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lunes, 21 de octubre de 2024

Problemas entre raíles

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En poco más de dos horas intentaré tomar el tren de Cercanías que me deje en Nuevos Ministerios. Como usuario del tren desde el inicio de los años 90 en que llegó a mi pueblo, puedo decir que nunca ha estado peor que en estos últimos años. Es raro el día que no escuches el aviso de demoras, algo que se ha convertido en la banda sonora del tren.

Supongo que el ministro Oscar Puente, el del vídeo para mostrar que "todo iba bien en la estación de Chamartín", algo contestado por los usuarios que estaban allí, y su reprobación por parte de las cámaras, algo que se tomó con sonrisas sobradas, tendrá una nueva ocasión de salir en pantalla.

Como usuario, padezco junto a otros miles la misma sensación de abandono y hartazgo. Como oyente, escucho los mensajes cotidianos de retrasos y tengo que dar gracias a que no ocurran en mi línea. Sin embargo, esos retrasos afectan a múltiples líneas aunque no lo digan por la megafonía.

En lo que a mí me toca, todo empezó con las obras en Chamartín, cuya planificación desastrosa es evidente. Sé que no es fácil planificar unas obras de este tipo, pero también que no es fácil hacerlo tan mal a la vista de los resultados. Pese a lo señalado en los carteles de aviso, las obras no han terminado cuando estaba programado.

Sin embargo, no es solo el tren. Madrid tiene una estupenda red de Metro a la que se ha extendido el deterioro. Estaciones clave se pasan mesas con escaleras sin arreglar, desmontadas sin que haya nadie por allí.

El caso más grave ha sido el de las escaleras de Nuevos Ministerios pues por esa estación pasan los que van y vienen a la Estación de Chamarín, es decir, viajeros que llegan cargados de maletas y que se juegan la vida bajando con ellas. Unos ascensores sin señalizar, fuera de servicio en muchas ocasiones, a penas pueden atender el flujo de viajeros afectados.

No son solo los cargados de maletas que van y vienen de la terminal del aeropuerto. También es el intercambio de personas que van a dos universidades, la Autónoma y la Complutense. Esto hace que las líneas, a determinadas horas de entrada y salida, estén saturadas. Si consideramos que la línea de tren lleva a la Autónoma y que muchos estudiantes, por los retrasos, se acumulan en el andén a la espera de la llegada, el viaje se convierte en un conglomerado de gente a ciertas horas, que no es lo ideal desde diferentes puntos de vista, incluido el de la salud.

¿Qué pasa con nuestros transportes públicos; qué pasa con el Metro y con el tren? ¿Qué hace que unas escaleras desmanteladas tarden meses en ser revisadas?

Las causas concretas varían cada día, pero hay algo general que hace que el sistema falle cuando antes funcionaba con mucha más regularidad. Este mes de agosto bajé dos veces a Madrid, con problemas ambos días. Largas esperas bajo un calor sofocante.

Las reducciones de personal son una práctica habitual en cada vez más sectores. Donde antes había una cantidad de personas, ahora queda la mitad. Esto, en el caso, de los trenes se traduce en casos como los que estamos viendo.

La directora de 20minutos, Encarna Samitier, hace un breve balance titulado "Más que imprevistos":

El descarrilamiento de un tren entre Atocha y Chamartín y el operativo para evitar un suicidio han colapsado la red y han provocado afecciones a cerca de 17.000 viajeros durante este pasado fin de semana. Más allá de estos imprevistos, falta una comunicación fluida en las interminables horas de espera y de aglomeraciones, sin que muchas personas pudieran ni siquiera sentarse. El sábado hubo causas concretas pero el transporte ferroviario, cuyo ministro responsable acaba de ser reprobado en el Congreso, acumula problemas que exigen soluciones a corto, medio y largo plazo.*

Está muy bien evitar suicidios, pero está muy bien evitar la acumulación de retrasos e incidentes. Todo ocurre entre Atocha y Chamartín, allí se acumulan los problemas sin que nadie, incluido el ministro, parezca poder solucionarlos.

Como usuario casi diario de ambos medios de transporte en los últimos treinta años, creo que tengo cierta experiencia. Nunca ha estado peor que ahora, nunca ha habido tantos problemas como los hay hoy. Retrasos, escaleras desmontadas durante meses, y ascensores fuera de servicio, Todo ello combinado hace que la aventura sea diaria.

¿Es el espacio entre Atocha y Chamartín nuestro particular "triángulo de las Bermudas"? Pues algo así parece que ocurre a falta de mejor explicación. Los problemas de los trenes son los problemas de los usuarios.

* Encarna Samitier " Más que imprevistos" 20minutos 21/10/2024 https://www.20minutos.es/noticia/5645791/0/mas-que-imprevistos-opinion-de-encarna-samitier/

viernes, 27 de abril de 2012

Otra vuelta de torniquete (o amnesia pagana)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En estos días se percibe más actividad en el metro de Madrid y en el tren de cercanías. Cada mañana tomo ambos para ir hasta la facultad y en uno y otro he tenido encuentros con los revisores tanto en el interior de los vagones como en las salidas, donde esperan las llegadas de los trenes para solicitar el billete a los viajeros. Aumento de la vigilancia, sin duda. Normalmente los suelo ver el día en que hay exámenes de selectividad en la Universidad Autónoma, que es como pescar en un cubo. Como mucho, un par de veces más en el año.
La “batalla del metro” ha comenzado. El diario El Mundo nos da hoy algunas de las claves en su artículo «'Memetro' o cómo 'olvidar' pagar el billete de metro llega a Madrid»*. “Memetro”, nos explican, es el nombre de la asociación creada en Barcelona para saltarse los controles y no pagar los billetes con ciertas garantías de éxito. “Memetro” viene por la magnífica película “Memento” (Christopher Nolan 2000), una película de culto que propongo a mis alumnos desde hace siete u ocho años para que comprendan e indaguen los efectos de la manipulación en aquellos que carecen de información. La película ha pasado de rara a ser un clásico moderno. El protagonista no puede fijar los recuerdos y olvida lo que ha hecho en las horas anteriores, por lo que busca registrar externamente sus actos a través de fotografías, tatuajes, etc. para evitar ser manipulado por aquellos que se aprovechan de su falta de memoria. 

Memento (Christopher Nolan 2000)

“Memetro” surge del extraño caso de la amnesia colectiva de los que se “olvidan” de pagar el billete del metro, una amnesia “pagana”. Víctimas de esta peculiar enfermedad que solo se produce ante los torniquetes de entrada y las máquinas expendedoras de billetes, cuya función también han olvidado, se han agrupado en una asociación —sin ánimo de lucro, pero sí de ahorro— que, nos dicen en el diario, tiene como fin el estudio del origen de esta enfermedad social.


La asociación ha creado un sistema de alertas en tiempo real, con su propia aplicación para móviles, en el que los informadores avisan de en qué estación se encuentran los revisores para que los olvidadizos tomen otro rumbo hasta que desaparezca el peligro recordatorio. También han creado un fondo común para que, en el caso de ser atrapados sin billete, puedan pagar las multas. Como si se tratara de una película de espías, esconden billetes usados del día en las estaciones por si es necesario presentarlo al revisor y salvar la cara (y la bolsa). Todo un exitoso montaje que van sumando asociados.

Ya dimos cuenta de las campañas orquestadas para colarse en el metro de Madrid en su momento. Pero la organización que llega desde Barcelona y que se está expandiendo con velocidad va más a allá, por lo que puede apreciarse. El encarecimiento de los billetes del transporte público y el creciente malestar social por recortes y amenazas de recortes favorece esta forma de “ahorro-protesta”, que es una manera de politización del colarse de toda la vida justificado ahora por la necesidad y precariedad creciente de los usuarios. Dos pájaros de un tiro.
La acción individual y semioculta pasa a ser una acción colectiva, reivindicativa y publicitada para mayor gloria del ingenio y del desafío al sistema representado por las taquillas y torniquetes. No basta con colarse; hay que decirle al “sistema” unas cuantas cosas. En el artículo, uno de los fundadores señala:

Para David el "trastorno memetro es un síntoma del sistema enfermo": "El trastorno viene del discurso de los políticos, que cuentan una cosa en elecciones y luego cuando son elegidos se olvidan de todo; es un tipo de amnesia que se ha contagiado a los usuarios", precisa.*

Atrápame si puedes (S. Spielberg 2002)
El argumento es, pues, “si los políticos se olvidan de cumplir, nosotros nos olvidamos de pagar”. Esta traducción o lectura de la política y de la acción ciudadana en clave de incumplimientos tiene sus peligros, como es evidente para cualquiera. La deriva social que implica no se sabe muy bien cómo puede acabar. O sí, con solo un poquito de imaginación.
Existe un evidente malestar social que irá creciendo conforme los efectos de la crisis se vayan haciendo más patentes y se vaya saliendo de la colorida ciudad Esmeralda para caer en una Kansas en blanco y negro. Y no nos esperará el simpático Totó, sino un doberman de colmillos afilados y cara de mal café. El género cinematográfico en el que convirtamos lo que nos ocurra será una decisión que deberemos tomar pronto. Por ahora se ha elegido la película Memento como referencia, un thriller ingenioso y barroco de Nolan. Pero en el futuro cambiará forzosamente. Las apuestas de algunos, por el momento, están por “Atrápame si puedes” (Catch Me If You Can, Steven Spielberg 2002), pero pueden subir  pronto las de “Battle Royale” (Kinji Fukasaku 2001). Los que hayan visto ambas películas entenderán las diferencias. Podemos pasar del joven estafador simpático a la masacre juvenil.

Battle Royale (Kinji Fukasaku 2001)

Lo peor de todo es que no me gusta lo que veo ni lo que imagino, ni el desafío social ni el clima de amenaza permanentes. No son el ideal de lo que considero una sociedad en la que me gustaría vivir. Nos falla el modelo que llevamos años construyendo ante la indiferencia más absoluta de muchos de los que ahora se quejan en un sentido y en otro. Este es el resultado. O se busca paliar los efectos negativos de la crisis o con prepotencia y mano dura solo se conseguirá un mal clima, mucho peor de lo esperado. 
A tres escalones del bono basura, la cosa no está para bromas. Necesitamos todo el ingenio para salir de esto.

* “'Memetro' o cómo 'olvidar' pagar el billete de metro llega a Madrid”. El Mundo 27/04/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/04/26/madrid/1335458048.html



jueves, 2 de febrero de 2012

El colador reivindicativo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El partido final de Nadal con Djokovic en Australia ha sido calificado por medio mundo como “épico”, “grandioso”, como una batalla de seis horas entre dos soberbios contendientes que se olvidaron del mundo que les rodeaba para no ver más que una pelota que venía hacia ellos y sentir una raqueta en las manos y el suelo bajos sus pies. Pero no siempre es posible olvidarse del mundo.
Las batallas por colarse en el Metro de Madrid no tienen nada de épicas y son de otro orden, muy mundanas. Son la elevación al plano bélico de lo que uno hace todos los días. Usted y yo entramos de forma mecánica, algunos semidormidos o semidespiertos, ya que es un estado intermedio, en el transporte público y allí no hay fotógrafos ni antidisturbios, ni gente con pancarta para animarnos, ni nada por el estilo. Solo una larga cola de personas indiferentes, frente a un torniquete, esperando introducir una porción magnetizada de papel en una ranura. Es cierto que de vez en cuando la rutina se altera y la máquina que hemos elegido al azar no acepta nuestro billete y —contrariados— debemos elegir otra; que a veces ocurre que ese rechazo de las máquinas es una conspiración para negarnos el derecho a llegar a tiempo a nuestro trabajo y, tras probar varias de ellas, debemos recurrir a un empleado para que nos deje pasar porque se nos ha desmagnetizado el billete. Pero son cosas que ocurren, cosas cotidianas, sin grandeza épica, sin parafernalia alguna.

Desde que tengo memoria siempre he visto gente que se salta los torniquetes. Estudiantes y otros más talluditos se los pasan, de vez en cuando, por arriba o por debajo, según su estado físico y talla. A los bajitos les gusta pasárselos por debajo porque así justifican su tamaño y palian cualquier posible complejo al respecto. A los altos, por el contrario, les encanta hacer exhibición de la longitud de sus piernas y, con la perfecta técnica de un saltador de vallas, se lo pasan de un salto. Es cierto que no es tan elegante el salto como en los estadios de atletismo porque se apoyan en sus manos y nunca será especialidad olímpica —salto de vallas del metro—, pero es una sorpresa, entre tanto dormido, encontrarte con gente tan dinámica dispuesta a dar brincos tan temprano.
Antes lo normal era que se colaran los estudiantes, luego fueron muchos inmigrantes a los que les resultaba prohibitivo el billete y ahora son los parados. A estos grupos comprensibles de colados, agravados por la crisis económica, se ha añadido otro: el del colador reivindicativo. Cualquiera puede entender que haya gente que no tenga dinero para pagar un billete o un abono por la crisis. Pero el colador reivindicativo va por otro lado, ya que su función no es llegar a ningún sitio, sino pasar al otro lado sin pagar. Este colador quiere hacerse ver. Es reivindicativo y, por ello, mediático. Donde el colador tradicional prefiere mantenerse oculto, este, en cambio, convoca a la prensa. El reivindicativo es lo contrario del colador vergonzante, no siente ni culpa ni complejo. Y tiene su explicación.


La campaña publicitaria del Metro justificando las subidas de las tarifas ha sido una de las más desafortunadas operaciones comunicativas que recuerdo. Y en el peor momento. La campaña “Más por menos” es lo que se llama una auténtica metedura de pata. Tan grande que hasta la asociación Autocontrol de la Publicidad, prestigiosa entidad profesional que sirve para establecer este tipo de cuestiones al margen de los tribunales, lo han dicho.
En este caso les han señalado que lo que hacen en la campaña —comparar los precios de los billetes de diferentes ciudades del mundo— no es procedente porque los billetes comparados no son comparables. En cambio han rechazado por no procedente la otra queja remitida por los usuarios denunciantes de que los precios tampoco se podían comparar por darse en el marco de ciudades con distintos niveles de renta. La Asociación ha dicho que eso ya lo saben los usuarios, desgraciadamente, es decir, que saben que un alemán gana más dinero que un español y que aunque pagara la misma cantidad por el billete, no es lo mismo. Lo que viene a decir es que un euro es un euro para un alemán y es algo más para un español, que la moneda única no implica ni el sueldo único ni el nivel de vida único. Y no hablemos ya si ese español está incluido en esos cinco millones largos de personas que están desempleados.

Pero igual que la campaña es una metedura de pata comunicativa, lo es más la forma de afrontar el hecho de que la gente se cuele como un reto. No dudo que exista alguna patología específica en algunos casos —coladores psicópatas—, pero normalmente a la gente le gusta pagar. Y le gusta pagar porque eso significa que tiene dinero con que hacerlo. Es más: a la gente le encantaría pensar —estoy seguro de ello— que el Metro es baratísimo, porque sería señal de que le sobra el dinero. ¡Se vive tan feliz en un país en el que todo te parece barato porque tienes un buen sueldo! Pero no es el caso.
La campaña —"Más por menos. No encontrarás otro Metro en el mundo que te ofrezca tanto por tan poco"— incurre en un error comunicativo, el de incluir un término que puede ser vivido por los receptores como un agravio. Me refiero al “tan poco” con el que concluye. En un país en las circunstancias actuales es un error grave dirigirse a los usuarios en esos términos. Lo único que refleja es que quien pensó la frase tiene un buen sueldo o ha sido bien remunerado por ella. En cambio, a los que se empobrecen a marchas forzadas, cada día el billete les parece más caro porque disponen de menos dinero para comprarlo. A ellos, el billete se les hace cada día más caro. Y compararlos con usuarios de otras ciudades con otros niveles de vida superiores es ya pisar la colilla con ganas.


Por todos esos motivos han surgido los coladores reivindicativos, que tienen en vilo a los vigilantes jurados, taquilleros, policías, fotógrafos, periodistas, etc. convocando “coladas” generales en el metro, según nos dicen, a imitación de las que se hacen en Grecia. Hace ya tiempo que imitar a los griegos no es signo de clasicismo ni hacer la colada es tampoco es lo que era.

Lo que sí es cierto, en cambio, es que por efecto de todo este lío, la campaña “parcialmente engañosa” ha comenzado a tener sentido, a ser “parcialmente verdadera”. Me refiero a la afirmación “No encontrarás otro Metro en el mundo que te ofrezca tanto por tan poco” porque el espectáculo que ofrece es difícilmente encontrable en otros pagos. Estas emociones, carreras, saltos, detenciones, heridos, etc. son un valor añadido al billete. Y si Metro fuera inteligente sacaría el “billete extreme” para usuarios que deseen ser perseguidos, golpeados, arrastrados y detenidos.
La batalla del Metro continuará, según avisan, mientras no se den cuenta de que se pueden hacer cosas equivalentes a esas tarjetas doradas, las que existen para pensionistas, en las que se reconoce tácitamente que las pensiones no dan para lujos y que es mejor ofrecer precios reducidos, descuentos, etc., las fórmulas que sean factibles para no obligar a la gente a desconectarse del mundo. En vez de decir que es barato lo que no lo es, es mejor abaratar lo que no tiene más remedio que ajustarse a las posibilidades de pagar de los usuarios. Si el transporte público es la alternativa al transporte privado, ¿qué queda como alternativa al transporte público? Solo tres posibilidades; tirar de zapatilla, la batalla del colarse o ajustar los precios para evitar que los que más pagan en la crisis vivan en una situación peor.


Una sociedad más humanizada  debe entender que la gente no se cuela por vicio —como se decía antes—,  que no deja de pagar sus pisos por placer, etc., sino por necesidad. Puede que Metro no quiera tener pérdidas, como es lógico. Pero lo que no le proporciona ninguna ganancia es dar muestras de falta de sensibilidad —casi de falta de sentido de la realidad— hacia la situación de muchos de sus usuarios. Cada espectáculo organizado por los coladores reivindicativos le cuesta mucho en términos de imagen. Las inversiones que hacen en evitar que la gente se cuele, las podrían hacer en evitar que la gente tenga que colarse. Todo es cuestión de pensar en una dirección o en otra.

* “Autocontrol considera parcialmente engañosa la campaña publicitaria de Metro de Madrid” RTVE 23/01/2012 http://www.rtve.es/noticias/20120123/autocontrol-considera-parcialmente-enganosa-campana-publicitaria-metro-madrid/492017.shtml

Ejemplos de la "contracampaña" del Metro

Modificación (tuneado) de la campaña para otras causas reivindicativas  (Educación)