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lunes, 3 de agosto de 2020

Los muertos o una vieja pandemia llamada egoísmo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El periodista del diario El País trata de atenuar con la mención al alcohol bebido la rotundidad de la frase que, irónicamente, ha sido usada como titular, "“Sinceramente, los muertos me dan igual”". La frase ha espantado a los propios compañeros de juerga en la noche de botellón playero. “Ley de vida. Sé que es duro lo que digo. Pero es lo que pienso”, dice terminando de arreglarlo. La explicación de sus compañeros va por otras vías, menos indiferentes, menos frías, las de los dependientes: “No pueden evitar que bebamos. Si no hiciéramos el botellón aquí lo haríamos en un salón pequeño. ¿Qué es más peligroso?”. Y añaden:  “Somos jóvenes, queremos socializar, tenemos ganas de pasarlo bien…” Sí, toda una filosofía de la vida.
A diferencia de los pueblos fatalistas que daban por supuesto la llegada de las calamidades, nuestras sociedades modernas lo ven desde la naturalidad del placer. Es la infancia prolongada, cargar con la infantilidad entendida como irresponsabilidad placentera ante un mundo que les irá cargando con responsabilidades, que se traducen en penas y penurias, en el cierre del placer sin responsabilidad y en las exigencias de lo cotidiano, que se transforma radicalmente. Fuera del paraíso, al dolor del mundo.

En un interesante documental (Once were Brothers. Robbie Robertson and The Band, Daniel Roher 2019) ) sobre el grupo musical The Band, que tuve ocasión de ver ayer, el que fuera líder del grupo Robbie Robertson, hacia desde nuestro tiempo el análisis de lo que había llevado a la disolución del grupo y el hundimiento y muerte de tres de sus cinco miembros. En sus orígenes se habían constituido en casi una familia en la que vivían felices en una cabaña estudio de grabación en mitad de la zona boscosa de Woodstock.
En un viaje a París, Robertson conoció a la que sería su esposa. Conforme crecía su relación, se volvía más responsable. Se casó y pasó a tener hijos; era el único que quedó componiendo porque era el único que mantenía la cabeza en su sitio. Sus compañeros se hundían en las drogas y el alcohol, quedando incapaces de componer. De los cinco miembros, solo quedan dos vivos. El resto truncaron sus vidas y se quedaron por el camino, improductivos, estériles para la música y cada vez más complicadas sus relaciones fuera del grupo. Es una historia que se repite en la época. La esposa de Robertson, se nos dice al final de documental, se especializó es Psicología de las Adicciones. Tuvo buen material.
La lectura del artículo en El País me ha traído el recuerdo del documental y la reflexión de Robbie Robertson sobre la incapacidad de madurar de sus compañeros y su efecto destructivo. Me ha causado una profunda tristeza, una sensación de frustración intensa. ¿Es un problema de madurez?, habría que preguntarse. Que no te importen los muertos o que antepongas tu bebida como una necesidad a la vida quizá lo sea. La madurez, como señalaba el cantante y líder de The Band, era una cuestión de prioridades, de saber qué es más importante en la vida, tener claro qué pones primero y qué dejas por el camino.
Filósofos, psicólogos y sociólogos, entre otros, nos advierten de este efecto perverso, de este complejo de Peter Pan masivo que nuestra sociedades modernas padecen y que se ven sometidas a estas pruebas de contención o quizá habría que llamar de continencia.


Nuestra sociedad consumista se basa en ofrecernos lo que deseamos, ofrecérnoslo sin límite. Si ese deseo implica adicción, del azúcar y el chocolate al sexo o la violencia, mejor. Se crean necesidades fijas que permite mantener el mercado. Te dejan elegir tu adicción.
Si el budismo predicaba la renuncia como base de rechazar el sufrimiento y casi todas las morales han predicado la contención, en nuestra sociedad de consumo, la renuncia es un acto subversivo que corta los lazos con el conjunto, que nos deja fuera. La claridad de la oposición "economía" vs "salud" ha llevado al extremo el problema.
Nuestra sociedad está sostenida sobre esa base de la demanda y del capricho, una forma incentivada de darte el lujo o la satisfacción de no renunciar a lo que te gusta bajo ninguna circunstancia. Es el anti budismo; solo la adicción aplaca el tedio de vivir.


Hoy, el mercado dedica millones a comprender los comportamientos, a buscar los resortes de la adicción para poder llegar a ti y que bajes tus defensas, si es que las tienes. No debe extrañarnos, los escándalos de las compañías tabaqueras incrementando la adicción o de los azúcares nos han dejado claro que la industria no se frena a menos que se formules estrictas formas de control. Lo imprescindible no necesita de mucha promoción; lo superfluo, en cambio, necesita de la argumentación, de la presión constante. La idea de la sociedad de consumo no es nueva, la tenemos desde los años 50; el despegue de la televisión como manera de influencia en los hogares se sumó a los otros medios, especialmente a la radio, de la que fue modelo. Una de sus primeras consecuencias es la segmentación de los mercados, especialmente en grupos de edad de consumidores.


La creación de estos grupos de edad-consumo se ha ido distorsionando conforme los efectos de la desigualdad creciente por efecto de las crisis económicas sucesivas fueron afectando al poder adquisitivo de los jóvenes, derivado en gran medida de sus propias familias.
La crisis del empleo juvenil, la precariedad de esos empleos y su baja remuneración, la conversión de la formación en negocio, la tecnificación rutinaria de la educación, su deshumanización, etc. ha llevado a una modificación y distanciamiento de las relaciones intergeneracionales. También a una incapacidad de ahondar, condenados a lo superfluo.  El COVID19  ha dejado al descubierto nuestras carencias sociales y psicológicas, nuestras crisis endémicas. Una generación ya ha crecido con el sentimiento de que la vida no es seguir tu vocación sino coger lo que te llega, las migajas que la generación anterior te deja caer, antes de que todo empeore. No le importas a nadie y nadie te debe importar a ti. El nuevo nihilismo. "No nos van a quitar la bebida también".


Lo más penoso de ese reportaje es la sensación derrotista que transmite y que hemos mencionado en escritos anteriores. Es un fatalismo que va desde "los muertos me dan igual" al "¿dónde quieren que bebamos?" Como bien señaló Robbie Robertson es el sentido de la realidad lo que te ata a la vida y lo que te permite fijar tus prioridades. Si no lo haces, todo es un deslizarse hacia el desastre social y personal.
Lo que decimos tiene mucho que ver con lo señalado por Paul Krugman y comentamos aquí en nuestro post anterior: la entronización del egoísmo, convertido así en principio rector de la vida y las relaciones sociales. Yo soy el "centro" y a eso le llamo "libertad". "Sinceramente, no me importan los muertos" podría ser su lema. Su traducción podría ser también "no les debes nada", aunque vivas de ellos, un sentimiento bastante extendido y que ayuda a calmar los remordimientos.
Leemos en el artículo de El País:


Alexandra entiende las sanciones porque “lo primordial es la salud”, pero también opina que no pueden dejarles “sin nada”. “Si nos cierran las discotecas, ¿dónde quieren que bebamos?”, se pregunta. Entre las decenas de corrillos que la noche del viernes se formaron a lo largo de los 1.100 metros del arenal, se escuchaba mucho francés, alemán e inglés. Frente a la discoteca Shoko, cerrada, un grupo de alemanes se montó su propia fiesta fumando canutos y pasándose las botellas de mano en mano. “¡Viva Barcelonavirus!”, gritaba uno, claramente ebrio.



Quizá combaten así su propio miedo, tanto al coronavirus como a la soledad, al vacío que supone cortar los lazos de la tribu, salirse del ritual que suple muchas otras cosas.

Las imágenes grabadas en una discoteca con el DJ subido a la barra escupiendo una bebida sobre los que estaban felices, a su bola, debajo, dice mucho de algo más que la irresponsabilidad. Tiene mucho de provocación, de desafío. Da igual que el DJ se haya arrepentido y pedido perdón. Es fácil echarle la culpa al alcohol, otro pilar de esta forma de vida. Sin beber, queda poca cosa.
La imagen de esos jóvenes que durante el confinamiento se ofrecían voluntarios para llevar comida a los ancianos ha quedado diluida en estas nuevas viejas imágenes, las que ha propiciado el verano de este nefasto 2020 y que pueden ser antesala de lo que nos espera.
Sinceramente, sí, deberían importarnos los muertos, los contagiados, los que están en las UCI..., pero también deberían importarnos a los que nos les importan los muertos, los que están contagiados por una vieja pandemia llamada egoísmo.


* Carlos Garfella Palmer "“Sinceramente, los muertos me dan igual”" El País 01/08/2020 https://elpais.com/espana/catalunya/2020-08-01/sinceramente-los-muertos-me-dan-igual.html

jueves, 16 de julio de 2020

¿En serio?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¿Qué diferencia hay entre abrazarse para celebrar ganar una competición deportiva y abrazarse para celebrar una cuarta mayoría absoluta? ¿Qué diferencia hay entre contagiarse en una reunión de más de diez familiares o en una reunión de más de diez colegas del partido? ¿Dónde es mejor contagiarse, en un bar, en el trabajo, en el estadio deportivo o en casa? ¿Tiene más posibilidad de contraer el coronavirus el "pichichi" de la Liga que el portero más goleado con el que nadie celebra?
Habrán sospechado que las preguntas son absurdas, pero cotidianas, reales. Son preguntas que surgen al hilo de lo que nos explican y de lo que vemos y no entendemos.
La prensa ayer y hoy nos muestran la efusiones post electorales en el Partido Popular. Celebrar un buen resultado con un mal ejemplo no parece muy de recibo, pero es lo que han hecho y nos han repetido en cada telediario. Achuchones y más achuchones cuya función es mostrar la unidad. Aquí nadie se choca los codos o hace inclinaciones como el primer ministro holandés, temeroso de que el mediterráneo Sánchez le haga el abrazo del oso comunitario.

Hemos visto al ministro Illa repartiendo carpetas a todos los colegas, incluido el presidente de gobierno. ¿Costaba tanto tener las carpetas repartidas y convenientemente desinfectadas sin necesidad de que pasaran de mano por mano? Probablemente no, pero hay que pensarlo. Y la mayor parte de lo que hacemos, no lo pensamos; están automatizados los pequeños gestos. Y son los gestos pequeños los de más riesgo.
La mezcla constante de los niveles de la pandemia, de los biológicos a los familiares, sigue siendo uno de los mayores absurdos en la comunicación. La amistad, la familia, los clientes, etc. no son más que variables humanas. "¡Pero, mírale!, con esa carita de ángel, ¿cómo me va a contagiar?" Desgraciadamente, el coronavirus no tiene familia.
El hecho de que el 40% de los contagios se estén produciendo en reuniones familiares debería alertarnos y reaccionar ante una situación, por un lado, muy compleja, pero por otro terriblemente clara.
El descenso de la media de edad de ingresos en las UCI se interpreta precisamente como un vuelco en la forma de producirse los contagios. Son las interacciones sociales las que determinan las posibilidades de contagiarse. Así de claro. El ambiente laboral está más controlado, hay un orden externo, sanciones incluso. En el familiar, por el contrario, se tiende a la relajación y a tener una menor presión externa. Es más sencillo organizar un entorno laboral seguro; es bastante más complicado organizar un ambiente informal, como es el familiar o el de las amistades. Son, por definición, ambientes poco normativos.


No tiene nada de particular, entonces, que el segundo foco de contagios sean los bares y lugares de ocio, donde precisamente lo que les caracteriza es la ausencia de orden y las posibilidades de expansión. Da pena ver a los dueños o encargados de las discotecas explicar que se va a mantener el orden y las distancias en sus locales. El que va a una discoteca va precisamente a un ambiente relajado, informal, de interacción intensa. Y luego regresan a sus casas y al día siguiente a trabajar.
Queremos que lo que se ha llamado la "nueva normalidad" (cada vez es más complicado entender el término" o dejar de entenderlo utópicamente) se parezca lo más posible a la "vieja normalidad". Vemos explicar una y otra vez que la mascarilla da agobio y calor, que es incómoda en la playa, que solo la puedes retirar en el momento de la consumición (¡sí!).


Por lo general, las epidemias han sido incómodas. Contagiarse puede ser molesto y morirse bastante más molesto. Pero, sobre todo, es molesto ser contagiado por la irresponsabilidad algunos.
La diversión y la relajación es la contrapartida para el equilibrio de unos entornos laborales cada vez más enrarecidos, presionados y angustiados por las consecuencias para el futuro. Pero ¿es tan difícil entender que lo que hacemos en los momentos de ocio— encuentros familiares, amigos, y un amplio y apetecible etcétera— tiene la máxima repercusión en la economía y en el ámbito laboral, que tanto nos preocupan? No creo que sea complicado entender que una UCI abarrotada no distingue entre el que se ha contagiado en el trabajo o celebrando una despedida de soltero, en un cumpleaños o en un funeral.


Los nuevos confinamientos perimetrales, los cierres de edificios, barrios, pueblos, comarcas, provincias o autonomías dependen del comportamiento individual y su transmisión posterior a los grupos, que se van ampliando más y más. Un cafetito, una cervecita con los amigos, una charla a mascarilla bajada con un familiar, vecino o desconocido, pueden ser el principio de un gran contagio. Y así ocurre. Ahora el problema es que no hay "rastreadores", es decir, que cuando te infectas, tardan mucho tiempo en detectar con quién has estado y ha podido ser contagiado iniciando una nueva rama de contagios. Siempre hay algún problema de carencia de algo, de poca financiación, antiguas crisis que recortaron, etc. Pero todo eso es importante porque nuestra dejadez se traduce en costes económicos y humanos, vidas y secuelas irrecuperables.


Quizá nos hemos equivocado desde el punto de vista de la comunicación y en vez de mostrar a los sanitarios aplaudiendo cada vez que un paciente vencía a la enfermedad, se debería mostrar a los sanitarios llorando cada vez que alguno fallece, mostrar los entierros o incineraciones. Pero había que restar importancia y sembrar optimismo, "¡esta epidemia la vamos a vencer!", ¿pero quién? El estallido de algunos sanitarios viendo la conducta irresponsable de muchos está justificado. Pero siempre habrá alguno que diga "¡para eso le pagan!". Pues, sí, y muy mal, por cierto.
 Leemos en el diario El País de hoy sobre los casos en la Comunidad de Madrid:

El último foco, notificado este miércoles, se produjo en cinco de las ocho personas que asistieron a una cena en un domicilio particular de Madrid capital el pasado 4 de julio, lo que ha provocado el seguimiento de 61 personas en Galicia, Castilla y León, País Vasco, Cataluña y Andalucía, lugares a los que regresaron cinco de los contactos, tres de ellos positivos.
De los 739 casos restantes no hay más información oficial que proceden del “ámbito familiar principalmente” con la que responde la Comunidad, que asegura que no notifican más “porque los brotes son con más de tres casos fuera” del entorno domiciliario.*



Se está gestando toda un género periodístico emocional que pondera lo mucho que sufrimos cuando no nos abrazamos o achuchamos; otros van por la vía del trauma infantil al no ser abrazados por sus yeyos y viceversa. Como decían no hace mucho en la televisión, ahora se veía la tristeza en sus ojos. Igualmente por la ausencia de visitas a los ancianos en las residencias, etc. La variantes emocionales son múltiples.
Ya no vemos tanto perro paseando desde que podemos salir sin ellos. El furor del amor perruno hizo que los psicólogos veterinarios (o los veterinarios psicólogos, que no lo tengo claro) advirtieran sobre los efectos posteriores cuando regresaran a su "vieja normalidad", la del paseo a la esquina y vuelta, que para muchos animales ha sido su rutina.


Cada vez hay más personas con la mascarilla bajada y hablando por teléfono. Todo tipo de variantes, desde el cigarrillo al deporte, de la alergia a la angustia, con tal de no llevar puesta la mascarilla. Es preferible invertir tiempo en estas ingeniosas formas de cubrir nuestra irresponsabilidad que en cumplir con el objetivo. Han tenido —para vergüenza nacional— que explicar y fijar legalmente cómo hay que llevarla puesta: ni en codos, ni garganta ni en la mano, sino cubriendo boca y sobre el tabique nasal. Muchos, parece, no habían leído las instrucciones, quizá por una letra demasiado pequeña.

Baleares ha tenido que tomar medidas de cierre de locales de ocio que se habían tomado como zona franca, por no decir salvaje. Las encuestas nacionales dan cada vez más apoyo a la toma de medidas sancionadoras contra quienes no cumplen. Mucha gente comienza a estar harta de los irresponsables, de tomar ellos precauciones, cuando hay otros que alardean de incumplir la normas o te miran a la cara con descaro. Esto se veía venir y lo advertimos. Pronto habrá incidentes con las personas desesperadas por tener que cerrar al enfrentarse con aquellos que son la causa de los cierres con su falta de compromiso y responsabilidad.
Aquello de "apelar a la ciudadanía", civilizadamente, va quedando atrás, ante la actitud de muchos que no se sienten concernidos porque unos son "jóvenes indestructibles", o porque el mundo les resulta indiferente, como venganza existencial o porque son del "turismo de exceso" o del exceso turístico. El daño —es importante entenderlo— afecta al conjunto y, por ello, a los mismos irresponsables que pueden verse otra vez condenados a sacar a perros y sobrinos recuperados y por los que sienten un amor renovado.
Los que están ahora limitados a sus casas y a sus pueblos o barrios, maldita la gracia que les hace. Las empresas, comercios, autónomos, etc. que se ven frenados en seco necesitan de la responsabilidad de todos. Por ello, ¡menos abrazos políticos, menos compartir carpetas sobre la mesa, menos celebrar los goles o el premio del Euromillón, menos cumpleaños y despedidas, no sea que acaben convertidos en funerales, que también, por cierto, son fuente frecuente de contagios.
El caso contado de la comida en Madrid y su posterior regreso a cuatro o cinco comunidades autónomas con el virus dentro debería despertar el sentido común. La contrición vale de poco. Y dudo, además, que la haya.



* Pablo Linde e Isabel Valdés "El misterio de Madrid: por qué con tantos casos tiene solo cuatro brotes" El País 16/07/2020 https://elpais.com/sociedad/2020-07-15/el-misterio-de-madrid-por-que-con-tantos-casos-tiene-solo-cuatro-brotes.html

viernes, 3 de julio de 2020

Los síntomas de la estupidez

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Sí, se sabía desde hace mucho tiempo, pero el COVID-19 nos lo ha dejado claro con esa nitidez de la evidencia diaria: los tontos son sintomáticos. La inteligencia se puede esconder, pero la estupidez no. Sus síntomas acaban saliendo a la luz.
La cuestión queda más clara cuando leemos el titular de La Vanguardia que me ha hecho dar un salto en mi silla inestable: "Fiestas del coronavirus en Alabama: gana un bote el primero en contagiarse"* Tras recuperar la respiración, me adentro en el texto que describe los procelosos mares de la estupidez humana.

Este jueves se confirmó lo que llevaba días siendo un rumor: algunos jóvenes están celebrando fiestas en Tuscaloosa para ver quién se contagia antes con el coronavirus. Sí, la estupidez humana no tiene límites como decía Albert Einstein. Según ha explicado la concejala de esta ciudad del estado sureño de Alabama, Sonya McKinstry, estos universitarios buscan infectarse a propósito.
El estúpido juego consiste en invitar a una fiesta clandestina a alguna persona infectada con la Covid-19. Los presentes ponen dinero en una olla y el primero que demuestre, días más tarde, que se ha contagiado se lleva todo el bote, según informa la CNN o la agencia AP.
McKinstry confirmó enfurecida que estas “fiestas del coronavirus” eran una realidad según las investigaciones médicas y del propio estado de Alabama. Tienen constancia de que se han celebrado varios eventos de este estilo en la ciudad y en sus alrededores, aunque temen que el número total sea mucho mayor del que creen.
“Me pone furiosa el hecho de que algo tan grave y mortal sea tomado de esta forma. No solo es irresponsable, también puedes contraer el virus y llevarlo a casa con tus padres o tus abuelos”, advierte la concejala recordando que aunque los jóvenes sean más resistentes a la enfermedad pueden contagiar a familiares en situación de riesgo.*


Nosotros teníamos a la "tonta del bote", que era un genio en comparación con estos tarados universitarios. ¿Por qué será que nuestras universidades producen estos irresponsables, que se creen inmortales y que les importan un bledo la vida de los demás? hay que contestar urgentemente esta pregunta y hay que hacerlo antes de que comience el próximo curso, que puede ser el mayor ejercicio de irresponsabilidad mundial en las aulas.
Las noticias televisivas nos mostraban hoy al ministro Illa diciendo "No me ha gustado, no me ha gustado, no me ha gustado", un triplicado de gravedad ante las noticias de las fiestas y festejos irresponsables, mayoritariamente de jóvenes. Las fiestas han sido clausuradas oficialmente, pero se celebran ilegalmente bajo las miradas de los municipales del pueblo correspondiente que prefieren no liarla más, no sabemos si con buen o mal criterio, pero desde luego, con muy mal ejemplo. Vamos a tener el mayor espectáculo veraniego de fiestas clandestinas e irresponsables.


Lo estamos viendo en terrazas, discotecas, calles, playas... y pronto lo será en muchos más espacios conforme se vayan abriendo y se produzcan más interacciones. Ya no es posible esconderse tras la ignorancia, pero queda la estupidez congénita, la del que le da igual saber. Hay que reconocer que es un porcentaje de la humanidad, algo sobre lo que los filósofos y tratadistas no han querido adentrarse. Prefieren halagarnos con la "razón", la "sabiduría" y el "bien", pero sabemos por los hechos que precisamente eso es lo que repiten por su carencia. Cada día descubrimos que, como el coronavirus, aumenta el número de sintomáticos de la estupidez, deseosos además de exhibirla, pues una de las leyes que determinan este tipo de comportamiento es que hacer el tonto en casa no tiene gracia, se necesita público, risas, celebración ritual de la tontería.
Pero lo de Alabama traspasa cualquier (toquemos madera) nivel de estupidez irresponsable  de las conocidas hasta el momento. faltan palabras...o quizá sobran.

La estupidez en los Estados Unidos es un continuo que va de las casas más humildes hasta la Casa Blanca, donde se ha instalado, por elección, al mayor ignorante que ha ocupado el despacho oval.
Lo que ocurre en Alabama no se queda en Alabama. La tontería fluye y la simple noticia inducirá a estudiantes de todo el mundo a hacer lo mismo. De igual forma, las celebraciones sintomáticas de nuestros jóvenes se irán esparciendo porque ¡cómo vamos a dejar de hacer los de Villaseta de Arriba lo que hacen los de Villaseta de Abajo! La estupidez es contagiosa y pronto los que la ocultaban bajo títulos, cargos y matrículas de honor, se lanzarán al espectáculo de su gloria efímera grabada con teléfonos móviles.
Al tonto de hoy le basta el selfie. Las noticias sobre los que se matan por hacerse un selfie en sitios o situaciones peligrosas han dejado de ser noticia. Pero siempre habrá un innovador, alguien que alcanza la gloria por la vía estúpida. Los ejemplos nos llegan con claridad y fluidez.


¡Tuscaloosa es un insulto a la inteligencia y a muchas cosas más! A los muertos, a los que se juegan la vida por salvar las de otras. El triple enfado del ministro Illa necesitaría de contundencia en Alabama, tal como han señalado sus autoridades.
Es en Tuscaloosa, Alabama, USA. Pero no nos engañemos, ahora mismo se están viviendo estupideces similares en muchos lugares próximos o lejanos. Esto ha salido a la luz en Alabama, pero podrían encontrarlas en algún lugar de La Mancha, más arriba o más abajo. 
La mayor parte de los rebrotes se están produciendo en fiestas y celebraciones. Las llaman festejos familiares y fiestas privadas, pero las imágenes que nos llegan son de irresponsables celebraciones callejeras por fiestas patronales o simplemente porque es viernes y se busca la rutina de cada viernes. Luego edificios, barrios, pueblos cerrados. Y la queja por la economía, las culpas a un "paciente cero" llegado de no se sabe donde, etc.
Un detalle estadístico: nos dicen que la edad media de los contagiados ha bajado mucho, lo que hace que haya muchos pero menos muertes. Eso quiere decir que el factor "convivencia" se hace cada vez más peligroso. La fiesta se lleva a casa, como bien señalaba la concejala McKistry, de Tuscaloosa.
Los hay que se contagian porque se tienen que ganar la vida y en los campos, factorías, empresas, cárceles, etc. no tienen las condiciones para protegerse. Pero los que lo hacen en fiestas y celebraciones no tienen más excusa (¿la necesitan?) que su propia estupidez. 



Son muchas las preguntas que la manifestación de este tipo de comportamientos suscita. The Washington Post no habla de cómo un hombre que asistió a una fiesta sin mascarillas le pidió perdón a su familia antes de morir por el COVID19. Esto solo conmueve a los que son capaces de entenderlo. A los tontos manifiestos que se la juegan a ver quién es el primero en contagiarse, en cambio, no les dice nada o lo considerarán "un pringao". Su universo mental es impenetrable por su simpleza. Nada importa, solo la emoción que rompe el tedio. Un mundo sin fiestas, sin celebraciones, no tiene sentido para ellos. ¡Menudo veranito nos espera!


* "Fiestas del coronavirus en Alabama: gana un bote el primero en contagiarse" La Vanguardia 3/07/2020 https://www.lavanguardia.com/vida/20200703/482059489859/fiestas-coronavirus-alabama-primero-contagiarse-tuscaloosa.html