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miércoles, 31 de julio de 2013

Cómo llamar a las cosas por su nombre sin saber cómo se llaman

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es un tendencia humana poner límites y fronteras a lo físico, lo histórico y lo conceptual. "Comprender" es delimitar, establecer límites que nos ayuden a distinguir nítidamente entre fenómenos que habitualmente se muestran irisados, inciertos, pero que necesitamos encuadrar. En ocasiones, ponemos nombres a los cambios; en otras, son los nombres los que provocan los cambios mismos. Los nombres de lo nuevo y de lo viejo son escenarios de grandes batallas por la denominación, por cómo llamar a las cosas, ideas o situaciones.
Es ese acto nominativo el que orienta el sentido y la interpretación posterior, la valoración de los acontecimientos. No hay nombre neutral ni casual. Quien logra establecer los límites a través de los nombres, quien logra decir que una era se acaba y otra comienza, gana la batalla de la denominación y reina en el lenguaje y, por tanto, reina en las mentes de quienes se muestran avocados a usarlos para entender y entenderse. En castellano usamos la expresión "llamar las cosas por su nombre" como forma de indicar franqueza, de decir verdades. Sin embargo, ese "su nombre" esconde el camino tortuoso por el que se ha llegado "bautizar" una situación, idea, acción, etc.


Constantemente estamos reestructurando nuestros campos de acción y comprensión mediante este tipo de operaciones de denominación. En ocasiones, son movimientos lentos, que van tomando sentido en el tiempo; en otras, son rápidas apariciones que ocasionan el trastocamiento de los conceptos, el cristal a través del cual vemos el mundo.

Como una colección de ejemplos de este tipo de tergiversaciones conceptuales, podemos considerar la obra del economista John Kenneth Galbraith, La economía del fraude inocente (2004)*. A través de una serie de "fraudes" conceptuales, de modificaciones en las formas de denominación, de cambios en las palabras que describen los acontecimientos o las prácticas, las consecuencias, etc., Galbraith nos muestra cómo la Economía se ha convertido (interesadamente) en una forma de distorsión del mundo, en la nube de tinta que el calamar lanza para evitar que su pista sea seguida. En la misma idea abunda el economista alemán Max Otte en su obra El crash de la información (2010). Escribe Otte: «[...] la gente, o alguna gente, está mucho más interesada en dejar a los demás en la incertidumbre que en aclarar la verdadera situación» (22)**
De todos los campos científicos o académicos, ninguno está más tentado para la manipulación conceptual que el de la Economía; quizá solo la Historia se encuentre a su nivel de tentación partidista. No existe "economía", no existe "historia" al margen de un pensamiento previo que ordene la percepción y selección de lo relevante en cada campo. Aunque Otte se refiera a "la verdadera situación", tendríamos que hablar de la descripción más completa de un fenómeno o de la mejor explicación posible, antes que de una "verdad" en un sentido acabado.


El sociólogo Ulrich Beck, en su obra Una Europa alemana (2010), habla también esos procesos de distorsión a los que se refería Galbraith:

La perspectiva económica es y nos hace socialmente ciegos; las recetas de los economistas que dominan el debate público descansan sobre un «analfabetismo» sociopolítico (Wolfgang Münchau). Esta ceguera probablemente se deba a que los economistas siempre contemplan el mundo a través de algún modelo —cuando los modelos no son los adecuados, tenemos un problema—.***

Aunque carecieran de ese analfabetismo político que Beck señala, la Economía ha sido elevada a un estatus superior gracias precisamente a los políticos, que a su vez podrían ser definidos perfectamente como "analfabetos" económicos. Como ciudadanos padecemos ambas formas de analfabetismo: las de políticos y economistas, aunque los dos se pasen la responsabilidad. Pero padecemos también algo peor, sus pretensiones de inevitabilidad, que es la que se amparan para actuar. Ambos han aprendido la utilidad del escudo de lo inevitable para sus actuaciones sociales.
La actual crisis nos ha dejado un ejemplo de desplazamiento teórico del diagnóstico y las recetas económicas que los políticos ha elevado al rango de "ley objetiva" para justificar sus propias decisiones. Hemos asistido a debates en los que las leyes de la Economía ascendían al estatus de leyes casi divinas. ¿Su eficacia? Dudosa, cuando no han sido claramente contraproducentes en muchos casos. Para algunos —Otte y Galbraith, por ejemplo— no es casual y obedece a intereses claros de los más poderos o de los que aspiran a serlo. Para otros no es más que la muestra de nuestra incapacidad de conocer el mundo con la profundidad suficiente como para controlarlo. Los primeros creen en conspiraciones; los segundos en limitaciones e imperfecciones. No son teorías excluyentes.


Un análisis de los discursos de estos años de crisis económica sería muy jugoso para adentrarse en los oscuros territorios de la denominación interesada o, si se prefiere, de la manipulación discursiva. Los investigadores tendrían ante ellos un amplio corpus de trabajo compuesto por decenas de miles de artículos publicados en todo el mundo, miles de discursos, miles de libros escritos sobre el fenómeno que se ha venido a enmarcar bajo la denominación de "crisis" económica. La investigación permitiría ver las luchas por el reconocimiento o no de la "crisis" (etapa fundacional del concepto asociado a una "realidad" aceptada o negada), los diversos análisis interpretativos y diagnósticos realizados (determinación de causas, límites y asignación de responsabilidades), las medidas tomadas y su amplio repertorio de denominaciones (cómo se ha elegido llamar a las acciones y situaciones), y los análisis de sus resultados (cómo se han descrito los efectos de las medidas). Todos esto se traduce en discursos que pueden ser analizados e interpretados para comprobar el espacio semántico posible que se ha generado.


Por supuesto, dada nuestra incapacidad de ser objetivos ante el material que se nos ofreciera, los resultados serían distintos según los investigadores sociales, que lograrían publicar sus resultados en función de los prejuicios de los editores que los aceptarían o rechazarían. El éxito alcanzado estaría, finalmente, en función de las ganas de aplaudir o abuchear de los lectores, que habrían estado expuestos a esas mismas informaciones cuyos resultados ahora verán sintetizadas e interpretadas ante ellos.
¿Somos mónadas aisladas? Evidentemente no. El que nos guste rellenar con cosas el concepto de "verdad" no significa que lo sean, ni siquiera que exista esa posibilidad. Pero nos gusta pensarlo y es el motor de nuestro conocimiento y existencia. Hace mucho tiempo que se señaló que no es la verdad la que nos hace movernos, sino la comprobación de lo insuficiente de nuestros conocimientos; en eso se basa la Ciencia. El mundo avanza gracias a una extraña combinación de escepticismo e inocencia; la suposición de que no podemos conocer absolutamente, pero que no debemos dejar de intentarlo. Sin embargo, las bocas se nos llenan de verdades con las que taponamos las posibilidades ajenas de dudar.

* John Kenneth Galbraith (2007). La economía del fraude inocente [2004]. Crítica, Barcelona.
** Ulrich Beck (2012). Una Europa alemana. Paidós, Barcelona.

*** Max Otte (2010). El crash de la información. Ariel, Madrid.





miércoles, 19 de septiembre de 2012

El regreso del oro o el calcetín americano

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando en ese magnífico libro entrevista —"Introducción a la economía. Una guía para todos (o casi)"— en el que John Kenneth Galbraith va desgranando para un público, inicialmente francés, los amplios campos de la Economía junto a Nicole Salinger, se enfrenta a la historia de la moneda, bajo el rótulo "Moneda y política monetaria". Galbraith habla de tres fases, la de las monedas con los metales —oro, plata...— en primer lugar, una segunda con el patrón-oro, y la fase actual, dominada por el papel de los bancos centrales, que comienza en 1933 con la abolición del patron-oro.
Cuando Nicole Salinger le pregunta a Galbraith por el patrón-oro, contesta lo siguiente:

El patrón-oro de los tiempos modernos data, así pues, de los años 1860 y 1870, pero el edificio monetario basado en el oro era frágil. El patrón-oro fue suspendido en Europa durante la primera guerra mundial a causa del desequilibrio producido por el éxodo masivo del oro europeo hacia Estados Unidos en pago de los suministros comprados a los americanos. Luego fue parcialmente rehabilitado después de la guerra para ser abandonado definitivamente durante la Gran Depresión. No vivió más allá de sesenta o setenta años. (122)*

J.K. Galbraith
Una ley de Franklin D. Roosevelt a comienzos de siglo prohibió la tenencia de oro de los particulares. La idea era evitar favorecer a los poseedores de oro, incluidos los bancos y especuladores, con las fluctuaciones del dólar, que se hubieran beneficiado de forma espectacular por la política monetaria. Esa ley se mantuvo hasta 1975 en que fue anulada, pudiéndose comprar oro de nuevo. Al preguntarle Salinger dónde se encuentra el oro en esos momentos —la entrevista se produce en 1978—, Galbraith contesta:

Una parte está depositada aún en Fort-Knox, en Estados Unidos. Otra parte está en manos de Fondo Monetario Internacional. Se le encuentra también en forma de joyas o de dientes de oro. Los bancos centrales poseen también una cierta cantidad. Puede estar segura que la parte en manos de los suizos no es despreciable. Están también los particulares que han invertido sus economías en oro rezando por el alza de sus cotizaciones. Y, en fin, hay el que está oculto en cualquier calcetín a la espera del día en que nada valga ya excepto el milagroso metal amarillo. Pero ésta es una ilusión contra la que no podría prevenir lo suficiente. Ese día, si desgraciadamente llega alguna vez, valdrá más tener de que comer y con que vestirse. El oro no calma el hambre ni resguarda del frío. (127)*


Contrasta la rotundidad del panorama dibujado por Galbraith respecto al regreso del oro como moneda de cambio con la noticia recogida por Rebeca Logan, de la BBC, con el siguiente titular: "El oro amenaza al dólar en su propio país"**. El artículo relata las distintas iniciativas y acciones que están realizando en diversos estados americanos, en especial Utah, el estado de los mormones. Señala la BBC:

Aunque las monedas de oro y plata pueden parecer reliquias del pasado, varios estados del país están considerando decirle adiós al dólar y promover alternativas al sistema de pago nacional.
Desde Minesota a Georgia, legisladores preocupados por la crisis fiscal, las políticas de la Reserva Federal y la debilidad del dólar, han presentado proyectos de ley que le permiten a los ciudadanos usar metales preciosos como el oro para declarar impuestos y hacer negocios.
La Constitución de EE.UU. prohíbe a los estados imprimir sus propios billetes y emitir su propia moneda, pero tiene una cláusula antigua que sí permite que acepten monedas de oro y plata como pago si así lo deciden.
Recientemente, Utah se convirtió en el primer estado en aprobar una ley que reconoce las monedas de oro y plata como método de pago para transacciones comerciales.**


La reintroducción del oro como moneda aceptada para las transacciones y pago al propio estado es un hecho de gran transcendencia económica y política, todavía más por lo que representa que por la cantidad que pueda verse afectada. No solo por lo que implica de afirmación, sino de rechazo del dólar o, para ser más preciso, del manejo del dólar y de la economía norteamericana.

Para el sector más radical del conservadurismo americano y los considerados "libertarios", el gobierno es el problema y su manejo del dinero es lo que ha llevado a la crisis de liderazgo de la Estados Unidos, país que ven como hundido a través de sus deudas con otros países, especialmente China, el principal acreedor. Para este sector, Estados Unidos posee un dinero de juguete, que no representa algo material, real (el oro), sino una ilusión que procede de la emisión de dinero por parte de los gobiernos y los bancos centrales.
Podemos encontrar un ejemplo de esta actitud de rechazo del dólar sin raíz, podemos decirlo así, y de atracción por el oro en las obras de Robert T. Kiyosaki, el exitoso inversionista y autor de la línea editorial "Rich Dad", una de las más celebradas dentro de las llamadas de "autoayuda económica". Recordemos que la idea central de Kiyosaki es la conversión de las finanzas en un área oscura y oscurantista, manejadas por los ricos que controlan los gobiernos a través de los bancos para hacerse con el mayor dinero posible y que hacen que aumenten las cantidades de dinero en circulación para aumentar su riqueza [ver entrada]. En su obra La conspiración de los ricos, Kiyosaki escribe:

El dólar murió el 15 de agosto de 1971. Ese día, sin la autorización del Congreso, el presidente Nixon desvinculó al dólar estadounidense del oro y nuestra moneda se convirtió en dinero de Monopoly. Después de eso comenzó el mayor boom económico de la historia.
Actualmente, en el 2009, mientras la economía mundial se colapsa, los dirigentes de los bancos centrales del mundo están produciendo billones de dólares, yenes, pesos, euros y libras, siguiendo las reglas que indica el Monopoly para los banqueros.
El Monopoly es simplemente un juego, pero sus reglas se pueden convertir en una receta para destruir a la sociedad si se aplican a la vida real. En alguna ocasión, el connotado economista inglés John Maynard Keynes dijo: "No hay una forma más sutil y segura de derribar las bases de la sociedad, que corromper la moneda. El proceso involucra a todas las fuerzas de la ley económica con la destrucción, y lo hace de tal forma que ningún hombre sería capaz de detectarlo". En este momento nuestra economía se encuentra enferma porque las desbocadas imprentas de la Reserva Federal están inundando nuestro sistema monetario de dinero de juguete que corrompe la divisa existente, y nadie es capaz de detectar el problema, tal como Keynes lo advirtió hace varios años.***

La idea de que la economía norteamericana (y la del resto del mundo) ha entrado en un nivel ficticio mediante la fabricación de dinero de la nada, arraiga en muchos sectores que consideran que ese boom no es más que una forma de generar grandes huecos que luego se pedirá a los ciudadanos que paguen con sus impuestos, pasando la riqueza a los especuladores.



En este contexto es más fácil comprender las informaciones que nos transmite la BBC:

"Miren lo que está pasando con nuestra economía. Tendencias preocupantes afectan nuestra prosperidad. Muchos ahora reconocen que una de las amenazas más graves es la condición precaria del dólar", afirma Brad Gálvez, el legislador republicano de Utah que impulsó la medida.
Según Gálvez, aunque esta nueva ley no obliga a nadie a utilizar monedas de oro, lo que busca es crear un sistema alternativo al dólar y hacer más fáciles este tipo de intercambios monetarios.**

La creación en el estado mormón del Utah Gold and Silver Depository, un depósito para el oro de los particulares, ha permitido la creación de una tarjeta de débito que paga directamente en oro las compras en aquellos lugares en los que se admite. Otros estados, trece, tienen iniciativas planteadas en este sentido —volver a admitir el oro como forma de pago—, más algunos que están preparándolas. Algunos han llegado a proponer que se admita en el pago de los impuestos.
Ron Paul, el ex candidato conservador "libertario" en competencia con Romney, según se cuenta en el artículo de la BBC, llegó a proponer que los Estados pudieran emitir su propia moneda como alternativa al dólar.
Todo esto forma parte de un movimiento de descrédito y desconfianza ante la política de los estados y su capacidad de poner freno a las grandes maniobras financieras que han llevado a las crisis especulativas actuales. Las informaciones sobre el mundo de las finanzas, el escándalo continuo que suponen para los contribuyentes de todos los países afectados, hacen que ganen terreno los discursos contra las instituciones, los gobiernos, las políticas económicas y, como vemos, contra el dinero mismo, considerado una forma especulativa que se utiliza para depauperar a los ciudadanos.


Volver al oro, tal como es percibido, es gastar lo que se tiene en un nuevo sentido mucho más real, material, puesto que se trata de una cantidad específica y no algo que puede ser emitido sin respaldo. Es la gigantesca deuda de los Estados Unidos el mejor argumento para aquellos que ven en el oro una nueva forma de evitar los excesos, como hemos podido apreciar en las fuentes señaladas. No sabemos qué pensarán los acreedores de los Estados Unidos, los que según ellos, tienen esos "dólares de juguete". Pero eso, para los que apuntan al oro, les debe preocupar demasiado porque es ahí donde ven el problema.
La extraña disociación que una parte de los norteamericanos siente hacia las instituciones federales permite, mediante su conversión en "conspiración" contra ellos, el pueblo, desligarse de muchas cosas. Para algunos la conspiración comenzó con la creación de la Reserva Federal en 1903. Señala el artículo de la BBC: "la popularidad del oro también se hizo sentir en la Convención Nacional Republicana, donde los delegados aprobaron una plataforma política que incluye una comisión para estudiar volver a ligar el dólar a este metal."** Ante la posible llegada de Mitt Romney a la Casa Blanca, sería interesante saber, como candidato y como mormón, su opinión respecto al uso del oro como forma alternativa al dólar, aunque solo fuera en Utah, el estado mormón. Utah es el máximo exportador de oro de los Estados Unidos, esencialmente a Inglaterra, detalle importante. Y, por supuesto, si apoyaría las iniciativas republicanas en los múltiples estados que buscan volver al pago con oro. Pero Romney es una esfinge dorada.


La afirmación de Galbraith de que si se llegara otra vez al oro sería señal de un desastre, en cuyo caso tampoco serviría de mucho, es interesante al hilo de la actualidad. No deja de ser sintomático que un país se vuelva contra su propia moneda. Pero Estados Unidos es un país singular en muchos aspectos. En estos tiempos en que todo se basa en la confianza y los indicadores, habrá que esperar a ver sus efectos y cómo responden los "animal spirits", que diría Keynes.

* John Kenneth Galbraith y Nicole Salinger (2009 4ªr) "Introducción a la economía. Una guía apara todos (o casi)" Crítica, Barcelona [1978]
** Rebeca Logan  "El oro amenaza al dólar en su propio país" BBC 18/09/2012 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/09/120917_oro_por_dolar_ao.shtml
***Robert T. Kiyosaki (2012) "La conspiración de los ricos. Punto de Lectura, Santillana, Barcelona.





domingo, 27 de noviembre de 2011

Un libro: Breve historia de la euforia financiera, de John Kenneth Galbraith


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leer de nuevo a John Kenneth Galbraith es un recordatorio de lo que el tópico califica como “de triste actualidad”. Es sorprendente que en este librito, de no llega a 150 páginas, se esconda en dos principios, la base de la desgracia económica en la que nos vemos reunidos. Galbraith es un caballero y prefiere no abusar de llamarlo demasiado por su nombre: estupidez. Hay variantes en la calificación, pero todas van a lo mismo. No aprendemos nunca.
La estupidez histórica (o la personal) tiene sus propias pautas y la pauta es lo contrario del azar. La mayor parte de las cosas malas ocurren más por estupidez que por azar. Puede que no podamos prever dónde caerá un rayo, pero sí dónde poner un pararrayos. La estupidez consiste en ahorrarse el pararrayos o en ponerlo en un lugar absurdo. La estupidez consiste en convencerse de que es una estupidez tener un pararrayos.
Cuando se lee esta historia de la euforia financiera se comprenden ciertas pautas. No son las de la Historia, que la escribimos nosotros, sino —como señalábamos— la constancia del error por la incapacidad de exorcizar nuestros malos hábitos, instintos o como quieran ustedes llamar a nuestra tendencia a pensar que el mundo debe ceder siempre a nuestros deseos y no al contrario.

La historia de la “euforia financiera” es la de las “burbujas”, desde sus orígenes hasta anteayer, dado que el libro está escrito a finales de los ochenta y principios de los noventa, dando cuenta de la burbuja de entonces. En cuanto a burbujas, es preocupante señalar, que en esta apenas hemos innovado nada en materia de estupidez, algo que es verdaderamente preocupante, porque una de las bases de su repetición es, precisamente, su capacidad para camuflarse de sensatez y de normalidad. Esta vez no ha ocurrido así y ya no tenemos excusas con las que camuflar nuestras innegables codicia e impericia en la gestión de los desastres que generamos.
El lío financiero y productivo, con todos los palos de la economía en danza, en el que estamos metidos casi todos, nos demuestra que finalmente se ha globalizado la estupidez. Quizá sea más correcto, desde el punto de vista explicativo, decir que lo que ha ocurrido para que este desastre se diera es la conversión de la ceguera en doctrina oficial, en pensamiento único. Si se tiene alguna duda respecto a esto, puede leerse la siguiente cita del texto:

En Estados Unidos durante los años ochenta el gobierno incurrió en grandes déficit en dos capítulos nacionales críticos: el presupuesto federal y, relacionado con ello, la balanza de pagos. A corto plazo, los resultados son muy satisfactorios: mayores ingresos personales; menores impuestos en comparación con otros países industriales; una grata abundancia de productos de consumo extranjeros relativamente baratos; automóviles, televisores, otros artículos electrónicos, productos textiles y mucho más. Todo se paga con cargo a una deuda exterior acumulativa. Estados Unidos, el mayor acreedor mundial en decenios anteriores, se ha convertido ahora en el mayor deudor del mundo.
Quienes, y eran muchos, elevaron sus voces contra este curso de los acontecimientos no fueron del todo ignorados. Advirtieron la creciente participación del presupuesto en el pago de intereses y el apoyo de una clase opulenta, pero económicamente inactiva. Resultó también evidente que al financiar el gobierno sus actividades, el dinero se puso al servicio de la Bolsa y de la especulación inmobiliaria (especialmente ésta) y, en menor escala, incluso se orientó hacia las obras de arte, y el dinero fácil alimentó una temeraria fiebre de fusiones, adquisiciones y absorciones primadas en el mundo de las finanzas corporativas. Sirvió también para comprar los hoy tan célebres bonos basura (136)

Como puede comprobarse, la repetición multiplicada del mismo desastre con veinte años de diferencia, exactamente el tiempo calculado por Galbraith para que una nueva generación de olvidadizos tome el relevo. Eso sí: con un alcance realmente mayor debido a las herramientas de que se dispone para expandir el desastre. Igual que ocurre con las bombas, ponemos toda nuestra pericia técnica e ingenio en labrar nuestra destrucción aumentando su potencia.
Para Galbraith, como para Keynes y todos aquellos que creen que la Economía solo le pone números al comportamiento humano, es decir, depende de la psique, individual y colectiva, la euforia es un proceso psicológico que debe ser explicado desde nuestra imparable tendencia al autoengaño y a la codicia. La base de las “burbujas”, señala Galbraith en varias ocasiones, está en una secuencia, en una pauta sencilla:

Las circunstancias que inducen a los episodios recurrentes de demencia financiera no han cambiado de ninguna manera realmente operativa desde la tulipamanía de 1636-1637. Individuos e instituciones son cautivados por la satisfacción maravillosa de acrecentar la riqueza. La ilusión asociada a la anterior y que consiste en atribuirse perspicacia, se ve alentada por las varias veces señalada impresión pública de que la inteligencia, propia y ajena, corre pareja con la posesión de dinero. De esta creencia así infundida deriva la acción: acumulación de valores inmobiliarios y mobiliarios o, en fechas recientes, de obras de arte. El movimiento alcista confirma el sentimiento de agudeza personal y de grupo. Y así hasta el momento de la decepción masiva y el hundimiento. Este último, como ya ha quedado suficientemente claro, nunca se presenta de manera paulatina. Va siempre acompañado de un desesperado esfuerzo por escapar, infructuoso en la mayoría de los casos. (128)

Desde la primera gran burbuja, desde la euforia por los tulipanes, por los que se llegaron a pagar cifras astronómicas para la época, el siglo XVII, las características han sido las mismas. La creencia en que se pueden mantener tendencias al alza eternamente arrastra a invertir en algún bien. La euforia se desata por la posibilidad de ser “inmensamente rico”, de poder sumarse al selecto club de los que más tienen. Habría que añadir al mecanismo psíquico descrito por Galbraith otro más: el de no sentirse “inmensamente tonto”, complementario del primero y con el que a veces se confunde. Cualquiera que haya asistido a algún momento de persuasión comercial, sabe que lo primero que debe conocer un buen vendedor es si está ante una persona que responde al estímulo de la riqueza, un ambicioso, o al temor de quedarse descolgado y ser tomado por tonto. Aunque el resultado sea el mismo, la venta, el principio difiere, si bien, una vez perdido el miedo a quedarse  atrás el tonto pueda avanzar espectacularmente en su ambición.
El hecho de que las burbujas modernas comenzaran con flores —los tulipanes en Holanda— puede tomarse como un interesante simbolismo de cómo cualquier cosa puede transformarse en motivo de euforia. Entre las flores y las propiedades inmobiliarias o las Punto-Com no hay diferencias básicas. Cualquier producto puede hacerse llegar más allá del límite de lo razonable. Más dura será la caída cuanto más alto haya sido el salto especulativo.

Euforia y caída de los tulipanes
Codicia y emulación son los dos mecanismos principales. Mediante el primero no tenemos límites en nuestros deseos, Convertidos en auténticos maníacos, nos cegamos pensando que el ascenso no va a tener freno, pero todo lo tiene. Galbraith se sorprende de cómo puede estar la gente tan ciega ante un principio sencillo: en algún momento tiene que bajar. La codicia ciega, evidentemente.

La emulación es el mecanismo que justifica el arrastre necesario para que se produzca la euforia. La creencia en que los ricos son más inteligentes y que son un referente de las acciones hace que se les siga en sus operaciones. Es esta segunda tendencia la que en realidad desata la euforia, la reacción colectiva. Euforia y pánico son los dos movimientos colectivos que provocan el ascenso y el descenso vertiginoso. El deseo de hacerse rico y el deseo de no perderlo todo son formas de precipitar los desastres, ya que uno y otros están vinculados. La admiración por los ricos, su exhibición mediática, su protagonismo permanente, han sido muestras del mal gusto y de la promoción de personajes sobre los que es mejor no saber cómo hacían sus fortunas. Aunque no hacía falta preguntar: te lo contaban. Los ricos con sus lujosas casas y yates rivalizaban en la ostentación en las portadas o los reportajes de los periódicos y revistas. ¿Para qué, si no, ser rico?
El desastre de la euforia financiera se produce cuando las personas cambian lo que poseen  a cambio del objeto de euforia o, lo que es peor, hipotecan su futuro por tulipanes, o acciones de cualquier fantasía que estalla al poco tiempo dejándoles sin nada o cargados de deudas para el resto de sus vidas.
Tengo la sospecha que las burbujas que Galbraith no llegó a ver, las de los noventa y la nueva década del siglo, si hubo quien supo lo que tenía que hacer, que ya no son movimientos espontáneos, sino inducidos para hacer aflorar las bolsas de ahorro. De la misma forma que el consumismo se enfrenta al ahorro, las burbujas financieras requieren que aflore el capital ahorrado para que el dinero se pierda por el camino, como ha ocurrido con las Punto-Com o la crisis financiera a través de los derivados, en la que es innegable la maniobra y en lo que coinciden todos los analista. La poca presencia de responsables en las cárceles es el mejor indicador de lo cuidado del asunto, de su meticulosa preparación. también de la indefensión en la que estamos.


Señala Galbraith que los desastres de las burbujas se olvidan pronto y que eso hace posible la repetición. Solo de la crisis brutal del 29, nos dice, se guardo memoria y histórica y defensas institucionales, de los estados para tratar de evitar un nuevo desastre. Por eso la llegada del neoliberalismo de la época de Reagan y Thatcher, cuyos efectos estamos viendo, supuso el desmantelamiento de casi todas las barreras defensivas existentes para evitar que se produjeran especulaciones del mismo calibre. ¿Los efectos? Los estamos viendo. Es ya frecuente que se califique nuestra actual situación como la crisis más grave desde la del 29.
Una característica importante señalada por Galbraith es la de los mecanismos exculpatorios, el equivalente a borrar las huellas del lugar del crimen:

De la secuencia claramente establecida de boom y estallido en el siglo pasado provino, en los últimos años, otro empeño de cubrir el episodio de euforia. En efecto la comprensión de aquella secuencia iba a normalizar el episodio: se dijo que el boom y el estallido eran predecibles manifestaciones del ciclo de los negocios. Podía haber manía, como afirmó Joseph Schumpeter, pero la manía era un detalle en un proceso más amplio, y el papel benéfico de la siguiente contracción y depresión había de restaurar la salud normal y expulsar el veneno del sistema, como algunos otros eruditos puntualizaron. Ahora se aceptaban rutinariamente en los cursos universitarios sobre ciclos de los negocios, la alternancia entre expectativas elevadas hasta la extravagancia y momentos bajos. (89)

Los crímenes se disuelven como formas naturales asumidas por las teorías y lo que es responsabilidad de la acción humana se camufla gracias a las maniobras teóricas que reparten el estiércol a lo largo del campo hasta que se produzca el siguiente episodio de euforia, hasta que sea posible de nuevo recalentar la situación que se dinero aflore en las direcciones adecuadas. De esta manera se le han podido echar la culpas a huracanes en Florida o realizar —como nos cuenta Galbraith que hizo el banquero J.P. Morgan en 1907— un llamamiento a que los clérigos de Nueva York incluyeran en sus sermones dominicales recomendaciones de confianza y ánimo.
El problema es cuando, como en nuestro caso, se comienza con una crisis inmobiliaria, con el endeudamiento de particulares) y esa deuda va subiendo por la escala hasta llegar a los propios estados en un mundo globalizado de economías interconectadas. Los bonos basura, de los que ya hablaba Galbraith en la anterior burbuja, la de los ochenta, también comenzaron con créditos hipotecarios basura. El endeudamiento surge cuando no tenemos bastante para conseguir lo que queremos. Y queremos lo que nos meten por los ojos, sin límites, pensando que nunca habrá que devolverlo, que aquello en lo que hemos depositado nuestras esperanzas y dinero tomado prestado —una casa, un tulipán— cubrirá nuestras deudas. Y te animan a ello, vaya si te animan. Nunca piden moderación.
Señala John Kenneth Galbraith:

La segunda razón de que el ánimo y la manía de especulación estén exentos de condena es teológica. En las actitudes y la doctrina aceptadas de la libre empresa, el mercado es un reflejo neutro y preciso de las influencias externas. Se considera que no está sujeto a una dinámica de error que le es propia. En esto consiste la fe clásica. Así pues, existe una necesidad de encontrar alguna causa del hundimiento, pero alejada, o sea externa al mercado en sí. O bien sucede que algún abuso del mercado ha inhibido su normal rendimiento.
[…] En nuestra cultura, los mercados son un tótem, y no se les puede atribuir tendencia o fallo aberrante de suyo. (46)

Quizá esté en esta última idea de Galbraith la respuesta a situaciones actuales. En algunas ocasiones hemos hablado de “soluciones homeopáticas”. Habrá que tener mucho cuidado, no sea que por ese respeto teológico se diagnostique mal la enfermedad y se apliquen remedios que lejos de sanar, coloquen al paciente en una situación peor de la que entró.
Como siempre, es una delicia leer a John Kenneth Galbraith, un gran economista al que, probablemente, un innato sentido de la controversia le llevó a ir en la dirección contraria a la que el barco tomaba rumbo al abismo que todo lo traga, el de la estupidez y el dogmatismo. Parece evidente que, como saben los médicos, lo primero es lavar la herida, eliminar los riesgos de infección que amenazan con quedarse dentro de la herida mal curada.
Si creemos a Galbraith —y tiene la historia a su favor— no aprenderemos nunca y los jóvenes economistas y financieros dedicarán parte de su tiempo a investigar y desarrollar nuevas formas de crear productos capaces de embelesarnos, de sorbernos el seso hasta convencernos de que no existe otra cosa más valiosa que lo que nos ponen delante. Esta usted advertido.

John Kenneth Galbraith (1991, 2011). Breve historia de la euforia financiera. Ariel, Barcelona.152 pp. ISBN: 978-98-344-6952-5.


domingo, 14 de agosto de 2011

Un libro: La cultura de la satisfacción, de John Kenneth Galbraith

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay libros de los que solemos decir que son eternos y hay libros que son actuales. La actualidad no está vinculada al presente, sino a las circunstancias. Un libro con veinte años puede volver a ser actual hoy. Eso es lo que ocurre con el libro de John Kenneth Galbraith, La cultura de la satisfacción*, una obra escrita en el comienzo de los años noventa, que hoy tiene una actualidad importante, especialmente para los desmemoriados y aprendices del presente. Galbraith (1908-2006), economista contracorriente, profesor en Harvard, ha sido una de las personalidades más destacadas del pensamiento crítico del oficialismo económico neoliberal.
Me permito anticipar, para señalar su actualidad, un párrafo de la parte final del libro en la que Galbraith apunta algunas predicciones para el futuro:

La segunda reacción es la probabilidad, en realidad casi la certeza, de qué sucederá si el descontento urbano, el delito y la violencia aumentan: se atribuirán no a la situación social sino a la naturaleza inferior, delictiva incluso, de los individuos implicados. Ya sucede esto. Una solución importante al delito, a la insatisfacción y al desorden en los núcleos urbanos es la exigencia de una aplicación más estricta de la ley, incluyendo una mayor utilización de la pena de muerte y más facilidades para la detención. Ninguna otra situación actual provoca retórica tan inflamada. Este talante, en el caso de que la violencia empeorase, podría llevar a su vez muy pronto a la represión armada, primero por la policía local, luego por la fuerza militar, la guardia nacional. Pasa prácticamente desapercibido el hecho visible de que la gente que goza de una situación desahogada convive pacíficamente y los afectados por la pobreza no. O, si se menciona, no se analiza, en medio del clamor que exige que se meta en cintura a los que parecen unos ciudadanos intrínsecamente violentos y maleducados. Si se me permite una predicción segura, sería la de que es probable una autoridad cada vez más opresiva en zonas de desolación urbana. (194)


Los recientes disturbios en Reino Unido han suscitado una reacción de este tipo. No se trata de que la Policía deba o no intervenir ante este tipo de sucesos, cosa obvia, sino de la actitud con que se enfrentan, del análisis de su origen y de las consecuencias que se extraen. La criminalización sirve para seguir justificando una situación negando el problema. Y eso es una parte importante, la negación de los problemas o su origen, que caracteriza “la cultura de la satisfacción”.
Más que un “libro de economía” es un libro sobre la “vida económica” y los elementos que la determinan. El fundamento del conjunto de la obra es que la Economía es un reflejo de los que la crean. Bajo su apariencia de fenómeno externo y objetivo, no es más que el reflejo de la sociedad en la que se da. En las Ciencias Sociales, muchas veces los efectos y las causas no están claros. La obra de Galbraith, en este sentido, es clara: la economía es el reflejo de la mentalidad social predominante, que es quien puede imponer un modelo ajustado a sus intereses. Esto no significa que la controle ya que, como ocurre con la personalidad individual, saber nuestros defectos no significa que podamos evitarlos.

John Kenneth Galbraith
Lejos de ser un tratado económico, es más bien un tratado psicológico de la configuración social de la economía o, si se prefiere, de la configuración económica de la sociedad. Galbraith hace un retrato de la sociedad norteamericana de principio de los años 90 en que está escrita la obra. Bush ha tomado el relevo de la transformación económica iniciada por Ronald Reagan en USA y por Margaret Thatcher en Inglaterra, en una de las parejas de hecho políticas más eficaces de la Historia. Es ese escenario, de salida de una fuerte crisis económica, con una guerra por delante, la del Golfo, el que debemos retener para la lectura de la obra, un viaje de ida y vuelta del pasado al presente y del presente al pasado. En muchas ocasiones, podemos leer muchas de sus páginas como si fueran extraídas de los periódicos del día.
Lo que hace Galbraith es hacernos el retrato psicológico y moral de una parte de la sociedad que se ha convertido en mayoría política relativa (esto es importante), gracias a su participación en los procesos democráticos. Esto se traduce en un sistema que vela por sus intereses. Escribe Galbraith:

En el pasado, los afortunados económica y socialmente eran, como sabemos, una pequeña minoría, un pequeño grupúsculo que dominaba y gobernaba. Hoy representan una mayoría aunque, como ya se ha dicho, una mayoría no de todos los ciudadanos, sino de los que realmente votan. Es preciso y oportuno hacer mención a los que se hallan en esa situación y que responden en las urnas. Les llamaremos la Mayoría Satisfecha, la Mayoría Electoral Satisfecha o, en una visión más amplia, la Cultura de la Satisfacción. (32)

Un primer hecho determinante es precisamente el de la votación, que en los Estados Unidos tiene unas características especiales y casi únicas respecto a otros sistemas democráticos del mundo. El que una parte importante de la población no vote, significa que esa parte carece de voz en la construcción del sistema político. Hay zonas enteras de los Estados Unidos en los que los votantes no son todos los que debieran para poder recoger y representar los intereses de todos. Pensemos en la importancia que esta situación tuvo en muchos estados hasta el estallido del movimiento por los derechos civiles en los años 60. Hasta ese momento, muchas personas, por decirlo así, no estaban representadas políticamente. Ni ellas ni sus problemas.
El paso de un gobierno que, tradicionalmente, representaba a minorías, a las élites ciudadanas ilustradas, a un gobierno que ha sido elegido por mayorías mucho más amplias y reales tiene una serie de características nuevas, como nuevo es el fenómeno socialmente.
Al definirla como “mayoría satisfecha”, lo que Galbraith nos muestra, dentro de una perspectiva de análisis psicosocial, es que cuando se llega a ciertos niveles de satisfacción el mundo comienza a verse de otra manera. Lo que antes eran problemas graves, ahora son circunstanciales; las que antes eran vistas como personas necesitadas de ayuda, ahora son contempladas como vagos que tratan de vivir del trabajo ajeno; los que veíamos como delincuentes por estar en un ambiente social deteriorado, ahora los vemos como criminales  irredentos que ponen en peligro nuestra seguridad y a los que hay que cercar en guetos o encerrar en cárceles; lo que antes eran gastos necesarios, ahora es malgastar el dinero. Ese es el fundamento, profundamente psíquico, del comportamiento social: el bienestar nos hace temerosos de perder lo que tenemos y contemplamos a los demás como agresores de nuestra nueva estabilidad. El resultado de esto es un agravamiento de las diferencias sociales —cada vez se está menos dispuesto a contribuir al sacrificio para que otros mejoren su situación— y un desmantelamiento de todo lo que se vea como un obstáculo en el bienestar propio.

John Kennthe Galbraith con Robert Kennedy

Galbraith señala una serie de grandes principios o características que definen esta nueva situación en la que el estado está guiado por el pensamiento y sentimiento de una minoría. Las enumeramos:

La primera característica, y la más generalizada, de la mayoría satisfecha es su afirmación de que los que la componen están recibiendo lo que se merecen. Lo que sus miembros individuales aspiran a tener y disfrutar es el producto de su esfuerzo, su inteligencia y su virtud personales. (35)

Cuando lo que se tiene es fruto del propio esfuerzo exclusivamente, la reacción es exigir que los demás pasen por los mismos procesos para obtener lo mismo. Se ignoran las desigualdades sociales que pueden ser obstáculos insalvables para muchas personas. Según este principio, que tiene mucho de Ley del embudo, lo que tenemos es irrenunciable. La consecuencia es un aumento de los rasgos egoístas del comportamiento social e individual en todos los terrenos. Esto se traduce de forma directa en la definición del modelo económico y en la magnificación de ciertas características, que son vistas como las que llevan al éxito. No se dan ayudas, se ofrecen modelos de inspiración para ser emulados. Los ricos siempre sirven de ejemplo.

La segunda característica de la mayoría satisfecha, menos consciente pero de suma importancia […] es su actitud hacia el tiempo. Sintetizando al máximo, siempre prefiere la no actuación gubernamental, aun a riesgo de que las consecuencias pudieran ser alarmantes a largo plazo. La razón es bastante evidente. El largo plazo puede no llegar: ésa es la cómoda y frecuente creencia. Y una razón más decisiva e importante: el coste de la actuación recae o podría recaer sobre la comunidad privilegiada, podrían subir los impuestos. Los beneficios a largo plazo muy bien pueden ser para que los disfruten otros. En cualquier caso, la tranquila teología del laissez faire sostiene que, al final, todo saldrá bien. (36-37)


Este “cortoplacismo” es uno de los condicionantes más acusados de la actividad económica. Determina nuestra capacidad de sacrificio. Lo que tanto ha costado conseguir, es para disfrutarlo aquí y ahora. Trabajar para algo que no podemos disfrutar personalmente se nos antoja extraño y casi insoportable. Esta es una de las base del egoísmo generacional que remite los problemas graves al futuro, que se convierte en un gigantesco desván de los problemas por llegar. La ceguera ante muchos problemas que padecemos hoy es precisamente esta: el desarrollo de políticas para hoy sin tener en cuenta los efectos sobre el mañana. Pero el mañana es algo que le tocará lidiar a los otros. Nuestros problemas hoy son los que recibimos de los egoístas de ayer y, como egoístas que somos, se los dejamos en herencia a nuestros hijos.
Este sentimiento del hoy como único escenario posible, nos lleva en el terreno político a un modelo de negación de los problemas con la esperanza que desaparezcan por sí solos o que les toque a los siguientes resolverlos. Muchos de nuestros problemas actuales nos llegan por una clase política que promete y gasta con la esperanza de seguir en el poder sin temor a las consecuencias de lo que suponga en el futuro. Si siguen en el gobierno se siguen endeudando y si no el problema es de otros. Pero los problemas de “otro”, solo se refieren a los gobiernos. Son siempre los nuestros, los de todos.

Una tercera característica de quienes disfrutan de una situación desahogada es su visión sumamente selectiva del papel del Estado. Hablando vulgar y superficialmente, el Estado es visto como una carga: ninguna declaración política de los tiempos modernos ha sido tan frecuentemente reiterada ni tan ardorosamente aplaudida como la necesidad de «quitar el Estado de las espaldas de la gente». […] La necesidad de aligerar o eliminar esta carga y con ello, agradablemente, los impuestos correspondientes es un artículo de fe absoluto para la mayoría satisfecha. (38-39)


El peso de la era Reagan y Thatcher es todavía demasiado fuerte en nuestros políticos. La inercia de este pensamiento nefasto que, en vez de reformar un Estado para hacerlo más efectivo, hacía de él un enemigo y una sangría cuando llegaba al poder. Hemos llenado el Estado de personas que no creen en el Estado. Esto está teniendo unas consecuencias desastrosas porque en los momentos de las crisis, las soluciones no llegan del mundo privado. La ocupación del Estado que muchos han hecho se parece a la famosa escena de los hermanos Marx en que van alimentando la caldera de la locomotora con los materiales de los propios vagones. El tren corre, pero lo que llega al final es solo su esqueleto.

Críticas a la era Reagan, coincidentes con la idea de Galbraith

Si tenemos en cuenta y damos por buenas las dos primeras características, que nos llevan hacia el reino del egoísmo y la insolidaridad, el desmantelamiento del Estado y de lo que representa es quitar el último resquicio que queda para la resolución de lo que afecta a todos. Más allá del Estado está la jungla: la económica, la política, la delictiva.
Existe una excepción al desmantelamiento del Estado, nos dice Galbraith: el Ejército. Para Galbraith esta excepción es la traducción de dos cosas: el deseo de protección de esa mayoría satisfecha, que obtiene así seguridad, y el peso económico de la maquinaria militar que es una fuente de riqueza para muchos. Con su poderío, el Ejército acaba convirtiéndose en un ente autónomo capaz de generar sus propios niveles de gastos que van creciendo y alimentándolo. Los gastos de defensa, señala Galbraith, casi nunca se discuten porque siempre se pueden invocar peligros y guerras posibles. Y si no, se fabrican para justificarlas, como las intervenciones en Granada, Panamá, y el Golfo, finalmente.

Galbraith analiza varios procesos internos del mundo empresarial. Analiza la peculiar estructura generada por las sociedades anónimas frente a las empresas tradicionales. Con la llegada de estas grandes empresas, se ha formado una nueva casta que es quien realmente tiene el control de la vida económica con un riesgo menor en relación con los accionistas:

En cuanto gerentes y directivos han escapado al control de los accionistas, han pasado a maximizar crecientemente sus propios beneficios. Lo han hecho en forma de salarios y opciones sobre las acciones; beneficios de jubilación; utilización personal de activos empresariales excepcionalmente caros y diversos, con cierto énfasis especial en los aviones; cuentas de gastos y retribución en especies; paracaídas dorados que protejan de una pérdida de poder; y otras recompensas financieras. (72)

De nuevo pone Galbraith sobre el tapete un elemento de gran actualidad desde la crisis financiera de 2008: el papel de los directivos y agentes de las empresas y los riesgos que han asumido en relación con las empresas, sus accionistas, etc. No tenemos más que pensar en la indignación causada por las indemnizaciones millonarias que los responsables  de los desastres económicos de la última crisis, algunos auténticos delincuentes por sus prácticas, cobraron. La clase se protege entre ellos mismos, garantizándose siempre las espaldas cubiertas al margen del resultado. Ganan cuando gana y ganan cuando los demás pierden. En Estados Unidos se prohibió expresamente que el dinero de reflotamiento de empresas fuera a parar a los directivos que las habían hundido.
Como resumen, Galbraith señala:

Tenemos en este momento democracia, una democracia de los cómodos y satisfechos. […] La democracia de la satisfacción es la política del sosegado a corto plazo, del pensamiento político y económico acomodaticio y del poder militar autónomo y dominante. (177)


Pero el futuro puede cambiar y los cambios se producirán cuando la cuerda se tense demasiado y se den una serie de circunstancias conjuntamente:

La presente era de la satisfacción llegará a su fin cuando y sólo si los procesos adversos que fomentan perturben la impresión de cómodo bienestar, si es que llegan a hacerlo. Existen, junto a la convocatoria seria y políticamente victoriosa a los desamparados que ya he mencionado, tres posibilidades factibles más de que ello sucediera. Estas posibilidades son: un desastre económico generalizado, una actuación militar adversa asociada a un desastre internacional y la irrupción de una subclase furiosa. (179)

Si salimos del ámbito estadounidense en el que Galbraith se mueve, no es difícil ver que podemos estar en los inicios avanzados de dos de las tres características señaladas por el economista. La crisis actual, continuación de la que no se ha podido controlar anteriormente, a la vista de los resultados, anticipa una situación económica muy difícil para muchos países. Esto no es futuro: lo tenemos todos los días en nuestros noticiarios. Si no se consigue atajar la crisis y se sigue extendiendo, veremos qué consecuencias sociales trae. El desmantelamiento de los Estados y su endeudamiento pueden llevar a que esas defensas necesarias para afrontar las crisis desemboquen en lo que Galbraith llama una “subclase” (ante la resistencia norteamericana a hablar de “clases”). También lo estamos viendo hoy en distintos países. Esta subclase es la que se manifiesta por la progresiva depauperación a que se ve sometida, por el empeoramiento constante de sus condiciones de trabajo, por el aumento constante de las distancias sociales y  los recortes presupuestarios.
Lo malo de todo esto, más allá de los hechos en sí que ya lo son, es que el diagnóstico no tiene más herramientas que el aparato teórico que lo causó. Volvemos a lo dicho en otras ocasiones: a los remedios homeopáticos. Como señala Galbraith al final de la obra:

Por desgracia hablamos aquí de una democracia de los que sienten menos urgencia de corregir lo que está mal, de los que están más y mejor aislados por la comodidad a corto plazo de aquello que podría ir mal. (199)

Si el estímulo es uno de los componentes teóricos del sistema económico, la comodidad es un estímulo a hacer menos en el camino de la solidaridad y la justicia. Al final, es lo que tenemos: un mundo con ricos más ricos y con pobres más pobres. ¿La solución? Para algunos, leer las autobiografías de los hombres de éxito.
Una lectura altamente recomendable para todos sin distinción.


* John Kenneth Galbraith (1992, 2011): La cultura de la satisfacción. Ariel, Madrid. 207 pp. ISBN: 978-84-344-6953-2. [Reedición de 1992 con nuevo prólogo de Santiago Niño Becerra].