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miércoles, 11 de octubre de 2023

El Día de la salud mental y el sistema educativo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Hemos construido una extraña sociedad en la que se necesita certificar todo por nos consideramos ignorantes e indocumentados. Ayer, día 10 de octubre se celebraba el Día de la Salud Mental, un ejemplo más de cómo la sociedad gestiona sus grandes y pequeños problemas. En un día como ese, leemos el siguiente titular de RTVE.es "El profesorado pide más formación en salud mental: "No tenemos pautas, más allá del sentido común"". El texto está firmado por Andrea Voinescu y refleja, una vez más, nuestras propias limitaciones al "tecnificarnos", es decir, al convertir todo y cada uno de nuestros problemas en una "especialidad": 

Los niños y adolescentes pasan gran parte de su día a día en sus centros educativos. En ellos aprenden, crecen y se desarrollan de la mano de sus profesores. Sin embargo, el aumento de los trastornos de salud mental en los menores sobrevenido tras la pandemia, ha revelado la sobrecarga y la falta de herramientas de los docentes a la hora de enfrentarse a una situación de este tipo. "Cuando llega un alumno con un problema no tenemos unas pautas establecidas. Al final, un profesor es alguien que aprueba una oposición y es especialista en un ámbito, pero no sabemos cómo actuar más allá de lo que el sentido común te dice". Así explica Raúl Fernández, profesor de economía de un instituto de Celanova (Ourense) a RTVE.es lo "indefenso" que se siente cuando llega un momento así.

La depresión, la ansiedad o los trastornos por déficit de atención e hiperactividad se cuadruplicaron tras el confinamiento y los comportamientos suicidas subieron hasta el 59%, según datos de la sociedad psiquiatría infantil. El ascenso de autolesiones también se ha visto incrementado. Según un estudio de la Universidad Rey Juan Carlos publicado en 2022, un 28% de los menores en España ha llevado a cabo esta práctica.

"La adolescencia son años muy complicados" relata Raúl, que denuncia que "no estamos ni formados ni informados" para poder ayudar a los jóvenes. "Estoy seguro de que todos los profesores y profesoras tomarían una formación en salud mental con los brazos abiertos", explica. "Además -añade- sería más fácil si tuviéramos unas directrices a seguir o un especialista en el instituto que sí tratara estos temas".*


Esta especie de orfandad del conocimiento da por hecho la incapacidad para enfrentarse a situaciones tal como las reflejadas, pero ignora varias cosas: la primera es que da por descontadas las causas, como cuando se indica la pandemia (el origen de todos los males) e ignora, por lo que leemos, hasta qué punto son los propios centro educativos generadores de trastornos como los señalados.

Según lo expresado, los centros son lugares en los que el docente se enfrenta a esos estados de depresión, ansiedad, déficit de tención e hiperactividad. Estas cuestiones las llevamos tratando aquí desde hace mucho. Evidentemente eso se detecta en los centros. Pero basta esperar un poco más para que se detecten en los centros de trabajo. Hace apenas unos días hablábamos aquí también del "bossing", expresión acuñada para los jefes tóxicos. Al "bossing" se le añade el "bullyng", el "cyberbulling " y toda una serie de etiquetas que hacen las delicias de los medios al dedicar su tiempo y espacio a explicarlas.

La cuestión que se plantea entonces es peliaguda: si se da de la guardería hasta la jubilación (también los mayores tienen sus propios trastornos específicos), ¿no seremos una sociedad enferma? ¿No seremos la víctima y el criminal o, como diría el poeta Baudelaire, el puñal y la  herida?

Si sumamos las quejas, nos damos cuenta de que no es solo un problema del sistema educativo, sino de la totalidad de la sociedad, algo que nos cuesta admitir, pero que no podemos dejar de hacerlo.

Por algún motivo que nos resistimos a encajar, nos encontramos mal, nuestras cifras de descontento y malestar en todos los niveles revelan lo mismo: nuestra debilidad. Por qué lo somos es algo que se nos escapa, probablemente porque sea parte de nuestra propia enfermedad no comprenderlo. Somos una sociedad de la queja, una sociedad que dice no comprender, pero que básicamente no reconoce. Esa queja continua es precisamente la que se manifiesta en el sistema educativo: no nos forman para comprender al enfermo cuando esa enfermedad somos nosotros mismos, en crisis permanente. La queja permanente solo refleja nuestra incapacidad de aceptarnos como causa, como origen del problema.


Podemos dirigir toda nuestra artillería retórica hacia el alumnado, pero ¿qué decir del estrés que sufre el propio profesorado, sometido a incontables procesos en los que se juega con su estabilidad, no solo profesional  sino emocional y mental?

Desgraciadamente, los suicidios de profesores que viven bajo tensión constante por su destino laboral, por su ambiente competitivo muchas veces realmente agresivos, con interminables procesos burocráticos y las tensiones por las respuestas esperadas, por las evaluaciones, etc. etc. están ahí. El sistema consideró que tenernos a todos bajo presión era una forma de asegurarse una mal entendida "calidad". Y esto se importó de fuera, de otros sectores, y se aplica a todos. Es un sistema estresante porque busca el límite. No nos extrañemos que esa tensión acabe pasando a los alumnos mismos que padecen el estrés del profesorado.

Si todos aceptáramos que somos el problema, sería más fácil encontrar la solución. Hasta ahora, con la mejor voluntad, solo pensamos que los otros no nos dan la solución. Pero esa solución solo es el cambio social, algo que solo puede surgir si somos capaces de ver nuestro problema.

Cuando día tras día, sector tras sector, nos encontramos con el mismo problema, eso que llamamos "salud mental", ante lo que nos encontramos impotentes, es que el problema está más extendido de lo que pensamos. Ya forma parte de nuestra normalidad.

Una sociedad que necesita de muchos dedos acusadores para apuntar en todas direcciones menos hacia nosotros mismos es ya un problema en sí misma. Si nos comprendemos como parte del problema, mejoraremos bastante porque trataremos de descubrir qué parte debe mejorar en nosotros mismos para causar menos presión sobre los más dañados.

Necesitamos más "humanidad", ver el mundo de otra manera. Necesitamos otro tipo de relaciones y no esta tensión continua, esa inestabilidad que quita el sueño, esa precariedad que nos angustia cada mañana. Un mundo más amable y comprensivo no es un mal futuro. Seguro que se reducen muchos males si recuperamos ilusión. 

Esta mañana alguien me preguntó "si el mundo se iba a acabar".  

 

* Andrea Voinescu "El profesorado pide más formación en salud mental: "No tenemos pautas, más allá del sentido común"" 10/10/2023 https://www.rtve.es/noticias/20231010/formacion-salud-mental-asignatura-pendiente-del-profesorado-no-tenemos-pautas-mas-alla-del-sentido-comun/2457469.shtml

sábado, 8 de abril de 2023

Estrés o échale la culpa al virus

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

No sé muy bien cuánto tiempo nos van a durar los efectos de la pandemia y el confinamiento, pero me temo que nos va a durar más nuestra tendencia a echarle la culpa de nuestros estados futuros. La pandemia lleva camino de convertirse más en una excusa que en una explicación.

En 20minutos han realizado una encuesta telefónica con más de mil consultados con motivo del Día Internacional de la Salud y los resultado obtenidos nos muestran bastante peor en todo los aspectos, tanto de la salud física como de la mental, sobre los que se nos ha preguntado por parte del Instituto DYM, el encargado de realizar la consulta. En el artículo en el que se recogen los resultados se nos comienza diciendo: 

Si bien la pandemia hace tiempo que dejó de ser un asunto de primer orden, sus efectos se resisten todavía en el día a día de los españoles. Las secuelas mentales y físicas que generó la crisis sanitaria parecen mantenerse entre la ciudadanía, que manifiesta hoy una salud —mental y física— deteriorada respecto a hace cuatro años. Si en 2018 un 75% aseguraba que su salud era, en general, algo buena o incluso muy buena, en 2022 ese porcentaje se ha desplomado 16 puntos hasta el 59%. Lo mismo sucede con el estado de ánimo, que antes de la covid era bueno para una gran mayoría (el 86%), que ahora ha pasado a ser del 74%. *

 

Es cierto que en muchos campos sí se comprueba una diferencia entre el antes y el después, pero lo que está por ver es que sea el coronavirus el que marque las diferencias en este periodo en el que han ocurrido muchas otras cosas, cuanto menos inquietantes para la situación global y que tienen efecto sobre todos.

Los políticos son muy dados a echar la culpa a algún factor extra político, alejándose así de las responsabilidades. El propio tratamiento político de la enfermedad ha podido dejar mucho que desear y todavía tenemos a la Sanidad sublevada por su propio estado.

19/10/2021

En la encuesta se nos dice que "...por edades, las diferencias son poco significativas —son los mayores de 65 años los que manifiestan un mejor estado de ánimo—, pero sí que aparecen disparidades importantes según el género."* Los hombres, nos dicen, son más "optimistas" que las mujeres: solo el 21% de las mujeres dicen ser optimistas, frente al 35% masculino.

El problema de las encuestas es que no pueden preguntar sobre todo. Centrarse en determinados puntos para tener datos y extraer conclusiones válidas no es siempre sencillo, especialmente cuando los conceptos son más bien vagos.

En esta encuesta, se nos dice, resulta una imagen negativa de la percepción que tenemos nosotros mismos, lo que no quiere decir que sea "real" sino lo que "sentimos" o de "cómo nos sentimos". Se nos dice:

La investigación analiza varias áreas relacionadas con la salud, incluyendo la forma física, la gestión del peso, o la salud mental, y concluye alertando de niveles "alarmantemente altos" de estrés y de una "tendencia creciente" de la ansiedad en todo el mundo. 

En España, el estado de ánimo es, de hecho, el ámbito que más desciende respecto a hace cuatro años. Menos de la mitad de los encuestados (el 46%) considera que su estado de ánimo es "algo bueno", lo que supone una bajada de 18 puntos respecto a 2018 (64%). Un 28% sí que sostiene que tiene un estado de ánimo "muy bueno" (crece seis puntos), pero se dispara 10 puntos el porcentaje de españoles que confiesa que su estado mental es "algo malo" o "muy malo": así lo cree el 24%, frente al 14% que lo sostenía antes de la pandemia. 

Que estemos bajos de ánimo, por decirlo así, debería hacernos reflexionar más allá de lo meramente sanitario, porque es sobre todo una forma de sentirnos, algo que va más allá de la propia salud. El peso es algo que se mide perfectamente con tener una balanza, pero la "sensación" de "estar gordo" es otra cosa, una dimensión psicológica que puede reflejar muchos aspectos diferentes. Pero si una mayoría se siente "mal" o "peor" quiere decir algo, por mucho que nos quieran poner datos delante para levantarnos el ánimo. Entonces se le echa la culpa a la pandemia, que se pone como frontera temporal, como un antes y un después. Sin embargo, la pandemia es el fondo del escenario sobre el que se ha escrito la obra, por seguir con la metáfora teatral. No podemos negar su influencia, pero tampoco convertirla en un factor que excluya todos los demás factores en liza.

Como en toda precampaña (ya estamos siempre en precampaña y campaña, no hay huecos), la lucha sobre nosotros trata de llevarnos de un extremo a otro todo es perfecto o todo es un desastre. Ese bombardeo constante, además de la gresca continua, no es precisamente el mejor estímulo para desarrollar un buen estado de ánimo. No podemos aislarnos de nuestro entorno y este es cada vez más presionante debido al ecosistema informativo en el que vivimos. Usamos nuestro entorno para obtener información, que nos llega por oleadas de bits y, de igual forma, los usamos para aislarnos de ese entorno que nos altera. Es difícil ignorar esa tendencia al conflicto, lo que acaba provocando inquietud y angustia.

En el estudio se señala:

En cuanto al estrés, no puede hacerse la comparativa con 2018 porque entonces no registraron datos concretos sobre este ámbito, pero los datos señalan datos igualmente importantes. El 48% de los encuestados dice que su nivel de estrés es "muy malo" o "algo malo"

De nuevo, ellas son las que sufren más estrés: el 57% de las mujeres dice que sufre un nivel de estrés malo; frente al 41% de los hombres. El porcentaje se dispara, además, si se atiene a las respuestas de las personas de entre 18 y 35 años. Casi seis de cada diez jóvenes asume que su nivel de estrés es algo malo o muy malo. * 

Más allá de la fiabilidad mayor o menor de la encuesta en cuanto a su precisión, los datos por mucho que se relativicen no deberían ser ignorados. Padecemos una situación de estrés que es detectable en muchos ambientes, en nuestras relaciones o en nosotros mismos. ¿Es la causa la "pandemia"? Creo que no, aunque no se puede ignorar como un hecho de nuestras vidas. Sin embargo, ¿cuál es su duración?, que es lo que nos preguntamos inicialmente.

Son muchos los indicadores previos que coinciden con esos datos. Son los referidos al empeoramiento de lo que se ha dado en llamar "salud mental" y del que nos llegan cada vez más avisos en forma de encuestas, pero también en formas de latigazos de realidad que nos azotan cada día.

Telemadrid 6/10/2022

Vivimos en un entorno estresante, que nos provoca angustia por distintas vías. Pero todas ellas llevan a la Roma de nuestras cabezas. Los motivos por los que estos se perciban pueden ser perfectamente reales y no solo percepciones subjetivas. El estrés es real, tiene causas reales.

Hay sobreexplotación en los trabajos, inseguridad laboral, crecimiento de hipotecas, aumento de la inflación, de los costes de la energía; hay violencia en las calles, aumento de la violencia de género... y un largo camino de penalidades difícil de ignorar. Nuestro entorno se nos ha vuelto más agresivo y eso tiene efectos en la vida diaria, en nuestra respuesta.

No sé si seguir echándole la culpa a la pandemia es ya suficiente. La única salida a los problemas es enfrentarse a ellos; fingir que no están ahí o que obedecen a causa "subjetivas", a nuestra valoración de lo que nos rodea es pecar de optimistas. Desde hace tiempo, lo positivo es que haga buen tiempo para llenar terrazas y bares, cuando el problema es lo que han subido cafés y cervezas, aperitivos y que todo sale siempre del mismo sitio. Somos el país-terracita, pero eso ya no es suficiente, para dejar de ver lo que tenemos delante.

El País 5/07/2022

Hay que preocuparse por la cuestión del estrés en todos los ámbitos, de la escuela a los trabajos, del tráfico a los hogares. ¿Ha pensado que quizá usted esté contribuyendo al estrés de otros, que se lo está provocando? En la medida en que es una situación que se nos provoca, somo provocadores de estrés, muchas veces sin saberlo, otras porque no nos importa con ese conocido "no es mi problema", que tanto daño hace al conjunto. Hay que preocuparse, hay que bajar los estresores. 

Los problemas se trasladan con nosotros y parece que nos aconsejen adaptarnos a la situación y seguir adelante. No es la solución. Pero la actitud de negar lo que ocurre no resuelve nada; ya no podemos seguir echándole la culpa al coronavirus. Necesitamos sonreír nosotros y no que nos sonrían desde pantallas y carteles. 

1/02/2022

* Elena Omedes "Encuesta DYM. La salud de los españoles arrastra las secuelas de la pandemia: baja 12 puntos el porcentaje que afirma tener buen estado de ánimo" 20minutos 7/04/2023 https://www.20minutos.es/noticia/5116166/0/la-salud-de-los-espanoles-arrastra-las-secuelas-de-la-pandemia-baja-12-puntos-el-porcentaje-que-afirma-tener-buen-estado-de-animo/

miércoles, 28 de septiembre de 2022

A vueltas con la salud mental

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El estudio recogido por Antena 3* nos indica que la salud mental es ya la cuestión sanitaria más preocupante para los españoles, que la sitúan en primer lugar por delante del cáncer y del COVID, que ha caído en la encuestas. En concreto, la preocupación por los problemas mentales ha crecido un 16% desde la última encuesta, la del año pasado.

No todas las enfermedades se ven de la misma manera. Las tres que se sitúan en cabeza —salud mental, cáncer y COVID— son muy distintas en percepción y consecuencias. De una enfermedad contagiosa, como es la que ha dado lugar a la pandemia, pasamos a una que no se contagia, como ocurre con el cáncer, hasta llegar a las mentales cuyo origen es muy variado y puede obedecer a factores de presión externa, provocando estrés, estados de ansiedad, etc.

El grupo de las enfermedades relacionadas con la salud mental es enormemente amplio, tanto como lo son sus causas. Las hay que pueden venir de enfermedades heredadas, por un lado, pero otras son producidas por factores sociales, que crean una situación muy diferente según los casos.

Es indudable que la racha que llevamos en estos últimos años no ha contribuido a que nos encontremos en un buen estado de salud mental. Las personas te comentan los malos ambientes, presiones, conflictos, etc. que viven en sus entornos laborales. Escuchamos cada día de conflictos familiares que acaban de mala manera al producirse tensiones que es imposible resolver. La tolerancia parece reducirse y aumentan los conflictos.

Ayer mismo se hablaba del clima de violencia que se había producido estos días en Cataluña, con una semana de asesinatos, a muerto por día. La Vanguardia titulaba "Siete crímenes en siete días, una secuencia sin precedentes en Catalunya". Las fiestas de La Mercé han acabado con violencia sin precedentes. Hace pocos días un anciano casi nonagenario se levanta de su cama y asesina a su compañero de habitación por roncar. No le dejaba dormir, señaló. La violencia es cada vez más la "solución" que se abre ante las situaciones.

La Vanguardia

La pregunta que surge es clara: ¿podemos encuadrar estos estallidos de violencia dentro de un deterioro general de la "salud mental"?

La definición de la "salud mental" es compleja, muy ambigua. Pero creo que es claro vincular una violencia latente que surge en cuanto que hay algún tipo de momento, situación, etc. que la desencadena. A diferencia del cáncer y el COVID, que son claros en orígenes y causas, los estragos de las enfermedades mentales pueden ser de muchos tipos y muchos responden a esa presión del deterioro de las relaciones y situaciones sociales.

¿Es la violencia el resultado de un deterioro de la salud mental? El aumento de casos de crímenes de violencia doméstica con motivo de la pandemia parece indicar que existe alguna correlación. No es por COVID en sí mismo, sino los efectos de los encierros, del aislamiento, del miedo al contagio, etc. los que han acabado por alterar la idea de la normalidad, mostrando los peligros de esta situación.

No es fácil establecer las cusas de muchas reacciones. Pero tampoco es fácil negar las conexiones que aumentan la irritabilidad y con ella la violencia. Sabemos, por ejemplo, que la falta de sueño provoca irritabilidad y que esta puede, a su vez, desembocar en algún tipo de choque o aumentar las probabilidades de conflictos.

Al aislamiento de la pandemia le ha seguido una crisis económica que ha derivado en un aumento del gasto, por un lado, y en un aumento de la inestabilidad laboral, algo que puede provocar estados de ansiedad en muchas personas que derivan hacia estados de conflicto.

La idea de "salud mental" es compleja, como decimos. Caben dentro de ella muchas cosas. No es como un cáncer, que sigue un desarrollo determinado. La salud mental se deteriora con motivo de muchos factores y no afectan a todos por igual. Pero sí es cierto que pueden provocar problemas de convivencia, de relación con los otros, algo que se dificulta por los cambios de humor y de actitud.

En un documento producido en marzo de 2021, la Confederación Salud Mental -España advertía entonces:

Nel González Zapico, presidente de la Confederación SALUD MENTAL ESPAÑA, alerta de la precarización y la falta de recursos en la atención a la salud mental en España, acrecentada durante la pandemia. “La salud mental de la población española ha caído en picado durante la pandemia y debajo no hay red”, sentencia.

La campaña que lanza la Confederación incluye, además de una serie de infografías para difundir en redes sociales, un documento, que recopila resultados de varias investigaciones sobre salud mental en pandemia, las distintas acciones llevadas a cabo por la entidad para ayudar y apoyar a la población y algunos sectores profesionales en la gestión emocional, y sus principales demandas, dirigidas a las administraciones públicas. Asimismo, la Confederación ha elaborado un manifiesto en el que recoge sus principales reivindicaciones y propuestas.

En estos doce meses la incertidumbre, el miedo, los fallecimientos, las pérdidas de empleos, el propio confinamiento y la convivencia ininterrumpida, o la soledad, son algunas de las situaciones que han hecho merma en la salud mental de la población, especialmente en las personas con menos recursos económicos.**

 La reivindicación hacia la administración es que no hay recursos, ni personal ni políticas que hagan que sea posible enfrentarse a algo que siempre ha tenido un cierto velo ya sea por indefinición, por escepticismo o por estigmatización, que serían los tres factores que hacen que la situación sea compleja.

Recordemos que su sola mención por un diputado suscitó en los bancos políticos risas y comentarios jocosos. Hay demasiados estereotipos y prejuicios. Están las más graves, frente a las que siempre ha existido el miedo a su posible carácter hereditario. Pero muchas otras son consideradas como cambios de humor, elementos pasajeros. Pero los niveles alcanzados y los efectos ya no permiten seguir dudando.

En el mismo documento se señalaba la situación europea:

La situación de la salud mental descrita para España no mejora demasiado más allá de nuestras fronteras. En Europa, según la OMS, los problemas de salud han aumentado durante la pandemia, observándose un claro aumento en los niveles de ansiedad y estrés, con varias encuestas que muestran que alrededor de un tercio de las personas adultas adultos reporta niveles de angustia. Entre la población más joven, esa cifra llega a 1 de cada 2 personas.

Frente a estas cifras que evidencian que la salud mental de la población está sufriendo, desde la Confederación SALUD MENTAL ESPAÑA, su presidente, apela a la Comisión Europea a “agilizar” el debate político sobre la salud mental. “Urge que Europa se implique y haga las recomendaciones oportunas a los Estados miembros para que prioricen la inversión a la atención a la salud mental”.**

¿Es posible un "debate político" serio sobre estas cuestiones cuando no es posible un debate político sobre casi ninguna otra cosa?

Me viene a la mente una imagen de hoy mismo a mi regreso en tren. Una joven lloraba desconsoladamente unos asientos más allá. La mascarilla impedía ver su rostro, pero pronto no pudo apenas respirar y se la quito. El tren estaba llegando. Ella se bajó y quedó al margen de la gente dejando que pasara todo el mundo.

No deja de perseguirme esa imagen. Quizá hay mucha gente que mantiene la compostura hasta que solo puede estallar. Aumentan los pensamientos negativos, las ideas de suicidio, los comportamientos violentos y el insomnio por preocupaciones. Los medios nos bombardean con noticias de dolor convirtiendo las noticias en tiempo de tortura, de sufrimiento. Es mucho tiempo ya, muchas tensiones, mucha espera, muchas lágrimas contenidas que acaban estallando.

* "La salud mental es ya el principal problema de salud de los españoles " Antena 3 27/09/2022 https://www.antena3.com/noticias/salud/salud-mental-principal-problema-salud-espanoles_20220927633311f7ed945b0001d52bae.html

** "La salud mental de la población española cae en picado durante la pandemia y debajo no hay red" Confederación Salud Mental - España 16/03/2021 https://consaludmental.org/sala-prensa/salud-menta-poblacion-espanola-cae-en-picado-pandemia/

martes, 26 de abril de 2022

Hola, mundo cruel o el estrés en que vivimos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La pandemia ha servido para sacar a la luz mucha información que antes apenas tenía hueco y que ahora vemos a diario. Me refiero a la cuestión de la salud mental, un asunto que provocó hasta la risa parlamentaria de algún "alma sensible". Salvando estas sensibles excepciones, lo cierto es que la expresión "salud mental" aparece casi a diario. Las noticias llaman a las noticias y lo que despierta interés sigue saliendo. Esto es importante en un sector en el que la tendencia al silencio o a la ocultación suele ser frecuente, cuando no la burla, como en el ejemplo parlamentario antes citado.

En estos días de retirada oficial de las mascarillas se nos habla de "complejos", de "miedos" a mostrar el rostro, de inseguridades en niños y adolescentes, también en adultos, de los que se nos dice que la mascarilla favorecía su deseo de ocultación.

Hemos visto con el confinamiento en la pandemia la escalada de la violencia en los hogares, lugares en los que la convivencia se traducía en muertes y agresiones. No creo que la pandemia en sí sea la que lo ha generado, pero sí ha incidido en la mayor visibilidad, por un lado, y en el aumento de la presión sobre las personas, que han estallado ya sea en implosiones, agravando sus propias situaciones, y en explosiones, haciendo que otros los padezcan.

Vivimos en el filo del estrés, provocado este por múltiples situaciones que no solo no se resuelven sino que van aumentando con el tiempo, nos desequilibran y en muchos casos nos hacen estallar. Estamos en una sociedad que resuelve pocos problemas y crea muchos. Vivimos bajo presión laboral, económica, informativa, física y emocional. Todo esto se debe gestionar por uno mismo ya que nuestra sociedad ha contabilizado el gasto que supone nuestra salud mental y ha decidido ignorarlo. La atención para la salud mental es una de las grandes fallas de nuestro sistema, incapaz de valorar, diagnosticar y ayudar a resolver. Los medios son muy insuficientes ante el desbordamiento de los problemas mentales que se esconden y enquistan hasta que estallan con imprevisibles consecuencias.

Muchos de estos problemas son la traducción de las agresiones exteriores. En RTVE.es leemos sobre los efectos de las violaciones:

 Asaltada, violada y golpeada a los 16 años. ¿Cómo se puede afrontar el trauma de vivir algo así? Hay que tratarlo cuanto antes, para que deje menos secuelas. Lo primero es hacerles ver que ellas no son responsables sino víctimas. Pero hay más dificultades en el proceso. ¿Qué secuelas deja? Desde lo físico a lo emocional y lo social. Vergüenza, desesperanza, desconfianza ante la vida. Un estado constante de hipervigilancia. El proceso puede acompañarles toda la vida.*

"Apoyo, terapia y tiempo" es lo que se necesita y es justamente lo que falta, lo que hace que nos alejemos de la solución de los problemas o de la simple atenuación.

La cuestión es quién te acompaña en el proceso, quién vela porque eso no deje secuelas. En lugar de ello, nos preocupamos por describir las secuelas, que fruto de los hechos, poro también de la falta de asistencia.

Somos el país del mundo con mayor consumo de ansiolíticos, según nos decían hace unos días. Los propios médicos, ante la imposibilidad de profundizar en los trastornos por falta de tiempo en las consultas, confesaban que no les queda otra opción que intentar tapar los síntomas a base de pastillas, que están desbordados y que así es imposible mejorar la salud mental. No solo no arreglamos nada, sino que además creamos problemas de dependencia. Las pastillas lo tapan todo, el dolor, el insomnio, los recuerdos.

También en RTVE.es leemos sobre las secuelas del maltrato infantil:

En España hay 15.000 denuncias al año por maltrato a menores pero son muchos los casos que quedan silenciados. Ese maltrato está detrás de más de un tercio de los problemas mentales que se diagnostican en la edad adulta, como depresión, trastornos de la personalidad o intentos de suicidio. Laura Sanmartín sufrió abusos sexuales de los 8 a los 13 años y asegura a TVE que no sabe "qué clase de persona hubiera sido" si esto no le hubiese sucedido: "Sé que la niña que yo era deje de serlo".**

No sabemos quién podríamos haber sido, pero sí que la existencia es una tortura. La vida se plantea como una carrera de obstáculo en la que cada salto se refleja en lo que sigue. Cada problema es un peso en la mochila vital.

Lo peor es que el sistema en su conjunto se ha deshumanizado. Hablamos de maltrato infantil, violencia de género, pero dejamos de lado la violencia laboral, el estrés que supone trabajar tapado por el estrés que supone el desempleo. Ha sido una sorpresa para muchos comprobar que los despedidos de empresas durante la pandemia —especialmente en el sector de la hostelería— no regresaban a los puestos de trabajo. La explotación en el sector, la precariedad, etc. ha generado un estrés que ha hecho que no regresen y busquen colocación en otras.

Recibo información de muchos ex alumnos que se desempeñan en diversos trabajos. Cuando esperas escuchar la alegría del que tiene un trabajo, te encuentras con una descripción de abusos y humillaciones, de miserias padecidas por parte de compañeros y superiores que no deja de sorprenderte. No es solo aquí, desde luego. Es este mundo creado para explotar sin escuchar, para sacar de ti el máximo posible al menor precio, que una vez usado te tira a tu suerte. Un mundo duro.

El diario ABC nos trae una noticia más, el aumento de suicidios entre la Policía Nacional y la Guardia Civil:

Los meses posteriores al confinamiento dispararon el número de suicidios, también en los ámbitos laborales más comprometidos. En concreto, en las fuerzas de seguridad del estado hasta 17 policías nacionales y 17 guardias civiles se suicidaron en 2021, según los datos de un estudio interno elaborado por los sindicatos y expuesto este lunes por Jupol. La cifra es alarmante, pues supone que cada 11 días se suicidó un agente.

Según el perfil elaborado por el sindicato policial, el 98% de quienes se suicidaron eran hombres, frente al 2%, que eran mujeres, y el 90% de ellos lo hizo con su propia arma, expuso en una mesa redonda sobre salud mental organizada por el CES Carcenal Cisneros Laura González López, policía nacional y secretaria de riesgos laborales en Jupol. 

Tras la pandemia descendió la edad de los agentes que se quitaron la vida, pasando de 47 a 42 años, respecto al año anterior. Llama la atención que 4 de estas personas se encontraban en prácticas o habían empezado a prestar servicio recientemente.

«El problema es que no tenemos ayuda y necesitamos ser superhombres o súpermujeres, cuando en realidad somos personas como todos», ha defendido González.

Según los datos recabados de todos aquellos agentes que han utilizado la ayuda psicológica a través de su teléfono de atención 24 horas la mayoría achacan estrés laboral, y según la función policial que desarrolle influyen también otros problemas laborales así como divorcios o conflictos legales. En los guardias civiles, además, pasa factura el aislamiento y la soledad, pues particularmente trabajan en pueblos o pequeños municipios alejados de las grandes urbes en contraposición al resto de fuerzas policiales. ***


De nuevo la pandemia como desencadenante, pero no es la causa en sí. Podemos entender que la propia naturaleza del trabajo sea estresante, pero no se entiende de nuevo la falta de ayuda, que es la que puede frenar las muertes si se recibe la atención necesaria, que debe estar prevista por las instituciones. Pero nos encontramos aquí con el mismo problema: la falta de ayuda. ¿Se han asumido los suicidios como una situación "normal", algo con lo que ya se cuenta? ¿"Problemas personales"? El descenso de la edad de los suicidas nos indica que el desbordamiento se produce antes, cada vez más pronto. Los suicidios de las personas en prácticas son otro indicador preocupante del aumento del estrés.

Lo terrible de este tipo de situaciones la están padeciendo otros sectores llevados al límite, como ocurre con la Sanidad, en la que vemos el desbordamiento, la falta de recursos denunciada una y otra vez, la precariedad de personas contratadas y despedidas varias veces al año. La situación puede verse en casi todos los sectores, pues es el mundo al que nos hemos "acostumbrado", por el que uno no debe quejarse, sino dar las gracias. Que te despidan es un privilegio porque significa que has estado contratado.

El estrés generado produce violencia contra uno mismo y contra los otros, lo que acaba de agravar el problema. El estresado transmite su rabia contra otros formando una cadena descendente que llega hasta los últimos rincones de las empresas o de las escuelas. Es difícil encontrar puntos de desahogo que no impliquen pagarlo con otros reproduciendo el ritual del maltrato normalizado.


Pero no es solo el trabajo. El aumento de la violencia entre adolescentes los estamos viendo cada día en las noticias. El sector educativo padece muchos de estos problemas, donde la violencia se transmite entre niños y adolescentes a través del acoso escolar. Han aumentado los suicidios entre jóvenes. La noticia de que la mascarilla les había servido para esconderse no debe ser tomada a la ligera.

Más allá de los estudiantes, el sector educativo se encuentra en permanente estrés presionado por mal entendidas fórmulas de competición en las que se reparte miseria y estabilidad. Como todo sector altamente jerarquizado, es fácil que se produzcan abusos, desahogos, y una vez más un estrés crónico. 

Hay mucho más estrés que los abusos en las escuelas repartido por todo el sistema, de universidades a colegios. Pero, una vez más, son el reflejo de este mundo violento e implacable que hace que las personas se tengan que proteger detrás de mascarillas, reales o simbólicas. Es sistema es cruel, distante, donde los problemas que genera este tipo de vida se asumen como parte del conjunto. Se nos acusa de sobreprotectores cuando tratamos de paliar los efectos; la realidad no va a cambiar, cuanto antes nos acostumbremos a ella, mejor, nos dicen. Es elevar la supervivencia a estado de normalidad. Y muchos no sobreviven.

De poco sirve denunciar problemas si el principal problema es la falta de atención. Son de estas cosas de las que se deben ocupar nuestros responsables en las instituciones, en los parlamentos, ayuntamientos y Consejerías. Este empeoramiento de la salud mental, estén donde estén sus límites y definiciones, es preocupante porque se traduce en muchas formas de violencia, unas penalizadas, otras ignoradas y muchas consentidas.  


* "Las claves para recuperarse de una violación: apoyo, terapia y tiempo" RTVE.es A la Carta La 1 Telediario 2 https://www.rtve.es/play/videos/telediario-2/claves-recuperacion-violacion-mujer/6502182/ 

** "El maltrato infantil detrás de los problemas mentales" RTVE.es A la Carta Telediario 1 25/02/2022 https://www.rtve.es/play/videos/telediario/maltrato-infantil-problemas-mentales-adultos/6508593/ 

* Nieves Mira "Hombre de 42 años y con problemas personales: el perfil de los agentes de la ley que se suicidaron en 2021" ABC  26/04/2022 https://www.abc.es/sociedad/abci-hombre-42-anos-y-problemas-personales-perfil-agentes-ley-suicidaron-2021-202204260322_noticia.html

miércoles, 3 de noviembre de 2021

Ecoansiedad o algo que salvar

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


La página de RTVE.es introduce en su más llamativo titular el concepto de "ecoansiedad" y precisa antes de comenzar el texto sobre que esto afecta principalmente a los jóvenes, que viven en un sinvivir, por decirlo así. "Un 84% de los jóvenes están preocupados por el calentamiento global", nos explican para que nos vayamos haciendo a la idea. No son cifras bajas precisamente y hay que sumarlas a muchas otras que reflejan este tipo de problemas en la juventud, de las tasas de abandono y fracaso escolares a esta preocupación angustiosa por el futuro pasando por las cifras de alcoholismo que veíamos hace unos días a cuenta de los botellones y demás.

El otro día le dedicamos este espacio a lo que llamamos el "apocalipsis carencial", es decir, el miedo que nos meten en el cuerpo cada día sobre lo que nos va a faltar. Hoy, por ejemplo, se eleva a miedo universal la orden del gobierno chino para que guarden alimentos. Las voces oficiales hablan de hacer reservas por si hay nuevas restricciones por los brotes detectados, pero no hay que perder la ocasión de especular con cualquier desastre posible, tal como hacen con lo del "apagón austriaco", otro mal en el horizonte próximo, si hemos de creer a los austriacos. Los ejemplos podrían multiplicarse. Pero lo de la ecoansiedad tiene unos efectos más profundos.


Nos dice en el artículo, firmado por Álvaro Caballero: 

Vivir con la consciencia de que, si no actuamos urgentemente para remediarlo, el mundo será peor a cada año que pase por culpa del cambio climático. Así es el día a día para quien sufre ansiedad climática o ecoansiedad, un problema de salud mental cada vez más común entre los jóvenes, los que más sufrirán los efectos del calentamiento global.

"Para mí es un sentimiento de angustia en general que te puede paralizar. Te lleva a no ser capaz de imaginar tu propio futuro". Naiara Fernández tiene 23 años y es activista climática. Sufre ecoansiedad, una "incertidumbre muy grande" por el porvenir climático, que se suma a la "sucesión de crisis" que viven los jóvenes, como el paro o el acceso a la vivienda, relata a RTVE.es.

El testimonio de Fernández es solo uno de los miles que se repiten por todo el mundo a medida que los efectos del calentamiento global se hacen más evidentes en la vida cotidiana. Según un reciente estudio previsto para publicación en la revista Lancet Planetary Health, con entrevistas a más de 10.000 jóvenes de 10 países, un 84% están preocupados por el cambio climático. Un 45% asegura que esta crisis afecta a su día a día y cuatro de cada diez llega hasta el punto de dudar si tener hijos ante el futuro que les pueda esperar.*

 


¿No hay forma de crear una sensibilización ante los problemas futuros sin recurrir a esta angustia que producirá estrés crónico pasado cierto tiempo? ¿No hay otra forma de concienciar de los problemas que, como decíamos el otro día, el apocalipsis? Lo digo porque seguro que la hay sin necesidad de que acabemos todos encerrados antes del apocalipsis por efecto de esta ecoansiedad que no por llevar eco delante deja de ser un estado de ansiedad.

Hemos de comprender, además, que esa preocupación juvenil por quedarse sin planeta es solo una parte de los tipos de ansiedad que se padecen, como la ansiedad laboral tanto por no tener trabajo como por tener un trabajo de explotación constante y mal pagado, precario las más de las veces sin ir más lejos. Hay una ansiedad educativa como la que viven en determinados países —Japón es un ejemplo—, donde estudiar es una enorme presión que lleva a suicidios y demás enfermedades derivadas de la presión. En Japón y en China se han puesto en marchas movimientos de rechazo para combatir este estrés escolar. La gente que trabaja en el mundo académico ha forjado su propia ansiedad, absolutamente estresante, por la exigencia permanente de competencia, de publicar en unos lugares, de intentar sobrevivir entre escenario negro en que se ha convertido la educación. Este estrés acaba pasándose a los alumnos y el de los alumnos a los profesores creando climas explosivos en el día a día de la convivencia.


Decir que estamos en un estado de ansiedad por el cambio climático es quedarse cortos. Estamos en un sistema que produce ansiedad, por no decir angustia vital, que era como se calificaba. Puede que antes de destruir el mundo nos hayamos destruido a nosotros mismos como resultado de todos esos procesos deshumanizados en los que vivimos, de aumento de la pobreza, del mal reparto de la riqueza y de aquello que nos permitiría vivir de forma más armónica.

No crea que quiero meterle más presión en cuanto a esa ecoansiedad; lo que le digo es que los problemas ecológicos deben tener soluciones ecológicas y políticas, pero que hay otros problemas —los humanos, demasiado humanos— que requieren de otros tipos de esfuerzos y enfoques para solucionarse. 

Poder mantener limpio y sano el planeta mientras vivimos en el fango humano, lleno de inmundicia y tensiones no es la mejor solución. La ansiedad consume mucha energía, es destructiva. Habría que emplear métodos distintos, formas positivas de dirigir hacia los fines loables sin crear estas formas de ansiedad que se suman a las ya existentes. ¿Estamos condenados a vivir bajo la destructiva ansiedad por una causa u otra? Parece que hacemos todo lo posible para que sea así.

 


* Álvaro Caballero "Vivir con ecoansiedad:"Te paraliza no poder imaginar tu propio futuro"" RTVE.es 2/11/2021 https://www.rtve.es/noticias/20211102/ecoansiedad-imposibilidad-imaginar-futuro-cambio-climatico/2210020.shtml

martes, 15 de junio de 2021

La memoria y el coronavirus

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Conforme la pandemia se iba extendiendo y con ella los confinamientos, los expertos nos han ido dando consejos sobre nuestras preocupaciones y actualmente, ya con un periodo extenso de vida alterada son capaces de ofrecernos análisis de los efectos que han producido en nuestras vidas.

Los primeros consejos que nos daban, recuerden, eran los de hacer ejercicio y comer saludable. Era lo lógico pues los primeros efectos provenían de los relacionados con la movilidad. Me imagino que todos habremos visto o escuchado sobre cómo aprovechar el poco espacio disponible para realizar ejercicios que nos ayudaran a paliar los efectos de la falta de actividad. La primera preocupación venía de ahí. Comer sano se volvía esencial si a la falta de movilidad y al aburrimiento consecuente se le añadía el comer como forma de paliar la ansiedad generada.

Han aumentado los programas televisivos sobre ejercicio físico, sobre cocina y sobre mascotas, el elemento que completa el cuadro. Las mascotas —perros y gatos habitualmente, pero extensivo a todo tipo de animales— se convertían en otra forma de alivio de la soledad, el aburrimiento y el estrés generado por el encierro.

Ahora, pasado un tiempo, mucho tiempo para una situación así, una alteración profunda de la vida cotidiana, marcada por miedos y tensiones (sanitarias, laborales, económicas), por la reorganización de espacios y tiempos, modificación de las relaciones y comunicaciones, etc. los efectos que se miden son otros.

La BBC nos trae hoy un interesante artículo firmado por Claudia Hammond, una especialista en el campo de la memoria, titulado "Covid-19: Has the pandemic harmed our memories?". Hammond comienza observando que a raíz de un artículo suyo en la misma sección, Future en la BBC, estableció contacto con Catherine Loveday, profesora de Neurociencia Cognitiva en la Universidad de Westminster, para hablar sobre ello e indicarle que estaba realizando un estudio sobre esta cuestión. Ahora, gracias a la generosidad de Loveday, la autora del artículo ha tenido acceso al resultado del estudio, antes de su publicación académica, sobre cómo ha afectado el confinamiento al funcionamiento de la memoria. Los datos que le llegan le permiten hacer un repaso de aquellos aspectos más afectados.

Escribe Claudia Hammond sobre los datos obtenidos por Catherine Loveday:

 

The most common change was forgetting when an event or incident happened, which 55% of people said was happening to them. This suggests the pandemic has affected our perception of time, which is hardly surprising. When I examined the literature on time perception in my book Time Warped it was clear that some memories come with what's referred to as a time-stamp. When a memory is distinctive, vivid, personally involving and becomes a tale we have recounted many times since, we can pinpoint that memory exactly in the timeline of our life.*


 

Esto no solo es efecto de la pandemia. En cualquier vida rutinaria, la memoria tiende a forjar recuerdos sobre lo distintivo. Lo repetitivo es apenas recordado en situaciones normales y si ahora el porcentaje de repetición es mayor en ciertos campos, es lógico que no se formen recuerdos. Cuando un recuerdo es prácticamente igual a otro, el cerebro ahorra energía y espacio. Como bien señala Hammond, nuestra historia recordada es la de los vínculos entre elementos notables, que significan algo, o al menos distintivos. Tenemos dificultades para establecer líneas de tiempo cuando las cosas se parecen. Lo repetitivo confunde, lo inusual distingue y con ello estructura nuestro tiempo como un marcador.

Hasta ahí, no hay nada que no se supiera. Pero es en los siguientes aspectos en los que Hammond señala su sorpresa ante los resultados obtenidos:

 

I was interested to see that the next most common category where people said their memories had got worse was in remembering the right the word to say in a sentence. This is known in psychology at "the tip-of-tongue phenomenon". We all experience it from time to time and it happens more often with names.  (Usually, the name it comes back to us later on, when it's too late. "Oh yes, he's called Tom!")

Why this forgetfulness about words should have increased during Covid-19 restrictions is not clear, but it could simply be explained by the fact that many of us have been working from home alone or even distanced in a workplace, and we've therefore had fewer opportunities to talk with other people in person in the past year or so. We're out of practice at social interaction.*

 

La cuestión aquí es de grado. Evidentemente, largos periodos de inactividad comunicativa pueden implicar una "falta de forma" en el recuerdo de las palabras. El fenómeno lo observamos con los segundos idiomas. Cuando alguno de mis alumnos extranjeros regresa a España después de un periodo vacacional, lo primero que nota es ese fenómeno de las "palabras en la punta de la lengua". No las ha olvidado, sino que no surgen con la fluidez requerida. Pasados unos días su memoria recuerda las palabras en el momento necesario y a la velocidad necesaria. Efectivamente es un "out of practice".



Lo que podría sorprender del caso (y no tenemos más datos) es el papel que las comunicaciones online pueden desarrollar en este caso. Desconozco si el trabajo de Loveday introduce esta variable, la de personas que por razón de su trabajo, por ejemplo, han tenido que convertir en verbal online gran parte del día. En este sentido, no debería haberse producido ese olvido, salvo que exista un factor que desconocemos que establezca la presencia como un factor esencial.

Es cierto que nuestra experiencia del otro no solo afecta a la visión y al oído (como es online) sino que también experimentamos la "presencia" del otro como algo unificado por el cerebro, pero no sé hasta qué punto  afectaría negativamente a la fluidez del lenguaje, tal como se señala. La "interacción social" que se señala también forma parte de nuestra vida online, de la que es un componente cada vez más importante. Los efectos de un aislamiento prolongado junto con un exceso de contacto online podría explicar algún efecto que no se ha detectado anteriormente y que podría relacionarse con eso que algunos señalan "la fatiga" ante la comunicación online.

Es probable que no todos reaccionen de la misma manera, incluso, que muchas personas hayan aumentado su sociabilidad gracias a los contactos de la red. La soledad del encierro se ha visto compensada por los contactos telefónicos y a través de videoconferencias. ¿Puede producir fatiga y que sea esta también la responsable de esa fallas de memoria? Habrá que buscar más datos.

 

Other common memory difficulties revealed by the new data were forgetting you were told something, or forgetting to do things you said you'd do. The most likely explanation for this is a lack of cues in the external environment. Instead of travelling into work, moving about in an office, going to other places for meetings and bumping into people constantly, some of us have been mainly confined in one room at home, staring at the same screen for endless online meetings. When people were getting out more, they'd pass the room where they had a certain meeting or see someone walk past the desk, the sort of cues that remind us that, yes, we need to do a report for the next meeting or tomorrow is that friend's birthday.*

 

Somos seres espaciales, unidos a nuestro entorno. No solo ocupamos una parte en el espacio, sino que interactuamos  con en el diferentes planos. Nos movemos gracias a los planos mentales que trazamos. No movernos reduce esa actividad, nos deja sin estímulos. Espacio y acciones están conectados; lo que hacemos lo hacemos en un entrono determinado. Si espacio y acciones se vuelven rutinarios, la actividad de la memoria decrece. No es que lo "olvidamos", sino lo que no se registra por su repetición. Añade Hammond:  «People who got out and about and into different buildings, or who were able to go from room to room, reported fewer memory difficulties.» El movimiento, el desplazamiento de un lugar a otro, también mantiene activo al cerebro, que necesita situarse en el espacio, calcular el tiempo, etc. Nos damos cuenta de que por un lado está lo que nuestro ser consciente percibe y por otro la constante actividad cerebral, idas y venidas buscando información ya registrada, de la que no somos conscientes.



Lo que queda claro es que es la rutina, la falta de estímulo en el día a día, el "languidecer" lo que nos perjudica a través del olvido o la bajada del ritmo. Por eso el estímulo de muy diverso tipo es necesario para vencer a esa inactividad mental que baja el rendimiento de nuestra memoria. No se trata solo de pasear o no. Supongo que estímulos como la lectura u otros que nos hagan percibir más densamente el momento también actúan. La memoria involucra, como vemos, también al cuerpo, por lo que la inactividad, la repetición del mismo espacio o entorno, la rutina, en una palabra, nos debilita.

No es nuevo, por supuesto. Lo que miden ahora los estudios es este elemento a gran escala, entremezclado con otras combinaciones peligrosas, como la de rutina y estrés. En estos meses hemos encontrado noticias sobre los efectos depresivos especialmente en jóvenes y adultos. Hemos recibido también preocupantes noticias sobre el aumento de la violencia.



Al poco tiempo de la pandemia, las pérdidas de memoria se detectaban en personas que habían pasado por la enfermedad. Ahora se trata de otra cosa, de los efectos del confinamiento y de lo que este supone en nuestras vidas como alteración, por un lado, y como rutina por otro.

La mezcla de inactividad, estrés y —¿por qué no?— abundante información que aumenta el estrés, que se produce no solo por lo que nos ocurre sino por lo que "creemos que nos puede ocurrir" hace que la pandemia esté causando más estragos de los virus. Son los efectos colaterales.



El último de los factores señalados en la investigación de Catherine Loveday recogido por Hammond le resulta sorprendente:

 

The other big factor – more surprisingly at first sight – was gender. Women were more likely to say their memory had worsened. What could account for this? It seems women had higher scores because they experience more negative changes in their work situations, their relationships and higher rates of overall stress. This fits with other studies which have shown women being harder hit by lockdowns.*

 

Los datos surgen de la investigación, pero después hay que interpretarlos e intentar establecer conexiones no siempre fáciles. Pero el hecho está ahí. ¿Por qué cada vez que hay una crisis afecta en mayor medida a las mujeres? En el caso tratado, si el confinamiento afecta a la memoria, las mujeres estarían "más confinadas" que los hombres ya sea, como señala Hammond, por el trabajo y por la familia. De esta forma, el deterioro sería mayor por una mayor intensidad del encierro y una reducción de los estímulos. En estas circunstancias, cualquier novedad aporta, pero su duración es breve porque pronto se pierde el estímulo; se vuelve a la rutina que todo lo borra.

La pregunta podemos hacérnosla de otra forma y en un contexto español: ¿por qué ha aumentado la violencia de género en estos últimos meses hasta niveles no registrados anteriormente? Desconozco si el aumento —indiscutible— del grado de violencia se ha producido en otros países en igual forma o si es un fenómeno nacional, por llamarlo así.

No podemos pensar en la "memoria" como algo separado de nuestras vidas, algo específico. Somos nuestra memoria viva y si esta se encuentra afectada, es más que probable que esté afectando a nuestro comportamiento. Si es, por ejemplo, el estrés (que sabemos tiene un efecto negativo sobre la formación de recuerdo), una situación que nos provoca cierta distorsión del juicio, ¿cómo afecta a las personas? Nos hemos acostumbrado a ver estos fenómenos como "enfermedades", cuando hay que verlas también como "comportamientos" y como comportamientos con "consecuencias".

La memoria es más que el olvido o el recuerdo; es la fuente desde la que se toman decisiones y no es algo separado del cuerpo, como si fuera algo que se conecta y desconecta de nuestro cerebro, como si fuera un ordenador. Recordar o no es un síntoma de causas complejas derivadas, parece evidente, de ese gran cambio que es el confinamiento y la crisis provocada por la incertidumbre, la pérdida de recursos, la muerte de personas próximas, etc.

De todo ello, el estudio de la memoria, de la percepción del tiempo y del espacio, la fuerza de la acción, la rutina, etc. son piezas que debemos unir.

 

 

* Claudia Hammond "Covid-19: Has the pandemic harmed our memories?" 15/06/2021 https://www.bbc.com/future/article/20210614-covid-19-has-the-pandemic-harmed-our-memories