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jueves, 31 de diciembre de 2020

Adiós, 2020

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Sin duda, este año 2020 ha tenido un protagonista, el COVID-19 y sus efectos en cadena, Ha sido el año del coronavirus y de todo los que le rodea. Y lo que le rodea somos nosotros, aunque sea él quien nos rodea. Nadie ni nada ha conseguido quitarle los titulares diarios de muertos y contagiados, de noticias de vacunas y vacunaciones, de falta de vacunas,

Solo el coronavirus ha conseguido quitarle titulares al segundo gran tema del año, Donald Trump. No solo le ha quitado titulares, sino que es probable que le quitara la presidencia. La soberbia y petulancia de Trump consiguió el triste record para Estados Unidos de ser el país con más muertes y más infectados. Son cifras escandalosas, para alguien que quiere manejar una superpotencia. El negacionismo, la falta de prevención y de recursos, etc. le han pasado factura a Trump en un año electoral donde jugó con las bazas equivocadas. Biden le aventajaba por la poca eficacia de sus decisiones, cada vez más ridículas y catastróficas.

Sí, el coronavirus le quitó muchos titulares a Trump y mucho del prestigio al sistema norteamericano, que quedó en evidencia cuando el sectarismo se impuso a la lógica del bien común.




No alcanzo a imaginar lo que habría podido ser el año último de Trump sin el coronavirus. La guerra abierta con China y la creación de conflictos por todas partes del globo para luego acudir a fotografiarse habría sido la tónica. Su felicidad económica, basada en destruir la ajena e imponer aranceles a medio planeta, en desestabilizar monedas y destruir acuerdos globales, se vino abajo en gran medida como efecto inesperado a sus propias reacciones. No se ha especulado mucho sobre lo que hubiera podido ser todos esto en un clima más favorable de relaciones chino norteamericanas, pero probablemente Trump no se lo hubiera planteado de la forma negacionista que lo ha hecho con tan tristes resultados. Al final, será China la que salga mejor de todo esto por su reacción y lo estricto de sus medidas de control para resistir a lo que tenían encima. La irracionalidad de Trump no vale ante la naturaleza ni ante la estupidez humana. Un Trump "invencible" fue puesto pronto contra las cuerdas. Ningún gesto más arrogante —candidato a gesto estúpido del año— que aquel quitarse la mascarilla en el balcón de la Casa Blanca. Era la muestra de la estupidez personalista, de la incapacidad de pensar en los demás en un país que va camino de los 400.000 muertos en pocos meses.

No es casualidad que el segundo país más golpeado por la pandemia sea Brasil, con Jair Bolsonaro, un mini-yo de Trump, al frente. Si Trump es una caricatura del político, Bolsonaro es una caricatura de Trump, un populista sambero, que hace cuestionarse de nuevo el sentido de la política en el siglo XXI. Demasiado protagonismo y poca eficacia; demasiados media y muy pocos medios para resolver crisis mal diagnosticadas.



Europa se va a despertar con un país menos, Reino Unido. Dice que va a ser nuestro mejor amigo, pero lo dudo. No se hace una campaña de estigmatización para luego darse besos. Cuando los británicos vean sus problemas, lo más cerca que sus dirigentes tendrán para justificar una mala decisión será Europa. Con los planes de Trump caído, Reino Unido se enfrenta a un futuro muy oscuro. Será un país más dividido de lo que habitualmente es.

La pandemia ha servido para poner a prueba a pueblos y dirigentes. Algunos ha dado la talla, pero la gran mayoría se han visto desbordados por los acontecimientos, sometidos a las fuerzas de le economía y con la esperanza que ha tardado un año de encontrar un vacuna que rompiera el parón en seco de las actividades.

El COVID-19 nos ha mostrado hasta qué punto es la economía la que manda en las acciones. Por más que hayamos dejado al descubierto nuestras debilidades y esclavitudes, no ha sido posible rectificar para adaptarse a algo que no se va a ir en sus efectos. El mundo ha cambiado y eso hay que entenderlo primero y tomar medidas después. Pero no todos parecen querer aceptar que esta pandemia rápida y mortal es el signo de un estado del mundo, de un grado enorme de interconectividad que permite la circulación del virus. No deja de ser una enorme ironía que en el momento en que el presidente de los Estados Unidos levantaba muros, establecía prohibiciones de entrada a los ciudadanos de muchos países, fuera incapaz de frenar la entrada y salida del coronavirus, que ha circulado por todo el mundo burlándose de sus pretensiones.

La detección de una variante peligrosa del COVID-19 se notifica cuando ya está repartida por medio mundo, de donde se detectan contactos antes que dé tiempo a establecer barreras. El Reino Unido se separará de la Unión Europea pero, de nuevo irónicamente, permanece atada a los lazos de la enfermedad. Los camiones detenidos en Dover y en Calais son una fuente de engaño. Podemos detenerlo todo menos el virus.




Solo la Ciencia puede detenerlo con las vacunas, un sector que reclama inversiones necesarias en investigación e infraestructuras, en personal e instalaciones para poder hacer frente a lo que los gobiernos han sido incapaces de entender.

El Brexit es la tercera mala noticia del año. Mañana Reino Unido solo estará en Europa para lo malo, el virus, del que no se podrá librar. De forma irónica, de nuevo, el Reino Unido se ve cercado internacionalmente. Paga, como Estados Unidos o Brasil, la incongruencia frente al virus. Trump, Bolsonaro y Johnson han padecido la enfermedad. Pese a ello, son incapaces de entender la naturaleza del problema. Los tres son prisioneros (¿o representantes?) de los intereses económicos de las grandes industrias, bancos y demás sectores que han presionado para que no se tomaran medidas lo suficientemente duras como para perjudicar algo que estaba claro que iba a ser perjudicado. Pese a que se muestren como "salvadores" de la economía, la realidad es que lo que contaba eran sus intereses. Si se hubieran tomado medidas drásticas, los resultados habrían sido otros. Las subidas y bajadas de las curvas de contagios confirman que las crecidas se producen en los periodos en los que sectores (el turismo, por ejemplo) se abren por interés. En España se ha podido apreciar perfectamente en nuestros políticos cuando pedían antes del verano pasar de fase para poder recibir los turistas que finalmente no vinieron. El resultado fue perder todo lo que se había ganado con el finamiento. Países que se presentaron como modélicos —el caso de Suecia, por ejemplo, con el rey Carlos pidiendo ahora disculpas al país por las decisiones equivocadas que se habían tomado— han resultado ser un fiasco.

Unos porque no se lo creían, otros porque llegaron tarde y, finalmente, los que creían que sería rápido, lo cierto es que pocos países han actuado como debían. Es fácil decirlo, lo entiendo, a la vista de los resultados. Pero las cosas se juzgan a toro pasado, al igual que se realizan apuestas con las decisiones. Pero ha habido demasiadas advertencias desatendidas, demasiadas voces ignoradas, demasiados miedos y demasiadas medias tintas. La clase política no ha estado a la altura, por muchas medallas que se pongan.



El año 2020 en clave española es el de la confirmación del fracaso político, incapaz de aparcar rencillas y malas formas, palabras hirientes y desprecios. Nunca mejor dicho, se le va la fuerza por la boca. ¿Qué necesitan estos "jóvenes políticos", cuántos muertos, desgracias y desastres hacen falta para que se pongan a trabajar juntos? ¿Qué más necesitan? Han perdido la oportunidad de juntarnos a todos para algo como superar una pandemia que nos ha tenido varias veces en la vanguardia negativa del mundo. Lejos de hacerlo, la han utilizado para seguir peleándose y ahora se disputan las fotos y discursos de las vacunas. "La vacuna soy yo" es la nueva fórmula del absolutismo pelón que padecemos. Esto en un país en donde los científicos tiene buenas ideas y ganas de trabajar, pero que no han recibido presupuesto ni ayuda; un país que ha tenido que importarlo todo, de las mascarillas a los trajes aislantes, pasando por los respiradores para las nuevas y necesarias por insuficientes UCI.




2020: COVID-19, Trump, Brexit. Es un año importante por lo que ha pasado, pero también por lo que no ha pasado: de los Juegos Olímpicos de Japón (aquellos de sí o sí, ¿se acuerdan?) al Mobile de Barcelona pasando por fallas, ferias de abril, tomatinas, sanfermines, festivales, sesiones de todo y una larguísima lista de actos fallados (que no fallidos) que se fueron cayendo de la realidad al oscuro cajón que todo lo engullía. Hoy nos damos cuenta de nuestra extraña jerarquía de valores y necesidades, del grado de dependencia oculta, de adicción inconsciente que se esconde bajo la idea de "normalidad".

Mucha gente tiene dificultades para situar este año en la sucesión de sus vidas. Los cambios de rutina, las repeticiones o las anormalidades normalizadas hacen que sea difícil situarlo en las series de los acontecimientos anteriores. No ha sido lo que esperábamos ni probablemente lo que haremos. 2020 es una especie de paréntesis vital que cada uno ha vivido de forma muy diferente, desde el retiro monástico al vacío mental, en tensión por peligro o disfrutando inesperadamente de las ventajas del teletrabajo el que ha podido. 2020, algo raro.

Serás un año recordado tristemente por los muchos que se han ido, solos o acompañados; te gradecemos, al menos, que nos hayas abierto los ojos, aunque a muchos sigan dormidos en un tiempo viejo y añorado. No, las cosas no volverán a ser como antes. Las vacunas nos salvan de una parte del problema, pero son tantas las fisuras, los desajustes dejados al descubierto que será suicida no atenderlas. 

Mis deseos para el próximo año son sencillos: 1) que los que tienen que aprender hayan aprendido; 2) que nos demos cuenta qué es importante y qué no lo es; 3) que tengamos el coraje de abandonar lo que nos hunde y miremos realmente al futuro que nos libere. Si no cambiamos nosotros, no pidamos que cambie el mundo.

Adiós, 2020. Bienvenido lo que sea que llegue.




jueves, 1 de enero de 2015

En todas partes cuecen uvas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País utiliza a dos de sus pesos pesados, la crema periodística, Ángel Sánchez-Harguindey y Juan Cruz, para el análisis de los programas de Fin de año y comienzo del siguiente, que suele ser un género único, afortunadamente, porque suelen ser insufribles. No es cómo hacer crítica del Festival de Salzurgo o Bayreuth, desde luego, y el género requiere la buena voluntad del que se impone un ritual. El artículo —titulado pomposamente  "el imperio de la simulación", con un toque Baudrillard— termina abruptamente, con el abandono de la trinchera mediática, al escuchar, dicen sus autores, la pregunta fatídica: « “¿Al año nuevo qué le pides?” Entonces apagué la tele, lo siento si luego me perdí más de lo mismo.»* Esto no se hace. El problema no es la pregunta, sino las respuestas. En un país que necesita ideas, emprendimientos y demás actitudes creativas, la respuesta suele ser "salud, dinero y amor", es decir, lo mismo de siempre. Nadie espera escuchar cosas como "un nuevo tramo de la autovía" o "la instalación de un polígono industrial" o "la incorporación de alguna palabra al DRAE", etc. Eso suele quedar para otro tipo de programas que se reparten por el año.
El párrafo con el que nuestros dos analistas abren su informe sobre lo acontecido en la Nochevieja hispana es el siguiente:

Anne Igartiburu y Ramón García: dos clásicos. En la promoción del Feliz 2015 ella tenía, con sus rizos, un aire de los años 50 del siglo pasado, y él, con su capa, entre Raphael y el siglo XIX. El programa: intemporal. Lo dijo el poeta: "todo pasa y todo queda". Pasan los artistas, queda la cutrez. La sensación del fin de fiesta de ayer es que no había presupuesto y que el que había -poco- se gastó en el vestuario de los estajanovistas del ballet.
Desde la intuición, todo parecía indicar que los cantantes estaban allí para promocionar su último disco, es decir, que era más una cuestión de marketing que de calidades, con el consiguiente ahorro para esa televisión pública gestionada privadamente (el presupuesto es de todos, la gestión, del PP).*


¡Para un año en que Anne Igartiburu sale sin "rizos", con el pelo manifiestamente alisado! Pero si Anne y Ramón y su capa son ya unos "clásicos", ¡nada hay más clásico que meterse con los programas de Fin de Año! Seguro que si repasamos los de años anteriores nos encontramos con las mismas palabras, muy parecidas sobre lo que han visto, incluso hablar de los rizos, aunque lleve el pelo liso. Y es que la memoria, incluso la visual, nos juega malas pasadas.

Afortunadamente, se haga lo que se haga este año, por malos que sean los chistes, que suelen serlo, este año todos quedan a salvo gracias a la pifia de Canal Sur, que dejó a Andalucía con las uvas en la mano. Mientras la pareja de presentadores decían lo de siempre, "¡muy atentos y no se preocupen, que les iremos avisando de cada campanada!". Y comenzaron las campanadas, una, dos tres... Y alguien decidió meter la publicidad autonómica que nos mostraba una maravillosa Andalucía, "que despierta para tomarse un café". Al regreso del anuncio institucional, las botellas del refresco patrocinador de la retransmisión (también es una televisión pública que se financia como puede), estaban en la novena "botellita". A los andaluces se les habían escamoteado cinco uvas intermedias. 
Las doce campanadas, en Andalucía —al menos para su televisión autonómica— se tradujeron en cinco menos, que ya es mucha austeridad.
Hoy es noticia destacada y la España que busca responsables habrá pedido que se cierren los aeropuertos, que se vigilen las estaciones y que en Ceuta o Melilla se fijen bien por si alguien intenta saltar en dirección contraria. Un tuit de la dirección ya nos avisa de que esto no quedará así. El anuncio institucional se lee de otra forma en medio de una chapuza.


Los presentadores han pedido disculpas —¡qué culpa tenían los pobres!— y ya tenemos conversación para años, como ocurrió con esa gran profesional, Marisa Naranjo, a la que todos invocan cada vez que hay un fallo en las retransmisiones. Esta vez no podía ser menos. El País lo recoge en su sección "Verne", en la que las dos primeras palabras son "Andalucía enfurecida". Tras el primer párrafo en el que se recoge el desastre, sigue —en la mejor tradición periodística— el repaso de las pifias históricas en las que a los españoles se nos han sustraído uvas:

Cuando Marisa Naranjo dejó a España sin uvas en 1989, al confundirse con los cuartos, ni las campan[a]das iban indicadas con logos en la parte de abajo de la pantalla. A Irma Soriano le pasó en el 94 cuando ya había publicidad en cada campanada y al menos los espectadores podían ir viendo que el dong, dong era señal de uva. En 1994 fue cuando Carmen Sevilla deseó a todo el mundo un feliz 1964. Pero entonces no había redes sociales y el enfado se pagaba gritando a la televisión o comentándolo en la calle al día siguiente.**

La Historia es la Historia y, como bien dicen, ahora la Historia se escribe a golpe de indignación e ironía en las redes sociales. ¡Por fin el pueblo tiene voz! Lo cierto es que todos esos nombres, a los que no se les perdona "darnos las uvas", han causado menos desastres que algunos que tienen colgados sus retratos en instituciones y sus estatuas y bustos en plazas y paseos, sus nombres en calles. Pero... ¡así es la vida! El español lo perdona casi todo —es decir, olvida pronto— menos lo que ocurre en esta fatídica noche en la que, como dicen al alimón Sánchez-Harguindey y Cruz, cuando le preguntas a alguien "¿qué le pides al nuevo año?", apagas y te vas. En este cruce de años se juega uno el prestigio, se carga uno sus logros, como cometas el más mínimo fallo.
Lo peor, si se puede decir así, es empezar el año ya enfadado. Me imagino que para algunos —los que se sientan ante el televisor para ver "el clásico" y despotricar— no tiene porqué haber transición de un año a otro, solo un suave deslizarse por el cabreo secular.
Para que vean que esto de las uvas no es tan sencillo, les cuento mis "uvas". Como tengo familia en los Estados Unidos, los que están allí celebran las campanadas por el horario español peninsular. El año pasado montamos un "operativo" complejo. Nosotros veíamos aquí las "uvas de la Puerta del Sol" y ellos a través del Canal Internacional de RTVE. Colocábamos una tableta conectada con ellos a través de Skype y nos tomábamos las uvas juntos. La cosa se complicaba algo más, pues como ellos tienen familia americana allí, se conectaban a su vez con Michigan, que, a su vez tiene un horario distinto. Teníamos pues una conexión trilateral con tres horarios distintos teniendo como referencia la Puerta del Sol.

Este año conectamos a las 11'40 nuestra videoconferencia y todo iba bien. Por algún extraño motivo no lograban localizar ningún canal español de televisión. El reloj avanzaba, como en las películas de intriga. En su desesperada búsqueda de un canal con uvas, el momento del cruce de año se iba acercando. Nosotros gritábamos desde nuestro salón que nosotros las "cantábamos", que nos miraran, pero todo se convirtió en un caos intentando encontrar en el ordenador algún canal que retransmitiera el campanazo. Cuando faltaban apenas cuatro minutos, para tener una referencia delante, quité unos dvd que me estorbaban la visión del reloj digital del sintonizador y se me ocurrió moverlo. ¡Horror! Al moverlo se desconectó el enchufe trasero y la pantalla se quedó de un negro recesión que asustaba. ¡Ni allí ni aquí reloj con el que seguir las campanadas! ¡Fuimos conscientes entonces de que el Atlántico nos separaba! ¡Peor!, éramos un islote sin campanadas ni de la suerte ni de las otras. Gritamos entonces que ellos, que por fin habían encontrado un canal "canario" conectado con la puerta del Sol, nos las cantaran para poder seguir sus indicaciones. Resumo la situación: mi familia americana veía las uvas de la Puerta del Sol a través de una canal canario y nos iban diciendo las uvas tal como ellos los veían: "una..., dos..."

El momento fatídico en que Canal Sur dejó de dar campanadas

Mientras mirábamos la pantallita de la tableta para ver cómo ellos se tomaban las uvas y nosotros les imitábamos, el televisor, ya encendido, seguía cargando el sistema, lentísimo. Se terminaron las campanadas y nos felicitamos, aunque algunos en casa todavía tenían las uvas perdidas en los momentos de confusión. Cuando el televisor cargó el canal y miré no me podía creer lo que veía: ¡todavía faltaba un minuto para las doce! Entonces, ¿qué campadas habíamos seguido? Reaccioné y me lancé sobre la caja de uvas restantes y entre en el año 2015 con 24 uvas, que ya son uvas de la suerte.
¿Qué había pasado? Las comunicaciones se cortaron con los Estados Unidos y nos quedamos un rato incomunicados. Después me mandaron el enlace de aquella extraña retransmisión de un chaval canario, con un pendiente en la nariz, que se trabucaba al decir "redifusión", que juraba estar en la Puerta del Sol, pero cuya croma cantaba más que todos los programas de fin de año juntos. El video estaba colgado en YouTube y contaba esta mañana con 147 visitantes. Las comunicaciones, además se habían cortado, porque estaban revisando el cable de la televisión y lo habían cortado en esos momentos, algo de lo que se enteraron después del corte, que no nos dejó incomunicados, sin uvas —ni siquiera las del exótico canal canario del muchacho del pendiente en la nariz, que afirmaba ser líder de audiencia, aunque no sepamos dónde—.


¿Empezamos el año enfurecidos, como dicen de Andalucía en el diario El País? Pues no, la verdad, más bien muertos de risa y será algo que recordaremos durante años como un motivo de diversión. Hacía mucho tiempo que no nos divertíamos tanto en una salida de año.
Los que se han sentado delante del televisor como el juez de una competición de gimnasia de suelo para levantar su cartulina a la mañana siguiente, allá ellos. Pero la noche de Fin de Año es para olvidar lo malo un rato, mirar con esperanza lo que tenga que llegar y dejarse de "clásicos" y demás tópicos clásico.
En todas partes cuecen uvas, sí. Feliz año a todos y si les ha faltado alguna uva o les ha sobrado, no se preocupen. Lo importante es que ya estamos en 2015 y que 2014 quedó atrás. Un año más por delante.


* "La Nochevieja en televisión: el imperio de la simulación" El País 1/01/2015 http://cultura.elpais.com/cultura/2015/01/01/television/1420108416_702280.html
** "Campanadas en Canal Sur: Nochevieja enfurecida tras cortar las uvas con anuncios"  "Verne" El País 01/01/2015 http://verne.elpais.com/verne/2015/01/01/articulo/1420071004_274300.html