Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
Cuando
he leído la noticia lo primero que me ha llegado a la mente es un viejo libro
de triste actualidad, "Leer Lolita en Teherán". En él se nos contaba
cómo las mujeres se tenían que esconder de los teócratas iranís que impedían
acceder a la enseñanza a las mujeres. Leer la novela de Vladimir Nabokov
simbolizaba la resistencia a los censores del régimen, por un lado, pero
también el cierre de un espacio. Sabemos que las mujeres de Irán siguen
resistiendo, que no han conseguido, pasado los años, acabar con su inquietud,
con su deseo de liberarse del yugo de la ignorancia con el que se pretende
controlarlas.
La
noticia me llegaba desde RTVE.es y esta vez es similar, la ocultación de las
mujeres en escuelas clandestinas para poder seguir adelante, lo mismo que
ocurrió en Teherán con las estudiantes que se escondían bajo sus velos para ir
a las casas en las que se impartían enseñanzas, en las que se leía Lolita como
alternativa al silencio y al encierro. La noticia nos cuenta la resistencia de
las mujeres afganas, además de en la calle, en las escuelas escondidas:
Marzia estaba a punto de
terminar la carrera de Farmacia en la Universidad de Kabul cuando
los talibanes anunciaron la prohibición del acceso de las mujeres a la
educación superior. A esta joven afgana, que vive junto a sus seis hermanas, su
hermano y su madre en la capital de Afganistán, tan solo le quedaban seis
meses para poder convertirse en farmacéutica, pero las autoridades
de Kabul decidieron arrebatarle este derecho.
Antes de vetar a las
mujeres el acceso a la universidad, los talibanes también prohibieron el acceso
de las niñas a la educación secundaria. Según la Organización de
Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO),
actualmente el 80% de las niñas y mujeres afganas en edad escolar
no recibe ningún tipo de educación.
Para lograr que
estas niñas y adolescentes puedan continuar con su derecho a ser educadas,
Marzia junto a otras 10 mujeres dan clase en una escuela
clandestina a alrededor de 1.500 chicas.
"Son chicas que
tienen entre 12 y 23 años. Estudiantes que no pueden ir a la escuela desde el
año pasado", explica en declaraciones a RTVE.es desde Kabul. "En
nuestra escuela estudian Informática, Lengua y también clases de inglés,
para que puedan comunicarse en otros países, ya que no pueden
continuar su educación dentro de Afganistán", detalla.*

Los talibanes son un anacronismo interesado, con muchos respaldos
en el mundo islámico, siempre en competencia por ver quién sigue más fielmente
los deseos del profeta. La competición por esta extraña virtud es el motor por
el que muchos regímenes autoritarios saben que no serán tocados mientras se
cumplan estas exigencias coránicas interpretadas con el rigor que vemos. Para
que todo se cumpla, hay que cerrar los países y, sobre todo, cerrar las mentes.
Las mujeres saben que el objetivo es reducirlas espacial y mentalmente hasta
quedar reducidas a una sombra sumisa, con finalidad de atender al varón, hacer
que se sienta esa copia del profeta llamada a la perfección. Pero no es fácil
encerrar el mundo ni las mentes, hay demasiadas puertas y ventanas, demasiadas
conexiones.
Leía en esto días la novela "Debo todo a tu
olvido" (Alianza 2010) de la argelina asentada en Francia Malika Mokkadem.
La novela apareció en francés en 2008 y contiene algunas precisiones sobre el
papel de la ignorancia como estrategia de los islamistas, como forma de hundir
a las mujeres para que no puedan emerger, salir a la luz:
En realidad, todo el país,
Argelia, encaja en el papel de Medea. Ella fomentó la violencia, los abusos de
poder con esa suerte de placer destructor. Quien ha asesinado a unos y exiliado
a otros incinera en hornos a recién nacidos y abandona a otros niños con
heridas insoportables. Sigue mutilándose al relegar a la mitad de su población,
a las mujeres, al rango de individuos de segunda clase en sus leyes. «¡Argelia
sólo saldrá adelante gracias a las mujeres!» Ese tópico, repetido en Francia y
en otras partes hasta la saciedad, exaspera a
Selma. Hace ya mucho tiempo,
Chija Rimitti, la gran dama del rai, cantaba con su sarcasmo habitual: «El bien
es mujer y el mal es mujer». Celebraba con un júbilo desatado, canalla, aquello
de lo que las mujeres siempre se avergonzaban: el sexo, el amor, la
embriaguez... Nunca el parir ni todo lo que puede provocar. ¿Cuántas tórridas
Rimitti harán falta para arrancar a las mujeres de sus arcaísmos? Y de sus
pesos muertos?
Selma podría responder a Rimitti
como a ese discurso políticamente correcto: Argelia sólo saldrá adelante cuando
sea un país laico y se dote de leyes igualitarias. Cuando acabe con el
oscurantismo. Cuando las escuelas de la república dejen de ser el lugar donde
se sumerge a los niños en las tinieblas.
¿Pero cómo creer que para acabar
con la parte oscura de los seres humanos bastaría con una democracia de verdad,
una enseñanza de calidad que desarrollara el espíritu crítico, las libertades y
la responsabilidad derivados de ella? Se han cometido aquí tantos actos de
violencia sin que nunca se haya impartido justicia... tantos traumas siempre
negados, siempre encubiertos...
¿Salen indemnes las
civilizaciones más importantes de la parte tenebrosa oculta en los seres
humanos? (75-76)
Las preguntas de la protagonista, Selma, la mujer que ha
podido desarrollarse fuera de Argelia, en Francia, se las hacen probablemente
muchas otras mujeres en diferentes partes del mundo islámico: ¿es suficiente
una democracia para cambiar esa parte oscura del ser humano que las ha
oprimido? ¿Esos "arcaísmos" dominantes en la sociedad construida como
una cárcel física y mental, pueden desaparecer?
Lo que sí resulta evidente es que las acciones posibles son
necesarias, es decir, hacer todo lo que se pueda hacer. El retroceso en muchos
de estos países lo hemos visto en Afganistán, donde tras años de ocupación, la
oscuridad regresó con toda la fuerza y violencia necesaria para encerrar de
nuevo a las mujeres en la oscuridad. La creación de esas escuelas clandestinas en
Afganistán son un síntoma del deseo de libertad, pero también un indicador del
conflicto y del enorme riesgo que asumen. Esas mujeres tienen en ellas las
semillas de la libertad, no se doblegan, pero la lucha es desigual. Los
talibanes, con el Corán en la mano, son implacables, no se detienen. Cada crimen
es para ellos un paso más hacia su sentido de la santidad, están más cerca del
paraíso.
Afortunadamente y por ahora, una parte de la población
prefiere ayudarlas:
Para evitar que las autoridades
de Kabul descubran este lugar, los vecinos de la zona ayudan a estas profesoras
y alumnas que desafían las normas impuestas por el régimen extremista islámico.
"Les hemos pedido que si viene alguien de los talibanes y les preguntan si
hay alguna escuela por aquí, digan que no", indica esta joven afgana.
"Si hay algún problema nos avisan para que cerremos las puertas de la
escuela ese mismo día o el siguiente", añade.
Pero además de la ayuda de los
vecinos, las propias alumnas deben cumplir una serie de normas para poder
mantener la escuela oculta de los talibanes. "Pedimos que si no confían en
alguien, no le cuenten que van a la escuela. Que digan que van a aprender a
coser, cualquier cosa excepto ir a la escuela", detalla la profesora.
Marzia se esfuerza cada día por
cuidar a sus alumnas y evitar ser descubierta. Sin embargo, afirma que "la
mayor parte del tiempo nos sentimos amenazadas". "Nos amenazan por
teléfono, a través de WhatsApp y Facebook. Nos envían cartas amenazantes
diciendo que estamos ayudando al enemigo", señala. Además, denuncia que
los talibanes también la han atacado directamente. "Me hicieron una herida
en la mano y en la cara cuando iba a la escuela", recalca.*
La herida son esas marcas que la identifican. Así será más
fácil encontrarlas y sacarlas de sus escondites. Es difícil entender el sentido
arcaico de todo esto; en comparación, que nos contaba la novelista argelina se
queda corto, pero el objetivo es el mismo, un mundo masculino en el que las
mujeres son solo sombras complacientes, sombras que se disuelven en la
oscuridad de la que se habla en la novela de Malika Makkedem.
Todavía no se ha comprendido el efecto terrible de la apresurada
retirada occidental de Afganistán. Solo ahora, a la vista de lo que ocurre,
podemos empezar a comprender la desesperación de los que se agarraban a un tren
de aterrizaje para intentar huir del país. La muerte era preferible a lo que
estaba por llegar. Solo ahora comprendemos la acumulación de errores e
intereses que mantuvieron a una clase dirigente cobarde al frente de un país
mientras tenían tropas extranjeras en sus territorios, los que abandonaron
rápidamente en cuanto tuvieron ocasión. Solo unos pocos resistieron en algunas
zonas.
¡Qué razón tenían aquellas
mujeres que denunciaron que el gobierno afgano estaba negociando con los
talibanes el destino de las mujeres, con sus derechos! Muchas quedaron en ruta
hacia su independencia, su autonomía, algo que los talibanes no pueden aceptar
como sistema retrógrado que son, como forma retrógrada y autoritaria de ver el
mundo.
En el Día Internacional de la Educación es justo dedicar
este texto a aquellas —entre muchas— que padecen por querer alcanzar una
educación que las libere. Un país que prohíbe estudiar a sus mujeres, que las encierra, que les impide acceder a libros y escuelas... es solo un tipo de cárcel; no es un país ni debe reconocerse como tal, tengan lo que tengan bajo el suelo o en el cielo. Nada justifica este terror.
Los que desperdician o desprecian la educación deberían mirar hacia otros lugares donde abrir un libro puede significar la vida o la muerte.
* Laura Gómez Díaz "La mujer que desafía el veto
talibán con clases clandestinas: "Temo por mi vida, pero irme sería la
última solución" " RTVE.es 24/01/2023
https://www.rtve.es/noticias/20230124/mujer-desafia-veto-taliban-clases-clandestinas-afganistan/2416674.shtml