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miércoles, 20 de enero de 2021

Los indultos y el futuro

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)




La noticia está en todos los medios: Trump ha indultado a Steve Bannon. La CNN le dedica un enorme frontal en el mismo día que, dentro de unas horas, Biden entrará en la presidencia. Ha aguardado hasta el último minuto para evitar lo que difícilmente podrá evitar. Sobre el papel, la posibilidad de "indultarse" a sí mismo, curiosa e ilustrativa paradoja que culmina, como guinda infame, un pastel amasado con desvergüenzas, mentiras y delitos encargados a los amigos que reciben ahora su recompensa en forma de indulto.

Pero creo que esta es la mitad del asunto. Evidentemente, Trump no puede estar en la calle, protegido por su condición presidencial, y estar sus colaboradores directos —sicarios y estrategas— en la cárcel. Eso supondría un peligro constante para él por lo que pudieran declarar o aclarar, dada la peculiar flexibilidad negociadora del sistema judicial norteamericano.



Teniendo en cuenta el peculiar sentido de la "lealtad" (el mismo de los mafiosos) que Trump exige, el paso por la cárcel es visto como una demostración de fidelidad al jefe, algo que Trump necesitará para su proyecto de futuro, que puede ser modelado desde este tipo de detalles.

Son muchos los que se preguntan por el "futuro" de Trump. En el concepto se incluye, como marco, el futuro de la vida política norteamericana de los próximos cuatro años, el del partido republicano y el de la convivencia social.

El escenario de un Trump callado no es factible porque va contra su propia naturaleza. Ya no es solo el ego, sino su —declarado públicamente— sentido de la venganza. Esto forma parte de su visión de la vida y del poder. Mata a tu oponente, no dejes atrás nada que se vuelva contra ti y persigue hasta el infinito a tus enemigos, como se suele decir, que no puedan dormir tranquilos. Otras personas se tomarían un tiempo después de pasar por la presidencia. Trump no.

Él no es un "presidente saliente"; es un monarca exiliado, que necesita su corte en el exilio planificando la restauración de su reino. Lo que hemos visto durante el mandato de Donald Trump es más que suficiente para intentar especular sobre lo que será el día siguiente a su salida y el resto hasta llegar a las siguientes elecciones.



La principal estrategia de Trump hacia el futuro será no perder el capital que suponen 73 millones de votos, una enorme cifra, que ha necesitado de un enorme esfuerzo demócrata para poder superarlo. Desde esta perspectiva, el objetivo de Trump no puede ser otro que el desprestigio de Biden, presentar sus acciones como "anti americanas", una entrega a las aspiraciones de China, traición al "MAGA", etc. Si Biden, ha anunciado procesos de regulación de los inmigrantes, el último acto de Trump es ante el muro construido en Texas, presentado como una defensa frente a la "invasores", delincuentes (los "bad hombres") que llegan del sur. Lo mismo irá ocurriendo con todos los pasos que dé Biden: relaciones con Europa, cambio climático, políticas en Oriente medio, etc.

Para poder hacer esto, Trump tiene un obstáculo que pronto se verá si es capaz de saltar: el partido Republicano. Si Trump se autoproclama como candidato a las próximas elecciones, el partido tendrá que decir algo. Debilitado por la pérdida de las dos cámaras, se enfrenta a una situación compleja: quedar marginado como oposición si se opone a Trump y a sus tácticas mediáticas del contacto directo con sus seguidores, por un lado, o convertirse en una mera empresa del grupo Trump, cuya función es aplaudir al viejo monarca depuesto, soñando con un regreso. Quizá en esta decisión este realmente el futuro.

La cuestión está en la capacidad del partido republicano en distanciarse de lo que será el trumpismo reconociéndolo como una aberración autoritaria respaldada por los grupos extremistas. Por eso Trump necesita recuperar a Bannon, a Flynn y a otros halcones que le sirven de enlace, estrategas del populismo nacionalista a la americana y exportadores de turbulencias.




Con unos Estados Unidos tomado por las fuerzas de la Guardia Nacional, con las fuerzas de Inteligencia intentando rastrear los infiltrados (o reclutados) en sus propios cuerpos, sin poderse fiar demasiado de un simple guardia que se pone en una puerta, el riesgo de que esto se vuelva una "normalidad", un país más allá de la división política, bajo riesgo de altercados como el del asalto al Capitolio, la situación próxima no va a ser fácil.

Creo que todo el mundo es consciente que ante esto, una situación actual que algunos analistas compara con la división de la Guerra de Secesión, las bunas palabras de Biden se van a quedar en eso. Los intentos de revertir lo hecho por Trump serán interpretados, como hemos señalado, como debilidades y traiciones. Pueden ser eficaces y justas en un nivel, pero desde el punto de vista de su percepción, el trumpismo mediático lo presentará como fracasos.

Trump necesita sus aparatos de propaganda propios, tanto en redes como otros que cubran el hueco —si se echan para atrás— de la FoxNews. La fórmula de contacto directo (sus tuits) y amplificación mediática (FoxNews y medios afines) le ha funcionado e intentará repetirla, aunque sea con agentes nuevos. Necesita también del gabinete estratégico, el grupo de fieles que está sacando de la cárcel a golpe de indultos.



El partido republicano tiene una vez más la palabra y el destino en sus manos. Tendrá que decidir si defiende el sistema democrático norteamericano y se opone a Trump, tanto por el asalto al congreso como por su intento de controlarlo, o si, por el contrario, planta cara a Trump, aunque pierda las próximas elecciones de dentro de cuatro años. Para esta última opción, necesitará reconstruirse en lo personal, lo moral y lo ideológico, librándose de la vieja guardia que se puso al servicio de Trump y le libró de un primer impeachment a sabiendas de sus manejos, por lo que perdió el sentido de la moralidad política.

Por eso, este segundo impeachment es decisivo, de lo que ocurra en él depende el futuro, sobre todo el de Trump, menos el del trumpismo, que agrupará filas con él y en el que, si es eliminado, se abrirá una lucha feroz por gestionar esa masa del MAGA, que muchos se resisten a desperdiciar. Ya hay candidatos, como el oscuro Mike Pompeo, un hombre salido del Ejército, forjado en el mundo de los intereses empresariales, pasado por la jefatura de la CIA y, finalmente, Secretario de Estado. Todo junto nos da un perfil especial, del que Pompeo ha sabido ocultar los elementos oscuros (la financiación de sus donantes), crearse su propia línea de intereses en la sombra de Trump. Pero puede que no sea el único, con algunos republicanos más trumpistas que Trump, que se lanzarán pronto a la conquista si Trump es inhabilitado o algo peor.



El entierro político de Trump nos dejará un Trump zombi, sin otro fin que la destrucción y, quizá, colocar peones que pueda controlar. Al menos lo intentará; lo del segundo plano no va con él.

En apenas unas horas, Joe Biden jurará su cargo como presidente. Lo que ocurra desde ese momento marcará el futuro por mucho tiempo. Con la imagen de los Estados Unidos perjudicada, con el liderazgo de China, con los puntos de fricción alentados o creados por Trump, Biden cuenta con una importante baza en el exterior: la práctica totalidad del apoyo mundial para olvidar a Trump. Con la excepción de algunos dictadores y de algunos aspirantes a serlo, el mundo suspira por todos, por un respiro y poder reconstruir relaciones, volver a tratados comunes, poder simplemente hablar para hacer algo mejor. A su pesar, Trump nos ha enseñado algo importante a todos: lo desastroso de su persona y de los efectos de lo que representa en la presidencia de un país como los Estados Unidos. Esto debería ser un aviso para los políticos democráticos de todo el mundo, pues la amenaza populista es global y cada vez más coordinada, algo a lo que ha contribuido el propio Steve Bannon, hoy mismo indultado.

El indulto de un delincuente (Bannon ha sido condenado por estafar dinero a los donantes republicanos) es el pistoletazo de salida de la carrera del mismo Trump con distinto pellejo, pero que sigue siendo el mismo. Los indultos han seguido la misma tónica que "su reinado", una línea absolutista, del poder sin justificación y personal, algo a lo que le va a costar renunciar. Los indultos son un último insulto, un desprecio al orden, a la justicia y a la moralidad. Es decir, puro Trump; hacer lo que se puede y no lo que se debe.



jueves, 31 de enero de 2013

El precedente tonto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En este país de ciegos, en el que todo se mira con lupa, surgen a veces extraños razonamientos más allá de los razonable. Puesto que se trata de debatirlo todo, desde el modelo de Estado hasta la chapucera y bienintencionada restauración de un olvidado Cristo deteriorado en un pueblecito perdido, le toca ahora a esa figura excepcional y por ello siempre sujeta a revisión y discusión que son los indultos. Si los indultos no fueran discutibles, no serían indultos. Pero, dentro de esto, hay muchas consideraciones que se pueden y deben hacer. El indulto mejora la justicia, no la pisotea, introduce variables que la Justicia no ha tenido en cuenta, pero que están en la sociedad, por ejemplo, la diferente visión social que pudiera haber de un delito con el paso del tiempo. Y muchas otras, pero desde luego, no se puede indultar a nadie con un delito que la sociedad en su totalidad condena.
Me ha llamado la atención la defensa que el ministro Ruiz-Gallardón ha hecho del llamado "kamikaze" de la carretera ante los que le reclamaban y discutían. Cuando se ha visto interpelado por la oposición el ministro indultante les ha dicho:

“Ustedes marcaron la pauta. ¿Por qué no quieren que los demás hagan lo que ustedes hicieron?”. Se ha producido entonces un silencio absoluto para escuchar a qué se refería Alberto Ruiz-Gallardón. El titular de Justicia ha encontrado coincidencias entre este caso y otro ocurrido en septiembre de 2011 y que terminó con la concesión de un indulto por parte del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. “Dos delitos por seguridad vial, con penas de 12 y 13 años, conducción kamikaze con resultado de muerte, y en las dos alegaciones para solicitar el indulto se argumentó que tenían epilepsia”. El ministro ha confesado que tuvo “dudas”, pero el precedente en tiempos del Gobierno socialista, más la buena conducta del penado, plenamente “reintegrado social y laboralmente”, el hecho de que no conducía bajo los efectos del alcohol y la existencia de epilepsia, determinaron al ministro a conceder el indulto, según ha explicado.*


Debo reconocer que la reportera Anabel Díez —que aparece en el texto calificada correctamente como "corresponsal política", pues realmente se trata de otro "planeta"— ha logrado transmitirme, como en una epifanía, la esencia de la situación a través de ese "silencio absoluto" que nos introduce con su frase. Esa inserción del silencio, penetrando como un cuchillo en las mentes magras de sus señorías, seccionando sus cuerdas vocales, estimulando las neuronas responsables de la "memoria histórica" particular, paralizando sus músculos por la tensión, sí, todo ello ha logrado decirme más que toda la habitual palabrería. Ese "¿a qué se refiere este, a ver por dónde nos sale?" resonando en las cabezas de sus señorías, de una y otra bancada, es revelador. Teatral, pero revelador. Se hizo el silencio.


La descripción posterior de cómo el "titular de Justicia ha encontrado coincidencias entre este caso y otro ocurrido en septiembre de 2011" no remite de un salto a lo mejor de la películas sobre crímenes en serie. Ruiz-Gallardón no ha encontrado "pautas" en los delitos, sino en los indultos. Lo de la confesión de las "dudas", disipadas por el precedente socialista en los indultos a "kamikazes", nos remite a un tercer género, el de la comedia, al "burlador burlado", al "os he pillado". La mejor defensa es un buen ataque. Aunque la defensa sea una ofensa.
A nadie le ha gustado ni nadie ha entendido que uno de los delitos más absurdos e irresponsables que se cometen, el de la conducción en sentido contrario, con resultado de muerte de personas que circulaban como debían, se salde con un indulto tras solo diez meses de estancia en la cárcel. A nadie.


Los indultos no deben ser una enmienda de la justicia, sino la consideración de elementos que con posterioridad justifiquen la salida de la cárcel y el perdón de la pena. Se perdona la pena, no el delito. Invocando el precedente en el indulto, Ruiz-Gallardón ha creado una pauta para los indultos. La justificación de que el indulto se concede por "similitud" con el caso del indulto socialista puede ser una hábil maniobra por sorpresa para desarmar a la oposición que le interpela, pero no deja de ser un despropósito jurídico y ético, un mal precedente. Es una decisión que no hace avanzar la justicia sino que la degrada. Convierte la arbitrariedad en norma. Ni hubo justificación entonces ni la hay ahora. Ni fue bueno aquel, ni lo es este.
Si lo que ha hecho el Ministro está mal, está mal. El hecho de que el gobierno de Rodríguez Zapatero lo hiciera mal, no justifica que ahora se haga, y menos todavía si levanta las sospechas sobre las causas posibles del concedido indulto. Si la justificación para realizar actos, tomar decisiones, etc., es que el gobierno anterior hizo lo mismo, estamos todos apañados.

Es esa extraña doblez de los políticos que piden ser elegidos para no hacer lo que han hecho sus antecesores, pero luego se disculpan diciendo que se limitan a hacer lo que ellos hicieron antes. Según el momento, la defensa se basa en uno u otro argumento, con el mismo desparpajo, con la misma soltura.
El argumento del precedente en el indulto es malo. Nadie entiende este indulto. La epilepsia esgrimida para los indultos no fue impedimento para que se lanzaran con sus coches en dirección contraria mientras disfrutaban viendo el terror en los ojos de las personas que tenían a sus familias esperando en sus casas. Los "kamikazes" de la carretera son unos delincuentes muy especiales, con un componente de sadismo, desprecio y arrogancia que difícilmente se puede "corregir" con diez meses de cárcel. La única justificación es que les "divierte" hacerlo. Es un delito que repugna especialmente por lo que tiene de desprecio por la vida humana, no solo por la propia. Solo una enfermedad terminal podría justificar un indulto que los saque de la cárcel. Desde luego, no la epilepsia.


Invocando el recuerdo del precedente tonto del otro "kamikaze" indultado, del que acabó con otra vida en su juego absurdo y criminal, lo único que ha hecho el ministro es mostrar y demostrar que le importa más la política que la justicia, acallar a la oposición que actuar rectamente. Espero que todas aquellas personas tentadas a conducir en dirección contraria no saquen la conclusión de que la epilepsia es buena y ofrece impunidad.
La familia de la víctima, la vida cortada por la diversión del "kamikaze", la de un joven de veinticinco años, tiene razón. No es más que una burla. Desgraciadamente, para la injusticia siempre hay precedentes. Otro más.

* "Gallardón justifica el perdón al kamikaze por motivos de salud" El País 30/01/2012 http://politica.elpais.com/politica/2013/01/30/actualidad/1359545980_482200.html