Mostrando entradas con la etiqueta Ana Blandiana. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ana Blandiana. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de septiembre de 2013

El burro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No hace mucho tiempo recogí en mi repertorio de noticias sobre Egipto una información referida a la exposición que se celebra en Londres, en el interior de la Catedral de St. Paul, de veinticinco esculturas de burros realizadas en fibra de vidrio y de tamaño natural. La escultura original es del artista egipcio Reda Abdel Rahman y cada uno de ellos ha sido decorado con distintos motivos por otros artistas. La exposición, llamada "Caravana" llega directamente desde Egipto, desde la iglesia anglicana de St John, que se ha convertido en un centro de diálogo interconfesional, en un espacio de encuentro para la paz.
La elección del burro como motivo central tiene su explicación:

The donkey symbolises peace in both Christianity and Islam, and is found in both the Bible and in the Qur’an. Examples are numerous, such as both Jesus and Omar Ibn El Khattab, the second caliph, each riding donkeys when they entered Jerusalem. The donkey also represents the poor, as it is an animal of burden, and this is especially the case in Egypt.*


Los burros forman parte de esa caravana a la que alude el título de la iniciativa, un intento de superar el sectarismo a través del diálogo que se ejemplifica en ese animal humilde y trabajador. Es una buena elección la del sencillo burro para significar meta tan noble como es el diálogo que lleve a la paz.
Pero los símbolos tienen siempre su otra cara y pueden ser usados con sentidos muy diferentes. Al Arabiya nos trae la noticia de la detención de un campesino en Egipto:

An Egyptian farmer has been arrested for putting the name of the country’s military chief General Abdel Fattah al-Sisi and an army cap on his donkey, state media said Saturday.
Omar Abu al-Magd Ali al-Saghir was arrested late on Friday in the central province of Qena for allegedly insulting the general, state news agency MENA reported.
The farmer was noticed by authorities after he rode the donkey through his home village in an act deemed “directly insulting” to the army, MENA said.**


No sé qué ha sido más determinante en la detención, si el nombre y grado del burro o la gorra militar que el hombre le puso en la cabeza. Y es que, en esto de los conflictos, no se sabe nunca cómo acertar. Alguna consideración se merece el detenido, digo yo, por el atenuante de sentido del humor. Se nota que los que le detuvieron no se han dado una vuelta por la exposición dialogante de los burros que ahora se encuentra en Londres.

La CNN nos mostraba hoy mismo la división simbólica de Egipto entre los que han convertido la imagen del General al-Sisi en motivo de regocijo —la cadena americana nos mostraba su retrato estampado en todo tipo de materiales o dando nombre a un bocadillo— y, por el otro lado, el signo de los cuatro dedos, usado por los partidarios de Morsi y al que los egipcios contrarios le han sacado variantes jocosas que son utilizadas como iconos en Facebook.
El que el granjero haya puesto a su burro el nombre del general podía haber quedado en un chiste privado de no dedicarse a recorrer el pueblo, arriba y abajo, al grito de "¡Arre, Sisi!", que habrá acabado por despertar las iras de los subordinados y seguidores que, temerosos de ser acusados de transigencia con la iconoclastia, se han decidido a detener al peligroso jinete.
El sentido del humor de algunos egipcios es sobradamente conocido, al igual que la falta de sentido del humor de los que no lo tienen. No sabemos si se le ha "requisado" el chiste —es decir, el burro— o si solo se le ha detenido a él, exculpando al animal.


El drama egipcio tiene estas cosas de vez en cuando, dignas de ser retratadas por un Berlanga o un De Sica a la egipcia que nos mostrara la historia del burro Al Sisi y su amo, detenidos por pasear demasiado por la calle de su pueblo. La mitomanía egipcia es proverbial y afecta a cantantes, actores, militares y presidentes, si hace al caso. Los chistes y chanzas son la contrapartida del mito, su reverso.
Algunos medios extranjeros han reproducido la historia del burro y me imagino que si se llega a celebrar un juicio acudirán en masa a este acto que promete enjundia y sentar jurisprudencia. En cuanto al amo, si no se remedia, será un chistoso más encarcelado. El burro, por su parte, se hará célebre y pasará a engrosar la lista de animales políticos.
Los animales siempre han jugado un papel en la política —me refiero a un papel simbólico— y han servido para representar virtudes y defectos por igual.  Para los británicos que invadieron Egipto, por ejemplo, ellos eran el "león británico" mientras que Egipto era el "cocodrilo del Nilo" y así los representaba el Punch en sus caricaturas de la época.


Mi admirada y querida Ana Blandiana, la gran poeta rumana, un símbolo nacional, consiguió por medio de su arte literario que todos sus lectores inteligentes identificaran a Ceacescu con un gato, Arpagic. Blandiana camufló su crítica al régimen comunista en los poemas infantiles del gato "Cebollino", algo que hizo la delicias de los niños —a quienes iban dirigido—, de los adultos —que comprendieron su significado— y provocó la irritación de los poderosos del momento, que se vieron reflejados en aquel personaje ridículo y pretencioso. También supuso disgustos para la autora, claro.

Son muchas las voces que advierten de la "al-Sisi-manía" y la detención del granjero es una manifestación más, esta vez de exceso de celo por parte de sus admiradores que ven en la humorada una grave amenaza. ¡Ojalá todo se quedara en poner a un burro con gorra "al-Sisi! o a un camello "Morsi", por ejemplo, y dedicarse a dar paseos por las calles dándoles con la vara!
En nombre de los burros de fibra de vidrio, de los burros dialogantes y humildes, de los que forman la caravana que recorre el mundo buscando paz y acuerdos, no hagamos mucho caso a ese otro de nombre ilustre y gorra militar que recorre el pueblo de arriba abajo y de abajo arriba. Egipto necesita reformar muchas cosas, pero no su sentido del humor.
Cuando uno se toma demasiado en serio las bromas, está perdido. ¡Señores, seamos serios: riámonos!



* "From Cairo to London: 25 life-size painted donkeys arrive at St Paul's from Egypt" artdaily.org http://artdaily.com/news/64700/From-Cairo-to-London--25-life-size-painted-donkeys-arrive-at-St-Paul-s-from-Egypt#.Uj9B9Ib13uZ

** "Egypt farmer held for naming donkey after top general" Al Arabiya 21/09/2013 http://english.alarabiya.net/en/variety/2013/09/21/Egypt-farmer-held-for-naming-donkey-after-top-general.html






viernes, 29 de marzo de 2013

Ana Blandiana, hojas en la corriente

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los poemas regresan con los amigos. Y ayer, gracias a una amiga rumana, volví a reencontrarme con Ana Blandiana, con sus poemas y, con ellos, el recuerdo de su presencia entre nosotros. Porque volvieron los amigos, pude hablar otra vez de ella. A veces, son los amigos los que actúan de viento en las velas, algo que nos revela que la Literatura es un arte de profunda hermandad, que crea sólidos lazos entre quienes leen y son leídos y de fraternidad entre la comunidad de lectores que se forma por contagio poético. Solo hablamos de poesía con quien puede compartir la experiencia —infantil, vista desde fuera— de los poemas. La experiencia compartida es lo mejor parte, tras la experiencia solitaria del encuentro con la obra. Eso hace que los lectores se encuentren muchas veces solos, incapaces de comunicarse más que con los que entenderán, con pocas palabras, lo que quieren expresar.


No todos los libros o autores logran crear esa hermandad entre sus lectores. Es algo distinto a los "admiradores", "fans" o cualquier otra expresión que caracterice el mero seguimiento de las personas. Las mercadotecnia que nos invade se ha apropiado también del fenómeno admirativo y lo alimenta con las mismas estrategias que a los deportistas o estrellas de la música o la pantalla. La Poesía es otra cosa, muy distinta; se alimenta de principios diferentes y tiene otra finalidad. Hay poetas narcisistas como hay lectores fetichistas, pero eso es un problema que entre ellos deben resolver. La poesía enseña y es modestia.

Escribió Ana Blandiana: «Puede resultar paradójico pero los grandes poetas se parecen entre sí, solo los mediocres están llenos de originalidad. Lo sublime no es distinto. Los que lo alcanzan se hacen semejantes.»* (163) La distinción creo que alcanza también a los lectores que son capaces de entenderlo, que no quieren ser extravagantes sino encauzarse en esa corriente, la que no lleva al consumismo poético sino al preciso y selectivo disfrute de los versos, placer siempre extraño. Las fases de lectura intensiva se van transformado en regreso selectivo a esos versos que acaban configurando el espacio de recogimiento al que el lector de poesía se retira para volver a lo que ha quedado prendido en su memoria.
La labor de relectura suele ser de poda otoñal, de eliminación de poemas en los que veíamos más de lo que hoy pueden ofrecernos. La melancolía que acompaña a la madurez es más exigente, quizá porque en la vida van quedando más preguntas por contestar que contestaciones consistentes. Nada destruye más que el tiempo, pero también va despejando el camino, eliminando las hierbas secas. Pero lo que nos va quedando, se hace más sólido, más placentero.
Al volver a repasar las páginas de Ana Blandiana he recuperado las imágenes de su estancia entre nosotros, la luz de sus ojos, y me han vuelto a golpear sus poemas con la intensidad de la primera vez, de su descubrimiento. Sigue ahí; su poesía se mantiene firme, hablando directamente para que nos miremos en su espejo y sigamos desentrañando el reto que somos, el misterio que no dejamos de ser, para nosotros y para los demás.

Para mí la poesía es un caminar lógico de palabra en palabra, de piedra en piedra, sobre un terreno firme hasta llegar a un lugar donde el sentido de repente se abre de manera inesperada sobre el vacío y se detiene conteniendo la respiración. Ese momento lo es todo, esa percepción del abismo interior, esa emoción imprevista ante la asunción del límite, ese detenerse es más revelador que seguir avanzando inconscientes de estar en un sendero sobre el precipicio.* (182)


Ese carácter epifánico de la poesía es el que nos da consciencia, precisamente, de ese vivir en el borde, como un Lear junto a los abismos de la vida. La poesía, como la vida misma, es el camino de la certeza a la duda, de lo claro al misterio. Y es esa chispa de luz la que nos despierta del sueño de la lógica para adentrarnos en nuestra organicidad viva, en nuestra conexión terrenal. Es esa respiración cortada durante un instante por el doble misterio del temor y la belleza. La luz nos ha iluminado el abismo y se consume poco a poco.


La poesía, nos dice Ana Blandiana, tiene como objetivo «salvar el silencio, recuperar la capacidad de callar». Es dejar atrás el parloteo tranquilizador para sumergirse en lo que no podemos discernir porque estamos dentro de la vida y la lógica de la palabra no puede abarcarnos. Silencio lúcido, eco de destello que se va apagando.
El poema que cierra la antología de Ana Blandiana es una declaración de vida y poesía:



Este poema dura sólo esto,
lo que tardas en leerlo:
la próxima vez que lo leas
será otro
porque tú serás otro
y, por supuesto, será completamente diferente
cuando lo lea otra persona.

Existe sólo en el instante
de tu estado de ánimo,
que has construido
con lo que has encontrado dentro de ti.

Obra fugaz
como una hoja de papel
que discurre por las aguas
cambiando siempre de dirección,
sin que tenga ninguna importancia
la persona que allí pudo la hoja
y si escribió algo en ella.

La vida también dura, como el poema, lo que tardas en vivirla. Como la hoja de papel llevada por las aguas, se desprenderse de lo que lleva escrito, disuelta su tinta en la corriente, hasta quedar en blanco, en silencio, perdiendo la memoria de su distinción. Una hoja son todas las hojas. Armonía del silencio.





Ana Blandiana (2007). Cosecha de ángeles / La cules îngeri. Edición bilingüe. Cosmopoética, Córdoba. Trad. de Rafael Pisot y Juan Vicente Piqueras.