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sábado, 21 de abril de 2012

El asesino feliz

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¿Estamos preparados para enfrentarnos a una locura como la de Anders Breivik? Lo dudo. El término “locura” es demasiado ambiguo y oscila entre lo que repele y lo patológico. La enfermedad suele mover a la compasión y no es este el caso, desde luego. Su felicidad desbordante, sus deseos de repetirlo, sus lamentos por no haber podido matar a más personas, lo evita.
La aparición de Breivik ante las cámaras el otro día en la sala en la que está siendo juzgado no mostraba los ojos de la preocupación, del arrepentimiento o de cualquier otro sentimiento que pudiéramos asociar con una persona en ese trance. Con una persona normal, por supuesto. Pero la anormalidad no es la enfermedad, que es la distinción que tendrán que establecer los jueces y expertos.


La dificultad de asumir lo monstruoso en nuestra cultura es grande. Preferimos la patología, que nos tranquiliza. La racionalidad que presuponemos como guía de todas nuestras acciones, que han de estar justificadas, elude el peso de la justificación emocional. El psiquiatra Carlos Castilla del Pino señalaba que hay una estructura objetiva de la realidad, pero que existe también una estructura subjetiva que regula nuestra propia experiencia y relación sentimental con lo que nos rodea. Podemos compartir todos la primera, pero diferimos en la segunda, en la valorativa. Dice Castilla:

Nuestra manera de estar en el mundo se basa sobre todo en la valoración estética, pática y ética que hacemos de las cosas que lo componen. Que alguien estime más importante una poesía que un partido de fútbol, ¿a qué remite? A su esquema de valores, a sus preferencias (positivas) y contrapreferencias (negativas). Con esta organización subjetiva de la realidad no solo nos adaptamos al mundo sino que tratamos de que el mundo se adapte a nosotros, porque el conjunto de nuestras preferencias (del latín praeferre, «llevar adelante», «anteponer»), constituye la prototeoría con la que cada uno se acerca de antemano a la realidad. A la realidad no la «esperamos», sino que nos anticipamos a ella (prolepsis) dotados de nuestra preferencia o contrapreferencia. En este sentido, no hay ingenuidad. Nuestro mundo subjetivo, estrictamente sentimental, está construido como un conjunto de preferencias y contrapreferencias que naturalmente no están ahí por azar sino de acuerdo con nuestra precedente biografía. (244-245)*

Esa anticipación (prolepsis) de la realidad a la que se refiere Castilla son los “prejuicios”, palabra que recoge precisamente nuestra configuración de filtros por los que pasamos la experiencia. La estructura emocional es el conjunto de respuestas posibles ante lo que nos llega en función de nuestras experiencias previas. Reaccionamos emocionalmente ante lo que nos viene del mundo porque hemos desarrollado unas reacciones ante ello, ya sea directa o indirectamente. Esto es importante porque incluye la experiencia indirecta, es decir, las que se pueden generar en nosotros desde la educación, el arte, etc. Los prejuicios no surgen siempre de las experiencias directas, como bien sabemos; también se heredan y transmiten. Considerar que las personas pueden vivir sin prejuicios es un error; forman parte de nuestra estructura psíquica. Por eso lo esencial es su contenido.


Las palabras de Breivik sorprenden porque nos muestran a una persona que ha tratado de anular su propia estructura subjetiva, las emociones que sentía, por otras acordes con su finalidad deseada, para poder acabar con los que consideraba sus enemigos, los responsables del multiculturalismos y la “islamización” de su sociedad. Nos cuenta el diario El País:

[…] aseguró haber sido una persona sensible hasta 2006. Entonces se sometió a sí mismo a un entrenamiento para “deshumanizar” a sus víctimas, parecido al que se aplica a los soldados para que puedan matar al enemigo en el frente de guerra. Decidió para ello aislarse social y emocionalmente. Para rebatir a los que lo consideran un narcisista, Breivik aseguró que quiere más a su país que a sí mismo.**

Lo que Breivik ha realizado —siguiendo sus propias palabras a la que concedemos validez y credibilidad— es modificar su estructura subjetiva para evitar que surjan sentimientos también humanos, como la piedad («Lástima, misericordia, conmiseración», según la tercera acepción del DRAE) o la compasión («Sentimiento de conmiseración y lástima que se tiene hacia quienes sufren penalidades o desgracias» DRAE). Pero lo que Breivik buscaba iba más allá: no solo se trataba de anular las reacciones compasivas, sino de activar la capacidad de poder lleva a cabo las acciones criminales. Debía matar y no parar ante lo que pudiera sentir al hacerlo. Su comparación con el entrenamiento militar no es casual.
La ya larga serie de fotografías y acontecimientos humillantes para con sus víctimas que llevamos vistos por parte de soldados —norteamericanos, en este caso, pero no son los únicos—, nos muestran la distancia existente entre nuestra estructura sentimental de la realidad y la de esas personas a las que se entrena para que la controlen y, como señalaba Breivik, “puedan matar al enemigo”. Se trata de reprogramar.


La alternativa a esto es reclutar psicópatas. Pero serían ejércitos absolutamente incontrolables. Ayer mismo, Euronews nos mostraba un reportaje sobre los cincuenta años de la independencia de Argelia****, uno de los procesos de descolonización más sangrientos. Entre las muchas atrocidades relatadas, una de ellas me llamó la atención: el reclutamiento como verdugo del asesino de una familia. Uno de los participantes en el reportaje relata cómo vio subir a treinta y ocho personas al cadalso. El verdugo era un antiguo preso común condenado por haber matado a una familia entera porque le habían rechazado a una hija. El director de la prisión, nos cuenta el entrevistado, lo utilizaba para torturar y matar. No tuvo que entrenar a nadie.


Las fotografías humillantes con cadáveres o prisioneros no son divertimentos; son el resultado lógico de una reducción del otro a la nada para poder evitar cualquier sentimiento de compasión, son refuerzos psicológicos, lo mismo que hizo Breivik. Las cifras de suicidios entre los veteranos del ejército de los Estados Unidos son escalofriantes: 18 suicidios diarios y 1.868 intentos en 2009.*** Las muertes por suicidio han superado las bajas en acción militar. Es el resultado de las guerras de Afganistán e Irak. Las asociaciones de veteranos protestan ante el drama, el de las personas programadas para anular sus sentimientos compasivos previos y abandonadas muchas de ellas a su suerte después, y reclaman ayudas, como informó no hace mucho el New York Times. A diferencia de ellos, a los que el regreso les va mostrando la distancia insoportable entre lo que vivieron y lo que viven, Breivik es feliz. Su autoprogramación incluye el intento previsible, por parte de los demás, de convertir sus acciones en locura. Por decirlo así, ha incluido un doble programa interno de defensa: frente a lo que iba a hacer y frente a las reacciones que suscitaría.

[…] declaró ser “una persona simpática”. Añadió que está mentalmente sano “desde el punto de vista penal” y que la sangre fría demostrada en la cacería humana que perpetró en Utoya es fruto de años de trabajo psicológico que le permitieron cometer los actos “crueles y bárbaros” de Utoya. Es necesario, añadió, distinguir “entre el extremismo político y la locura en sentido clínico”.**

Ante planteamientos de este tipo, debemos elegir entre la locura y la monstruosidad. La monstruosidad es lo que suscita rechazo en nosotros y separamos de la compasión que pueda producirnos el enfermo. La preocupación de Breivik por no ser considerado un loco es lógica. Si le declaran “loco”, también lo es su “causa”, que no sería más que el resultado de su locura. Y eso es lo que quiere salvar a todo trance, porque Breivik no se arrepiente de nada: cree en lo que ha hecho, en su necesidad y justicia. Donde otros alegan locura para salvarse, Breivik reivindica cordura para salvar su causa. Por eso ha pedido ser condecorado, como un patriota, por sus acciones. Tiene su lógica:

Breivik dijo haberse inspirado en la red terrorista Al Qaeda, de la que ha “aprendido mucho” y recuerda que su intención era fundar una “Al Qaeda para cristianos”. Se refirió también a otras organizaciones terroristas y destacó sus debilidades. Así, “la debilidad de ETA es que le temen a la muerte porque no creen en una vida después de la muerte”. Esta es, señaló, la debilidad de los marxistas. La ventaja de Al Qaeda se refiere a que “glorifican el martirio”.**


Terrible paradoja, la del asesino que mata aprendiendo de sus enemigos. Breivik pasa a ser el reverso de Osama Bin Laden, el mártir de una causa en la que espera enganchar a los nuevos cruzados. Queda por dilucidar las causas profundas —no sus explicaciones— de por qué eligió a jóvenes como él, inocentes, a los que fue rematando con la más profunda indiferencia. Si Bin Laden hubiera estrellado los aviones secuestrados contra una mezquita de La Meca alegando que buscaba demostrar los efectos perversos de Occidente, nos hubiera parecido un despropósito absoluto además de una monstruosidad criminal.
Nada repugna y preocupa más que esa frialdad que transmite su mirada, esa felicidad por lo que ha hecho. Nada suscita tanta repulsa como su felicidad. Como dijimos en su momento, el crecimiento de este tipo de conductas no solo debe ser explicado (y prevenido) en términos individuales sino también sociales. La programación psicológica no es exclusiva de los ejércitos en guerra, solo su manifestación extrema. Los soldados que se suicidan lo hacen porque se siente asesinos infelices. Breivik no.

* Carlos Castilla del Pino (2009): Conductas y actitudes. Tusquets, Barcelona.

** "Vais a morir hoy, marxistas". El País 20(04/2012 http://internacional.elpais.com/internacional/2012/04/20/actualidad/1334947451_631398.html

*** “One U.S. veteran attempts suicide every 80 minutes: Hidden tragedy of Afghanistan and Iraq  Wars”. Daily Mail 3/11/2011 http://www.dailymail.co.uk/news/article-2057061/One-U-S-veteran-attempts-suicide-80-minutes-Hidden-tragedy-Afghanistan-Iraq-wars.html

**** “Argelia: 50 años de independencia”. Euronews 20/04/2012 http://es.euronews.com/2012/04/20/argelia-50-anos-de-independencia/



1.868 veteranos de guerra se suicidaron en 2009
El reciente reportaje de TNYT sobre los suicidios de veteranos

domingo, 9 de octubre de 2011

Un libro: Aflorismos. Pensamientos póstumos, de Carlos Castilla del Pino

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Antes de que las universidades se convirtieran en un lugar de lectura de manuales y libros propios, es decir, de síntesis de ideas ajenas y de redundancia de las propias, se trataba de hacer llegar a los alumnos lo último que el conocimiento activo lanzaba a la discusión. Para mí, Carlos Castilla del Pino está vinculado con La incomunicación, una obra que tuvo repercusión en un momento en que se analizaban los mecanismos comunicativos sin que se hubiera acuñado la expresión “Sociedad de la información”. La leía como alumno de primer curso cuando apenas lleva algún tiempo en la calle y se debatía en las clases. ¡Felices tiempos aquellos en que leíamos tinta fresca!
La preocupación por la comunicación y la incomunicación era —mirando hacia atrás— una constante de la época, algo que podía percibir directamente en la época. Lo encontrabas, por ejemplo, en el cine de un Antonioni o de un Bergman, cuando diseccionaban las relaciones humanas, las relaciones en la pareja o en el conjunto familiar. Las palabras “comunicación”, “diálogo” o “incomunicación” salían a la superficie de cualquier tema propuesto. Con McLuhan o sin él. Y era lógico. Los conflictos generacionales que se acaban de producir en los sesenta en Estados Unidos y Europa, con una Francia con el Mayo del 68 todavía caliente; con la revolución sexual, que transformó las relaciones de pareja y la progresiva implantación del divorcio, obligaban a todos a poner los problemas enquistados, silenciados, encima de la mesas. Todo era problema de comunicación: los padres debían hablar con los hijos, las parejas entre sí, y los patronos con los obreros. La mitad de los sesenta y los setenta eran un movimiento permanente de comunicación: había que comunicarse con la palabra, el tacto, el gesto… ¡Hablen, tóquense, acaríciense, dialoguen…! Si todo era un problema de comunicación, de mecanismos represores y distorsionadores, de silencios y miedos…, el enemigo era la “incomunicación” y todo lo que tuviera que ver con ella. La mentira pasaba a ser el gran enemigo; el silencio, la gran barrera. La libertad estaba en una sociedad dialogante donde la liberación de la palabra haría volar por los aires gran parte de los problemas existentes. De ahí se pasó a comprobar que de la "comunicación" a la "información", iba un mundo.

De esa base surgieron gran parte de los estudios aplicados a la comunicación. Tuvimos ocasión de traer aquí el libro de Eva Illouz, Intimidades congeladas. Las emociones en el capitalismo [ver entrada], en el que se daba cuenta precisamente de cómo el discurso de la psiquiatría americana se había aliado con el industrial al trasladar la idea terapéutica del diálogo a estructuras laborales como garantía del éxito de las organizaciones. Familias y empresas se debían construir sobre el diálogo, nos decía Illouz, para garantizar la fluidez de las relaciones internas, su buen estado de salud. El éxito de aquella obra de Castilla del Pino, con 13 ediciones ya, llegó en el momento justo; se preocupó de lo que preocupaba.
Carlos Castilla del Pino, fallecido en 2009, fue neurólogo y psiquiatra, profesor y profesional en duro ejercicio; también fue, desde 2003, miembro de Real Academia de la Lengua.
Los reencuentros con su obra han sido en los últimos años más frecuentes. No hace mucho, pude traerme de la Córdoba argentina una primera edición, en perfecto estado, de la Introducción a la hermenéutica del lenguaje (1972), encontrada en un ilustrado “almacén de libros” que los prometía para todos los bolsillos. También, recientemente, la primera de las obras póstumas aparecidas, Conductas y actitudes (2009), que el autor no pudo acabar de revisar por su fallecimiento. En esta obra señala lo que fue una de las orientaciones de su indagar:

Se puede decir que el sujeto, el ser humano en tanto que sujeto social, oscila entre la mutabilidad a que le obligan los procesos adaptativos al medio social que le rodea, y el equilibrio en la interioridad de sí mismo. La adaptación exige al sujeto versatilidad; para sí mismo el sujeto requiere estabilidad: adaptacionismo frente a fixismo, tener que ser-como frente a querer ser-quien.
La preeminencia de las actitudes entraña la sustitución de la mirada psicológica (y psicopatológica) por la antropológica en el sentido kantiano de este vocablo, representado hace años por Cassirer, y antes por Simmel, Max Weber; Richter, Dilthey e incluso Jaspers. La consideración antropológica supone partir del hombre como actor (para no usar el vocablo persona sino el de personaje que hay que componer en toda interacción social) (9)*


Del fragmento se desprende con claridad la idea de Castilla del Pino del ser humano, un “actor” sobre el escenario de la vida, con un papel escrito a medias por lo externo, que le dicta lo que puede decir, y su propia capacidad creativa que le apunta lo que quiere decir. El desequilibrio entre imposición y deseo es lo que provoca los conflictos, en un sentido, pero también da lugar a las distorsiones que el sujeto puede tener al construir su personaje, como ocurre con la impostura o el delirio, movimientos opuestos, tal como señala Castilla, en los que el sujeto se construye un personaje falso (impostura) o se cree su propio personaje falso (delirio).
Los lenguajes pasan a ser esenciales porque son la base del actor, su variedad y riqueza. Solo a través de la conversión en significante de todo somos capaces de mentir o de creernos nuestras mentiras. Tanto hacia los otros como hacia nosotros mismos, necesitamos lenguajes, gramáticas sobre las que articular nuestros propios signos en un discurso al que acabamos llamando “identidad”. De ahí ese enfoque antropológico que Castilla del Pino reclamaba para la mirada psicológica, que pasa a ser la de un espectador de las conductas en el escenario de la vida. La influencia de la fenomenología y la hermenéutica alemanas, sus influencias formativas, pasan a primer término y el universo humano pasa a ser simbólico y, por tanto, comunicativo y descifrable en sus signos, signos que intuitivamente comprendemos, pero que hemos de explicitar en sus códigos y gramáticas.
Nos llega ahora una obra de otra índole, Aflorismos**, una colección de pensamientos creada por el autor en los últimos años de su vida. No es una recopilación, sino un proyecto sistemático de construir una obra de esta forma breve, concisa:

Afloramiento. M. Efecto de aflorar.
Aflorar. 3. Dicho de algo oculto, olvidado o en gestación: Surgir, aparecer. (DRAE 2001)
Aflorismo. Algo que se me ocurrió, surgió o me apareció de manera más o menos inesperada.
Aflorismos. Pl. Colección de aflorismos.
Y como afloraron —en cualquier lugar, en cualquier momento—, los llamé, al comienzo del siglo en que estamos, aflorismo. No es disculpa; es mera información.
El aforismo concluye. El aflorismo comienza; no acaba donde concluye.** (15)

La sutileza de distinguir entre lo que “acaba” y lo que “comienza” no afecta al género literario, sino más bien al ánimo del que en él se expresa. La obra la constituyen 844 pensamientos, los “aflorismos”, oscilantes entre la frase de pocas palabras y el párrafo de cinco líneas.
Lejos de ser una manifestación del científico, Castilla del Pino trató de expresar las reflexiones suscitadas al hilo de la vida, aunque desconozcamos el motivo concreto que provocó el “afloramiento” de la idea, porque toda manifestación es respuesta ante lo que la vida nos propone. Lo que es experiencia aflora como formulación verbal, convertida en lenguaje, proceso en el que el sujeto se dice.
Los 844 pensamientos, en su variedad, se concentran en unos temas recurrentes que son fácilmente perceptibles como preocupaciones: “otro/s”, “escritura”, “mal”, “realidad”, “soledad”, “muerte”, “éxito”, “vida” y “Dios”.
No debe resultar chocante que aquí se concentren muchos de los temas que surgieron a lo largo de su vida profesional y de escritor. Por la visión que hemos expuesto anteriormente de sus planteamientos, la recurrencia del tema del otro y de la soledad son dos ejes importantes. El “otro” es, simultáneamente, oportunidad y trampa, fuente de satisfacción, pero también posibilidad de manipulación o anulación. Señala:

[239] La relación interpersonal: una amenaza. La menor de ellas, la posibilidad de ser engañado, de que quien está con nosotros se haga pasar por quien, con su conducta nos dice que es. (68)**

En esta idea se resume mucho de su teoría sobre el ser humano, sobre el drama comunicativo en que vivimos permanentemente. La incertidumbre es el estado natural del conocimiento y solo el necio vive en la certeza. De ahí que señale Castilla del Pino que será el delirante el único creyente convencido de sí mismo ya que se cree su propio personaje. Pero también señalará que esa amenaza constante, ese riesgo, es también necesario para el propio desarrollo. La teoría actoral supone que si no existen esos otros, convertidos en público, no existe motivación para el desarrollo de la personalidad. ¿Qué sentido tiene actuar, aún escribir la obra, si no hay un público presente capaz de dirigirnos con sus miradas? Así, escribirá:

[389] No soy; me hacen. Somos imaginados por los demás. (95)**

M. Atonioni: La notte (1961)
No es que seamos seres imaginarios, sino que acabamos actuando como los demás esperan de nosotros, es decir, tal como nos han imaginado. La profundidad de esa idea llega hasta los cimientos de la configuración social y de los sistemas de simbolización. Es la misma idea que recogimos de su obra anterior, esa necesidad adaptativa a los mecanismos sociales que son instrumentos de configuración del sujeto. Se ve también en estos planteamientos las líneas que llegan Castilla del Pino desde la filosofía fenomenológica e incluso, la cuestión sartriana de la mirada de los otros.
La soledad, otro de los temas recurrentes, se plantea como modo en el que se pueda vivir en un equilibrio en el que no se produzca la merma del sujeto ni su represión. Hay una soledad del que sabe vivir solo, de forma enriquecedora, y una soledad destructiva, anuladora, aburrida. La comunicación sigue siendo el camino natural de los sujetos, su necesidad social. Comprender al otro sigue siendo el gran reto:

[397] Comprender a alguien no es ponerse en su lugar (no es posible ni siquiera en sentido figurado). Es descubrir las reglas que le hicieron comportarse de ese modo. (96)**

Pero lejos de un sujeto nítido frente a los otros opacos, como ha sido habitual en la reflexión racionalista, que parte de la sinceridad, el ser humano es fabricante de muros y barreras, de distorsiones en las que el deseo se enmascara bajo las racionalizaciones
.
[329] El hombre es un enigma. ¿Y cómo no va a serlo, si, además de ocultar sus intenciones ante los otros, a veces hasta se las oculta a sí mismo? (84)**

I. Bergman: Cara a cara al desnudo ()
En la obra se ven las reflexiones que acompañan a la certidumbre de una vida que se agota. La trivialidad del éxito, la importancia de afrontar la muerte con serenidad, la mirada retrospectiva que busca los legados y las propuestas sintéticas sobre qué sentido y qué significa un vivir justificado en sus propias metas o ideales. Castilla del Pino escribe:

[536] El ideal en la vida sería éste: que todo lo que uno haga se pueda decir que es limpio. ¿Cómo sería el mundo si todos actuáramos limpiamente? (122)**

Sin embargo, casi todo se opone a esa limpieza. Por eso el deseo de mantenerla como ideal es importante. Casi nunca las cosas son del todo o nada.
El papel de la escritura —de todo arte—como supervivencia es otro de los temas recurrentes. La novela aparece muchas veces como una forma de aprendizaje paralelo respecto a la propia vida, con un valor añadido: la obra puede tener un sentido, la vida es devenir. El sentido se lo damos con nuestra mirada interpretante:

[96] En la autobiografía, la escritura es instrumento, no fin. En la poesía, la escritura es fin. Entre ambas se sitúa la novela, (40)**

Su formación científica y analítica —también fue autor de una novela— le lleva a valorar, como Zola, el fondo sobre la forma. Lo importante es lo que se dice y que se diga claramente. Lo otro es el estilo, pero no la sustancia. Le interesa dejar ideas antes que estilos. La escritura está al servicio del decir y el decir del comunicar.
Concluyamos con su forma de deseo de que sea la escritura la que mantenga vivo al que desaparece, una de sus ideas constantes, la de que se vive a través de la memoria de los otros, de su recuerdo. Desaparecemos verdaderamente, nos dice en varias ocasiones, cuando se mueren los que nos conocieron, cuando ya en nadie queda nuestro recuerdo vivo.

[768] Un libro: no hay mejor lápida que una portada con nuestro propio nombre. (166)**

Para los que quieran mantener vivo ese recuerdo y reflexionar sobre lo que él mismo reflexionó, Aflorismos es una buena oportunidad de conocer a Carlos Castilla del Pino, más allá de su escritura profesional o memorialística. Una obra para una lectura detallada y reflexiva, de degustación de los pensamientos y sus derivas. Como el mismo señaló, son solo un inicio.

*Carlos Castilla del Pino (2009). Conductas y actitudes. Tusquets, Barcelona.

** Carlos Castilla del Pino (2011). Aflorismos. Pensamientos póstumos. Tusquets, Barcelona. 189 pp. ISBN: 978-84-8383-351-3.





miércoles, 9 de febrero de 2011

Determinación

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

No se mueven. O si lo hacen, otro ocupa su lugar. O regresan después de hacer su trabajo para seguir. La Plaza Tahrir nos está mostrando un tipo insólito de duelo en la forma de hacer revoluciones. Hemos conocido revueltas de todo tipo, pero esta tienes unos matices muy distintos. No podía ser de otra forma en Egipto. Les enviaron policías uniformados y los rechazaron; les enviaron policías camuflados y los rechazaron; les enviaron tanques y se subieron y besaron a los soldados; les enviaron promesas y se rieron. Y hay que oír reírse a un egipcio. La joven que decía el otro día ante una cámara “Si Mubarak es cabezota, nosotros los somos más”, lo decía con una sonrisa. Hay que saber leer sonrisas para ver su determinación.

Los egipcios saben que han pasado de una primera a una segunda fase. Se muestran mucho más inteligentes y mejores estrategas que muchos dirigentes extranjeros y sus ilustrados gabinetes de expertos. Acostumbrados a prometerse cosas unos a otros, los políticos negocian. Pero la gente de la plaza, la de las calles, la de Alejandría, no quiere negociaciones; quieren que se vaya. Se puede decir más alto, pero no más claro. Game Over.

Como en cualquier juego que requiera de un conocimiento profundo del otro, es necesario mantener una estrategia. Creo que en esto, los egipcios juegan con ventaja: ellos conocen mejor a Mubarak que Mubarak a ellos. Llevan décadas observando sus reacciones, interpretando sus gestos, especulando sobre sus señales. Cuanto más retrasa su salida, más justificada está. Game over es game over. El régimen no lo quiere entender porque quiere ser quien controle la transición y presentar su derrota como una victoria. Los egipcios saben que si ceden en esto, mañana tendrán en sus televisiones y periódicos la noticia de que Mubarak ha sido quien ha traído la democracia a Egipto. Y por ahí no pasan. Los dictadores tienen estas cosas. Tienen tanto afán de protagonismo que se apuntan hasta sus caídas. Y Mubarak está cayendo; lleva quince días cayendo, intentando no abrir el paracaídas hasta el último momento.



Mubarak pide al pueblo (me resisto a decir su pueblo, porque no es suyo) que confíe en él cuando él no ha confiado en el pueblo. Porque ¿qué otra cosa es una dictadura sino la máxima desconfianza en el pueblo? Si la democracia es la confianza, la dictadura es su negación. Por eso, el pueblo egipcio confía en sí mismo y no confía en Mubarak. Pura reciprocidad. Nos dice el psiquiatra Carlos Castilla del Pino:

Desconfiar de alguien entraña ofenderlo en un eje básico para la interacción, el de su integridad moral. Desconfiar es poner en cuestión el núcleo sobre el que se sustenta toda relación. Por eso, si ha de mantenerse la relación con aquel de quien desconfiamos, tratamos de que no se traduzca ni en palabras ni en gestos (166)

Los dictadores se hartan de decir que confían en sus pueblos, pero practican lo contrario. Por eso las dictaduras, análogamente a lo que señala Castilla del Pino para la psique individual, suponen una gran ofensa para los pueblos y un largo e intenso aprendizaje sobre el poco valor que tienen sus palabras. Los negociadores quieren regresar a sus casas con muchas palabras, llenos de promesas. Los que están en las calles de Egipto manifestándose, ocupándolas, le deben a Mubarak el conocimiento del poco valor de su palabra. Que tu palabra y tu corazón no se separen, instaba un verso en el Antiguo Egipto**. ¿De qué sirve prometer elecciones cuando están hartos de ver elecciones trucadas? ¿De qué sirven las promesas de reformas constitucionales cuando estas han sido utilizadas en Egipto con profusión para recortar las libertades individuales y colectivas cuando le ha interesado a los gobernantes? Mientras ofrecen libertad siguen metiendo gente en la cárcel. En un exceso teatral insólito, el gobierno egipcio ha emitido un comunicado oficial de protesta ante Turkia quejándose de que el presidente Erdogan se meta en los asuntos internos de Egipto. ¿Delirio?

Aceptar entrar en ese juego es retroceder y ellos han ganado mucho terreno con esfuerzo y sacrificio. Esta todo muy claro. No son negociadores ni retóricos. Son fajadores, luchadores curtidos en recibir golpes, entrenados para llegar al final del combate resistiendo el dolor. Cada combate, cada golpe recibido en cada ataque, les ha enseñado que las palabras vienen lejos del corazón, como un último intento seductor cuando ya les ha fallado todo. El gigante está contra las cuerdas. Rota la confianza, recuperada su moral, los egipcios —visto el poco valor de palabras y gestos— no admiten más que hechos. Solo uno: la salida.

Game over.

* Carlos Castilla del Pino (2009): Conductas y actitudes. Tusquets, Barcelona.

** Henri Frankfort (1998): La religión del Antiguo Egipto. Laertes, Barcelona.