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sábado, 9 de febrero de 2019

El gigante afónico

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Chen Yu
Lo que sigue surge de la intersección de dos cosas, las conversaciones continuas con muchos de mis doctorandos (y tres ya doctores) chinos sobre la "representación" de China en los medios extranjeros —objeto desde distintos puntos de vista de muchos de sus trabajos—, y una publicación "albergada" en el diario El País, dentro de algo llamado la Librotea, cuyo titular "Mucho más que Murakami: grandes libros de oriente que debes conocer", apareció hace unos días, precisamente tras una de estas conversaciones en el proceso final de una tesis sobre la representación.
El titular (y el texto) lleva varias cosas implícitas. En primer lugar da por supuesta una igualdad inicial "Oriente = Murakami". En una primera lectura, pudiera parecer que se trataría de deshacer un exceso identificativo para tratar de mostrar que "Oriente", efectivamente, es más que el novelista japonés Haruki Murakami, un gran vendedor de libros por todo el mundo. La sorpresa se produce cuando los diez libros propuestos para convencernos de que Oriente existe más allá de Murakami ¡son todos japoneses! Imaginemos, por ejemplo, que desde otra cultura se identificara exclusivamente "occidente" con los Estados Unidos o "Europa" con Alemania excluyendo cualquier otra variación. Podemos pensar que se trata de una artimaña comercial —como probablemente es, publicidad camuflada de "recomendación"— pero también es una muestra o ejemplo revelador de lo que ocurre en un campo más amplio, el de la definición de "Oriente".


El día anterior a la aparición del titular de la Librotea, habíamos estado hablando al hilo de la revisión de los trabajos de investigación, precisamente del fenómeno de la absorción japonesa del concepto de "oriente" en el "imaginario occidental". El titular era una demostración de esta idea ya que identificaba ante los lectores a Murakami primero y a diez autores japoneses como "Oriente", excluyendo toda la diversidad que se pueda encontrar en ese término.
No se trata de recriminar un exceso verbal en la identificación, sino de preguntarse sobre la naturaleza comunicativa y cultural (e intercultural) de este tipo de fenómenos reductores y  de sus efectos sobre la percepción del otro o de los otros.
"Oriente", al igual que "Occidente" son construcciones conceptuales que tratan de reflejar unas distancias y diferencias existentes o simplemente imaginadas desde una perspectiva propia sobre los "otros". "Oriente" y "Occidente" son "categorías", una forma de clasificación que va de nuestras mentes a nuestras culturas y viceversa. Como categoría, admite y agrupa una serie de rasgos compatibles con una definición implícita del "otro" categorizado.


George Lakoff y otros autores que trabajaron sobre la Semántica de Prototipos establecieron que las categorías mentales o culturales no son como las categoría lógicas heredadas de Aristóteles o las cartesianas —lo claro y distinto— sino que son entidades blandas, escalonadas, que se articulan en la mente (y en la cultura) alrededor de un elemento central respecto al que se ordenan los demás en relación a más próximas o más alejadas de ese "prototipo". En el caso de la categoría "Oriente" parece claro que el centro prototípico lo configura "Japón". Esta categoría no se produce en el vacío o de forma universal. Es una categoría formada como construcción  de lo exterior a nosotros (los "occidentales").
Esto no es un sistema clasificatorio absoluto, sino relativo y multidimensional: somos "españoles" frente a los "europeos"; somos "europeos" frente a los "Estados Unidos"; somos "occidentales" frente a "Oriente". Las unidades podrían ser más pequeñas hasta llegar a la familia. Todas esas categorías nos definen, por un lado, frente a sus respectivos "otros", pero también suponen una construcción de esos "otros" en cada nivel. Todo ello forma parte de los procesos identitarios, que actúan como filtros de percepción repartiendo y asignando propiedades, obviando otras.



En este proceso, el otro es reducido a una serie de elementos que constituyen el "estereotipo" con el que los identificamos. El estereotipo es una representación del otro en un sentido positivo o negativo. Este se reproduce socialmente a través de formas diferentes, que van del chiste a los personajes del cine, de la publicidad a la prensa, de Fumanchú al "flan chino El mandarín", de la hucha de los "chinitos" del Domund a Tony Leblanc disfrazado de mago chino en los años 60.
Durante siglos, la mayor parte del imaginario oriental, de su construcción imaginada en Occidente, tuvo a China por centro, ocupando el espacio central que hoy tiene Japón. De Marco Polo en adelante, los occidentales fuimos construyendo una imagen de China a cuya cúspide se llega a finales del siglo XVIII y que la revolución industrial y del transporte en Occidente, se traduce en el colonialismo del siglo XIX, al que le interesa por motivos obvios una distorsión de la situación para justificar sus guerras económicas y comerciales que acaban creando una imagen muy distinta. Los estereotipos negativos se acumulan y se comienza a generar la idea del "peligro amarillo" y de la superioridad "occidental", que se justifica desde diversos aspectos (la decadencia oriental, el lujo "asiático", la crueldad, los hábitos alimentarios, etc.


Puede parecer sorprendente, pero los mejores difusores de la China y sus mayores defensores han estado en los Estados Unidos. El ejemplo más claro es la novelista Pearl S. Buck, premio Pulitzer por la gran novela sobre China, La buena tierra, y posteriormente premio Nobel de Literatura. Buck dedicó toda su vida a contar al mundo su amor por el país en el que había crecido. Los miembros del Movimiento del 4 de Mayo en China, un movimiento democrático y que desea la modernización frente al tradicionalismo que había estancado al país por siglos, evitando su desarrollo, eran admiradores de los estados Unidos. La explicación es sencilla: Estados Unidos era la opción triunfante frente al "viejo mundo", representaba lo contrario del tradicionalismo del que trataban de huir para progresar; era el "país joven" que ellos querían que China fuera en el futuro. Admiraban a Lincoln, al que consideraban el liberador de la esclavitud, algo que todavía se vivía en China de facto.
En la Guerra Mundial, China es país aliado frente a Japón, aliado con Alemania e invasor de China previamente, donde había restaurado como títere al emperador Pu Yi. Pero todo se rompe cuando el bando nacionalista pierde la guerra civil frente a las tropas comunistas y se repliegan a la isla de Taiwán. Desde ese momento el proceso se invierte y China pasa a formar parte del sistema de la Guerra Fría, quedan al otro lado, como los "enemigos de Occidente". El "peligro amarillo" pasa a ser el "peligro rojo". Se produce un aislamiento comunicativo importante.
A diferencia de Japón, el silencio de China hacia el exterior es prácticamente total. Lo que sale al exterior es exclusivamente la figura de Mao y de la "revolución cultural". Japón, el país que fue enemigo y derrotado, sufre una transformación explosiva al ser expuesto de forma masiva a la cultura occidental, es decir, en este caso la norteamericana.


Hemos tenido ocasión de ver en días pasados la película de Yasujiro Ozu, Buenos días (1959) en la que dos niños se enfrentan a sus padres porque no les dejan ver la televisión con sus vecinos ni quieren comprar una para la casa. La película de Ozu documenta el proceso de transformación generacional y la culturización "americana" a través de las costumbres, introducidas esencialmente por la televisión y los modos de vida americanos, simbolizados en la adquisición de los electrodomésticos que ya están fabricando. Un elemento que recorre la película son las clases de inglés que reciben y que hacen que se les cuelen expresiones inglesas en el habla cotidiana. La sutileza de Ozu es grande y tras la comedia vemos cómo la división de la población se articula sobre el eje de la aceptación de la cultura exterior, que ha pasado de ser el enemigo a ser una forma de "modernidad" aceptada por las nuevas generaciones y que les distancia de su mayores. El matrimonio más joven que aparece en la película abandonará el barrio. Los demás les perciben como los que "están en casa siempre en pijama" en contraste con las casas del barrio, en donde el movimiento entre vecinos tiene unas características más tradicionales, de cultura compartida y convivencia. Ellos, por su parte, no se identifican con sus vecinos, sintiéndose aislados e incómodos. Solo los niños entienden su forma de vida "a la americana". La televisión, como se dice en la película, les permitirá no solo ver los combates de sumo, sino los partidos de béisbol, un deporte importado.
La transformación de la cultura japonesa tras la posguerra representa lo contrario de lo ocurrido con China, que permanece aislada hasta la década de los ochenta y con un control importante de los flujos de información en los dos sentidos, salida y entrada. Japón por el contrario, pasado su periodo de transición traumático, empieza a tener la capacidad no solo de recibir sino de exportar, construyéndose una imagen definida de combinación de modernidad y tradición que penetra a través de la tecnología y de la cultura transformada, que va modelando el imaginario occidental.

La absorción de elemento de la cultura norteamericana comienza a actuar en su favor al permitirle exportar su cultura híbrida hacia el exterior, donde ya es más fácil de consumir y aceptar. Pensemos en Murakami, ya que nos lo ofrecen. El novelista representa perfectamente esa hibridación cultural que le ha hecho ser aceptado masivamente en todo el mundo, más allá de sus fronteras. Murakami es el escritor global, de Japón al mundo porque previamente ha transformado el mundo, lo ha interiorizado como mundo propio. No ha resistido, se ha transformado. Y ahora es él el influyente.
La identificación de Oriente con Japón no es casual. Lo ha hecho con el "anime" y el "manga", como antes lo hizo con el "judo", o el cine de sus grandes directores. Todo ello son vehículos culturales que contribuyen a la difusión y construcción de una imagen aceptada y aceptable desde occidente.
El proceso chino ha sido el contrario. China ganó la guerra mundial y quedó marcada por los resultados de la guerra civil. Ya no era el enemigo derrotado al que ayudar y transformar, como ocurrió con Japón, sino un país que seguía su propio camino tras la gran muralla. La transformación de China se produce tras la revolución cultural, gracias a la astucia y el pragmatismo de Deng Xiaoping, que toma en sus manos un proceso en el que logra involucrar a los diferentes sectores de la sociedad y el estado para sacar al país de la situación en la que estaba. Deng logra convencer que el futuro está en los jóvenes, en el desarrollo científico y en la tecnología, que el socialismo no implica pobreza y que existe una vía china. La China de hoy es hija de la astucia, visión de futuro y determinación de Deng Xiaoping.
Por primera vez en la historia, está saliendo de China una generación de jóvenes que llegan a los países occidentales con una experiencia y una visión del mundo muy diferente a la de las generaciones emigrantes anteriores. Vienen a estudiar, a aprender, a relacionarse y a convivir con nosotros. Pero lo hacen en unas condiciones muy diferentes a las de otros países.
Se encuentran con una situación asimétrica. Mientras que ellos conocen muchas cosas de la cultura a la que llegan, que han llegado a un mundo que desconoce absolutamente todo del suyo. Algo peor: ese conocimiento está distorsionado por estereotipos negativos sobre la cultura china, estereotipos creados por nuestros propios medios en la construcción de su imagen.


Hay que escuchar las experiencias de muchos de ellos frente a sus compañeros y el aislamiento en el que se encuentran. Agradezco la experiencia comunicativa desde hace más de diez años con estudiantes chinos, algunos de ellos ya doctores y siempre les digo lo mismo, además de la formación como investigadores, de sus tesis doctorales, hay un elemento esencial: convertirse en puentes, comunicadores entre su cultura y la nuestra tratando de evitar los estereotipos negativos y los filtros interesados elaborados desde la política y la economía.
Estos dos factores son esenciales hoy que están en primera línea pues no se puede identificar a 1.400 millones de personas con cuatro tópicos mediáticos. Hay que saber diferenciar lo que es una "persona" de lo que es un "pueblo", una "cultura" y un "estado". Desgraciadamente, muchas veces recorremos de uno a otro extremo haciendo responsables a unos de lo que no lo son.

La política de Donald Trump tiene la obsesión de denigrar al mundo latinoamericano, los "bad hombres" de su campaña electoral, frente a los que quiere elevar el muro de la vergüenza. Junto a esto tiene la obsesión de China, a la que acusa de haber "robado" el protagonismo del crecimiento económico. Todo esto se traduce en una serie de corrientes informativas negativas sobre China, a la que se hace responsable de todo para justificar sus políticas aislacionistas. Se pueden entender las discusiones o las negociaciones sobre economía y comercio, pero lo que no se puede justificar es que estas disputas se conviertan en base de más estereotipos y se conviertan finalmente en casos de discriminación. Lo ocurrido con los hispanos en Estados Unidos nos hace ver que no se trata de un supuesto, sino de una realidad como la propia prensa norteamericana ha estado informando dando cuenta de los incidentes de tipo racista que se producen de forma continua.
La poderosa maquinaria cultural de los Estados Unidos es capaz de ridiculizar a pueblos o culturas enteros, definiendo su propia superioridad sobre el resto. Lo ha hecho con los que consideraba sus "enemigos", ya hayan sido rusos (comunistas), alemanes (nazis), árabes (terroristas), hispanos (ignorantes parásitos). Esto es lo que consumimos en gran parte de lo que nos llega. La propia industria del cine ha tenido que tomar medidas reclamando "diversidad" para evitar el terrible poder del estereotipo. Los afroamericanos han pasado de ser "criados" o "esclavos" en las pantallas a reclamar un puesto digno. En los setenta tuvieron que crear su propio cine y series de televisión porque les resultaba intolerable la representación que de ellos se hacía en los medios. Tenemos dos buenas ofertas cinematográficas en este sentido, la película de Spike Lee "Infiltrado en el KKKlan (BlacKkKlansman, 2018),  y "Green Book" (2018), el filme de Peter Farrelli. En el mismo plano, "Black Panther", ha llevado a otro extremo el cine de súper héroes, rompiendo la idea blanca (aunque los haya verdes) del universo Marvel.


Solo el interés económico de estrenar películas en China, un mercado de cientos de millones de personas, ha hecho que se suavicen los estereotipos sobre China. La perspectiva de perder ese mercado ha hecho que se introduzca una nueva imagen de China más acorde con su estado real de conocimiento, científico, tecnología, costumbres, etc. Lo podemos ver en películas como el hit de aventuras "Megalodón" (The Meg, Jon Turteltaub 2018), también con capital chino. Es la entrada de capital y el control de la producción lo que permite película en las que las personas chinas puedan a aspirar a ser representadas más allá de las mafias, los criados, conductores, tenderos, espías, masajistas o prostitutas y chulos del "barrio chino".
El problema de la comunicación es que China no tiene la capacidad de generar una comunicación global para poder construir una imagen exterior que combata los estereotipos existentes y los nuevos que la administración Trump está imponiendo al mundo y cuyos efectos negativos pagan aquellos que nada tienen que ver.
El caso abierto más claro de esta guerra es el de la empresa china Huawei, a la que no se le perdonan sus avances tecnológicos y a la que la presión norteamericana sobre los países europeos producirá efectos sociales incalculables en términos de construcción de imágenes.


Si la información aparecida en El País consideraba que no había más "oriente" que Japón para conseguir una visión positiva y lograr vender a los escritores japoneses a un público español, China no ha conseguido introducirse en esa "categoría positiva oriental".
En un mundo global, China es un gigante afónico. No tiene una voz audible con la que compensar los efectos de la categorización a que es sometido por la maquinaria mediática, económica y política de los estados Unidos, cuyos efectos se expanden por todo Occidente.
Este problema tiene varios niveles. El primero de ellos es no se puede pretender modificar esto mediante una voz institucional u oficial que sea única hacia el exterior. El aislamiento de China en todos los niveles hasta muy recientemente ha hecho que no exista una imagen de China más sólida culturalmente. El ejemplo más claro lo tenemos en la concesión del premio Nobel al escritor chino Mo Yan, que pasó casi desapercibido porque no había, al menos en España, una editorial grande detrás. Lo que había era el encomiable trabajo de traductores y una editorial que había creído en un gran autor y lo había intentado introducir entre nuestros lectores.

Mo Yan recibiendo el Nobel de Literatura

La diferencia entre lo que ocurre con Murakami, aspirante eterno al premio Nobel, y lo ocurrido con Mo Yan, Premio Nobel, no muestra de forma ejemplar el problema. Es deprimente leer la mayoría de las reseñas y críticas realizadas sobre este gran novelista, en donde lo único que se tiende a considerar relevante es el tópico de que es un "hombre del régimen", algo que es de una simpleza absoluta y reduce su enorme riqueza y calidad, su crítica social, a polvo.
El pueblo de China necesita voces, muchas voces... y oídos. Necesita mostrar su enorme riqueza cultural y creativa, sobre todo su futuro, que es lo que tiene por delante. No se trata de discursos ni de canales oficiales. Tiene que poder mostrar la creatividad que yo veo en muchos de los que han pasado por las aulas en estos diez años. Sin embargo, a las dificultades inherentes de las distancias estamos añadiendo la de los prejuicios y estereotipos, que se crecen precisamente por la falta de voz y del silencio con el que suelen sobrellevar estas cosas cuando las padecen. Creo que la confianza y cariño que he llegado a tener con muchos me ha hecho indignarme ante la injusticia del tratamiento que a muchos se les da alimentados por la ignorancia y ahora los intereses de la economía norteamericana.
Oriente no es solo "Japón" y menos "Murakami", escritor que me gusta. Oriente es una diversidad de culturas con puntos comunes, pero con una enorme diversidad y riqueza. Conozco muchas personas que aprenden japonés, pocas chino. Sé que hay muchas, pero lo dicen menos. Contarlo es importante. Aprender un idioma es un acto de unión. Muchos lo hacen, me dicen, por negocios, pocos por la cultura.
Es la cultura lo que tiene que salir y no solo de una forma folclórica, mostrando el "exótico oriente" (otro tópico), sino mostrando la enorme creatividad que se atesora en su pueblo.
Para ello son esenciales esos miles de estudiantes chinos que ternemos hoy en nuestras aulas de grado y de posgrado, en nuestros doctorados. Son los mejores embajadores de ida y vuelta. Aprendemos con ellos y de ellos. Nos sacudimos los prejuicios acumulados y  los estereotipos. Los que no combaten la ceguera que provocan,  se están condenando a vivir en la ignorancia, que tiende a ser orgullosa en su necedad.


Japón sufrió estereotipos negativos cuando comenzó su recuperación económica y puedo competir con su tecnología y productos en un mundo global. Le costó vencer muchos de ellos pero avanzó. Hoy China padece muchos de los mismos con los que se atacaba el desarrollo de Japón: la copia, la falta de creatividad, la sumisión, etc. Hoy la cultura japonesa está instalada y es querida en un mundo global, de la gastronomía al cine y a sus novelistas.
China necesita redefinir su voz exterior, diversificarla. No necesita una voz institucional, sino una polifonía que dé cuenta de lo que hace y puede seguir haciendo, de la propia riqueza social. Debe mostrar su potencial y su creatividad. Hay que sacudirse la imagen de la "fábrica" de lo que otros idean y mostrar el desarrollo tecnológico y científico.
El embajador más importante es la cultura. Los jóvenes chinos que hoy están entre nosotros y en muchos otros países son los que deben llevar el peso del diálogo, de la conversación global. No podemos seguir creando nosotros las etiquetas. Tenemos que empezar a ver de manera distinta. Para ello es necesario que esas voces nos cuenten y muestren, romper la barrera del silencio y que China muestre a través de sus voces, su creatividad y diversidad.


Para ello, nosotros, nuestras actitudes receptivas, son importantes. Hay que aprender a aprender de los otros. Mi satisfacción personal mayor es la cantidad de puertas que se me han abierto para poder conocer cada vez que he tenido la oportunidad de hacerlo. Por eso muchas veces me indigna ver el tratamiento mediático que en vez de ampliar nuestros horizontes nos muestra una vieja fotografía que en poco se parece a la realidad que deberíamos poder apreciar valorar.
El diálogo es esencial para la transformación. Nuestro mundo es global, por lo que vivir entre tópicos y estereotipos no es lo más recomendable, pues se producen fricciones y malentendidos.
Igual que hay muchos "occidentes", hay un oriente múltiple más allá de Japón. Tampoco China es todo "Oriente", de la misma manera que Estados Unidos no es "Occidente" sino una parte. Hay que tener cuidado con no sepultar a países ricos en cultura que parecen diluidos ante la presencia de los gigantes que les rodean. Hay que ir más allá del turismo y sus tópicos y comprender la riqueza tras los eslóganes y folletos publicitarios. Por muy bellos que puedan ser los países, lo importante son quienes viven en ellos. 
Desde el punto de vista de la comunicación cultural debemos aprender de cómo un país derrotado se convirtió, por encima de los estereotipos, en una cultura exportable y disfrutable de múltiples formas.
China tiene que encontrar su voz en un mundo global, sus voces múltiples, pues es una sociedad de enorme riqueza y creatividad. La tiene que encontrar para evitar seguir siendo descrita por aquellos a los que solo interesa dar una visión negativa. China es una realidad milenaria, la cultura en activo más antigua de nuestro planeta. Reducirla a tópicos y estereotipos es una necedad.

Chen Yu
Estoy muy orgulloso de mis doctorandos y de los ya doctores chinos. Sé que la mayoría ha comprendido el valor del diálogo posible y que son buenos embajadores, en las dos direcciones, en lo que traen y me gustaría también que en lo que se llevan de nosotros para difundirlo entre los suyos. El esfuerzo es enorme y el sacrificio personal y familiar igual. Donde vayan serán doctores de nuestra universidad y un ejemplo de que es posible construir juntos para que esa  voz salga clara después de una larga afonía. Los jóvenes tienen esa tarea.
  
* "Mucho más que Murakami: grandes libros de oriente que debes conocer" Librotea (El recomendador de libros) - El País s/f https://librotea.elpais.com/usuarios/librotea/estanteria/mucho-mas-que-murakami-grandes-libros-de-oriente-que-debes-conocer?id_externo_promo=elpais_oriente&fbclid=IwAR0RGW_VrZ9zmf6iMCgthxFcyS1bIFOwDUuB3gni6pS6j9331Z2Sae4SgOo

miércoles, 10 de octubre de 2018

Nacionalismo y diálogo intercultural, Tagore

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Enfrascado en la gratificante lectura de Nacionalismo, del gran poeta e intelectual indio Rabindranaz Tagore, otro nombre arrastrado por el fango de la trivialidad hasta el delta del abandono. No hay mejor lugar para encontrar algo que nos aleje de la podredumbre que nos rodea que esa comunidad de gloriosos olvidados de los que podemos aprender algo.
Comienza su escrito Tagore celebrando el despertar de Japón como potencia, una inyección al derrotismo causado por el desarrollo de occidente, por su poderío colonial y militar. Tagore lo saluda como un modelo para Asia, si bien el tiempo le demostrará pronto que Japón asume su nuevo poder como potencia colonial agresiva invadiendo a sus vecinos, como se verá en su alineamiento en el Eje con la Alemania hitleriana para el reparto del mundo. El futuro no siempre es claro.


Más adelante, Pearl S. Buck, en sus escritos sobre India y China, pondrá el dedo sobre el problema. Buck supo ver que los Estados Unidos iban a perder a dos países amigos, la India y China, a manos de un colonialismo japonés que algunos preferían al colonialismo occidental, a su racismo, el mismo que todavía hoy se padece (e intensifica) en los Estados Unidos. 
Buck era una auténtica amiga de China, en donde creció y vivió. Trató que las relaciones de los Estados Unidos con estos países fueran honestas y no racistas o coloniales. Algunos prefieren, escribirá y repetirá en conferencias de la época, un colonialismo asiático, como mal menor, a un colonialismo racista llegado de occidente que habla de la superioridad del "hombre blanco". La amistad se rompió y hoy aumenta la ruptura.  

Pero se perdieron unos y otros. Tagore critica la dominación británica desde la perspectiva de la creación de las agresivas "naciones" o los "estados-nación", concepto tras el que se esconde la voluntad de poder, el colonialismo que se disfraza de superioridad racial ignorando la realidad espiritual de Oriente, su origen y desarrollo científico ("tomada" y "aprovechada" por occidente). En efecto, de China se traen la pólvora, la brújula, la imprenta, el papel y la tinta. Los cimientos tecnológicos de lo que serán las revoluciones de los viajes, de las conquistas allí donde llegan, y de las revoluciones causadas por la imprenta, con la difusión de las ideas religiosas que entrarán en conflicto.
Tagore no es nacionalista y aboga, al contrario, por una idea amplia de Oriente, más espiritual que meramente física o racial. Oriente es un estado del espíritu, de la mente. Con motivo del 150 aniversario de su muerte, en 2010, el diario El País publicó el artículo firmado por el filósofo iraní y profesor de la Universidad de Toronto, Ramin Jahanbegloo, titulado "Rabindranath Tagore: un indio cosmopolita" en el cual, tras repasar su figura, se concluía:

A caballo entre Asia y Europa, sin rendirse a la idea de un choque entre ambas, Tagore amplió el significado y la importancia pragmática del diálogo crítico intercultural como ninguna otra persona antes que él. Al extender su visión de la civilización más allá del mero particularismo, otorgó un valor supremo a la idea de un mundo integral. Un mundo integral que era como una familia en la que sus miembros, las distintas naciones, contribuyen, cada uno con su parte, al bienestar de todos.
Hoy, en un momento en el que la humanidad se enfrenta a un panorama poco halagüeño, con choques de intereses nacionales y prejuicios étnicos y raciales, un intento de entablar un diálogo intercultural puede ser una forma fidedigna de sentar las bases de una nueva solidaridad humana en un mundo plural. 
Lo que debemos preguntarnos es si nos encontramos en el momento histórico en el que debemos "perder nuestra fe en el hombre" o debemos esforzarnos en preparar las condiciones necesarias para que un diálogo intercultural contribuya a forjar la solidaridad humana en un mundo plural. No cabe duda de que Tagore es el testigo cuyos textos nos ayudarán a discernir si estamos avanzando o no hacia más diálogo cultural y más solidaridad humana en nuestro mundo.**


El auge actual de los populismos, de los nacionalismos y de la xenofobia ligada a ellos, nos llevan a dar una respuesta negativa a la pregunta final del escrito. Estamos avanzando en algunos sentidos, pero retrocediendo en otros muchos. Y lo hacemos porque la calidad de los dialogantes se ha empobrecido en muchos sentidos. Nuestro progreso científico y técnico no se acompaña de una mejora de lo que realmente pueda ser una mejora en el diálogo mismo, en nuestra propia humanidad.
El mundo globalizado está suscitando enormes conflictos propios e interculturales. La extensión planetaria de los medios hace que a la vez se levanten barreras de censura, que se cierren medios, que se tapen bocas por todo el mundo. El modelo retrógrado del "America First" recuerda el cierre usado por Japón en el siglo XIX para evitar tener contacto con un mundo diferente y convertir su carácter isleño en una garantía de aislamiento.
Hay en el texto de Tagore unos párrafos que considero muy claros sobre la evolución de las culturas en la distancia y en la gestión de sus propias raíces. Las ideas sobre oriente mismo pueden ser revisables por su idealización y el paso del tiempo, pero creo que su capacidad de ver desde el exterior refleja algunos de nuestros más serios problemas.
Nos recuerda el destino de los nacionalismos europeos, el desgarramiento de eso que algunos anhelan, la "Europa de las naciones", cada vez más agresiva, radical e intransigente, cada vez confundiendo con más intensidad lo que es circunstancia y lo que es esencia de lo europeo mismo, reduciendo a caricatura la identidad, que es algo hacia lo que caminamos cada día —un querer ser— y no un pasado mítico, idealizado e intransigente. Escribe Tagore:

¿Siguen sin entender esta verdad, ahora que una guerra cruel ha clavado sus garras en las entrañas de Europa, se volatilizan sus reservas de riqueza y la humanidad se despedaza en sus campos de batalla? Ustedes se preguntan asombrados: ¿qué ha hecho Europa para merecer esto? La respuesta es que Occidente ha endurecido sistemáticamente su esencia moral para que sus descomunales abstracciones de eficiencia tengan sólidos cimientos.
Lleva mucho tiempo matando de hambre la vida interior del individuo en provecho de su vida profesional.*



Puede parecer un tópico, un estereotipo sobre lo europeo como apegado a lo material a través de esa idea de "eficiencia" que nos descarna y nos convierte en objeto de escrutinio, de evaluación permanente, como forma de vida.
Lo cierto es que nuestra vida nos deja poco tiempo para construirnos a nosotros mismos; nos obliga a seguir sendas trilladas por las que somos llevados hasta conseguir que seamos útiles y rentables. Creamos un mundo frío sacudido por choques emocionales; poco más.
Puede que las palabras o los enfoques de Tagore nos parezcan demasiado espirituales, centrados en aspectos poco prácticos, pero creo que revelan algo profundo que marca nuestra orientación cultural. Coincide con las críticas que desde el interior de nuestra cultura muchos nos hacemos, esa insatisfacción que se nos crea con nuestra propia forma de vida.

Al igual que los nacionalismos estallaron tras la revolución industrial y arrastró hasta las fábricas, hoy estalla de nuevo el nacionalismo tras otra revolución, la tecnológica y con otra forma de expansión, la globalización. Nos expandimos comercialmente y rechazamos las consecuencias de nuestra propia riqueza sobre los otros.
Tagore nos hablaba hace cien años. No hemos avanzado mucho, en realidad. Esa idea de pérdida de nuestro sentido es hoy uno de los males que nos aquejan en este universo trivial y eficiente que hemos creado, que gira sobre sí mismo, y ahora se llena de peligrosas quimeras que reclaman protagonismo.
El subtítulo de "Nacionalismo" era "Todas las grandes naciones de Europa tienen sus víctimas en otras partes del mundo". Más allá de esto, Tagore comprendió que Europa, Occidente hoy, era también víctima de sí mismo.
Seguimos sin entendernos. Y quien actúa sin entenderse es peligroso.


* Rabindranath Tagore. Nacionalismo (1920). Trad.  Federico Corriente y Sonia Chaparro.
** Ramin Jahanbegloo, "Rabindranath Tagore: un indio cosmopolita". El País 5/09/2010 https://elpais.com/diario/2010/09/05/opinion/1283637604_850215.html

viernes, 26 de agosto de 2016

Más sobre el burkini, como era de esperar

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Mucho me temo que no se comprendan los niveles en los que se están jugando las distintas batallas. Las más obvias se dan en Siria e Iraq, donde se da lo que calificaríamos como una "guerra". Este nivel obvio, sin embargo, ya está lleno de peculiaridades respecto a lo que nuestra mente se imagina cuando piensa en guerras. Hay varias guerras dentro de esa guerra, que muchos se imaginan como la de Iraq, teniendo poco que ver, pero uno se imagina las cosas desde la experiencia. Si eso ocurre con la zona de batalla, ¿qué idea se tiene formadas de lo que ocurre en Egipto, donde se dice que también se está en esa guerra pero se encarcela a los opositores laicos o en Turquía donde se dice que se ataca al Estado Islámico pero se bombardea a los kurdos, que, a su vez, atacan a los yihadistas formando parte de la coalición? ¿Qué pensar de lo que ocurre en Libia donde Estados Unidos bombardea a los yihadistas a petición de uno de los tres gobiernos existentes, que no se reconocen entre ellos? ¿Entiende usted lo que pasa en Yemen? Todo este guiso aderécelo con la crisis de los refugiados y de los inmigrantes (que son dos cosas distintas), las mafias que los cuelan, los conflictos de la UE y Estados Unidos con Turquía —miembro de la OTAN— y su repentino amor por Rusia, a la que derribó un avión que iba a bombardear al Estado Islámico; sí, Turquía, donde cada día se producen atentados sin que se tenga claro quién los realiza, que acaba de pasar por una intentona de golpe de estado y una purga posterior de decenas de miles de personas de las que no hay constancia que hayan hecho nada. Si le resulta todavía soso, échele un poco de hierbas aromáticas iraníes, que recién levantadas su sanciones internacionales autorizan a los rusos a usar sus bases contra el Estado Islámico, al que ya combate en Siria de forma oscura, y pasados unos días lo desautoriza. Espolvoree por encima un poco de incomprensión y tirantez de las dos grandes superpotencias que luchan bombardeando a los que les resultan menos simpáticos, que no siempre coinciden.
Y en medio de todo esto, Francia vio la luz y encontró la solución: ¡prohibir los burkinis en sus playas mediante edicto municipal y multa de 38 euros! En su disculpa hay que decir que tiene por jefe del gobierno a una de las personas más cerriles con las que Francia ha rebajado su grandeur, Manuel Valls, azote de su propio partido y de cualquiera que se le oponga en alguna idea o similar. Cuando Valls toma una decisión es como los cimientos del Empire State. Creo que Hollande lo puso allí para asegurarse que alguien tendría menos popularidad que él.


Como advertimos cuando se empezó a plantear la cuestión del Burkini, la batalla que se está dando es compleja y en muchos niveles. El primero de ellos es el bélico, obviamente, el segundo terrorista, pero el tercero es el de la propaganda. En este, se pierde por goleada sin darse cuenta que las acciones que se realizan son analizadas, distorsionadas, reinterpretadas y distribuidas entre millones de personas.
La batalla del burkini es una de las más tontas de la historia de Francia. Convertir algo anecdótico en primera página es algo estúpido porque no se gana absolutamente nada y sin embargo se da pie a una campaña contra Occidente como la que ya está puesta en marcha.
Ayer me llegaban a través de Facebook los dibujos y memes en los que se compara la prohibición del burkini y del velo en las playas con lo que los yihadistas e integristas hacen a las mujeres que no lo llevan en las zonas que controlan. Es evidente que en la zona que controlan los yihadistas (zona 1) a nadie se le ocurre ponerse un bañador, mucho menos un bikini. La zona en donde los integristas tienen peso es mucho más amplia y es allí donde se da la batalla de la propaganda, donde se trata de convencer a la población de —como Erdogan dice— se les odia por ser musulmanes. Con este mensaje es suficiente, no tienen que hacer mucho más. Francia ha hecho el resto. Con este mensaje es fácil reorientar los demás mensajes de porqué se interviene en Oriente Medio.


La cuestión del burkini es absurda, como dijimos el otro día. Un burkini o un hijab no son un burka, que es un extremo, y eso hay que tenerlo claro. A los ojos de algunos puede no haber diferencias pero es necesario verlas. La ceguera en esto solo favorece al que manipula y son especialistas en ello. La batalla de la comunicación la ganan desde hace décadas en las calles con sus mezclas de argumentos falaces y presiones sociales y familiares. Y los errores les ayudan mucho a expandir su mensaje.


Egyptian Streets ha publicado un interesante foto-reportaje, firmado por Belal Darder, sobre las razones de unas cuantas chicas para quitarse el hijab, no en Francia sino en un país mayoritariamente musulmán, como es Egipto. Está bien conocer los razonamientos y a lo que han tenido que enfrentarse en sus propias familias y sociedad, algo que las que están en Francia o en cualquier otro sitio también pueden vivir como entorno y presión o simplemente con naturalidad.
Conozco muchas mujeres que lucen su hijab sin que esto implique el más mínimo "radicalismo" en ningún sentido. La decisión de quitarse el hijab no la debe tomar por ellas ningún municipio francés. Si es su deseo, no tiene porqué entrar en ello y si está obligada por su familia no se arregla mucho sancionándola a ella, en cuyo caso vivirá una presión doble insoportable.
Uno de los casos contados en el diario egipcio apunta una de las claves:

“My mom has no problem with me taking the hijab off but after my father’s death, my uncles became the ones controlling the family and they totally refuse the idea, which led me to what I do right now,” Amina says. “I take it off in my work as a waitress, I take it off while acting, I take it off in college but I wear it again each night on my way to our house.”
Amina is really surprised by the fact that many men in the society, whether fathers or brothers, think that the family would shamed if a girl from the family were to take off her hijab.
“They are so obsessed by what the community and the relatives think of them; they see our bodies as possessions that must be covered all the time and the worst part of it is that they try to advocate their ill point of view by saying that they only follow God’s orders.”*


En Occidente acostumbramos a decir que no nos importa lo que piensen los demás. Nada más lejos de la realidad que nos describe el caso de Amina. La presión sobre la persona, especialmente sobre la mujer, es de un orden que difícilmente podemos imaginar en muchos casos. Gran parte de la cuestión de los matrimonios muy jóvenes es acordarlos antes de que se pueda despertar algún caso de rebeldía y sea difícil "colocar" matrimonialmente a la hija, hermana o sobrina. Para que eso funcione, la presencia exterior es esencial para que se vea que la joven no está "contaminada" con "ideas occidentales" contrarias a la que el hombre exige para mantener su posición preponderante en la familia. Esto se puede agravar en los que viven fuera, cuya aspiración es regresar y seguir manteniendo el vínculo con el país dejado atrás durante décadas. En estos casos, las apariencias son muchas veces muy importantes porque son directamente sospechosas por haber estado alejadas del control de la comunidad. Muchas familias extreman el control precisamente para no tener más problemas al regreso. El miedo a que consideren a la hija "occidentalizada" y por ello poco "deseable" o "conflictiva" es una constante en muchas comunidades.


La prohibición del burkini o del hijab en la playa no tiene sentido ni como protección de la mujer ni como seguridad en las playas contemplando a la mujer como potencial terrorista. Lo único que se debe limitar, en ese sentido o espacio, en cualquier espacio es todo aquello que obligue a ocultar la cara de la mujer. Y se debe  dejar, en cualquier caso, claras las razones, que además deben ser razonables. No lo que ha hecho Valls, que solo deja claro algo absurdo.
El titular de Le Figaro es claro: "Burkini : Valls s'attire les foudres de ses ministres". Si los ministros están enfadados, imaginemos el resto. Y piden que Hollande se comprometa en la cuestión. Pero, como dijimos, Hollande tiene a Valls para no tener que meterse en estos líos. Sin embargo, esta vez tendrá que hacer algo porque le están saliendo rivales políticos dentro de su partido que critican directamente a Valls esta forma de entender las libertades, como ha ocurrido con el ex ministro de Educación, que ya se postula como alternativa para las próximas elecciones. Dos ministras se le han enfrentado directamente:

Après une prudente prise de distance d'Axelle Lemaire et Bernard Cazeneuve mercredi, ce sont Najat Vallaud-Belkacem et Marisol Touraine qui sont frontalement montées au créneau ce jeudi, obligeant François Hollande a intervenir pour calmer le jeu.
La polémique aura eu raison de la cohésion gouvernementale. Tandis que de nombreuses communes ont récemment pris des arrêtés interdisant le port du burkini - une tenue de bain islamique visant à dissimuler le corps de la femme à la plage -, un vif débat est immédiatement né au sein de la classe politique. Y compris au plus haut sommet de l'État, où le premier ministre a affirmé à plusieurs reprises son net «soutien» aux maires ayant pris de telles décisions.
Pourtant, si Axelle Lemaire (Numérique) et Bernard Cazeneuve (Intérieur) avaient déjà tenu à prendre une certaine distance avec la fermeté affichée par le chef du gouvernement, une ministre a carrément décidé de le désavouer publiquement: Najat Vallaud-Belkacem (Éducation nationale). Invitée d'Europe 1 ce jeudi matin, la locataire de la rue de Grenelle a rappelé qu'elle était opposée à ce vêtement, mais elle a estimé que «la prolifération (des arrêtés anti-burkini n'était) pas bienvenue».**


Lo peor de todo, como tuvimos ocasión de expresar hace unos días y seguimos pensando, es que esto no sirve para nada. Ningún bien se saca de ello, ni en seguridad ni en diálogo. Solo sirve para justo lo contrario: que Francia sea mostrada como un enemigo del "islam" y se produzca un mayor distanciamiento. Los islamistas son maestros en esto. Pero ya no tienen que ser siquiera islamistas, basta con que sean antioccidentales. Como dijimos: uno lo presentan como cuestión religiosa y otros como cuestión de identidad. Por los dos lados se presenta a Francia (y a los que hagan lo mismo) como anti musulmana o anti árabe. Valls ha conseguido lo contrario de lo que quería.
Cualquiera que conozca algunas personas de Oriente Medio sabe que el "problema" no es el velo porque no es la mujer, que es principalmente víctima de la presión familiar y social, donde reside la cuestión. Llevar esta presión a las playas francesas —lo explicamos ya— es absurdo. Se ha puesto en bandeja la foto de los policías deteniendo a las mujeres en las playas; es la imagen que querían los que ya la han difundido por cientos de miles por las redes sociales y las primeras páginas de muchos medios. Es un discurso fácil de hacer y te lo sirven con generosidad.

Lo más preocupante —ya se acabarán las vacaciones— es lo que tiene de falta de sentido común y, lo que es peor, de estrategia frente a un problema, ese tercer nivel, que es el que alimenta a los otros dos: el terrorismo y la guerra.
Lo que se debería estar haciendo no es persiguiendo mujeres por las playas, sino dando espacios a los que realmente tienen un discurso moderno que puede frenar desde el interior el avance del integrismo antioccidental. El problema es que con estas medidas se están eliminando sus razones, las libertades, los argumentos para poder salir del agujero en el que están siendo atrapados. Cualquiera que decida quitarse el hijab será acusada de anti musulmana y anti árabe, después de haber sido acusada por la propia familia. Esta vez se hará exhibiendo las fotos de lo que ocurre en Francia y de cómo se obliga a las mujeres a ir contra el pudor, la religión y la familia.
Egyptian Streets no solo nos cuenta los casos de las chicas que se enfrentaron a sus familias y tuvieron que buscarse independencia económica o trasladarse de ciudad para mantener su decisión a no llevar el hijab. También hay historias de apoyo que es importante comprender para no quedarse con la mitad del asunto:

The picture isn’t always grim; family support of a girl’s decision of take the hijab off, although rare, happens. Fatma Ayman, a 19-year-old college student, speaks of how her father reacted when she told him about her intentions.
“I worried for a long time about his reaction, especially that my reasons for taking the hijab weren’t as sophisticated as the reasons of some of my friends,” she says. “All I wanted was to feel like a girl – to feel the sun on my hair and to feel the wind and the rain in the winter.”
To her surprise, her father expressed his support of her decision.
“It was an amazing shock I got when I heard his voice through the phone supporting me,” Fatma recalls.
Solafa Magdy, a 30-year-old news reporter, found the support she needed from her now-husband, Hossam.
“Everything started with the revolution; I was born again and with my new birth I’ve decided to go over all the old rules … I needed two things to get through the hijab issue: Financial independence to face my family and a man who understands me to face my street and community, as I lived in the local crowded neighborhood of Ain Shams,” she says. 
Hossam didn’t only offer emotional support but was also there whenever Solafa was harassed by people from the street as a consequence of her taking off the hijab.
“Because he couldn’t be there all the time for me, he bought me a taser and told me to use it on anybody who thinks of harassing me.”*


 La sorpresa de la muchacha ante la aceptación de su padre es algo más que un caso anecdótico. Muchas tienen esa aceptación porque no todos los padres son iguales. Es a esos padres a los que hay que darles apoyo para que puedan defender ante sus propias familias y círculos sociales o laborales que sus hijas no lleven un hijab, estudien fuera de su país o trabajen lejos. Ahora tendrán que enfrentarse a la foto francesa, la foto de cómo se trata a las mujeres "decentes" en las playas de Occidente. Su padre será el foco de ataques; le dirán que es el responsable y que no lo debe permitir. Y él tendrá que defenderse para defender a su hija. No entenderán que ella quiera sentir el sol veraniego en su pelo y la lluvia en invierno, razones poco sofisticadas como ella dice, pero profundas carencias en su vida.
El segundo caso se liga a la transformación que supuso la Revolución egipcia del 25 de enero, la Primavera Árabe tan denostada. Han sido las mujeres las que más han sufrido su retroceso porque ellas son precisamente uno de los signos más visibles. Aquí hemos dicho muchas veces que no hay revolución árabe que no pase por las mujeres y que son ellas las que con estos detalles la hacen permanecer viva como capacidad de decidir, de ser dueñas de sí mismas y reivindicarlo en los cotidiano, quitándose el hijab, montando en bici por El Cairo o haciendo ballet clásico en Minya, por citar solo algunos casos que hemos visto aquí.


La segunda parte es importante: necesitaba alguien que respaldara su decisión. Para ello eligió un hombre en su vida con el que compartir y no con el que tener que renunciar a su forma de ser. Esto es también un efecto revolucionario porque la primera sumisión es a la familia y en el destino matrimonial se forma muy claramente. De ahí el descenso en la edad matrimonial buscado por los islamistas: cuanto más joven la mujer, menor capacidad de resistencia.
La revolución no fracasó; fracasaron los políticos, los de siempre. La revolución sigue allí donde empezó, en el corazón de los que de verdad la querían. Se camufla y se muestra con estos pequeños actos y se defiende con una pistola eléctrica para prevenir el acoso al que será sometida por haber tomado la decisión de ir sin hijab por la calle. El acoso es una forma de presión social desde el miedo. Las medidas francesas no lograrán quitar a nadie el hijab o el burkini sino hacer que la gente se quede en su casa o que vaya a las playas a montar escándalos para que se indignen en muchos lugares.
Sigo sin entender cuál es la estrategia tras las prohibiciones y el discurso de Valls. Imponer cosas por decreto y considerar delictivo y teorizar, como ha hecho Valls, explica porqué Francia tiene algunos de los problemas que tiene y que no ha sabido ver crecer. No ha evitado el radicalismo, solo lo ha metido debajo de la alfombra en guetos o cárceles. Lo de los "valores republicanos" es muy bonito pero hay que practicarlos, como le recuerdan a Valls algunos de su partido.
El mejor ejemplo para las libertades es hacer ver que las libertades funcionan y se respeta a las personas. Los discursos de Valls y las fotos francesas han hecho retroceder a los que defendían modelos de libertad representados por Francia. Volverán a escucharse los lastimeros quejidos de la "doble moral", el "doble rasero" y que se odia a los musulmanes, que se pretende privarles de su identidad.


Daily News Egypt nos trae un pequeño vídeo de tres minutos con la historia de Elva***, una chica de 26 años cuya pasión es la moda. Trabaja como diseñadora. Elva va enfundada en un niqab, decisión que tomó siete años atrás, con 19. Dice que la gente no entiende muy bien que se dedique a la moda vistiendo de negro, pero es su pasión y creado su propia marca —"Elva"— para las chicas egipcias. Muchos la juzgan. Su deseo, explica, es hacer una comunidad de chicas en la que puedan todas aprender cosas que les sirvan a largo plazo para sus propias vidas. En su taller de costura hay chicas con hijab y con el pelo suelto. Son solo chicas haciendo un trabajo. No sabemos cuál fue la experiencia vital que llevó a Elva a enfundarse dentro del niqab, del que solo salen sus manos finas para cortar las telas y colocar flores y unas zapatillas deportivas de lona con las que maneja los pedales de la máquina de coser. Un trozo de tela sirve, dice, para que cada chica exprese lo que lleva dentro. No vamos a juzgarla. En su taller no se le exige el niqab a nadie. El niqab es tela; dentro hay una mujer, una persona, una historia. No hay que olvidarlo por más que sea parte de su función.


Las muchachas que han dejado atrás  el hijab en el reportaje de Egyptian Streets no piensan que sean mejores, piensan —como señala una de ellas— que son ellas mismas. Es una gran diferencia.
A la complejidad de la cuestiones culturales se añade las personales, las de quienes viven en el interior de familias y grupos. Cuando has tenido trato suficiente con las personas, comprendes que no es el hijab donde residen nuestros problemas (o los de ellos). Allí donde alguien lo vive problemáticamente, se produce la lucha personal, que es la que hay que apoyar: han buscado su independencia, se han distanciado de los que les decían cómo tenían que ir, han roto relaciones familiares si ha sido necesario. Han defendido su derecho a no llevarlo, pero seguramente defenderán el derecho de las que quieran llevarlo; es una decisión personal. Convertirlo en una obligación es atentar contra lo que se dice defender.


El discurso francés sobre el burkini es contraproducente: juzga a las personas por la tela que llevan encima. El hábito sí hace al monje, al menos lo hace sospechoso y punible. Es como un discurso islamista invertido: cuanto menos muestras, mejor eres. Los islamistas piensan lo mismo pero al contrario: cuanto menos muestras, mejor, más piadosa eres. El razonamiento es absurdo. Se desarrolla además en un terreno desfavorable: los símbolos religiosos, que es la vía elegida para defender el laicismo de la República. Es meterse en la boca del lobo y llevar a la islamofobia el debate, que es lo que quieren los islamistas. Le Figaro ya habla de una propuesta del Frente Nacional: prohibir las cruces y las kippas judías en público. La tormenta perfecta.



* "In Photos: Egypt’s Untold Hijab Stories" Egyptian Streets 23/08/2016 http://egyptianstreets.com/2016/08/23/in-photos-egypts-untold-hijab-stories/
** "Burkini : Valls s'attire les foudres de ses ministres"  Le Figaro 25/08/2016 http://www.lefigaro.fr/politique/le-scan/citations/2016/08/25/25002-20160825ARTFIG00082-arretes-anti-burkini-valls-et-vallaud-belkacem-affichent-publiquement-leur-desaccord.php
*** "The niqabi fashion designer puts soul in clothes" https://www.youtube.com/watch?v=FhULmttBvEw

sábado, 17 de enero de 2015

La convivencia en un escenario común

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En estos días se acumulan las reflexiones sobre la libertad de expresión y sus límites. Se hace desde perspectivas muy diferentes y en contextos que difícilmente pueden ser equiparables, por lo que se parece mucho a un diálogo de sordos. Los hechos parecen demostrarnos cada día un problema de fondo: lo que antes eran esferas separadas, mundos paralelos, son ahora un escenario común en el que se representan distintas obras. Todos estamos sobre las mismas tablas, con libretos diferentes. El resultado es esta cacofonía sangrienta, este estado de máxima irritabilidad donde lo que escuchamos de los otros no nos gusta.
Esta nueva pequeñez del mundo tiene su primer efecto en lo que llamaremos el problema del tabique fino, es decir, la vecindad obligada por nuestra proximidad y la intensidad de las relaciones internacionales. El mundo se ha hecho pequeño por las comunicaciones nos convierten a todos en miembros de un mismo auditorio y se ha hecho también pequeño por las facilidades de movimiento que hacen que cada país contenga en su interior parte de otras comunidades culturales. Comunicación, migración y transporte fácil crean en su conjunto una situación de vecindad permanente que es difícil de obviar cuando se producen conflictos.

La rapidez con la que viajan las comunicaciones no es la velocidad con la que se transforman las mentalidades, que lejos de hacerse convergentes en el diálogo se pueden radicalizar en las fricciones. El diálogo es menos intenso que la discusión, por decirlo así. O al menos las discusiones se realiza en un tono más alto y estridente.
Para muchos, este contacto de las culturas es un problema en sí mismo. La universalidad que hemos otorgado a los Derechos Humanos está lejos de ser verdaderamente "universal". Surgen y sirven para defender unos ideales en un contexto determinado. Y surgen, evidentemente, porque son necesarios, por la existencia de un déficit.
Es de nuevo evidente que no se aplican los mismos parámetros para medir los efectos de las mismas acciones. Cuando el mundo era grande, esto carecía de importancia porque las distancias físicas y comunicativas atenuaban las reacciones. En el mundo era posible lo exótico y no se pensaba que las diferencias culturales fueran trascendentales, sino lógicas diferencias producto de la distancia y de las diferentes velocidades de la Historia. Hasta hace poco, muchos viajaban buscando las diferencias y los que los acogían los veían las más de las veces como curiosidades. No se percibía como una agresión la diferencia, sino como una producción de la Historia.

Ejemplo de mala titulación "totalitaria"
Pero nuestra percepción ha cambiado y hoy consideramos que la globalización comunicativa y móvil nos encamina hacia una convergencia igualitaria. Han aumentado los contactos de todo tipo (económicos, culturales, militares, etc.) y la gente ya no vive en sistemas cerrados a menos que se intenten bloquear, como ya hacen algunos países, que no están dispuestos a ser contaminados desde el exterior. Los organismos internacionales plantean exigencias a los países de respetos de los estándares internacionales, como los Derechos Humanos. La movilidad y la comunicación permiten las comparaciones y las percepciones de las diferencias existentes entre los sistemas políticos y culturales. Y eso ha abierto brechas internas y provocado fricciones externas.
Las personas que se manifiestan violentamente, quemando banderas y demandando venganza por la publicación de unas caricaturas, enjuician el mundo desde una perspectiva específica. Los que realizan las caricaturas no tienen en mente que sus destinatarios sean esas personas que no comparten sus criterios sobre el humor y los temas sobre los que se ejerce.


El debate sobre los límites de la libertad de expresión no tiene demasiado sentido en este contexto de distancias perceptivas y diferencias de valores. Se ha conseguido que una publicación de 60.000 ejemplares salga a la calle con cinco millones no porque haya un interés específico en la representación burlesca de Mahoma, algo que no importa al 99% de sus lectores, sino porque se ha sentido que una parte del mundo trata de imponer a la otra su forma de pensar y sus límites. Al no haber concordancia en los límites, se produce una retroalimentación, con lo que se llega a una espiral. La publicación se reafirma en su libertad y el otro lo percibe como una insistencia en la ofensa.
Lo que los millones de personas han salido a defender a la calle no es la gracia mayor o menor de unos chistes determinados. Mucha gente no comparte ese sentido del humor, por eso la revista tenía 60.000 ejemplares de tirada y no cinco millones, como ahora. La gente que ha hecho cola para conseguirla estaba mostrando su apoyo a su propio sistema de libertad y, especialmente creo, a la forma de resolver conflictos.

El debate sobre la libertad de expresión y sus límites es claro. Sobre todo lo es en su forma de resolver los inevitables conflictos que se plantean con frecuencia. Toda libertad tendrá sus límites, pero tiene sobre todo su forma de establecerlos. Nuestro sistema no depende de las iras populares, sino de los jueces, que es ante quienes se debe reclamar si alguien se considera injuriado y quienes deben establecer las acciones que se han de tomar. Pero esas "iras populares", a su vez, van encabezadas muchas por clérigos que ejercen en su sistema el papel de jueces y a quienes se sigue en sus fatwas. Nos es ajeno ya el sistema de lanzar proclamas pidiendo venganza y prometiendo el paraíso a los que maten a los blasfemos. Lo abandonamos hace ya algunos siglos y no es compatible con nuestro sistema de pensamiento actual. Consideramos un peligro a las personas fanáticas que quieren hacerlo y las llevamos ante los tribunales para que los jueces dictaminen.
He leído muchos artículos publicados en medios árabes conteniendo razones genéricas sobre la libertad de expresión. La mayoría condena los ataques, pero algunos contienen  justificaciones implícitas por las ofensas a Mahoma y a la religión, algo que —dicen— les hace sentirse ofendidos como musulmanes. "El profeta", señalan, "es una línea roja". No entienden el sistema retórico que lleva a personalizar en Mahoma lo que muchos de ellos, en cambio, consideran que es una perversión radical de sus doctrinas. No entienden que "Mahoma" sea representado, primero, y mal interpretado, después. "Occidente", dicen, identifica a "Mahoma" con los "integristas" y los "terroristas", algo que no entienden y les parece un gran error perceptivo y un insulto indiscriminado, que afecta al musulmán que no se mete con nadie.
Además, piensan muchos, eso da alas a los más radicales, que les ponen entre la espada y la pared acusándolos de "malos musulmanes" si no protestan también. El caso, piensan, ayuda realmente a que los más radicalizados se pongan al frente de cada vez más gente, a las que les resulta más fácil enganchar y manipular. Eso no ocurre solo en lugares atrasados, en montañas y valles perdidos, en lugares remotos, sino en gente formada en escuelas de Francia o Inglaterra, de Bélgica o Alemania. Esto último nos resulta incomprensible y todavía se está procesando para tratar de asimilarlo.

Pero esto es solo una parte del problema. Podría tratarse solo de la cuestión de la "representación gráfica del profeta", pero no es así. La radicalización de una parte del mundo islámico es evidente —Al Qaeda y el Estado Islámico, Boko Haram, etc. no son invenciones—y la padecen ellos los primeros. Por cada occidental muerto hay miles de musulmanes que han caído en sus propias tierras víctimas de la intransigencia radical. A muchos de esos muertos tampoco les hacía gracia la cuestión de las caricaturas, que no es un indicador de radicalismo, sino una tradición cultural propia.
Tampoco es cierto que "el profeta sea una línea roja". Aquí mismo traemos con frecuencia las detenciones y condenas a largas penas de "ateos", que no se han metido con "Mahoma" sino que sencillamente no tienen ninguna creencia y sostienen su derecho a seguir así. Aquí no hay ofensa a nadie, sino un derecho a la libertad de conciencia. Pero eso también parece ser otra "línea roja".
De la misma forma que lo hemos criticado, hemos sido rotundos con los que han usado los ataques a las religiones como mera provocación, como el caso del reverendo Jones, un tarado con ganas de notoriedad que hizo un juicio al Corán y quemó ejemplares. Hace ya algunos años escribimos una entrada del blog titulada "Sobre el respeto y la burla". Recogía las palabras de una antigua alumna que pedía simplemente que no se burlaran de su religión. Me parece razonable distinguir entre el humor y la crítica y la burla, que lleva una intención diferente, por un lado, y más si se hace extensiva a un conjunto de personas que no son responsables de lo que hacen otros. Decía —y lo sigo pensando— que se pueden ejercer todas las críticas a lo que consideramos negativo sin llegar a la burla, que afecta a personas que no se sienten responsables de los motivos que se alegan para realizarla. Piden que no se identifique sus creencias con otras que ellos mismos consideran aberrantes.


Unos días antes de la matanza de la revista francesa publicamos un texto señalando que "el humor viaja mal", tratando de señalar las grandes diferencias culturales que se dan en su interpretación y valoración. Lo hicimos igualmente cuando apareció la nueva portada de Charlie Hebdo, señalando que era "incomprensible" en términos interculturales. Que lo que a muchos les parecía un gesto de "paz" que intentaba distanciar a Mahoma de los extremistas, sería malinterpretado como una nueva ofensa. Así ha sido.
La petición de la Universidad de Al-Azhar de que se "ignoraran" las nuevas caricaturas no ha sido la tónica general, sino que se ha utilizado por algunos para echar gasolina al fuego antioccidental para rentabilizar la irritación.

Volvemos de nuevo a la idea de diálogo imposible del principio. ¿Es imposible el diálogo? Lo primero es que "diálogo" es solo una metáfora; nadie está "dialogando". Solo se está usando la "imagen estereotípica" del otro para reafirmar las ideas propias. El radicalismo islámico está encantado con que sigan saliendo este tipo de caricaturas, cuantas más mejor. Son la mejor propaganda para ellos; les permite convertirse en abanderados de la religión, en defensores del profeta. Además tiene un efecto secundario: los moderados se ven desbordados por las presiones que les llegan desde las agitadas calles y se ven obligados a radicalizarse para evitar ser acusados de cómplices de blasfemos o de apóstatas. Eso hace que quien realmente salga fortalecido sean los radicales, que ganan terreno. Se le ha dado sentido a su cruzada y les ha quitado argumentos a sus enemigos.
Un elemento que se vive como un agravio surge de la pregunta de por qué en Occidente se penaliza al que duda del holocausto judío y se condena el antisemitismo y no se hace lo mismo con los que atacan la religión islámica. Es una buena pregunta, pero es una pregunta mal formulada. Distinguimos las críticas de lo que es el enaltecimiento del odio y la muerte. Por eso se ha sido firme en la condena de la "islamofobia", que sería el equivalente al "antisemitismo". Podemos criticar o ensalzar una religión, pero no está permitido ensalzar una matanza de millones de personas, ni se admite justificación alguna que siembre el odio o niegue los hechos y trate de crear el contexto para que se repitan.
Recogimos aquí hace tiempo, la reacción de las autoridades de las escuelas de la ONU en Gaza cuando se intentaba manipular los libros escolares de historia negando el holocausto judío. Los responsable de las escuelas reaccionaron inmediatamente porque no estaban dispuestos a que en sus aulas se alentara el odio negando la muerte de millones de personas.


La misma manifestación de autoridades en París se ha percibido de forma diversa y preocupada por muchos. La asistencia de figuras políticas —las califiqué como con poco pedigrí en la defensa de la libertad de expresión para estar allí— como Recep Tayyip Erdogan y otros que encarcelan periodistas se ha percibido como una burla siniestra por parte de los que luchan en sus países para tener verdadera libertad de expresión. Verlos ahora del brazo de otros líderes mundiales, recibiendo el aplauso del público al pasar, ha debido sentar muy mal en algunas cárceles pobladas de periodistas y discrepantes. También ese mensaje se ha enviado mal y François Hollande, como organizador, ha pecado de ingenuo al llevar del brazo a dictadores con delirios de grandeza democrática. Hay que tener cuidado con estas cosas porque el rendimiento que le pueden sacar algunos es muy grande. Vivimos en un mundo de signos y todo símbolo es manipulable.
En lo que hay que trabajar es en evitar los malentendidos. Es sorprendente que en una época de globalización, de informaciones que cubre la totalidad del globo en segundos, sin embargo, se cometan los enormes errores que dificultan la comunicación intercultural. Necesitamos comprender más las culturas de las que hablamos con un desconocimiento profundo y una ligereza mayor.
Sabemos distinguir un "nazi" de un "alemán" y eso ha permitido reconstruir Europa y convivir. Cuando se representa a Angela Merkel, por ejemplo, como un "nazi", como es frecuente en caricaturas y pancartas callejeras, estamos retrocediendo en nuestra visión del mundo y estamos insultado injustamente a muchos alemanes, a los que no le hará gracia la comparación. A algunos les parecerá "gracioso"; a otros muchos  no.


Estamos empezando a distinguir "islam" de "islamismo". Estamos obligados a evitar caer en los estereotipos, que funcionan en ambos sentidos. Para los fundamentalistas islámicos, "Charlie Hebdo" es "Occidente", porque así quieren que sea, como los inocentes clientes franceses de un supermercado judío son "Israel" para ellos. Matar no requiere más que esa ampliación del contenido de la metáfora, cambios en el significado de las palabras. Podemos pasar del "nazi" a "Alemania", del "terrorista fundamentalista" al "árabe"; de "judío" al "sionista". Son operaciones retóricas en las que incluimos más de la cuenta y cuyos resultados son imprevisibles. O, desgraciadamente, demasiado previsibles. Llamar a las cosas por su nombre y saber qué significan esos nombres es un primer paso. Los radicalismos buscan, por el contrario, ampliar los sentidos para aplicarlos al mayor número de personas y rentabilizar así sus odios y prejuicios.
La gran mayoría de las personas apuestan por la convivencia y quieren vivir en paz. Pero los intereses para que esta no se produzca son también grandes. Hay que tener mucho cuidado porque las primeras víctimas que van cayendo en los países árabes son aquellos que abogan por el diálogo y la convivencia. Ellos son el primero objetivo y el más indefenso.
Cada oportunidad que se da a los radicales es un retroceso en la convivencia de todos, pues todos pasamos a estar en esas "categorías", cada vez más reduccionistas, con las que se representa al "otro" satanizándolo. En este conflicto abierto hay muchas cosas que se pueden hacer porque nos afectan a todos. No debemos renunciar a nuestras libertades, pero tampoco a nuestra inteligencia.