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miércoles, 2 de junio de 2021

El patinazo marroquí

Joaquín Mª Aguirre (UCM)



A estas alturas debería quedar medianamente claro el patinazo dado por el reino de Marruecos en la crisis desencadenada con España. El gobierno de Marruecos no solo no ha obtenido apoyo de nadie sino que se ha tenido que enfrentar al rechazo o al silencio prácticamente universal. Eso no quiere decir, ni mucho menos, que el gobierno español lo haya hecho especialmente bien. Ha sido el propio gobierno de Marruecos el que se ha pegado un tiro en su propio pie.

La noticia que nos trae RTVE.es sobre lo expresado por el gobierno marroquí nos muestra que está reculando de forma "gloriosa" en un intento de no quedar demasiado mal, especialmente ante su despreciado pueblo. Cuando comenzó la crisis señalamos que mostraba una serie de características que hacen que la tomemos también desde una perspectiva interna, no solo como una crisis internacional. Muchas veces el ruido de lo exterior trata de tapar el ruido interior.



De la misma forma, ahora el gobierno marroquí trata de tapar sus enormes errores con reescritura de los hechos, intentado evitar las consecuencias, es decir, la evidencia de que no solo no ha conseguido lo que quería —tampoco estaba claro— sino que se ha producido una reacción internacional en contra. ¿Esperaba apoyos de algún sitio? Esa es la duda, saber qué cálculos había hecho.

En RTVE.es podemos leer esta reescritura, insistimos, destinada al consumo político interior:

 

El rey Mohamed VI de Marruecos ha dado instrucciones a sus ministros del Interior y de Exteriores para que solucionen el problema de los menores no acompañados marroquíes que se encuentran en España y en otros países de la UE.

En un comunicado de ambos ministros marroquíes, se ha acusado a España de usar la crisis migratoria en Ceuta como "coartada" en la tensión diplomática actual y ha vuelto a avisar de eventuales "respuestas" aunque no han especificado cuáles.

El monarca alauí se habría interesado en persona para dar "instrucciones" a los dos ministerios marroquíes para que "la cuestión de los menores marroquíes no acompañados que se encuentran en situación irregular en algunos países europeos se resuelva definitivamente", según la Agencia EFE.

Mohamed VI "había subrayado en numerosas ocasiones, incluso ante jefes de Estado extranjero, el compromiso claro y firme del reino de Marruecos de aceptar el retorno de los menores no acompañados debidamente identificados", ha sostenido Rabat. El Gobierno marroquí resalta que hay "mecanismos de cooperación" con países como España o Francia, que han permitido "el retorno de varias decenas de menores" y se exime de cualquier culpabilidad en la lentitud constatada en el proceso, que vincula "esencialmente a los bloqueos en los procedimientos complejos en algunos países europeos".*

 


Lo primero que hay que ver es cómo se trata de presentar la situación de los menores a los que —recordemos— se les abrió la frontera y se les dijo que salieran. Sin embargo, Rabat juega ahora con una reescritura: "retienen a nuestros hijos fuera de la patria y sus familias". Es la forma de referirse a la situación de aquellos a los que el propio Rabat mandó fuera como presión y después, igualmente como forma de presión no dejaba regresar tratando de crear más presión. Es tan burdo como absurdo.

El rey de Marruecos, que no es tonto, se ha dado cuenta de que esa forma de presión se vuelve contra ellos. Pero, como en la política nadie comete errores, se trata de crear un segundo fondo absurdo: es la burocracia "europea" la que impide que regresen.

Los menores que entraron y fueron reclamados por sus familias pudieron ser devueltos inmediatamente. Ellos han sido la baza marroquí en forma invasiva. Pero No salió como esperaba porque el plan era una rabieta, ya que no se puede calificar de otra manera la reacción ante la presencia del líder saharaui en España por motivos humanitarios.

Es aquí donde hay que señalar que el gobierno español tiene una cierta tendencia a pegarse tiros en su propio pie en cuestiones internacionales delicadas. Este tipo de incidentes en los que intenta evitar que algo se sepa y todos lo acaban sabiendo no es la primera vez que le pasa. Pero no es fácil pensar con claridad cuando tienes dos voces en la cabeza. Estos conflictos se producen en casos como el del Sahara o, en su momento, con Venezuela, donde cada parte del gobierno tiene sus apoyos definidos. En algún momento deberían aprender de los errores.



Con todo, una vez dicho, la respuesta marroquí ha sido de rabieta primero y de patinazo después. La falta de cálculo real de lo que podía ocurrir proviene de que a Marruecos siempre le ha funcionado la técnica de la amenaza latente, en unos casos, y materializada e otros, como en este caso. España tiene una amenaza constante sobre Ceuta y Melilla y, de otra manera, sobre Canarias. Pero la débil frontera, en un país acostumbrado a romperlas, siempre ha sido una amenaza final.

La condena a lo hecho por Marruecos era obvia desde el momento en el que transcendieron las imágenes de los guardias marroquíes abriendo las verjas y dando paso a todo el que quisiera salir.

La imagen se leía en dos partes: a) la acción de los guardias de la frontera, que siguen la orden de la superioridad; y b) lo más preocupante, el deseo de salir. Hasta el momento eran los subsaharianos "almacenados" en la frontera, como una amenaza permanente por parte de Marruecos. Pero esta vez no han sido solo los subsaharianos, sino los propios marroquís los que han salido huyendo de su país. Es decir: lo que ha transmitido Rabat con su acción es que la miseria y la desesperación están asentadas en Marruecos, y eso no hay discurso triunfalista o reescritura que pueda cambiarlo. El gobierno marroquí ha tirado piedras a su propio tejado.

Lo que ha quedado en evidencia le deja en una situación complicada desde el punto de vista interno. Por eso la acción del rey "ordenando" que se "recupere" a los hijos de Marruecos que han sido retenidos por la malévola "burocracia europea". Sobre todo esto ocurre porque cada menor fugado del paraíso es entrevistado y dice que huye de su país porque no hay futuro. Los menores son la peor propaganda, exportada irónicamente por el propio Reino de Marruecos.



Por eso la insistencia de sus comunicados quejándose de que se trate esta crisis como una crisis migratoria. Una vez que se abre la caja de los truenos es difícil que la realidad se imponga sobre los deseos de control. Marruecos tiene ahora una crisis exterior y otra interior desencadenada por ellos mismos.

¿Nadie pensó en esto? Parece que no. No es bueno tomar decisiones precipitadas porque el riesgo del patinazo se eleva. Que se convierta en noticia que el rey marroquí se interesa por el destino de sus súbditos es un intento de restaurar la imagen de la monarquía dejando lo negativo al gobierno, que para eso es sustituible si es necesario.

Lo cierto es que Marruecos no solo ha abierto una crisis con España sino que ha abierto su propia crisis. Lo malo es si una crisis tapa otra crisis, como un clavo saca otro clavo.

 


* "Rabat readmitirá a los menores no acompañados marroquíes que están en Ceuta" RTVE.es / Agencias 1/06/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210601/marruecos-readmitira-menores-ceuta/2097326.shtml

lunes, 24 de mayo de 2021

El test de la pobreza

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Del último reportaje realizado por Ebbaba Hameida en Ceuta, el que nos cuenta la vida de unos adolescente marroquíes viviendo en el bosque para evitar una devolución al otro lado de la valla, surge una pregunta por boca de uno de ellos: "¿La pobreza no se considera motivo suficiente para que nos acojan?"*

Las reacciones de estos días en España ante las imágenes de Ceuta y en parte Melilla funcionan como un test, uno de esos de "dígame qué ve usted aquí", una especie de Rorschard que ponen ante nosotros. La pregunta clave es, sí, ¿qué vemos allí? Y las respuestas no pueden ser más variopintas y desde muchas distancias diferentes, que van del egoísmo a la solidaridad, del belicismo a la comprensión humana, de la agresión al desastre humanitario.

La lectura de lo que vemos puede tener varias capas, desde luego. Podemos verlo a ras de calle y solidarizarnos con los que son utilizados y manipulados por el poder y podemos irritarnos por la desvergüenza y crueldad de las autoridades de Marruecos, que han demostrado el desprecio profundo y elitista que siente por su pueblo, al que no dudan en arrojar desde la desesperación a la muerte.



Quizá haya que hacer una lectura incómoda de todos los niveles. Hay lecturas humanitarias, políticas, económicas, belicistas. Cada una aporta algo y revela algo de la situación y de nosotros como sociedad, como país con unos dirigentes que se enfrentan también a desafíos que los retratan ante la propia ciudadanía.

Especialmente sensible es la cuestión de los menores. Los menores son menores sean de donde sean, no es cuestión de nacionalidad. Es cierto que la vida de los menores no es igual en cada país, lo que constituye una parte del problema de fondo. Muchos de ellos argumentan que tienen la responsabilidad de sus familias detrás, padres muertos o desaparecidos. Otros sienten que ya a su edad deben organizarse un futuro que no tienen, que se les niega en su país. Lo que queda claro es que no es una diversión, que uno no se juega la vida y deja atrás todo así porque sí.

Nos damos cuenta que la delgada frontera separa algo más que dos países vecinos, que hay otra frontera mucho más amplia que, en apenas unos metros, establece enormes distancias en muchas cosas, culturales y de desarrollo, de formas de ver la vida y lo que se puede esperar de ella. Sí, hay mucha distancia en unidades difíciles de medir, de establecer, pero que son más reales que los pocos metros que separan un país del otro. El mismo sol, el mismo clima, el mismo mar... pero enormes diferencias que se perciben a simple vista y que pueden convertirse en una obsesión, una tentación difícil de resistir.

En Estados Unidos, el año pasado, se escucharon peticiones para que los trabajadores de una empresa cárnica no salieran de la fábrica para así seguir produciendo sin contagiar a los de afuera. Muchos, como ocurría también aquí, vivían hacinados en cubículos en los que era imposible mantener higiene y distancia. Lo primero es la cosecha, la producción cárnica. Cualquier trabajador es reemplazable; hay cola para cada puesto libre. Los estragos de la pandemia entre los sectores económicamente más débiles han sido motivo de escándalo en los Estados Unidos. No ha sido el único país en donde han quedado en evidencia que la vida y la muerte dependen de tu situación económica.


Los países ricos suelen tener mala memoria. Se olvidan de lo que deben al trabajo de mucha gente que lo dejó todo, de una forma u otra, para bendecir ser explotados en otros lugares en los que deben dar las gracias.

Queremos temporeros, queremos inmigrantes que recojan nuestras frutas y verduras, que trabajen en nuestras construcciones, pero no queremos más. Bueno, sí, queremos que nos protejan de ellos. Queremos que se amontonen en barracones infectos, como los que quedaron en evidencia el año pasado, que cuando uno sufra un golpe de calor quede abandonado, muerto, frente a un Centro de Salud, como ocurrió en Murcia.



Y si alguien se solidariza con el que sufre, entonces se lanzan los ataques, los insultos, las campañas contra quien demuestra un poco de humanidad. Son traidores, depravados, viciosos.

Lo preocupante es que las crisis nos están haciendo olvidar que la pobreza no es un destino, algo que te ha tocado en un reparto de almas por países. Hemos perdido la memoria de cuando este país estaba lleno de miseria, de pobreza y que mucha gente tuvo que ir a limpiar retretes por el mundo. Nuestro mundo de ocio productivo y fantasía, de paraíso turístico, se ve endeble y, tras las bambalinas, nos damos cuenta que hay también miseria. "¡Allá cada uno con lo que le toca!", dicen algunos. Pero no sabes nunca cuándo te va a tocar y si la bolita de la mala suerte volverá a caer en tu número. Las crisis anteriores han vuelto muy egoístas a algunos. Hay quienes piden el pasaporte para dar comida; caridad selectiva y nacional, ¡que se muera el resto! Pero la pobreza, el dolor, el abandono... nos deben mover y conmover, están por encima de cualquier frontera. Si ves antes lo que nos separa que lo que nos une, no es un buen síntoma.

El reportaje de RTVE.es nos habla de mucha gente solidaria, de gente que les hace comidas, les prepara bocadillos. Suelen ser los más humildes, los que comparten lo que apenas tienen. A los que les sobra, en cambio, suelen ser más restrictivos.  

Sí, estamos aprendiendo mucho con la pandemia, mucho sobre nosotros mismos. ¡Deja tantas cosas al descubierto! Para bien y para mal. 

 


* Ebbaba Hameida "Escondidos en el monte de Ceuta para evitar las devoluciones: "Dile a mamá que me quedo aquí"" RTVE.es 23/05/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210523/escondidos-monte-ceuta-para-evitar-devoluciones-dile-mama-quedo-aqui/2092361.shtml

jueves, 20 de mayo de 2021

¿Cuándo dejamos de ser humanos?

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Dedicado a Luna y a Ebbaba

No es una pregunta retórica, ¿cuándo dejamos de ser humanos? ¿Cuándo perdemos nuestra humanidad? Hace unos días tuve que explicar la diferencia entre "la humanidad", como el conjunto de los seres humanos y "humanidad", la virtud que nos hace humanos. Nos olvidamos de la diferencia entre el número, la cantidad, y la calidad. En estos tiempos en que todos reclaman derechos, nos olvidamos de las obligaciones, del esfuerzo por ser más humanos.

Ayer hablábamos de las imágenes que nos mostraban a una voluntaria de la Cruz Roja, a pie de playa, abrazando a un desconsolado y derrumbado subsahariano agotado tras la travesía de la playa, un momento que es el final de una vida, de sueños acumulados por la presión vivida, por lo que deja atrás. No son los metros recorridos, sino los sueños acumulados los que se vienen abajo en un momento, tras esos minutos en el agua.



El abrazo representa, lejos de leyes y normas, de análisis estratégicos, de cualquier otra dimensión, la desnudez de un drama. No son la Cruz Roja y un inmigrante; son dos seres humanos viviendo un momento que les desborda a una por lo inesperado —¡quién está preparado para esto!— y al otro porque lo ha perdido todo —todo lo soñado— en ese recorrido que ha puesto a cero su vida, la ha vaciado de golpe.

Me levanto temprano y veo las noticias. Las imágenes en la que se encuentran todas las dimensiones del drama, un drama que afecta a muchos, movido por el maquiavelismo del reino de Marruecos, capaz de jugar con las vidas de las personas de una manera infame e indigna de un país. A la pasividad de ayer, al animar a que pasaran al otro lado de la valla, le siguen las muestras de la represión brutal de hoy. Hoy, por lo visto, no toca pasar, algo que no entienden los que lo intentan, con cuyos sueños y vidas se juega. Hoy toca recibir golpes.

Ebbaba me dijo que la enviaban allí, que salía al día siguiente, que iba en camino. Charlamos un rato. Hoy me llega un aviso al teléfono de que ya está publicado su primer reportaje desde allí. Y va directamente a Luna, la joven de Cruz Roja que apareció intentando consolar al joven. Y lo que nos cuenta —recogido por Ebbaba Hameida— es desolador, en lo humano y en lo inhumano:

 

“Lloraba, le tendí la mano y me abrazó”, describe el momento. “Se pegó a mí como una lapa. Ese abrazo fue su salvavidas”, dice y vuelve a emocionarse. “Me hablaba en francés y enumeraba con los dedos de la mano. Yo no entendía nada, pero estoy convencida de que estaba enumerando los amigos que ha perdido en el camino”. Vuelve a hacer una pausa. No sabe dónde está y si volverá a cruzar la frontera. Sin embargo, mientras atiende a las personas que han llegado no puede evitar buscar su mirada entre la muchedumbre.

“Lloraba, se le caía la baba todo el rato, antes de abrazarme se estaba apedreando la cabeza. Se quería matar”, asegura. "Sé que era de Senegal y tengo grabada su mirada perdida. Tenía los ojos muy rojos".

Luna se encuentra abrumada por las reacciones de su gesto. Ha recibido muchas muestras de agradecimiento, pero también insultos y mensajes cargados de odio. Abre el móvil y nos los enseña. Lo primero que le sale: “Se nota que te gustan las pollas grandes”, “qué harías si te quedas sola con cuatro de ellos, seguro que te violan” o “nos lo venden como un gesto de humanidad, pero él solo quiere papeles”. Va a denunciar en cuanto se calmen las cosas.

“En las redes han visto que mi novio es negro, no paran de insultarme y me dicen cosas horribles con comentarios racistas”, dice. Este martes, 24 horas después del abrazo, ha pedido públicamente en sus redes sociales que dejen de mandarle mensajes. Quiere estar tranquila hasta reconciliarse con toda la impotencia que tiene dentro. No puede soportar no recordar el nombre de aquel senegalés de ojos negros y grandes que lloraba y gritaba auxilio. "Merecía más de un abrazo", asegura.*

 


Un abrazo es lo que se podía dar allí, pero esa sensación de impotencia la acompañará en su vida. Es la forma en que las personas conscientes sienten la carga de las que no lo son.

Los insultos, las amenazas, el odio acumulado nos muestran que hay un exceso de maldad que nos deshumaniza, nos vuelve bestias disfrazadas deseosas de mostrar lo peor que llevan dentro. Lo disfrazan de patriotismo, de legalidad, pero solo son grandes palabras tras las que se esconden. Son racistas, xenófobos, crueles, inhumanos. Llevan banderas de todos los colores que dicen sentir, pero están muertos, humanamente muertos. Necesitan de este tipo de acontecimientos para desahogar sus frustraciones y fantasías; en ellos se crecen, es la ocasión de lucirse. O eso creen.



La joven Luna ha recibido el apoyo de mucha gente, de los que han sabido leer el abrazo como un gesto de solidaridad, que es lo contrario del egoísmo. Tratar de convertir la solidaridad con el que sufre en debilidad es un enorme error de percepción de la vida. Por encima de todo está la humanidad, después vendrá la ley, pero si negamos el consuelo, si reprimimos el sentimiento de acercarnos al que sufre dejamos de ser humanos y ya nada importa. Nos está cercando la inhumanidad. Se nos está comiendo poco a poco.



En un programa  visto estos días en algún canal, se nos explicaba que la formación de los miembros de las SS requería de la continua exposición a la muerte para superar las primeras "incomodidades" que surgían. Del diario de un SS se recogía la "incomodidad" que sentía al ametrallar a hombres, mujeres y niños. "Es normal", le habían dicho. "Lo mejor —les enseñaban— es repetirlo para ir matando en ti ese sentimiento de incomodidad". Se trataba de superar la propia humanidad para alcanzar esa tranquilidad deseada ante el dolor y la muerte del otro. Es la indiferencia. Se trata de que no te importen, mirarlos como objetos, como basura.

Estamos expuestos cada día a imágenes que puede que anestesien a algunos; pero también muchas de ellas nos revelan el sentido del drama captando ese momento en el que nos sentimos uno frente a todo lo que nos separa. Luna estalla en llanto cuando tiene que contar lo que sintió. Le acongoja no saber dónde está ese senegalés, devuelto al otro lado de la valla. El vínculo creado en esos instantes no se romperá en la vida. Nos preocupamos por el otro; no es materia, es una persona.



La imagen del buzo militar manteniendo en alto a un bebé en el agua nos muestra que la exposición al drama no debe anestesiarnos, no debe buscar nuestra insensibilidad, sino dejar fluir en nosotros el sentimiento solidario. Unos y otros de los que están allí repiten lo mismo: "no estábamos preparados para esto". Lo dice gente que ha visto mucho y que se ha conmovido por el drama expuesto en toda su crudeza.

Que los políticos jueguen a lo suyo. Pero no dejemos de ser humanos porque si dejamos de serlo pronto será algo más que "un problema en la frontera" porque lo llevaremos dentro, condicionando nuestras decisiones, nuestra vida inmediata. Las personas que han mandado mensajes insultantes, amenazantes... son zombis. Gritan e insultan, pero están muertos sin que lo sepan. Mataron su humanidad, por más que sigan ruidosos entre los vivos. Se han ido sometiendo a un meticuloso programa de deshumanización selectiva. Y este es el resultado.

Me ha emocionado el reportaje. Nos muestra lo que hay, lo que somos, para bien y para mal. Me ha reconfortado saber que hay personas que no quieren dejar de serlo, como Luna, que en vez de estar preocupada por todas estas cosas que nos cuentan cada día como esenciales, dedica su vida a enfrentarse al dolor y al sufrimiento a pie de playa. Nos dignifican y debemos agradecerlo. Me reconforta también leerlo y ver que se puede seguir contando para evitar que perdamos la humanidad. Me reconforta saber que hay periodistas que lloran en su regreso a casa, que no pierden su humanidad.



* Ebbaba Hameida "Un abrazo sin fronteras: "Sé que era de Senegal y tengo grabada su mirada perdida" RTVE.es 20/05/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210519/abrazo-emotivo-frontera-ceuta-entrevista-cruz-roja/2091073.shtml


miércoles, 19 de mayo de 2021

El rey se divierte o la crisis de Ceuta

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



La crisis de la pandemia está presionando sobre otros puntos débiles y haciéndolos crecer en intensidad. Una crisis abre otras crisis hasta que estalla como conflicto. Los espacios más frágiles, los más desprotegidos, son los que están siendo sacudidos con más intensidad. Allí donde hay más presión, donde se juntan más factores de estrés social, los conflictos acaban saltando de una forma u otra. Estos se manifiestan de forma desesperada en una frontera, que es el lugar de huida y hace que la gente, que tiene ya poco que perder, se lance a buscar formas de vida dignas de tal nombre.

La imagen en Ceuta de la sanitaria abrazando al inmigrante subsahariano en plena crisis de llanto ha sido recogida por casi todos los medios. Es una imagen que nos habla directamente sobre el drama humano y de la empatía, de la situación límite que viven.

La crisis de  Ceuta, con la apertura de las fronteras marroquíes, es lo contrario de la empatía. Es la instrumentalización de las personas, de sus vidas; es una repulsiva indiferencia ante el dolor.



Junto a la imagen señalada, hay otra causa de escándalo. Me refiero a las imágenes de los policías marroquíes abriendo la verja y dándoles paso a todos, lanzándolos hacia el mar. No les importan sus vidas o destinos, si cruzan o si quedan por el camino. Son solo materia que lanzar contra una frontera por la irritación de que España tenga a un político saharaui en un hospital enfermo de COVID. Es lo que, cínicamente, las autoridades marroquís han llamado "consecuencias", que traducido a la realidad de los hechos quiere decir "indiferencia" ante la vida y el dolor.

Esa indiferencia ya no ha sido solo respecto a los subsaharianos retenidos como munición en la frontera. Se ha extendido ahora a su propio pueblo, al que han lanzado contra la frontera en un gesto despótico y dictatorial, una rabieta que demuestra el estilo despectivo absolutista de la monarquía marroquí.



Es el estilo Erdogan en Turquía, donde abre la frontera cuando quiere presionar sobre Europa; donde juega con la desesperación de personas que huyen de las guerras que hace poco por parar, intentando sacar la mejor tajada. Era el estilo del derrocado Muamar el Gadafi en Libia cuando amenazaba a Europa con abrir las fronteras y dejar pasar hacia Italia a miles de personas cuyas vidas le importaban muy poco. Es el estilo, en fin, de estos dictadores —coronados o elegidos— cuyo desprecio por la vida humana es manifiesto.

Marruecos y Turquía reciben miles de millones para que mejoren la situación, algo que no les interesa realmente. Las inversiones en las zonas acaban siendo gestionadas por los corruptos del régimen que están interesados en recibir, pero no en solucionar. Viven del problema y quieren seguir haciéndolo.

Recuerdo las disputas de los hijos de Gadafi, al levantarse las sanciones contra Libia, repartiéndose las grandes empresas internacionales que se iban a instalar en el país como si fueran regalos. Y lo eran, sus comisiones estaban en juego.




La cuestión peliaguda es cómo solucionar problemas con países corruptos y dictatoriales. Toda ayuda enviada la capitalizan para reforzar su poder. Por definición, no respetan al pueblo, al que solo temen en sus estallidos, como puso de manifiesto la Primavera Árabe, una ocasión desperdiciada para esos países y para el resto del mundo, que prefirió que siguieran bajo manos firmes por cuestiones de "seguridad". Solo algún país se libró del retroceso, avanzando algo, y la situación actual es todavía peor que cuando se sublevaron.

La pandemia está actuando prácticamente sin control en muchas zonas del planeta produciendo éxodos; se entremezcla con las acciones de grupos terroristas que campan a sus anchas por un continente, desplazándose y sembrando muerte sin que nadie sea capaz de frenarlos. El aislamiento ya no es posible en muchos espacios y la estrategia debería ser la contraria. Pero estas crisis son muchas veces utilizadas, como ocurre hoy con Marruecos, para conseguir sus fines y tapar sus propias crisis redirigiendo la desesperación de la gente hacia otros puntos.



Lo hecho por Marruecos es inaceptable. Lo es desde cualquier punto de vista, político o humanitario. La respuesta que se dé por parte de España y la Unión Europea, sobre cuya frontera han actuado, debe de ser otra que la de alimentar sus arcas personales para asegurarse que mantienen cerrado el candado de la valla. Hemos visto que la abren sin escrúpulos cuando les interesa.

En los países corruptos es difícil que la riqueza llegue al pueblo. Se pierde en manos de los poderosos, que siempre mostrarán que siendo dóciles pueden prosperar, mientras que se acumula la pobreza. Necesitan pobres, por decirlo claramente. Son estos los que emigran y acaban enviando dinero a sus familias para subsistir. Lo que hemos visto es un río de pobreza llegando al mar de la desesperación.

Ya es dramática la situación desesperada de los inmigrantes para que se juegue, sin asomo de vergüenza, con ellos. Ahora son víctimas dobles, de la miseria y del juego político maquiavélico de Marruecos. Tratemos de evitar en lo posible que sean ahora víctimas triples.