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domingo, 9 de febrero de 2025

La ignorancia es el muro más alto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Cada cierto tiempo, alguien en los medios se ocupa de llamado "problema de las Humanidades", que resumido, es el de la desaparición de la cultura "clásica", especialmente el de las lenguas, el latín y el griego, junto con todo lo que deriva de ellas. Vaya por delante algo: no se puede hablar de lenguas separándolas de la cultura en la que se asientan. En el caso del latín y el griego clásicos, todavía más pues son lenguas que carecen de un sentido conversacional. Son el pegamento que da unidad al resto de la cultura construida con ellas.

Desde hace años existen debates, quejas de incomprensión por parte de los responsables educativos y, en última instancia, de la sociedad misma, que ignora su valor y se dirige hacia otros derroteros, mucho más pragmáticos y utilitaristas.

No se debe tratar solo como un problema en el sector educativo, sino como un problema socio-cultural de gran alcance que marca al conjunto. Basta ver cómo llegan los estudiantes a las universidades para comprender la ligereza de la carga, los profundos desconocimientos del mundo en el que habitan que acaba siendo una burbuja de la que no es fácil salir. El que logren romper esa burbuja negativa de ignorancia es muchas veces fruto del azar, de un encuentro con materias, con docentes, con familiares, amigos, etc. que logren despertar en ellos eses sentido de que hay algo más allá de lo que se les ofrece, de aquello hacia lo que se les dirige.

Esta idea de "sociedad dirigida", de la existencia de una cultura prefabricada, destinada al consumo y a la trivialidad es esencial para comprender a qué nos enfrentamos, En el texto de RTVE.es, con motivo del Día de la Lengua Griega, se señala:

En esta batalla, los docentes se enfrentan a una cultura centrada en la productividad y en lo que se considera útil. El director de la Sociedad Española de Estudios Clásicos, Eugenio Ramón Luján, considera esencial reflexionar sobre este último tema. "¿Consideramos útil lo relacionado directamente con la producción económica o, por el contrario, un conocimiento más amplio que nos ayuda a reflexionar sobre cómo debe ser la sociedad, cómo debemos vivir las personas y qué elementos son esenciales para nuestra convivencia?".

Luján asegura que la formación impartida actualmente parece haberse reducido a "una adquisición exclusiva de conocimientos técnicos necesarios para ejercer una determinada profesión". Lo mismo opina Raúl Agüera Ayala, docente en Cantabria, que achaca la desvalorización de la materia como consecuencia del "capitalismo brutal en el que vivimos". "Los alumnos dicen mucho que algo no renta o que algo no cotiza. El sistema nos relega y la percepción social de nuestro trabajo es mejorable".

Reconectar con nuestro pasado para entender mejor nuestro presente y futuro es lo que defienden tanto Claudia [González Margüelles] como Román [Romanov], que ven en este tipo de materias la base de todo conocimiento actual. "Me sigo encontrando gente que critica que haya elegido estudiar 'lenguas muertas'. Lo consideran una pérdida de tiempo, ya que no ven un resultado tan inmediato", relata el joven. Claudia, aunque ha vivido situaciones similares, planea estudiar Filología Clásica en dos años. "Quiero divulgar todo lo que aprenda y sepa sobre ambos idiomas y culturas para que entiendan la importancia y el peso que conllevan en nuestra sociedad".* 

El hecho de que fragmentemos el conocimiento en "asignaturas" ya contribuye a la disociación y a la competencia por la posición en los programas. La cultura, en cambio, es un sistema de integración, de conexiones, en el que la desaparición de las piezas hace resentirse al conjunto. La misma división entre el "mundo clásico" y el "actual" no favorece entender lo que de aquel pervive en este, la continuidad existente.

En el fondo, de lo que carecemos es de una visión social y cultural integrada frente al mundo fragmentado que nos fragmenta a nosotros mismos, algo que el sistema no le importa demasiado mientras cubra sus propios objetivos de eficiencia. Pero no hay que confundir esa eficiencia productiva dentro del sistema con la persona, que es el concepto que se ha destruido. Se nos construye y se nos deforma para un objetivo ajeno a nuestro propio desarrollo. Es la palabra "éxito" la que ha sustituido a los desarrollos personales, a nuestro crecimiento como seres humanos. Y a muchos les parece bien.

BBC 27/07/2019

Los docentes (algunos) se enfrentan al problema de cómo transmitir los conocimientos necesarios para la comprensión de lo que debemos conocer, que es algo muy distinto de "exponer en un examen" o similar, a lo que queda muchas veces reducido el aprendizaje.

El sistema educativo es una forma de transmitir lo valioso para volvernos a nosotros mismos valiosos ante nuestros ojos, para pensar y pensarnos, algo sustituido por conceptos meramente utilitaristas. Pero a quién le importa nuestro valor, cómo se traduce eso en productividad y consumo, que son las dos caras del ser humano en esta sociedad de pantallas en la que vivimos y somos cada vez más manipulables. Las personas mejor formadas tienden a pensar por sí mismas, a ser más exigentes y eso no gusta a todos, especialmente a los que buscan la sumisión, la menor resistencia posible a sus deseos e instrucciones.

La cuestión no es solo conocer el latín o el griego. Es mucho más profunda. Basta con ver los medios y su sobrecarga de trivialidad (quién se casa con quién, quién se divorcia de quién, lo último de...) para entender parte del problema y la construcción de este presente sin raíces en el que se vive. Sin sentido de la cultura, de lo mejor que hemos ido creando a lo largo de una Historia más amplia que la de nuestro corto nacionalismo, poco podemos entender. Quizá se trate de eso.

No hay que leer a los clásicos por clásicos, sino por actuales, porque son capaces de decirnos algo sobre nosotros mismos, sobre el mundo en el que vivimos. Pero hoy nos movemos por otros senderos, como el de ofrecer lo peor, lo más "cutre" para reírnos en vez de para pensar. Hoy el "clásico" es un partido de fútbol.

Cuando pienso en aquellos alumnos míos de Literatura Universal Contemporánea que leían sin rechazo, curso tras curso, el Hiperión, de Friedrich Hölderlin, una auténtica inmersión en el mundo clásico para entender el mundo romántico, creo que hemos perdido perspectiva y profundidad en muchos aspectos. "Estamos todo el día hablando de Literatura", me dijo un día uno de ellos, alumno de tercero de carrera. 

Y hablar de Literatura no es hablar solo de los libros sino de todo lo que hay detrás. Pero desde entonces todo ha ido contra aquella posibilidad: reducción de las carreras, reducción de las asignaturas anuales a cuatrimestrales, desaparición de materias humanísticas...

Si tienes problemas para entender porqué Albert Camus tituló una de sus obras "El mito de Sísifo", con ignorar quién era Camus es suficiente. 

La ignorancia es el muro más alto.

* Eva Cezón "Día Mundial de la Lengua Griega La lengua griega clásica en la educación española: "Sobre el papel sobrevive, pero en la realidad está agonizando"" RTVE.es 09/02/2025 bhttps://www.rtve.es/noticias/20250209/papel-lengua-griega-educacion-espanola-sobreviven-pero-agonizando/16437008.shtml

lunes, 23 de mayo de 2016

El hormiguero está dispuesto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay cuestiones que regresan una y otra vez como si fueran los ciclos de las estaciones. Una de estas cuestiones es la del papel de las Humanidades en el currículum escolar y académico. 
Tenemos una imagen —del alumno al docente, pasando por los padres y la administración pública— muy distorsionada de lo que significa educar. En esta visión priman una serie de factores exteriores, hábilmente camuflados, que se corresponden con las luchas que se desarrollan en el campo de la educación. La educación es el ámbito en el que confluyen las ideologías, los intereses personales, los productivos, los de la inversión, etc. De ahí su posición conflictiva desde que empezamos a tomar conciencia social de su papel, que comenzó con la formación de los "ciudadanos". Había una educación de las elites para gobernar y otra básica para los más humildes que podían acceder a ella. Pronto se organizaron las batallas por conseguir formar en un sentido u otro a las personas que pasaban por las aulas, con disputas entre laicos y religiosos, entre el Estado y las familias. Todo ello se debatía con un ojo en el futuro, en las fuerzas en conflicto, pero con muy poco puesto realmente en el aprendizaje de la persona, en cómo funciona su mente o cuáles son sus necesidades anímicas y sociales. Algunos reformistas plantearon alternativas, pero la idea triunfante es una especie de pragmatismo que enfoca la educación como formación para cubrir con eficiencia los puestos de trabajo que las fuerzas de producción necesitan. Lo demás da igual.


De vez en cuando sale algún ministro diciendo que los estudios se deben orientar a la oferta y la demanda y que eso de las vocaciones son romanticismos que abocan a la desgracia. No es una cuestión española: lo mismo se plantea en todas partes y proceden de la visión común del mundo planteado como una fábrica y de la sociedad como una empresa.
The New York Times nos trae una nueva versión de la polémica entre la formación técnico laboral y lo que queda en el otro lado, eso que llaman "humanidades". Lo hace con el sugestivo título "To Write Better Code, Read Virginia Woolf" y lo firma J. Bradford Hipps, un antiguo desarrollador de software y novelista. Señala el autor al comienzo de su artículo:

THE humanities are kaput. Sorry, liberal arts cap-and-gowners. You blew it. In a software-run world, what’s wanted are more engineers.
At least, so goes the argument in a rising number of states, which have embraced a funding model for higher education that uses tuition “bonuses” to favor hard-skilled degrees like computer science over the humanities. The trend is backed by countless think pieces. “Macbeth does not make my priority list,” wrote Vinod Khosla, a co-founder of Sun Microsystems and the author of a widely shared blog post titled “Is Majoring in Liberal Arts a Mistake for Students?” (Subtitle: “Critical Thinking and the Scientific Process First — Humanities Later”).
The technologist’s argument begins with a suspicion that the liberal arts are of dubious academic rigor, suited mostly to dreamers. From there it proceeds to a reminder: Software powers the world, ergo, the only rational education is one built on STEM. Finally, lest he be accused of making a pyre of the canon, the technologist grants that yes, after students have finished their engineering degrees and found jobs, they should pick up a book — history, poetry, whatever.*


En estas simples líneas hay concentrados cientos de malentendidos, tópicos, etc. que el mundo científico-tecnológico ha acumulado dentro de su lucha por el control de los espacios del saber, de la escuela a la Universidad.
Uno de los problemas de definición de la Ciencia es que la mayoría de los estudios de Filosofía de la Ciencia se centran en el modelo de la Física y se basan en el lenguaje de las matemáticas. La cuestión ya ha sido advertida y criticada desde otros ámbitos de las ciencias, como hizo el importante biólogo Ernst Mayr, que ha llegado a reclamar un "pensamiento biológico" científico por entender que hay ciertas cuestiones que la Física o la Química dejan fuera cuando tratan con la Vida. La complejidad aumenta hasta llegar a la Cultura, que es de lo que tratan las Humanidades. La materia, la vida, la sociedad y la cultura son los campos que configuran el mundo. Explicar el mundo científicamente no es solo competencia de los dos primeros campos, intentarlo en el tercero y fracasar en el cuarto, el reino caótico de las opiniones y gustos. Precisamente porque nos afecta como personas que conviven con otras personas, comprendernos y conocernos críticamente a través de lo que producimos, la cultura, es esencial para nosotros y no un simple complemento.

La cuestión se plantea, pues, en el estudio de la sociedad humana (Ciencias Sociales) y de lo que esas sociedades producen como textos (Arte, Filosofía, Literatura, Música...), es decir, la Cultura. 
En esta frase de J. Bernard Hipss se concentra el problema: "The technologist’s argument begins with a suspicion that the liberal arts are of dubious academic rigor, suited mostly to dreamers". Los métodos científicos se pensaron para ciertos campos, con sus posibilidades de experimentación y verificación radicalmente diferentes a los que se producen en otros campos. El problema está en que en cuanto se sale de esos campos, eso métodos se vuelven inútiles o algo peor: creadores de falsas percepciones de cientificidad. Y se cae en el cientifismo.
Cualquiera que desde el campo de las Humanidades o de las Ciencias Sociales haya participado en reuniones con colegas de los campos "duros" se habrá sentido como en una sociedad de castas ocupando, por supuesto, la más baja posición, algo que los más estirados no tendrán reparo en recordarle: ellos hacen ciencia; usted pasa el rato. Y eso se hace sentir en diferentes formas de actuación.
El debate en sí se podría considerar absurdo de no ser por la trascendencia que tiene y lo que está afectando a la formación de millones de personas en todo el mundo, a las que se le viene a decir que no pierdan el tiempo con esas tonterías de las Humanidades, que lo dejen para las vacaciones en la playa, para relajar la mente entre cosa importante y cosa importante.


Es probable que este desastre obedezca precisamente a la forma en que se han ido dividiendo los saberes y la consiguiente especialización en la formación de las personas. La necesidad de trabajar por objetivos (ya es una deformación) implica que todo aquello que no pueda justificarse y no tenga un resultado inmediato queda fuera.
Las propias Humanidades —lo he dicho muchas veces— son las principales responsables de esta situación porque no han sabido ni argumentar ni defender realmente el papel que juegan en la mente de las personas y en la configuración social.
Lo que se estudia no son las "humanidades" en sí; es sumergirse en las raíces de la cultura, término que no por amplio deja de tener una concreción real. La especial relación que la Ciencia guarda con su propio pasado —el progreso reduce a Historia lo que antes estaba vigente al ser sustituido por algo mejor, más eficaz explicativamente del funcionamiento del mundo— es muy diferente a la que tienen las Humanidades.
Allí donde la Ciencia convierte en pasado lo superado, las Humanidades, por el contrario, lo mantienen vivo porque es lo que explica nuestro presente. No hay ruptura. A esto se llama "tradición", una palabra que parece enfrentada con la de "progreso", pero solo para los que la perciben de una forma retrógrada.

Si en algún sitio tiene cabida el pensamiento "crítico" es en las Humanidades, en el estudio de la Cultura. Es precisamente donde el peligro se basa en la repetición, es decir, en el lastre del pasado convertido en discurso único e inmutable. Eso es lo que supone el pensamiento integrista o fundamentalista religioso, político, etc. Es el pasado como repetición constante, como cárcel del pensamiento.
Lo deseable es precisamente la conversión del pasado en materia del presente, lo que hace que cambien las mentes y se pueda evolucionar. Nada más equivocado en la Humanidades que la sacralización de los textos o de cualquier otra cuestión relacionada con la cultura. Las Humanidades han momificado los textos al querer protegerlos de las lecturas cambiantes que los tiempos deben hacer de ellos. El profesorado se ve a sí mismo como una especie de guardianes del templo, destinados a proteger el sagrado tesoro. Esto es un gran error. Es además la negación de la historicidad, algo que deberíamos haber aprendido de nuestro propio pensamiento humanista, algo esencial para la comprensión de los mecanismos de la cultura.
Quizá haya que cambiar precisamente la mentalidad de las Humanidades para que lo que tienen bajo custodia se pueda regenerar a través de lecturas más orientadas al presente. No me refiero a ese tipo de actos folclóricos con los que a veces hablamos de modernización. Me refiero a la formación de la mente hacia el presente, a su actualización para dar respuesta a los cambios del mundo, a sus crisis.
Me refiero a la comprensión crítica y profunda del papel que juegan los discursos filosóficos, religiosos, artísticos, históricos, económicos... todo lo que forma parte del acerbo textual que configura nuestras mentes. No necesitamos panteones sino seminarios y talleres. Los primeros para la revisión de los textos, diálogos abiertos sobre las ideas y los lenguajes que los hacen transitar por la historia y la sociedad; los segundos para educar la sensibilidad, para traer la estética a primer plano de la vida, no como un conocimiento muerto, sino como experiencia viva. Hay que recuperar el valor formativo y existencial de las artes.


No se trata de caer en el pragmatismo con que a veces se trata de defender las humanidades diciendo que la lectura ayuda a redactar, etc. Se trata de concebir a las personas como seres pensantes a los que la sociedad necesita en su inteligencia amplia y no solo aquellas habilidades que sirven para producir bienes materiales.
Las Humanidades son las que dan forma a esas sociedades a través de las grandes ideas, que quedan anquilosadas precisamente porque se transmiten de forma repetitiva y no crítica.
Si no se modifican pronto estas carencias y separaciones absurdas y contraproducentes, corremos el riesgo que ya estamos atisbando en el horizonte: el peligro de millones de personas manipuladas porque carecen de la capacidad de conectar el conocimiento que reciben con la vida y con las ideas que configuran su cultura.
La palabra clave es precisamente la de "cultura" como un espacio semiótico en el que conviven las ideas y sus traducciones a textos. Como seres culturales vivimos inmersos en espacios de ideas, en mares de textos. Cercenar nuestra capacidad de comprendernos es muy peligroso y es lo que estamos haciendo al mutilarnos en nombre de un mal entendido pragmatismo que no hace sino ocultar una ignorancia despectiva y una incapacidad disfrazada de elitismo estético.


El artículo de The New York Times se cierra con una defensa para la mejor escritura de ese código informático tan necesario en su elegancia:

How much better is the view of another Silicon Valley figure, who argued that “technology alone is not enough — it’s technology married with liberal arts, married with the humanities, that yields us the result that makes our heart sing.”
His name? Steve Jobs.*

Hemos aceptado la idea de que cualquier persona debe crecer solo por una de sus partes, la más rentable. Es una forma de castración individual y de desastre colectivo que en un par de generaciones no hace percibir el pasado, más allá de unas décadas, como un espacio oscuro en el que ignoramos que están las raíces de nuestro presente.

Somos cada día más ignorantes, cada día comprendemos menos. El siguiente paso después de la especialización —que hace que cada uno piense desde una parcela distinta— es la reducción de los que deben pensar a unos pocos. Esos no tienen problema ninguno en diseñarle su currículum escolar desde cualquier teoría (poco científica, por cierto).
Gracias al hundimiento de las Humanidades, ante la sonrisa cómplice de los colegas de otros campos, la Ciencia se sustituye con la superstición, la Filosofía con la autoayuda, la espiritualidad con la secta, la Historia con la manipulación y el Arte con la bazofia destinada a alimentar el entretenimiento. 
No se hundirá una sola parte del edificio; se hundirá todo entre nubes de barbarie y ruido estruendoso de ignorancia presuntuosa.
El hormiguero está dispuesto.


* "To Write Better Code, Read Virginia Woolf" The New York Times 21/05/2016 http://www.nytimes.com/2016/05/22/opinion/sunday/to-write-software-read-novels.html?_r=0


jueves, 2 de enero de 2014

Un recorte (de periódico)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Por pura casualidad, al abrir un libro que llevaba tiempo abandonado en los estantes, me encuentro —como en la viejas películas— un recorte de periódico que atrae mi curiosidad. ¿Por qué guardé aquel trozo de papel?, algo que no suelo hacer habitualmente. No aparece la fecha porque solo guardé media página. 
Encuentro noticias que me sitúan en el tiempo: "¿...Obama con Clinton como 'número dos'?" , "...gol de Xavi da el triunfo ante EE UU", "La tarifa de la luz subirá en julio entre el 5 y el 6%", "Gran retraso en la justicia madrileña", "El regreso del grupo Tequila", "Fallece el actor Mel Ferrer". Ha quedado en esta parte de la hoja también un anuncio: "Entra en catalunyaesalgomas.com y descubre por qué aquí todo es algo más". 
La parte inferior de la hoja cortada me identifica el periódico: ADN, un diario gratuito. Eso quiere decir que lo mal corté a mano durante un viaje en tren y lo guardé en el libro que estaba leyendo entonces y ahora he abierto de nuevo: Martha C. Nussbaum, "El cultivo de la humanidad. Una reforma clásica de la educación liberal" (ed. Andrés Bello de España, Barcelona 2001).
Podría buscar la fecha, que se puede perfilar de forma general por los acontecimientos deportivos —ganaos a EE UU con gol de Xavi, eso no se repite— y los obituarios —solo morimos una vez, por lo general—. La política es algo más complicado: lo de Obama nos los sitúa en un espacio temporal más dudoso, más difícil precisar mientras que llego a la conclusión que ciertas cosas son intemporales: la lentitud de la justicia y las subidas de la luz. Lo de Cataluña también es intemporal.


Cuando doy la vuelta a la hoja —no creo que lo haya guardado por ninguna de esas noticias y no fui fan del grupo Tequila—, me encuentro con una noticia muy útil para saber la fecha: "Hoy hace... Robert Kennedy, tiroteado en L.A, ... 40 años". La noticia incluye una fotografía agónica del senador Kennedy, tiroteado, en el suelo. El texto me sitúa finalmente: fue un cinco de junio de 1968. Eso me sitúa en el ¡5 de junio de 2008!
Lo único que me queda por revisar en ese lado de la página es "La viñeta", firmada por Ernesto Rodera. No le presté atención inicial porque no es llamativa en sus gráficos, realizados sobre una fotografía probablemente que ha sido retocada y parece un autor firmando libros en una caseta. La viñeta lleva un texto poco llamativo y apretado que dice lo siguiente:

Si hace bueno la gente no
tiene problema en salir
y comprarse un libro.

Pero tiene que hacer
muy malo para que se
queden en casa y
se lo lean.


No hay duda. Lo guardé por la genialidad de la observación del texto. Es un ejemplo perfecto de contraposición irónica en su construcción retórica y deja al descubierto, por otro lado, la distancia entre los objetivos de la venta de libros y los de la cultura. No suelo guardar chistes de la prensa, pero esto es algo más que un "chiste", es una observación de la realidad en dos tiempos; es un chiste polifónicamente bajtiniano, el encuentro entre dos discursos distintos que se entrelazan en un movimiento doble de atracción y repulsión.

La viñeta recoge en su primera parte el discurso habitual de los libreros y editores cuando la Feria del Libro de Madrid se asienta en los jardines del Retiro. ¡Que no llueva, que haga buen tiempo!, suelen repetir los del gremio vendedor, porque si descargan los aguaceros típicos de Madrid por esas fechas, de mediados de junio a mediados de agosto, no hay Feria del Libro ni Sanfermines que resistan.
Tiene la viñeta algo de fatalismo cultural: los libreros necesitan del buen tiempo para vender libros y los autores necesitan, por contra, del aburrimiento producido por el mal tiempo para que los que se hicieron con las obras en la Feria se decidan a leerlo. Eso reconduce la cultura como "arte agrícola", es decir, hay que estar siempre mirando al cielo.
Lo cierto es que se han invertido los papeles y hasta el sentido. Antes, plenos de romanticismo y malditismo orgulloso, los autores proclamaban su desprecio por el público y su entrega incondicional al Arte. "¡El que quiera leerme, que sufra!", venían a decir, "¡Yo no desciendo ni condesciendo!". Pero todo aquello lo practican pocos hoy y son ambos gremios, el de vendedores y el de autores, los que ponen velas a los santos para que no aparezcan nubes en el horizonte. "¡Yo firmo y ayudo a vender!", dice el autor en su defensa. "Luego el lector es libre", insisten. Nadie va a negar la libertad del lector a no leer, por supuesto, aunque sin hacerlo sea un mero comprador de papel encuadernado.  Pero para algunos tener el libro en casa es el 80% de ser culto. Y decora. Libreros y editores levantan sus hombros diciendo "lo nuestro es vender; lo demás, de Educación y los padres".


El libro de Martha Nussbaum —a la que concedimos aquí en 2012 el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales— aboga por la necesidad democrática de la educación liberal, de hacer o formar ciudadanos —el "ciudadano" ¿nace o se hace?, nos podríamos preguntar— más allá de las vocaciones (estudiar solo lo que me gusta) y la profesión (estudiar solo lo que necesito para ganarme la vida) para adentrarse en la cultura de la democracia misma, es decir, en una cultura de la convivencia saludable como meta social. Para Nussbaum, estas cosas se consiguen a través del conocimiento de la Filosofía, del Derecho o la Ética, del conjunto de la Humanidades. Su finalidad no es conseguir una "nota", aprobar un examen, etc., sino convertirnos en algo que no somos por naturaleza: "ciudadanos" de la polis, valga la redundancia. Pero la "polis" deja de ser redil, precisamente porque está educada en la convivencia, es capaz de vivir junta y ser mejor cada día. No es otro el verdadero sentido de la educación, sacarnos de nosotros mismos e introducirnos en una gratificante vida en común.
Después de ir exponiendo lo importante que es la lectura de Sócrates y otras figuras clásicas a lo largo de trescientas páginas, escribe Nussbaum:

La gente que nunca ha aprendido a usar la razón y la imaginación para ingresar a un mundo más amplio capaz de acoger distintas culturas, grupos e ideas, se empobrece personal y políticamente, a pesar de lo exitoso que sea su preparación profesional. (332)*


Al igual que en la viñeta, hay que diferenciar entre comprar libros, leerlos y, más allá, entenderlos. Con la democracia ocurre igual: no basta con tener las instituciones, hay que "leerlas" y finalmente "entenderlas" para hacerlas productivas. Hoy que se debaten tanto las reformas educativas, me gustaría que se fuera algo más allá de pedir que brillara el sol o de que llueva para leer los libros abandonados en los estantes. Pero cada uno dice que hace lo suyo. Con poco resultado, por lo visto.
Pienso que le dimos el Premio a Nussbaum porque salió el sol, pero luego no la leímos o no nos importó lo que decía cuando llegó la lluvia. Y así sucesivamente.
Devuelvo cuidadosamente el recorte a las páginas del libro de donde salió después de haberse empapado estos años de ironía socrática. Al menos él le sacó provecho a Nussbaum.


* Martha C. Nussbaum (2001): El cultivo de la humanidad. Una reforma clásica de la educación liberal (ed. Andrés Bello de España, Barcelona.





domingo, 4 de noviembre de 2012

El fracaso de las Humanidades

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La cultura de las últimas décadas se ha transformado profundamente. Se han venido abajo su sentido y nuestras relaciones con ella. Las motivaciones para acceder a la Cultura se han modificado y eso nos afecta profundamente, aunque no seamos capaces de precisarlo. Ocurre con este tipo de transformaciones culturales que son como mareas que arrastran desde el fondo y son menos visibles en la superficie, que puede mostrarse engañosamente apacible.
La conversión de la cultura a las reglas de mercado ha pervertido el sentido último de la creación artística desde que a finales del siglo XVIII se abandonaran los presupuestos del neoclasicismo y el servicio de las artes a la nobleza. Desde que se produjo esta otra revolución estética, los artistas aspiraron a transformar el mundo con sus obras, pero sobre todo a cambiar nuestras mentes. Para ello el arte nos pide que mientras leemos un libro, vemos una pintura, asistamos a una obra teatral o un concierto, suspendamos nuestros prejuicios y supuestos sobre el mundo tal como lo vemos y pensamos, y adoptemos un nuevo punto de vista. Cuando concluye, podemos seguir con nuestra visión o podemos aceptar la nueva, en parte o total y radicalmente. Es nuestra decisión transformarnos o no; seguir o cambiar. El verdadero arte nos modifica.

En la segunda de las Cartas sobre la educación estética del hombre (1995), Friedrich Schiller escribía:

El curso de los acontecimientos ha dado al genio de la época una dirección que amenaza con alejarlo cada vez más del arte del ideal. Éste ha de abandonar la realidad y elevarse con honesta audacia por encima de las necesidades; porque el arte es hijo de la libertad y sólo ha de regirse por la necesidad del espíritu, no por meras exigencias materiales. Sin embargo, en los tiempos actuales imperan esas exigencias, que doblegan bajo su tiránico yugo a la humanidad envilecida. El provecho es el gran ídolo de nuestra época, al que se someten todas las fuerzas y rinden tributo todos los talentos. El mérito espiritual del arte carece de valor en esta burda balanza, y, privado de todo estímulo, el arte abandona el ruidoso mercado del siglo.*

Lejos de "abandonar el ruidoso mercado del siglo", el arte se fue escindiendo, adentrándose un parte considerable de él en ese mismo mercado, convirtiéndose en "mercancía artística". Lejos y aisladas quedaron las aspiraciones de un arte "ideal" que elevara a la persona de ese bajo nivel al que tendían a arrastrarle las fuerzas "envilecedoras" de lo cotidiano. El provecho sigue reinando. Carecemos de una verdadera cultura porque carecemos de valores en los que asentarla; su valor es el del mercado. Es lo que diferencia la "cultura" de la "moda cultural", basada en el cambio permanente.


Nuestro fracaso profundo en la enseñanza de las Humanidades, entre las que se incluirían las artes, la filosofía, la historia, etc., es por haber sido incapaces de enfrentarnos a su mensaje emancipador en beneficio del mercantilismo y el pragmatismo que caracterizan nuestra época. El fracaso no es que no se "enseñen", sino que tras su paso por el sistema educativo no han prendido en aquellos que las recibieron. No es el fracaso de las "humanidades", sino de su enseñanza.

Nada más vacío de sentido que la enseñanza de las Humanidades, convertidas en herramientas al servicio de distintas intenciones políticas o, por el contrario, abandonadas a su suerte. La pérdida de tejido cultural es asombrosa y afecta a todo aquello que da profundidad a la mente de la persona frente a la superficialidad del consumo o la especialización del trabajo.
La conversión de la Humanidades en "programas" han inducido a una forma perversa de acercamiento institucional que no produce sino alejamiento personal. Parece que la enseñanza de las Humanidades se sostuviera exclusivamente en la necesidad de dar empleo a las personas que el mismo sistema produce. No se cree en ellas más que como justificación de un número de puestos de trabajo.
La mayor parte de la responsabilidad de esta crisis profunda de sentido está en la profesionalización y programación de las Humanidades, que lejos de conservar la idea de unidad que les es consustancial a su idea del Hombre, se fragmentaron y separaron como reflejo de la misma especialización de los demás campos del conocimiento. La vocación de la cultura es siempre la extensión, el entrelazado de las líneas que componen la compresión interpretativa. Por el contrario, la concentración especializada carece de esa visión de conjunto capaz de construir representaciones globales, imágenes consistentes del mundo.
Por eso la Humanidades se han convertido en conocimiento si asimilación, sin conexión con el mundo que reflejan y el que las recibe. Lejos de convertirse en espacios de libertad, de desplazamiento cultural, se han transformado en colecciones de tópicos acuñados en manuales reduccionistas, estatismo puro e improductivo.


La Lengua se convirtió en Lingüística y la Literatura en escuelas, generaciones, géneros, estilos y otras simplificaciones reductoras que permitían hablar del conjunto sin tener que descender a la maravillosa unicidad que el auténtico arte busca para darnos su visión del mundo. El enfrentamiento con el arte es una lucha única, insustituible, incontable, puesto que no sirve de nada sin la experiencia estética propia. No experimentamos la belleza; nos cuentan que "algo es bello". No hay transformación, no hay experiencia.

El fracaso de este modelo es absoluto. La proliferación de resúmenes, esquemas, etc. sobre las lecturas no son más que la muestra de la incapacidad del sistema para producir personas capaces de "disfrutar" de la lectura u otras experiencias estéticas. Se trata de un disfrute profundo y no del mero entretenimiento de las personas, de un mero pasar el tiempo al que han quedado reducidas en el mejor de los casos. El disfrute estético es, por contra, liberador; es moral, no un mero ocuparse.
Diseñada la cultura como un campo industrial, los parámetros con los que se mide son las cifras de ventas y las longitudes de las colas para asistir a los eventos. Lo mismo ha ocurrido con el sistema educativo, que igualmente ha perdido la idea de una asimilación profunda de la aprehendido y se limita a la constatación de unos "objetivos" programados en un tiempo limitado.
Señalaba Tzvetan Todorov en su obra "La literatura en peligro":

La literatura puede desempeñar un papel esencial, pero para ello es preciso tomarla en ese sentido amplio y sólido que prevaleció en Europa hasta finales del siglo XIX y que está marginado en la actualidad, cuando lo que triunfa es una concepción absurdamente limitada. El lector corriente, que sigue buscando en las obras que lee algo con lo que dar sentido a su vida, tiene razón cuando se enfrenta a los profesores, críticos y escritores que le dicen que la literatura solo habla de sí misma o que solo enseña la desesperación. Si no tuviera razón, la lectura estaría condenada a desaparecer a corto plazo.
Como la filosofía, como las ciencias humanas, la literatura es pensamiento y conocimiento del mundo psicológico y social en el que vivimos. La realidad que la literatura aspira a entender es sencillamente (aunque al mismo tiempo nada hay más complejo) la experiencia humana. (84)**


La enseñanza de las Humanidades, necesariamente limitada en el tiempo, debe ser siempre un principio, el comienzo de un camino para el resto de la vida y no algo que se da en semestre o en un curso completo. Es, sobre todo, un trabajar sobre el deseo, un despertar a lo que espera al otro lado, más allá. Es hacer que surjan preguntas para pasar la vida rebuscando respuestas.
Hemos perdido el ideal ilustrado de la educación en beneficio de un ideal tecnificado. No vemos personas sino piezas de una maquinaria que debe ser entrenada para beneficio de terceros, de un sistema productivo o político. La educación basada en la persona es siempre una forma de liberación, como señaló el propio Kant, en quien Schiller se inspiró en sus cartas: una forma de salir de la minoría de edad. Eso era para Kant la Ilustración, emancipación, mayoría de edad intelectual.
No es esto lo que se busca hoy en la educación.

* Friedrich Schiller (1795): Cartas sobre la educación estética del hombre. http://es.scribd.com/doc/84759644/Friedrich-Schiller-Cartas-sobre-la-educacion-estetica-del-hombre
** Tzvetan Todorov (2009):  La literatura en peligro. Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, Barcelona.