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miércoles, 12 de noviembre de 2025

Esos lugares extraños llamados librerías

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Ayer fue el Día de las Librerías. Hay "días" para casi todo, incluso para esos objetos molestos llamados "libros". ¿Recuerda alguien aquel chiste de "ya tengo uno", referido a los libros? Hoy ya no es un chiste, sino una triste realidad.

Unos dicen que su salida del panorama se debe al mundo digital que lo ha sustituido; otros, en cambio, dicen que las causas son pequeñas, tan pequeñas como los sueldos y que no dan para más. Puede que los chiringuitos, las terracitas, el bailoteo, es decir, todo eso que se lleva tiempo y dinero en la vida moderna también haya tenido algo que ver.

Hace unos días tratábamos aquí un informe que intentaba encontrar explicaciones al abandono de las salas de cine. Nos decían que los jóvenes preferían los conciertos, mientras que los mayores no iban por "seguridad". Mucho me temo que libros y salas de cine o los home cinema se van todos por el mismo agujero, que ya no son de este mundo digital y de "nubes". Víctimas de teléfono, es más divertido pasar pantallas en el móvil que pasar páginas en los libros.

En RTVE.es* nos cuentan de una pareja que decidió casarse allí donde se habían conocido, en una librería. Nos dicen que un escritor ofició de maestro de ceremonias. El destino lector les juntó y se dieron cuenta de que eran almas gemelas, que les gustaba leer y que además de otras cosas, ¿por qué no compartir libros y lecturas, mirarse a los ojos y hablar de lo último que han disfrutado leyendo?

Nos lo cuentan los dueños de la librería que ha recibido el premio a la mejor Librería Cultural del año. Es un título ganado merecidamente. Significa hoy hacer del libro el centro de un espectáculo amplio. Los dueños, por ejemplo, esperan una gran demanda de escritoras místicas, por el éxito del "Lux", de la cantante Rosalía. Debo confesar que cuando leía inicialmente sobre el "efecto Rosalía", pensé en "Rosalía de Castro", pero no, ¡ingenuo de m! Era por la cantante.

Dicen que están en condiciones de luchar contra Amazon, pero no creo que separar los libros de la lectura y concentrarse en dónde se venden, sea la solución. El problema es más profundo y parte —hay que reconocerlo— del fracaso continuado de nuestro sistema educativo y su incapacidad para enfrentarse a este gigantesco sistema promocional en el que vivimos. Sí, promociona todo menos un sistema realmente preocupado por formar ciudadanos. Solo interesamos en nuestra dimensión de consumo y este se orienta hacia otras zonas. Por decirlo así, es Rosalía la que nos lleva a la mística (¡gracias!); es la moda y no el deseo de aprender, de formarse, de cultivarse como personas, de madurar. Eso no le interesa a nadie hoy, incluidos a los que se sienten eternamente jóvenes por ir en patinete y con coleta, como sus hijos.

Si "el vídeo mató a la estrella de la radio", como decía la vieja canción, hoy es el móvil el que ha matado a todas las estrellas.  Me dedico de forma masoquista a contar cuántas personas van con el teléfono en la mano en el metro, en el tren o por la calle. Cuento las que leen libros y me sobran dedos de la mano.

No es un problema de Amazon o de la librería de barrio y sus bodas ocasionales, no. Es el problema del triunfo de la trivialidad y del aburrimiento, de la incapacidad ya física de pasar páginas o llevar textos  que merezcan la pena, que nos enseñen algo, que contribuyan a nuestra mejora. Pero de una sociedad que lo primero que te vende es que eres genial, ¿qué puedes esperar?

La "influencer" que salió hablando contra los libros y los que leen y se creen superiores es un signo de que quedar como una ignorante puede traerte popularidad, que es de lo que se trata hoy. En un mundo donde todo se mueve a golpe de promoción y que desaparece sustituido por la siguiente novedad, es fácil ocultar la ignorancia. ¿Pero a quién le importa? Todo es comunicación nos dicen, especialmente si no tienes nada que decir.

He dedicado mucho tiempo de mi vida a recorrer librerías por calles que contaban con varias a pocos metros. Me he sentado a leer en parques y vagones. Siempre voy armado con uno o dos libros encima. Cuando me preguntan por qué llevo tanto libro, digo que es por si me secuestran. Es lo único que me parece viable ante esa pregunta.

Nos cuentan los libreros galardonados que desde la dana se venden libros sobre la dana, igual que lo de Rosalía y casos similares. Se ha perdido cualquier tradición, modelo cultural, etc. y solo queda el día a día como referencia para la producción; los editores buscan la moda triunfante, al igual que muchos lectores. Fácil llega y fácil se va.

Las librerías se han tenido que convertir en centros de creación de clubes de lecturas, puntos de encuentro con autores, críticos o simplemente aficionados solitarios que encuentran un día su pareja soñada entre los estantes repletos de libros. Antes procuraba regalar libros; hoy lo hago mucho menos porque algunos te miran mal. Lo dejo para buenos amigos. Después de muchos años enseñando literatura, es decir, intentando transmitir mi propio entusiasmo, contagiarlo, lo que más justifica ese trabajo y vida es que alguien te diga un día, pasados decenas de años "¡Me descubriste a Clarice Lispector!" o algo similar. Me emociona.

Vivo en un pueblo de altos vuelos, lo que supone que hoy que no haya librerías. Nos queda Lili, nuestra quiosquera importada y lectora impenitente, devoradora de libros, en el centro comercial. Interrumpe su lectura para atender a niños y adultos, cada vez más de estos últimos, que vienen buscando cromos. Allí rodeada de libros, calendarios, periódicos, muñequitos, mochilas en venta y otras cosas, confecciona las listas de devoluciones de los libros que no se venden.

¡Feliz día de las bibliotecas! Lea, por favor, aunque sea por incomodar a alguien.

* Cristina Pérez "Ramon Llull de Valencia, mejor librería cultural de 2025: "Estamos en condiciones de competir con Amazon"" RTVE.es 11/11/2025 https://www.rtve.es/noticias/20251111/ramon-llull-valencia-mejor-libreria-cultural-2025-estamos-condiciones-competir-con-amazon/16808404.shtml

martes, 21 de octubre de 2025

Leer con pasión hoy

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Se queja Juan Manuel de Prada en su columna de ABC de que "Hoy la literatura no interesa a nadie" (es el titular) y apunta a continuación: "Hoy el Premio Planeta, para resultar rentable, tiene que concederse a un famoso televisivo".

No dice de Prada algo nuevo, algo que no haya sido dicho muchas veces con esas mismas o parecidas palabra. Vienen a cuento cada vez que se concede el premio Planeta a alguien que por el simple hecho de aparecer en un programa televisivo tiene ya asegurado unas cuantas decenas de miles de lectores.

No le falta razón al afirmar en su titular que la literatura no le interesa hoy a nadie. La pregunta que surge entonces es: ¿qué tiene que ver el premio Planeta con la Literatura, por qué se utiliza como medida? Y no es ironía, sino la triste realidad de que los máximos enemigos de las artes suelen ser los que rigen sus destinos.

Realmente, ¿interesa a alguien la Literatura?

He sido profesor de Literatura durante los primeros 20 años de mi carrera académica. Como he sido entusiasta lector desde poco más de los diez años, para mí la Literatura era algo que había llegado a mi vida para quedarse. Traté de compartir mi conocimiento, pero sobre todo mi entusiasmo, algo que ha sido sustituido por el interés económico. Por eso digo que vincular la Literatura con el Premio Planeta no es hacerle justicia al arte literario, porque siempre ha estado el premio en entredicho como algo interesado más en vender que en emocionar realmente desde la Literatura.

La creencia en que lo literario caduca en pocos años, que se considera viejo, solo tiene sentido cuando se trata de dejar hueco al siguiente premio.

Casi todas las artes tienen su momento de descubrimiento, un libro, una película, una pintura... con la que nos encontramos y hacen abrirse nuestro deseo de más y más. Ese encuentro tiene algo de revelador, nos hace pararnos y decirnos ¿qué es esto, qué me ha pasado? El resto de nuestra vida es un viaje para poder revivir esa sensación de claridad luminosa, de superar el aquí y el ahora para volver a él con nuevas energías y sensaciones.

Desgraciadamente, hoy muchos de los que fabrican, editan y venden libros, incluso los que los escriben pueden no haber experimentado ese momento. Escribir, editar puede ser una pasión, pero es una pasión extraña, algo que no siempre prende. Queda entonces la economía.

Hace décadas que la educación enseña sin pasión, sin entusiasmo. Las aulas son vistas como trincheras en las que se libran épicas y aburridas batallas entre jóvenes que consideran que todo está ya en su teléfono y personas que han acabado pensando que perdieron la guerra.

La Literatura es uno de esos campos desaprovechados en los que se lucha por imponer unas obras vengan a cuento o no. Hay obras para todos los gustos, pero se imponen las que oficialmente se establecen. No hay emoción. La temporalidad reducida del curso se opone a una vida de lecturas. La enseñanza de la Literatura lleva muchas veces a lo contrario de lo que se debería buscar, lleva hacia la desmotivación. No hay nada que buscar; todo está ya dicho en los programas. Lo mismo ocurre con otras artes. El arte es consumo y el entusiasmo se reduce a consumir producto tras producto.

En un programa de TV hace unos días se explicaba con toda naturalidad que la ventaja de los cómics es no tener que leer, lo que le debía suponer para quien lo dijo un enorme desgaste. Todavía está reciente el escándalo de la influencer que decía que los libros estaban sobrevalorados y que la gente se cree superior a los demás si lee.

Todas estas cosas forman parte de esos discursos que han ido dejando fuera la Literatura sencillamente porque se ha perdido la batalla de la lectura en beneficio de esos móviles con los que vemos en las sillitas a niños menores de dos años. Se les enseña a pasar el dedo para estar entretenidos y que no distraigan a los padres de la misma tarea, pasar el dedo por la pantalla. Desde Nerón nunca tuvo tanta importancia el dedo pulgar.

¿Leer? ¿Qué es eso? Algo muy antiguo. En la sociedad en la que se privilegia la captación de la atención, leer es desperdiciar el tiempo, que se te pasen ideas raras por a cabeza, etc. Todo esto si no tienes el último Premio Planeta que has comprado porque te suena la cara de ese que sale en la tele, ese tan simpático.

En este mundo de luchas por la atención y el bolsillo, solo se busca lo rentable, no lo culturalmente positivo para la persona. Y los primeros que buscan lo fácil son las propias editoriales, al menos las grandes. Toda mi admiración a esas editoriales pequeñas, independientes, que se la juegan con cada libro que editan y que creen en ellos. A lo más que aspiran es a que las mencionen de pasada en algún suplemento literario, colonias de las grandes editoriales.

La lectura no se produce de forma casual o calculada. En eso ha fallado estrepitosamente nuestro sistema educativo, por un lado, y el comercial por otro. Es un cambio de paradigma y se busca el entretenimiento, las más de las veces adictivo.

Han desaparecido los programas sobre libros. En las casas ya no hay libros. Es allí donde se coge el amor por la lectura. He dicho "amor" y no es metáfora o cursilería. Es la realidad de ese encuentro que te hace desear más.

Me viene a la memoria repentinamente lo que nos contó en clase un querido profesor de Literatura. Nos dijo que cuando terminó de leer El poder y la gloria, la novela de Graham Greene, lo cerró y llevándoselo a los labios lo besó. Creo que fue un acto espontáneo, algo que hizo pocas veces en su vida, pero que fue el motor que le impulsó a seguir buscando. Hoy leer es, desgraciadamente, otra cosa.

Las personas deberían salir del sistema educativo con varias pasiones, no solo con conocimientos. Esas pasiones deben acompañarnos toda la vida, le dan sentido al día a día y sirven de equilibrio con aquello que nos castiga y embrutece. Pero hoy el sistema educativo no es más que la antesala al sistema laboral; no importa lo que lleves dentro, sino la productividad. No importamos en cualquier otra dimensión. Es una sociedad de información, de datos, sin profundidad de las personas, desbordada por la falta de recursos personales internos, lanzada del trabajo al ocio embrutecedor, buscando no pensar.

Pero se está dando una cierta reacción. Son famosos que nos descubren que son enamorados de la lectura y crean sus clubes de lectores, como ha hecho la cantante Dua Lipa. No deja de ser una ironía que sean personas ajenas al mundo de los libros, como la cantante, las que tengan que realizar lo que otros no se atreven a hacer.

Dicen que ya hay influencers de los libros. No hay problema mientras sea esa emoción lo que le guíe y no las simples ventas, ser otro brazo del consumo. Con la crítica empeñada en vender, hacen falta personas entusiastas. El problema se nos vuelve macluhaniano, "el medio es el mensaje". Importa más la promoción que lo promocionado. No se trata de la novedad, sino precisamente de lo contrario, de lo que perdura, de lo que demuestra su valor en la resistencia al tiempo, de lo que resiste porque nos sigue hablando.

Preste, comparta libros, hable de ellos con sus amigos. Poco a poco se irá creando una red. Comparta lo que descubra. Leer no es un acto mecánico, es la puesta en marcha de nuestra imaginación estimulada por las palabras que leemos. Bese el libro que le ha emocionado, como hizo aquel viejo profesor. Puede que sea el libro menos rentable del universo, pero no se trata de eso.



martes, 2 de septiembre de 2025

Leer o no leer

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La polémica la ha introducida una "influencer" y refleja muchos malentendidos. En primer lugar "leer" no es una cuestión de "ser mejor" o no. En eso entran muchas consideraciones: ¿mejor para qué? El planteamiento demuestra no solo que a ella no le gusta leer, sino que no sabe lo que puede significar para una persona.

"Leer" son muchas cosas dependiendo de lo que leas y cuál sea tu motivo. Puedes leer ficción, filosofía, sobre ciencias sociales o sobre Física; puedes leer sobre la naturaleza, sobre los clásicos grecolatinos o sobre las biografías de gente muy diferente. Leer es en sí un acto mecánico, un acto que supone el encuentro entre alguien que lo escribió y alguien que se adentra en el mundo que se le propone.

La observación de la influencer presupone que lo que pensamos surge de la nada y no que es parte de un flujo selectivo que va recorriendo la Historia dejando depositado en los libros lo valioso. Durante una época larga, los libros eran la memoria de lo pasado. Antes de la escritura el mundo era oral, lo valioso se atesoraba en la memoria y se recitaba, cantaba. Siempre ha habido algo que considerábamos valioso, digno de ser recordado y compartido. Esto se puede hacer leyendo, haciendo que te lean —como los nobles de la antigüedad—, en lecturas en voz alta en familia como era frecuente durante siglos, escuchado en un audio libro mientras se conduce, etc.

Leer un libro es, por ello, un acto múltiple que varía en función de la calidad y del interés que pueda tener para la persona, por placer, motivos educativos o profesionales. Para la influencer, leer es un acto físico que consiste en abrir un objeto compuesto de páginas (puede ser un ebook), pasar la mirada por unos signos insertados en su superficie y comprender lo que dicen. Ninguno de esos actos te hace mejor por sí mismo; es solo una vía. Placer, conocimiento, acceso a lo compartido es lo que supone el acto de leer.

El planteamiento de sí leer te hace superior o no es tan trivial que demuestra que no lo ha acabado de entender. Desgraciadamente, no es la única. La consideración de más o menos culta en estos tiempos de trivialidad activa es precisamente una mezcla de pragmatismo e ignorancia, de desprecio a la memoria en un mundo en el que solo vale el aquí y el ahora, lo efímero.

El libro es solo un medio, uno enormemente abierto; no se lee para ser superior. Recordemos los pedantes de Moliere, que van por el mundo de leídos. Se puede leer, como decimos por muchos motivos. Mala suerte para el que no encuentra ninguno realmente valioso, valioso de verdad.

Hay una gran diferencia entre el lector y el bibliófilo; es la que existe entre su espíritu y su materia. Un libro malo puede ser valioso y uno maravilloso puede ser un objeto recogido en las calles, junto a un contenedor. Cada vez vemos más libros abandonados. Yo les hago una foto cuando los encuentro en plena calle; me dan pena.

Ahora, mientras deshago las cajas de la mudanza veo la historia de mi vida en libros, los que he leído, los que no he leído todavía y los que, probablemente no leeré nunca, pero están cerca de mí como posibilidad y esperanza. Quizá leer te transmite una cierta sensación en el camino de la vida.

Esto hoy apenas se entiende. Es otro mundo en el que el libro representa una forma obsoleta de pasado. Creo que se puede acceder a la cultura más allá de los formatos. Lo que no se puede hacer es despreciar el acto de leer porque estás despreciando lo valioso que otros dejaron. Separar el grano de la paja es algo que la lectura va formando en ti; aprendes a esquivar los malos libros, los que no aportan nada a tu vida o a la de los demás.

Es un problema cultural, familiar y personal. Implica sentir que hay cosas valiosas, que uno no lo es todo, algo con lo que se juega demasiado. En las familias en las que se lee, se seguirá leyendo con más probabilidad, aunque el impacto de esta nueva sociedad, que nos obliga al consumo del hoy, es cada vez más destructivo. En lo personal, el buen lector no es el que presume de ello, sino el que es capaz de tener la humildad de poder aprender a través de la lectura. Se llama maduración y no todos lo consiguen.

He sido crítico con el sistema educativo por su forma de enfocar la lectura. Ha echado a mucha gente del mundo maravilloso de la Literatura. He sido veinte años profesor de una maravillosa asignatura. Decía que mi función era "enseñar a leer". Lo sigo creyendo. Mi mayor satisfacción era cuando cada uno encontraba el libro que le gustaba, el que le hacia falta en cada momento. Hay que enseñar a buscar. ¡Hay tanto!

Deseo que nuestra influencer influya poco y, sobre todo, le deseo que encuentre un día un buen libro, un libro que le haga decirse "en qué estaría yo pensando todo este tiempo" y le lleve a buscar y encontrar el siguiente. Es joven y puede hacerlo. Tiene muchos libros por delante. Probablemente sus palabras sean el resultado del encuentro con algunos que se sentían superiores por leer y se lo han restregado por la cara.

Lea, lea para completar los huecos que no sabía que tenía; lea para compartir y hablar sobre lo leído con otros. Simplemente, lea.

miércoles, 14 de mayo de 2025

¿Qué hacemos con los libros?

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La conversación se repite cada cierto tiempo, con cada encuentro con compañeros: ¿qué hacer con los libros? Nadie los quiere. Profesores que se han jubilado y han acumulado miles de libros a lo largo de su vida académica se encuentran un grave problema enfrentados a una biblioteca que se les presenta como una carga insostenible. Se trasladan a nuevas residencias lejos de sus antiguos lugares de trabajo, lugares más pequeños normalmente. ¿Qué hacer con los libros?

Durante década has estado orgulloso de tu biblioteca, de tus libros, pero ahora todo ha cambiado, no solo las personas, para las que el libro es casi una rareza, sino para las propias instituciones que trabajan en el mundo de la cultura, incluyendo las propias universidades.

No se trata ya de vender los libros, sino de la posibilidad de donarlos. Las bibliotecas se transforman en lugares de "co-working", lugares donde se va a hablar, sobran hasta los tradicionales carteles en los que se rogaba silencio. En mi facultad se aplaudió la trasformación y surgieron preguntas sobre el nuevo mobiliario.


Los libros y revistas académicas quedan sobre las mesitas de los departamentos cuando los que se van limpian sus despachos. Allí quedan como materia muerta ante la indiferencia de los que pasan si mirarlos si quiera. No me resisto y rescato alguno. Lo hago por sentimentalismo, por educación, por algo que aprendí a respetar, los miles y miles de horas de compañía a lo largo de la vida. Rescato libros colocados cuidadosamente junto a los contenedores de papel donde alguien los dejó luchando el recuerdo con el reciclado. Hay algo en ti que se rebela a la hora de abandonarlo en el contenedor y los dejan fuera con la esperanza de que alguien lo vea y lo acoja en su casa, le dé una segunda vida.

¿Qué nos ha pasado? ¿Qué nos ha pasado en estas últimas décadas que hemos pasado del amor a los libros a considerarlos un estorbo, un objeto del pasado? Cuando me hablaban de la "muerte del libro" yo les contestaba hablando de la "muerte de los lectores". Mientras haya lectores, habrá libros, pensaba yo. Pero son muchos los factores que han convenido en la muerte del libro.


Tres o cuatro veces al año una ONG se pone en las puertas del metro de la Ciudad Universitaria y despliega, muy baratos, unos cuantos cientos de libros. Me suelo llevar varios. Hay de todo. La gente que pasa se detiene para ver aquellos objetos de papel metidos en cajas dispuestos a ser vendidos. Algunos se llevan alguno de ellos.

Consulté una ONG para donar libros. Ya no estaban tan contentos con las donaciones. Supongo que el exceso de libros donados les crea un problema, tanto de almacenamiento como de gestión y demanda.

Pero el principal problema creo que está en el desconocimiento de lo que el libro contiene, es decir, de su valor cultural específico. Sin saber su valor, el interés que puede haber en su lectura, el libro es solo papel a los ojos de quien lo contempla cerrado, un objeto frío. Abrir un libro, leerlo y disfrutarlo es un acto complejo que requiere una formación, una capacidad competente, que se ha ido perdiendo dentro de un proceso de deterioro del sistema cultural y educativo.

No queremos libros porque no los valoramos como objetos y tampoco los valoramos por lo que nos podrían aportar. El modelo de "valor" ha cambiado. El modelo mismo ha cambiado.


Ayer escuché como habían tenido que empaquetar fuertemente las cajas de libros para evitar que abrieran las cajas dejando fuera lo que no les pareciera interesante. Me produjo mucha tristeza escucharlo.

Ya no ves apenas gente con libros en el transporte. Hubo un tiempo en que los alumnos dejaban sobre la mesa el libro que estaban leyendo. Hoy no lo ves. Y si alguno tiene un libro, lo esconde casi avergonzado.

El teléfono lo ha cambiado todo. Ayer muchos alumnos no llevaban reloj al examen; el teléfono también les sustituye el reloj. Privados de él, no queda nada; todo se vuelve un mundo vacío, en el que te sientes perdido, como ha mostrado el "gran apagón". Pero nadie habla del "gran apagón" cultural.

El caso de los libros y lo que contienen es trágico en muchos sentidos. El libro nos conecta con una dimensión profunda de nuestra cultura que está siendo borrada paulatinamente. La formación de la biblioteca persona era uno de los ritos de paso esenciales. Marcaban tu independencia respecto a la biblioteca familiar, la de tus padres. Las diferentes obras definían tu trayectoria hacia una independencia personal. Los libros marcaban tu personalidad y tu personalidad definía tu biblioteca. Alguien podía conocerte por tus libros, de un vistazo a tu biblioteca, un recurso que algunos novelistas usaron para mostrar el trasfondo de sus personajes, E.A. Poe entre ellos.


Las videoconferencias nos han permitido ver un mundo de casas sin bibliotecas, sin libros. Solo algunos se muestran delante de los estantes con sus obras en despachos desde los que transmiten.

La pregunta sigue en el aire: ¿qué hacer con los libros en un mundo en el que nadie los quiere? ¿Habrá que construir incineradoras, crematorios de barrio para los libros? El acto de quemar libros era un símbolo de censura, de recorte de lo que el libro representaba, libertad, cultura, memoria. Hoy lo vemos como un anacronismo, como una molestia en nuestras reducidas casas. Hoy los hacemos desaparecer en nombre de la falta de espacio, baja demanda y otras excusas. Rechazando los libros y lo que representan nos rechazamos a nosotros mismos en nombre del peor autoritarismo, el de la ignorancia.

He escuchado cantos alegres por la desaparición de los libros en boca de personas que se deberían dedicar a lo contrario, en espacios que deberían protegerlos. Protegemos a la especies en extinción, ¿por qué no hacerlo con la especie "libro" a la que algo debemos los humanos?

En mi última clase del curso, el miércoles pasado, repartí libros.

viernes, 6 de diciembre de 2024

La protesta portuguesa contra los libros digitales en la enseñanza

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Hay muchas cosas que la revolución de la información se ha llevado por delante, entre ellas ese objeto material, raro, llamado "libro". Tiene su lógica, si hacemos caso a los teóricos (a los de verdad, claro, a esos que nadie lee). Las culturas se organizan sobre lo que les permiten la mejor transmisión del conocimiento. En las sociedades orales eran las plazas y centros de encuentro, los "parlamentos". En las sociedades de la escritura, los escribanos primero y los editores después crearon la cultura con el manuscrito y el libro como ejes, Hoy nos toca a las redes y dispositivos electrónicos, los formatos digitales, que permiten otras distancias, otros órdenes, otro flujos y otras formas de acceso, almacenamiento y distribución.

No hace mucho tuve ocasión del triste espectáculo de ver el aplauso del mundo académico a la desaparición de los libros en beneficio de la digitalización. "¡Ya somos modernos!", repetían algunos.

La pandemia nos permitió ver la ausencia generalizada de libros y nos permitía dividir a la humanidad en tres: los que tienen libros y leen, los que no los tienen y los que dicen haberlos leído sin tenerlos.

En "Una mirada europea", la sección en la que RTVE nos recoge artículos de interés de muy diverso tipo publicados en las webs del continente, se nos ofrece una noticia portuguesa fechada hace un par de días. Lleva por titular "Padres de alumnos se manifiestan en Coimbra contra los libros de texto digitales". Es una noticia de la RTP y la inteligencia artificial nos la traduce directamente del portugués para contarnos la protesta y negativa a que sus hijos tengan libros digitales para su formación escolar.

Decenas de padres portaban pancartas y se concentraron ante el colegio Martim de Freitas de Coimbra para exigir el fin del uso exclusivo de libros de texto digitales.

Creo que es muy perjudicial para el rendimiento escolar.

Puedo verlo en mi hijo, que se queja constantemente de dolores de cabeza y cansancio.

Son muchas horas frente a la pantalla.

Está demostrado que es perjudicial para el aprendizaje y nocivo para la salud de los alumnos, además del problema de la dispersión hacia contenidos no didácticos y de mucha distracción.*

La noticia procede de un vídeo con la noticia, que puede ser reproducido, visto y escuchado. La IA extrae el texto del vídeo y lo convierte en un escrito doble, en portugués primero y de ahí lo traduce al español automáticamente. Sin duda una poderosa herramienta de trabajo.

Pero lo que discuten los padres del colegio de Coimbra es otra cosa, como se señala en el último párrafo de la cita. Alegan que en diversos países, países avanzados en educación, están empezando a volver a los libros.

Creo que a estas alturas —basta que mire a su alrededor si se encuentra en la calle o en un transporte público o con algunos miembros de su familia— se habrá dado cuenta de que está rodeado de personas embebidas en sus teléfonos móviles, un objeto que le convierte en receptor de una serie de informaciones que probablemente no deje en sus trayectos. Le multan por llevar el móvil activo en el coche, la mejor prueba de que efectivamente es una "distracción" de difícil control. Muchos lo llamarían "adicción", lo que viene a decir que es más la acción que el contenido lo que le mueve. Se habrá sorprendido más de una vez del tiempo que ha estado delante de su teléfono para nada, por si veía algo.

Lo que protestan los padres de Coimbra —y otros lugares del mundo— es esa parte del fenómeno, el hecho de pasar horas con poco rendimiento y adquiriendo hábitos que nos son precisamente "formativos" sino más bien al contrario, se convierten en obstáculos para el aprendizaje.

Podemos decir que en esta ya segunda generación, en muchas casas apenas hay libros, no hay bibliotecas, como nos enseñaron las videoconferencias durante la pandemia. Hay casas con libros en las que se puede leer y hay casas sin libros, con pantallas, en las que no hay otra cosa que hacer que dejarse llevar, dejar pasar el tiempo.

No nos engañemos: no son solo los libros; es el cine, es la música, son casi todas las formas de arte, ya que los teléfonos lo que representan es la irrupción brutal del mercado usando técnicas de todo tipo para hacerse con usted, con su atención, convirtiéndolo en una parte final del sistema de circulación de información. Usted, yo, no somos más que pequeñas piezas de un gran negocio. Para que funcione es necesario eliminar cualquier obstáculo atencional que se inmiscuya entre usted y la información con la que se hace el negocio. El negocio está más en la conexión —en formar parte del círculo— que en lo que se distribuye, en los contenidos, que son otro negocio superpuesto.

La queja de los padres es que esto haya invadido el espacio educativo mientras que ellos tienen la lucha en su propio hogar por intentar formar a sus hijos atencionalmente en otra dirección. No se trata del contenido, sino del continente. Indudablemente para las editoriales es un gran ahorro el no tener que hacer "objetos" materiales, centrarse solo en los contenidos. Puede que abarate el "producto" final, pero es indudable que, como las formas anteriores de acceso a la información, tiene unas diferencias psicológicas, sociales y culturales. Ninguna forma de acceso a la información es neutra o inicua; todas tienen alguna acción sobre la mente a la que dan forma y sobre la sociedad en la que se mueve y produce la información.


Evidentemente no tiene sentido estar "en contra" de la información, pero sí se puede —y es cada vez más frecuente— estar en contra del uso durante la infancia ya que impide la formación de aquellos a los que se destina y afecta, los niños y adolescentes. ¿Temen las grandes empresas e industrias actuales quedarse sin clientes hechos a su imagen y semejanza, con un perfil favorable a lo que les interesa y beneficia? ¿Prefieren consumidores incontrolados, compulsivos? Puede, porque no creo que les importen mucho.

Hemos perdido nuestra capacidad social de manejar nuestro futuro, que ha quedado en manos de los intereses. Lo bueno es lo rentable, da igual el efecto que tenga. Puede que siempre haya sido así, pero ahora el poder de hacerlo es enorme. Por eso, la protesta de los padres de alumnos del colegio de Coimbra es importante.

* "Padres de alumnos se manifiestan en Coimbra contra los libros de texto digitales" RTVE.es / RTP 3/12/2024 https://www.rtve.es/noticias/ https://www.rtp.pt/noticias/pais/encarregados-de-educacao-em-coimbra-manifestaram-se-contra-manuais-digitais_v1619117

miércoles, 23 de agosto de 2023

La mejor biblioteca pública del mundo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


En este mar de malas noticias cocinadas con un calor asfixiante, destaca una buena noticia, la concesión del premio de la Mejor Biblioteca Pública del Mundo a la biblioteca Gabriel García Márquez, de Barcelona, una biblioteca de barrio con apenas un año de vida.

La noticia la leemos en RTVE.es, donde se nos explica el sentido del galardón:

Inaugurada en mayo de 2022 como biblioteca central del distrito barcelonés de Sant Martí, la Gabriel García Márquez cuenta con un edificio de seis plantas con una estructura de madera vista de casi 4.000 metros cuadrados, una gran "casa" que parece colgada y semioculta entre los altos plataneros que la rodean.

Aunque a los visitantes les suele sorprender aún más su estructura interior, con un patio abierto al que se asoman las sucesivas plantas como si fueran balcones, y espacios abiertos y cubículos que permiten crear intimidad a base de cortinas de gasa que cuelgan del techo.

Especializada en literatura latinoamericana, la biblioteca lleva el nombre del Premio Nobel de Literatura colombiano, que residió en Barcelona de 1967 a 1975, y sirve de sede del KM Amèrica Festival de Literatura Latinoamericana, que va por su segunda edición.

El estudio SUMA Arquitectura, encargado del proyecto, ya recibió el Premio Ciutat de Barcelona de Arquitectura 2022 por el diseño del edificio.
La directora de la BGGM, Neus Castellano, explicó recientemente a Efe que el verdadero premio para la biblioteca -no es "un tópico", insiste- es la gente que acude a ella, unas 1.100 personas de media al día, cifra que ha aumentado desde que se conoció su candidatura a mejor del mundo.*

 

Contarlo no es hacer justicia; es mejor verlo en los vídeos que acompañan a la noticia en distintos medios. Se ha premiado sobre todo un espacio, su funcionalidad y la capacidad de interacción de los lectores asistentes.

El premio es importante, pero también lo es que en estos tiempos digitales se ponga foco en el espacio de la lectura y en el hecho del libro (y los medios audiovisuales).

El papel de las bibliotecas públicas se vuelve crítico en un tiempo de desaparición de las bibliotecas privadas, ya sean familiares o personales. Hoy asistimos al espacio vacío de los hogares, espacios sin libros.

Crecer en un hogar con biblioteca es un auténtico regalo; que los padres hagan que los niños vayan a creando su propia biblioteca es algo esencial para la formación de buenos lectores. Pongo el énfasis en lo de "buenos" porque leer no es "matar el tiempo", sino parte del plan de formación de la personas, algo que se olvida.

En el modelo de lector por aburrimiento o hábito y el lector como comprador, está el lector personal, el más desatendido, el que va evolucionando doblemente, en sus gustos lectores y en algo en lo que insistimos aquí, en su sentido estético de la vida. Se trata de un lector crítico capaz de captar la belleza y la verdad de los textos, no de un mero lector que no sabe cómo ocupar su tiempo.

La función de la biblioteca no es solo guardar libros, sino ofrecer trayectorias lectoras, para lo que se requiere un personal con características propias.

Por eso se ha producido un fenómeno especial, los clubes de lectura, que insertan la pasión y el gusto por leer en la vida. No se trata de leer por leer, sino de leer para crecer, para ampliar la visión de la persona ampliando su mundo. Muchos de los libros que se nos ofrecen no merecen el tiempo de lectura que suponen. Pero volvemos al mismo fenómeno que señalábamos el otro día para el cine: la desaparición de la memoria cultural, sustituida por la fuerza de las ventas, la presión de lo que se vende en competencia con el legado de la escritura.

Hablar de lectura y de libros no es decir mucho; como decía la canción, todo está en los libros, lo bueno y lo malo. Hay buenas y malas lecturas, como hay malos y buenos libros. Por eso es importante la selección, la recomendación, el diálogo sobre los libros, sentir que hay otros lectores con los que compartir las experiencias de las lecturas. Esto último es lo que permiten los clubes de lectura, ofrecer buenos textos a los que quieren leer con cierto criterio. La cuestión es que suele ser gente madura, personas que tenía el gusto de leer y que ahora disponen de más tiempo. Como tantas otras experiencias estéticas, el sistema educativo lo ha convertido en lo que no debía ser, una imposición de lo incomprensible para el lector. Se da por supuesto que leer es en sí mismo un acto formativo, aunque no se forme al lector como tal.

Pero la lectura hoy carece de faros reales, de gente que habla apasionadamente de libros que quiera compartir. Las revistas de Literatura van desapareciendo entre el trabajo de eruditos para eruditos y las académicas penalizan la divulgación cuando más falta hace.

Los libros, que antes se heredaban y compartían, se han convertido en algo extraño para muchos. Basta con darse un paseo cada mañana por la mayor biblioteca del mundo, el transporte público, para ver cómo se emplea ese tiempo. El teléfono se ha convertido en la conexión por el mundo y este ha quedado reducido a lo que se muestra en pantalla.

Da una cierta tristeza ver cómo, cada vez que se jubila un compañero o compañera de la Facultad, los libros se dejan fuera de los despachos que han  de quedar vacíos. Pasan días solitarios sobre los bancos ante las miradas indiferentes de los estudiantes universitarios. He publicado alguna fotografía de libros puestos sobre contenedores de papel, en plena calle. Alguien ha sentido pudor en arrojarlos y deja en manos del destino una segunda oportunidad. Hoy pocos quieren leer lo que no es obligado, pese a que todos quieren escribir (las editoriales son ya fábricas de libros para autores sin público).

Libro abandonado sobre un contenedor

El sistema educativo, que sería la alternativa de apoyo a una segunda generación que ya apenas lee y cuando lo hace es a golpe de promoción, se centra en la rentabilidad de los estudios para las profesiones y rechaza la llamada formación "humanística", que se considera como una especie de suicidio para el futuro profesional. Mentes cerradas antes de tiempo.

La concesión del premio a la biblioteca barcelonesa es una buena noticia, una solitaria buena noticia. Espero que ese año que llevan de trabajo se centre en la parte no visible, en los efectos lectores. Es el espacio perfecto para poder desarrollar una lectura cómoda. Ahora llega la parte más difícil, la promoción, la selección, el interés.

Dicen en el artículo  

"Este premio lo que reconoce es, básicamente, el edificio, no una trayectoria, sino un proyecto que comienza, aunque en este caso existía un espacio previo (en otra localización) y se valora también este arraigo, además de la sostenibilidad, la forma de construirlo, sus sistemas de eficiencia energética, la flexibilidad de espacios... que hace que al final todo sea más respetuoso con el planeta”, resumía la directora.*

 Me alegra saber que sí se distingue una y otra función. Espero y deseo que de ese espacio no solo salgan lectores, sino "buenos lectores", algo muy complejo, más con los tiempos que corren en contra. Con humor, la directora señala que hay ahora un "turista lector", que es el que va a ver la biblioteca. Se les distingue, dice, porque miran para arriba y no para abajo, que es donde están las páginas abiertas.

* "La biblioteca Gabriel García Márquez de Barcelona, elegida Mejor Biblioteca Pública del mundo" RTVE.es / EFE 21/08/2023 https://www.rtve.es/noticias/20230821/biblioteca-gabriel-garcia-marquez-mejor-mundo/2454337.shtml

miércoles, 17 de mayo de 2023

Sobre la caída de la comprensión lectora

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Mientras la atracción de las elecciones requiere nuestra principal atención, nos encontramos con titulares preocupantes como los que nos revela el titular de RTVE.es: "Los alumnos españoles de nueve años empeoran en comprensión lectora: bajan siete puntos en cinco años". Aquí hemos analizado en alguna ocasión el problema con datos previos, pero sobre todo con una práctica diaria en las aulas. Esto no es un "problema de primaria", sino una realidad que nos encontramos cada día en la aulas universitarias a las que llegan pasado el tiempo. El déficit de lecturas es también un déficit de comprensión lectora. Leemos menos y peor; leemos peores cosas.

Creo que conté aquí hace años mi encuentro con un amigo que trabaja en una importante editorial española de libros de texto. Me contaba mientras caminábamos, al bajar del tren, que cada año tenían que rebajar el número de palabras distintas ante la queja de la profesora de que los alumnos no entendían las expresiones. "¡Es un desastre!", me decía, "Cada año entienden menos".

Podemos echar la culpa a la pandemia, pero lo cierto es que esto es anterior. La pandemia ha tenido sin duda sus efectos, pero no tengo tan claro que sea una cuestión única.

En RTVE.es se nos dan los datos de este deterioro:

La comprensión lectora de los niños de 4º de Primaria ha empeorado en España siete puntos, hasta los 521, desde 2016 hasta 2021, una bajada similar a la registrada en la OCDE y la Unión Europea que rompe con la tendencia al alza de los últimos años y detrás de la cual podría estar el cierre de los colegios a causa de la pandemia, según un estudio realizado por la Asociación Internacional para la Evaluación del rendimiento Educativo (IEA).

El estudio internacional de progreso en comprensión lectora (PIRLS, en sus siglas en inglés) es la primera gran evaluación internacional tras la COVID-19, que mide la comprensión lectora del alumnado en su cuarto curso de escolarización obligatoria (4º de Primaria en el caso español).

En el análisis de la IEA, divulgado este martes y que se repite cada cinco años, han participado 57 países de la OCDE y de la UE, con una muestra de 140.000 alumnos, 120.000 de ellos de la Unión y más de 10.000 de España.

PIRLS define la comprensión lectora como "la habilidad para comprender y utilizar las formas lingüísticas escritas requeridas por la sociedad y/o valoradas por el individuo. Los lectores son capaces de construir significado a partir de una variedad de textos. Leen para aprender, para participar en las comunidades de lectores del ámbito escolar y de la vida cotidiana, y para su disfrute personal".* 

La búsqueda de explicaciones nos aleja, sin embargo, de una realidad mucho más obvia, pero que quizá no nos gusta reconocer: el cambio de modelo cultural. Desde hace un par de décadas ese modelo ha ido cambiando conforme se transformaban los medios de información, del libro al periódico pasando por todo tipo de modos. La llegada de una sociedad de la información es un hecho, pero quizá deba ser repensada como una nueva sociedad mediática o, si se prefiere una sociedad con nuevos medios. Cada día se nos hace más evidente el dicho de Marshall McLuhan: "el medio es el mensaje". Se recuerda el dicho, pero no se entiende los efectos y consecuencias de un cambio de modelo de los vehículos y por ello las equivalencias informativas no lo son desde el punto de vista de su asimilación o consumo.

La mayor cantidad de información, por centrarnos en la cuestión, no es equivalente a una mayor calidad ni una mejor absorción. La educación no es solo compartir información sino obtener con ello unos resultados. En la medida en que se han difuminado los bordes o fronteras y navegamos en un mar sin líneas, los efectos de la educación se van perdiendo. El bombardeo informativo constante no asegura los objetivos educativos, que deben ser otros, básicamente esos que la encuesta muestra como un déficit de compresión: más información y menos comprensión sería la aparente paradoja. Sin embargo, se produce en todos los campos, especialmente en los que suponen acceso a información. Pasa con los propios medios informativos y ocurre con ese otro medio que es el sistema educativo.

Si a esto le añadimos una creciente burocratización del sistema educativo que limita la capacidad de huir de las fórmulas que no funcionan, el panorama de la educación es bastante sombrío. Nos venderán que los nuevos chatbots de diferentes sistemas permitirán compensar lo que evidentemente se está perdiendo, pero esto está por ver ya que forma parte del propio cambio del sistema en su conjunto.

Vivimos en un entorno informativo de bombardeo constante. Se ha desarrollado la llamada "Economía de la Atención" en la cual este elemento es el bien más buscado. Necesitan ser atendidos para ser eficaces. Eso hace perder eficacia al sistema más débil dentro del conjunto y ese, sin duda, es el sistema educativo, que requiere esfuerzo frente a los demás que se presentan como gratificantes, divertidos, atractivos, etc. para ganar nuestra atención, algo que se ve especialmente claro en las edades escolares. Todo esto significa un menor esfuerzo frente al que supone la propia educación, cuyos objetivos son llevarnos hacia una madurez crítica, reflexiva, capaz de distanciarse de lo superfluo y de saber distinguir. Pero no son esos los objetivos del consumo, lo que hay realmente detrás de los fantasmas informativos que nos rodean en todo momento.


La caída de la comprensión lectora se detecta inmediatamente en un aula. Lo detectas cuando repasas los escritos que te presentan. Durante mucho tiempo nos hemos preocupado por la "ortografía", pero eso es solo la punta del iceberg del problema. Está la pérdida de vocabulario, una reducción de las palabras que nos sirven para comunicarnos con otros y comprender lo que nos quieran decir. Tampoco entendemos lo que leemos. Pero lo más grave no es la pérdida del diccionario, sino la pérdida de la enciclopedia, en la distinción realizada por Umberto Eco. El diccionario nos da un tipo de sentido estándar; el saber enciclopédico nos ofrece otro tipo de información, la que nos ayuda a establecer unidades de comprensión histórico culturales. Y es ahí donde el fallo se produce estrepitosamente.

La comprensión lectora nos lleva más allá de la mera palabra; nos lleva a lo que se construye con ellas y es ahí donde nos fallan los elementos. Existe una profunda interacción entre las palabras y las frases, que es la unidad que necesita de nuestra inteligencia y conexión con el mundo, que es lo que se construye en y con la cultura, es decir, en un mundo significativo, un mundo escrito y descrito.

Aprender a leer es algo más profundo que unir las letras; es ir ascendiendo de la palabra a su sentido en la frase, después a su sentido en el párrafo, para pasar al texto y de ahí dar el salto a lo representa en el mundo. Pero es un camino de ida y vuelta. Cada texto nos exige la competencia lectora, es decir, nuestra capacidad de unirlo con otros textos. Sin embargo, los problemas se detectan ya en la primera fase, las palabras, y siguen creciendo según ascendemos hacia la significación cultural. Es ese, finalmente, el puerto de llegada, del que entramos y salimos durante el resto de nuestra vida.

La última frase del texto citado de RTVE.es explicaba: "Leen para aprender, para participar en las comunidades de lectores del ámbito escolar y de la vida cotidiana, y para su disfrute personal". No es un ideal de periodo escolar. Se aprende durante toda la vida; las comunidades lectoras son los que nos rodean y con los que nos comunicamos más allá de los libros compartidos; finalmente, el disfrute personal lo llevamos hacia otros derroteros, alejados de la propia formación personal en la que pocos encuentran el placer de profundizar.

Ha cambiado nuestro ideal de cultura y también el de persona. Somos partes de un sistema de consumo y nuestra formación es solo otro proceso rentable para alguien. Quizá para muchos y menos para nosotros mismos. Recuerdo la frase de un amigo cuando en la época de nuestra vida universitaria me vio con una novela bajo el brazo durante unas vacaciones: "¿para qué te sirve leerla?" Recuerdo el terrible enfado de una autoridad académica cuando, al visitar nuestra biblioteca de la facultad, descubrió que había estantes de "literatura", palabra que sonaba despreciable en sus labios. Y recuerdo hace unos días los aplausos de mis compañeros ante el anuncio de la desaparición de los libros físicos de esa misma biblioteca y la reconversión de sus salas de lectura en espacios de "co-working". Es lo moderno, dicen.

Sí, hay un cambio de modelo. Lo que es ingenuo es pensar que unos modelos y otros tienen los mismos objetivos y, especialmente, los mismos resultados. El pasado lunes, día 15, el diario El Mundo titulaba "Llega la 'ciborgdocencia' o robots capaces de enseñar a leer y escribir a los alumnos con inteligencia artificial". En el senado de los Estados Unidos algunos "padres" de la IA declaraban sobre la necesidad de regularla, señalaban los efectos sobre el empleo, aunque, esos sí, anunciaban la creación de empleo de "mejor calidad", que es una forma de justificar los despidos masivos previstos. Pero en la educación los efectos serán otros. El problema es que los efectos no parecen importar a nadie, tal como importan poco los nuevos datos sobre comprensión lectora y lo que eso pueda significar.

Cuando empiecen a crearse colegios de élite en donde se pagará generosamente por recibir enseñanza de humanos y no de máquinas, comprenderemos que sí existen diferencias. Al fin y al cabo, solo se necesitan unos pocos dirigentes humanos. Lo demás puede ser cubierto por máquinas y por los humanos educados por ellas.

Una vez más, lo que ocurre en la edad escolar se queda en la edad escolar, terrible error, pues los problemas y carencias se van acumulando. ¿Para cuándo una encuesta de comprensión lectora en adultos?

No sé a qué temperatura arden las máquinas. Sabemos que el papel de los libros lo hacía a 451 grados Fahrenheit gracias a la novela de Bradbury. En nuestra automatizada sociedad, los libros empiezan a ser un obstáculo. Lo veo cada día, abandonados en mesas para que alguien se los lleve. Lo veo en los periódicos que ya nadie se molesta en recoger a la salida del Metro mientras consultan sus teléfonos y vuelven al mundo civilizado de la cobertura.

Quemamos los libros. Lo hacemos abandonándolos de forma metafórica abandonándolos o real. Hace poco recogí un ejemplar de Ubú rey encima de un contenedor de papel. Alguien se había resistido a lanzarlo a su destino en una trituradora y lo había dejado allí. Para evitar tirarlo hay que saber qué contiene, qué significa ese libro. Si no es solo un objeto molesto, que ocupa espacio y que no se puede descargar primero y borrar después. Una cosa es comprender sus palabras y otra comprender su sitio en una cultura cambiante, de la que ha desaparecido porque las palabras solo duran en nuestras mentes mientras son recordadas, comprendidas. Hace mucho que olvidamos. Esto se hace persiguiendo a las asignaturas humanísticas en los planes de estudio; olvidando las obras importantes porque están "ya pasadas" en beneficio del último artículo aparecido en cualquier revista bien evaluada. Cuando establecemos "lo que vale", establecemos también lo que acaba en el contenedor o en el olvido.

Nuestra nueva cultura no quema libros; solo los abandona, los ignora o los olvida.

 

"Los alumnos españoles de nueve años empeoran en comprensión lectora: bajan siete puntos en cinco años" RTVE.es 16/05/2023 https://www.rtve.es/noticias/20230516/comprension-lectora-alumnos-espanoles-empeora-informe-pirls/2446102.shtml