Joaquín
Mª Aguirre (UCM)
Los que
hayan seguido en estos años las entradas de este blog habrán visto que Trump
iba ocupando cada vez más espacio. No era casual ni por moda. Trump necesitaba
de la notoriedad de la extravagancia. Considerado como una especie de payaso;
no ha dejado de serlo. Pero el problema es que el payaso tiene acceso al botón
nuclear, es el Comandante en Jefe del Ejército más poderoso del planeta y tiene
las capacidades inmensas que le otorga el sistema presidencialista
norteamericano. Tiene además un control patológico sobre el partido
republicano, que le ama y odia, al que humilla y utiliza como un atajo de
sirvientes.
A dos
semanas de abandonar la Casa Blanca, con todas las instituciones explicándole
que no ha habido fraude electoral, se revela en toda su monstruosidad el estado
calamitoso en que ha dejado a la sociedad norteamericana, dividida, enferma de
coronavirus con casi 400.000 muertos en su haber ignorante. El poder y solo el
poder es lo que ha importado a Trump en este tiempo, como han señalado los
comentaristas en los medios. Mientras los Estados Unidos se convertía en el
país más atacado por el COVID-19, Trump ha sido capaz de ignorar el sufrimiento
ajeno, desde su frialdad patológica. Los muertos, como dijo en el cementerio de
los veteranos del ejército, son solo perdedores. Espero que se lo escriban en
su lápida.

El
asalto al Capitolio por parte de los seguidores de Trump, que habían sido
alentados por el propio presidente en una arenga callejera, es un acto de una
extrema gravedad y supone la culminación momentánea del desafío del presidente
a las instituciones que debería defender. En este tiempo, los comentaristas han
creído que Trump tenía límites. Lo vienen diciendo desde que llegó a la Casa Blanca
y los más prudentes apostaban a que con las responsabilidades, aquel millonario
hereditario, crápula de la vida nocturna de Nueva York, demandado por coristas
y prostitutas, presentador de concursos de mises y de Reality Shows, hijo
impresentable y padre impresentable, hortera y hacedor de trampas hasta en el
golf, como aseguran sus rivales en el juego, inventor de su propia biografía,
llena de éxitos inexistentes y un sinfín de anomalías. Pero, no, Trump no solo
no ha cambiado sino que ha avanzado en su osadía al sentirse poderoso,
invulnerable a virus y a hombres. Solo se ha permitido hablar bien de
dictadores reconociendo en ellos una hermandad poderosa y mirándoles con cierta
envidia. ¡Qué engorro, la democracia!
Trump
podría pasar a la Historia por cada uno de sus desprecios al país, al mundo
entero, que le tuvo que dar la espalda para evitar la vergüenza, el sonrojo y la
risa.
Hay que
reconocerle que no solo no cambió, sino que ha sabido cambiar el mundo que le
rodeaba, arrastrarlo hacia sus fantasía. Ha ajustado en él sus mentiras hasta hacerlas verosímiles para los que
le siguen, una inmensa legión de descolocados, de personas que no habitan el
mundo que pisan, sino otro paralelo por el que circulan mentiras de todos los
calibres, pero que les resultan gratificantes. Trump muestra aquí su maestría,
es la vieja idea de que una mentira repetida hasta la saciedad acaba siendo
aceptada como una verdad por un porcentaje elevado de la población, que ha
dejado de sentir interés por el mundo tal como es, alojándose en el interior de
una burbuja. Ahora salen y reclaman que el mundo se ajuste a su imaginación, a
sus deseos bajo amenaza de incendiarlo.

Hace
tiempo que he hablado con distintas personas sobre la dificultad que muchos tienen en los Estados Unidos para entender el mundo que les rodea. Ya
no tienen acceso a él más que a través de procesos maniqueos elaborados por una maquinaria mediática que introduce visiones distorsionadas que acaban siendo
aceptadas y se convierten en referencias.
Hay
muchos grupos en los Estados Unidos que tienen una extraña visión de la
realidad, alimentada por su propia imaginación. Quienes fueran, encontraron en
Trump el gran alentador del mundo unilateral, de la mentira elevada a verdad
por mera repetición, por la fuerza del poder, por no retroceder un milímetro
ante los hechos, que son desplazados a un enorme vertedero al que llaman
"realidad".
En The New York Times, Charlie Warzel lo explica a través de
su artículo titulado "America Is in a Reality Crisis". Es de lo que
se trata, de una desconexión del mundo, que es la base del maltrato, de la
manipulación, de conseguir —como los hipnotizadores— que mires y solo veas unos
ojos que borran de ti el sentido de la realidad:
Here’s a short list from just the past few
weeks:
A group of at least 13 Republican senators and
more than 100 Republican House members said they would refuse to accept
President-elect Joe Biden’s Electoral College victory.
The president of the United States was caught
on tape for over an hour angrily spouting QAnon conspiracy theories about voter
fraud in an attempt to pressure Georgia state officials to overturn the
election results.
In Nashville, federal investigators announced
they are looking into evidence that suggests the Christmas bombing suspect
believed in lizard people and other far-fetched conspiracy theories.
A Wisconsin pharmacist who believed the
coronavirus vaccine to be harmful intentionally sabotaged more than 500 Moderna
vaccine doses. In Georgia, state officials announced recently they are
expanding vaccine access because many rural health care workers refuse to get
the shot.
On Monday, a man with an online history of
extremist right-wing views was detained in Queens after a hoax 9-1-1 bomb call
that shut down a mall parking garage.
Each example is concerning on its
own. Taken together, these
events show a country in crisis. As a reluctant chronicler of our poisoned
information ecosystem, to me none of this is very surprising. It is the
culmination of more than five years of hatred, trolling, violent harassment and
conspiracy theorizing that has moved from the internet’s underbelly to the
White House and back again. While that hate and violence has on occasion
spilled into the streets, it appears we’re only beginning to understand its
true impact. For years now, professional grifters, trolls, true believers and
political opportunists have sowed conspiratorial lies, creating intricate and
dangerous alternate realities. We are now witnessing the reaping. It is likely
to get worse.
There’s no easy solution to our current crisis,
in part because there’s no one culprit. Donald Trump’s half-decade assault on
the truth has played an outsize role. So have social media platforms and
pro-Trump outlets like Fox News. The mainstream press has also struggled,
especially earlier in the Trump era, to counter disinformation and not amplify
lies and conspiracies.
But that’s just the supply side of our reality
crisis. Equally important is the demand side, in which millions of Americans
are actively courting conspiracies and violent, radical ideologies in order to
make sense of a world they don’t trust.*
Creo que el diagnóstico es correcto y coincide con lo que hemos observado desde aquí sobre lo que ha sido este tiempo de confusión. La pérdida del
sentido de la realidad es un enorme peligro de nuestras sociedades, inmersas en
estímulos atencionales y llenas de descripciones que suplantan los objetos con situaciones y acciones que describen. Es el tiempo del "simulacro",
tal como señaló el francés Baudrillard. El simulacro aquí no es más que la voz
profunda del mago diciéndote lo que debes ver, ocultando la realidad. Pronto tu fantasía te parecerá "real". Y lo será más cuanto más te alejes de ella.
Trump vendió el fraude
ya antes que se celebraran las elecciones. Preparaba el terreno para la posible
pérdida de las elecciones, como ya le daban los sondeos. El monstruo del
negacionismo electoral se eleva como una especie de King Kong rebelde que huye
hacia arriba arrastrando a todos los que se suben a su fantasmal carreta.
La paradoja son esos negadores de la derrota reclamando se
victoria, convencidos de ser la América genuina, amenazada por todo tipo de
peligros, los peligros que Trump ha ido movilizando ante sus ojos: primero
fueron los hispanos, para los que había que elevar un muro; luego fueron los
árabes a los que había que prohibir entrar; finalmente, China competidora
aventajada, aprendiz contumaz del capitalismo norteamericano. Todo tipo de
conspiraciones, de todos los países, de todas las instituciones, de los jueces
a los medios, de los médicos a los actores de Hollywood, se habían puesto en
marcha para evitar que Dios y la Historia marquen el camino de la obediencia al
líder supremo.
Hemos insistido una y otra vez en la necesidad de tener en
cuenta el trumpismo, su efecto corruptor sobre las instituciones, sobre el
pueblo mismo. Ayer estalló la violencia irracional, atávica del negacionismo
electoral.
No nos engañemos. Esto es el final culminante de la primera
temporada. Puede que la segunda temporada se emita por otro canal, pero Trump
busca reafirmar lazos de sangre con sus seguidores, distinguiendo republicanos
y trumpistas, de tal forma que los segundos se conviertan en los primeros,
anulándolos, invadiendo el partido y transformándolo en un entresuelo de la
Torre Trump, que reivindicará como la Nueva Casa Blanca del Exilio Interior, el
nuevo reino en el que habitará y hará entrar.
Pronto habrá billetes con su efigie, dólares con su cara. Y
un ejército creciente de patriotas deseosos de "volver a hacer América
grande de nuevo". Les agitará cada día desde alguna pantalla amiga,
deseosa de embolsarse los beneficios de estos desheredados de la historia,
descerebrados de la política.
Trump les ha dicho que les han robado, les ha dicho que él
les ama y, como es benevolente, que se retiren a sus casas en son de paz, pero
que no dejen los rifles lejos porque nunca va a reconocer la derrota. Ya lo
hizo cuando los lanzó a "liberad los estados"; ahora ha sido
"salva América". Mañana será el globo, sin duda, su siguiente
objetivo.

Las imágenes ocupando los despachos oficiales de los que han
tomado el Capitolio al asalto son un buen ejemplo de lo que hay detrás de todo
esto. Se ha ido haciendo crecer el odio hacia los políticos hasta convertir a
Trump en un "hombre del pueblo", ¡qué ironía! ¡Qué broma gigantesca!
Los patanes ocupando los sitios, fotografiándose ufanos, desvergonzados, por
despachos y pasillos, ondeando banderas sureñas y emblemas de Trump deben ser
recordadas. Ha costado, nos dice la CNN en estos momentos, cuatro vidas este
asalto al Capitolio, un episodio que ha sembrado de vergüenza la vida de los
Estados Unidos, que quedará unido a su Historia, enseñado en las escuelas.
"Shame, shame, shame on you... forever", decía el periodista Don Lemon
despidiendo su programa en la CNN convertido en una transmisión en directo de
la barbarie.
Pero la barbarie oficial sigue con la impugnación de los
votos de diversos estados por los fieles a Trump. El asalto se produjo cuando
se cuestionaba Arizona, el tercer estado. Allí se sincronizaban las formas de
irracionalidad, de negacionismo de la victoria de Biden, en una bien orquestada
acción combinada. Todavía, a estas horas y tras las interrupciones, se siguen
cuestionando los votos de Pensilvania en un lento recuento, con las votaciones
sobre cada objeción. Trump, una vez más, muestra su fuerza de obstrucción,
dejando constancia que la realidad es su objetivo, cuestionarla, destruirla e
imponerla.
La pregunta inicial sigue en pie: "¿quién puede frenar
a Trump?" Los analistas temen por lo que pueda ocurrir en las dos semanas
de la toma de posesión, con Trump con plenos poderes, dejando muestras de su
poder para la Historia.
El asalto al Capitolio es una advertencia de Trump, una
demostración de su control sobre estos fanáticos que creen estar salvando la democracia de los burócratas de Washington
que la tienen secuestrada. Es claramente un aviso de lo que puede ocurrir si
mañana es citado ante un juez. Trump previamente se crea siempre la imagen que
necesita para la próxima escena.
La división está creada. Es profunda y recorre Estados
Unidos. Las palabras de Joe Biden son bienintencionadas pero irreales; son las
que hay que decir, pero hay que estar prevenidos. Esto no se arregla solo con
buenas palabras, ni siquiera con buenas intenciones, tampoco con buenas
acciones. No hay receta rápida.
Es ahora cuando se ve el peligro de una América armada
físicamente y desarmada en lo moral, donde cada uno se inscribe y reinscribe en
una porción ilusoria de realidad, en su propia alternativa. Es la hora de
despertar la realidad, de sacarla de su acomplejado baúl. Es la hora de la reflexión
de los medios sobre su papel falsario, sobre los negocios bastardos de la
información. Es la hora de las grandes empresas tecnológicas, coautoras del
simulacro. Es la hora de la Educación, con mayúsculas, de volver a lanzar
semillas de valores y democracia en vez de tanto patrioterismo y tantos metros
de banderas malgastados en destruir la unidad.
Ha quedado claro que Trump tiene un sentido distinto de lo
que es gobernar y que ahora tiene también un sentido distinto de lo que es
hacer oposición. El tiempo nos mostrará lo que ocurre, pero hay un número
significado de autoridades, legisladores republicanos que seguirán la senda
negacionista. Hay dimisiones aceleradas para bajarse del tren antes de que se
estrelle. Como hemos señalado en varias ocasiones previamente, nadie querrá ser
identificado con Trump en esta locura. Y los que quieran necesitarán mantener
viva la llama del negacionismo incrementando su activismo social, político y
comunicativo. Mostrarán que su realidad es otra.

Desde fuera, desde aquí, es la hora de entender de una vez
hasta dónde llevan las políticas de estigmatización, de negación de la
realidad, de criminalización de los otros, de no saber distinguir ni el
equipaje no los compañeros de viaje. Desplazándome entre canales de TV me
encuentro que los mismos españoles que defendían hace unos días la idea del "robo"
electoral en sus debates, hoy tratan de venderme una biografía de Jean-Marie LePen,
el padre de la actual líder del Frente Nacional francés, el hombre que pidió
una "buena epidemia" para acabar con la inmigración africana en
Europa. Es el mismo canal y programa que nos vende otros días biografías de
santas visionarias. Todo forma parte del mismo paquete que el trumpismo
destructor. La visiones antes que la realidad, los fascistas violentos antes
que la convivencia pacífica y democrática.
Si no entendemos que Trump no es solo un fenómeno
norteamericano sino una forma de falsificar el mundo, de destruir su orden y
lógica en beneficio de un caos destructivo al que sigue un "orden
nuevo", no habremos entendido nada. Y, lo que es peor, no estaremos
preparados para frenarlo en Europa o de forma más local. Los simpatizantes de
Trump, los que se han beneficiado de su "reinado" están ahí, al
acecho, esperando su oportunidad de subversión, trabajándose el desánimo
popular, la mala imagen política, la falta de respeto por unas instituciones a
las que desprecian y ridiculizan.

Lo ocurrido en el Capitolio es un aviso. Hay que abandonar
los simulacros y ponerse a la labor de reconstruir la realidad dinamitada por
el deseo arrogante que la ha hecho saltar por los aires. La pregunta inicial, ¿quién puede frenar a Trump?, no es fácil de contestar en un país dividido. Trump ha sido, es y será un peligro, un peligro con 80 millones de votantes. A Trump le vencerán los que no le demuestren miedo a él ni a las consecuencias de hacerle frente, sin duda, peligrosas. Pero lo que está en juego es mucho.
Cuando vuelvo al artículo de Charlie Warzel, que antes se titulaba "America Is in a Reality Crisis", compruebo ya el texto se mantiene pero ha cambiado el titular a "The Pro-Trump Movement Was Always Headed Here". Me parece significativo de estos tiempos en los que nos hemos acostumbrado a que las cosas son, pero solo algún tiempo, que lo que he visto yo ya no es lo que verás tú.
Todo forma parte de lo mismo: inestable, provisional, esquivo. Es el "mundo líquido" de Baumann o el simulacro de Baudrillard. Nada es, todo puede ser cambiado, modificado, incluso el resultado de unas elecciones, ¿por qué no?
* Charlie
Warzel "America Is in a Reality Crisis" 6/01/2021
https://www.nytimes.com/2021/01/06/opinion/protests-trump-disinformation.html