otro extremo de la población, atravesando nuestro asilvestrado parque, con sus bancos de niebla, sacudiéndonos el frío matinal.
El País analiza el comportamiento agresivo de los padres como uno de los factores de la violencia en los campos. No puedo, a la vista de mi propia experiencia, sino estar en la idea principal. He visto árbitros parar partidos con niños de diez años y dirigirse a los padres y decirles “¡No les da vergüenza!”; he escuchado a padres amenazar a sus hijos cono dejarles sin comer u otras lindezas por fallar un penalti; les he visto gritar pidiendo que le rompan una pierna a un delantero, ¡que no pase! Sí, he visto a chicos abochornados, atemorizados por las peticiones de padres desde la banda. No era algo nuevo para mí, pues en mi época deportiva experimentaba lo mismo —no por mi familia,  a la que tenía prohibido asistir a cualquier acto deportivo en el que yo interviniera—, porque había experimentado ya esa sensación de vergüenza ajena que siente el que es capaz de sentirla. No todos tienen esa maldición.

Los psicólogos han especulado según la moda de la época. Primero tiraron por la cuestión freudiana y la figura del padre; pasaron a entender que esa presión sobre los hijos era el reflejo de la frustración personal que les empujaba, que querían que sus hijos llegaran donde ellos no habían llegado. Después cogieron la senda de la psicología social y trataron de explicarlo como un reflejo del sistema social y sus exigencias competitivas.
No dudo de que la explicación esté entre todas estas teorías, que, por otro lado, no son excluyentes. El deporte casa bien con la Psicología y la Sociología y, además, permite por su tema algo más de atención porque nuestra sociedad —la española— vive una sobredosis de deporte y de simbolismo deportivo.
Pero no creo que sea el deporte el causante sino una muestra más de la forma agresiva en que la sociedad española ha ido evolucionando en las últimas décadas. Esa agresividad se ha convertido en un rasgo que se traduce en las pérdidas de las maneras sociales, en suma, en mala educación. El “mal educado” no es solo el que está mal educado, sino aquel que hace exhibición de ello. Hay un fondo de brutalidad que emerge en la forma de tratar a los demás que los españoles hemos elevado al rango de normalidad.


“No sé qué pasa hoy con la gente, ¡vienen con una agresividad!”, me comentaba ayer por la tarde una de las encantadoras taquilleras del cine de mi pueblo. Evidentemente, siempre se escucha más al que grita que a los que están callados. Pero los que gritan son cada vez más y lo hacen más alto. Creo que muchos tendremos la experiencia diaria de tener delante de los ojos espectáculos de comportamiento bochornoso, momentos en los que nos gustaría coger una maleta y desaparecer del mapa, perdernos en una isla.

Hace un par de años, en un lugar en donde comía de vez en cuando, tuve que recurrir a la tarjeta y, por tanto, enseñé mi carné de identidad. La camarera, una joven extranjera, me dijo algo que me dejó bastante apesadumbrado: “—Señor, pensé que era usted extranjero porque es usted amable”. Le dije: “—Le doy las gracias en lo personal y le pido disculpas por lo nacional.” Me sentí bastante avergonzado por lo que aquellas palabras implicaban. Sus clientes no son gente sin educación. La cafetería está situada junto a un parque tecnológico y en el edificio hay caros gimnasios y spas.
Por eso no creo que sea solo un asunto deportivo. Allí se manifiesta con más libertad porque es un escenario en el que hemos decidido prescindir de las formas. Vale todo. Por eso se valoran tanto —los que las valoran— las formas educadas de algunos deportistas que han decidido no contribuir al juego de la grosería y la agresividad (Del Bosque —del que un amigo argentino me preguntaba si no tenía sangre en las venas—, Rafael Nadal o Pau Gasol, entre otros muchos nombres, son ejemplos positivos y son conscientes de ello).

Nuestra agresividad tiene un origen múltiple y complejo. Deberíamos preguntarnos más —y hacer algo— sobre cómo combatir esa epidemia de malas maneras, de desprecio e intransigencia que vemos en muchos momentos, a lo largo del día, en muy diversos escenarios. Es como una energía negativa que nos rodeara y que nos hace ser despectivos y altaneros, sobrados, y así se percibe inmediatamente. Quizá estemos rodeados de malos ejemplos y peores influencias. Hemos perdido el arte de la sutileza y nos hemos lanzado de cabeza al tremendismo, al blanco y negro del grabado goyesco. La agresividad es el disfraz violento de la ignorancia. A falta de razones, se recurre a la burla, al desprecio. No son más que señales de ignorancia, de debilidad, de una falsa filosofía del éxito que te hace escupir desde tu pobre cima particular. Tratando mal, despectivamente, te sientes importante.


El interminable partido de tenis que este país vive entre la escuela y la familia como responsables educadores es un debate estéril. Las familias pagan lo que ocurre en las escuelas y las escuelas pagan lo que viven en las familias. Todo es reflejo social. El hecho cierto es que va a más y los maleducados son, cuando les toca, educadores, semillero del mal ejemplo. Hablamos de “familias” y “escuelas” como si fueran algo distinto del resto del país y, no, son lo mismo, los mismos perros con distintos collares verbales. Somos todos. Antes se pensaba que las instituciones —el deporte, el parlamento, la escuela…— eran lugares de socialización en lo mejor de las maneras, lugares de desasnarse. Hoy siguen siendo lugares de socialización, pero muchas veces de lo peor. No se aprende lo bueno.

 A este mal ejemplo contribuyen políticos, comunicadores, deportistas, empresarios, trabajadores, profesores..., contribuimos todos. Y, entre otros, son: todos los que levantan la voz, todos los que desprecian a los demás, todos los que buscan el aplauso fácil haciendo demagogia, todos los que elevan lo nimio a drama, todos los que siempre tienen razón, todos los que piensan que los demás nunca la tienen, todos los que creen que el dinero es la tarjeta de visita, todos los que creen que el cliente siempre tiene razón, todos los que creen que el que paga manda, todos los que piensan que hubiese llegado antes, todos los que piensan que se joda, todos los que hablan primero y piensan después, todos los que solo hablan, todos los que miran para otro lado, todos los que piensan que no es cosa suya, todos los que piensan que espere, los que dicen que se aparte él… En fin, todas esas fórmulas, situaciones y maneras con la que nos encontramos cada día, a cada paso, en cualquier lugar.
No se avergüence de ser educado y parecer débil. Ser educado no es ser antiguo. Piense que el futuro es suyo, aunque sea en otro lado. Además de la risa, existe la sonrisa. La risa es contagiosa; la sonrisa, no. Requiere inteligencia. Y esa, desgraciadamente, no se contagia. Si ser amable le convierte en Robinson, disfrute de su isla.


* “Papá es un ‘hooligan’” El País 10/12/2011 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Papa/hooligan/elpepusoc/20111210elpepisoc_1/Tes