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domingo, 27 de agosto de 2017

Integración

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Como ocurre tras cada atentado, se multiplican las expresiones de perplejidad y asombro; nos inundan las explicaciones con las que tratamos de acoger lo que ha ocurrido dentro de nuestros esquemas de normalidad sacudida. Aceptamos la muerte en escenarios lejanos con un "ellos sabrán por qué lo hacen", es decir, queda definido como un conflicto cuyas raíces no entendemos bien pero nos preocupa en términos humanitarios por sus consecuencias. Como explicaciones, también es sencillo. Cada uno elabora una versión local de su versión global de los desastres del mundo. Pero cuando la violencia estalla ante tus ojos, en la misma ciudad, en el mismo barrio, las cosas se complican.
Cuando esto ocurre se suceden las explicaciones. En estos días de dolor hemos escuchado muchos testimonios de personas sinceras que ha dicho lo que sentían. Afortunadamente, la gran mayoría de la sociedad española sabe diferenciar y es capaz de mostrar en la misma manifestación, en las mismas pancartas, el rechazo al terrorismo islamista y el rechazo de la islamofobia. Es un ejercicio de categorización importante para separar la violencia.
Hemos leído —y ha circulado ampliamente en medios y redes— la sentida carta de la asistente social que trató con la mayoría de ellos cuando eran niños. La mujer no daba crédito, en su sincero dolor, a que aquellos niños de los que ella se ocupó hubieran acabado siendo terroristas. En sus palabras se mostraba un sentimiento de fracaso personal e institucional, como si en algún momento de su vida ella hubiera tenido la clave que hubiera podido evitar aquella deriva.
Hemos leído las declaraciones, desde Marruecos, de los abuelos de uno de ellos con un mensaje muy claro: "mi nieto no se educó aquí". La excusa es buena, indudablemente. No resuelve nada, pero permite pasar la pelota al otro lado. Su nieto se educó aquí, sí, como lo hacen muchos otros que no hacen estas cosas. O como la hacen también, algunos que sí se educaron allí y que acabaron luchando en Siria, matando turistas en Túnez o en Egipto, decapitando personas en Libia.
Hoy leemos el sentido texto que la hermana de uno de los terroristas leyó en la manifestación de Barcelona. La culpa, esta vez, es la falta de integración, no sentirse catalán. Pero no es esa la cuestión para los que lo hacen en sus países de origen sin problema alguno de integración. No, no es la integración el problema.
En España (y por toda Europa) hay personas de muchas culturas diferentes, que no justifican con violencia terrorista su falta de integración, que son diferentes pero conviven en las ciudades. Puede que tampoco estén integrados y que reciben humillaciones injustamente, pero no les ha dado por preparar atentados en células, atropellos masivos o ir degollando mujeres por las calles. Muchas personas no se sienten a gusto y sencillamente actúan de otra forma.


La teoría de una existencia feliz, en la que el mundo se pliegue a nuestros deseos, que serán satisfechos es de una inmadurez que solo puede existir en las más absurdas y desconectadas utopías educativas y sociales. Si la frustración que el mundo nos produce cada día se tradujera en violencia, hace mucho tiempo que estaríamos borrados del planeta. Muchos grandes cuadros, esculturas, obras literarias... se han escrito con frustraciones.
Se habla mucho de la "integración". Se habla menos, en cambio, de las propias barreras a la integración. El imam de Ripoll tenía como función evitar precisamente la "integración". Su objetivo primordial, como el de otros que actúan en el mismo sentido, es evitar que se pueda sentir una simpatía hacia el otro lado, hacia el mundo de los infieles, de los ateos, un mundo para el que no hay más redención que el fuego. Él estaba allí para evitarlo, redirigiendo sus sentimientos hacia la frustración hasta transformarla en odio.
Individuos como el imam de Ripoll se acercan a ellos para erigirse en vigilantes de la ortodoxia. Son maestros en la manipulación, introduciéndose a través de las personas que encuentra un guía que le observa. Este fenómeno ha estado ocurriendo en muchas poblaciones tanto europeas como países árabes, en donde una comunidad tranquila se convierte de pronto en semillero de problemas.
Estos imanes pasan a convertirse en el centro de la comunidad. Saben quiénes son las víctimas propicias. Son muchas veces las propias familias las que les llaman para que se enfrenten con jóvenes díscolos sobre los que van perdiendo el control en la adolescencia.
Parten siempre de una división religiosa del mundo y de la superioridad de su fe, la única verdadera, con un mandato bien claro que ellos les explican. El mundo del ateísmo degenerado de Occidente, les afectará si no se previenen. Poco a poco se convencen que la verdadera familia es la religiosa, la comunidad que han ido creado alrededor del imam. Son un nido de resistencia y pureza que actuarán en una guerra empezada hace mucho tiempo y que acabará en la victoria de los soldados de Dios, que verán el paraíso. Integrarse es una traición; deben resistirse.


Aquí hemos tratado en abundancia las noticias sobre el cierre tradicionalista de sociedades como la egipcia o la turca, en las que la presión religiosa pasa a ser una constante. Hemos tratado el problema de los ateos y reformistas, considerados destructores de los países, traidores, etc. Las mujeres son peligrosas; tientan a los hombres y destruyen las familias y a los países si no las controlas, etc. Todo esto no se lo hemos escuchado al imam de Ripoll sino en sociedades que dicen luchar contra el terrorismo, pero no se abren a la pluralidad sino que se cierran para evitar precisamente el "contagio" occidental.
La polémica tunecina, egipcia, turca, etc. sobre el matrimonio de una mujer musulmana con un varón de otra (o ninguna) religión muestra el grado de "integración" posible cuando se elevan barreras legales y físicas para evitar el encuentro con los otros.
El diario El País explica:

Desde la psicología, los expertos en analizar la radicalización de quienes han crecido en sociedades democráticas y avanzadas señalan la idea de agravio, al tiempo que describen el viraje hacia el horror de estos niños como todos como un "proceso y no una condición personal o psicológica". "No vivían en la pobreza, estaban integrados y, sin embargo...", así arranca su análisis el psicólogo Javier Jiménez, miembro del grupo Rasgo Latente y siempre pendiente de "la investigación científica sobre terrorismo, que se origina tras el 11S". Hace 15 años. "El germen terrorista no es innato sino que las personas se radicalizan atendiendo a sus circunstancias del momento", apunta. Y con agravio, la psicología se refiere a la "percepción de la discriminación". La palabra adecuada es percepción y no vivencia porque sufrir discriminación no convierte, ipso facto, a nadie en yihadista. Jiménez pone un ejemplo: "Un colegio público donde no hay comida halal en el comedor pero sí se cambia el menú en Cuaresma". Es decir, el agravio que funciona como disparadero puede ser cualquier suceso, comentario o situación. A partir de esa presunta ofensa, vivida como una humillación, el sujeto "se acerca a grupos favorables o cómodos, donde puede suplir sus necesidades psicológicas". "La mayor parte de las personas se radicalizan en grupo", continúa Jiménez, "incluso entre parientes y hermanos, círculo del que resulta costoso salir y, al cabo, la persona no se da cuenta del proceso que está viviendo". La investigación más reciente al respecto, publicada 10 días antes de los atentados de Barcelona -es el primer estudio empírico sobre la ligazón entre la "marginación de los inmigrantes y el riesgo de ser radicalizados"- incide en la idea de que quienes se radicalizan tienen la sensación de no pertenecer a ningún sitio.*


No es descubrir nada nuevo ni la explicación completa del fenómeno. Casi todos los que han realizado matanzas en los institutos, etc. de los Estados Unidos sentían odio hacia el medio escolar que les había tratado mal. Los casos de empleados despedidos que atacan a sus empresas representan el mismo odio. Pero aquí el odio se amplía hacia una categoría más amplia, "occidente", "infieles", "cristianos", etc. al servicio de otros intereses. El atentado que preparaban era contra la Sagrada Familia, no contra la escuela de su pueblo. Iban contra un doble símbolo, de Cataluña y religioso. Apuntaban a lo más alto, no era una rabieta.
La diferencia es que es un odio redirigido, focalizado por quienes sí saben lo que quieren y cuál es su objetivo. Utilizan el rencor, la humillación, etc. que acumulamos para, en vez de ayudar a superarla (lo que haría cualquier persona normal), para hacerla estallar en la dirección adecuada. Se juega con el odio para canalizarlo. Las personas que se eligen no tienen desarrolladas defensas y no se les ayuda a hacerlo. Se les va dirigiendo hacia la muerte como acto final, grandioso, heroico, algo alternativo a la pobreza de sus vidas.
La semilla del odio se va depositando poco a poco. Creo haber contado en alguna ocasión mi experiencia de la lectura de un comentario de Facebook de una conocida árabe que escribió hace unos años su gran satisfacción después haber leído un libro sobre el paraíso de Al-Andalus, sobre Granada y sus jardines, etc. Apenas transcurridos unos minutos, ya se le había añadido un comentario (en español) recordándole que aquello fue maravilloso y que la situación de Andalucía hoy era similar a la de Palestina, un país ocupado que había que liberar. Era un simple comentario, pero es un goteo que acaba sembrando el odio. Te llega desde múltiples punto, de amigos, de familiares, de vecinos, de imanes, etc. Todos lo hacen por tu bien, para que comprendas cómo está el mundo.


Hoy, allí y aquí, gracias a las redes sociales, se vive en un entorno susurrante a veces, estridente otras en el que se va sembrando la semilla del odio. Muchos de los que están viviendo fuera de sus países comprueban el aislamiento en el momento en el que pueden acercarse más de la cuenta a aquellos que les han dicho que son peligrosos por su forma de ser, por su comida, por lo que ven, por cómo se visten, etc.
Es el papel de los radicalizadores (imanes o no) controlar las comunidades y evitar que se integren. Les fabrican una isla. La aspiración máxima es no perder la identidad religiosa (no hay otra, ya que todo está imbricado). Para los radicales, la integración es la trampa, la traición. Cualquier persona que se aleje un poco, será recriminada por las familias, la comunidad, cualquier grupo en el que se integre. Siempre habrá alguien.

2014

Conozco casos de personas que ocultan que son musulmanes no por temor a la discriminación por las personas que les rodean, sin por temor a ser controlados por la comunidad, en cuyo caso pasarán a ser vigilados y advertidos o amenazados en su caso. Aquí hemos escrito sobre algunos casos concretos de este tipo. El fenómeno ha ocurrido por Europa, allí donde hay comunidades amplias. Pronto llegan los vigilantes e implantan la vigilancia. Alemania ya se ha dado cuenta del problema a través de las insinuaciones de Erdogan.

No basta con hablar de la falta de integración o decir que no saben a qué mundo pertenecen. Eso tampoco justifica matar. Hay que comprender que estos procesos forman parte de otros más amplios, una radicalización general que estamos viendo que prospera en países donde se les deja crecer o se ampara y fomenta.
Hay que rechazar la islamofobia, sin duda. Es la energía negativa que necesitan los radicales para hacer su labor de captación del odio y la frustración. Estaría muy bien preocuparse por la integración si esta fuera el único problema. Lo que hay que investigar es qué fuerzas son las que se oponen a ella, que no tienen que ser necesariamente las del entorno en el que viven, en donde han tenido personas a su lado como la asistente social —que explicó su frustración— durante años.
A lo mejor donde hay que investigar y ser más contundentes con aquellos que siembran la discordia para mostrar que integrarse es una traición a Dios, a la familia, al islam en su conjunto. Ya ha habido varios casos en España en que estos individuos han resultado ser los más colaboradores con las autoridades, a las que aseguraban que ellos se encargaban del control de la comunidad. Y les funcionó.
La gran mayoría de los musulmanes no comparten los postulados radicales. Hemos visto cómo en Egipto se ha limitado a los predicadores oficiales. Lo malo es que los salen de sus países acaban buscando comunidades en las que asentarse en Europa. Por eso es esencial el papel de la comunidad, su colaboración en la detección antes de que hagan el mal.
Comparto lo dicho en entrevista en el diario El País por el experto en salafismo en Cataluña Lorenzo Vidino:

P. Eran chicos muy jóvenes y, al parecer, completamente integrados. ¿Es un estereotipo atribuir el radicalismo a problemas de integración?
R. Lo es. Es un error pensar que la integración es el antídoto de la radicalización. Resulta natural pensarlo, creer que alguien que se ha criado en una comunidad y que forma parte de la sociedad, que juega al fútbol, que habla catalán, etcétera, no se va a radicalizar. Pero la mayor parte de gente radicalizada en España y Europa está bien integrada. Es la paradoja. El 40% de los detenidos por vínculos con el ISIS en EE UU son conversos. No tiene que ver con la integración, sino más bien con un sentimiento personal de no pertenecer a la sociedad y en eso te encuentras blancos, afroamericanos, hispanos, judíos… Y en Europa, te encontrarás con yihadistas que viven en los márgenes de la sociedad, que no hablan el idioma, viven en malos barrios… Pero muchos están muy bien integrados. Una mala integración no ayuda, pero no es solo eso. Esa idea no se sostiene con los datos.
P. ¿Por qué cunde esa teoría?
R. Porque tiene sentido y, hasta cierto punto, nos hace sentir bien. Nos muestra algo que podemos hacer. Podemos trabajar en mejorar la integración, no es fácil, pero sí factible. Y, por supuesto, yo creo que hay que hacerlo, pero no es la solución.**


Las explicaciones dadas por Vidino son coherentes con la realidad. La ausencia de problemas es buena, pero no una garantía de que no lleguen de fuera y radicalicen una comunidad, que logren crear una célula.
La activa participación musulmana en las manifestaciones de Barcelona ha sido muy importante. Para ellos es esencial que se comprenda su distanciamiento de unas formas salafistas de entender la religión, apoyadas, financiadas por muchos amigos que les sostienen desde ciertos países. 
Es absurdo pensar que esto "no tiene nada que ver con la religión". Absurdo y un error, porque es la forma de evitar las reformas necesarias, que millones de musulmanes piden por todo el mundo, como veíamos hace unos días en la India, en Túnez. El "no en mi nombre" de muchos debe dar paso al enfrentamiento con las interpretaciones radicales, su condena constante. Sin miedo.
Lo hemos dicho muchas veces: la solución a la radicalización es abrir la vía de la reforma, liberalidad y convivencia. Y eso solo es posible si hay firmeza, constancia y claridad. No será fácil porque llevan una gran ventaja, pero es la determinación de muchas mujeres, de las personas comprometidas con causas de cambio, quienes deben modificar desde dentro lo que han hecho con su religión personas que solo buscan sembrar el odio. Eso significa abandonar el silencio y hacerse escuchar frente a los que han silenciado sus voces y se consideran incuestionables. Va siendo hora de dejarle solos.
No es realmente una guerra con Occidente; es un conflicto interno por el cambio, por los nuevos tiempos, por la modernidad y la Historia. 



* "El falso "eran niños como todos"" El Mundo 27/08/2017 http://www.elmundo.es/sociedad/2017/08/27/59a1b237ca4741ec788b45d5.html

jueves, 25 de diciembre de 2014

Viva la diferencia francesa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Repaso la última vez que me reí con ganas y encuentro que fue el fin de semana pasado en el estreno de la comedia francesa "Dios mío, ¿pero que te hemos hecho?" (Philippe de Chauveron 2014). Reírse está bien; escuchar además las risas de los que te rodean, ¡mejor todavía! Y los que me tocaron en el cine se rieron mucho. Nos éramos muchos, pero hicimos mucho ruido.
La comedia trata de un padre francés, republicano, gaullista, católico, con cuatro hijas. Las tres primeras se le han casado con un judío, un árabe y un chino. Ha pasado mucho tiempo desde que Stanley Kramer planteó el caso escandaloso del matrimonio interracial en "Adivina quién viene esta noche" (Guess Who's Coming to Dinner, 1967) en donde los Drayton —Spencer Tracy y Katherine Hepburn— eran puestos a prueba en su liberalismo por su hija, que les llevó a casa a su novio, Sidney Poitier, inequívocamente negro. Eran los años del "haz el amor y no la guerra" y mayo del 68 estaba en ciernes, ya una realidad en Berkeley, California.
La película es muy divertida, muy francesa, con gags ingeniosos. Juega con tópicos y estereotipos al principio para remontar la segunda parte en que todo se acelera. Tampoco es de extrañar, pues es de eso lo que trata. No es gran cine, pero si una entretenida comedia con diálogos ocurrentes y unos buenos actores llevando sobre sus espaldas el peso de representar la desesperación, pero también la unión familiar alcanzada tras las vicisitudes y vencer los prejuicios.


Y eso es importante porque se trata de eso, de representar a la familia francesa en los tiempos de Marine Le Pen. No se puede ver esta película, ni juzgarla, sin pensar que está hecha en la Francia que ha vuelto a la xenofobia y al racismo bajo el disfraz de un nacionalismo obsoleto, romántico y teatralizado. La Francia de Marine Le Pen es la de la pureza rubia de Marine y su familia. Ellas —solo mujeres y Papá Jean-Marie— son las nuevas Juanas de Arco, la santas de la intransigencia, del antieuropeísmo y de devoción por ese santo laico, ese "San Manuel Bueno, mártir", que es Vladimir Putin, el ex agente de la KGB homofóbico y visionario, que husmea el rastro de la Historia recuperando territorios.


Jean-Marie Le Pen ha tenido tres hijas y nueve nietas para la causa. Frente a esa perfecta familia francesa, la que aspira al Elíseo, se nos muestra esta otra, variada, colorista e imperfecta. Los que se matan en otros lugares del mundo, están obligados aquí a compartir mesa en cada celebración, a vencer sus respectivos prejuicios.
Lo verdaderamente importante de esta comedia no es que tenga más o menos gracia, sino que no les haya hecho ninguna a los seguidores de Le Pen, dominadores de la patria avinagrada. El gaullista católico y republicano protagonista, un notario de provincias, está a años luz de los lepenistas. Él se contenta con que alguna de sus hijas, una al menos, se llegue a casar con un católico para poder ir a una celebración como dios manda, qué tampoco es pedir demasiado. La película nos mostrará que siempre se obtiene lo que se pide pero de forma aproximada.


En la Francia que sus hijas quieren —múltiple, variada—, aunque cada uno tenga su religión, todos tienen los juzgados civiles para casarse, y La marsellesa para cantar al unísono. La Francia diferente está por encima de las diferencias. Ni para ti ni para mí; lo que quieran mis hijas, que son su debilidad, su amor y su futuro.
Hoy que muchos alemanes se lanzan a la calle a pedir que se vayan los inmigrantes, que Suiza echa el cierre y los británicos dicen que o se controla a los demás o ellos se van de Europa, y que esto se va repitiendo por muchos otros escenarios que han sustituido la Ilustración por las tinieblas raciales, una comedia convencional se convierte en una pieza suave de vanguardia militante, que no estética, por la tolerancia y la convivencia.


Los anglosajones la han llamado "Serial (bad) weddings" y los alemanes "Monsieur Claude und seine Töchter", que no le hacen justicia a la base de la comedia, resaltar esa especie de castigo divino que supone la situación para los frustrados padres. 
Tras la decisión de Sony de estrenar hoy, el día de Navidad, la película amenazada por Corea del Norte, es decir, por el dictador de la tercera generación, un ciudadano norteamericano preguntado decía que tenía dos motivos para ir a verla: uno, que creía que era muy divertida y, dos, por principios. Pues las dos razones valen también para esta comedia francesa contracorriente. Es divertida y es cuestión de principios en un mundo intransigente reírse un rato viendo la convivencia como un valor positivo.
Yo me divertí viéndola y —pequeña maldad— pensando en lo mal que le habría sentado a algunos. La película, dirigida por Philippe de Chauveron ha batido todos los récords de taquilla en Francia en 2014, con 12 millones de espectadores, superando el éxito de otra película, Intocable (2011).
¿Que es irreal? Pues sí, claro. Por eso es ficción y puede tener buenas intenciones. Pero yo preferiría que me invitaran a comer ellos que la real familia Le Pen en su perfección inmaculada.








sábado, 4 de agosto de 2012

Paternidades

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La muerte de un hijo siempre nos ha sido descrita como anti natural, algo que unos padres no están nunca preparados para asimilar. Lo natural, nos dicen, es que los hijos sobrevivan a los padres; vayan preparándose mentalmente para su desaparición en algún momento conforme avanza su edad. Los padres, en cambio, no están preparados para asimilar la pérdida de los hijos, que es siempre un choque terrible.
Si la muerte del hijo se produce por suicidio, con catorce años de edad, a las sensaciones de dolor se deben sumar muchas otras de frustración, de culpabilidad, de impotencia por haber sido incapaces de frenar su camino hacia la desesperación. Si el suicido ha sido, además por problemas en la escuela, todo el dolor anterior es fácil que se transforme en ira y se canalice hacia los que se considera responsables de esa muerte insufrible.
Ese es el caso del ciudadano alemán Rainer Klaus Reischeid*, profesor de farmacología en la Universidad de California, que se verá estos días en los tribunales en Estados Unidos. Su hijo, Claas Stubbe, de catorce años, se suicidó tras haber sido acusado de robo en la tienda de la escuela y haber sido sancionado a recoger la basura en el colegio. El adolescente se ahorcó poco después en un parque. Esto ocurrió en abril.


Rainer Reischeid fue detenido el 24 de julio después de haber realizado varios pequeños incendios en el parque en el que se ahorcó su hijo. Tras la detención —al ser sorprendido en su quinto incendio—, aparecieron varios escritos y correos en los que describía la matanza que tenía en mente realizar llevándose por delante a los que él consideraba responsables de la muerte de su hijo por acoso, al personal de la escuela y a los alumnos. Hablaba de causar doscientas muertes entre el alumnado y arrasar la escuela incendiándola. Finalmente se despedía de la familia —a la que había mandado de regreso a Alemania— pues tenía intención de suicidarse. Una auténtica orgía de sangre y sexo sádico, con fantasías de violaciones y degradaciones de las personas a las que pensaba eliminar responsabilizándolas de la muerte de su hijo. Con la pérdida de Claas Stubbe, su padre —un tranquilo profesor que nunca tuvo un arma— perdió la cordura y el mundo dejó de tener sentido para él.


Reischeid no ha llegado a cometer esos crímenes. Son el fruto de sus alucinaciones y fantasías errantes para evitar pensar en lo que ha perdido, a su hijo. Su detención probablemente haya sido un alivio para él al alejarle de la posibilidad de hacer lo que tenía en mente y del suicidio, que es lo más probable, cuando llegara al nivel intolerable de dolor. Eso ha señalado su defensa:

'You have to take into account the context in which these writings come. He's so emotionally distressed and now he's under the comingled influence of psychotropic drugs and alcohol and he's writing these things - not acting on them - just writing them down,' [Jacqueline] Goodman said. 'He's clearly not in his right mind. It's like writing in a diary.'
When police searched Reinscheid's car, they found a red folder containing a newly signed will and also discovered a power of attorney document on his computer that gave his wife control over his finances and children, according to a police report obtained by The Associated Press.*

En unos Estados Unidos todavía sacudidos por la matanza del cine en Aurora, el llevar al papel una matanza en una escuela se toma con mucha cautela. La psicosis creada lleva a extremar las precauciones para prevenir, por remota que sea la probabilidad, una nueva matanza. Rainer Reischeid será observado y atendido para evitar que sea un peligro para los demás y para él mismo. Es mucha ayuda lo que necesita para compensar el dolor y la rabia contra los que él considera responsables.

Pero no siempre la paternidad establece los mismos vínculos entre padres e hijos. En el  extremo opuesto, en el Reino Unido acaban de condenar a cadena perpetua a los padres de Shafilea Hamed, de diecisiete años, por asesinarla cruelmente en lo que se sospecha un "crimen de honor". En el Pakistán rural, de donde proceden, las tradiciones exigen que se acabe con los miembros que manchen el "honor" de la familia. A los padres no les tembló la mano al asfixiar a su hija con un bolsa de plástico alrededor del cuello delante del resto de sus hijos. Era una auténtica ejecución y debían contemplar lo que les ocurre a los que desafían las normas de la familia. No podemos ponernos en su mente, nos es imposible.
El diario El Mundo nos da cuenta de lo que el tribunal le ha dicho a esos padres:

"Ustedes se opusieron a que (Shafilea) vistiese ropa occidental y se opusieron a que tuviese contacto con chicos. Se la situó entre dos culturas, la cultura y modo de vida que ella veía a su alrededor y quería adoptar, y la cultura y modo de vida que ustedes querían imponerle", añadió el juez.
En su declaración al tribunal de Chester (norte de Inglaterra), la hermana de Shafilea, Alesha, de 23 años, dijo durante el proceso que sus padres la empujaron contra el sofá de la casa, le pusieron una bolsa de plástico en la boca y la mataron en presencia de sus otros hijos.**



Caso terrible que nos resulta de una crueldad intolerable. ¿Cómo puede haber tanta distancia entre la locura del padre de Claas Stubbe, que no puede soportar el suicidio de su hijo y siente la tentación de la matanza, y el crimen horrendo de los padres de Shafilea, que asesinan a su hija con sus propias manos ante el resto de la familia. ¿Cómo se puede entender de forma tan distinta algo que consideramos tan "natural" como la paternidad?
La expresión común "padres desnaturalizados" es errónea. Nada hay más "cultural" que el "amor" y especialmente el que se da en las familias. Se nos educa en nuestra forma de amar y sentir como se nos enseña a comer, vestir o apreciar la música.
En muchas partes del mundo las familias son todavía estructuras en las que todos están obligados a la obediencia ciega a personas y códigos. Más allá de la familia están la comunidad y el código. La comunidad es la encarnación del código y el código es la abstracción de la comunidad. Ante ellos, los individuos no existen y quien no lo entiende y se opone es eliminado.

Es lo que ocurrió en el caso de Shafilea. Su padre no veía en ella una "persona", sino un "lugar", una posición en un sistema de relaciones que establecía el tipo de sentimientos que podía mantener con ella y ella con él, el de la obediencia incondicional. Shafilea se negaba a ocupar ese espacio que la tradición le había señalado, el modelo repetido en su sociedad de procedencia. A ella le gustaba Justin Timberlake, tenía amigos, escribía poesía y quería ser abogada. Demasiado para sus padres. The Telegraph cuenta hoy cómo Shafilea bebío lejía cuando, con dieciséis años, fue llevada de visita a la aldea pakistaní de la familia y comentaron que le habían encontrado ya un marido, un hombre deseoso de casarse con una mujer con pasaporte británico. La familia dice que fue un accidente, que se equivocó de botella.***
La sentencia da cuenta del problema cultural y del conflicto entre lo que se lleva en la mente y lo que nos rodea. Shafilea veía su entorno como la oportunidad de ser ella misma o, al menos, ser de otra manera, mientras que sus padres veían esto como una aberración. Ante la negativa a compartir su modelo, fríamente, la eliminaron.
Dos jóvenes, de catorce y diecisiete años, han visto sus vidas truncadas. Él, Claas Stubbe, no pudo soportar la presión personal y social y se suicidó;  ella, Shafilea, fue víctima de una forma de pensar opresiva que no deja de funcionar en la distancia. Es difícil pensar en dos casos más extremos. Nos muestran que vivimos en un planeta, pero que existen muchos mundos y tiempos en él.

* 'I will make him cry and beg': Chilling emails of college professor who 'plotted to machine gun 200 students to avenge bullied son's suicide' Daily Mail 2/08/2012 http://www.dailymail.co.uk/news/article-2182448/UC-Irvine-professor-Rainer-Reinscheid-wrote-chilling-emails-detailing-plans-buy-machine-guns-shoot-dead-200-students.html
** "Cadena perpetua para un matrimonio que mató a su hija en un crimen de honor" El Mundo 3/08/2012 http://www.elmundo.es/elmundo/2012/08/03/internacional/1344005193.html
*** "The Pakistan village where Shafilea drank bleach to avoid an arranged marriage" The Telegraph 3/08/2012 http://www.telegraph.co.uk/news/uknews/crime/9449488/The-Pakistan-village-where-Shafilea-drank-bleach-to-avoid-an-arranged-marriage.html#




sábado, 5 de marzo de 2011

Merkel, Erdogan y la confusión de las lenguas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La visita del primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan, a Alemania ha hecho saltar algunos debates paralelos al de la entrada de Turquía como miembro de la Unión Europea. La principal cuestión que se ha planteado, la punta de iceberg, ha sido la integración de los turcos en la sociedad alemana y, en especial, un debate qué lengua deben aprender primero los inmigrantes turcos.

Lo malo de la política es que ya nada es sencillo y los debates se enmascaran para no afrontar el problema principal de fondo: las eternas negociaciones con Turquía para su ingreso. Turquía es miembro de pleno de derecho de muchas instituciones europeas desde hace décadas y eso se suele pasar por alto.

Cuando la cuestión turca se ha planteado, siempre ha habido algún padre europeo que salía extendiendo certificados. Así ocurrió con el más célebre de los casos, la manifestaciones del ex presidente de Francia y presidente de la comisión que redactó el proyecto de constitución europea, Valéry Giscard d’Estaign, en un artículo publicado por Le Figaro, en 2004. El artículo llevaba el significativo título “Vuelta a la razón” y fue reproducido por el diario El País el 12 de diciembre. El núcleo de la argumentación de Giscard fue:

La entrada de Turquía alteraría la naturaleza del proyecto europeo. […] En primer lugar, no podría ser un caso aislado. Ya hay países en cola a izquierda y a derecha. Seguramente, Marruecos tendría la tentación de seguir el ejemplo turco. El resultado podría ser un proceso de ampliación permanente, que desestabilizaría el funcionamiento del sistema europeo y anularía su sentido inicial.

En segundo lugar, Turquía tiene tanto peso, por tamaño y población (y tendrá aún más en el futuro), que se convertiría en el país más importante a la hora de tomar decisiones en la UE, con el consiguiente desequilibrio en una estructura que ya es muy frágil y está pensada para otros propósitos.*

A Giscard le preocupaba, sobre todo, el tamaño de Turquía. Solo hay un caso de población igual al turco, Alemania. Alegaba que, de ser miembro de derecho, su peso en el destino de Europa sería muy grande, sin garantía política alguna. Esto, entre otras cosas, crearía un problema en la construcción de la “identidad europea” y un freno al “patriotismo” comunitario. Giscard respetaba a Turquía, decía, pero no lo quería en Europa. Como todos sabemos, la constitución que apadrinó el ex presidente francés fue rechazada por los ciudadanos europeos, en especial los franceses, que votaron directamente “no”. Los españoles, que casi siempre sabemos lo que votamos, dijimos “si”.



En cualquier caso, el tema sobre el que han discutido Merkel y Erdogan para no tener que discutir sobre lo esencial, ha sido la cuestión de la integración “lingüística”. Angela Merkel, en octubre de 2010, había decretado el “fracaso absoluto del multiculturalismo”.«Nos hemos engañado a nosotros mismos. Dijimos: 'No se van a quedar, en algún momento se irán'. Pero esto no es así», señaló la canciller. «Cualquiera que no hable alemán, no es bienvenido». ¿Se refiere la canciller alemana a cualquiera, incluidos los ciudadanos comunitarios? ¿Va incluido en su invitación a los españoles cualificados que no encuentran trabajo en España? ¿Debemos aplicarlo a los miles de jubilados alemanes que viven en Baleares, Canarias o la Costa del Sol, por ejemplo? No lo creo.

En este contexto, la disputa entre Merkel y Erdogan tiene unos tintes diferentes. La polémica sobre qué idioma se debe aprender primero es una cuestión tonta, porque sabemos que no tiene nada que ver con la realidad. Lo preocupante es que ese típico argumento electoralista y populista, barriobajero, se ponga en boca del canciller de un país como Alemania. Cameron, el premier británico, suscribió inmediatamente el argumento. Para Cameron, los inmigrantes también son poco británicos, ¡lástima de Commonwealth!, literalmente “riqueza común”.

El argumento de considerar a la inmigración como programable y con una pérdida progresiva de su identidad no es ya sostenible porque revela que los principios que están detrás son meramente economicistas y pragmáticos. Es evidente que la primera lengua que aprenderá un niño turco en Berlín o en Estambul será el turco porque por eso hablamos de lengua materna. Es evidente que en cuanto salga a la calle aprenderá el de las personas que le rodean. Y ahí está la cuestión abierta: a lo mejor lo que rodea a ese niño o a ese joven turco cuando sale a la calle no es el ambiente más adecuado para practicar un idioma. A lo mejor no tiene muchos con los que hablar.

Cuando Merkel y Cameron hablan del fracaso del multiculturalismo deberían examinar qué tipo de políticas han seguido para que se diera ese fracaso. A lo mejor es más productivo, en vez de discutir qué idioma se debe hablar primero, discutir sobre cuál es la mejor forma de hablar.

* Valéry Giscard d’Estaign: “Vuelta a la razón”. El País 12/12/2004. Puede consultarse en La Factoría: http://www.lafactoriaweb.com/articulos/giscard25.htm#

** «Merkel: multiculturalismo en Alemania, un “fracaso total”» BBC, 16/10/2010 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2010/10/101016_angela_merkel_muticulturalismo_falla_alemania_med.shtml