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lunes, 22 de enero de 2018

La señora Graham entierra sus fantasmas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La película de Steven Spielberg estrenada estos días, Los archivos del pentágono (The Post 2017), ha recibido buena crítica tanto por su contenido como por su oportunidad histórica. En tiempos de Donald Trump, las fakes news y la posverdad era necesario volver a realizar una precuela de "Todos los hombres del presidente", con cuyos genes enlaza. Y no podía ser de otra manera. Son aquellos dos momentos de la publicación de los documentos sobre Vietnam y el escándalo Watergate los que hicieron ganar el prestigio a la prensa y establecer una línea divisoria.
Un aspecto que no se resalta demasiado de la película es para mí, sin embargo, aquel en el que merece la pena ahondar: la separación de la clase política y los medios, creados alrededor de importantes familias. Políticos y dueños de periódicos configuraban una misma clase, como se atestigua en la película a través de las fiestas comunes.

Se clama por una prensa libre, sí, pero también se nos muestra una prensa prisionera de los lazos de amistades. Cuando alguien se pregunta cómo han estado mintiendo al pueblo norteamericano los políticos durante dos décadas, la respuesta está en gran medida en las fotografías de cenas y encuentros amigables entre los editores de los periódicos y los políticos que pueblan escritorios y estantes de sus despachos.
La lucha de la señora Kay Graham que es evaluada como una cuestión feminista es en realidad una lucha no solo contra los hombres que no la valoran, sino contra sus sentimientos por valorar a sus amistades, en especial a la responsable del informe, Robert McNamara (se denominaría "informe McNamara"). La señora Graham vive en un mundo masculino (y lo seguirá haciendo), pero tras su decisión de publicar habrá cortado los lazos con la aristocracia política con la que ha vivido y compartido tantos buenos momentos.
El privilegio de cenar en la Casa Blanca un par de veces a la semana es lo que se ha perdido en esta operación. No es casual que el guión comience con la sanción al Washington Post para no entrar a cubrir la boda de Patricia Nixon, algo que parece un gigantesco castigo por haber sido críticos anteriormente desde la sección de "Sociedad". En realidad, el Post deberá elegir entre cubrir bodas y vida social de la clase política norteamericana o pasar a ser lo que Steve Bannon en este "momento Trump" ha llamado el "partido de la oposición", es decir, la prensa crítica.


El pasado es siempre una reconstrucción desde los filtros del presente. Sacar a colación lo que ocurrió con The Washington Post en aquellos años solo tiene sentido como un contraste con lo que ocurre en el presente. Aunque la situación sea muy diferente, lo cierto es que no es menos grave. La solidaridad final con la que los medios acaban respondiendo, el amparo de la ley a los medios frente a los ataques del poder es algo de otro tiempo.
Lo que tenemos hoy no es una separación entre poder y medios, como la que se nos muestra para la independencia, sino una legión de medios creados exprofeso para llevar a ciertos candidatos a la Casa Blanca. Se combate a los medios con otros medios, la verdad con las fake news, la información con la desinformación.
Lo que nos cuenta la película de Spielberg es cierto como principio teórico, pero se encuentra muy alejado de la realidad que vivimos hoy. Los periódicos como The Washington Post o The New York Times pueden tener en sus manos la verdad que se filtra, pero su posición está mucho más debilitada en lo segundo más importante: la recepción pública. No sirve de mucho decir la verdad cuando a los otros no les importa la verdad.


¿Nos ha dejado de importar la verdad? La gran preocupación moral de los periodistas de la película es "nos han mentido durante décadas". Hoy parece que muchos aceptan que la mentira es un buen medio para alcanzar los fines que se plantean. El presidente Trump tiene su propio contador de mentiras diario, que se mueve cada vez que dice una. Ya es el presidente más embustero de la historia de los Estados Unidos. Pese a ello tiene un público que considera que es su portavoz o su paladín. ¿Les importa a ellos la verdad? Probablemente no.
La distancia entre los años 70 y hoy es grande. Y lo es mucho más en el aspecto mediático en el que prácticamente todo ha cambiado con la revolución digital y la redes de comunicación. Mientras los lógicos, filósofos y lingüistas se preocupan por la "verdad", el mundo de la comunicación la simplifica en un mundo de "like", en el que no se mide la verdad en sí sino la aceptación y eficacia. En un mundo de expertos, la verdad se ha cambiado por la mentira más votada o aceptable. No se trata de encontrarla en búsquedas frenéticas, como nos muestra la película de Spielberg, sino de fabricarla acorde a los gustos y demandas. ¿Qué quieren creer? es la pregunta que resuena en muchos despachos y centros. Es el maquiavelismo de la comunicación en un mundo hípercomunicado.


Un ejército de profesionales de la seducción social ofrece sus servicios para convencernos de aquello que sea lucrativo o beneficioso para quienes les financian. Podemos vender como lugares paradisiacos países en los que el hambre hace estragos o como edenes turísticos dictaduras crueles. Que la realidad no te estropee un buen folleto. Podemos crear campañas para animar burbujas especulativas de cualquier orden. Solo hay que pedirlo.
Hoy, ejércitos de hackers, bots automáticos, tuiteros, etc. crean campañas de opinión y de desinformación. Pueden acosar a cualquiera que les lleve la contraria. Idealistas de cualquier causa no dudan en usar fotos falsificadas o de otras situaciones anteriores para promover sus causas jaleados por la retaguardia que les alienta desde otros países.
El mundo descrito por Spielberg en su película ya no existe. La Fox News no tiene reparos en hacer apología del presidente mentiroso convirtiéndose ella misma en un medio tóxico marcado para el resto. Prefieren conservar el target de los votantes acérrimos de Trump antes que dejar manifestarse algún tipo de cercanía a la verdad. Tendrían mucha dificultad en que su ganado público se lo permitiera.


El caso de Trump es solo uno de los malos ejemplos al mundo en cuento a la prensa (también otros muchos). En Egipto, el presidente Abdel Fattah al-Sisi también considera que la prensa es un enemigo que se ha de controlar. Los cierres y bloqueos de medios son constantes. Con el aparato mediático del estado a su servicio, los amigos empresarios le compran los periódicos y canales de televisión que son adversos. Igualmente se controlan los medios mediante el desembarco de los afines en el sindicato de la prensa y los legisladores crean leyes restrictivas para los medios y los profesionales. Un ejército de vigilantes le atiende lo que ocurre en las redes sociales, tanto manifestándose a favor como criticando a los opositores democráticos.
Otro tanto ocurre en Turquía, donde Erdogan ha cerrado medios con la excusa del intento de golpe de estado. No solo ha purgado administración, ejércitos, universidades, etc. sino muy especialmente los medios. Otros países, incluso alguno europeo, avanzan hacia el control mediático con leyes restrictivas. En el centro de las miradas en este espacio mediático global está Rusia, otro país cuyo régimen ha reducido a la prensa a mínimos.


La película de Steven Spielberg es valiosa por lo que significa su mensaje en el ámbito estadounidense, pero también es importante para un mundo en el que los medios ya no están en manos de antiguas familias que llevaban el periodismo en los genes y deseaban ser referencia social. Hace bien Spielberg en mostrar que son muchas las lacras que sacuden a una profesión cuya función es esencial en una vida democrática.
Para ello, lo primero es romper los lazos con el poder o con cualquier fuerza que nos haga contenernos en la administración de las verdades que son necesarias para poder mantener una vida pública sana.
El hecho de no mantener lazos amigables con el mundo de la política es ampliable a cualquier otro campo. Ya que se habla del feminismo de la película, podría decirse otro tanto de un silencio interesado que la prensa ha mantenido precisamente por conservar lazos con los poderosos de la industria. Me refiero, evidentemente, al silencio frente al acoso sexual en la industria del cine y el espectáculo, que podría ser un equivalente a lo ocurrido durante décadas de tapar los escándalos de Hollywood.


La gente tenía derecho a saber qué ocurría en Vietnam y los medios hicieron bien en dar la batalla frente a la Casa Blanca, institución que había mentido sobre lo que ocurría allí y sobre el resultado de la guerra. Spielberg nos muestra sobre todo las dudas de Kay Graham, la dueña del periódico, por perder las amistades, por no querer manchar la memoria de aquellos amigos con los que habían mantenido relaciones muy próximas. Otros, los hombres de su Consejo, lo harán por el dinero que arriesgan.
Spielberg traslada el centro de la película precisamente a la toma de esa decisión que involucra además la memoria de su marido y su propia familia, rompiendo una tradición de alianza con la Casa Blanca basada en la amistad. Su reacción es la reevaluación de su propio pasado: ¿cómo pudieron engañarles aquellos buenos amigos? La respuesta es sencilla: les necesitaban precisamente para transmitir que la guerra iba bien.

La señora Graham enterró sus fantasmas para que The Washington Post pudiera ser un periódico alejado del poder. Con ello se distanció de la Casa Blanca y del propio pasado del periódico. Se abrió un nuevo camino hasta llegar al punto en el que nos enfrentamos. Mientras unos hablan del valor de la verdad, otros hablan del poder de la mentira. 
De nuevo habrá que elegir, como hubo que hacerlo entonces. 



martes, 10 de enero de 2017

Gestos y gesticulaciones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las entregas de los premios del mundo del espectáculo —cine, televisión, teatro, música...— suelen tener un momento culminante: los premios que se dedican a toda una vida en el campo de que se trate.
Hace dos noches pude ver una repetición de la entrega de uno de estos premios —el del AFI, American Film Institute— al gran compositor John Williams. Las anécdotas se suceden y los compañeros de la vida atestiguan la humanidad, la pericia o la creatividad del galardonado. 
Descubrir a Williams a estas alturas, lo que ha representado para la historia del cine desde que comenzó sería ingenuo. Allí estaban, una tras otras las piezas que había compuesto con meticuloso detalle para cada uno de sus personajes, aquellas notas nos anticipaban la entrada del villano o del héroe, nos advierten de la tragedia próxima o nos relajan para la llegada del amor.
Fue emocionante escuchar la interpretación del bellísimo tema que escribió para La lista de Schlinder, interpretado por una violinista y una pequeña orquesta. Spielberg, el director de la película, cerraba sus ojos en ese gesto reflejo que la belleza de la música nos obliga a hacer para absorberla plenamente.


Ayer fue la entrega de los Globos de Oro, con un resultado muy diferente. Tocó celebrar la carrera de una de las grandes actrices de la segunda mitad del siglo XX, Meryl Streep. Nos ha emocionado con comedias o con dramas, gracias a la conjunción perfecta entre inteligencia y la emoción. A Meryl Streep se le reconocen ambas cosas en grado superior. También su compromiso.
El ambiente amable de la celebración del premio a Williams no era ya el de los Globos de Oro. La ceremonia glamurosa tenía reservada la sorpresa de traernos a la gran actriz casi afónica. Esa voz que ha sabido brillar en tantas películas, apenas tenía fuerza para salir de su garganta. Pero hay una fuerza que no está en la voz, sino en las palabras. Quizá se recuerde este momento como uno de los más auténticos de la actriz. The New York Times lo recoge así:

Meryl Streep campaigned on behalf of Hillary Clinton, so expectations were high that when she took the Golden Globes stage to accept the Cecil B. DeMille lifetime achievement award, she would comment on the recent election. But how political would she be? Pretty political, as it turned out. She used her speech to call out President-elect Donald J. Trump for seeming to mock a disabled New York Times reporter, and to warn that a free press would need to be defended.
“This instinct to humiliate, when it’s modeled by someone in the public platform, by someone powerful, it filters down into everybody’s life, because it kinda gives permission for other people to do the same thing,” she said. “Disrespect invites disrespect, violence incites violence. And when the powerful use their position to bully others, we all lose.”
The room roundly applauded her remarks, but on social media some conservative commentators immediately criticized her and the target of her remarks had his own take.*


Trump por su parte, según señala el periódico, la ha querido descalificar llamándola "a Hillary Lover" y actriz "over rated", algo que viniendo de un pésimo actor no está mal. Y fue por ahí por donde Streep enfocó su discurso, sobre una de las peores actuaciones del año allí donde se premiaban las mejores. Se refería a una de las más infames acciones de la campaña electoral norteamericana —y ha habido muchas— que fueron las burlas de Trump hacia un periodista discapacitado de The New York Times al que imitó gesticulando. De ahí la recriminación de la actriz sobre su mala actuación.
La propia campaña de Hillary Clinton recogió esas burlas, los insultos a los mejicanos, etc. y mostraba a niños asombrados escuchando sus palabras y viendo sus gestos. No es un buen ejemplo para ellos, concluía el vídeo de la campaña. La emoción se llevaba lo poco que le quedaba a Streep de voz y lo compensaba con la profunda irritación, indignación al recordar el incidente vergonzoso.
En su línea, Trump lo negó todo. The Washington Post tituló irónicamente "Donald Trump’s revisionist history of mocking a disabled reporter"** incluyendo dos vídeos, el primero en el que Trump da todo tipo de explicaciones sobre lo que no hizo, señalando que en sus edificios siempre hay rampas de acceso, que supongo que la ley le exige, pero que debió conmover a quienes le escuchaban. En el otro vídeo mostraba claramente los gestos de burla de Trump.


La polémica había surgido precisamente de un intento de utilización por parte de Trump de un artículo del periodista atacado. Fue otra mentira de Trump lo que le llevó a citar como fuente un artículo sobre el 11-S. El periodista desmintió que él hubiera escrito lo que Trump decía y este se burló de él durante el mitin. The Washington Post va desmontando los argumentos y la historia de Trump para concluir que el periodista no había hecho ni escrito lo que Trump decía y concluía, sin dudarlo, que se había burlado de su discapacidad. Le daba finalmente "4 pinochos" (irónica unidad de contabilizar las mentiras) por lo dicho. Fue en agosto y la polémica vuelve.
Lo interesante, cuando se rastrea el vídeo es la cantidad de lugares de apoyo (incluido un "Catholics4Trump") en los que se afirma que no se burló de nadie; es solo, dicen, una costumbre que tiene de gesticular cuando se mete con alguien y lo ridiculiza. Supongo que tener un presidente que se dedica a hacer estas gesticulaciones de forma general deja más tranquilos a algunos. Mientras no sea personal, piensan.


Trump se ha burlado de todos, ¿o hay que recordarlo? Se ha burlado de mujeres periodistas cuando le hacían preguntas incisivas haciendo ver que tenían la regla y por eso actuaban así. Se ha burlado de los padres del militar estadounidense musulmán fallecido haciendo ver que la madre no hablaba por ser musulmana. Se burló de John McCain porque a los héroes, decía él, no les encarcela el enemigo. Ha insinuado que el padre de Ted Cruz tuvo que ver con el asesinato de JFK. Ha llamado violadores y criminales a los mejicanos... Lo raro es que no se burle de alguien, acuse, insinúe, etc. ¿Que tiene la más costumbre de gesticular más de la cuenta cuando ridiculiza a los demás? Que no lo haga; es signo de mala crianza. Pronto lo hará para citar a Angela Merkel o al presidente chino o...
El discurso de Meryl Streep fue un gesto. No aprovechó el cómodo momento de gloria para dejarse halagar sino para decir lo que pensaba. Lo de Trump, en cambio, son gesticulaciones, signos de su falta de ideas y, como bien dijo la actriz, de su instinto de humillar, algo que sí es un rasgo perceptible de su personalidad, algo que no ha dejado de hacer toda su vida y que no piensa parar por asumir la presidencia de los Estados Unidos. Sus gesticulaciones no son más que incitaciones a la burla, la búsqueda de la risa agresiva de los que le rodean contra alguien, la ridiculización, las bases del acoso. La excusa de que lo hace con todo el mundo es ridícula pero clara.


Hollywood, los extranjeros y la prensa, dijo Streep, son los nuevos villanos en la era de Trump. Anticipa una batalla épica en la que Trump lleva las de perder porque es un mal actor en una mala película. Es lógico que un histriónico de su calibre no entienda el arte de Streep, como no entiende la falta de respeto que es gesticular de esa manera para referirse a cualquiera. Pero forma parte del personaje la mala educación, como lo forma la amenaza y el insulto, que son sus principales atributos y por los que ha sido elegido por sus votantes. Tiene gracia que la asesora y estratega de Trump, Kellyanne Conway haya dicho, criticando a Streep, que la actriz estaba "inciting people’s worst instincts". ¿No es eso lo que Trump lleva haciendo desde que comenzó la campaña?
The New York Times apunta también una perspectiva interesante:

Those counterattacks came just hours before the news that Mr. Kushner would become a White House adviser to his father-in-law, which raises questions about nepotism and possible conflicts of interest. Mr. Trump has a habit of engaging in side fights when bigger controversy looms, though he said he had been unaware of Ms. Streep’s remarks until a reporter from The Times called him early Monday morning.***


Nada tapa una polémica mejor que otra polémica. En pleno conflicto de nombramientos, el caso de los Globos distrae la atención y permite a Trump hacerse el ofendido mostrando a los otros como resentidos perdedores. Que se vaya acostumbrando. The New York Times habla ya de una "cultura de guerra" por delante.
La pregunta, de nuevo, es si los Estados Unidos serán capaces de aceptar esta disociación a la que se van a ver sometidos entre el respeto debido por tradición a la presidencia y un presidente que no la respeta él. La duda está en si es reconocible eso que el propio Trump llamó ser "el presidente de todos los americanos".



* "The Best and Worst of the Golden Globes" The New York Times 9/01/2017 http://www.nytimes.com/2017/01/09/movies/golden-globes-best-worst.html
** "Donald Trump’s revisionist history of mocking a disabled reporter" The Washington Post 2/0/2016 https://www.washingtonpost.com/news/fact-checker/wp/2016/08/02/donald-trumps-revisionist-history-of-mocking-a-disabled-reporter/?utm_term=.696ec10fc0cf

*** "At the Golden Globes, a New Culture War Erupts Onstage" The New York Times 9/02/2017 http://www.nytimes.com/2017/01/09/movies/golden-globes-donald-trump-meryl-streep.html



miércoles, 8 de junio de 2016

Una buena patada en el Coriolano o Trump en el parque

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Estados Unidos necesita salir urgentemente de la pesadilla en la que les ha sumido Donald Trump. Si existe el "sueño americano", Trump es la "pesadilla americana", la antimateria de la que están compuestos los sueños. Trump es el reverso de lo existente, ese universo paralelo de las películas de Ciencia-Ficción que comienza a invadir el propio.
Trump era el reverso de Obama y ahora lo es de Hillary Clinton. De todo lo que cada uno representa, el candidato republicano representa lo contrario. Si Obama representaba la culminación de un proceso de derechos civiles y de integración racial trabajosa, Trump es el racismo que llama a lo peor de los Estados Unidos a
Desde que comenzó su campaña, la labor de Trump ha sido destructiva. Ha hecho retroceder a tiempo infames, a momentos que se creían superados. Respecto a Hillary Clinton, ha hecho gala de machismo retrógrado y de viejo estilo. Ha sido prepotente luciendo su riqueza, mostrándola como un signo de su superioridad. Ha jugado con la violencia con las expulsiones de los mítines y se han dado incidentes de violencia racial en los que los agresores han invocado su nombre. Y lo peor de todo: Trump ha usado el argumento de que él es América y, por ende, los demás son sus enemigos y destructores. 


Ha llevado a la culminación la idea de las "dos Américas", mostrada por los analistas que llegó de forma clara con Bush y sus apoyos bíblicos y que culmina ahora con sus discursos: "mis votantes son América; el resto, sus enemigos".
El fenómeno se repite en diferentes partes del mundo. Es un método diferente al que durante algunas décadas ha sido la estrategia política común: ir hacia el centro. La lucha por el centro político ha sido una constante en países como España, Francia, etc. Los partidos se moderaban dejando los extremos y avanzando hacia unas bolsas amplias de votantes que deseaban los mejor de los dos sistemas: libertades individuales y avances sociales. El "centro" era una metáfora espacial que reflejaba un deseo de vida social armoniosa, de reducción de conflictos y consolidación de progresos.


Trump es esencialmente un "empresario". Hay muchos tipos de empresarios, claro, pero Trump lo es de un tipo que ha hecho fortuna, lo ha teorizado y se propone como héroe social, como un modelo de éxito. Hacen bien sus críticos en Estados Unidos en sacarles las vergüenzas empresariales porque son su principal punto flojo, con un historial tramposo en el que se esconden fraudes y fracasos, al ser lo que utiliza como ejemplo.
Trump representa un modelo de empresario metido en política, algo que no es nuevo. También Romney se vendía como un ejemplo de empresario de éxito. La idea es que el país necesita "buenos gestores" porque está mal gestionado por despilfarradores, fomentadores de la pereza, faltos de firmeza y que comprometen al país en gastos exteriores indebidos que los americanos no tienen porqué pagar. Como empresario, Trump reivindica que hay que salir al exterior a ganar dinero, no a despilfarrarlo. Por ello su política exterior ha hecho llevarse las manos a la cabeza a la mitad de los gobiernos del mundo. Su política de gasto sobre la OTAN, por ejemplo, es clara en este sentido: que se defiendan ellos e inviertan. Todos estos mensajes prenden bien en la América que sigue manteniendo soterrados sus prejuicios, sociales, raciales y religiosos.
Lo que ha sorprendido inicialmente es la creencia en que los Estados Unidos tenían armas morales suficientes como para cortar en seco un candidato de esta calaña. A Trump le dieron por muerto el día en que se permitió dudar del "heroísmo" de John McCain. El episodio, en su momento, se entendió mal y la distancia nos permite entenderlo en su intencionalidad: "Los héroes de América no pueden ser prisioneros". Lo que todos entendieron que era una bellaquería de señorito rico que se queda en casa, fue convertido en un nuevo mensaje: Trump es el héroe, el que triunfa, no quien ha sido hecho prisionero en una guerra.
Trump es el héroe burdo en tiempos burdos de públicos burdos. Trump es prepotente y directo, sin sutilezas. Su franqueza no es una virtud, es una estrategia. Trump no dice lo que piensa, pero hace creer que no se calla nada; es otro tipo de estrategia contra sus adversarios, a los que acusa de tener sus programas ocultos o ser mentirosos. Lo que Trump explica hace llevarse las manos a la cabeza a los analistas del sector, pero deleita los oídos de los votantes que ven en su simpleza sinceridad. Trump es el resultado de la extensión de la ignorancia que sus propios programas propugnan.


Cuando en unos años se puedan analizar con calma los miles de artículos que Donald Trump ha generado en esta campaña se podrán comprobar las pautas, los patrones de sus discursos, sus estrategias comunicativas y políticas que hoy se pueden intuir sobre la marcha.
Trump es la anguila escurridiza y eléctrica. Avanza en dos tiempos, como una apisonadora haciendo ver que es imparable, que nadie le detiene y nadie le importa, primero; pero ha desarrollado una segunda estrategia en la que trata de recuperar víctimas colaterales de sus excesos, como el caso de la periodista de Fox News Megyn Kelly, sabedor que eso le gusta al público. Sabe que no hay que dejar enemigos en la retaguardia.
Contra Donald Trump se han probado todo tipo de estrategias y argumentos. Ha barrido a los contendientes republicanos y, para muchos, ha destruido el partido, que no saben qué es peor si que gane o que pierda. Las víctimas de Trump serán esencialmente los que le apoyen, a los que se les recordará toda la vida por ello. Que Trump ganara las elecciones presidenciales podría suponer un desastre para el partido, América y el mundo en su conjunto. Supondría, además, un modelo terrible para aquellos imitadores que se han lanzado al ruedo con sus modos y estrategias mediáticas y políticas, convirtiendo el espacio público en irrespirable, como ya ha ocurrido. Para Trump no hay líneas rojas, solo la línea de meta.
La edición de The New York Times de ayer trae uno de esos momentos para recordar en esta campaña. Lo hace con el título "Meryl Streep Does a Number on the Donald at the Public Theater’s Gala". La actriz soprendió a todos con uno de esos rasgos de humor que entran de forma afilada en la mente de la gente.
Para dejar en evidencia el machismo desconsiderado de Trump, Meryl Streep ha hecho gala de las mejores armas que tiene: la actuación, la voz y la ironía. Nos cuenta el periódico:

At the moment that Hillary Clinton was all but clinching the Democratic nomination for president, Meryl Streep was on a stage in Central Park, impersonating Donald J. Trump.
In orange face makeup and pompadoured hair, Ms. Streep, the chameleonic three-time Oscar winner, did a more than credible version of the presumptive Republican nominee, down to the pursed lips and low-hanging belly. She got the braggadocio-inflected voice, too, even while singing.
Ms. Streep was part of the Public Theater’s gala benefit celebration on Monday night, a tribute to Shakespeare at the Delacorte Theater, home to Shakespeare in the Park. She was the closing act with Christine Baranski, doing “Brush Up Your Shakespeare,” a number from the Cole Porter musical “Kiss Me, Kate.”
“We could do a deal — you’ll let me know — why it is all the women say no?” she sang, stretching out her arms in a Trumpian gesture. Later she strolled the stage, gesticulating to the audience in Mr. Trump’s signature make-America-great-again style.
The song, traditionally a duet for men, offers advice for picking up women — in this case, female voters. Some of the original lyrics were altered, but some could stand as is, for Mr. Trump’s combative attitude: “If she says your behavior is heinous, kick her right in the Coriolanus!” The crowd, which included Michael R. Bloomberg, the former mayor: the United States ambassador to the United Nations, Samantha Power; Lin-Manuel Miranda; and Bette Midler, loved it.*


Meryl Streep ha puesto en acción a Shakespeare a través de Cole Porter convirtiendo al personaje de la comedia musical de Porter, "Kiss me, Kate", basado en la comedia de William Shakespeare "La doma de la bravía" (o "La fierecilla domada"), en un Donald Trump bravucón al que las mujeres deben negar su voto. Teatro dentro del teatro, Porter y Shakespeare... y ahora Streep en el teatro de la política.
Lo ha hecho, además con un número musical perfectamente seleccionado, el interpretado en la obra por dos matones con los que queda identificado Trump. La elección perfecta para la deconstrucción del personaje.


El genio de Cole Porter, sus letras llenas de ironía y sarcasmo, brilla en el tema "Brush Up Your Shakespeare" convertido en un arma contra Trump, en una llamada a la conciencia de las mujeres, una de las fuerzas centrales en contra del "macho man" Trump.
El sentido del humor es un arma corrosiva cuando es inteligente y la gran actriz lo es sobradamente. Los vídeos tomados con los teléfonos que The New York Times recoge no permiten comprobar más que algunos aspectos de la imitación. El diario El País también le dedica espacio al acto —incompresiblemente en la sección "Estilo", víctima de las metaetiquetas o falto de criterio— y recoge algunas fotos que permiten apreciar parte del efecto. La mejor parodia de Trump es el realismo.


La ironía del tema de Porter, en el que el personaje presume de que basta con sacar a Shakespeare a colación para que las mujeres se rindan a sus encantos es aprovechado para mostrar el patán que es Trump y dejar su esencia al descubierto.
El texto de Porter, de rima delirante como le gustaba, juega con los nombres y personajes de las obras para definir a los bravucones conquistadores:

The girls today in society
Go for classical poetry
So to win their hearts you must quote with ease
Aeschylus and Euripides

But the poet of them all
Who will start 'em simply ravin'
Is the poet people call
The Bard of Stratford-on-Avon

Brush up your Shakespeare
Start quoting him now
Brush up your Shakespeare
And the women you will wow

Just declaim a few lines from 'Othella'
And they think you're a heckuva fella
If your blond won't respond when you flatter 'er
Tell her what Tony told Cleopaterer

And if still, to be shocked, she pretends well
Just remind her that 'All's Well That Ends Well'
Brush up your Shakespeare
And they'll all kowtow...


Unos retoques en algunas líneas convierten la actuación en una bomba contra Trump de mayor eficacia que muchos artículos que saturan a la gente de razones y argumentos. Trump ha conseguido siempre definir su terreno —su marco— a los demás, que han tenido que jugar en su terreno. Streep le ha ganado la mano en su propio territorio, el mediático.
Trump no se quedará ahí y ya estará rumiando la respuesta. Sabe que su estrategia pasa por tener respuesta para todos los ataques, demostrar que es indestructible retóricamente, que nada le afecta y trasladar a sus seguidores la idea de que apuestan sobre seguro. Pero, ¿quién sabe? ¿Y si Streep tuviera un cartucho en la recámara?

 
Una buena estrategia contra Trump —en mi opinión— es la seguida por Streep, es decir, por los que saben moverse en los medios y pueden desmontar desde la ironía los discursos de Trump reduciéndolos al absurdo risible.

If she says your behavior is heinous
Kick her right in the 'Coriolanus'
Brush up your Shakespeare
And they'll all kowtow

Trump es quien, desde luego, bien se merece una buena patada en el Coriolano. Así que desempolvemos todos a Shakespeare por una buena causa.



* "Meryl Streep Does a Number on the Donald at the Public Theater’s Gala" The New York Times 7/06/2016 http://www.nytimes.com/2016/06/08/theater/meryl-streep-donald-trump-public-theater.html



lunes, 13 de enero de 2014

Actores

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La de actor es una de las profesiones más extrañas porque es la vocación por ser otro, por desalojarse uno mismo del cuerpo y acoger extrañas voces que otros crean.  ¿A quién le podría interesar un trabajo así? Algunos sostienen que ese vacío se compensa con el narcisismo que requiere la contemplación de uno mismo como campo de trabajo. No lo sé. Al fin y al cabo, el actor no es un poseído, sino un constructor. Siempre se ha debatido si su trabajo es racional o profundamente emocional, un controlarse o un dejarse llevar. Los "métodos" existentes parten de una idea u otra, del actor marioneta o del actor arrebatado, del control o del impulso.
Me imagino que aunque podamos meterlos en un mismo tarro, los actores —como cualquier en cualquier otra profesión— son muy distintos entre ellos. Hay actores que solo se pasean por las pantallas y escenarios, con pequeños cambios. Otros en cambio se transforman de arriba abajo.
La película Agosto (August: Osage County, John Wells 2013) contiene un recital interpretativo, llevado con auténtico mimo. Da gusto sentarse dos horas frente a una pantalla y simplemente observar. Nos podemos meter en la obra y escuchar sus palabras y parlamentos llenos de palabras vulgares de seres vulgares realizando acciones vulgares. Pero basta con observar, con eso ya se consigue mucho. Se disfruta simplemente por ver cómo Meryl Streep (su personaje es Violet Weston) pasa las páginas de un libro de su marido o cómo Julianne Nicholson (Ivy) recuesta su cabeza sobre el hombro de Benedict Cumberbatch mientras este toca al piano la pieza que le ha compuesto, un escena deliciosa. Son detalles que el actor busca para dar sentido y carne a su personaje, que llega hasta él sobre hojas de papel. Todos esos detalles se cosen tratando de que no se vean las costuras.


"Sentido" y "carne" surgen ambas cuando el trabajo del actor es consistente con su papel y el papel es bueno. Lo vemos encarnado cuando la interioridad se expresa exteriormente, se convierte en conducta, lo que percibimos. Es cuando percibimos la vulgaridad del personaje y no la vulgaridad del actor. O su inteligencia.
Agosto es originariamente una obra de teatro —de Tracy Letts— como gustan en los Estados Unidos, de psicoanálisis de la familia. Son los receptores de la tradición decimonónica de destripamiento de las relaciones familiares que comenzó con las novelas y siguió en el teatro, especialmente el nórdico y el ruso. La familia es el gran teatro del mundo, el lugar de los dramas. Por eso Freud tuvo tanto éxito allí y fue tan influyente el naturalismo en Estados Unidos, la mezcla de herencia y ambiente y la familia son las dos cosas. Tanto o más que los genes interesaban los traumas y cómo estos pasan de padres a hijos y se viven entre hermanos. El escenario es un diván para el análisis de las relaciones familiares. Tennessee Williams, Arthur Miller, Eugene O'Neill... buscaron la explicación de la conducta individual, por influencia o rechazo, en la familia. El odio, la inseguridad, la autodestrucción, la violencia... se transmiten; las frustraciones se pagan con los más cercanos.


El teatro norteamericano hizo sus propias tragedias cotidianas indagando en el interior familiar recogiendo a sus autores más admirados, los Ibsen, Strindberg, Chejov, que fueron los que se atrevieron a llevar sobre las tablas las miserias de la burguesía decimonónica haciendo lo que los griegos habían hecho con sus familias reinantes y Shakespeare recogió mostrándolos en su desnudez. Las de hoy son tragedias sin nobleza, donde no hace falta recurrir a los dioses para justificar el castigo.
Algunos han intentado incomprensiblemente colar Agosto como una comedia. "Me han dicho que te ríes", fue lo que me comentaron en el cine al entrar. La tragedia ya no vende entre tanto Resacón y efecto especial. En la sesión a la que fui, la del estreno de la sobremesa, algunos despistados se reían en algunos momentos. Reírse aquí es un malentendido. El humor que hay es el de la mala baba, el del deseo de machacarse en el ambiente familiar, la broma hiriente del que conoce las debilidades del otro por haberle criado. No hay humor en la obra, aunque pueda haberlo en los personajes. No nos piden que nos riamos, sino que veamos lo ridículo y la maldad de sus pretensiones.

Como todo lo que ocurre en un buen drama sobre un escenario, es a la vez natural y excesivo. Es la concentración estética la que hace estallar en un momento determinado los conflictos que llevan toda la vida rondando. Y son los actores los que lo hacen creíble, soportando la terrible presión que se acumula en sus relaciones. Tienen que hacer creíble la explosión de su polvorín particular.
La queja tradicional de que no se escriben papeles para mujeres no es cierta este año. Agosto es sobre todo una obra de mujeres. Otro de los grandes papeles del año es también el de Cate Blanchett, en Blue Jasmine, el reencuentro de Woody Allen —uno recuerda su Septiembre al ver este Agosto— con una realidad no turística. Otro gran papel femenino y otra gran interpretación. Los hombres están pagando con creces el éxito del cine de acción y su pretensión heroica de cartón piedra. Da mucho más de sí la decadencia que el cómic; es mucho más catártica.
Blanchett —como Streep— es otra actriz camaleónica, capaz de hacer cualquier papel dotándolo de sentido, de ponerse dentro de la piel de cualquiera o de crear la piel que lo humanice. Puede hacer de villana en Indiana Jones y saltar al Señor de los Anillos o ser más Dylan que Dylan, en I'm not there (2007), una de esas exhibiciones fantásticas que les da por hacer a los grandes actores de vez en cuando.


El plantel que se ha reunido para hacer Agosto es una brillante selección, muy ajustada, con algún pequeño desajuste sin más importancia. Y el encargado de la dirección de manejarlos es un hombre de experiencia televisiva, John Wells, algo no demasiado descabellado por el tipo de obra que requiere largas secuencias con muchos personajes presentes. La televisión ha dejado de ser la hermana menor. Lleva una década acogiendo a los mejores guionistas que se concentran en los personajes y no en las explosiones y está forjando buenos realizadores. Algo que ya ocurrió a finales de los cincuenta con aquella generación que se curtió en los platós televisivos de Estados Unidos, la de los John Frankenheimer, Martin Ritt, Arthur Penn, Robert Mulligan, Stanley Kramer, Sidney Lumet y Robert Altman, como nombres más ilustres. Hace años los que daban el salto al cine eran los realizadores de videoclips, adecuados para las películas de acción, maestros del montaje. Las televisiones han cambiado mucho en eso y ofrecen ahora el otro extremo. A los tres minutos del videoclip contraponen las treinta horas del serial, por lo que la experiencia que se desarrolla es otra, otros los acentos. 

Y lo mismo puede decirse de los actores. Muchos de los que aparecen en Agosto son habituales de las pantallas televisivas. Se han curtido en las series y dan el salto a la gran pantalla. 
Dice John Wells, en el diario El País, que todo el mundo le pregunta lo mismo:

Me han hecho esta pregunta muchísimas veces. Todos quieren saber qué le dices a Julia Roberts o a Meryl Streep. O cómo diriges a Sam Shepard. Yo siempre contesto lo mismo: ‘No puedes’. Lo que intentas es ser una especie de coordinador, un director de orquesta que no se mete en la partitura sino que trata de mejorar los arreglos.*

Tiene razón. Es más útil dejar que actores como estos se arreglen entre ellos sobre la realidad que van a recrear ante la cámara. Su trabajo es considerable en un película en la que, como bien señala, si sale bien será mérito de los actores y si fracasa culpa del director. Con un guión de una obra que ha sido Pulitzer, realizado por el mismo autor, aclamada por todo el mundo, y con ese elenco, puedes centrarte en otras cosas. Sabes qué puedes tocar
El actor moderno no puede acogerse a la musicalidad del verso, a los ritmos poéticos, como ocurría en el teatro clásico. Su trabajo es muy distinto, no es un teatro de la palabra, sino integral, en donde las rimas y metáforas son sustituidas por las obscenidades, los monosílabos y los gritos, a veces por discursos coherentes. Es más complicado porque todo se viene abajo si no hemos creado un personaje adecuado conjugando acción y motivación. Al actor no le queda el recurso de las grandes palabras; su tarea es que el público perciba todo aquello como realidad, que se olvide que está ante una pantalla o un escenario.


En Agosto nos impresiona el drama sórdido en su pequeñez y cómo seres tan mezquinos pueden causar tanto daño. La gran pregunta —el arte debe dejarnos preguntas— es porqué las personas que deberían quererse lo hacen de esta manera destructiva. Todos entendemos fácilmente porque Edmundo Dantés, el Conde de Montecristo, quiere vengarse por lo que le han hecho. Pero no nos resulta tan fácil comprender las relaciones complejas y destructivas de una familia como la que se nos muestra en la obra. Y es ahí donde radica la labor del actor, no solo en decir su papel, sino en mostrarnos en un par de horas los efectos del historial de agravios de toda una vida. Otras obras nos muestran la vida en su discurrir, aquí solo el estallido de sus efectos en un momento determinado.
Entre tanta mediocridad de papeles. se comprende porque se puede reunir a un plantel como el que se ha conseguido para Agosto. Son papeles que les permiten cumplir esa vocación de dejar de ser ellos durante unas semanas, construir a golpe de detalle un ser creíble.


* "‘Agosto’: explosión de estrellas" El País 10/01/2013 http://cultura.elpais.com/cultura/2014/01/09/actualidad/1389298664_790483.html







sábado, 7 de enero de 2012

Maggie, Margaret y la Dama de Hierro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País se hace eco de las reacciones ante la nueva película de Meryl Streep en la que interpreta a la que fuera Primera Ministra británica, Margaret Thatcher*. Por más que queramos, la forma de responder ante una iniciativa artística de este tipo, la recreación de un personaje conocido, no suele ser imparcial porque, entre otros muchos motivos, no puede serlo. Nunca somos indiferentes y siempre esperamos que el retrato que nos ofrecen concuerde con el que nosotros hemos elaborado. Desde el punto de vista político, a unos les parece que hace justicia negativamente y a otros que no lo hace positivamente, que viene a ser no contentar a nadie. Eso sí, todo se rinden ante el arte de la actriz. Y esto no ocurre solo con las personalidades políticas.

La recreación artística de una persona conocida y próxima en el tiempo suele ir acompañada de reacciones de este tipo. Recientemente hemos tenido varios casos de recreación de Richard Nixon, los interpretados por Anthony Hopkins, en la cinta de Oliver Stone (Nixon, 1995), y por Frank Langella, en El desafío: Frost contra Nixon (Frost /Nixon 2008), dirigida por Ron Howard. Son frecuentes la apariciones de John F. Kennedy, al que durante años se le puso la cara del actor Martin Sheen, que pasó a ser considerado, no sé si con su consentimiento, como el prototipo de lo que debe ser un presidente norteamericano visto desde el asiento de una sala de proyección o el sofá televisivo. Esto se desprende del número de veces que ha interpretado a presidentes, incluido por supuesto su interpretación del presidente Bartlet en la serie televisiva El ala oeste de la Casa Blanca (The West Wing). Recientemente hemos tenido en las pantallas a la Reina de Inglaterra, al Che Guevara y a otros personajes conocidos, vivos en algunos casos.

Frost y Nixon reales
Para un actor, representar a un personaje reciente en la era de los medios audiovisuales, en la que existe todo un registro de gestos, voces, expresiones, etc., no es sencillo. Los actores que han representado a Churchill se han pasado todo el día con el puro entre los dedos y haciendo la “V” de victoria. El problema está en que esos detalles son para muchos la esencia del personaje. Un mohín con los labios, una subida de cejas, una sonrisa especial…, la caza de detalles que aporten verosimilitud al personaje suele ser una tarea crítica porque el mismo elemento que nos lo identifica nos evita que podamos percibir otros. Hay actores que caen presos de un tic, impidiéndoles salir a los terrenos abiertos de la interpretación. El gesto tapa al personaje. Muchas actrices han querido ser Marilyn Monroe tiñéndose el pelo y haciendo un mohín con sus labios; no es fácil interpretar un personaje de artificiosidad tan natural y de naturalidad tan artificial como Marilyn. La actriz Michelle Williams, quien acaba de protagonizar My week with Marilyn, ha señalado “I'm most interested in her life before she became Marilyn. For me, the interest wasn't so much in this larger-than-life personality.” Es en esa parte de la vida, en la que ella no era la que conocemos, en donde puede encontrar la naturalidad que evite la caricatura.

Philip Seymour Hoffman y Toby Jones recreaciones de Truman Capote

No hace mucho pudimos ver, casi en una misma temporada, dos interpretaciones diferentes de un mismo personaje real, Truman Capote. Las divergencias en un proyecto para llevar a la pantalla la historia que rodeó su “novela-verdad”, A sangre fría (In cold blood) dieron lugar a un desdoblamiento interesante. En 2005, la película Capote le sirvió para ganar un premio de la Academia al actor Philip Seymour Hoffman. Un año después, Historia de un crimen (Infamous), dio ocasión al actor Toby Jones para recrear de nuevo al escritor. La crítica tuvo una reacción insólita: algunos llegaron a decir que el Oscar había ido al actor equivocado, haciendo referencia a que si la interpretación de Hoffman había sido buena, la de Jones había logrado superarla y situaba al espectador ante un Capote casi real. No suelen darse casos de unanimidad así, aunque algo parecido llegó a concedérsele a la actriz Helen Mirren con su interpretación de la Reina de Inglaterra (The Queen, 2006).


Para un actor siempre es un reto la interpretación de un personaje real. Pero en estos casos, los conflictos se pueden plantear, como ocurre con el de Meryl Streep, más allá de la interpretación y referida a la historia. Debe ser frustrante para una actor o actriz dar vida a un personaje para que después el debate se traslade a si se debe mostrar al personaje bajo el deterioro mental de la vejez. El debate deja de tener sentido estético —rara vez lo tiene— y se adentra en terrenos complicados. Algunos han señalado que a los norteamericanos no les habría hecho gracia ver a Ronald Reagan representado en los momentos de su deterioro psíquico senil, llevando la polémica a un terreno estéril. Quizá sea inevitable que este tipo de películas tengan ese problema siempre, como lo tienen las biografías en el terreno literario. Nunca dejan satisfechos a nadie.

Una de las polémicas más acaloradas respecto a las películas biográficas fue la que suscitó la magnífica obra de Milos Forman, Amadeus (1984). Recuerdo la discusión mantenida en la prensa española entre el psiquiatra Vallejo Nágera, el crítico musical Antonio Fernández-Cid y, finalmente, la gran mezzosoprano española Teresa Berganza. La cantante escribió lo siguiente: “El producto chapucero de la industria fílmica que sobre la vida de Mozart invade las pantallas al tiempo que maltrata y tergiversa la vida de uno de los más grandes genios de la Humanidad, conduce al espectador incauto hacia esas zonas de pseudocultura donde, por obra y gracia de la masificación, el error se enraíza como planta mala, y el hombre-masa que acude a las salas de proyección pasa a engrosar, ingenua o inocentemente, la infinita turba de los necios” (“Mozart”, Tribuna abierta, ABC 27/4/1985 p. 33). El infinito amor de Teresa Berganza por Mozart le hace caer en el error de pensar que nos encontramos ante una biografía realista, quizá inducida por el propio tratamiento cinematográfico. Berganza señala en el artículo de ABC que vio la película en Viena y que sintió rabia, indignación y lágrimas en sus ojos. Llega a escribir: “Deseo que el peso de las estatuillas que —¿premian?— esa obra la hunda para siempre en el abismo del olvido”. El error, como ya señaló Roland Barthes, es pensar que la biografía es una forma de dar cuenta de una verdad existente, la vida. Toda biografía es una forma de ilusión.


La interpretación que Tim Hulce hizo de un Mozart cretino no se refería al personaje real sino a algo que Alexander Pushkin, el romántico ruso, ya había planteado —recogido de la época— en la historia de una rivalidad entre Mozart y Salieri, como drama sobre la envidia. Curiosamente los que se ofendieron tanto por la representación de Mozart, no lo hicieron con la igualmente distorsionada y simbólica del músico Antonio Salieri. Peter Scheffer fue lo que retrató en su obra de teatro Amadeus y fue lo que Milos Forman llevó a las pantallas para deleite de millones de personas y frustración dolorosa de Teresa Berganza. La forma de representar la envidia era la pregunta de Salieri de por qué Dios es tan injusto como para conceder los favores de la genialidad a alguien tan idiota como el personaje representado por Hulce. El actor, sin tener que preocuparse por caracterizaciones —como en los casos de Nixon o Thatcher—, gestos o cualquier otro documento sonoro o visual, centró estilizadamente la interpretación de Mozart en su estruendosa risa, para irritación de muchos que entraron inmediatamente a discutir sobre la historicidad de la carcajada. Algunos citaron cartas o documentos que otros no encontraron y es probable que eso forme parte de la leyenda, como tantas otras cosas relacionadas con el genial autor. Pero aunque no encuentren el documento que pruebe que aquella risa era digna de un cretino, está el hecho de formar parte de la tradición —no del hombre-masa orteguiano condenado por Teresa Berganza—. En la obra de Herman Hesse, El lobo estepario, la risa de los dioses, de los Inmortales, está representada por la risa estridente de Mozart. Será la que salve finalmente de su propia gravedad al suicida Harry Haller. La risa es la risa dionisiaca, de Zarathustra, infantil, absurda, que Nietzsche coló en la obra de Hesse, este en la obra de Shaffer y Milos Forman en nuestros oídos a través de Tim Hulce.

Nunca es fácil interpretar a un personaje que surge de un ser real, porque a su vez los seres reales somos personajes de nuestras propia vidas y ofrecemos al escenario del mundo un sinfín de poses y tics. La verdadera grandeza del actor no consiste en la mímesis del personaje real sino, por el contrario, en hacer una auténtica creación de lo que se puede quedar en mera recreación. La interpretación del actor es eso, interpretación, la elección de una de las muchas posibilidades que el arte tiene de crear vida y no solo de imitarla.
No existe una Margaret Thatcher real entre Maggie y La dama de hierro. Existe un fantasma múltiple que trata de convencernos de su propia solidez y unicidad. Y es ese fantasma el que el actor o actriz trata de encarnar ante nuestros ojos con mayor o mejor fortuna, pues en el arte solo se trata de crear ilusiones convincentes más que de verdades eternas.

* “’La Dama de Hierro’ divide a los británicos también en las pantallas”. El País 6/01/2012 http://www.elpais.com/articulo/cultura/Dama/Hierro/divide/britanicos/pantallas/elpepucul/20120106elpepucul_4/Tes