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domingo, 11 de diciembre de 2022

El sentido de los muros

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La concesión de los Premios Nobel de la Paz a representantes de las sociedades civiles que defienden los derechos humanos amenazados por Rusia y sus satélites, como Bielorrusia, es de nuevo un foco sobre una guerra absurda y cruel. Algunos apuntarán que toda guerra es "absurda", pero en este caso lo es por desconocerse todavía cuál es su finalidad real, es decir, ¿qué busca Putin?

Saber qué se quiere en una guerra es esencial, porque de otra forma, como ocurre ahora, es un mortal juego de repliegues y avances. Los ucranianos sí saben qué quiere, que se vayan los rusos. Pero los rusos qué quieren, ¿que se vayan los ucranianos, quedarse con el territorio, destruir y marcharse...? Sabemos algunas pocas cosas que más son más bien excusas: Rusia no quiere tener a la OTAN a las puertas. Eso es evidente. Pero ha conseguido que otros países limítrofes soliciten el ingreso en la Alianza Atlántica ante el temor de verses invadida por los rusos.

Los rusos van y vienen, van de un sitio a otro, se despliegan y repliegan... ¿Tiene esto fin o, al menos, algún fin? Lo hemos dicho en alguna ocasión: Rusia ha vuelto al siglo XIX con un zar silencioso, siniestro e incomprensible al frente. ¿No hay razones, sino caprichos?

Sin un sentido de la guerra, la guerra es solo violencia que empieza sin saber por qué y termina no se sabe cuándo. Son los fines los que permiten establecer escenarios posibles. Pero el final ruso del problema es absurdo: la extinción de Ucrania ya sea por destrucción o por deglución. Ambas cosas son más llevaderas sobre el papel que sobre la realidad. A lo mejor, la guerra se ha planteado sobre un papel y se ha ignorado la realidad de los ucranianos, de Europa y de casi todo el mundo, con la excepción de algún sicario, como Bielorrusia o Chechenia.

Los premios Nobel de la Paz concedidos lo han sido a personas y grupos muy próximos al problema ruso. En RTVE.es recogen algunas de sus declaraciones y puntos de vista sobre el sentido de todo esto:

[...] Matviychuk se ha opuesto a la negociación con Rusia y ha defendido que luchar por la paz "no significa ceder a la presión del agresor, significa proteger a la gente de su crueldad".

La directora del Centro para las Libertades Civiles ucraniano ha asegurado que en su país hay una lucha entre "autoritarismo y democracia", no entre dos Estados, y ha reclamado un cambio en el sistema de seguridad internacional, así como de justicia para poder juzgar crímenes de guerra cometidos por grandes potencias.

"Tenemos que establecer un tribunal internacional y llevar" al presidente ruso, Vladímir Putin; al de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko "y a otros criminales de guerra a la justicia", ha afirmado.

El representante de Memorial, Jan Rachinski, ha aludido en su intervención al trabajo que esta organización ha realizado, tanto documentando la represión en la época de la Unión Soviética como en la Rusia actual y sus países circundantes. "Hoy en día el número de presos políticos en Rusia es superior al total en toda la URSS al comienzo del período de la perestroika en la década de 1980", sostuvo.

Rachinski ha acusado asimismo al régimen de Putin de justificar una guerra "insana y criminal" con sus ataques al nacionalismo ucraniano, usando la figura del polémico colaboracionista con la Alemania nazi Stepan Bandera, y "manipulando" los conceptos de fascismo y antifascismo. "Las palabras 'soldado ruso' serán asociadas por muchos, a partir de ahora, no con quienes lucharon contra Hitler, sino con quienes siembran la muerte y la destrucción en territorio ucraniano", ha añadido.*


 

Son palabras muy distintas, pero que recogen el sinsentido de lo que está ocurriendo. Las palabras finales son "crueldad", "criminal", "locura". Como no se puede entender, los medios y los expertos se limitan a dar datos de muertos, zonas conquistadas, retrocesos, kilómetros cuadrados... Es la forma de eludir razones, sentidos, explicaciones...

El dato sobre los presos políticos es interesante y nos da algunos motivos de reflexión, más que de explicación. Nos habla del régimen que se está construyendo en Rusia, del país que hay en la imaginación de Vladimir Putin.

Hace unos pocos días, tuve ocasión de ver un interesante documental sobre la ingeniería y el sentido de los grandes muros de la Historia. Nos hablaban del "muro de  Adriano", de la "gran muralla China", etc. todos ellos muros creados para evitar que los invasores entraran, hechos para frenar. Pero finalmente apareció, como modernidad, el muro de Berlín, levantado para que la gente no se fuera, no huyera del falso paraíso del que todos querían salir.



Estamos pensando en las razones de Putin ante la presencia de la OTAN, que no desea tener en sus fronteras, es decir, en Ucrania. Pero quizá tenga más miedo a la entrada de Ucrania en la UE, a la que también se opuso. Hoy el gran movimiento en Rusia es salir de allí, como lo fue de la Unión Soviética.

Una Rusia pegada con la Unión Europea sería seguramente una tentación demasiado fuerte para un régimen autoritario, dictatorial, que ha llegado a su límite en su carrera hacia el control absoluto. El cierre es su final lógico; se trata de evitar la salida masiva, como lo fue el muro de Berlín. Rusia necesita fronteras con países sicarios, los que le devuelvan a los que se fugan, fronteras con países "amigos" para evitar la desbandada.

Los países europeos están levantando muros para evitar, dicen, que Rusia utilice la presión de los refugiados contra ellos, que se vean avalanchas de ¿rusos? en las fronteras. Las políticas de manipulación de los migrantes,  de su uso como fuerza de choque, de Marruecos a Turquía, de los países europeos en el este, son frecuentes. Pero ¿y si el éxodo fuera ruso, si empezaran a abandonar a la Madre Rusia y al padrecito Putin, como se ha visto ya ante los temores a reclutamiento, pero también a las detenciones arbitrarias, desapariciones, etc.?

Son muchos los miles de rusos fuera. Han salido y son una prueba clara de que el paraíso ruso necesita verjas y cadenas para mantenerse en pie. Necesitan pueblo al que oprimir para mostrar la fuerza.

¡Extraño país, persistente en ser una cárcel para sus habitantes! Le costó liberar a los siervos —lo hizo 1861— y parece que los eche de menos.


 

* "Los activistas que luchan contra la guerra "insana y criminal" de Putin reciben en Oslo el Nobel de la Paz" RTVE.es / EFE 10/12/2022 https://www.rtve.es/noticias/20221210/activistas-luchan-contra-guerra-putin-reciben-oslo-nobel-paz/2411403.shtml

lunes, 27 de agosto de 2018

Los muros que nos encierran

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Una de los elementos más preocupantes de la actual situación de la política mundial es el radicalismo creciente. Las causas pueden ser muy diferentes y complejas —políticas, religiosas, económicas...—, pero los resultados, el enfrentamiento social, es el mismo, con el crecimiento de la inestabilidad, los enfrentamientos y el malestar general como efectos más visibles. Hoy no nos sentimos a gusto en nuestros entornos, en los que percibimos constantemente una violencia, latente o manifiesta, —con explosiones de grupos o de individuos—, una falta de diálogo, una constante revisión buscando en el pasado causas de enfrentamiento, etc.
Los problemas se suceden unos a otros y la gente pierde la esperanza de que se puedan solucionar. Solo se cambia de problema para poder seguir manteniendo tensiones y discursos. Para ello se recurre al futuro apocalíptico o al pasado tenebroso. Todo vale para actuar en el presente. Esa crispación constante es el resultado de llevarnos hacia la ira, la indignación como estado receptivo y energía constante.
La política populista, ya generalizada, se hace distrayendo con este tipo de acciones que arrastran pasiones contra otros, a los que se estigmatiza. Estos pueden ser inmigrantes, miembros de otra religión, partido político o etnia, etc. hacia los que se dirigen los problemas.


Un vídeo de la BBC trata sobre el descontento de los iraníes*, de su falta de esperanza en el futuro. Se ha confeccionado con llamadas desde Irán, personas explicando el malestar. Cada que tenemos, explican, el responsable es el "enemigo", ya sea la subida de los precios, las carencias de productos, la lluvia, las manifestaciones, etc. Siempre hay un "enemigo" al que responsabilizar. La carencia de forma de ese "enemigo" hace que la idea sea ajustable a las situaciones variadas.
Cuando hablamos de Egipto, es frecuente que hablemos de si propio "enemigo", un conglomerado que oscila entre unos conspiradores indefinidos, los Hermanos Musulmanes y unos países, entre los que se encuentran Qatar, Turquía, Irán y en muchas ocasiones, los Estados Unidos, su principal financiador militar y económico. El gobierno responsabiliza a ese "enemigo" de cualquier cosa y todos los que se le oponen o critican forman parte del enemigo global.


Los Estados Unidos de Donald Trump tiene también sus propios enemigos. Los hay exteriores recurrentes (China, Rusia, Corea, Irán...), circunstanciales (Turquía, la Unión Europea, México, Canadá...) y los hay interiores, mayormente los demócratas, las feministas y, gran honor, la prensa, declarada oficialmente "enemiga del pueblo" por el presidente. A su vez, están los enemigos internos históricos, es decir, los presidentes anteriores, responsable de que todo esté mal y excusa para cambiarlo todo (ObamaCare) o renegociar los tratados (comerciales, cambio climático, Irán, la OTAN...).
Todo esto hace que crezca la inseguridad en los países. Se enfrentan a enemigos reales o imaginarios, los que existen en la realidad y los que se vocean desde los exaltados discursos políticos o los titulares llamativos de la prensa. Los medios más serios se han contagiado del sensacionalismo del enemigo. Saben que los lectores, las audiencias, se sienten atraídas por el miedo y la inseguridad. La publicidad misma juega con el miedo a los enemigos buscando atraer a sus clientes y consumidores.
Todo ello va en detrimento de la convivencia y de la democracia misma, la mejor herramienta para la convivencia que hemos inventado. Si el diálogo es la forma de reducir tensiones, de aproximarse y entender al otro, lo que se está fomentando va en la dirección contraria. Los asesores de comunicación de los políticos endurecen sus discursos para fomentar el enfrentamiento radicalizando las posturas.


En Europa y en Estados Unidos esto ha traído unos gobernantes broncos, insultantes y que tienen a gala no hacer uso de lo "políticamente correcto", según afirman en cada intervención. Ellos dicen la "verdad" al pueblo porque son el "pueblo". Y el pueblo les valora porque hacen suyas sus peores instintos. Lejos de civilizar, son ejemplos de intransigencia. Trump es la culminación de este estilo que vemos repetirse en muchos lugares.
Creo que es interesante releer el texto ·Retóricas de la intransigencia", obra de Albert Hirschman, escrito en 1991, es decir, tras la caída del muro de Berlín. Hirschman plantea en esos momentos de euforia de la democracia frente al bloque soviético, el enemigo, los peligros que se avecinan:

La inquietante experiencia de verse excluido, no sólo de las opiniones sino de toda la experiencia vital de un gran número de nuestros contemporáneos, es en efecto característica de las sociedades democráticas modernas. En estos días de celebración universal del modelo democrático puede parecer mezquino explayarse en las deficiencias del funcionamiento de las democracias occidentales. Pero es precisamente el derrumbe espectacular y regocijante de ciertos muros lo que llama la atención respecto a los que siguen intactos o a las brechas que se profundizan. Hay uno entre ellos que puede encontrarse a menudo en las democracias más avanzadas: la sistemática falta de comunicación entre grupos de ciudadanos, como liberales y conservadores, progresistas y reaccionarios. La consecuente separación mutua entre esos grandes grupos me parece más preocupante que el aislamiento de individuos anómicos en la "sociedad de masas" al que tanto bombo han dado los sociólogos.
Curiosamente, la estabilidad misma y el funcionamiento adecuado de una sociedad democrática depende de que sus ciudadanos se organicen en unos pocos grupos importantes (idealmente dos), definidos de manera clara, que sostengan opiniones diferentes en cuestiones centrales de política. Puede suceder que esos grupos se amurallen unos frente a otros; en este sentido, la democracia genera de modo continuo sus propios muros. Como el proceso se alimenta de sí mismo, cada grupo, en algún momento, se preguntará a propósito del otro, con asombro y a veces con mutua aversión: "¿cómo han llegado a ser así?". 6-7



Es difícil describir mejor la situación actual de los Estados Unidos, con "muro" incluido. Mientras se investiga la participación rusa en las elecciones norteamericanas y el grado de conocimiento de los implicados, la barrera se establece esta vez dentro del país, en donde se han elevado todo tipo de muros invisibles: lenguas, razas, ideas, religiones... Todo es ahora división. Los enemigos que preocupan ahora se encuentran en casa. Es lo que advierte Trump, incluso ha llegado a señalar que los rusos podrían estar ayudando a los demócratas para alejarle de la casa Blanca. Es difícil mayor ejercicio de cinismo y desvergüenza. Pero todo vale en este planteamiento del miedo y el recelo; todo vale para dividir.
The Guardian

La división social es muy rentable pues suele crear unos vínculos de no retorno., es decir, una integración absoluta en el bando al que se pertenece. El vínculo que se crea es difícil de romper incluso (o especialmente) para los propios sujetos, que pierden la capacidad crítica y son arrastrados hacia ese punto. Una vez allí, se puede creer cualquier cosa con solo ser insinuada por parte de los líderes o del grupo mismo que busca reforzarse con esos sentimientos dobles, positivos y acríticos hacia el liderazgo, y negativos para los que queden estigmatizados dentro del concepto de "enemigos".
La obra de Hirschman, que ya contemplaba la división entonces de los norteamericanos y el ascenso de la intransigencia como peligro para las democracias, merece ser leída y tomada como base para el análisis de la situación actual.
Las dictaduras han usado siempre el miedo para justificarse; la situación de las democracias es la preocupante. Si unas y otras actúan de la misma manera, levantando muros y dividiendo a la sociedad, ¿qué esperanza queda? Si el fin del gobiernos es solo mantener el poder y no la convivencia en el tiempo, reducir discrepancias y una política de convergencia, ¿hacia dónde nos lleva?

Hirschman tuvo que huir de su Alemana natal en 1931 por la llegada de Hitler al poder. Se alistó en las Brigadas Internacionales para luchar en España, otro ejemplo de intransigencia. Acabó siendo un especialista en Economía Política, con especial dedicación a Latinoamérica. Se alejo de los meros números para intentar comprender el comportamiento desde la psicología y la sociología, por lo que comprendió que lo que leemos en el papel se da antes o después en la vida. Inventamos al enemigo y salimos a buscarlo. Al final lo encontramos. Por esos los juegos en los discursos son tan peligrosos. Como si de un hechizo se tratara, el enemigo se acaba manifestando.
Los muros que levantamos por el mundo tienen sus consecuencias psicológicas. Las tuvieron en Alemania y las tendrán allí donde se levante con miedo, con odio o con las dos cosas. Los muros visibles son solo una parte. Lo peor son los invisibles porque sus ladrillos son de miedos y odios. Esos muros ya no son tan fáciles de derribar.


* "Iran gripped by despair as country faces economic turmoil, drought" BBC 27/08/2019 https://www.bbc.com/news/av/world-middle-east-45301533/iran-gripped-by-despair-as-country-faces-economic-turmoil-drought
** Albert Hirschman (1991). Retóricas de la intransigencia. FCE.

miércoles, 26 de abril de 2017

El precio del muro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El final de la década de los ochenta tuvo una gigantesca celebración, que supuso un punto de inflexión en la Historia contemporánea: la caída del muro de Berlín. La imagen de los ciudadanos golpeando y derribando un muro que imponía la separación y control de los ciudadanos de una ciudad era el resultado del hundimiento de un sistema basado en la división, el aislamiento y la vigilancia. El muro no era solo una construcción; era una herramienta al servicio de una política determinada con un concepto específico del poder y de sus relaciones con la ciudadanía. El muro era un símbolo y, como tal, cayó.
Esta semana tuvimos ocasión en nuestro cinefórum universitario la película israelí "Los limoneros" (Eran Riklis 2008) cuyas imágenes finales, el término de la construcción de otro muro, el que separa a las poblaciones judía y palestina, se nos mostraban como una cárcel para quien lo construye. Nunca hay bastantes muros, alambradas o cualquier otro elemento de separación para el que vive ya aislado mentalmente.
Hay fronteras y fronteras. Están las físicas y están las mentales, las que surgen de obsesiones, prejuicios, de fobias. Son como la obsesión patológica con la limpieza; por mucho que se frote, siempre se ve suciedad. Son estas las que, como se mostraba en la película israelí pueden convertirse finalmente en auténticos encierros para quien levanta los muros.
Estamos viviendo de nuevo la obsesión de los muros, que se justifican por la negación de los otros, que han de ser estigmatizados. Su mera justificación es ya una barrera. No es el muro el que crea la separación, sino el que la termina, el elemento final que establece el cierre. Es un cierre, no una ruptura con el otro lado, ya que el miedo sigue viviendo dentro de nosotros. La visión del muro hace crecer el miedo por lo que haya al otro lado.


The New York Times Magazine ha publicado un artículo, titulado "The Border Is All Around Us, and It’s Growing", firmado por Laila Lalami, novelista, finalista del Pulitzer. El artículo comienza contándonos cómo ella y unos amigos fueron preguntados en un control de carreteras sobre su nacionalidad no ya en la frontera, sino a bastante distancia de ella. La frontera ya no era el límite —una línea— entre dos países sino una amplia franja —algo parecido a las aguas jurisdiccionales— en la que siempre pueden ser requeridos, detenidos para su identificación, etc. Las fronteras hacen encogerse al país al ampliarse hacia el interior.
Al final del artículo de Lalami cuenta y reflexiona sobre la impactante historia del viajero desalojado violentamente del avión, que ha sido reflejada en todos los medios de comunicación en todo el mundo,  y lo conecta con una experiencia personal:

This dehumanization is a common feature of the border. Some years ago, returning home from a holiday in Morocco, my husband and I passed through immigration at Kennedy Airport. The border agent glanced at my passport, which lists Morocco as my place of birth. Then she looked at my husband’s and, with a chuckle, asked him how many camels he had traded for me. Even in my shock, I understood that what the agent was trying to assert was her own authority, her superiority over me. If I had dared to challenge her, I might have ended up subject to a secondary search and further questioning. My silence was the price that the border demanded.
Border walls are literal expressions of our worst fears. Terrorists, rapists, drug dealers and various “bad hombres” are all said to come from somewhere else; drawing lines, we are told, will keep us safe from them. But the lines keep multiplying. What formally counts as the border, according to the United States government, is not just the lines separating the United States from Canada and Mexico, but any American territory within 100 miles of the country’s perimeter, whether along land borders, ocean coasts or Great Lakes shores. That 100-mile strip of land encompasses almost entirely the states of Connecticut, Delaware, Florida, Hawaii, Maine, Massachusetts, Michigan, New Hampshire, New Jersey, New York, Rhode Island and Vermont — along with the most populated parts of many others, including California and Illinois. In total, the 100-mile-wide border zone is home to two-thirds of the nation’s population.
This is such a staggering fact that it bears repeating: The vast majority of Americans, roughly 200 million, are effectively living in the border zone. Any of these people could one day face checkpoints like the one I went through in Sierra Blanca, Tex. They can be asked about their citizenship and, if they fail to persuade the agent — because of how they look, act or sound — they can be detained. The Justice Department established these regulations in 1953 and, though they periodically attract attention, they have never been changed. As we move to erect and enforce more borders, this is another message worth apprehending: Borders do not simply keep others out. They also wall us in.*


La franja —esas cien millas— establece el estado de vigilancia más allá de la frontera física. Y, como bien señala Lalami —y se concluía en la película "Los limoneros"—, acabamos viviendo encerrados. Esa ley estadounidense de 1953 mantiene bajo el "control fronterizo" a dos tercios de la población norteamericana.
La incapacidad de resolver los conflictos aumenta los problemas fronterizos; lo mismo ocurre con la desigualdad. Se juega y fomenta el miedo que levanta muros. 
Los sistemas cerrados no son buenos en ningún sentido. Acaban siendo prisiones. Las amenazas no deben cambiar nuestra actitud y principios, sino estimular la búsqueda de soluciones. El muro no resuelve los problemas, solo crea otro nuevo junto a él. Por ello es importante no mezclar problemas, establecer las características de cada uno de los desafíos a que nos enfrentamos porque muchos buscan la confusión.


Los muros también nos hacer ser conscientes de muchos otros interiores: los basados en la discriminación de género, en las discapacidades, la sexualidad, la edad, el racismo... Por algún extraño motivo psíquico, los que son partidarios de unos suelen serlo de algunos más, quizá porque en ellos esté impreso un sentido aislacionista que solo percibe el mundo como separación y como una posesión exclusiva. Lo que nos contaba Lalami del incidente en el aeropuerto norteamericano mostraba que nos solo había una "frontera" sino toda una batería de prejuicios ante los que llegan.
Es motivo de discusión en Estados Unidos el coste del muro. Pero no se evalúan los efectos psicológico que tiene para un país. Eso es difícil de contabilizar, pero no tanto de imaginar en términos de miedo, de aislamiento y estrechamiento de miras. El odio se ha podido percibir perfectamente en las consecuencias racistas que han salido a la luz a través de pequeños actos grabados y sacados a la luz por ciudadanos. Hemos podido ver desprecio, odio, insultos... ya no es un muro solo. El muro es el efecto visible; la causa profunda es psíquica y social. Hay un muro en la frontera y hay millones alrededor de las personas, muros que se mueven con ellos allí donde van.
Los muros, como se veía en Palestina, en Berlín, nos encierran, crean el sedentarismo nacionalista, lleno de prejuicios y agresividad. El muro es en realidad un monumento al fracaso; la constatación de la incapacidad de resolver un problema, de dialogar o de cambiar una actitud. Lo malo es que hoy se construyen políticas en las que los muros se presentan como una gran victoria. No lo son.
Una multitud vociferante gritando "¡construye el muro!", como hemos visto, es un enorme fracaso político y humano. Trump no hace más grande a América; solo la envilece. Ese es el precio real del muro.


* "The Border Is All Around Us, and It’s Growing" The New York Times 25/04/2017 https://www.nytimes.com/2017/04/25/magazine/the-border-is-all-around-us-and-its-growing.html?action=click&pgtype=Homepage&version=Moth-Visible&moduleDetail=inside-nyt-region-2&module=inside-nyt-region&region=inside-nyt-region&WT.nav=inside-nyt-region