Joaquín Mª
Aguirre (UCM)
Hay muchas
maneras de informar sobre la pandemia. Un año de inundación mediática,
de un flujo constante de información en unos medios que mayoritariamente
desestiman la información científica, que tienden a buscar el lado atractivo o
espectacular de las "noticias". Hay que separar los "hechos",
lo que ocurre, de lo que se recoge conforme a diferentes criterios de
valoración o filtrado, que se convierten finalmente en "noticias".
Uno de los efectos múltiples de la pandemia es dejar al
descubierto nuestra escasa preparación para comprender los aspectos más
técnicos o científicos. Las últimas crisis económicas nos han convertido en
alumnos de un seminario permanente sobre Economía, un curso acelerado que
debíamos realizar para acabar entendiendo lo que se trataba de reflejar en unas
secciones especializadas que solo leían previamente algunos interesados.
La pandemia del COVID-19 está teniendo unos efectos similares
sobre determinados campos. Primero nos tuvieron que enseñar a distinguir
"virus" de "coronavirus"; después aprendimos sobre las
formas de lavarnos las manos para mayor eficacia; nos han mostrados las
diferencias entre los diversos test para detectarlo...
Pero la idea más complicada es la idea misma de
"ciencia", de "investigación", de "experimentos"
y cómo interpretar los resultados, de lo que significa realmente la información
que nos llega.
Hace unos cuantos años recuerdo que la definición del
"periodista" que daban algunos compañeros de áreas experimentales venía a
decir, con cierto desprecio, que el "periodista era alguien a quien le
explicabas las cosas y luego contaba lo que le daba la gana". Hoy muchos
se esmeran por intentar romper esa brecha comunicativa de formas muy
diferentes. Hay cursos especializados en "Comunicación de la Ciencia"
y hay muchos periodistas que se han especializado en este campo, de la misma
manera que gente que trabaja en el mundo de la investigación científica abre
sus blogs para salir al mundo exterior. El mundo de la Ciencia ha comprendido
la importancia de la comunicación por muchos motivos, incluidos los económicos.
Ahora ha llegado el momento de que nos expliquen algo sobre
las vacunas y su funcionamiento, un momento importante porque se están
generando malentendidos, como ha ocurrido en muchos momentos anteriores de este
proceso.
A diferencia de otros casos en los que la comunidad
científica interviene puntualmente para explicar hechos concretos, a lo que
asistimos a un proceso, una serie de momentos cambiantes en el tiempo, con dos
escenarios, el de la cifras de la realidad y el del mundo paralelo de la
carrera por comprender ante qué estamos. Ponerle nombre al virus es un acto de
apropiación simbólica, pero no se frena por ello su acción. Pero el proceso
comienza con la identificación, con separarlo diferencialmente de otros para
saber ante qué nos encontramos. Pero, caprichoso, el coronavirus muta y ahora
hablamos de "cepas", de "variantes", etc. que son formas de
comprender que la naturaleza es dinámica, cambiante y que nuestros intentos de
encerrar en nombres y conceptos no siempre fructifican. ¿Lo entiende la gente?

De vez en cuando me viene a la mente la frase de una amiga
periodista, una frase en una conversación de WhatsApp: "la Ciencia nos ha
fallado". Revelaba el hundimiento de la imagen estereotipada de la Ciencia,
de su funcionamiento y de otras cuestiones que han funcionado como
estereotipos. No creo que la Ciencia nos haya fallado; la Ciencia siempre hace
lo que puede o, para ser más precisos, los científicos.
Hace unos minutos, escuchaba e la televisión a unos cuantos
científicos españoles que trabajan como pueden, con las condiciones que les
dejan y con el personal y la financiación que les llevan. Les preguntaban por
las vacunas españolas en marcha, que las hay, pero con tal pobreza de medios
que resultaba patético enfrentarse a una realidad a la que no estamos
acostumbrados a ver, entre otras cosas, porque no se nos enseña, es decir, no
importa habitualmente a los medios. Nos contaban que tienen que pedir 60
ratones para sus experimentos, que les cuestan 2.000 euros los que compran en
la costa este de los Estados Unidos, pero que si allí no hay, el precio se
duplica, 4.000 euros por los 60 ratones. La cosa se complica mucho más cuando
tienen que dar el salto a la siguiente fase, que se realiza con macacos. Contaban
el dinero que recibían para los estudios sobre las vacunas y lo comparaban con
lo que reciben las farmacéuticas que están ahora en boca de todos. Donde los
demás tenían cientos de personas trabajando, ellos eran seis, supongo que
incluyendo algún que otro becario. Si lograran una vacuna, finalmente, habría
serios problemas para producirla aquí. Sin embargo, las investigaciones españolas captan el interés exterior, por hacerse con esos trabajos. Lo hacen con poco dinero, se aprovechan si es bueno y eliminan competencia. Si no conduce a ningún sitio, se lo han ahorrado.

Ahora se ha desplazado todo el interés hacia las vacunas.
Los políticos, los economistas, etc. las incluyen en sus cálculos y previsiones
de futuro. Pero, de nuevo, corremos el riesgo de leer lo que queremos ver y no
lo que necesitamos saber realmente sobre la cuestión de las vacunas.
Ayer hablábamos aquí de la "guerra" de las
vacunas. Pero ahora llega un momento difícil, el de que la gente entienda qué
son las vacunas y qué suponen para el comportamiento del coronavirus y, por
tanto, para nuestra propia conducta, para nuestras relaciones. Mencionamos ayer
la pregunta en la CNN, ¿cuándo estaré inmunizado, cuándo podré viajar? Hay el
sentimiento de que una vez vacunados el mundo se transforma en seguro —una
palabra que ha crecido en presencia y en ambigüedad simultáneamente— y nosotros
en invulnerables. Los medios juegan constantemente con esta idea porque atrae por
la necesidad de luz en el túnel que vivimos. Pero si no se ajusta la realidad a
las expectativas corremos el riesgo de una desinformación peligrosa.

En la BBC se nos ofrece una información extensa sobre las
vacunas. Creo que no es casual, Reino Unidos es ahora mismo el país que más
vacunas ha puesto y se enfrenta al hecho de que nuestra forma de interpretar la
vacunación provoque nuevos problemas. El artículo lo firma Zaria Gorvett y
lleva un titular muy directo al problema, sin rodeos, "Can you still
transmit Covid-19 after vaccination?". La respuesta a esta pregunta es
fundamental para establecer el comportamiento de los vacunados. Tras la pregunta, resaltada, una
afirmación: "There's no evidence that any of the current Covid-19 vaccines
can completely stop people from being infected – and this has implications for
our prospects of achieving herd immunity."
Zaria Gorvett, tras contarnos un caso ocurrido en 2009 en
Estados Unidos, en el que un niño británico de 11 años, perteneciente a un
grupo religioso judío, acudió a un curso intensivo junto a otros niños sobre el
talmud. Las lecturas talmúdicas debían hacerse por parejas, frente a frente,
leyendo y comentando. Cuando el curso terminó regresaron a sus hogares, como
dice la autora del texto, con un compañero inesperado, el virus de las paperas.
La consecuencia fueron más de tres mil contagiados. El niño que había llevado estaba
vacunado contra las paperas y tuvo síntomas leves y las transmitió a los otros
niños de la colonia de estudio y estos la llevaron a sus casas. Explica la autora algo que no nos
gustará escuchar: "[...] most vaccines don't fully protect against
infection, even if they can block symptoms from appearing. As a result,
vaccinated people can unknowingly carry and spread pathogens. Occasionally,
they can even start epidemics."*
¿Suficientemente inquietante? Pues sí, sobre todo si el
proceso de vacunación se ralentiza y empezamos a tener un pequeño grupo
vacunado circulando libremente frente a otro que se vacuna muy lentamente. Y no
basta con pedir prudencia, hay que explicarlo.
La BBC lo hace en este artículo:
There are two main types of immunity you can
achieve with vaccines. One is so-called "effective" immunity, which
can prevent a pathogen from causing serious disease, but can't stop it from
entering the body or making more copies of itself. The other is "sterilising
immunity", which can thwart infections entirely, and even prevent
asymptomatic cases. The latter is the aspiration of all vaccine research, but
surprisingly rarely achieved.*

La gente tiene en mente el segundo tipo de inmunidad, el "esterilizante",
frente al más frecuente, que es el modelo "efectivo". Y esto es
peligroso. El hecho de que la vacuna pueda protegernos a nosotros al generar
anticuerpos, pero que podamos seguir siendo portadores del virus debería quedar
suficientemente claro para evitar que los comportamientos del que se cree
inmune causen más problemas entre aquellos que todavía no lo son. De ahí la
idea de alcanzar un grado de inmunidad colectiva que haga que aunque seamos
portadores, los otros están también protegidos.
Hoy mismo, se nos cuenta la eficacia de la vacunación en las
residencias de ancianos en Cataluña. Es lógico, es un mundo reducido, casi
cerrado, es decir, el tamaño del "rebaño" es muy pequeño. Mientras
estén aislados no es problema, pero ¿y si ese mundo se abre hacia el exterior?
Fuera no están vacunados y estar cerca de alguien vacunado, como se nos ha
dicho, no es garantía de que no lo transmita. No hay inmunidad de
"esterilización".
Hay otro problema que se ha planteado de forma muy puntual,
el de la reinfección. Sabemos que ha habido casos de personas que se han
reinfectado. Su cuerpo, por las circunstancias que sea, no ha quedado protegido
ante el nuevo contacto que hayan podido tener.
El artículo en la BBC nos informa:
Scientists already know that the antibodies
people develop after natural infections with Covid-19 don't always prevent them
from being reinfected. One study of British healthcare workers found that 17%
of those who had antibodies already when the study began – presumably from a
first infection – caught it a second time. Around 66% of these cases were
asymptomatic, but it's thought that you don't need to have symptoms to be at
risk of passing the virus on to others.
"For a virus like this, I almost think
that's asking too much of a vaccine," says Altmann. "It's really,
really hard to do."
Happily, this isn't quite the end of the story.
There are some early hints that certain
vaccines might be able to reduce transmission, even if they can’t eliminate it
entirely. One way it might do this is by reducing the number of viral particles
in people’s bodies. "It is quite likely that if the vaccines are making
people less ill, they are producing less virus, and therefore will be less
infectious, but that's just a theory," says Neal.
Sterilising immunity is also notoriously tricky
to prove.
Since most clinical trials didn't check whether
the vaccines were preventing transmission, scientists are currently looking to
see whether they are having an impact on infection rates in places where they
have already been widely distributed. In the UK, you might expect that
outbreaks in care homes – where vaccination efforts are being prioritised –
would become less frequent, if the vaccines were having an effect.
But this is problematic. "There are two
factors," says Neal. "We've got lockdowns and a vaccine. So, it's
actually quite difficult to separate them out. Is it the vaccine? Is it the
lockdown, or more likely a combination of both?"*
Por eso no hay que lanzar demasiado las campanas al vuelo. No
es casual, repito, que este artículo se publique allí donde es más necesario,
en Reino Unido, donde la vacunación está muy avanzada.
El artículo de la BBC es bueno y necesario. Nos advierte que
la vacuna no es el final —como muchos piensan y otros proclaman— por más que
nos gustaría, sino el comienzo de un nuevo proceso o, si se prefiere, de una
nueva fase en la que quedan muchas cosas por experimentar y sufrir,
La Ciencia, de nuevo, trabaja en sus límites, como lo hace
el sistema sanitario. Unos tratan de encontrar explicaciones y remedios; lo
otras tratan de rescatarnos con los medios disponibles y con el conocimiento
que les aporta la Ciencia y la experiencia. La experiencia ayuda y mucho, pero
también el dinamismo de este coronavirus ha sorprendido a todos, dejando muchos
conocimientos obsoletos. Fue desde el principio un virus esquivo y con una
enorme amplitud de síntomas y efectos, algo que todavía se sigue discutiendo
por parte de los especialistas.
Se necesita buena información sobre en qué punto estamos y
lo que nos queda por delante. Es esencial. Información clara, comprensible, que
se base en lo que sabemos y no en lo que deseamos. No podemos seguir
preguntándonos sobre si vamos a poder "viajar en Semana Santa". Todos
estos planteamientos han fracasado y han costado muchas vidas. Pero, sobre
todo, han inducido al error y a la creación de falsas expectativas, que es lo
peor que podría ocurrir.
Las vacunas son absolutamente necesarias. Es la forma de reducir los efectos terribles de la pandemia. Pero también hay que informar correctamente sobre ellas porque no son milagrosas. Como todo, tiene sus limitaciones y hay que tomar las precauciones adecuadas para que la eficacia sea la máxima posible. Es irresponsable alentar a la gente a dejar de tener límites por estar vacunados. Queda mucho por conocer del comportamiento del coronavirus y mucho que vigilar de nuestro propio comportamiento. Los que sueñan con 70 millones de turistas en verano se equivocan; los que especulan con ello son unos irresponsables.

Hemos recogido el estado de nuestras
investigaciones por falta de financiación, por lo reducido de su tamaño. Ya no
se escucha, como al inicio, la necesidad de invertir en Ciencia. Sin embargo,
es más importante que nunca. Pero ¿para qué invertir si "esto es cosa de
unos meses"? El mismo planteamiento de la sanidad pública. Contratos
continuados, infames y desmoralizantes. Muchos expertos advierten que esto es
solo el principio, que llevamos tres pandemias en los últimos veinte años. Pero
pronto nos borran de la mente los peligros y nos refugiamos en la trivialidad,
que siempre ha sido un refugio para no pensar. ¿Por qué amargarse la vida?
Sigamos así, con un modelo obsoleto de desarrollo (o de falta de él) como el
que tenemos, que nos hace ser siempre ir a la cola de Europa, con la economía
más afectada y con la recuperación más costosa.
Hay que empezar a escuchar lo que no nos gusta, dejarse de
melancolía interesada y apostar por un cambio de modelo que nos haga más
resistentes a las próximas oleadas de este u otro coronavirus.
Necesitamos más científicos con medios; más sanitarios de
todos los tipos para evitar desastres y desgastes; instalaciones suficientes mejores, sistemas de detección temprana... e informadores para
hacernos comprender lo que tenemos delante y no que nos guíen con muletazos
hacia el humilladero. Hay que hacer comprender a los dirigentes políticos que esto no es cuestión de parcheos sino de políticas de medio y largo plazo; que deben tomar decisiones que aseguren el futuro y no vender ilusiones que sabemos que no se van a cumplir. El COVID-19 marca un límite histórico, una situación que nos pone a prueba. Todo lo demás es secundario en estos momentos en los que debemos diseñar un futuro factible.
* Zaria Gorvett "Can you still transmit Covid-19 after vaccination?" BBC
3/02/2021 https://www.bbc.com/future/article/20210203-why-vaccinated-people-may-still-be-able-to-spread-covid-19