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viernes, 18 de abril de 2014

El acuerdo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los efectos de lo que ha ocurrido en Ucrania serán profundos y marcan una nueva etapa en las relaciones internacionales. El acuerdo alcanzado ayer por las "partes", si pueden ser llamadas así los intervinientes, marcan el fin de un periodo y el comienzo de otro incierto. No actuamos solo por lo que ocurre, sino por lo que puede ocurrir y Rusia ha destapado una caja peligrosa, ha abierto una nueva era del recelo. Creo que Rusia es la gran perdedora, tras Ucrania, de este fin de periodo. Lo que durante la crisis siria llamamos irónicamente la "Pax Rusa" puede darse por cerrado.
De Siria a Ucrania, Vladimir Putin ha dejado claro en qué consiste su "liderazgo" y su manera de actuar. El fin de los recelos entre bloques permitió la expansión comercial y el establecimiento de nuevas relaciones internacionales basadas en el crecimiento. Ahora se ha demostrado que Rusia es un peligroso vecino y un socio comercial poco fiable. Europa —básicamente nosotros— hemos comprendido que Vladimir Putin no tiene reparos en saltarse los acuerdos comerciales y utilizarlos como forma de chantaje e intimidación. Ha demostrado también que las fronteras no son un problema para él y que puede recurrir a las manipulaciones más burdas para conseguir lo que quiere. Ha querido mostrar lo que significa "poder" para Rusia. La reacción occidental ha sido solicitar el aumento inmediato del gasto militar.

Está por ver si puede controlar el frenazo en seco que supone el acuerdo de ayer sobre la situación de Ucrania. Las reacciones de los que se han sumado a las iniciativas favorecidas desde el otro lado de la frontera no parecen confirmarlo. Tendrán que aplicarles la terapia que Moscú sabe para mitigar sus deseos de unión federada a la madre Rusia, que tanto les quería y que promete velar por ellos a distancia. Quizá descubran ahora que lo único que le importaba de la "tierra santa" de Crimea era la seguridad de las bases militares y que la desestabilización organizada y fomentada desde Rusia del Este de Ucrania no era más que una maniobra para crear una "zona segura" entre una Ucrania proeuropea y Rusia.
Putin llevó hasta el límite el peligro para después avisar —¡qué generoso por su parte!—  que Ucrania estaba al borde de la guerra civil. Las declaraciones de Serguei Lavrov señalando que nadie debe tener armas más allá de los cuerpos institucionales, una forma eufemística de ordenar el desarme de los prorrusos, soslaya el hecho de saber cómo se armaron.


Putin ha vuelto a poner en el centro de las relaciones internacionales el recelo. Y esto tendrá consecuencias en Europa, pues somos los primeros afectados por la tela de araña comercial tejida por Rusia apuntalando su influencia. Lo que ha quedado muy claro es que Europa no puede depender de Rusia energéticamente o en cualquier otro sentido.
¿Qué tipo de negocios se pueden hacer ahora con Rusia? Es dudoso que se pueda avanzar, visto lo ocurrido, hacia una mayor relación. Los gobiernos medianamente inteligentes se habrán dado cuenta de hasta dónde puede llegar Rusia. Lo sabían en cuestión de democracia y derechos humanos (acusaciones de fraude, encarcelamiento de opositores, desapariciones, homofobia, presiones a países como Armenia...), algo en lo que se transige demasiado si hay prósperos negocios de por medio. Pero esta vez ha ocurrido ante los ojos del mundo, sin posibilidad ni demasiada voluntad de esconderlo. Rusia se ha quedado sola.
Y se ha salido, en gran medida, con la suya: los cambios propuestos le aseguran la posibilidad de intervención o desestabilización de Ucrania, partiéndola por la mitad, en cuanto se sienta amenazada. Rusia siempre será, en el mejor de los casos, el vecino molesto o, peor todavía, el propietario que tiene alquilado el "suelo ruso" al gobierno ucraniano.


El broche retórico lo ha puesto Vladimir Putin en su programa televisivo particular en el que el pueblo ruso, incluso los nuevos rusos de Crimea, le preguntan en directo. Allí ha exhibido su última "broma".  Estas son las preguntas que Edward Snowden, no sabemos en calidad de qué, le realizó:

“Me gustaría preguntar – decía Snowden – ¿Intercepta, almacena o analiza Rusia de cualquier forma las comunicaciones de millones de individuos? y ¿Cree que simplemente por el hecho de mejorar la eficacia de los servicios de inteligencia y las fuerzas del orden, se puede justificar el poner a sociedades enteras – y no sólo a individuos – bajo vigilancia?
Putin respondió: “Señor Snowden, usted es un ex agente. Antes yo también estuve ligado a los servicios de inteligencia, así que usemos lenguaje profesional. Por supuesto, todos sabemos que los terroristas y criminales pueden servirse de los medios modernos de comunicación para sus actividades criminales. Los servicios secretos también tienen que usar medios modernos para luchar contra esos grupos criminales y por supuesto que lo estamos haciendo, pero no a escala masiva. Espero que nunca permitamos algo así”*


Recuerdan las preguntas preparadas de los diputados a sus ministros. La escena lleva a los momentos estalinistas en los que se exhibía a los prisioneros para que confesaran sus crímenes y leyeran comunicados contra sus países. La preocupación de Vladimir Putin, después de lo que ha hecho, por el espionaje masivo es conmovedora. La habilidad para usar a Snowden como arma propagandística es característica de la Guerra Fría y contribuye a crear su imagen interior como defensor de los derechos de los demás. Ese "espero que nunca permitamos algo así" es de un cinismo tal viniendo de alguien que, como él mismo señala, "estuvo ligado a los servicios de inteligencia", que se hace difícilmente digerible. El caso ucraniano tendrá, lógica e irónicamente, el efecto de la intensificación del  espionaje —masivo o personalizado— ante el clima creado por la intervención rusa.
En el mismo programa en el que Snowden aparecía como invitado estrella, Vladimir Putin ha lanzado tres breves frases importantes, Cuando le han preguntado sobre la presencia rusa en Crimea ha reconocido, por primera vez, que los soldados rusos vigilaron el referéndum en apoyo de lo que él llama las "fuerzas de autodefensa". En la misma sesión televisiva, Putin ha negado que haya soldado rusos u otros operativos en el este de Ucrania, señalando como "prueba" que van con la "cara descubierta", algo que ya es un indicio de quién es quién.


Las tres cortas frases son: "No pueden irse a ningún sitio. Es su tierra. Hay que dialogar con ellos." Para los que se han levantado contra el gobierno de Kiev con la esperanza de federarse con Rusia es un jarro de agua fría en su momento de mayor euforia, tras hacer exhibiciones callejeras derrapando con los tanques requisados a los soldados que tenían la orden de no disparar. Lo que fue posible en el caso de Crimea —desplazar la tierra y a sus habitantes federándoles—, parece que no va a serlo en el caso del resto de Ucrania. Las aspiración de algunos de dejar de ser "ucranianos" tendrá que esperar. Al menos, por ahora. Moscú se reserva todas las cartas.


¿Será sostenible en esas condiciones la política de un país? ¿Es posible desarrollar una política coherente bajo la amenaza permanente de la intervención exterior y el desmembramiento interior? Ese es el reto que tiene Ucrania desde hoy mismo. Lo que tiene por delante es muy complicado y doloroso, lleno de desafíos y trampas. Es también el reto de Europa, junto a ella; apoyarla para que se pueda adentrar en lo que era su aspiración y exigencia de democracia y regeneración.
Ucrania no debe quedar como tierra de nadie. Extraño y complicado camino el que tienen por delante.


* "Snowden, invitado sorpresa del programa televisivo de Vladimir Putin" Euronews 17/04/2014 http://es.euronews.com/2014/04/17/snowden-invitado-sorpresa-del-programa-televisivo-de-vladimir-putin/
** "Putin reconoce la presencia de tropas rusas en Crimea" Euronews 17/04/2014 http://es.euronews.com/2014/04/17/putin-reconoce-la-presencia-de-tropas-rusas-en-crimea







lunes, 20 de enero de 2014

Pelillos a la mar o para qué sirven los espías si no espían

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando estos días se han visto las imágenes del presidente Obama entrevistado por la cadena alemana de televisión, la ZDF, prometiendo que "mientras él sea presidente de los Estados Unidos no se espiará a la canciller Merkel" me vino a la mente la expresión española "pelillos a la mar". Tiene que ser muy raro para un presidente de los Estados Unidos decir cosas como estas ante el mundo. La idea de que el mundo de los derechos se divide en dos, los derechos de los norteamericanos y lo que nos quede a los demás, si es que queda algo, es demasiado poderosa en la mente colectiva americana y los políticos juegan con ello con demasiada facilidad. El mismo Obama utilizó esa estrategia al comienzo del escándalo asegurando que los derechos de los americanos no se habían violado, solo los de fuera, que son un peligro potencial. Esta idea de que todo está justificado para mantener su seguridad, incluso que los demás renuncien a la suya, es contraria a la dignidad y la autoestima de los que se ven afectados por las imposiciones que esto suele suponer.


No es de extrañar que lejos de pararse este escándalo con unas simples palabras de semidisculpa del presidente, en Alemania se hayan tomado muy en serio y consideren que espiar a su canciller es un delito, según establecen sus leyes, que no pueden ignorar por un par de sonrisas de colega.
La información de la prensa de que la Fiscalía alemana ha abierto una investigación no debería sorprendernos. Alemania hace lo que debe hacer desde su propia legalidad, que debe ser respetada. Y en esto le da igual, que sea Estados Unidos o cualquier otro país. En el diario El Mundo se recogen las pretensiones lógicas alemanas:

El ministro de Justicia, Haiko Maas, declaraba este sábado en las páginas de 'Bild' que las palabras de Obama no son suficientes. Alemania exige la firma bilateral de un Tratado de no Espionaje, un documento vinculante de derecho internacional que garantice la seguridad de los datos de ahora en adelante y sea quien sea el presidente de EEUU. "Sólo cuando hayamos firmado un acuerdo legal que proteja los datos de todos los ciudadanos podremos recuperar la confianza", advertía, dejando de nuevo entrever la tensión en las relaciones entre los dos países.*


La confianza de Obama en que los demás se deben sentir casi unos privilegiados por ser espiados por los Estados Unidos resulta infantil y es una muestra de esa incomprensión que en muchas ocasiones muestran hacia los demás. La afirmación de que ellos no van a dejar de hacer "lo que pueden hacer" y que además "hacen mejor que los demás" es casi de patio de colegio. Si te quejas, te quitan el bocadillo.
Algunos ven en esta actitud de sinceridad "honestidad" y piden que hagan lo mismo Rusia y China, que debemos suponer que nos espían o al menos lo intentan. No sé si a alguien le sirve de consuelo la calidad del espionaje que padece, pero no creo que esa estrategia defensiva sirva de mucho. Al menos no con Alemania, en donde siempre habrá ciudadanos que presenten denuncias contra los Estados Unidos y su presidente por espionaje, poniendo en un aprieto al gobierno Merkel si no lo hace. Los Estados Unidos no son los únicos con derecho a la dignidad y autoestima nacional.


Obama no solo debe convencer a los socios de que espiarles es bueno para ambos, también debe hacerlo con su propio pueblo. No sé si las teorías conspiratorias globales son suficientes para convertir a Alemania o cualquier otro país aliado en peligro potencial que debe ser espiado hasta el nivel de los jefes de estado o los presidentes de gobierno. Pero cuanto más intente justificar ante sus propios ciudadanos lo que hace fuera, más se irritarán los espiados por los mismos motivos. Si la amenaza es la justificación los presuntos amenazadores se enfadan con razón. Y el ridículo comienza a rondar.
La "sinceridad" de Obama, sus explicaciones para arreglar lo que no tiene arreglo más que en los términos que pide Alemania, exigir el cese de toda actividad en ese sentido respecto a sus ciudadanos, del más humilde alemán a las más altas instancias de la nación, rozan el esperpento político. El Mundo recoge sus insólitas explicaciones:

«No quiero dañar las relaciones entre EEUU y Alemania", defendía Obama en el programa 'Heute Journal', "pero ¿para qué sirven unos servicios secretos que sólo saben lo que publica 'Der Spiegel' o 'New York times'?". El Ministerio de Exteriores alemán prepara a toda prisa una visita de Merkel a Washington que sirva de parche a este boquete diplomático, pero el Gobierno de Berlín se muestra muy resuelto a exigir más que palabras, y su portavoz repite en cada ocasión que se le pregunta por el asunto que "en suelo alemán debe cumplirse la ley alemana".*



El argumento de Obama se puede extender a "¿para qué no sirve fabricar bombas si no podemos tirarlas o el ejército si no te invado?",  "¿para qué me sirve tener una pistola si no te doy un tiro?" o cualquier otro de razonamiento similar. Se echan de menos los humildes "sin comentarios" ante estos argumentos.
Creo que llamar "boquete diplomático" a esto es quedarse corto. En circunstancias normales, este tipo de situaciones se suele resolver con la expulsión de diplomáticos implicados, llamadas a consultas o ruptura de relaciones. Eso suele ocurrir porque lo normal es que te espíen los "enemigos" y no los "amigos", categorías que pasan a ser difusas en esta situación.
Ante los ojos alemanes, esto no se arregla con una "visita" y una "foto" —con un "pelillos a la mar"— y sus exigencias son claras: un acuerdo bilateral, un compromiso firmado que llegue más allá de Obama. Que el presidente diga que mientras él esté en la Casa Blanca no se espiará al gobierno alemán es un exceso de ego, pero nada más. No tranquiliza a nadie; al contrario, inquieta esa personalización del compromiso.
Lo absurdo sería que quien pagara las consecuencias del espionaje norteamericano a su aliados fuera Angela Merkel. Y esto puede ocurrir si además de indignarse no hace nada al respecto, pues compromete a Alemania al aceptar esta situación. Es difícil que los alemanes pasen por el aro. Por eso la oposición alemana —algo complicado tras la Gran Coalición, pues ante el acuerdo de los grandes a los pequeños solo les queda gritar más alto— pide que Snowden vaya a declarar al Parlamento alemán y ante la Fiscalía. Si no lo hace, Merkel se habrá metido ella sola en una ratonera y quedará como encubridora de su propia condición de víctima y traidora ante la opinión pública alemana. Si no te quejas de que espíen tu propio móvil, ¿quién lo va hacer?

* "La Fiscalía alemana se plantea abrir un proceso contra EEUU por espiar a Merkel" El Mundo 19/01/2014 http://www.elmundo.es/internacional/2014/01/19/52dbb262268e3e96408b456c.html?a=21688bf33e02472dcaacc9d998c5230d&t=1390196623






martes, 1 de octubre de 2013

Una historia que contar

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En unos días el Parlamento Europeo tendrá que decidir dónde va el Premio Sajárov, si a las manos de la joven pakistaní Malala Yousafzai o al filtrador norteamericano Edward Snowden. Malala parece tener más amplios apoyos en la valoración de sus méritos; los de Snowden, en cambio —según la noticia de Reuters—, se concentran en los Verdes y en la Izquierda Unitaria Europea. No es fácil juzgar dos cosas tan distintas. Hay otros candidatos con muchos méritos, desde luego, pero los bielorrusos no pueden "competir" con estas dos superestrellas cuyas causas y acciones han tenido repercusión mundial.
Vaya por delante mi admiración —ya manifestada en otros momentos— por Malala y su valor. Recaiga en quien recaiga el Premio a la Libertad de Conciencia lo hará en buenas manos.
Snowden es un personaje oscuro, como buen espía. Malala es, en cambio, una comunicadora nata, un líder con futuro; posee un dominio inusual del arte de la palabra, asentado en una pasmosa seguridad en sí misma. Quizá sea la seguridad de quien ha sobrevivido a un atentado, puede que sea el aplomo de quien ha mirado a la muerte de frente.


Malala ha conseguido grabar su nombre en el corazón de muchas personas; incluso Madonna se lo tatuó en la espalda, una de las vallas publicitarias más selectas del planeta.
Malala fue valiosa antes de su martirio, cuando se enfrentó a los talibanes desafiando sus prohibiciones. Lo fue en el momento de su ataque y ha continuado siéndolo tras el atentado. Si Snowden es la denuncia, Malala es la causa. La causa de Malala era anterior a su disparo. El atentado no fue más que la constatación de la importancia de sus razones y la eficacia de su ejemplo. Malala era un peligro para los talibanes, un desafío a su poder infame. Los disparos le dieron notoriedad, sí, pero fue la notoriedad de Malala la que provocó los disparos.


Si el Premio Sajárov a la Libertad de Conciencia busca —como todos los premios de este tipo— la ejemplaridad, Malala es el ejemplo total. No dudo de la conciencia de Snowden ni del valor de su acto, pero Malala ha conseguido esa universalidad del signo aceptado por todos. Podemos reconocer el valor de lo hecho por Snowden, pero nos identificamos con la niña que es tiroteada por defender el derecho a la educación de las mujeres a cualquier edad y en cualquier lugar del mundo.
Edward Snowden se ve en la situación actual acogido por unos y perseguido por otros, compartiendo el papel doble de héroe y traidor. Mientras la niña es esencial para el futuro de muchas otras en todo el mundo, el analista de la CIA sigue embrollado en un asunto rocambolesco, con terminales de aeropuerto, asilos políticos, jugarretas de Putin y frustraciones de Maduro y Correa rivalizando por el asilo mediático. Snowden tiene en contra la instrumentalización de su acción por algunos, su aprovechamiento.


Probablemente Snowden nos ha hecho un gran favor a todos. Sus filtraciones de datos sobre la forma de actuar de los Estados Unidos en el espionaje masivo y en el más selecto tienen grandes consecuencias en la escena internacional. Julian Assange criticó a la presidenta de Brasil por la ingratitud de haber negado el asilo político a Snowden después de que este hubiera dejado al descubierto el espionaje al que la mandataria estaba sometida. La negativa de Rousseff a ir a Estados Unidos hasta que le sean dadas explicaciones por este hecho se debe a las revelaciones del ex analista de la CIA.

Ambos han actuado desde sus conciencias. No sé si la vocación inicial de Snowden era el espionaje por patriotismo y tuvo su camino de Damasco al revelársele que lo que hacía no era un acto patriótico sino una vulneración de los derechos humanos de media humanidad. Sí sé, en cambio, que el compromiso inicial de Malala ha sido hacer llegar el derecho a la educación a todas la niñas que se ven obstaculizadas para ejercerlo. No creo que Snowden sea un traidor, pero sí que era un espía; con conciencia, pero espía; pudo acceder a lo que reveló precisamente porque lo era. Snowden descubrió que no tenía estómago para ser espía.
Quizá la grandeza de Snowden sea la del sacrificio de su vida futura, condenado a permanecer escondido, a ser vilipendiado oficialmente por su país que le considera un traidor que puso en peligro eso que se suele llamar a "seguridad nacional" y que es un flagrante abuso de la de los demás, condenados a la sospecha.
Cada vez que Malala recoge uno de los numerosos premios que le han sido concedidos, su presencia es un acto de reivindicación positiva de los Derechos de la niñas del mundo, menospreciados por la barbarie retrógrada que las condena a la oscuridad como vía a la sumisión. Cuantas más Malala haya, mejor.


El mundo, en cambio, sabe que no se puede permitir demasiados Snowden por la propia naturaleza hipócrita de las relaciones internacionales. Lo que el analista reveló no es el escándalo del espionaje en sí mismo, sino el escándalo más fino a los amigos y aliados, darnos a conocer que tras los apretones de manos y los abrazos cordiales, tras las visitas de cortesía, todos somos potenciales enemigos.
Todo premio concedido esconde una gran injusticia para alguien. Pero en este caso creo que si es Malala la agraciada, saldremos ganando "futuro". Esa niña, que acapara premios y honores internacionales, hace más con su sonrisa y sus palabras firmes reclamando libros y lápices como armas que muchos otros con grandes discursos.


En la misma noticia en que se nos hablaba del tatuaje de Madonna, Angelina Jolie, en su calidad de Enviada Especial del Comité de Naciones Unidas para los Refugiados, señaló que "todos somos Malala":

[...] la polifacética Jolie declaró que se sintió obligada a contar la historia de la joven paquistaní a sus hijos. “Tomemos esto como una lección de que la educación es un derecho humanos básico”, dijo. “Un derecho que no debe de ser negado a las hijas de Pakistán”.*

Sí, quizá la clave está ahí, en esa historia que obligadamente debemos contar. Esa es la esencia de la ejemplaridad, la necesidad que todos sentimos de contarlo. El segundo de los objetivos de la Fundación Malala es precisamente "Amplifying Voices of Educational Advocates to tell the stories of those who are fighting for their right to education". Es el poder de la historias que deben ser contadas, el valor del ejemplo.
"Todos somos Malala", como bien señaló Jolie, solo algunos pueden (o quieren) ser Snowden.




* "Madonna se desnuda por Malala" El País 17/10/2012  http://elpais.com/elpais/2012/10/17/gente/1350485914_567056.html





sábado, 24 de agosto de 2013

Los filtradores

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ningún guionista de Hollywood, ningún guionista de serie televisiva de ocho temporadas habría podido escribir una historia como la del culebrón de la filtraciones sin ser acusado de exageración y sensacionalismo. Parece como si la realidad compitiera con la ficción para no quedarse atrás.
La serie real en estos momentos tiene a sus principales protagonistas así: a) a Julian Assange, el distribuidor de Wikileaks, refugiado en una embajada en Londres, acusado de violaciones en Suecia; b) a Edward Snowden, el analista de la CIA y filtrador, refugiado en Rusia, tras una temporada en la terminal del aeropuerto de Moscú, después haber pasado por China; c) al soldado Bradley Manning, el filtrador a Wikileaks, juzgado y condenado, afirmando ser mujer, pidiendo que la llamen "Chelsea" y solicitando la puesta en marcha de un cambio de sexo con cargo al Ejército norteamericano.


La serie tiene también sus secundarios de lujo, como David Miranda, pareja del responsable de la difusión de los datos filtrados por Snowden, el periodista de The Guardian Glenn Greenwald, que se encuentra en Brasil. Miranda ha sido retenido, interrogado y se le ha confiscado material "sensible" en Londres. Otro escándalo que ha hecho que Greenwald amenace con nuevas revelaciones explosivas en sus artículos sobre materiales de Snowden. Secundario en la serie es también la novia de Snowden que quedó en los Estados unidos, bailarina erótica de barra, que también asomó en algún capítulo. Nosotros tenemos a nuestro Baltasar Garzón, ahora abogado-estrella de Julian Assange en el reparto. La serie tiene de todo.
Snowden mismo fue protagonista indirecto del conflicto de media América Latina con la Unión Europea, incluida España, por el incidente del avión del presidente Evo Morales, al que no se dejaba realizar su vuelo de regreso desde Moscú por temor a que llevara al filtrador Snowden de polizón. Otro capítulo sin desperdicio de la serie que permitió los cameos de Nicolás Maduro, Cristina Fernández, Rafael Correa y de todos los que se sumaron a las protestas por el trato dado a Morales.


El conjunto de todas estas historias vinculadas y paralelas forma un fascinante thriller contemporáneo que revela el cambio de mentalidad del siglo en materia de información y, especialmente, el sentido que hoy tiene en nuestro mundo, no ya un gran teatro como querían los antiguos, sino un complejo multisalas, con estrenos cada fin de semana y muchas palomitas. Los viejos casos de espías que nos habían dejado los años cincuenta y sesenta, que reflejó LeCarré a través de su "gente de Smiley", la repartida por sus novelas de espías desengañados, congelados y descongelados, fieles a sus destinos e infieles a sus conciencias y viceversa, según los casos, ya no se dan. El mundo es otro.
Lo que han hecho los filtradores, que no espías, ha sido abrir el grifo de la información, que saliera a la luz inundando la opinión pública, que se ve arrollada por los tsunamis de los documentos reveladores del fraude en el que vivimos. Las filtraciones han tenido repercusión especialmente en el país filtrado, los Estados Unidos, porque dejaban al descubierto la poca información o lo distorsionada que está la que los ciudadanos poseen sobre las actividades de su propio gobierno. Sobre todo han modificado la visión que los norteamericanos tienen de su país y sus acciones. Cada estado ha dado relevancia a aquellas que les afectaban, mostrando las opiniones internas sobre personas y gobiernos, pero los que se han visto realmente conmocionados han sido los autores de la información, los propios Estados Unidos.


No es la primera vez que ocurre en los Estados Unidos; sucedió con los llamados "Papeles del Pentágono" sobre Vietnam en 1971. Los ciudadanos americanos descubrieron que habían sido engañados y manipulados sobre la guerra por su gobierno. Daniel Ellsberg, el filtrador de los documentos sobre Vietnam, se ha manifestado a favor de Manning y lo considera un "héroe". Hace lo que él hizo entonces. Hoy podemos ver carteles que afirman "Wistleblowers are heroes", miles de fotografías de personas con el lema "I'm Manning"; hay incluso campañas pidiendo para Manning el Premio Nobel de la Paz.

Si Bradley Manning hubiera sido un simple espía, un traidor que hubiese vendido los secretos a la vieja usanza, no existiría probablemente la campaña promovida por intelectuales, artistas y ciudadanos, cuyo vídeo está circulando por la red, "I'm Bradley Manning". Lo que se cuestiona en este caso es quién está más cerca del "espíritu americano", si el que oculta o el que revela. Para unos, los idealistas, "ser americano" implica un compromiso con la verdad y en contra de la mentira oficial, y Manning lo representa; para otros, en cambio, el pragmatismo obliga a mantener ocultos los procesos por los que son mantenidos los niveles de seguridad nacional, que, por otra parte, se manifiestan ineficaces cuando llega la ocasión, como en el reciente atentado de Boston.


Las réplicas del terremoto político han continuado con las filtraciones de Edward Snowden sobre el espionaje masivo a amigos y enemigos, conceptos relativos porque en este mundo global la información se recoge no solo por lo que ocurre sino por lo que pueda ocurrir. Como en las viejas películas del Oeste, primero se dispara y después se pregunta. Las máquinas acceden a millones de datos y luego ya se verá si ha merecido la pena. El espionaje no es el de Manning o Snowden. Ellos son los que han dejado al descubierto los procesos de ocultación y espionaje. En los carteles que exhiben muchas
Manning no era un "militar" vocacional, vamos a decirlo así. Sus biógrafos afirman que entró en el Ejército para intentar pagarse una carrera universitaria, como hacen muchos otros jóvenes, que lo hizo en el cuerpo de analistas de información porque no tenía condiciones físicas para más, y que regresó horrorizado por lo que tenía que ver cada día —los documentos y filmaciones que no se mostraban— y por cómo se ocultaba o manipulaba la información. La tensión generada le hizo mandar los documentos a Wikileaks. Manning ha pedido perdón durante el juicio por el daño causado a su país.


El espionaje es una maquinaria que tiene que justificar, como cualquier otra actividad, sus presupuestos. Las cantidades económicas y empresas externas involucradas (como en el caso de Snowden) nos muestran que es un gigantesco negocio que —como todos los negocios poderosos— tienden a expandirse y aumentar su actividad, es decir, su beneficio. El espionaje ha entrado en la lógica del mercado tanto o más que en la de la seguridad.

En estas semana pasadas, en las que el método de seguridad de espionaje masivo ha sido puesto en cuestión por media humanidad, saltaron las alarmas. Se cerraron embajadas y se avisó a países amigos de que se habían interceptado conversaciones que hacían temer por atentados, especialmente en Yemen. Los países mandaron a casa a los empleados de sus embajadas durante unos días por si acaso. No ocurrió nada, pero nunca sabremos si fue por las medidas tomadas o si solo se trataba de acallar las voces mundiales de protesta por los métodos de espionaje empleados.
La siguiente comunicación afectaba a la seguridad de los trenes de alta velocidad en Europa. Corrían riesgos de sufrir atentados, según avisaba la seguridad norteamericana. Francia, a través de su ministro Valls, se ha apresurado, ante el miedo de sus ciudadanos y sus repercusiones económicas, en decir que sus trenes son seguros y que los miedos difundidos por Bild desde Alemania se refieren a "países del norte de Europa". La fuente ha sido la NSA, que dice haber interceptado conversaciones telefónicas de terroristas de Al Qaeda.  De nuevo, eficacia probada. De nuevo la sospecha de que se esté justificando el mantenimiento del sistema de espionaje y lo rentable que les resulta a otros países su mantenimiento. ¡Quién sabe qué consecuencias puede tener un recorte en estos programas, bajar su intensidad!


La verdad murió definitivamente el día en que decenas de expertos, el presidente de los Estados Unidos al frente, mostraron al mundo las fotografías de las armas de destrucción masiva en Irak, las que jamás fueron encontradas. Desde entonces el recelo se instaló en el mundo. Ya nadie se puede fiar de nada ni de nadie. Todo es ya conspiración. Y los responsables de ello son los que enterraron la confianza bajo toneladas de "evidencias" falsas. Hoy no nos debatimos entre la verdad y la mentira, sino entre creer o no creer y le pedimos a Dios acertar.