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lunes, 19 de agosto de 2019

No hay partidismo con el sufrimiento

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las situaciones que se prolongan demasiado acaban enquistándose y creando una lucha que las trasciende. Es lo que está ocurriendo con el barco Open Arms, de una ONG española, fondeado a pocos metros de la arena de la playa italiana.
Desgraciadamente, las personas que lo sufren no pueden evitar lo que les ocurre ni pueden, tampoco, evitar que otros les utilicen.
Los que están encerrados frente a la costa no entienden nada, solo sufren la tensión y las circunstancias, ambas tienen un límite psíquico y físico, ambos ligados. Lo único que esperan es una autorización para poder acabar con este tiempo extra a su ya larga odisea de atravesar un continente convertido en una trampa de violencia y explotación. Lo que vemos es la punta del iceberg.
El Open Arms es en este momento un lugar de sufrimiento humano y un campo de juego en el que están luchando legal, verbal y políticamente muchos. La presencia mediática constante es una forma de atraer la atención, pero también juega en el sentido negativo contrario: nadie quiere perder ante el mundo esta batalla.


En estos momentos, el caso del Open Arms se usa para el debate o lucha política en España, Italia y la Unión Europea. Es tema de conflicto entre gobiernos, partidos políticos e instituciones. Los argumentos o los silencios forman parte de este conflicto que se eterniza y sirve para echarse pulsos unos a otros.
La Vanguardia nos trae hoy un ejemplo de cómo están los ánimos:

El diputado de Ciudadanos Marcos de Quinto ha generado un fuerte revuelo en Twitter al cuestionar la situación de urgencia del Open Arms. El político y exdirectivo de Coca Cola afirmó que en el barco hay “bien comidos pasajeros” y relacionó los rescates con las mafias que trafican con personas. Con estas palabras intentaba afear a la “piadosa teocracia izquierdista” que se preocupe de ciertos temas y no haga caso a la “hambruna del éxodo venezolano”.

Open Arms
“El mayor drama lo viven aquellos que no pueden “pagar pasaje” a las mafias y están condenados a permanecer en Libia. ¿Por qué no preocupan tanto?”, seguía en otro mensaje. La serie de comentarios le ha valido cientos de respuestas y reprobaciones, insultos incluidos, lo que ha encendido todavía más los ánimos en la red social. “No estoy acostumbrado (ni me quiero acostumbrar) a que la gente me insulte”, señalaba después, con otros mensajes en los que se devolvía e insultaba y criticaba a otros, como el portavoz de Facua, Rubén Sánchez.*


No vamos a insultar al señor de Quinto; solo decirle que no estamos de acuerdo con su comentario o, si se prefiere, que es poco oportuno, como se ha podido comprobar por la respuesta de su partido cuando han sido preguntados. Les ha complicado la vida y se la ha complicado él mismo. Nadie se debe acostumbrar a que le insulten.
Desde mi personal punto de vista, se ha equivocado —no por dar su opinión, que es muy libre—, sino por mezclar la cuestión del "éxodo venezolano", que es una cuestión muy diferente. El sufrimiento real de los venezolanos no va a reducirse ni a ganar en su causa por las comparaciones con los que están  a unos cientos de metros de una costa que les parece inalcanzable, metidos en un tour de force con países e instituciones privadas y comunitarias.

El drama del Open Arms es una cosa trágica, un problema que nos afecta a todos en la dimensión humana y en la institucional europea. Son peras y manzanas, no se trata de un concurso de a ver quién sufre más. No. Todas las situaciones tienen su especificidad y el sufrimiento es el que es. No hay un ranking para estas cosas. Solo hay, desgraciadamente, simpatías que nos hacen percibir a los seres humanos, iguales, de forma distinta. Es un error hacerlo en este caso.
Tampoco creo justificado el hablar de "bien comidos", un desprecio innecesario. ¿Sería mejor si pasaran hambre? ¿Si murieran algunos, si se declarara una epidemia? No lo creo y es un camino peligroso solo pensarlo. Sobre todo, poco humanitario.
Todos nos damos cuenta que se trata de un problema de enorme complejidad institucional. Solo hay una cosa clara, el sufrimiento y el deber de evitarlo. Decía Camus en su El hombre rebelde (1951), recordando su propia obra: "El mal que sufría un solo hombre se hace peste colectiva". El sufrimiento que no se repara se convierte en epidemia moral. La indiferencia es el peor lastre, el peor vicio para cualquier sociedad.
Las palabras de alarma por la invasión africana de Europa por parte del padre de Marine Le Pen, Jean-Marie, todavía resuenan en Francia, pese a ser dichas en la campaña de 2014: «Monseigneur Ebola peut régler ça en trois mois» (Le Figaro 14/05/2014). Sí, ¡"el señor ébola lo puede arreglar en tres meses"! Igual el señor mar tragándoles.


Cuando un barco egipcio con emigrantes se hundió camino de Italia, un diputado declaró que, por él, podían morirse todos porque se iban del país (un insulto) y se llevaban el dinero (un crimen). Murieron 500, sobrevivieron 37. Fueron 190 de Somalia, 150 de Etiopía, 80 egipcios, y unos 85 de Sudán, Siria y otros países. El diputado del parlamento egipcio dijo que se lo merecían. Los únicos multados fueron ser supervivientes cuando regresaron a Egipto. Se les acusó de haber traspasado fronteras ilegalmente. No se juzgó ni a los dueños del barco, ni a los contrabandistas ni a nadie de la organización y si se hizo fue en rebeldía y están libres.
Reuters 6/12/2016
El plan de Salvini es que se aburran y se vuelvan o se hundan. Él no lo dirá así, pero ¿qué otro efecto tiene dejarlos indefinidamente en el mar, tratar de evitar que otros los recojan? Que elija el destino. Pero el mundo no funciona así.
El que te recoja un barco es un arma de doble filo. Significa que estás a salvo, sí, pero también que tu sueño de entrar en Europa de forma rápida se ha esfumado. Ya no puedes desembarcar de noche en una playa y perderte. El circuito clandestino queda interrumpido. Las ONG salvan, pero no son las que te entregan a domicilio. Quien te recoge se hace responsable, por lo que las ONG se enfrentan a lo que ha hecho Salvini, declararlos "cómplices" de los traficantes. Por eso se han lanzado al mar tras los que se iban directos a la playa a pocos metros; por eso no los pueden dejar salir del barco. Por esos son ellos ahora, con sus decisiones, los responsables.


Podemos discutir de leyes, pero no podemos discutir de vidas humanas o sufrimiento. No podemos utilizarlos, unos y otros, en conflictos políticos partidistas, porque esto está por encima de eso. Y si lo politizamos, acabaremos deshumanizándonos, acabaremos víctimas de la peste moral.
Pero esa no le preocupaba al cristiano Le Pen ni al musulmán diputado del parlamento egipcio. No caigamos en los errores que nos degradan, que nos hacen peores, más egoístas. El sufrimiento no debe ser causa de juego ni tiene partido, tampoco de manipulación por nadie aunque muchos lo intenten. 
Y, por favor, no nos hagamos partidarios de un exilio o de otro, los míos y los tuyos. Eso es una infamia porque les acabará perjudicando.



* "Marcos de Quinto enciende Twitter por los “bien comidos pasajeros” del Open Arms" La Vanguardia 19/08/2019 https://www.lavanguardia.com/politica/20190818/464139728192/marcos-de-quinto-twitter-open-arms-ciudadanos.html

sábado, 18 de abril de 2015

La barca y el caos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las noticias de detenciones de personas que intentan cometer atentados, ataques, secuestros, etc., van saltando de un país a otro. En ocasiones nos llegan informaciones del desmantelamiento de grupos con un mayor o menor grado de preparación de sus acciones o noticias, como las de hoy, sobre el paso de una pareja —ella española— y su hijo hacia Siria.
La percepción de este fenómeno en su conjunto no es sencilla. No hemos logrado unificar toda una serie de fenómenos como el asesinato de los dibujantes de la revista Charlie Hebdo, el atentado del maratón de Boston, el asesinato de los coptos en Libia, la quema de un piloto jordano, la destrucción de los tesoros artísticos antiguos en Irak, la guerra de Siria, los atentados contra escuelas en Pakistán, el secuestro de la niñas en Nigeria (y otras hasta completar 2.000), los asesinatos en la universidad en Kenia... y un sinfín de casos que vamos añadiendo a una nube difusa y cambiante. Se han acabado los fenómenos nítidos, las explicaciones sencillas y con ellos nuestra capacidad de concentrar recursos para la solución.


La misma idea de una "solución" se nos escapa sin poder definir el problema más que a través de problemas parciales que tienen efecto sobre el conjunto pero que no son la totalidad.
La primera cuestión, desde luego, debe ser esa: ¿estamos ante un problema o ante muchos? Esto es importante porque implica la concentración de recursos y esfuerzos allí donde sea más eficaz. Ejemplo: ¿acabaría la guerra en Siria con el problema? Creo que nadie medianamente razonable diría que sí. Lo más probable es que la violencia se traslade, unificada o fragmentada, a otros focos; que se liberen unas tensiones para que exploten otras.
Estamos ante conflictos dinámicos, históricos, no ante situaciones estáticas, puntuales; nada comienza en un punto, son cruces de líneas de problemas existentes. Explicamos los hechos, pero no los marcos. Hay marcos de dimensiones muy diferentes para encuadrar los conflictos locales y los problemas generales. Encuadrar un problema es un primer paso, al menos para entender el tipo de situación en la que estamos. El intento de considerar estas cuestiones como de "otros" es un gigantesco error, que forma parte de la misma constitución del problema. Las políticas estrictamente de defensa acaban creando las identidades de los "otros" que se definen frente al "nosotros" que creamos. Es importante, por el contrario, redefinir los "nosotros", hacerlos más elásticos, para poder liberar los "ellos", que dejan en tierra de nadie a muchos a quienes les horroriza esta situación y la padecen en primera instancia. 


El problema se debe resolver allí. Esto no es más que secundariamente un choque de civilizaciones; es el choque en el interior de una civilización a la que no se permite evolucionar por su propia dinámica interna. Nos afecta directamente, por supuesto, pero somos más excusa que otra cosa. Somos el enemigo exterior con el que se busca reunificar lo que se les escapa.
Las últimas horas nos han deparado otro horrendo caso: el de los emigrantes, cristianos africanos, lanzados por la borda de la barca en la que iban a la deriva por parte de sus compañeros de viaje, que han sido denunciados por los testigos del crimen. 


Podemos establecer hipótesis generales, como decir que era un grupo radical organizado, que fue premeditado, etc., pero es difícil sostener algo así. Es desgraciadamente la confluencia de las historias separadas de violencia, miseria y odio. Es lo extremo en una situación extrema. Esa barca era un microcosmos en el que se desató la violencia que se reparte por el continente. No, no eran yihadistas que fuesen a Siria. Por el contrario, se supone que eran personas que iban huyendo de la violencia y las persecuciones, de la miseria, camino de una Europa "cristiana", a un lugar mejor. Ni en su miseria común encontraron la capacidad de acercamiento, sino lo contrario, una ocasión para exterminar a los "otros". En esa barca a la deriva, amenazados por la muerte, mataron a aquellos con los que no querían convivir, ni tan siquiera morir. Eran tan africanos como ellos; tan míseros como ellos. Pero solo vieron lo que justificaba su odio. Normalmente, las desgracias unen, tienden a ayudar a superar las diferencias; hoy, en cambio, todos buscan separar.
Ese crimen horroriza por encima de cualquier creencia, igual a cristianos que a musulmanes. Hay que evitar dejarse arrastrar a un planteamiento de "guerra de religiones" porque la mayoría de las personas sensatas, la gran mayoría, no lo quieren. Ese planteamiento solo beneficia a aquellos que pueden beneficiarse de él. Y esos son los radicales que desean crear un punto de no retorno, un estado de ruptura que deje en sus manos el control social para imponer su visión intransigente.


El gran problema no es solo el radicalismo, sino la tibieza de muchos ante el avance del extremismo, que beneficia a los más radicales. Ese es el sentido de la difusión general del odio a través de vídeos destinados a provocar en unos y en otros sentimientos distintos, pero que les favorecen. Lo hemos dicho ya: el objetivo principal es provocar la islamofobia, el rechazo al conjunto. Construyendo esa muralla de rechazo a su alrededor se aseguran que no existirán fugas y una respuesta favorable a sus tesis como reacción. Nada agrada más a estos predicadores del odio que decir que los demás les odian. Siembran así el recelo en aquellos a los que les falta la decisión para enfrentarse a ellos. No están acostumbrados a resistir; solo a aplaudir al poderoso para sobrevivir.

Durante siglos, se ha logrado contener la posibilidad de reformas y se ha sabido dirigir cualquier disidencia hacia el exilio o se ha eliminado físicamente. No ha habido sitio para aquellos que abrían puertas a los cambios. Los que lo han intentado, han salido por la puerta de atrás y solo han salvado su vida si eran discretos. Hoy son necesarios y necesitan del apoyo y del respaldo porque son el único medio de transformación que pueda servir de ejemplo para canalizar la resistencia al odio. Son llamados traidores, herejes y blasfemos. Es la resistencia interior —a la que se dejó por el camino, deseosos de hacer alianzas con los que ofrecían más garantías para los intereses de terceros—, la que puede aportar soluciones: aquellos que predican convivencia, diferencia y apertura de las mentes. Pero su capacidad de liderazgo se ha reducido al mínimo porque se han silenciado sus voces en décadas. Se les ha señalado con el dedo, como enemigos, porque no se admitía otro liderazgo que el autocrático. Hasta que estos cayeron y se abrió la caja de Pandora. Se establecían oscuras alianzas con el poder, pero se dejaba fuera a los que podían llevar un pensamiento democrático, de convivencia y modernización.

El radicalismo ha surgido delante de sus ojos y de los nuestros. La idea de que era algo local y limitado, controlable por la fuerza, se ha visto que era equivocada. Cuanta más violencia haya, más atractiva será para los que la desean y más temor producirá en quienes no la desean.


Nuestro mensaje debería ser el apoyo a los que representan una alternativa al odio, el autoritarismo, al sectarismo. Los apoyos a los regímenes autocráticos no ha servido más que para generar ese odio que se ha sabido canalizar hacia quienes les apoyaban o miraban hacia otro lado en sus abusos.
Aquellos que tenían algo más que decir, que proponer, quedaban como figuras olvidadas, solitarias, peligrosas y comprometedoras para unos y otros.
Lo ocurrido en esa barca en el Mediterráneo es un episodio de un drama que no se está resolviendo. Nos muestra que ni en las peores circunstancias se aparca el odio que se está generando. No es una situación que se vaya a resolver. Debemos evitar ser arrastrados al odio porque no conseguiremos más que dar fuerza a los que viven de él.
En su artículo, titulado "Arab and Middle Eastern destructive chaos", Ahmed El-Sayed Al-Naggar presidente de Al-Ahram, tras analizar la situación en Yemen y Libia, finalizada así:

In conclusion, we can say that the state of destructive chaos that is widespread in some Arab countriesis a sabotaging chaos for states and societies, and it is the pool of sins of ruling regimes and destructive regional and international interventions. If there is hope in building any social and political structure that is stable, safe and capable of developing in the future, it must rise through returning to the negotiating table and resolving problems peacefully and respecting the will of peoples via the decisive verdict of free democratic elections. Any new structure must rise upon respecting freedoms, human rights, dignity and equality among people, regardless of religion, denomination, gender or ethnicity, and economic development and social justice. These are the only rules that establish social cohesion and stability based on consent, belongingness and readiness for sacrifice for the sake of the homeland, not the civil infighting that sabotages it and permits regional and international forces to intervene in a destructive way.*


Suscribimos su idea. La cuestión está ahora en si es posible creer todavía que aquellos que pueden sentarse en una mesa a negociar algo tienen el control sobre ese "caos destructivo" que está devorando el continente y creando conflictos más allá. La cuestión está en saber si precisamente las acciones violentas, los atentados y crímenes pueden ser detenidos o se ha llegado al nivel de odio que puede desatarse en una barca a la deriva en el Mediterráneo. Si es triste cada una de las muertes de ahogados en el mar intentado huir del caos, la tristeza de que hayan muerto a manos del odio por una reyerta religiosa abordo, produce una infinita melancolía. Nos muestra que ni en las situaciones más extremas se está dispuesto a dejar aparcadas las diferencias y que no pudieron dejar su odio en la orilla.
El Confidencial recoge:

"Los náufragos, muchos de ellos en lágrimas, explicaron que habían sobrevivido no a un hundimiento provocado por las condiciones meteorológicas adversas o por la precariedad de la nave sino por el odio humano", dijo en un comunicado la Jefatura de Policía de Palermo.**


Sí, son las lágrimas que nos provocan a todos. La cuestión es saber si lo que ocurre no tiene ya su propia dinámica distinta de la inicial. De ser así, todo lo que se acuerde será ilusorio porque estará lejos de sus manos detenerlo. Costará encontrar las fórmulas que permitan salir de esta situación. La historia es difícil de enderezar.

* Ahmed El-Sayed Al-Naggar "Arab and Middle Eastern destructive chaos" Ahram Online 9/04/2015 http://english.ahram.org.eg/NewsContentP/4/127256/Opinion/Arab-and-Middle-Eastern-destructive-chaos.aspx
**  "Detienen a 15 inmigrantes por la muerte de 12 cristianos arrojados al mar en Italia". 16/04/2015 El Confidencial http://www.elconfidencial.com/mundo/2015-04-16/detienen-a-15-inmigrantes-por-la-muerte-de-12-cristianos-arrojados-al-mar_761507/

sábado, 12 de octubre de 2013

El mar común

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Terrible ironía! El primer resultado del dispositivo puesto en marcha para evitar sucesos como el terrible ocurrido frente a Lampedusa, con 339 cadáveres sacados de las aguas, ha sido la muerte de cincuenta nuevos emigrantes. Señala el diario El Mundo: «Una nota oficial de la marina maltesa asegura que el naufragio se ha producido hacia las 17.10 hora local (15.10 GMT) cuando un avión de Malta que vigilaba el Canal de Sicilia ha sido avistado por los inmigrantes, quienes, al intentar hacer señales para ser localizados, han comenzado a agitarse y han provocado el vuelco de la embarcación en la que viajaban.»* La fatalidad no da tregua a los más desgraciados, que además de una vida miserable han de sufrir una muerte absurda.
La conciencia del desastre no elimina los desastres porque el mar no entiende de políticas. Mientras las políticas de dirijan al mar no habrá resultados positivos. Es en tierra donde se deben poner los ojos. El mar no es más que la trágica punta de un iceberg, el remate absurdo de un drama que comienza en lugares remotos o próximos en los que anida la desesperación. ¿De qué otra forma pueden calificarse estas aventuras de hombres mujeres y niños lanzados a un terrible viaje? Contamos el número de muertos, pero no la desesperación que les arroja al mar en busca de una Europa en la que tienen familiares, conocidos o son los primeros enviados para establecer un futuro puente.

Cada nuevo drama africano o del Medio Oriente se traduce en el aumento de los flujos migratorios y la vía más rápida de escape es el Mediterráneo, un mar de cultura que se va tiñendo de dolor convertido en fosa común. Nos dice el diario El País que en de las 9.000 muertes que calculan que se han producido desde 1990, 2.100 lo fueron en el año 2011, el de los levantamientos en los países árabes.** Las presiones económicas, bélicas o la suma de ambas aumentan el flujo de los que intentan llegar al otro lado.
Europa se ha atrincherado ante la inmigración, aunque sea el mar quien hace el trabajo sucio. Y es precisamente ese mar el que, a la vez que nos separa, nos ha unido tradicionalmente estableciendo unos puntos en común que solo el deseo de diferenciación nos impide contemplar y pensar sobre ellos.
A las tradicionales denominaciones de los continentes, que nos separan mentalmente, como categorías —"Europa", "África" y "Asia"—, los historiadores y antropólogos están respondiendo con nuevas categorías que entienden que no existen tanto las fronteras sino las proximidades, que lo natural es el contacto y lo artificial las separaciones. Se puede hablar, como lo hace Jack Goody, por ejemplo, de una "Eurasia" más real históricamente que la separación de ambas, convertidas en mundos distintos sobre el mapa pero en la realidad repleto de continuidades irisadas en las que fracasan las distinciones radicales y absolutas. No hay líneas en la naturaleza; lo que existe es la vecindad, para bien y para mal.


Hay distancias geográficas y distancias culturales. A veces a distancias físicas pequeñas le corresponden grandes distancias culturales, que se han ido acumulando como distinción significativa, como deseo manifiesto de ser diferentes, de marcar distancias.
"África" sigue permaneciendo en nuestras mentes como una entidad distante por más que esté a unos pocos kilómetros, como ocurre con el estrecho de Gibraltar, o a 140 kilómetros en el paso de Sicilia que tiene a Lampedusa como eslabón.
El mundo no tiene nombres; se los ponemos nosotros marcando los territorios y estableciendo con ellos las distinciones que después rellenamos de sentido, amparándonos en la Historia, que son discursos escritos necesaria y obligatoriamente desde un punto de vista. Es "nuestra" historia frente a la de los otros. Por eso insisten tanto algunos en tratar de encontrar puntos de vista coincidentes, intereses comunes, acuerdos de visión para poder escribir "historias" que acerquen y no que distancien, que nos impliquen a unos con otros porque no podemos vivir de espaldas. No es fácil, porque muchos viven de alentar las diferencias, de la creación de brechas de las que poder beneficiarse. Se alienta el odio y los enfrentamientos, que siempre es una materia rentable, en vez de la cooperación, que suele resultar más cara.


Siempre nos queda la categoría superior, la de "seres humanos", la de "personas", que nos une por encima de distinciones, pero esa solo se activa en la tragedia. Es la que ponemos en marcha cuando el sufrimiento que tenemos ante los ojos se hace insoportable. Es una pena que nos conmuevan más los muertos que los vivos.

Italia ha concedido la nacionalidad a la víctimas del naufragio de Lampedusa, como comentábamos hace dos días. Aunque sea bienintencionado, no hay acto más ridículo. Ellos no venían a ser "italianos" —ni "españoles"—, ni "europeos"; venían a intentar vivir mejor que en sus países, donde se les niega el trabajo, el pan y la justicia. En la jerarquía de la subsistencia, la "nacionalidad" no importa más que por ser un "permiso de trabajo", algo que les permita salir adelante en la vida. Pero nosotros, orgullosos, soberbios, pagamos su esfuerzo regalándoles nuestra "nacionalidad" cuando ya no lo necesitan. ¡Otra ironía!
Es la muestra de que no sabemos manejar el problema porque lo planteamos como una cuestión de fronteras y no de vecindades. Mientras no desarrollemos más políticas de cooperación en el segundo sentido —la vecindad—, tendremos que invertir más en defender, blindar, unas fronteras que no controlamos. El mar no es una barrera de carretera, que sube y baja con nuestros deseos; no son las verjas de Ceuta o Melilla que podamos elevar o electrificar. Es una trampa en la que los que se lanzan a la aventura pueden morir en cualquier momento, incluso a cincuenta metros de la orilla, como los inmigrantes de Eritrea que se ahogaron frente a la playa siciliana de Sampieri en el mes de septiembre.**

El Mediterráneo es nuestro mar, un mar común alrededor del cual se ha forjado nuestra historia, pasando la civilización de una orilla a otra, recorriendo sus costas. España, Italia, Grecia —todo el sur de Europa—, Egipto, el Magreb, Oriente Medio, Turquía... somos habitantes de un mar común, como lo somos de tierras distintas pero vecinas. Si genéticamente todos somos africanos, emigrantes salidos de las sabanas, culturalmente somos mediterráneos, entremezclados, llenos de herencias —de monumentos a palabras—, con lazos que nos empeñamos en desatar e historia que desandamos cada día, en un esfuerzo por alejarnos. Mejor o peor avenidos, tenemos una historia familiar común. Somos mediterráneos, hijos del olivo.
Es fácil hacer demagogia con las muertes. No lo es tratar de buscar soluciones. De nada sirve aguantar el tipo ante los féretros alineados si no se hace nada al regreso a los despachos. Quizá no esté en nuestras manos solucionar muchos de esos problemas, pero sí tratar de desarrollar políticas y acciones más eficaces que las seguidas hasta el momento. Mientras haya una brecha tan grande entre la miseria y la riqueza y una distancia física tan corta, apenas unos kilómetros, la tentación de la aventura estará ahí y la tragedia se producirá en cualquier momento. No podemos separar los países, agrandar el mar, pero sí podemos achicar el espacio de la pobreza, reducir la desesperación.



* "50 muertos, entre ellos 10 niños, en el naufragio de una barcaza en Sicilia" El Mundo 12/10/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/11/internacional/1381511052.html?a=c49024f8be58f2be822b01d70bc84730&t=1381556077&numero=
** "Al menos 50 muertos en un naufragio en el estrecho de Sicilia" El País 11/10/2013 http://internacional.elpais.com/internacional/2013/10/11/actualidad/1381510115_315660.html