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domingo, 19 de octubre de 2025

No es un rey

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Era cuestión de tiempo que la gente se lanzara a la calle a decir ¡basta! a las andanzas y tejemanejes de Donald Trump. La polarización americana es real y con fundamento, creada por el propio Trump que acompaña cada acto autoritario con una provocación que refuerce a sus seguidores.

La noticia que nos dan en RTVE.es es preocupante en diversos aspectos: 

Decenas de miles de personas han recorrido este sábado las calles de más de 2.500 ciudades de Estados Unidos en la segunda edición de la marcha 'No Kings' ('No queremos reyes'), la concentración más grande contra lo que describen como la deriva autoritaria que está instaurando en el país la segunda Administración de Donald Trump.

Los simpatizantes del mandatario republicano la han condenado como una manifestación de "odio contra América" y una nueva obstrucción demócrata en plena suspensión de la actividad del Gobierno. El nombre del movimiento 'No Kings' alude a la percepción de que el presidente actúa como un monarca y recuerda que Estados Unidos se fundó en 1776 sobre el rechazo al poder absoluto de un soberano. "Dicen que me comporto como un rey. No soy un rey", afirmó Trump en una entrevista con Fox Business publicada el viernes.*


 

Como hemos señalado en diversos momentos, a diferencia de lo ocurrido durante el primer mandato, en el que se le rodeó de controles para evitar desastres, en el segundo mandato se deshizo de cualquier control y se rodeo de radicales de todo los pelajes. Se trataba así de evitar las trabas a las locuras que está cometiendo un personaje al que la Asociación Norteamericana de Psiquiatría tuvo que prohibir a sus miembros las publicaciones de retratos psicológicos amparándose en que no tenían una exploración previa del sujeto. Pese a ello, creo que el mundo tiene un perfil suficiente del personaje como para entender sus peligros.

Me imagino que muchos de los votantes de Trump están felices con el resultado de la legislatura; otros puede que se hayan arrepentido. Pero la noticia de RTVE.es nos plantea algo mucho mayor en sus efectos.

Ya no se trata solo de que Trump se considere o no rey, que le apetezca ser "Papa" o que le den el Premio Nobel de la Paz después de alentar y financiar guerras. Lo más peligroso es esa justificación que sus seguidores más fieles ha recogido: "ir contra Trump es ir contra América", eso es un paso más en su carrera hacia el absolutismo. Hay reyes que no gobiernan, como ocurre en las monarquías constitucionales. Trump no tiene nada que ver con ellas; Trump reina y gobierna.

Y hay otro problema: ya no solo lo hace en los Estados Unidos, donde ha sido elegido, sino que su "reinado" se extiende por el mundo usando la fuerza, la presión de la amenaza y el chantaje. Trump no es solo un "rey", un problema "americano", sino que pretende ser rey del mundo mediante su control desde la Casa Blanca. El propio perfil psíquico de Trump le hace desear más y más, usando unas excusas con al "anti americanismo" como base.

A Trump le basta con que algo se le oponga o resista para inmediatamente considerarlo "anti americano" y una "amenaza" que puede ser destruida por la fuerza. Lo estamos viendo con su forma de actuar en Venezuela y su autorización pública a que actúe la CIA en el interior del país. No hay límites.

No se trata ya de que los norteamericanos estén o no de acuerdo, sino de la construcción del mensaje: Si Trump "es América", oponerse a él es hacerlo con el país. No seguirle es un ataque directo a la "soberanía" que él encarna, contra la voluntad del "MAGA". Por ello, debe ser destruido dentro o fuera del país.

Que muchos norteamericanos hayan aceptado está lógica y la aplaudan es el resultado de varios factores, pero el principal es el "mesiánico". No se trata ya de que Trump se considere un enviado, un mesías; se trata de que todo mesías necesita un "pueblo" al que le transmite un mensaje porque tiene un "destino". Todo va ligado.

BBC

Estamos acostumbrados a ver unos Estados Unidos liberales, democráticos, un pueblo mezclado al que se puede ir con esperanzas de futuro; un pueblo que es puntero en la Ciencia y en la idea de progreso. Pero no estamos acostumbrados a lo que hay en sus oscuras catacumbas y que ahora sale a la luz. Me refiero a eso poso de fanatismo sectario que les convierte en un nuevo "pueblo elegido", cuya misión es doblegar todo lo negativo: de la igualdad que intenta alterar la entrega del poder al mundo "blanco", a la igualdad de género que altera el mandato "divino" de que el varón controle a la mujer, todo ello pasando por una creciente xenofobia que les hace mirar al mundo como parásitos y enemigos que abusan de su "bondad natural".

Estos tres elementos —supremacismo blanco y racismo, supremacismo patriarcal y supremacismo norteamericano neocolonial— configuran ideológicamente las decisiones de Trump y los suyos, todo ello aderezado con un neoliberalismo inmisericorde que hace negocios descarados quedándose con tierras a cambio de "protección", como en Ucrania, o apoyando el uso del hambre como arma de guerra de sus aliados, como sucede con Israel.

Se nos dice en el texto:

La nueva jornada de protestas se ha desarrollado en un clima de creciente tensión política, marcado por la decisión de Trump de desplegar militares en varias ciudades gobernadas por la oposición demócrata, bajo el argumento de combatir el crimen y apoyar las labores de los agentes migratorios.

Entre los puntos más emblemáticos de concentración han destacado la plaza Times Square, en Nueva York; el Capitolio, en Washington; y el centro de Chicago, donde en las últimas semanas se han registrado protestas contra las redadas migratorias.

Las personas que han participado en la protesta masiva podrían ser objeto de vigilancia por parte del Gobierno federal mediante una serie de tecnologías que podrían incluir el reconocimiento facial y el pirateo de teléfonos, según afirman los defensores de las libertades civiles.*

¿Va Estados Unidos camino de convertirse en una dictadura?  Muchos lo temen. Si el uso del poder nos hace confundir una democracia con una dictadura, la respuesta solo puede ser una.

Trump ha roto la confianza en los Estados Unidos. Sobre todo lo ha hecho con la ruptura de un modelo y de una seguridad en los principios. Es cierto que no todos los gobiernos de los Estados Unidos ha tenido el mismo grado de democratismo, pero también lo es que han sido los propios ciudadanos los que lo han rechazado. Hoy el caso es diferente y la sociedad está dividida con los seguidores fieles del modelo que Trump representa y defiende. Ha surgido de la llamada "América profunda" y sus principios mesiánicos no tienen el progreso como meta, sino la dirección opuesta. Consideran que se ha seguido el camino equivocado y que es necesario avanzar hacia el pasado. 


* "Miles de personas protestan en varias ciudades de EE.UU. contra la deriva autoritaria de la Administración Trump" RTVE.es / Agencias 18/10/2026 https://www.rtve.es/noticias/20251018/protestas-donald-trump-estados-unidos-ultima-hora-directo-cronica/16776829.shtml

domingo, 13 de noviembre de 2022

Necesidad de un rearme de valores democráticos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Los detalles sobre los candidatos republicanos que han quedado aparcados a un lado del camino son bastante reveladores de lo que significa una multiplicación de Donald Trump en cada rincón de los Estados Unidos. Hay desde los que consideran a Hitler como un honesto político que no hizo más que defender Alemania hasta los que consideran que hay una conspiración mundial para invadir los Estados Unidos (la llamada "gran sustitución").

De ello dan cuenta hoy los medios al acercarnos la victoria de los demócratas en el Senado, donde el voto de calidad depende de la vicepresidenta Harris, que lo preside. El desastre no se ha dado entre los demócratas, como preveían las encuestas. Por el contrario, los republicanos han sufrido una derrota inesperada, algo que desestabiliza mucho más y que trae los reproches ante la responsabilidad del desastre.

Pero ha servido para algo, para dejar al descubierto los apoyos del trumpismo y el peligro que supone para la democracia que se considera líder de los países democráticos. En el diario El Mundo, Pablo Pardo escribe: 

El fracaso en Arizona y en Nevada es un nuevo golpe para el partido republicano, a que las encuestas daban como claro vencedor en estas elecciones, con casi dos tercios de posibilidades de ganar el control del Senado, según el medio de comunicación especializado en formación política Cook Political Report. Tanto Masters como Laxalts pertenecen al ala dura del partido, y ambos han afirmado repetidamente que Joe Biden ganó las elecciones de 2020 cometiendo fraude.

Masters, en concreto, es un defensor de la "teoría del reemplazo", que afirma que existe un plan premeditado para sustituir a la raza blanca por otras, lo que explicaría el fenómeno de la inmigración ilegal. Una de sus mayores influencias es el filósofo neonazi Curtís Yarvin, que el año pasado calificó las invasiones realizados por el dos [sic] Hitler de "actos de autodefensa" y ha propugnado la sustitución de la democracia en Estados Unidos por una oligarquía de grandes empresas que nombren al Ejecutivo, que actuará de manera dictatorial.

El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel, que también tiene una actitud cuando menos distante hacia la idea de la democracia liberal, ha financiado la práctica totalidad de la campaña de Masters. Thiel es uno de los mayores accionistas de Meta (Facebook, Instagram, y WhatsApp), SpaceX (cohetes y viajes espaciales, controlada y dirigida por Elon Musk), y Palantir ('big data', sobre todo para agencias policiales, de seguridad, y espionaje).* 

Que personas con estas ideas tengan peso en la vida política norteamericana es muy preocupante. Es algo que hemos ido señalando aquí a lo largo del mandato de Donald Trump en estos años. No ha sido solo el serio avance del racismo (el primer incidente de la era Trump fue la funcionaria que llamó "mona con tacones" a Michelle Obama), sino una serie de ideas y doctrinas indignas de una democracia, una pérdida absoluta de valores democráticos y la propagación de ideas de corte autoritario enfrentadas a los derechos individuales, es decir, un claro retroceso hacia posturas que no habían salido a la luz de esta manera.

Que unos candidatos digan que están en contra de la "democracia liberal" y que apuestan por un gobierno oligárquico de las grandes empresas, etc. es ir descendiendo de la democracia a un estadio previo, cercano a la jungla económica.

Pero más preocupante es que haya detrás de todo esto millones de votantes, medios de comunicación que lo apoyen y empresas que lo financien. Más preocupante incluso, que este movimiento tienda a la expansión conectándose con los partidos populistas de gran parte del mundo, incluida España.

La pérdida de valores democráticos viene por un desgaste y una radicalización de los sistemas locales, además de los conflictos internacionales que mantienen a muchos países en constantes disputas, recurriéndose a la xenofobia y al racismo, que serían la inversión del movimiento globalista, la reacción en contra.

Un mundo dirigido desde los Estados Unidos, con Trump o alguien más radical al frente; un mundo en donde las relaciones sean tensas permanentemente, con fricciones en las fronteras —como es el caso de Rusia y Ucrania— o en menor grado el de China y Taiwán o India, es un mundo necesariamente inestable en donde el gran negocio será el de la "defensa", como está ocurriendo.

La situación crítica actual del mundo necesita de democracias estables, con voluntad de diálogo y de resolución de problemas y no de aumentarlos para la manipulación electoral. Para esto es esencial recuperar un sentido del conjunto y que la política no se convierta en oportunismo para conseguir el poder.

La llegada al poder de gente como Trump se debe al caldo de cultivo creado en una democracia tensionada permanentemente, impactada y estimulada constantemente por unos medios (tradicionales y redes) que compiten por la atención. Son los grandes beneficiarios y pueden salir a la luz cada vez con más fuerzas. Trump fue llevado al poder gracias a la unión de fuerzas diversas apuntando en la misma dirección, de la derecha religiosa radical a los movimientos racistas y al apoyo de grandes empresas que controlan a su vez medios de comunicación (Fox News, por ejemplo). Todos ellos vieron en Trump el demagogo narcisista que necesitaban. Los efectos sobre el mundo se vieron pronto.

El riesgo de un nuevo periodo Trump (o a lo Trump) está ahí y el que los candidatos de Trump no hayan sido los más votados no significa que los votados sean menos radicales que él si eso les funciona.

Por eso es penoso ver cómo partidos moderados en ambos lados del espectro político de dejan seducir por alianzas y lenguajes que incentivan el radicalismo, lo normalizan y le dan sello de moderación. Lo ocurrido en Italia, con él éxito de la ultraderecha es un buen ejemplo de lo que puede ocurrir en otros puntos de Europa.

Italia no es el principio, sino que representan un punto más en el avance hacia una Europa desunida y enfrentada, algo que como hemos visto, agrada a Rusia y agradaba a Trump, uno de los mayores apoyos externos al Brexit, un suceso que contó con el aliento de ambas potencias.

Es urgente reafirmar la democracia, pero es difícil hacerlo en un mundo donde la demagogia se alía con la trivialidad y esta con la ignorancia. De la misma forma que avanzan actitudes racistas y acosadoras, anti feministas (recordemos la recién creada fundación antifeminista de la ex de Vox, Macarena Olona), estas se traducen después en los apoyos a las formaciones radicales. Se produce una interacción entre ambos elementos, como decíamos hace apenas unos días.

Indicadores varios nos muestran esa correlación: el radical está más dispuesto a ser engañado por su propia radicalidad, que no abandona al carecer de sentido crítico. Conocedores de esto, no interesa en modo alguno que tengan criterio propio, sino que desarrollen con intensidad el criterio del grupo al que se afilian. Así el mundo es sencillo y comprensible, a la altura de la creciente ignorancia en que se les sume.

Estamos dejando que este fenómeno se produzca y que nos arrastre. Cada vez somos más fáciles de convencer y nos dejamos arrastrar. Los efectos de Trump en los Estados Unidos han tenido un importante freno en estas elecciones, pese a las condiciones desfavorables de la economía y la situación internacional. La conciencia de que había que frenarlo se ha desarrollado con fuerza durante su mandato. Ha servido para ver muchos análisis críticos sobre la situación de la democracia y muchos se han movilizado, en todos los sectores sociales, a sabiendas de lo que supondría la victoria de los republicanos controlados por Trump y las fuerzas detrás de él.

La cuestión no está solo en los demócratas, sino en el propio partidos Republicano, que es donde se da la verdadera lucha. Esto ya lo percibieron un grupo reducido de republicanos al darse cuenta que Trump subvertía la democracia. So ellos ahora los que deben dar la batalla interna y en el electorado republicano. Es ahí donde está la guerra, en separarlos de esas influencias antidemocráticas a las que han sido arrastrados.

Necesitamos hacer este mismo ejercicio crítico, esa tarea de limpieza para recuperar principios democráticos frente a los avances del autoritarismo, la intransigencia y la manipulación crecientes. 

* Pablo Pardo "Victoria histórica de los demócratas de Biden en las elecciones al Senado de EEUU" El Mundo 13/11/2022 https://www.elmundo.es/internacional/2022/11/13/6370911a21efa07f558b4590.html

jueves, 7 de enero de 2021

¿Quién puede frenar a Trump?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)




Los que hayan seguido en estos años las entradas de este blog habrán visto que Trump iba ocupando cada vez más espacio. No era casual ni por moda. Trump necesitaba de la notoriedad de la extravagancia. Considerado como una especie de payaso; no ha dejado de serlo. Pero el problema es que el payaso tiene acceso al botón nuclear, es el Comandante en Jefe del Ejército más poderoso del planeta y tiene las capacidades inmensas que le otorga el sistema presidencialista norteamericano. Tiene además un control patológico sobre el partido republicano, que le ama y odia, al que humilla y utiliza como un atajo de sirvientes.

A dos semanas de abandonar la Casa Blanca, con todas las instituciones explicándole que no ha habido fraude electoral, se revela en toda su monstruosidad el estado calamitoso en que ha dejado a la sociedad norteamericana, dividida, enferma de coronavirus con casi 400.000 muertos en su haber ignorante. El poder y solo el poder es lo que ha importado a Trump en este tiempo, como han señalado los comentaristas en los medios. Mientras los Estados Unidos se convertía en el país más atacado por el COVID-19, Trump ha sido capaz de ignorar el sufrimiento ajeno, desde su frialdad patológica. Los muertos, como dijo en el cementerio de los veteranos del ejército, son solo perdedores. Espero que se lo escriban en su lápida.




El asalto al Capitolio por parte de los seguidores de Trump, que habían sido alentados por el propio presidente en una arenga callejera, es un acto de una extrema gravedad y supone la culminación momentánea del desafío del presidente a las instituciones que debería defender. En este tiempo, los comentaristas han creído que Trump tenía límites. Lo vienen diciendo desde que llegó a la Casa Blanca y los más prudentes apostaban a que con las responsabilidades, aquel millonario hereditario, crápula de la vida nocturna de Nueva York, demandado por coristas y prostitutas, presentador de concursos de mises y de Reality Shows, hijo impresentable y padre impresentable, hortera y hacedor de trampas hasta en el golf, como aseguran sus rivales en el juego, inventor de su propia biografía, llena de éxitos inexistentes y un sinfín de anomalías. Pero, no, Trump no solo no ha cambiado sino que ha avanzado en su osadía al sentirse poderoso, invulnerable a virus y a hombres. Solo se ha permitido hablar bien de dictadores reconociendo en ellos una hermandad poderosa y mirándoles con cierta envidia. ¡Qué engorro, la democracia!

Trump podría pasar a la Historia por cada uno de sus desprecios al país, al mundo entero, que le tuvo que dar la espalda para evitar la vergüenza, el sonrojo y la risa.

Hay que reconocerle que no solo no cambió, sino que ha sabido cambiar el mundo que le rodeaba, arrastrarlo hacia sus fantasía. Ha ajustado en él sus mentiras hasta hacerlas verosímiles para los que le siguen, una inmensa legión de descolocados, de personas que no habitan el mundo que pisan, sino otro paralelo por el que circulan mentiras de todos los calibres, pero que les resultan gratificantes. Trump muestra aquí su maestría, es la vieja idea de que una mentira repetida hasta la saciedad acaba siendo aceptada como una verdad por un porcentaje elevado de la población, que ha dejado de sentir interés por el mundo tal como es, alojándose en el interior de una burbuja. Ahora salen y reclaman que el mundo se ajuste a su imaginación, a sus deseos bajo amenaza de incendiarlo.



Hace tiempo que he hablado con distintas personas sobre la dificultad que muchos  tienen en los Estados Unidos para entender el mundo que les rodea. Ya no tienen acceso a él más que a través de procesos maniqueos elaborados por una maquinaria mediática que introduce visiones distorsionadas que acaban siendo aceptadas y se convierten en referencias.

Hay muchos grupos en los Estados Unidos que tienen una extraña visión de la realidad, alimentada por su propia imaginación. Quienes fueran, encontraron en Trump el gran alentador del mundo unilateral, de la mentira elevada a verdad por mera repetición, por la fuerza del poder, por no retroceder un milímetro ante los hechos, que son desplazados a un enorme vertedero al que llaman "realidad".

En The New York Times, Charlie Warzel lo explica a través de su artículo titulado "America Is in a Reality Crisis". Es de lo que se trata, de una desconexión del mundo, que es la base del maltrato, de la manipulación, de conseguir —como los hipnotizadores— que mires y solo veas unos ojos que borran de ti el sentido de la realidad:

 

Here’s a short list from just the past few weeks: 

A group of at least 13 Republican senators and more than 100 Republican House members said they would refuse to accept President-elect Joe Biden’s Electoral College victory. 

The president of the United States was caught on tape for over an hour angrily spouting QAnon conspiracy theories about voter fraud in an attempt to pressure Georgia state officials to overturn the election results. 

In Nashville, federal investigators announced they are looking into evidence that suggests the Christmas bombing suspect believed in lizard people and other far-fetched conspiracy theories. 

A Wisconsin pharmacist who believed the coronavirus vaccine to be harmful intentionally sabotaged more than 500 Moderna vaccine doses. In Georgia, state officials announced recently they are expanding vaccine access because many rural health care workers refuse to get the shot. 

On Monday, a man with an online history of extremist right-wing views was detained in Queens after a hoax 9-1-1 bomb call that shut down a mall parking garage. 

Each example is concerning on its own. Taken together, these events show a country in crisis. As a reluctant chronicler of our poisoned information ecosystem, to me none of this is very surprising. It is the culmination of more than five years of hatred, trolling, violent harassment and conspiracy theorizing that has moved from the internet’s underbelly to the White House and back again. While that hate and violence has on occasion spilled into the streets, it appears we’re only beginning to understand its true impact. For years now, professional grifters, trolls, true believers and political opportunists have sowed conspiratorial lies, creating intricate and dangerous alternate realities. We are now witnessing the reaping. It is likely to get worse. 

There’s no easy solution to our current crisis, in part because there’s no one culprit. Donald Trump’s half-decade assault on the truth has played an outsize role. So have social media platforms and pro-Trump outlets like Fox News. The mainstream press has also struggled, especially earlier in the Trump era, to counter disinformation and not amplify lies and conspiracies. 

But that’s just the supply side of our reality crisis. Equally important is the demand side, in which millions of Americans are actively courting conspiracies and violent, radical ideologies in order to make sense of a world they don’t trust.*

 


Creo que el diagnóstico es correcto y coincide con lo que hemos observado desde aquí sobre lo que ha sido este tiempo de confusión. La pérdida del sentido de la realidad es un enorme peligro de nuestras sociedades, inmersas en estímulos atencionales y llenas de descripciones que suplantan los objetos con situaciones y acciones que describen. Es el tiempo del "simulacro", tal como señaló el francés Baudrillard. El simulacro aquí no es más que la voz profunda del mago diciéndote lo que debes ver, ocultando la realidad. Pronto tu fantasía te parecerá "real". Y lo será más cuanto más te alejes de ella.

Trump vendió el fraude ya antes que se celebraran las elecciones. Preparaba el terreno para la posible pérdida de las elecciones, como ya le daban los sondeos. El monstruo del negacionismo electoral se eleva como una especie de King Kong rebelde que huye hacia arriba arrastrando a todos los que se suben a su fantasmal carreta.

La paradoja son esos negadores de la derrota reclamando se victoria, convencidos de ser la América genuina, amenazada por todo tipo de peligros, los peligros que Trump ha ido movilizando ante sus ojos: primero fueron los hispanos, para los que había que elevar un muro; luego fueron los árabes a los que había que prohibir entrar; finalmente, China competidora aventajada, aprendiz contumaz del capitalismo norteamericano. Todo tipo de conspiraciones, de todos los países, de todas las instituciones, de los jueces a los medios, de los médicos a los actores de Hollywood, se habían puesto en marcha para evitar que Dios y la Historia marquen el camino de la obediencia al líder supremo.



Hemos insistido una y otra vez en la necesidad de tener en cuenta el trumpismo, su efecto corruptor sobre las instituciones, sobre el pueblo mismo. Ayer estalló la violencia irracional, atávica del negacionismo electoral.

No nos engañemos. Esto es el final culminante de la primera temporada. Puede que la segunda temporada se emita por otro canal, pero Trump busca reafirmar lazos de sangre con sus seguidores, distinguiendo republicanos y trumpistas, de tal forma que los segundos se conviertan en los primeros, anulándolos, invadiendo el partido y transformándolo en un entresuelo de la Torre Trump, que reivindicará como la Nueva Casa Blanca del Exilio Interior, el nuevo reino en el que habitará y hará entrar.

Pronto habrá billetes con su efigie, dólares con su cara. Y un ejército creciente de patriotas deseosos de "volver a hacer América grande de nuevo". Les agitará cada día desde alguna pantalla amiga, deseosa de embolsarse los beneficios de estos desheredados de la historia, descerebrados de la política.

Trump les ha dicho que les han robado, les ha dicho que él les ama y, como es benevolente, que se retiren a sus casas en son de paz, pero que no dejen los rifles lejos porque nunca va a reconocer la derrota. Ya lo hizo cuando los lanzó a "liberad los estados"; ahora ha sido "salva América". Mañana será el globo, sin duda, su siguiente objetivo.



Las imágenes ocupando los despachos oficiales de los que han tomado el Capitolio al asalto son un buen ejemplo de lo que hay detrás de todo esto. Se ha ido haciendo crecer el odio hacia los políticos hasta convertir a Trump en un "hombre del pueblo", ¡qué ironía! ¡Qué broma gigantesca! Los patanes ocupando los sitios, fotografiándose ufanos, desvergonzados, por despachos y pasillos, ondeando banderas sureñas y emblemas de Trump deben ser recordadas. Ha costado, nos dice la CNN en estos momentos, cuatro vidas este asalto al Capitolio, un episodio que ha sembrado de vergüenza la vida de los Estados Unidos, que quedará unido a su Historia, enseñado en las escuelas. "Shame, shame, shame on you... forever", decía el periodista Don Lemon despidiendo su programa en la CNN convertido en una transmisión en directo de la barbarie.

Pero la barbarie oficial sigue con la impugnación de los votos de diversos estados por los fieles a Trump. El asalto se produjo cuando se cuestionaba Arizona, el tercer estado. Allí se sincronizaban las formas de irracionalidad, de negacionismo de la victoria de Biden, en una bien orquestada acción combinada. Todavía, a estas horas y tras las interrupciones, se siguen cuestionando los votos de Pensilvania en un lento recuento, con las votaciones sobre cada objeción. Trump, una vez más, muestra su fuerza de obstrucción, dejando constancia que la realidad es su objetivo, cuestionarla, destruirla e imponerla.




La pregunta inicial sigue en pie: "¿quién puede frenar a Trump?" Los analistas temen por lo que pueda ocurrir en las dos semanas de la toma de posesión, con Trump con plenos poderes, dejando muestras de su poder para la Historia.

El asalto al Capitolio es una advertencia de Trump, una demostración de su control sobre estos fanáticos que creen estar salvando la democracia de los burócratas de Washington que la tienen secuestrada. Es claramente un aviso de lo que puede ocurrir si mañana es citado ante un juez. Trump previamente se crea siempre la imagen que necesita para la próxima escena.

La división está creada. Es profunda y recorre Estados Unidos. Las palabras de Joe Biden son bienintencionadas pero irreales; son las que hay que decir, pero hay que estar prevenidos. Esto no se arregla solo con buenas palabras, ni siquiera con buenas intenciones, tampoco con buenas acciones. No hay receta rápida.



Es ahora cuando se ve el peligro de una América armada físicamente y desarmada en lo moral, donde cada uno se inscribe y reinscribe en una porción ilusoria de realidad, en su propia alternativa. Es la hora de despertar la realidad, de sacarla de su acomplejado baúl. Es la hora de la reflexión de los medios sobre su papel falsario, sobre los negocios bastardos de la información. Es la hora de las grandes empresas tecnológicas, coautoras del simulacro. Es la hora de la Educación, con mayúsculas, de volver a lanzar semillas de valores y democracia en vez de tanto patrioterismo y tantos metros de banderas malgastados en destruir la unidad.

Ha quedado claro que Trump tiene un sentido distinto de lo que es gobernar y que ahora tiene también un sentido distinto de lo que es hacer oposición. El tiempo nos mostrará lo que ocurre, pero hay un número significado de autoridades, legisladores republicanos que seguirán la senda negacionista. Hay dimisiones aceleradas para bajarse del tren antes de que se estrelle. Como hemos señalado en varias ocasiones previamente, nadie querrá ser identificado con Trump en esta locura. Y los que quieran necesitarán mantener viva la llama del negacionismo incrementando su activismo social, político y comunicativo. Mostrarán que su realidad es otra.



Desde fuera, desde aquí, es la hora de entender de una vez hasta dónde llevan las políticas de estigmatización, de negación de la realidad, de criminalización de los otros, de no saber distinguir ni el equipaje no los compañeros de viaje. Desplazándome entre canales de TV me encuentro que los mismos españoles que defendían hace unos días la idea del "robo" electoral en sus debates, hoy tratan de venderme una biografía de Jean-Marie LePen, el padre de la actual líder del Frente Nacional francés, el hombre que pidió una "buena epidemia" para acabar con la inmigración africana en Europa. Es el mismo canal y programa que nos vende otros días biografías de santas visionarias. Todo forma parte del mismo paquete que el trumpismo destructor. La visiones antes que la realidad, los fascistas violentos antes que la convivencia pacífica y democrática.

Si no entendemos que Trump no es solo un fenómeno norteamericano sino una forma de falsificar el mundo, de destruir su orden y lógica en beneficio de un caos destructivo al que sigue un "orden nuevo", no habremos entendido nada. Y, lo que es peor, no estaremos preparados para frenarlo en Europa o de forma más local. Los simpatizantes de Trump, los que se han beneficiado de su "reinado" están ahí, al acecho, esperando su oportunidad de subversión, trabajándose el desánimo popular, la mala imagen política, la falta de respeto por unas instituciones a las que desprecian y ridiculizan.



Lo ocurrido en el Capitolio es un aviso. Hay que abandonar los simulacros y ponerse a la labor de reconstruir la realidad dinamitada por el deseo arrogante que la ha hecho saltar por los aires. La pregunta inicial, ¿quién puede frenar a Trump?, no es fácil de contestar en un país dividido. Trump ha sido, es y será un peligro, un peligro con 80 millones de votantes. A Trump le vencerán los que no le demuestren miedo a él ni a las consecuencias de hacerle frente, sin duda, peligrosas. Pero lo que está en juego es mucho.



Cuando vuelvo al artículo de Charlie Warzel,  que antes se titulaba "America Is in a Reality Crisis", compruebo ya el texto se mantiene pero ha cambiado el titular a "The Pro-Trump Movement Was Always Headed Here". Me parece significativo de estos tiempos en los que nos hemos acostumbrado a que las cosas son, pero solo algún tiempo, que lo que he visto yo ya no es lo que verás tú. 

Todo forma parte de lo mismo: inestable, provisional, esquivo. Es el "mundo líquido" de Baumann o el simulacro de Baudrillard. Nada es, todo puede ser cambiado, modificado, incluso el resultado de unas elecciones, ¿por qué no?

 


* Charlie Warzel "America Is in a Reality Crisis" 6/01/2021 https://www.nytimes.com/2021/01/06/opinion/protests-trump-disinformation.html