Mostrando entradas con la etiqueta sociabilidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta sociabilidad. Mostrar todas las entradas

viernes, 24 de diciembre de 2021

Sobre la Tecnología en tiempos de pandemia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Tengo un amigo que le echa la culpa de todo a la Tecnología. Intento convencerle que la tecnología, por contra, nos está salvando de muchas cosas en este desastre al que asistimos. Es cierto que decir "tecnología" es no decir mucho. Cuando la gente dice "tecnología", se está refiriendo a la que se introduce en nuestras vidas cotidianas. 

Nos beneficiamos de muchas de estas cosas, pero solo se perciben las negativas. Es un principio psicológico de poderoso efecto: lo positivo se vuelve transparente y nos olvidamos de ello; lo negativo, en cambio, es un lastre doloroso del que siempre nos quejamos porque no logramos olvidarnos de ello.

La tecnología nos ha salvado precisamente allí donde nos ha permitido mantener en marcha la actividad, tanto económica y laboral como personal. Como ocurre con otras grandes catástrofes —¡y esto lo es!—, suelen hacer que avancemos hacia soluciones y que desarrollemos posibilidades con las que cubrir los déficits.

Es indudable que gracias a las tecnologías de redes y de las comunicaciones hemos podido resolver muchos problemas en muchos ámbitos. Nuestra sociedad ya está digitalizada y con redes eficaces. En mi campo, la educación, hay sectores que estaban medianamente desarrollados. Excluyo las instituciones "a distancia" ya existentes, que no han tenido mucho que cambiar, aunque han debido ampliar sus prestaciones.

Las instituciones de enseñanza han podido, pese a las resistencias, cumplir una parte importante de sus funciones. Se trata de eso, de poder cumplir los objetivos buscados de la mejor manera posible. Evidentemente, no hay sustitutos perfectos, pero si remedios suficientes.

Lo mismo ha ocurrido con gran parte del teletrabajo al que previsiblemente volveremos de forma intensiva a la vista de la evolución de la pandemia. En vez de mirarlo como un problema, sería mejor contemplarlo como una solución a una parte de los objetivos por cumplir.


Las relaciones sociales ya son en gran medida virtuales. Evidentemente era una combinación de encuentros reales y virtuales la que ya existía antes de la pandemia. Las redes permitían el contacto virtual con personas de todo el mundo. Ahora que se limita nuestra vida social en persona, las relaciones virtuales se han ampliado gracias a las tecnologías de las comunicaciones, con ampliación de la velocidad y capacidad de muchas redes y del software.

Estas tecnologías son polivalentes, cubren todos los ámbitos posibles. Unos de los problemas que se han planteado en los hogares han sido la simultaneidad de las conexiones. Desde la misma casa se estaba teletrabajando y estudiando y esto ha obligado a ampliar los puestos allí donde había limitación de hardware. Sin embargo, los teléfonos han sido de ayuda ya que son mini ordenadores y pueden ser utilizados con múltiples funciones al tener conexión, cámara, etc. Un teclado bluetooth, por ejemplo, lo puede convertir en una utilidad funcional para determinados trabajos que requieran conexión.

Basta con pensar unos segundos en lo que hubiera sido no poder disponer de nuestro actual grado de digitalización y comunicaciones para comprender el desastre absoluto que se habría podido producir con consecuencias inimaginables.

Otra cuestión es el grado de aceptación. Constantemente hemos sido bombardeados con una serie de rechazos a la tecnología, no siempre con fundamento, y alguna que otra vez con intenciones de sacar a la gente de sus casas. 

El rechazo es legítimo. Pero no se trata de eso. Ese rechazo ya tenía su sentido antes de la pandemia. Los recelos anti tecnológicos han sido una constante. Lo que se considera aquí es el disponer de una herramienta, nos guste o no, con la que poder mitigar los efectos desastrosos de este proceso en el que llevamos casi dos años inmersos.

El rechazo a la tecnología —al control, a la vigilancia, a la reducción de puestos de trabajos, etc.— no es nuevo y tampoco se puede negar como preocupaciones. Se trata de evaluar los pro y contra de cada situación en un momento dado. El hecho es que nos ha permitido superar situaciones que habrían sido muy negativas.


El contacto humano es insustituible, efectivamente. Pero si este contacto se vuelve peligroso, como es el caso, las relaciones virtuales —que ya existían— adquieren un sentido distinto.  Mucho se ha hablado de la "fatiga", del síndrome de Zoom, por estar expuesto muchas horas a sesiones telemáticas, ya sean de trabajo, educación o sociales. Me imagino que el sentimiento podría ser mucho más nocivo si nos hubiéramos quedado completamente aislados.

En mi caso, la tecnología de las comunicaciones me ha permitido mantener (e intensificar incluso) las relaciones esenciales. Con anterioridad a la pandemia, la distancia de muchos de mis alumnos me había permitido crear espacios virtuales para poder trabajar. Ha habido que extenderlo a otros, pero la experiencia previa ha sido de gran ayuda.

Unos se han adaptado mejor que otros, pero creo que los resultados no frente a la "normalidad" sino a lo que habría sido un cierre absoluto o una apertura irresponsable no admite muchas dudas.

Preferimos muchas veces quejarnos antes que buscar soluciones eficaces. La actitud, igualmente, hace mucho en un caso como este que vivimos en el que el momento es un factor esencial. La adaptabilidad es un valor esencial, tanto más en una situación de rápidos cambios constantes, pero ciertamente previsibles. Otra cosa es que no queramos verlos porque en la mayoría de los casos son efecto de nuestras acciones.


No deja de ser interesante que solo nos fijemos en determinados sectores, los que menos adaptación tienen, mientras que ignoramos muchos otros en los que la adaptación ha sido mucho mejor y se han podido realizar muchas acciones manteniendo el ritmo de trabajo.

Es evidente que hay sectores más perjudicados que otros, pero debemos hacer una evaluación más ajustada a la totalidad. Se echa en falta algún tipo de medición conjunta por sectores y establecer cómo ha ido afectando a cada uno de ellos. Se podría evaluar así de una forma más precisa. Ya ha pasado un tiempo suficiente como para poder establecer los sectores más afectados en este tiempo de pandemia.

Por mucho que nos parezca imperfecta, es la tecnología la que ha posibilitado a la Ciencia desarrollar vacunas con la información disponible. Sin los avances tecnológicos, difícilmente se podría haber avanzado tanto en tan poco tiempo. Hemos pulverizado los registros temporales anteriores y seguimos avanzando. Eso es también "tecnología".

Sobre los efectos psicológicos, no es fácil aislar la tecnología de otro tipo de factores, por ejemplo, los estados de ansiedad por el miedo a perder el empleo, el mucho tiempo pasado encerrados, etc. La psique no está compartimentada y los factores que pueden afectarla son muchos., Habrá quien se haya sentido perjudicado por el uso de la tecnología, pero habrá muchos otros que hayan aliviado su aislamiento gracias a la conexión con otros o trabajando a distancia no viendo peligrar su puesto. Es mejor, indudablemente, trabajar a distancia que perder el empleo, como ha ocurrido en muchos sectores de difícil adaptación.

Decir "tecnología" es decir demasiadas cosas. Es una gran palabra que supone muchas cosas entre las que vivimos, muchas de ellas son ya invisibles para nosotros. Solo nos damos cuenta cuando nos faltan.

Creo que la deshumanización que padecemos tiene un origen plenamente humano, algo de lo que la tecnología no nos ha librado, pero tampoco es responsable último. No es la tecnología, sino el egoísmo, un mal del que ninguna tecnología podrá curarnos, solo nuestro deseo de compartir, algo distinto del mero intercambiar. El sentido de estar aislados tiene raíces más sociales que tecnológicas.

Mi amigo, que es muy buena persona, no piensa realmente que sea la tecnología la que le separa de los demás, sino que esta última le ha pillado tarde y no se siente con fuerza para meterse en nuevas aventuras. Es muy importante que evitemos este gap generacional con las personas que sí se pueden quedar aisladas por la ampliación de la distancia tecnológica, cada vez mayor. En el fondo, lo que le preocupa es la soledad vacía a la que enviamos a los que no nos son "útiles" en esta vida tan interesada —más que interesante— que llevamos.

Hay que evitar que en estos tiempos con abismos de soledad, la tecnología se convierta en un obstáculo más. Nos hemos ocupado de la "alfabetización digital" de los jóvenes, pero no de los adultos. Y nuestras sociedades envejecen más rápido de lo que pensamos. La tecnología no tiene porqué ser un obstáculo; somos nosotros los que le damos sentido.


viernes, 26 de junio de 2020

El coronavirus, las patatas bravas y el consejo del experto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En estos momentos estamos recibiendo dos mensajes institucionales distintos: quédate en casa, sal a la calle. Términos como "desescalada", "nueva normalidad", "confinamiento", "brotes" y "rebrotes", etc. se han convertido en manos de los comunicadores en una cosa y en las mentes de los receptores en otra. Los sentidos se han ido ajustando a diversas formas de interpretación del sentido, que es una construcción finalmente del que lo recibe. Yo digo, ellos interpretan. En esas interpretaciones, el significado está abierto al deseo, a la expectativa.
Es muy difícil controlar socialmente de forma unívoca los mensajes. Muchos más si ya de por sí se juega con la ambigüedad y se nos dice que está en la "responsabilidad" individual cómo actuar, como de hecho se nos está diciendo continuamente. Decir "sed responsables" es dejar un amplio margen de interpretación.
Pero ¿qué podemos hacer cuando los gobiernos son tan hipócritas como para decidir rebajar la "distancia social" de "dos metros" a "metro y medio", como lo ha hecho el británico hace unos días? ¿Qué pensar sobre este tipo de variables que solo fingen una falsa precisión para hacer creer que hay racionalidad tras la medida?


El mundo lleva suficiente tiempo con el coronavirus como para saber que las decisiones que se están tomando en la mayoría de los países no son más que brindis al sol para tratar de evitar el desastre económico social. Las noticias de los rebrotes así lo demuestran. Sabemos más del coronavirus, pero parece que hemos llegado a cierto tope de aprendizaje, nuestra curva se aplana y con más información aprendemos menos e, incluso, parece haber cierta saturación que induce al fatalismo de lo que tenga que pasar que pase. Eso se percibe hasta en la calle, en la gente que ignora las medidas elementales.
Leo ahora en La Vanguardia la pregunta que hacen al experto:

¿Es peligroso compartir unas bravas en un bar debido a la Covid-19? "
Axxxx Rxxxx
Lector

Lo más peligroso de compartir unas tapas es estar cerca de otras personas. Vamos, que si una de las personas con las que estamos comiendo está infectada hay muchas más probabilidades de que te transmita la coronavirus vía aérea que no por pinchar del mismo plato. Obviamente, tenemos que minimizar riesgos e intentar no compartir comida.
Justo el ejemplo que nos pones de las bravas no es el más peligroso, dado que las personas pinchamos las diferentes patatas que nos vamos a tomar cada una. Aquí habría que prestar especial atención a las salsas, un típico foco de transmisión de microorganismos cuando comemos con otra gente.
Pero insisto, mucho más cuidado y precaución con la transmisión vía aérea, respetad del uso de la mascarilla y la distancia entre personas.*


El hecho de producirse la pregunta es ya desconcertante. El sentido común de la respuesta no oculta que la pregunta busca una confirmación del acto en sí. ¿Cómo lo ha interpretado la respuesta el lector en este caso? La información institucional se preocuparía por el total del aforo y el porcentaje permitido, la distancia social con las otras mesas, si los que comparten el plato son de la misma unidad familiar, de si se ha desinfectado la cocina adecuadamente, etc. Pero el hecho cierto es que compartir un plato (de patatas bravas) depende solo de si alguno de los que están cerca está infectado. Y eso, desgraciadamente, no se sabe a primera vista.
Ahora se nos dice —increíblemente— que la toma de temperatura no detecta todos los casos y que, además, da muchos falsos positivos. Esto se nos dice para justificar que no se moleste a los turistas, que son tan necesarios, y se coman las bravas, las gambas y las lonchitas de jamón, que bailen y beban, se abracen cuanto quieran y se bañen con tranquilidad.
En estos siglos insufriblemente largos que vivimos, hubo un tiempo terrible en el que se nos decía que no era necesario llevar mascarilla. Las mascarillas las compraban los ciudadanos chinos residentes en España siguiendo las indicaciones que les llegaban desde su país para que no se las quitaran al ver el comportamiento escandaloso de los españoles en las imágenes de televisión que les llegaban.  Como los fotógrafos necesitaban imágenes claras de la pandemia, fotografiaban a quienes las llevaban, que eran siempre —¡qué casualidad!— asiáticos, fueran las imágenes tomadas en Londres o en Valencia. Los demás, siguiendo las instrucciones de sus expertos nacionales, no las llevábamos por inútiles o porque, como dijo el ministro Illa, no se puede exigir lo que no hay. El argumento para no llevar mascarilla, finalmente, es que las pocas que había las necesitaban los sanitarios. Aun así, España es el país con más personal sanitario infectado. Los hemos visto haciendo trajes con bolsas de basura como protección.


Ahora, en cambio, la mascarilla es imprescindible porque se nos pide que salgamos a la calle, vayamos a trabajar, empiecen las escuelas, vayamos a la iglesia, al fútbol, al teatro, a los gimnasios..., que, en fin, vayamos a la "nueva normalidad", que se parece mucho a la normalidad de siempre, a la vieja. Se nos dan normas para encubrir una realidad dura: el coronavirus sigue ahí. En vez de prometer "sangre, sudor y lágrimas", como Churchill, nos prometen una normalidad que se agota a los primeros síntomas de la enfermada, con cierre de negocios, escuelas, torneos. ¿Cuál era la "nueva normalidad" de Djokovic y sus amigos?
Volvamos a la pregunta inicial, ¿está funcionando la comunicación; son útiles los mensajes que se nos dan destinados sobre todo a vender una imagen de seguridad hacia el exterior, a recuperar la actividad social interior? Mucho me temo que no.
El "quédate en casa" está ya socialmente en el olvido. Solo aquellos que pueden mantenerse en casa por su tipo de trabajo, su falta de trabajo o el final de su vida laboral pueden hacerlo. A los demás se les dice que vayan a la calle, a sus trabajos, a sus lugares de ocio... con cuidado. Mientras no haya vacuna, hay poco más que hacer que estar vigilantes y ser responsables.


Si solo fuera así, sería sencillo. Pero se trata de una epidemia. El problema no son las "bravas", sino con quién te las comes. Y en esto el virus lleva las de ganar. La naturaleza le ha dotado de herramientas poderosas: puede entrar en un organismo y contagiar antes de mostrar síntomas que lo hicieran detectable o puede ser transportado por los asintomáticos. Si todos nos pusiéramos azules treinta segundos después de ser contagiados, todo sería sencillo. Pero no es así.
En estos términos y a la espera de una vacuna (no de un tratamiento), todos somos potencialmente peligrosos para los demás. Sabiéndolo o sin saberlo, somos el vehículo del coronavirus. Lo duro es entender que esa figura amigable y querida —un padre, una madre, unos hijos, unos nietos, amigos...— tienen en su interior el coronavirus a la espera de un abrazo, un beso, un apretón de manos... unas bravas.
Amor, afecto, deseo... son fuerzas poderosas que nos atraen desde la naturaleza propia. Son más fuertes a través de las emociones que el pensamiento racional, como nos apuntan desde hace algún tiempo los neurocientíficos y desde hace mucho los filósofos.


El coronavirus ha aprovechado un animal sociable y confiado, al que le cuesta pensar en lo que no ve o lo transforma en mito; un animal tan inteligente que ha inventado en su evolución el autoengaño y la imaginación para no privarse de lo que le gusta, ocultar lo que no le gusta y olvidarse de todo lo demás. El coronavirus eligió bien, la mejor opción disponible sobre el planeta: un animal sociable y rápido, vanidoso por el conocimiento y confiado.
Hay que cambiar de nuevo los argumentos, la comunicación, las estrategias, las medidas. Los rebrotes en cuanto se ha relajado el confinamiento así lo aconsejan. Nuestras bizantinas y grotescas discusiones sobre la casuística, como las bravas, muestran que pese a todo lo dicho, solo retenemos lo que nos interesa y aprendemos lo que nos gusta.
Podemos firmar acuerdos con otros países para no hacer cuarentena con los llegados de otros países. Todo es papel mojado desde el punto de vista sanitario. Lo veremos en poco tiempo, como se está viendo ahora con otros sectores que necesitamos y que ayudan a la transmisión. Seguiremos confinando pueblos o barrios, fábricas o albergues, aulas o teatros. Es cuestión de tiempo. De poco tiempo si no se toman las medidas preventivas o ni no se las toma en serio.


Los datos globales nos dan un rápido crecimiento de la pandemia en el mundo. El tiempo que tarda en haber un millón de contagios es mucho menor que hace unos meses. Antes se trataba de que no se colapsaran las UCI; ahora de que no se pare la vida económica. Los expertos de cada vez más áreas dan su visión. Si se prohíben las visitas a la residencias —la mayor fuente de los nuevos contagios en estos centros—, nos sale un experto a avisarnos que si no reciben visitas se deprimen. De acuerdo, elija: ¿muerto o deprimido? De nuevo el recordatorio de que esto no es una decisión individual, que la irresponsabilidad la pagan otros, por más que sea la irresponsabilidad cariñosa de un beso o un abrazo.
Los medios parecen gustar de los reencuentros emotivos. Besos, abrazos, llantos por el reencuentro. ¡Muy bonito, pero peligroso, poco ejemplar! La realidad del dolor infinito, lo que no se nos muestra, de saber que has sido tú quien ha contagiado a tu padre, a tu hijo, a tu esposa, a tus amigos. Algunos testimonios me han llegado: é que he contagiado a tres personas y ahora tengo que vivir con ello.
Como país social y que vive de ello, España es más proclive a la transmisión, como ocurría con Italia. La forma de vida, la intensidad de la socialización del ocio, el gusto por la diversión en grupo, etc. son factores esenciales. Nuestra estructura económica está basada en eso, en tener más bares que toda Europa junta, las playas abarrotadas, tomatinas, fallas y sanfermines... son nuestro trabajo. No tomarse esas bravas tiene algo de huelga.


Los expertos se quejan de que seremos los más perjudicados, pero no nos explican (o no quieren explicar) el por qué. No tiene mucho problema entenderlo si vemos que el mundo se va a mover menos, del turismo a las universidades. Se moverá menos por seguridad, por inseguridad y por empobrecimiento general por las pérdidas de empleo y reducción de las ganancias. Necesitamos mucho dinero para sostener el ocio, tanto chiringuito, un modelo barato e inexportable.
Se escuchan muchas quejas sobre lo mal que salimos de la crisis económica anterior y cómo nos afecta esta. Mientras no equilibremos y dependamos tanto del exterior, seguirá ocurriendo. Pero nadie le dice a los españolitos que el camino más fácil es el más peligroso cuando se modifica la situación y aumenta el riesgo. Las compañías aéreas lo están pagando, los hoteles lo están pagando.


Ahora se han puesto de moda los artículos sobre los efectos estresantes de las plataformas de videoconferencia. ¡Qué casualidad! Pero otros nos cantan sus bondades para la enseñanza ante el temor de lo que llega. De nuevo, ¡qué casualidad!
Al igual que cuando no había mascarillas no eran importantes, los metros de separación se transforma no sobre la distancia sobre la rentabilidad o no de mantenerla. Igual ocurre con los aforos, etc. La idea engañosa es que esas medidas, esas distancias, esos porcentajes realmente son útiles para la salud. Esto tarda más de la cuenta y las vacunas no llegan; por más que escuchemos los redobles de tambor que anuncian su llegada, no salta a la pista, bajo los focos.
Consejo: coma la bravas, pero cuidado con quién las comparte. Tenía razón el experto nutricionista. Aprendamos a ser celosos guardianes de nuestra seguridad, lo que implica relacionarnos de otra manera y excluir rápidamente a los que creen que esto no va con ellos.



* Aitor Sánchez"¿Es peligroso compartir unas bravas en un bar debido a la Covid-19?" La Vanguardia 26/06/2020 https://www.lavanguardia.com/comer/tendencias/20200626/7237/peligroso-compartir-bravas-bar-covid-coronavirus.html

domingo, 8 de febrero de 2015

Viral o la cocina (rápida) de la noticia

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No es frecuente que el periodismo reflexione demasiado sobre sí mismo, sobre la cocina de la información. Sí que lo haga últimamente sobre el modelo de negocio, es decir, cómo ganar dinero para salir de las crisis en las que se ve envuelto cada vez que la sociedad mediática se reconfigura por adición de nuevos protagonistas o cambios radicales en sus estructuras y soportes. Como subgénero informativo —informar sobre la información—, ¿a quién está destinado? Otra cosa es convertir al medio o al informador en estrella, es decir, realizar un acto de prestidigitación en el que se disimule que el medio o el informador es lo que se consume y lo demás la excusa. Tiene sus riesgos, como lo ocurrido con el periodista estrella de la NBC, uno de los hombres más creíbles de América. El hundimiento de Ben Williams tras conocerse las falsificaciones de hechos en sus noticias, especialmente las que afectaban a su participación en escenarios bélicos, nos muestran los riesgos de convertir al mensajero en estrella. El intento del diario El País de convertirlo en un problema psicológico (se cita a los neurólogos y los "falsos recuerdos) es una salida demasiado fácil ante una práctica obvia sobre la que se ciernen muchas sospechas y continuos escándalos: se trata de conseguir audiencia y si los hechos no dan más de sí, peor para los hechos.*


Pero en otro rincón del diario El País se hace unas interesantes consideraciones sobre las nuevas orientaciones y cambios en su reportaje titulado "Esta noticia no será viral", escrito por Daniel Verdú. Aquí ya no se trata de problemas neurológicos que se ceban en viejos periodistas, como si fuera un Alzheimer de juventud. Se trata de un fenómeno distinto, el de la next generation, la del mundo de las redes frente al macluhaniano de las estrellas televisivas en los lugares de la acción contando incidentes ajenos como propios
El reportaje comienza con un párrafo revelador del auto escenario creado por los propios medios:

Este reportaje nunca será viral. O puede que sí. Porque el título encaja con esa manera de hablarle al lector que busca encender la curiosidad en algún remoto lugar del cerebro. Aunque sería mejor si el cuerpo del artículo fuera una lista, contuviese algún número en el titular y estuviera acompañado por un llamativo y escueto vídeo. Para que fuese compartido de forma exponencial y la curva de su existencia en la Red serpentease inesperadamente a lo largo del tiempo debería estar estratégicamente distribuido en Facebook, donde más de 1.400 millones de personas conforman el medio de comunicación más leído de la historia. Ahí competirá por su atención con las fotos de su última fiesta, los mensajes del jefe y el grupo cerrado de su equipo de fútbol de los miércoles. Verá que arriba y abajo hemos colocado lo más grande que nos ha sido posible las barras con las redes sociales en las que EL PAÍS tiene interés en propagarse. Pero no será suficiente si, al final, lo que contamos no le ha emocionado lo más mínimo. Un dato que también monitorizaremos.**


Ya desde el comienzo se nos revela la forma adecuada de conseguir el fenómeno de la viralidad que, tal como se señala, es el "futuro", una vez "fracasada la publicidad". Todo el reportaje se mueve entre la ironía y la inevitabilidad, sin que podamos llegar a saber realmente si es un futuro luminoso o un infierno mediático. Quizá se convierta en ambas cosas: un futuro luminoso para lectores mediocres y un infierno para los profesionales que deben estar pendientes de fenómenos ajenos a la noticia en sí y relacionados más con su tratamiento.
Esta distinción es importante porque lo que ocurre en el mundo son "hechos", pero su carácter de "noticias" se produce por una valoración de un profesional que la selecciona en función de unos intereses que no siempre es sencillo establecer. La mayor parte de los conceptos en los que se mueve la información tienen un marcado componente subjetivo: "noticia", "interés", "actualidad" y otros conceptos relacionados son valoraciones. Pasar del "hecho" ocurrido a su conversión en texto o discurso informativo implica tomar una serie de decisiones para las que se pueden tener en cuenta diversos criterios y puntos de vista.


Lo importante de esos conceptos es que son relativos. El interés de una "noticia" una vez ofrecida como texto, por ejemplo, depende de la capacidad para reconocerle ese "interés". Hay muchas cosas que nos afectan directamente por las que no sentimos "interés" y cosas que no nos afectan lo más mínimos por las que mostramos un interés absolutamente desproporcionado e incluso morboso.
La gran falacia mediática esconde que no se da a los lectores lo que les interesa sino hasta después de un proceso de formación del interés. El primer paso —el gran paso— es la formación de la receptividad, que es la que determina el interés a través de la atención. En el reportaje se señala desde el primer párrafo la idea, derivada del reciente campo de investigación llamado la "Economía de la Atención", una mezcla de ciencia económica, neurociencias y psicología social.


Hace unos días, en las mismas páginas de El País, una reportera se preguntaba ingenuamente si era ella la única que se había dado cuenta del parecido entre la forma de vestir de Pedro Sánchez y Alexis Tsipras. Lo comenzó González Pons y siguió con Pablo Iglesias.  Nada es casual. Todo obedece al estudio de la imagen para poder tocar los resortes adecuados con los que el cerebro acepta primero y la mente justifica después. Nadie se cree que somos racionales; eso quedó para el XVIII. Ahora los neurocientíficos, los neuroeconomistas, los neuropolíticos, etc. nos dicen que hay que llegar al fondo con emociones y percepciones, no con razones. El cerebro forja sus propias racionalizaciones para justificar lo que le ha seducido antes.
Y, por supuesto, todo ello afecta a la comunicación, que es el arte (la técnica) de hacer llegar eficazmente las informaciones. "Eficazmente" es otro término importante y relativo porque el concepto de eficacia está en función de los objetivos fijados. Bien está lo que bien acaba. Si el objetivo es mejorar el conocimiento del lector sobre algo o si se trata de convencerle de algo, los textos confeccionados deben actuar como dispositivos mediante los que obtener los resultados previstos.

Antes había unos objetivos generalmente aceptados para y por la profesión periodística, una distinción de límites respecto a otros objetivos adyacentes. Hoy no es así y la segunda muerte del periodismo se produce en las redacciones, a manos de las personas que han cambiado los objetivos. La primera de las muertes se produce, evidentemente, en las decisiones previas de los editores, que ha diseñado un escenario en el que esto es obligado. Cuando el reportaje de Daniel Verdú nos describe los entresijos del diseño de la comunicación informativa en El País y otros medios, tiene la sinceridad de no ocultar nada de este proceso y de qué es lo que busca. Nos dice que su titular "Esta historia nunca será viral" está pensado para poder serlo mediante su negación, algo que actúa sobre nuestra atención. Da igual que no sepamos de qué se trata —no es posible saberlo solo con lo que se nos dice—, es una atracción "pura" de la atención, por contraste con todas las demás que llevan en sus titulares el deseo de atraer sobre sus objetos de la información.
Durante años, uno de los medios más valorados por su seriedad y modelo para muchos profesionales ha sido la BBC. Hoy en día y desde no hace mucho, la página en español de la BBC es las antípodas de los que en su momento. Se ha convertido en un ejemplo negativo de la forma de manipulación de la atención buscando atraer hacia noticias sin interés en sí mismas pero con in gran potencial de atracción. Entro ahora en sus páginas y recojo los primeros títulos de lo más visto. Estos son sus titulares:

1 El país en el que una granada es más barata que una Coca Cola
2 La mentira que hizo caer en desgracia a la estrella de TV de EE.UU.
3 Lo que quizás no sabías de los laxantes
4 Por qué a Apple le preocupa ganar demasiados miles de millones de dólares
5 El monje budista momificado que "no está muerto"
6 Copias de respaldo del cerebro: cómo guardar tus recuerdos para siempre y ser "inmortal"
7 El mamífero más traficado del mundo que pocos conocen


Ninguna de ellas nos hace "saber" algo, sino que nos obliga a entrar para satisfacer la curiosidad ante un misterio propuesto: ¿qué país? (1), "¿qué mentira? (2) ¿qué no sé? (3), ¿por qué Apple? (4), ¿por qué no está muerto si está momificado? (5), "¿cómo guarda?" (6), y "¿cuál es el mamífero?" (7). Como se señala en el reportaje, la monotonía es enemiga de la atención y es difícil estimularla frente a estas repeticiones de la fórmula de atracción. Daniel Verdú hace un recorrido por el avance histórico de esta forma de manejar los medios (no de hacer periodismo, que es otra cosa).
Pero lo que ha ocurrido es que se ha ido desplazando el sentido de la noticia al destruirse el sentido de la realidad. La "realidad" no es lo que describen las noticias; son las "noticias" las que crean la realidad. La realidad es una pantalla en la que calibramos el contraste, la intensidad del color y el brillo; o cambiamos de canal, haciéndola desaparecer.


Partiendo de este triunfo de la Sociedad del Espectáculo, los medios han ido perdiendo su función originaria. Para justificar esto, se realizan prospecciones en el pasado: los medios siempre han fabricado la realidad, siempre han sido manipuladores en manos de unos u otros. Es cierto en un sentido, pero lo importante es que eso se vivía como tensión agónica, no como un ideal. Y eso es lo que está ocurriendo hoy, la pérdida de la tensión entre la posibilidad de la honestidad informativa (aunque sea como deseo) y la naturaleza retórica de medios y lenguajes. Resuelta la imposibilidad teórica de la objetividad y la relativización de los puntos de vista, aceptada la voluntad de poder, los medios pierden el pudor y se convierten en sus propios fines y los receptores en la materia prima del negocio. En efecto, si la materia prima es lo que transformamos, el procesamiento se realiza de forma conjunta —acoplada— tanto de los textos como de los lectores o receptores. Se diseñan en paralelo el texto/discurso y su receptor.
Los principios de la comunicación y los nacidos del "giro lingüístico" (el "Linguistic Turn") hacen que estudiemos los lenguajes y su eficacia. La famosa "hueste de metáforas, metonimias y antropomorfismo", tal como definió Nietzsche la "verdad" ya puede circular por los medios, experimentarse en los laboratorios sociales, como los que son descritos en el reportaje. Usted y yo somos "monitorizados" para saber qué funciona mejor o peor, para que en la próxima exista un margen menor de escape suyo y error de ellos. No se trata de que se entere de nada, sino de que dé ahora paso a la acción, a la acción viral.


Explica Daniel Verdú:

Porqué lo hacemos con determinados contenidos y no con otros es lo que trae de cabeza ahora a los medios tradicionales. Por eso muchos han creado ya sus laboratorios de viralidad como Verne (EL PAÍS), BBC Trending (la BBC), I100 (The Independent) o Know More (The Washington Post).
Y ahí es donde empieza a refinarse el contenido. Como explica Delia Rodríguez, directora de Verne y autora de Memecracia. Los virales que nos gobiernan (Gestión 2000, 2013), al final se trata de “hackear la atención del lector y competir con todo lo que hay en su escritorio”. “No se puede estafar al lector. Debes acertar con el formato de la historia, ya sea un reportaje, una lista, una infografía… No perdonarán que estemos desperdiciando su tiempo”, señala Rodríguez. La viralidad proporcionará una segunda, tercera o cuarta vida a los artículos. Ya no estarán sujetos a la actualidad ni al momento de su publicación, como sucedió una tarde de 2012 en la web de EL PAÍS, cuando un artículo de Rosa Montero escrito en 2005 se colocó inesperadamente en el número 1 de lo más leído porque los lectores decidieron volver a compartirlo.**


La retórica de Delia Rodríguez es la típica de las nuevas mentalidades comunicativas. Los debates periodísticos, que durante décadas planearon sobre la profesión, han sido barridos del mapa por esta generación pragmática cuya ideología se expresa en diagramas de barras y en cuentas de resultados. Lo que funciona, funciona. Incluso, la palabra "estafa" tiene un sentido distinto. No se considera "estafa" manipular las noticias para que el lector ponga el "me gusta" y cuelgue en sus muros las noticias convirtiéndose en un apéndice del medio y en un productor de beneficios. "Manipular" ya no es algo negativo, sino la cocina misma de la información: aplicar las recetas necesarias para que el comensal se haga adicto a nuestra mesa y productos. 
El nuevo enfoque no es otro que ese. Se trata de tejer primero la red de relaciones y después de convertir a cualquiera de sus miembros en difusor de los textos producidos. El diseño y selección de la información no busca más que eso, de la misma manera que hasta los supositorios deben ser ergonómicos. La viralidad, los memes, etc. no son más que el pegamento de la sociabilidad. Pero esa sociablidad es la nueva forma teórica de las viejas "masas", concepto que se ha desterrado gracias a la capacidad de los nuevos medios de segmentar y personalizar la información. El interés por las formas de comportamientos en las redes no es otro que el que deviene de considerarlas las nuevas autopistas de la información y el beneficio.


Hay tres muertes del periodismo: la de los editores y negociantes de la comunicación, a los que dejó de importarles la información y solo los beneficios; la de los profesionales (incluidos investigadores y teóricos) que han contribuido a extender esta ideología comunicativa mediante su práctica orgullosa, centrada en sus cifras y que van por el mundo como gurús de la nueva Metrópolis mediática (¡ hasta los yihadistas los leen!); y finalmente el público que no aspira más que a la viralidad como forma de relación social, que con su vaciedad se convierte en la materia prima y el elemento activo final en la difusión de lo trivial. ¿A qué otro motivo obedece las campañas de exaltación del selfie sino a intensificación de la interacción viral?
El futuro que nos espera no es el de la lucha por la información, sino la lucha por la manipulación, ya que todos parecen estar de acuerdo en que es el camino adecuado para conseguir sus fines. Los procesos de selección de informadores se hacen ya según los criterios que favorecen estos planteamientos. La manipulación además crea adicción: a nadie le gusta enfrentarse a noticias discordantes con sus propios planteamientos. En este sentido, la crítica se va haciendo más parcial y sectaria para mercados informativos más fragmentarios.


Da a cada uno lo que espera de forma que le parezca inesperada, esa parece ser la receta. Nunca fuimos tan estudiados ni se nos pidió que estudiáramos menos. No debemos preocuparnos, ya se ponen ellos a nuestra altura: a la de nuestras fobias y filias, vicios y virtudes, limitaciones y potenciales. La batalla de la información se perdió el día en que lo medios decidieron ir detrás de los públicos y no delante.
El problema ahora es que todo pasa por ellos. Sin necesidad de leer a Niklas Luhmann, todo pasa a considerarse como un "medio" de comunicación. La misma ideología se ha apoderado de todo: de la economía, de la política, de la cultura, de la información misma. Y, por ello, de nosotros. Ya no estamos informados; consumimos información. Somos el alfa y el omega de la cadena.  Estamos en el principio y el final de la cadena alimentándonos con nuestra propia tontería.



* "Fuego real sobre la estrella informativa de Estados Unidos" El País 7/02/2015 http://cultura.elpais.com/cultura/2015/02/07/television/1423329018_451101.html
** "Esta historia nunca será viral" El País 7/02/2015

http://politica.elpais.com/politica/2015/02/06/actualidad/1423226797_792858.html






jueves, 12 de junio de 2014

Las estrategias del pollo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El actual número de la revista Investigación y ciencia (n 453 - junio 2014) trae un estupendo artículo titulado "Un ave ingeniosa". Entre textos dedicados a los problemas que se le plantean al "modelo estándar" en Física si no aparece pronto lo que tiene que aparecer y lo de la supersimetría sale adelante, otros dedicados a cuestiones moleculares o al calentamiento global, problemas para los que uno está ya mentalizado, me ha dejado a anonadado uno dedicado a los pollos, pues a ellos hace referencia el título del artículo. Pollos.
Las autoras del texto, Carolyn L. Smith y Sarah L. Zielinski (investigadora en cognición animal de la australiana Universidad de Macquarie y escritora científica, respectivamente), nos desarrollan un interesante panorama sobre el comportamiento de estas aves. Con la investigación animal suele ocurrir lo contrario que con la humana, es decir, que cuanto más profundizamos en el comportamiento de los animales descubrimos mayores grados de inteligencia. Partimos del principio de la estupidez animal y luego nos sorprende encontrarnos con muestras de lo contrario.
Como debe ser en un buen artículo de este tipo, las autoras comienzan haciendo un poco de historia sobre los descubrimientos paulatinos que nos han ido llevando a interesarnos por los pollos más allá de la gastronomía, guiados por descubrimientos interesantes sobre sus capacidades y comportamientos. Con un poco de observación, los investigadores pronto se dieron cuenta de que los pollos no eran unas aves estúpidas como habíamos pensado, sino que tenía comportamientos inteligentes. Diseñando formas de observación interesantes de sus relaciones en grupo, comenzaron a recoger sus reacciones y formas de comunicarse. Les crearon un entorno virtual controlado mediante el que podían hacerles ver en pantallas distintos elementos (compañeros, rivales, depredadores) y observaron sus reacciones en cada caso. Nos dicen:

La realidad virtual condujo a una revelación sorprendente: las vocalizaciones y los gestos del pollo transmiten información específica que sus semejantes entienden. Así pues un ave no necesita ver una rapaz con sus propios ojos para comportarse como si la estuviera viendo; le basta con oír la señal de alarma de un compañero. Según los etólogos, las llamadas de los pollos son "funcionalmente referenciales", esto es, se refieren a objetos y acontecimientos concretos, de modo muy similar a las palabras. Es como si el ave creara una imagen mental del objeto al oír la llamada que le incita a reaccionar, ya sea huir ante un depredador o acercarse a una fuente de alimento. (84-85)*


Hasta aquí las cosas se pueden explicar y comprender sin demasiados problemas. Los pollos, como otros animales, pueden traducir una situación u objeto a un tipo específico de señal. Esa señal provoca una respuesta también específica en los demás. No sabemos si el pollo se representa mentalmente una "imagen" de lo que la señal quiere transmitir, lo que sería un signo, o simplemente provoca una reacción asociada, conductista, como por ejemplo salir corriendo ante un peligro. Simplemente vemos cómo reaccionan unos ante el peligro (emitiendo una señal) y cómo reaccionan otros cuando la escuchan o ven (su reacción).
Pero las sorpresas llegaron con la observación detallada de los pollos:

El mundo virtual también reveló que los pollos adaptaban los mensajes a la audiencia del momento. De este modo, el gallo que descubre una amenaza sobre sus cabezas da la voz de alarma si sabe que hay una gallina cerca, pero guarda silencio si por allí merodea un macho rival. Las gallinas son igualmente selectivas, pues solo prorrumpen en gritos si tienen polluelos.
En conjunto, tales hallazgos indican que el ave no se limita a reflejar su estado de ánimo en las vocalizaciones, como cuando está asustada o hambrienta, sino que interpreta la trascendencia de los acontecimientos y, lejos de responder por simple reflejo, parece meditar sus acciones. Se diría que piensa antes de actuar, un rasgo más propio de los mamíferos de cerebro [más] desarrollado que las aves. (85)

¡Sorprendente! Y no es para menos, pues lo que nos cuentan convierte a los pollos y gallinas en estrategas maquiavélicos para conseguir poder dentro de su grupo. Los gallos más débiles (machos subordinados) se guardan la información para hacer que los depredadores les hagan el trabajo sucio eliminado al gallo dominante (macho alfa) y quedarse con las hembras. Las investigadoras, abandonado el distanciamiento científico, no pueden contenerse: "De hecho, cada vez existen más indicios de que los pollos pueden comportarse como unos perfectos canallas" (85)*


Una vez destapada la inteligencia de los pollos, las preguntas sobre su mente saltan en masa hacia cuestiones reservadas hasta el momento a esta especie perversa, casi en exclusiva, que es la humana:

Las llamadas referenciales demuestran que habíamos subestimado la inteligencia del pollo. Los estudios también han planteado una pregunta intrigante: si pueden transmitir información sobre acontecimientos que tienen lugar en su entorno, ¿podrían ocultar esas noticias o incluso difundir información falsa para obtener provecho de esa conducta engañosa? (85)

El salto del mundo del corral al de las finanzas ya está dado, como si de un "2001, odisea espacial" aviar se tratara. Las famosa metáfora visual del filme de Kubrick con el mono lanzando al aire la quijada que le ha servido de arma, se puede sustituir por un hueso de pollo o más correctamente por un cacareo enlazado con el chirriar de las naves espaciales, que no chirrían, pero da igual porque es una licencia poética.


La pregunta sobre la capacidad de guardarse información o usarla selectivamente para controlar el mundo en el que viven, sitúa a los pollos en el terreno de los actos de habla, algo impensable. Qué un animal pueda tener un lenguaje es admirable, un puntazo para la evolución; pero que ese animal se calle es un chupinazo evolutivo. Su silencio deja de ser mudez y pasa a ser pura estrategia, un "sin comentarios" a ver si se llevan por delante al gallo poderoso y se queda con el harén.
Descubrimos gracias al artículo, además que el mundo de los pollos, que llevamos siglos teniendo delante, ha sido muy mal interpretado o ignorado. Gracias a la tecnología, hemos podido saber algo más sobre el comportamiento de las bandadas de aves y su organización social, muy elaborada y conflictiva como hemos visto. Hoy, con nuevos métodos de observación y registro es posible tener una visión más amplia, sistémica, del conjunto. Nos dicen las autoras del artículo:

Con anterioridad no se había identificado esta conducta oculta porque las relaciones entre los miembros de la bandada son breves y con frecuencia reservadas; pollos y gallinas prefieren esconderse en herbazales altos y entre arbustos. Además una sola persona no puede observar todas las aves a la vez. Una de las autoras (Smith) encontró la solución para superar estas dificultades y la llamó "El Gran Hermano Pollo". (85)


Como era de imaginar, llenaron de cámaras todos los rincones del corral para no perder detalles de estos "concursantes" y de sus relaciones. Pero las cámaras no fueron suficientes: los gallos y gallinas disimulaban demasiado y emitían ruiditos o hacían gestos "solo para sus ojos", dentro de esas estrategias de ocultación y manejo de informaciones reservadas. Tuvieron que instalarles micros para poder percibir los matices que las cámaras y micrófonos generales no recogían. Los resultados son fascinantes.
Las investigadoras avanzan entre los logros que han detectado en los pollos y relatan los establecidos por otros trabajos sobre ellos: capacidad de empatía, "distinguir número y usas geometría" (87). Todo ello les lleva a una conclusión importante:

[...] nos lleva a reflexionar sobre el origen de la inteligencia. En lugar de tratarse de un rasgo poco frecuente y de difícil aparición en el reino animal, quizá resulte más común de lo que pensamos y surja siempre que concurren las condiciones sociales apropiadas. (87)


El texto se cierra, como no podía ser de otra manera, con un alegato en favor de la mejora de las condiciones industriales de los pollos, auténticamente canallescas para animales de su inteligencia (o menor, incluso).
Lo interesante, más allá de los hechos —que ya lo son—, es esa idea de las "condiciones sociales apropiadas" que se expresa en la cita anterior. La inteligencia es una habilidad que se desarrolla socialmente. Los humanos somos el ejemplo más claro de ello. Sus habilidades tienen que ver con la comunicación y las estrategias comunicativas, presuponen una intencionalidad que está tras los hechos semióticos: usan su lenguaje, incluido silencio y mentiras, para conseguir lo que quieren. Para ello desarrollan sus propias estrategias y evalúan sus efectos. Ya no viven en simples bandadas, sino en sociedades complejas en las que tienen que gestionar sus recursos, establecer sus objetivos y buscar la forma de cumplirlos.

Dicen las autoras que los machos subordinados, si están a cubierto y su rival está al descubierto, cantan más y más alto para atraer a los depredadores. Ellos están seguros y tratan de eliminar al otro. Puede que lo gallos inventaran la política y que sea su forma de hacer primarias para hacerse con el control del grupo, que tiene ventajas de poder, pero te convierte en objetivo. Al igual que los partidos políticos, tienen enemigos dentro y fuera y tratan de encontrar el equilibrio entre las luchas internas, la rivalidad, y la supervivencia frente a las amenazas exteriores. En el interior, nos contaban al principio del texto, existe lo que llaman la "jerarquía del picotazo", de nombre suficientemente explícito como para requerir más explicación. Ante ese poder del macho alfa, los aspirantes a quedarse con la bandada desarrollan sus estrategias para burlarle (por ejemplo, si encuentran comida atraen a las gallinas con gestos visuales disimulados para que el gallo alfa no acuda) y conseguir comida y gallinas (las gallinas también tienen las suyas, claro).
Como en cualquier grupo social, hay estrategias para conseguir el poder (internas) y de supervivencia (externas). Señalan las autoras refiriéndose al mundo de los pollos silvestres, antes de que los metiéramos en jaulas destinadas al engorde:

Estas condiciones les obligaron a idear tácticas inteligentes para lidiar con sus congéneres y con los peligros del entorno, así como maneras de comunicarse en tales circunstancias. (87)


El artículo, recomendable para cualquier curioso del comportamiento, humano o animal, es un ejemplo de buenas prácticas comunicativas dentro del campo científico. Después el lector podrá aplicar sus enseñanzas generales a los campos o corrales que le parezcan más adecuados, dando el salto de la ciencia a la fábula, si así le apetece. 

* Carolyn L. Smith y Sarah L. Zielinski "Un ave ingeniosa" Investigación y ciencia nº 453 - junio 2014, pp. 84-87.