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sábado, 30 de octubre de 2021

El botellón que no cesa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


El argumento de que la apertura del ocio nocturno iba a acabar con los botellones era, antes y ahora, de una ingenuidad pasmosa. No era más que otra forma de intentar acelerar la apertura del sector presentándose como salvadores sociales. Era una tontería, como decimos, cuando se planteó y lo es ahora que se ve absolutamente desestimado por los hechos.

Hace una semana, Antena3 Noticias nos lo decía desde ya los titulares, "Los jóvenes siguen realizando botellones a pesar de la apertura del ocio nocturno". Sintético y claro. Si de algo sirve esta pandemia es para comprobar el choque entre costumbres, negocios y salud. La salud ha quedado como un elemento colateral que se deja de lado ante la economía y la sociabilidad prima sobre el sentido común, que a pesar de su nombre es un aspecto de la individualidad.

Ni la pandemia ha podido acabar con un fenómeno que tiende a ignorarse por las autoridades por distintos motivos, no todos confesables. Es un problema real, de salud, que se ignora y nos muestras graves carencias sociales, una cara de esta sociedad por la que pasa gran parte de nuestro futuro. El botellón es la institución social molesta, la que no aparece en los libros. pero que es una realidad social y generacional, marchando hacia la segunda década de existencia.

El final del texto mencionado de Antena3 señala:

 

Los expertos en adiciones indican que el botellón debería abordarse como un problema de salud. Por ello exigen mayores consecuencias y que se aumenta el precio del alcohol para reducir su consumo.

Explican que, el consumo de alcohol en edades tempranas puede ser un factor de riesgo de alteraciones en cuanto a funciones cognitivas y neuropsicológicas. Además, el estado de ebriedad puede generar más accidentes, episodios de violencia y conductas sexuales de riesgo.*

 


El rechazo de los jóvenes a meterse en el ocio nocturno es porque no ven en él más que obstáculos (caro, restringido) y una limitación importante, la del alcohol con la edad, algo que se salta en un espacio informal como el del botellón. Las garantías que el ocio nocturno quería mostrar como beneficiosas, los jóvenes participantes lo ven como limitaciones. Es un hecho que se bebe alcohol con menores, ya que ha ido descendiendo la edad de los participantes. Los grupos de menor edad, que pudieran tener restringidos horarios en casa, lo que hacen es adelantarlo. Se ve a gente de 15 años en adelante con sus bolsas de supermercado llegando a primera hora a los terrenos donde se realizan los botellones. Luego va llegando la gente de más edad, los que saldrán de allí a primeras horas de la mañana.

Los botellones fueron precisamente una respuesta a la crisis económica y a cómo el sector del ocio nocturno trató al sector del consumo más débil económicamente, la juventud. Reducido su poder adquisitivo por las crisis de las familias, lo más barato era ese espacio de ocio sin paredes, sin limitaciones, autogestionado.


No he visto publicadas las cifras de los beneficios de los distintos sectores que se aprovechan de esto, de los fabricantes de bebidas o de los que las venden en supermercados y tiendas. Si se pasa por un hipermercado un viernes por la tarde lo entenderá perfectamente. Asistirá a la concentración de jóvenes en las cajas para pagar las botellas que se llevan. Los menores compran las bebidas sin alcohol para las mezclas; los de los 18 años se llevan ya las alcohólicas. La mezcla se hace in situ. El negocio es evidente porque hay muchas marcas que ya empaquetan juntas las bebidas para las mezclas

Hay negocio, mucho negocio, en ese elevado consumo que produce muchos beneficios y del que algunos viven en exclusiva. Sí, hay gente cuya forma de vida es tener el maletero del coche cargado de bebidas y venderlas allí para los que quieran reponer. Es economía sumergida, pero han tenido que comprarla en algún lado.



Los que se quejan de esto son los vecinos, las personas que deben vivir con el ruido y con la porquería que generan. Son aquellos a los que vemos en los noticiarios denunciando que no pueden dormir, que tienen que salir de casa entre restos, vómitos y orines.

Los que callan, en cambio, son los políticos. Desde que a los 18 años se es votante, el peso del voto juvenil es importante y nadie se atreve a lanzar campañas contra algo que se ha convertido en una forma de vida, más allá del ocio. La vaciedad de la vida, lo poco que ofrecemos, la falta de responsabilidades, la socialización generacional, la pobreza educativa, entre otros muchos factores hacen que los botellones se encaminen a cumplir su segunda década.



Esta prolongación hace que las imágenes que veamos no sean solo las de jóvenes. Hay gente ya mayorcita, pero que es lo que ha vivido desde hace quince años. Ahora, cuarentones, siguen asistiendo los fines de semana a estas reuniones masivas. No saben otra cosa; es lo que han vivido.

También llama la atención, a la vista de los reportajes, el gran número de jóvenes extranjeros. Durante la pandemia vimos cómo llegaban jóvenes (especialmente franceses) a determinadas ciudades para la celebración de los botellones de fin de semana que venían aquí a hacer lo que en su país no les dejan hacer. Ellos mismos lo decían. 

Esto ya debería alertarnos de algo, de lo específico de este fenómeno debido a la permisividad general y a la falta de vigilancia. Los alquileres de pisos turísticos para las celebraciones de los que llegaba  de fuera para el fin de semana salieron a la luz con el confinamiento por denuncias de vecinos y asociaciones. Había que compensar con este turismo alcohólico y festivo la falta del playero en las costas y del cultural en las ciudades.

Las invasiones de los campus universitarios, ocurridas recientemente, no eran novedades. Ocurrían desde hace tiempo y las fuerzas de seguridad se limitaban a llevarlos hacia zonas menos sensibles. Mi facultad realizó un vallado hace un par de años por las invasiones "dirigidas" hacia nuestros espacios para evitar que accedieran a otros con más daños. A los botellones de fin de semana se añaden otras "celebraciones" diurnas pero con los mismos efectos.

Sí, son muchos los que se aprovechan de los botellones para hacer sus negocios. El del ocio nocturno es de los que menos margen tienen porque afecta precisamente a los dos puntos más sensibles, la cantidad de alcohol y bebidas consumibles y el fraccionamiento de los grupos, ya que les plantea controles de acceso por edad, vacunación o cualquier requisito que establezcan, como el uso de mascarillas en el interior, por ejemplo.

El botellón es un problema de salud y un problema espacial. Más allá del alcohol está el problema de la ocupación del espacio público y de la convivencia, algo que se ignora. Plantea una conciencia de grupo de fuerte cohesión entre ellos pero de un feroz distanciamiento de los otros, lo que lleva a esos conflictos con los vecinos. En estos últimos tiempos se ha añadido un tercer conflicto: la creciente agresividad, el añadido de la violencia, tanto en peleas con heridos como con las fuerzas de seguridad que acuden a disolverlos. Parece que la violencia se ha acabado incorporando como un fin de fiesta, como parte final del festejo.

Esto es difícil de parar, pese a sus aspectos más negativos, que son evidentes. Hubo tiempos en que se hablaba del problema del alcoholismo juvenil como un problema de salud. Hoy el problema es que descienda el consumo de alcohol, una importante fuente de ingresos. La conexión con accidentes de fin de semana, violaciones, peleas, etc. solo son noticias, algo que vemos en las pantallas pero que no queremos ver en la realidad.

Otro fin de semana por delante. Las noticias serán las mismas.

 

 

* "Los jóvenes siguen realizando botellones a pesar de la apertura del ocio nocturno" Antena3 Noticias 24/10/2021 https://www.antena3.com/noticias/sociedad/jovenes-siguen-realizando-botellones-pesar-apertura-ocio-nocturno_20211024617565c54e2fc90001a8ebf1.html

lunes, 20 de septiembre de 2021

La nada que nos consume

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Lo último ha sido sobre los jóvenes afectados por los suicidios. Pero habría que sumar muchas más piezas al mosaico para poder ver el conjunto. Nos contentamos con pensar que es un efecto más de la pandemia, que afecta a nuestras visiones del mundo y se vuelven así más negativas. Pero esto viene de largo.

Los datos que nos han ido dando en estas semanas dice: que tenemos elevadísimos porcentajes de repetidores entre los jóvenes; que somos el segundo país con mayor número de los llamados con sarcasmo "ninis" (ni estudian ni trabajan); que tenemos también una de las tasas de abandono escolar más altas... Podríamos seguir añadiendo indicadores y todos serían del mismo tenor.

Las imágenes que nos han servido este fin de semana muestra macrobotellones (25.000 personas en mi universidad) y unos miles en una universidad barcelonesa. Innumerables repartidos por el país. Nos preocupa, como dicen los medios, que no usen mascarillas ni mantengan la distancia de seguridad. Pero nadie se preocupa por lo que representa esto, por cuál es su significación social, qué tipo de respuesta implica y, sobre todo, que forma de ver la vida supone.


Desde hace mucho tenemos un serio problema y una seria distorsión aceptada de nuestro futuro. Hace mucho que nuestra industria principal es el ocio más que otros tipos de producción que quedan relegados del foco de atención. Aquí de lo único que se debate es del "ocio" en todas sus variantes, no del trabajo sino de lo que hay que hacer cuando no se trabaja. Realmente hay que tener muy poco que hacer para mantener este ritmo de ocio que nos caracteriza.

Comentamos aquí aquel suspiro inaugural de la señora madurita al poder sentarse en una terraza y tomarse su cafelito. Los españoles salían de las sombras de la pandemia a la oscuridad de la noche de juerga, un fin patriótico para mantener en orden la economía del ocio que es la principal del país. Más allá del turismo, que tiene que venir, está el residente laborioso que se curra su ocio para mantener la actividad, tanto la propia como la ajena.

Las consecuencias de esto son variadas. Quizá las principales sean la precariedad y el subempleo, los bajísimos sueldos. Estas traen otras en cadena, la permanencia en la casa familiar, el retraso de los matrimonios y de los nacimientos, el envejecimiento de la población, solo paliado por la llegada de inmigrantes que nos permiten cubrir lo que no cubrimos.



Me sorprende cómo los medios dedican tanto tiempo a todo eso que llaman "ocio", ya sea como conflicto o como negocio. Hay mucho menos tiempo dedicado a algo más ejemplar que los cotidianos informes sobre botellones de los lunes por toda la geografía española. Comenzaron hace más de una década, precisamente como respuesta a una crisis económica y al deseo del ocio nocturno o diurno de entonces de mantener a distancia a unos consumidores jóvenes sin recursos. Lo del ocio está muy bien si gastas, sin no es parasitismo. El botellón es el listón más bajo. Te coges la botella de casa, los hielos y ¡a vivir! Si vas con prisa, y no te ha dado tiempo a pasarte por el supermercado (los veo haciendo la compra de botellas en mi centro comercial los viernes y sábados), te puedes hacer con algo en los vendedores que deambulan por el gentío ofreciendo botellas. Son los nuevos emprendedores, la cutrez del emprendimiento, el inicio de una gran carrera. Otros ofrecen otras cosas. Es un buen mercado y siempre hay demanda.

A todo esto se ha incorporado un nuevo aliciente: la violencia. El hecho de que la Policía tenga que intervenir ante las quejas de los vecinos, que se concentren cada vez más personas y que esas personas se diviertan lanzando botellas, golpeando los coches patrullas, etc. es un fin de fiesta divertido que poder compartir con los amigos el lunes cuando te pregunten.



La necesidad de los toques de queda no ha sido comprendida o, peor, ha sido ignorada y llevada al ámbito de la diversión y en muchos al descaro. ¡Soy joven y no me voy a morir!, decía uno ayer al ser entrevistado. Son los nuevos héroes: salen, beben y pelean. ¡Qué más se puede pedir! El aumento de la violencia en las calles es otro indicador. Cada vez salen más rápido las navajas, que forman ya parte del equipo de salir.

Esto es divertido y hasta atrae Erasmus del extranjero. ¿Dónde se lo van a pasar mejor que aquí? Pero si nos preguntamos por el futuro de este país, envejecido y con este modelo, real y mediático, no hay para muchas alegrías.

Las universidades, los parques, las calles, las plazas... son escenarios para beber y desbeber, para gritar y perder el sentido de la realidad, de una realidad que no gusta, que no ofrece alternativas, en la que nos desentendemos de los demás, donde lo aceptamos todos. Solo ofrecemos alternativas de ocio al ocio, ofertas de competencia para reconducir el "gasto". No hay alternativa al margen de esto y de todo lo que implica socialmente.

Mañana llegaré temprano a la universidad; debo dar clases como si nada de esto hubiera ocurrido. Tienes que ignorar lo sucedido, fingir que no ha pasado nada y que la estatua ecuestre que simboliza el traspaso de conocimiento a la siguiente generación está allí por algo. No sé lo que me espera, pero la depresión ante el espectáculo es grande, una enorme tristeza, frustración, una dolorosa pregunta sobre el sentido de lo que haces y sobre cómo la propia sociedad fagocita a sus integrantes en este proceso de la macro trivialidad rentable, en esta caricatura trágica del "ocio".


jueves, 3 de junio de 2021

El paraíso español

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Debo confesar que me resulta imposible asimilar los problemas gravísimos de España: el cierre de las pistas de baile y los horarios del ocio nocturno o si hay que llevar mascarillas en la playa o piscina y otros similares en profundidad. No, no consigo meterme en ellos; lo siento, no entiendo su carácter primario por más que me enseñen los números. Es una incapacidad, no sé si mental o genética. Debo ser muy bruto.

Una vez que la gente ha salido a la calle y se abre dentro y fuera, que los aforos se relajan, etc., el problema apocalíptico ahora es la pista de baile. Nos han convencido que los conciertos multitudinarios eran "experimentos" científicos para demostrar que se pueden reunir dos, cinco, diez o quince mil personas sin que haya desastres posteriores.

Quizá sea mi profesión, la de profesor, la que me impide ver el mundo a la manera en que un botellón, una pista de baile, etc. son la solución del futuro.



No voy a decir que un mundo en el que todo el mundo esté leyendo un libro sea perfecto (se quejarían los gimnasios y otros sectores, que entrarían en crisis), pero sí que eso que llaman "cultura", como algunas otras cosas, no es más que una ridícula caricatura de lo que pueda entenderse verdaderamente como tal. ¿Por qué lo llaman cultura? Los enfoques son puramente económicos y de intereses sectoriales inmovilistas.

Aquí tenemos unos partes enormes de la población con serios problemas de alcoholismo, pero no se puede decir porque tenemos a los productores de bebidas alcohólicas que protestan si no se les considera contribuyentes al bienestar.

Aquí el problema del botellón es que molestan a los vecinos (¡vaya por Dios!), que ensucian las calles (¡vaya por Dios!), etc. y no lo que realmente representa. Hemos escuchado hace unos días el argumento para que se abrieran los locales de ocio nocturno: para evitar que la gente esté haciendo botellón en la calle ¡que se abran los locales de ocio! La solución a las calles limpias son los locales cerrados, ¡qué oferta tan generosa!



He escrito "el problema del botellón", pero ¿es el botellón un problema? Solo si no se hace. Hemos desarrollado un enorme cinismo basado en la economía: cada uno hace lo que quiere si produce beneficios a terceros. Hemos renunciado a crear un futuro mejor porque entonces discutimos sobre el futuro que cada uno ve. A mí por ejemplo, me gustaría con gente leyendo, hablando de arte, con más bibliotecas, con más museos, con más ciencia e investigadores. ¡Qué vulgaridad la mía! ¡Eso no da dinero! Hemos asimilado esta forma de pensar en la que lo único que indica éxito o fracaso es el rendimiento económico. No hay otro.




El diario El País hablaba de "sector sobredimensionado" al referirse al mundo editorial, pero ¿no está sobredimensionado el del "ocio", con un bar por cada 170 habitantes? Si eso no es sobredimensión... Pero la vara de medir es muy distinta. ¿Se puede estar sobredimensionado culturalmente, transmitiendo realmente cultura, mientras que eso que llamamos de forma impúdica "ocio" no lo está? Es tan ridículo que otro medio celebra como "boom" que se abran ¡20 librerías en un año! Es realmente insultante para un país que producía libros, con librerías de fondo magníficas, que desde los años 70 se abrían magníficas librerías en la grandes ciudades, donde las ciudades "universitarias" tenían librerías alrededor de los campus y era raro no encontrar librerías cuando recorrías las calles principales. Dediqué muchas tardes a recorren determinada zonas de librería en librería. ¡Sobre oferta! Es increíble que se entienda de esta forma. Le escuché a un "crítico literario" de los medios que si las librerías habían cerrado, "algo habrían hecho mal"; lo dijo con cierta sorna. Cuando cierre su medio le preguntaré "qué hicieron mal".



La pandemia ha dejado al descubierto nuestras carencias y nuestras prioridades sociales, nuestros sectores influyentes, lo valorado y de quién dependen los políticos. Sí, el coronavirus ha traído desgracias, pero también luz iluminando nuestras miserias, el paraíso donde puedes hacer lo que quieras siempre que produzca algún beneficio a alguien.

El coronavirus nos ha mostrado la cara oscura del paraíso español, este que atrae ahora a extranjeros a hacer aquí, como dicen, lo que no pueden hacer -porque no les dejan- en sus países. No es un problema de ahora, pero ahora lo vemos con más claridad al poner el foco sobre ello.

No intento convencer a nadie, porque es una batalla perdida. Lo vivimos ya en lugares, como la propia universidad, donde se debería luchar por un futuro más "ilustrado", de personas más cultas en un país más culto. Pero lo hemos reducido todo a nuestro propio interés personal, nos hemos vuelto incapaces de pensar en términos de mejora del conjunto en un país dividido por cualquier cosa. Cada uno a lo suyo. Siendo egoístas se vive mejor.

Dejados a la deriva, gobernados por unas clases incultas, manejados por influencers y críticos que aspiran a serlo, nuestro destino es ser felices tratando de olvidar nuestra propia miseria. Pan y circo. El pan te lo traes tú y el circo lo ponemos nosotros.

Esto empezó hace mucho tiempo y seguimos con ello en la suela del zapato.


lunes, 17 de mayo de 2021

Las macro fiestas y la decadencia

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Cuando un noticiero internacional como Euronews abre su boletín con los bombardeos de Gaza para titular poco después "Macrofiestas en España", pese a las noticias positivas de la victoria de Nadal en Roma y del Barça femenino en Europa, habría que pensar en sus efectos. Recogíamos los titulares hace unos días de la CNN, también reflejando el panorama de los botellones y demás actos festivos callejeros. Sí, España llama la atención fuera por este comportamiento que ya da titulares agresivos, como los agentes de Policía heridos por intentar disolver un botellón, una nueva aportación léxica al lenguaje universal junto con "fiesta", "siesta" y "guerrilla".


En RTVE.es se preguntan desde titulares "Del champán infantil al botellón: ¿por qué el alcohol es omnipresente en nuestra sociedad?" La respuesta es, por un lado, sencilla; por otro, compleja. Nos dicen que hay una cultura del alcohol, sí, que producimos, nos lo venden y lo bebemos. Pese a estar limitada su publicidad, hay muchas formas de hacerlo pues no hay celebración que no esté ligada al alcohol.

Hay en el reportaje de RTVE.es, firmado por Álvaro Caballero, un aspecto que creo que es determinante. Se nos dice a través de testimonios:

 

"Yo empecé a beber con 14 años, que era cuando se empezaba a trabajar. 'Ponle al chaval un vino con casera', decían, era lo más normal del mundo", recuerda Agustín, exalcohólico y abstemio desde hace 16 años. Ahora, a diferencia de lo que hacía él, ve que la gente joven "no sale a tomar algo, sale directamente a emborracharse, y cuanto más rápido mejor. En mi época eso no se hacía", señala.

Se trata de un cambio de tendencia que lleva años en marcha. España tenía antes una "cultura húmeda", como otros países del Mediterráneo, en la que se bebía poco -generalmente vino-, pero a diario. Ahora avanzamos hacia modelos como el de Reino Unido o los países nórdicos, donde se bebe poco entre semana y en los fines de semana se abusa del alcohol -sobre todo cerveza o destilados-.

Para Espelt, esto no es solo peor para la salud física, con un aumento de las intoxicaciones etílicas, sino que incrementa los problemas sociales: más accidentes de tráfico, más violencia, embarazos no deseados, enfermedades de transmisión sexual, etc.*

 


Creo que aquí está parte del núcleo del problema. Hace unos días citaba aquí algo que había escuchado: "— ¡No me llames después de las 12 que ya estoy pedo!" Creo que la frase concreta bien lo que se nos ha señalado. Del vino acompañando la comida a su presencia absoluta, concentrada en el fin de semana; de la casa al escenario social.

La historia no enseña que tras el alcoholismo hay mucho de soledad, el darse a la bebida como reflejo de una incapacidad comunicativa. Quizá lo que vemos nos engaña y tras toda esa fiesta hay escondida mucha soledad, vacío y problemas reales de comunicación.

Recuerdo que me alejé de mi grupo de amigos de adolescencia cuando empezaron a reunirse en lugares en los que solo se vendía cerveza. Pronto me resultó imposible seguir aquel ritmo de bebida y me acabé separando. Todo acababa en alcohol y el día que casi tuvimos un accidente de coche en plena Gran Vía decidí que era otro mi camino. Alguno murió de cirrosis pasados unos años. No había todavía botellón, pero los problemas se veían con claridad; el alcohol se iba convirtiendo en el centro de la vida de muchos. 

Pasado el tiempo, lo que tenemos está adquiriendo proporciones difíciles de controlar. El hecho de estar atrayendo participantes extranjeros al hilo de este tipo de atracción es todavía más preocupante porque mientras sea negocio seguirá.

En La Vanguardia nos hablan de las protestas de los vecinos de la Barceloneta, desbordados por las fiestas que se organizan a sus puertas:

 

“En realidad –prosigue el representante de la asociación de vecinos–, en lo que se refiere al incivismo, lamentablemente ya estamos peor que en el año 2019, y sin tener apenas turistas... La verdad es que la mayor parte de las personas que están llenando las playas estas noches son extranjeras que residen en Barcelona, y no sólo estudiantes, también gente más mayor. Nos cuesta mucho entender su comportamiento. Todo lo que pasa en las playas tiene también consecuencias en las calles del barrio. Últimamente no hacen únicamente lo que les da la gana, también se enfrentan a los vecinos del barrio que les recriminan sus conductas. Entonces tiran botellas a los balcones, llaman a los timbres, patean las puertas... Por ello creemos que unos trabajos comunitarios no les vendrían mal. Al fin y al cabo nos encontramos ante un problema de convivencia. Si es que, cuando la policía los echaba, algunos se ponían a gritar ¡volveremos! y cosas así ¿es que tenemos que llevar les a los sanitarios del hospital del Mar para que hablen con ellos? el Ayuntamiento tiene que tomar la iniciativa”.**

 


Se ha hablado mucho de la llegada a las juergas de Madrid desde diferentes puntos, especialmente de Francia. Barcelona también lo padece en ese efecto llamada producido por la necesidad de "reactivar la economía". Las "molestias" para los vecinos —que no son nuevas ni por la pandemia— son "riqueza para todo el mundo que se ha creado alrededor de la bebida y la forma social del botellón.

Ya lo vimos en años anteriores en los que se había generado en determinadas zonas costeras de Cataluña el llamado "turismo de exceso", gente que viene a hacer aquí lo que no le dejan en su país. El cliente siempre tiene razón; el turista es el cliente principal. Hay que subordinarse a sus gustos y especializar la economía de la zona para ellos. El listón es cada vez más bajo y el poder económico de algunos de estos sectores es grande, también el poder político, que ejercen a través de patronales y apoyos políticos en los ayuntamientos. Se trata de convencer a la gente que es un mal necesario y un bien para todos. 

Que el botellón se haya convertido en el problema que es deja al descubierto lo endeble de nuestra sociedad. Como se señalaba en RTVE.es, ha dejado de ser un problema de soledad pasando a uno de soledad compartida. Es el reflejo de una forma de decadencia —no hay que tenerle miedo a la palabra— algo que anida entre las raíces y acaba pudriendo la vida de las personas.



En muchas ocasiones he escrito aquí que hemos explotado a nuestra propia juventud, a la generación siguiente, a través de la falta de futuro, de los millones de parados y precarios, de los infravalorados, a los que se les manipula vendiéndoles la idea de los "mejor preparados" cuando se les acaba utilizando para tareas en que la preparación les sobra. Los mejor preparados, sí, son los que se van de España a encontrar un futuro que aquí no se les da, alejándose de una sociedad cada día más dura y, a la vez, pagada de sí misma. 

Son los efectos de las crisis económicas de la década del 2000 que se cebó en ellos. Víctimas del subempleo, de la precariedad, de la falta de vivienda por la especulación, etc. pero convertidos en motor malsano de una economía del ocio, de la fiesta, de la nocturnidad, etc. que les necesita y les desprecia. Los medios recogen hoy la generosa oferta de la patronal del ocio nocturno; quieren abrir para evitar que la gente esté en la calle por las noches. ¡Pero si los botellones ya estaban cuando no había coronavirus! La petición refleja bien lo que es la situación.



Lo malo es que esto no se cura con la edad. No es un problema de juventud, sino social. Las personas que han pasado por estos procesos quedan marcadas en su forma de ver la vida y, como ocurre a menudo con el maltrato, los que salen repiten lo que han tenido haciendo una sociedad cada vez más dura e implacable. Queremos que consuman lo que tenemos, pero no que se produzca otra cosa. Son el motor principal de nuestra economía húmeda.

En el artículo firmado por Álvaro Caballero se señala:

 

En estas edades es fundamental la presión de grupo, por lo que el principal consejo que dan desde el Centro Reina Sofía es fomentar "la asertividad, el juicio crítico, el poder valorar por ti mismo y decidir sin la presión de los demás, del qué dirán". Coincide Agustín, que cree que el inicio en la bebida en estas edades se debe "a la falta de madurez, que nos hace hacer lo que hace la manada".

Espelt muestra cómo la tecnología ha agudizado el problema. Ahora, mediante mensajes de Whatsapp, los chavales se dicen unos a los otros dónde están bebiendo y extienden la presión al campo virtual.*

 

Los consejos del Centro Reina Sofía suenan a broma, pues se hace todo lo contrario. ¿Queremos persona que digan que "no"? ¿Es una broma? ¡Son parte de nuestro sistema económico que se ajusta a la demanda y la crea! Hemos tenido campañas publicitarias diciendo"¡soy muy de bares!" o haciendo apología del alcohol a través de músicos y personajes populares, los que conectan con ellos.



Varias veces al año la Ciudad Universitaria se ve asaltada por miles de jóvenes, muchos de ellos menores, que vienen provistos de bolsas llenas de botellas de vino o de refrescos para hacer combinados. Inundan el campus ante la vigilancia cuidadosa de la Policía, cuyas instrucciones son evitar que deterioren la Plaza de Medicina, la que tiene la estatua que representa la transmisión del conocimiento. Los jóvenes son desviados a nuestra Facultad, inundando nuestro espacio verde, el que rodea la Facultad. Hemos tenido que cerrar con verjas todo el recinto para evitar convertirnos en el espacio consentido (y dirigido) del botellón que se concentra allí para evitar que se haga en otras zonas de Madrid.

Es el día de la depresión anímica, de cruzarte con miles de personas que corren ansiosas a encontrarse con otros a golpe, efectivamente, de teléfono, que se buscan y localizan para crear ese grupo dentro del macro grupo. Es el día de los que abren la trasera de sus coches, convertidos en puestos de venta del alcohol para hacer el negocio ese día con los que se quedaron cortos en la bebida. Es todo un sistema de abastecimiento perfectamente orquestado; un sistema de comunicaciones que funciona a golpe de tuit o de cualquier otra red social.

Los titulares de medio mundo hablan de las macro fiestas españolas. No han cesado en este tiempo; ha sido una economía en marcha, aunque redujera su funcionamiento a medio gas. Los políticos no se enfrentan a ella y la ignoran, pero saben que está ahí y que quien trate de reprimirla se enfrenta a la ira del grupo extenso.



Hay mucha hipocresía en esto. Lo malo es que estamos creando una imagen exterior que alejará a unos y atraerá a otros. Pero más allá de nuestra imagen, está nuestra realidad, esa forma decadente —estado interior— en la que estamos sumidos, del que no salimos. El que quiera hacerlo, tiene que vencer la llamada del grupo, dejar atrás muchas cosas, romper lazos.

Pensar que el problema de los botellones son los contagios no deja de ser una hipocresía. El problema es previo, social, cultural, anímico. Refleja algo más que esa "libertad" con la que se quiere enfocar por parte de algunos. En realidad, es lo contrario. Es más que las molestias que causan, no se trata de hacerlo un poco más lejos o en otro lugar. No es cuestión de los jóvenes, sino del sistema que hemos montado durante décadas, lo que supone, y la falta de resistencia a su normalización. Es una consecuencia de nuestra visión, de nuestras decisiones, de nuestra ceguera y del beneficio de muchos.

Como en España no se vive en ningún sitio. Eso dicen.

 



* Álvaro Caballero "Del champán infantil al botellón: ¿por qué el alcohol es omnipresente en nuestra sociedad?" RTVE.es 16/05/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210516/champan-botellon-alcohol-omnipresente-sociedad/2089740.shtml

** Luis Benvenuty "La Barceloneta pide cerrar la playa tras un nuevo récord de desalojados" La Vanguardia 16/05/2021  https://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20210516/7458763/barceloneta-pide-cerrar-playa-nuevo-record-desalojados.html

martes, 11 de mayo de 2021

La nada festiva

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Cree el doctor Simón que lo de las celebraciones del final del estado de alarma ha sido culpa suya. Hay que tranquilizarle al respecto. Él es solo una pieza más del malentendido interesado, un barco navegando en solitario entre las olas que otros provocan. ¿Cuánto tiempo cree el doctor Simón que hace que sectores enteros dejaron de escuchar los comunicados oficiales sobre la pandemia? Hace mucho que el doctor Simón es voz que clama en el desierto. Hace mucho que los que tenían que enterarse de lo que pasaba pasaron a esperar solo el pistoletazo de la salida de la pandemia entendida en términos explosivos.

No le echen la culpa al aburrimiento. Desde muy pronto hubo quien decidió aburrirse o que lo del virus no iba con ellos. Sorprendentemente, en todo este tiempo que va de pandemia no se ha escuchado una palabra, "nihilismo". La palabra estuvo muy de moda en el siglo XIX, mostrando una epidemia moral que asoló el mundo, especialmente a los jóvenes, que no le encontraban sentido a la vida que les rodeaba. La tenemos reflejada como postura en la literatura que no leemos, como en el magnífico "Padres e hijos", de Iván Turgéniev.



Las imágenes que hemos visto no me han recordado ni la vida ni la alegría, concepto trivializados, sino simplemente el fin del aburrimiento de una sociedad cuya felicidad desde hace décadas transcurre de botellón en botellón, de fiesta en fiesta, de trivialidad en trivialidad. A los nihilistas les importaba tan poco la vida que se la jugaban a los juegos más tontos; les daba igual vivir que morir. La risa estúpida con cualquier cosa tapaba la ausencia de verdaderos motivos para ser algo que no entendían.

Este coqueteo con la prohibición, este saber que es algo que tiene riesgo, les "pone", les saca del letargo y el aburrimiento para llegar a esa apariencia de felicidad que deben expresar ante los demás. "¡No me llames después de las 12, que estoy pedo!" es una frase que escuché en la facultad en el cruce entre dos estudiantes. Se me quedó grabada.

Muchas de las imágenes de estas celebraciones nos mostraban a "antiguos jóvenes", personas que han decidido parar el tiempo porque se encuentran más "cómodos" en ese estadio que para algunos es el final, en el que se seguirán refugiando como alternativa a lo que les espera fuera.



No, no debe sentirse demasiado responsable el Dr. Simón. No debe hacer lo que los demás evitan siempre que pueden, la responsabilidad:

 

Muy decepcionado, mucho". Así se encuentra el director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, Fernando Simón, tras ver las multitudinarias fiestas callejeras que se registraron la noche del sábado tras el fin del estado de alarma. Simón, muy serio, reconoce que "no puedo saber, ni yo ni nadie en España en este momento" cuáles serán las consecuencias desde el punto de vista epidemiológico de las masivas concentraciones que se produjeron esa noche, aunque no descarta un incremento de los contagios, especialmente en los menores de 60 años, los menos vacunados. Tampoco que puede activarse una  cuarta ola que hasta el viernes parecía controlada. 

Simón hizo autocrítica, al considerar que tenía responsabilidad en lo que ocurrió el sábado. "No he sabido transmitir de manera clara que el fin del estado de alarma no es el fin de la pandemia. Creo que no los transmití de manera clara ni a los ciudadanos, ni a los políticos ni a los medios de comunicación". "Lo que vi el sábado me dio mucha pena. Entiendo que algunos grupos estaban ansiosos, pero hay que aguantar un poco más, la incidencia de contagios aún es muy alta".*

 


No es un problema de claridad, Doctor. Es un problema de "voluntad", de importarte el mundo que te rodeo o de considerarlo solo una pista de baile con barra libre toda la vida. hace mucho que nos dejó de importar el declive educativo y lo que implicaba en nuestra vida; hace mucho que el arte, la cultura, etc. es decir, los recursos para dar sentido a la vida, se quedaron en el camino de lo aburrido, de lo que se abandona en la escuela. El resultado es esa obsesión con la celebración que vertebra nuestra vida creando un nuevo ritual. El ritual es una forma de tratar de encarcelar el tiempo vertebrándolo. Nuestros rituales son los "findes", ya sean de semana o de mes. Recuerdo mi sorpresa al escuchar en el metro, camino de la Facultad, en pleno mes de septiembre, preguntar una chica a un compañero "dónde iba a pasar el fin de año". Me sorprendió. El ritual festivo ignora o silencia lo que hay entre medias de cada celebración.

No es un problema de comunicación, como piensa el doctor Simón, es un problema de un orden más profundo que hace que estemos preparados para unas situaciones y no para otras. Las celebraciones revelan y estas que salen lo hacen igualmente, hablan de nosotros, de nuestros valores, de nuestra forma de entender la vida. 

Los que hemos visto en la celebración fin del estado de alarma es solo la restitución de un estado que ha sido ignorado a lo largo de todo este tiempo, salpicado de denuncias de vecinos, de incumplimientos de todo tipo, con trampas y falsificaciones, un tiempo de excusas para hacer la santa voluntad y mostrar que el mundo se puede ir traste a ritmo de diversos estilos musicales y etílicos.

Fines de semana, celebración clandestina de fiestas anuladas, finales de copa, partidos "clásicos", etc. cualquier excusa ha sido buena en este tiempo. Unos han modificado su vida para ajustarse al bien general, a acabar con la pandemia; otros, por el contrario, han hecho todo lo que han podido para burlar las medidas y —como estamos en España— presumir de ello colgando sus vídeos y mostrando al mundo que es idiota y que ellos son muy listos.



No, no es un problema comunicativo. Es un problema profundo que seguirá con nosotros después de que acabemos con el coronavirus, no por ese esfuerzo que nos iba a hacer mejores, sino porque la vacuna que otros inventan acabará llegando a nuestros brazos. Y esperemos que sea así porque una parte de la sociedad, está claro, no va a poner nada de su parte. Los sacrificios de muchos son despreciados por otros tantos. Los pringaos y los listillos.

La misma prensa que convirtió a Simón en un icono pop preocupándose por su peinado, sus jerséis, que trivializó fijándose en el continente y no en el contenido, se preocupa ahora por sus palabras dolidas. Es el destino de esta cultura de la imagen, de las superficies y de lo superficial, carente de un mínimo de profundidad en sus discursos, más pendientes de personajes ridículos prefabricados que se nos cuelan cada día en casa. El destino de Simón era el desengaño o, como dice él, creer que no ha sabido comunicar correctamente la situación. En el mundo de Simón se cree en las palabras y en los hechos, en que sirven para algo. El otro es un mundo de autoengaño con emociones primarias.



La desmoralización de los sanitarios tiene su lógica. No es para menos. Descubren que para muchos no son más que una herramienta más para cuidar de su salud cuando ellos mismos no lo hacen. Desatendidos institucionalmente en sus reclamaciones de más personal y mejora de su situación, ahora se tienen que enfrentar a eso de lo que se quejaba una sanitaria hace unas semanas: salir de un agotador turno eterno, de ver dolor y muerte, y encontrarse por la calle los restos divertidos de los que regresaban de sus botellones reglamentarios. Ahora lo han visto en su conjunto.



Nos hace falta lo que no tenemos, crítica social, análisis de este sistema de "ocio" que hemos fabricado para salir adelante. Necesitamos artistas, filósofos, sociólogos, comunicadores... que no adulen, que no busquen sus minutos, días o años de gloria dentro del sistema, que dejen claro este vacío que nos rodea, que nos absorbe cada día. Los que tenían que ofrecernos luces y guías buscan más el aplauso fácil. No solo Simón está deprimido. La pandemia deja al descubierto nuestras miserias en muchos órdenes.

Lo del otro día es solo cuestión de sincronización de este nihilismo estúpido, con una jerarquía inversa de valores, de un infantilismo irresponsable y engreído, que celebra la vuelta al vacío, a la nada festiva. La tentación de la responsabilidad paso de largo. 

 


* Celeste López "Simón, "muy decepcionado" con las imágenes de macrobotellones de la noche del sábado" La Vanguardia  https://www.lavanguardia.com/vida/20210510/7443932/simon-decepcionado-imagenes-macrobotellones-noche-sabado.html

lunes, 27 de julio de 2020

Los nuevos felices 20 o la voluntad de incumplimiento

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Las medidas tomadas por los británicos tienen cierto punto de ironía, pero es su responsabilidad. No ha pensado mucho en sus ciudadanos hasta que ha encontrado la medida adecuada para hacer ver que hace algo. La exigencia de la cuarentena a los que regresan de España ha pillado con el billete en la mano a innumerables turistas, según nos muestran las televisiones, que venían para acá y se encontrarán al regreso con una cuarentena de dos semanas para reponerse del verano español. Esto nos pasa por confiados; se lo hemos puesto demasiado fácil y este es el resultado.
España necesitaba ser "amigable" no poniendo freno a los británicos para que vinieran a hacer caja y salvar la temporada del sector y todo lo relacionado, por lo que se recibía a los británicos con una sonrisa, pese a sus cifras de contagios y muertes.


Y ahora se le ha puesto a Boris Johnson en bandeja la ocasión de mostrarse como razonable y duro ante la pandemia o, si se prefiere, ante España, una auténtica coartada que muestra, para variar, el poco valor que concede a sus "colonias" veraniegas en España. Según nos contaban en televisión, hasta hay un ministro británico que se ha visto sorprendido en sus vacaciones en España y veremos si le toca pasar su cuarentena o si, como aquel asesor de Johnson, se siente liberado por el cargo.
En plena crisis de las negociaciones sobre el Brexit, Johnson da muestra del peso de Gran Bretaña en el destino europeo. Nosotros, según ha dicho con mucho juicio, nuestra ministra no vamos a plantear represalias al Reino Unido porque esto no es un juego de cromos, aunque a veces lo parezca.


Euronews nos muestra las imágenes espeluznantes por lo festivas de la llamada "Noche de los Balnearios", una celebración masiva en la que los húngaros se "socializan" en remojo. El argumento, nos dicen, es que ante el temor de que se produzcan medidas restrictivas más duras (no sabemos muy bien cuáles), los jóvenes húngaros han decidido meterse en el agua y disfrutar, como decía la famosa canción, "como si fuera esta noche la última vez".
Y es que tanta medida restrictiva está teniendo un "efecto llamada" o si se prefiere un plus de morbosidad. Da la impresión que el peligro no asusta sino que atrae, hasta le da cierto encanto nihilista al asunto de la cita, del contacto al azar, de no saber si tras la sonrisa, la copa, el ligoteo, hay un contagio. Es el espíritu de "mañana se acaba el mundo, aprovechemos".


De nuevo, la palabra "irresponsabilidad" necesita ser ahondada. La irresponsabilidad es la ausencia de responsabilidades o su incumplimiento. Ese riesgo que asumen, en Hungría, España o el Reino Unido, ¿lo hacen por algo que vale la pena? Uno puede entender que se asuman ciertos riesgo, pero ¿por esto? Debe valerles la pena puesto que se juegan las vidas propias y de sus familiares y amigos, de todos los que están a su alrededor. Y eso es lo preocupante.
Para las personas que no comparten este planteamiento, les resulta incomprensible y causa una profunda irritación. Más allá de ella, hay que pensar en términos de decepción social, de pérdida de rumbo, de la incapacidad del conjunto de entender una situación al no sentirse responsable de lo que sus acciones provoquen en los demás, próximos o lejanos. Es una extraña mezcla de contrarios, de individualismo y gregarismo, de la que no consiguen escapar por falta de recursos mentales. Es la incapacidad de pensar más allá de uno mismo y, especialmente, de la carencia de metas futuras más allá del presente.
Hemos analizado la pérdida de sentido del pasado que se produce en las últimas generaciones, pero no lo hemos hecho del nihilismo que implica la falta de sentido del futuro, que es siempre presente, el momento, lo que se escapa. Más allá, la nada. No es la primera generación que piensa de esta manera y tendremos que hablar de los nuevos "felices 20", los del siglo XXI.


La medida británica les ha sido puesta en bandeja gracias a las imágenes que salen cada día desde España. Creo que las imágenes son más impactantes que el número de rebrotes en sí. Asusta más la causa que los números, si bien estos son cada vez más preocupantes. En La Vanguardia leemos sobre lo que ocurre en Cataluña:

Si la medida tomada por la Generalitat pretendía acabar con las salidas de ocio nocturno en toda Catalunya este pasado fin de semana, el resultado fue un fracaso. Las persianas de las discotecas estuvieron bajadas pero los bares musicales mantuvieron su actividad hasta pasadas las tres de la madrugada en prácticamente todo el litoral catalán, excepto en Barcelona y Badalona, afectadas por el cierre de los bares y restaurantes a las 12 de la noche, así como una docena de municipios de la primera corona metropolitana sin playa, igual que Figueres y las poblaciones leridenses de las comarcas de la Noguera y el Segrià.
En la capital catalana, la orden de cerrar a medianoche fue ampliamente respetada por los locales, según el Ayuntamiento de Barcelona. Un dispositivo conjunto de Mossos d’Esquadra y Guardia Urbana fue recorriendo la ciudad para comprobar que, efectivamente, estaban cumpliendo la normativa dictada. La jornada acabó sin ninguna denuncia ni sanción en ese sentido. Pero eso no quiere decir que la noche de Barcelona fuese como aquellas llenas de silencio y aceras vacías de la primavera confinada. En las playas se podían ver a grupos que, a falta de bares, se montaban la fiesta por su cuenta, impasibles ante la presencia en el paseo marítimo de agentes de la Guardia Urbana, que no puso ninguna denuncia por botellón, según fuentes municipales. Y no será porque no había. En la playa de la Barceloneta, en el parque de las Tres Xemeneies, en el Poble Sec, en las plazas de Gràcia...
Las grandes concentraciones de gente bebiendo y socializando en la calle fueron una tónica la noche del sábado también fuera de Barcelona. En Castelldefels, los bares musicales de la avenida de los Banys hicieron su agosto, aunque muchos optaron por pasar la noche a su aire en la playa. Algo similar pasó en Badalona, donde el botellón sigue siendo una práctica habitual en las playas, como siempre lo ha sido.



Si los húngaros se ponen en remojo, el equivalente español son esos botellones incontrolados y no sé si incontrolables. Lo malo es que el "botellón" en sí no es lo malo, sino la actitud y el comportamiento. Es la voluntad de incumplimiento, por usar un término de resonancias nietzscheanas lo que destaca y, mucho me temo, será llevada a los escenarios educativos y laborales al regreso de este verano. Va a ser una dura prueba porque esto tiene enormes repercusiones y daños en muchos niveles, no solo el de los del sector del ocio veraniego, los viajes, hostelería, etc. Cuando llegue septiembre lo veremos.
Ya hemos señalado que no hay "oleadas" exteriores, sino relajación de medidas, incumplimiento de protocolos. No hay más coronavirus, hay más irresponsables pasándolo de uno a otros. Aquellos que tengan la suerte de no contagiarse, de ser asintomáticos o de haberlo pasado, se sentirán como súper héroes, los que vencieron al malvado Thanos del universo Marvel y sus planes ecológicos de reducir la vida al cincuenta por ciento. A diferencia de lo ocurrido en cómics y filmes, los muertos no regresarán pasados unos pocos años. Cada generación tiene sus referencias culturales y mucho me temo que este sentido del apocalipsis con fecha de regreso está en la mente de algunos.


Es triste tener que vivir del ocio de los demás y no saber (o querer) controlar el ocio propio. Cuando este genera su propia economía ya no es un derecho, sino una obligación para mantener un sector en marcha. Las noticias de Cataluña generan cierto recelo al comprobar que se restringe el acceso y aforo de ciertos locales mientras la Policía mira de lejos otros, como se nos señala. Quizá están hartos, como los sanitarios, de que les aplaudan a las ocho y se rían de ellos las otras veintitrés horas del día; quizá el espectáculo de la irresponsabilidad continua sea demasiado deprimente. Quizá a falta de británicos, buenos son los nacionales...
Creo que el hecho de que este fenómeno se esté repitiendo por todo el mundo no nos debe servir de consuelo. Nuestra preocupación viene, sobre todo, por los efectos que estos comportamientos tienen sobre nuestra enorme dependencia del turismo, es decir, de ofrecernos como "lugar seguro". Otros no lo tienen, por lo que sus efectos económicos son menores. Por eso las instituciones económicas veían que España se encontraría entre los países más afectados.
Quizá sea más fácil transformar nuestro modelo económico que cambiar las mentes de los hijos del sistema, los que él mismo produce. Hay lo que hay y se recoge lo que se siembra.



* "El cierre de discotecas en Catalunya se transforma en fiestas sin control en las calles" La Vanguardia 27/07/2020 https://www.lavanguardia.com/local/barcelona/20200727/482533532837/cierre-discotecas-catalunya-botellon-ocio-nocturno-barcelona-badalona-sitges.html