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martes, 27 de marzo de 2012

El vagón

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El caso español provoca curiosidad y transciende nuestras fronteras. Esta vez la sorpresa llega por parte de un reportaje de la BBC en el que se describe una reunión festiva en Londres. Allí se encuentran unos cuantos españoles que no se conocen y hablando entre ellos resultan estar todos relacionados con el sector informático. Al no encontrar trabajo en España o, mejor dicho, ante las pobres ofertas de trabajo que se les ofrecían en nuestro país, decidieron emigrar. Y ahora se encuentran convertidos en miembros de una floreciente colonia trabajadora española en Londres. No es el único sitio.

Aunque no hay cifras oficiales, la fuga de ingenieros informáticos al extranjero es cada vez más notoria en España. En Estados Unidos por ejemplo, según Javier Pagés, presidente de la Federación de Asociaciones de Ingenieros Informáticos en España, la green card se la suministran con facilidad.
Allí les esperan sueldos de entre US$70.000 y US$80.000 anuales.
En Alemania, la canciller Angela Merkel realizó una invitación abierta a todo aquel "IT", (tal y como se conoce en inglés a los especialistas en informática) interesado en hacer las maletas.
Y no es que en España no encuentren trabajo, al contrario, apenas un 2% está desempleado, pero, de acuerdo con Pagés, "tienen bajos salarios, bajo reconocimiento y nula progresión de carrera".*

La afirmación final de Javier Pagés es lo más sangrante de todo porque revela algo que en lo hemos insistido una y otra vez. El “mal español” es la degradación de nuestras empresas convertidas en rutinarias y pequeñas entidades incapaces de ofrecer puestos de trabajos en condiciones. La formación es muy superior a la oferta de trabajo. No solo al “trabajo”, sino a la ·oferta”, es decir, a lo que el mercado español ofrece a sus trabajadores. Este es el efecto combinado de haber ido rebajando siempre la parte laboral. El ejemplo más claro es la maltratada figura de los “becarios”, auténtica mano de obra casi gratuita en la que la mayoría de las empresas no piensan como formación sino como ahorro. Un ahorro que se ha producido en los "mejores" momentos económicos. Esto es lo terrible. Tenemos un mercado laboral absolutamente degrado por tres décadas (desde los años ochenta) de considerar que había que alentar a las empresas a la contratación de jóvenes. Los resultados son los que tenemos ahora: un enorme paro juvenil dentro de un enorme paro general. Han fallado gobiernos y empresas, aunque ambos miren a los trabajadores. No es ahí donde está el problema, desde luego.
De la misma manera que el tratamiento fiscal (y España fue advertida repetidas veces de esto) dado a las compras de viviendas contribuyó a la burbuja inmobiliaria, los estímulos para sacar a los jóvenes de las cifras del paro —las únicas que la ciudadanía entiende— justificaban ignominiosas formas de contratación juvenil, que hacía que el sueldo de los jóvenes "formados" compitiera con el de los jóvenes "en formación". La beca hacía bajar los sueldos y los sueldos bajos hacían bajar las becas. Al final de este proceso, tenemos sueldos de miseria y no se ha creado empleo.


La explicación de Javier Pagés sobre esa tendencia permanente a rebajar los sueldos en las empresas surge de una pregunta:

"¿Qué se está haciendo ante la fuga de informáticos?", dice retóricamente Pagés, "importarlos de latinoamérica a precios latinoamericanos. Así el español compite con informáticos de Venezuela, Colombia, Perú y Argentina".
No obstante, los latinoamericanos también se lo están pensando. "Están empezando a retornar porque la situación está siendo mejor en sus países".*

Es el mismo papel que están desempeñando ahora los informáticos españoles en Alemania o Inglaterra, con diferencias importantes. Allí son bien pagados porque son sectores en expansión, con presente y visión de futuro. En estos países se están preparando para producir e innovar en la próxima revolución informática, nos dice, que generará quince millones de trabajadores —en Europa, de aquí a 2020—, de los cuales 800.000 estarán directamente vinculados con el sector informático: la computación en la nube. Javier Pagés explica a la BBC:

El problema, dice, es que España no sólo ofrece malas condiciones laborales a su capital humano sino que se dedica más a los servicios prestados a empresas de tecnología extranjeras, en lugar de desarrollar software propio.
En consecuencia, el país europeo invierte millones al año en formar a ingenieros informáticos de calidad en las universidades públicas. Pero muchos de esos profesionales se marchan y se prevé sólo volverán al país de vacaciones.
"No es que vengan las empresas extranjeras y se lleven el oro, es que se lo damos refinado", finalizó.*

Es un ejemplo más, otro, del despropósito español, del despilfarro humano. Nuestro sistema laboral está “distorsionado”. De la misma manera que los economistas hablan de las alteraciones que suponen para el mercado el proteccionismo, los sectores subvencionados, etc., con el empleo en nuestro país ha ocurrido algo así. Hemos estado creando unos sectores que no estaban acordes con la oferta de empleo. Pero la calidad del empleo es un resultado del desarrollo de una sociedad y debe ir a la par. La teoría económica señala que, ante situaciones así, lo que se produce es la emigración, algo que evidentemente está ocurriendo. Mandamos al exterior a las personas que formamos porque no estamos dispuestos a pagarles lo que merecen por formación.
Es el equivalente de un vagón del Metro: “antes de entrar, dejen salir”. En el vagón nacional, salen unos para que entren otros. La riqueza se traduce en mejor formación, pero esa formación se desperdicia porque nuestras empresas son incapaces de absorberla y dedicarla a producir entre nuestras fronteras. El modelo "ladrillo más turismo" produce mucho y necesita poco.
Pero la teoría económica es fría y no contempla que junto a estos ajustes de mercado está la voluntad de crear empresas capaces de innovar y ofrecer mejores puestos de trabajo para que mejore la calidad del país en su conjunto. Por eso una parte importante de la queja de Pagés es que los pocos informáticos que consiguen buenos puestos lo hacen en las empresas extranjeras que hay en España, empresas capaces de producir algo en este terreno. Hemos renunciado a hacerlo. Es el conservadurismo empresarial facilón lo que ha degradado el sistema, su falta de horizontes para poder crear lo que otros sí crean y emplean nuestras personas para hacerlo. Lo que ha fallado y sigue fallando ha sido la falta de miras y la codicia inmobiliaria y turística combinadas. Pobreza emprendedora, nula innovación.


Estos sectores apenas son capaces de absorber casi nada de las personas con alta formación, No los necesitan, sencillamente. Y eso es un elemento importante en la apatía juvenil, que ve que las alternativas son el subempleo o la emigración. Por eso rezuman cinismo e hipocresía, las campañas mediáticas dirigidas a alentar que los jóvenes se tengan que ir de su país, frente a las que debían realizarse de exigir a las empresas que se pongan a la altura de la sociedad en la que se asientan. Pero eso no aparece en la teoría económica.
Es la falta total y absoluta de sentido nacional, que queda reservado en exclusiva para nuestras orgullosas selecciones deportivas. Ahí sí que no hay becarios y los sueldos son competitivos. Es el vagón de primera clase. El resto de los vagones van cada vez más vacíos y se van degradando por el abandono, por la dejadez de los responsables. Muchos se bajan y otros pocos suben en estos tristes vagones. Solo el último, el del paro, está lleno a rebosar.

* “Españoles a los que les sobran ofertas de trabajo”. BBC / Tecnología  26/3/2020 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2012/03/120326_tecnologia_informaticos_espanoles_aa.shtml


viernes, 9 de diciembre de 2011

Sobrecualificación


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Lo confieso: no soporto el término. No lo pude aguantar la primera vez que lo escuché y sigo sin poder hacerlo. Y no lo soporto como educador, como persona que vive su profesión de profesor desde la esperanza de ayudar a las personas no solo a encontrar un futuro mejor sino, esencialmente, a ser mejores en el futuro. Son dos cosas importantes y deben ir unidas.
La idea de la sobrecualificación es que debe existir un punto ideal en el que lo que se invierte en educación se recupera como trabajo. Si yo doy formación básica y logro obtener un puesto de director de una empresa farmacéutica, el dinero que se invirtió en mi educación ha obtenido una altísima rentabilidad. Si por el contrario, me formo como ingeniero nuclear y acabo barriendo calles de madrugada, el dinero que se invirtió en mí, se ha desperdiciado, una ruina, vamos.
Desde este maldito mundo que hemos hecho en el que ya no son solo malos los tiempos para la lírica, sino hasta para la prosa porque ya no hay descripción que no se haga en columnas y las diferencias de calidad se refieren al número de decimales y al margen de error establecido, esto constituye un problema de buena o mala inversión.
Lo terrible del asunto es que se ve solo desde el punto de vista de la producción. Vivimos en la fábrica global y somos nuestros trabajos. La filosofía hace mucho tiempo que renunció a las famosas preguntas de qué somos, de dónde venimos y a dónde vamos, para sustituirlas por el cuánto cobramos, qué horario tenemos, cuándo nos jubilamos y cuánto nos queda en ese limbo llamado jubilación. Más allá solo está la cadena ecológica.


Nos dicen ahora los datos que ya sabemos desde hace mucho sobre la situación española:

La sobrecualificación es un grave problema que arrastra España desde hace años, pues es uno de esos países en los que el nivel de estudios de su población, sobre todo en lo que se refiere a las enseñanzas universitarias y de FP de grado superior, ha ido creciendo mucho más rápido que la cantidad de puestos de alta cualificación en un economía muy basada en el ladrillo y en el sector servicios. Entre 1999 y 2009, el porcentaje de población española con estudios superiores pasó del 21% al 30%; entre los jóvenes, la tasa es del 39%.*

Lo malo de este enfoque y su consideración de problema es que es una justificación de los recortes educativos que vendrán y de los anteriores ya realizados antes de que se llamara así. La idea de Bolonia de reducir las carreras universitarias ya ha sido un “recorte” de gastos. Lo que antes se hacía en cinco años pasó a tres o cuatro. Para compensar las pérdidas de ingresos (dos años menos), se aumentan las matrículas y se recortan las plantillas docentes. Esto se vende políticamente manteniendo crecimientos moderados en los niveles básicos y encareciendo los superiores. De esa forma se limita esa “sobrecualificación”. Es obvio que si encareces el precio de los másteres y doctorados habrá menos matriculados. Eso se vende políticamente como “enseñanza de calidad”, acercándose a los estándares selectivos de los modelos anglosajones, vendiendo a las universidades españolas que van a ser como Harvard, Yale o cualquier otra prestigiosa institución del mundo con la que el docente español haya soñado. La realidad es la contraria. Hemos encarecido la enseñanza pero apenas notamos beneficio porque han aumentado otros gastos ante los recortes que llegaban de otras partidas. Pero eso es otro tema.
Lo terrible del planteamiento —y lo que causó mi indignación— es que este término lo que encubre realmente es la mala calidad del modelo de desarrollo español, nuestra conversión —con todas las honrosas excepciones que quieran, porque son realmente, eso, “honrosas”— en un pueblo de terracitas y festejos, en el que estudiar es poco más o menos que un lujo asiático porque, para tu destino laboral, con las cuatro reglas de ala aritmética te vale.


Lo hemos dicho en varias ocasiones y lo seguiremos diciendo porque todos los datos siguen apuntando en la misma dirección, al mismo problema: España apostó por el modelo más fácil, el de crecimiento rápido, el de la planta sin raíces, que mientras no haya sequía puede ir tirando. Nuestro escándalo es que esos jóvenes bien formados tienen que emigrar a países en los que crecer es otra cosa. La oferta de Merkel a los jóvenes investigadores españoles loa a Alemania y nos denigra como país porque es la constatación pública de que somos incapaces de construir algo consistente más allá de las terracitas y equivalentes en otros terrenos. Algunos han llegado a la curiosa conclusión de que formamos para los alemanes. ¡Otro motivo para recortar!


Seguimos idolatrando el turismo que es un arma de doble filo. Fue lo que nos sacó en los años cincuenta y sesenta adelante, pero en aquellos años España estaba empezando a transformarse en otra cosa, con una pobre agricultura e incipiente industrialización. Se crearon las universidades masivas precisamente para poder tener un potencial humano capaz de sacar adelante al país, de transformarlo en una potencia equilibrada. Eran los tiempos en los que crecer tenía un sentido. Ahora no. No existe ninguna dirección más que la del beneficio parcial y ningún plan más allá de la retórica de los gobernantes. Son incapaces, a la vista de los resultados, de hacer avanzar este país por caminos más allá de los festejos, bares, y casas y más casas. Ninguno de estos campos necesita de licenciados o doctores. Nos quejamos de que los mercados nos dictan la vida, cuando los locales nos la llevan dictando mucho tiempo, sin necesidad de recurrir a conspiraciones, a través de esa falta de espíritu constructivo social. La pena es que nuestros emprendedores tienen pocas miras.

La sobrecualificación —la sobre educación— no busca mejorar los puestos de trabajo, no. Busca lo contrario, encarecer la enseñanza para que se regule socialmente la demanda. ¿Hay otros términos? Es más sencillo subir las matrículas, hacer recortes en las universidades, que convencer a nuestro empresariado para que invierta en investigación, que innove en algo, que abra campos de algo exportable. Es más cómodo comprar las cosas que desarrollarlas, pero así solo necesitamos esos expertos vendedores que colgados de teléfonos o en nuestras puertas, intentan que les compremos las cosas que otros fabrican.
Nos fallan, una vez más, los políticos y el empresariado, demasiado atomizado precisamente por la falta de empresas medias potentes. Los primeros han sido incapaces de hacer diseños, planes estratégicos para tratar de mejorar la solidez de nuestra economía más allá del turismo y el ladrillo. Los segundos no han sido capaces de arriesgarse más allá de lo fácil, de lo rápido, de la economía superficial, la economía sin raíces. Por eso tenemos los niveles de precariedad que tenemos, el empleo y economía sumergida que tenemos, y la sobrecualificación que tenemos. Por eso existe, también, la desmotivación educativa que tenemos. Los empleos que los jóvenes de otros países realizan mientras estudian para pagarse sus carreras, son los que esperan aquí a los jóvenes licenciados cuando las terminan. Y es para periodos largos, eternos, en los que nuestros emprendedores tiran de becarios, de empleos parciales, “miniempleos” (como veíamos ayer) o cualquier otra fórmula que les permita obtener algún beneficio adicional como desgravaciones, etc., sin compromiso prácticamente, soñando con que el despido es la solución para mantener el mercado laboral a la baja. Después de años con esta política, los resultados son el escándalo de que nuestros jóvenes son los que tienen niveles de estudios superiores y unos empleos inferiores a los de toda Europa.
Triste, ¿verdad? Pues los hay que van sacando pecho y diciendo que les debemos dar las gracias.

* “España es el país de la UE con más trabajadores sobrecualificados” El País 8/12/2011 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/Espana/pais/UE/trabajadores/sobrecualificados/elpepusoc/20111208elpepusoc_4/Tes



sábado, 12 de noviembre de 2011

Luchas de edad y generaciones perdidas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su artículo de The New York Times titulado “Girls Just Want to Go to School” —que ironiza sobre la vieja canción de Cindy Lauper “Girls just Want to Have Fun”—, Nicholas D. Kristof cuenta cómo desde Vietnam, donde se encuentra, se ve mejor el contraste entre el sentimiento de los dos países respecto a la educación:

I wish we Americans could absorb a dollop of Phung’s reverence for education. The United States, once the world leader in high school and college attendance, has lagged in both since the 1970s. Of 27 countries in the Organization for Economic Cooperation and Development for which we have data, the United States now ranks 23rd in high school graduation rates.*

Phung, la joven citada en el artículo
Nos dice Kristof que esa reverencia por la educación es el resultado de verla como la forma de escapar al destino que tienen en la pobreza. Y no se vence al destino sino con una ética del trabajo y una fuerza de voluntad muy grande. Si todo en el mundo tiende a dejarte en el mismo nivel en el que te encuentras, sobreponerte a él requiere de una fuerza interior, la creencia en el valor del esfuerzo y la fe en que lo que haces va servir para algo.
La educación desde dentro y desde fuera significa fe en el futuro. Es apuesta por la próxima generación por parte de los que enseñan y confianza en su propio futuro en los que aprenden. El hundimiento de la educación en los Estados Unidos, señalado por Kristof, es similar al nuestro y de muchos otros países y es esencialmente un cambio de actitud y de valores respecto al futuro. Lo he señalado en alguna ocasión: se ha dejado de ver en la juventud nuestro futuro y se ha visto en ella la fuerza laboral del presente. Sin ambages: una generación explota a la siguiente. Se les explota en las empresas y se les mima en casa.
Las generaciones no se sustituyen ya una a otras sino que se ha llegado a una saturación generacional. La tendencia moderna en las sociedades avanzadas a la reducción del trabajo por los mecanismos de automatización ha creado unas franjas en las que solo caben los que caben. Las tendencias son a las jubilaciones anticipadas, sobre los 50 años, y eso es imposible desde el punto de vista personal, social y económico. En los años sesenta ya anticipó Alvin Toffler que en el futuro (hoy) las luchas de clases se transformarían en luchas de edad; la generación ha sustituido a las clases sociales o, si se prefiere, las ha cambiado. Cuando una sociedad tiende alcanza ciertos niveles de satisfacción, la insatisfacción llega por el reparto de los puestos.
Cindy Lauper, Girls just want to have fun
La prolongación de la “juventud” por encima de los treinta años, cuyas consecuencias son esas asignaciones de “becas”, “contratos de formación”, etc. a personas que en las generaciones anteriores con esa edad ya serían padres y madres de varios hijos, son la consecuencia directa de esto. No se entra en la madurez hasta que no se tiene un empleo estable que, a su vez, estabiliza la vida (casa, familia, etc.). Las cifras del paro “juvenil” son superiores y nos muestran realmente la dimensión del problema porque, como titulamos una entrada anterior, “la juventud no se pasa con la edad”. El fenómeno es nuevo y está creando unos efectos sociales que desconocemos en qué concluirán, el perfil de personas que se siente fuera del sistema social laboral durante décadas, condenadas al subempleo muchas de ellas.
La consecuencia de esto sobre la educación es grande. Desde el punto de vista de la generación anterior, se convierte en un gigantesco negocio. Cuando hay mucho paro, el gran negocio es la formación de parados, de personas a las que se convence de que con más educación saldrán de la situación en la que se encuentran. ¿Los beneficiarios? Realmente lo que venden “educación”. El que aprende nunca se verá perjudicado por aprender, es cierto, pero sí está realizando una actividad de la que se beneficia el que vende “formación”. Cuando es gratuita, no es más que la sustitución de los subsidios en “cursos”.

Los jóvenes posibilitan esos dos grande negocios, el ya señalado de la “formación” y el otro, gigantesco, que es el “ocio”. Entre ambos se cubre —o se pretende cubrir— el abanico de necesidades de las nuevas generaciones. El gran peso del negocio del ocio, moda, etc. es precisamente contar con unos “mercados-generacionales” que se prolongan por el tapón de edad. Se habla solo de cómo podrá sostenerse con las aportaciones de los que están en activo a los que se jubilen, pero se habla menos de cómo esa generación es la que también sostiene a los que tiene por debajo al no tener medios de emancipación. Por arriba mantiene el gasto de las pensiones; por debajo facilita la financiación de una generación que se prolonga artificialmente en su juventud y que, sin producir, se presiona hacia el consumismo para mantener activa toda una industria destinada a la infancia y juventud. A esta generación se le pide que gaste mucho y que gane poco. Una paradoja interesante sobre nuestra forma de organizar la sociedad.
En las sociedades en las que se está en expansión, por el contrario, la juventud se incorpora pronto al mercado laboral porque necesitan personas formadas para aumentar eficazmente su productividad. De ahí que absorban también parte de nuestra frustrada juventud que tiene que emigrar a países que no solo crezcan, sino que no estén copados por la generación anterior para no estar condenados al subempleo. Es un problema de espacio.
El problema es realmente grave porque lo que está reflejando —es lo que nos muestra la caída de la educación en Estados Unidos y en muchos otros países avanzados— que existen muchos factores sociales que están condicionando nuestro desarrollo y convivencia en los que no se piensa más que fragmentariamente.
Habrá que empezar a pensar en introducir el factor edad de otra forma en nuestro diseño del futuro. El caso que comentaba desde Vietnam Nicholas D. Kristof, el de la entusiasta joven Phung, nos mostraba cómo las mujeres están altamente motivadas hacia la educación en la que ven la huida de su doble sometimiento social: el de género y el de la pobreza. Invierten esfuerzo y empeño en formarse porque saben que les espera fuera el destino en forma de puesto de trabajo, un destino distinto al que su nacimiento les ofrece. Nuestras sociedades opulentas, acomodadas y bien organizadas no disponen ya de esa oferta porque los puestos están ocupados, por decirlo así. De ahí la proliferación de los autónomos, personas que se cansan de esperar una oferta de trabajo en condiciones y tratan de salir de esa espiral. También explica las resistencias —no solo culturales— a la incorporación de la mujer a los puestos de trabajo en las sociedades de fondo patriarcal. Muchas veces se ofrecen puestos pero por debajo de sus expectativas. Mientras se mantengan en ese nivel, no suele haber problemas, pero sí cuando tratan de acceder a otro tipo de puestos. Las mujeres no estudian más porque sean más listas, sino porque tienen más de lo que huir.


La primera generación que se vio a sí misma como “juventud”, diferente a los otros miembros de la sociedad, la que fue joven en los años sesenta, que trato de identificarse a través de sus propios rasgos, creó el valor de lo joven, pero no se planteó los efectos que eso tendría cuando llegaran al otro extremo de la edad. Hoy tenemos una retórica de lo “joven” pero no un valor de lo “joven”. No se puede seguir prolongando artificialmente la juventud porque lo que causa es inmadurez, algo que se percibe si se quiere percibir. La juventud no puede verse ni como mano de obra barata ni como consumidores natos porque el resultado será el colapso.

Los mecanismos empleados hasta el momento control implícito de la natalidad (económicamente no puedes tener hijos) por abajo o jubilaciones anticipadas (por arriba) no se demuestran buenas porque tienen efectos contrarios, con menos hijos la cargas sociales recaen sobre menos trabajadores (insostenibilidad de los sistemas de pensiones). ¿La opción sobre la mesa?: la emigración. No se les ocurre otra; la movilidad laboral, que una forma fina de decirlo.
Hará falta imaginación y sobre todo dejar de ver a la generación que llega como una molestia social que viene a quitarnos lo que tenemos o como nuevos clientes para venderles algo. En nuestro país el drama se amplía porque tenemos altísimas cifras de paro en los dos ámbitos generacionales. Por eso fue un escándalo que nuestro saliente presidente pidiera 30.000 becas a los empresarios y no puestos de trabajo para jóvenes. Mostrba la falta de alternativas a la prolongación de la formación por falta sitio laboral. De la beca no se va al empleo; se va a otra beca o a la calle.
Las chicas (y los chicos) quieren ir a la escuela si la escuela les sirve de algo para su futuro; las chicas (y chicos) solo quieren divertirse cuando no les dejamos otra opción y les empujamos a ello. Y eso lo van descubriendo conforme avanzan en el sistema educativo.

* Nicholas D. Kristof: “Girls Just Want to Go to School” The New York Times 10/11/2011 http://www.nytimes.com/2011/11/10/opinion/kristof-girls-just-want-to-go-to-school.html?_r=1&src=me&ref=general



sábado, 30 de abril de 2011

El escándalo del paro

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Hay que volver una y otra vez a ello. Hemos creado un modelo de economía y de sociedad, el uno consecuencia del otro, con una circularidad bochornosa, incapaz de ofrecer una alternativa real al problema del paro y, específicamente, al del paro juvenil. Seamos más claros: es el modelo el que provoca esta situación. Nuestros políticos son incapaces de generar más excusas ante la evidencia y contundencia de los datos y de la realidad que reflejan.* Hemos retrocedido dos décadas.
Este país eligió en su momento, hace más de veinte años, un modelo que estamos pagando ahora. Por él, con ligeras diferencias de matices, han trabajado los gobiernos de los partidos que han accedido al poder en cada uno de los niveles, nacional, autonómico y local. Desde el punto de vista político, se ha trabajado en el cortoplacismo, en tener un aparente éxito que permitiera afrontar las siguientes elecciones con unas cifras aparentemente buenas pero que encubrían una triste realidad: una economía débil, hipersensible a los vaivenes exteriores, sin capacidad de recuperación rápida, con un nivel muy bajo de producción y cada vez más dependiente de que a los demás les vaya bien. Nuestros gobernantes se han escudado en todo lo escudable para justificar una economía que se desarrollaba a fuerza de unos principios interiores más que en una idea de futuro. Y estos principios han sido la especulación, el consumismo, el endeudamiento y la economía sumergida.
Es simplemente vergonzoso que, incapaces de crear empleo, a tiro de piedra de los cinco millones de parados, los planes del gobierno se centren en maquillar esas cifras a través de planes para hacer aflorar el empleo sumergido, cuando éste ha sido una clave del modelo español. La economía sumergida es activa y se libera de muchas de las regulaciones, provoca el consumo, pero también el endeudamiento, que es la causa de gran parte de nuestros problemas domésticos y empresariales al contraerse el consumo. Con todo el mundo endeudado, los parones de consumo se convierten en dramas y arrastran en cadena. Aumentan los índices de morosidad y los de paro por falta de actividad o por falta de crédito. Es lo que hemos sembrado y de lo que hemos presumido, gobierno tras gobierno en veinte años.
Ahora los bancos, mientras avisan públicamente de las restricciones de los créditos, se dedican a hacer campañas telefónicas llamando a sus clientes con cuentas corrientes estables ofreciéndoles la posibilidad de créditos que estos no han solicitado. Un auténtico despropósito después de haber estado dando créditos poco fundamentados en los momentos de alegría crediticia.
Los sindicatos, ineficaces igualmente, desconfían del plan de afloramiento del empleo y proponen redefinir el “motor” de la construcción dedicándolo a la rehabilitación de las viviendas. Más de lo mismo, la misma carencia de ideas y de futuro. ¿Es tan difícil entender que no es posible exportar casas? ¿Es tan difícil entender que la llegada masiva de la inmigración, otro grupo fuertemente castigado, se favoreció para tener a una gran mayoría dentro del subempleo clandestino como forma de abaratamiento de los costes y aumento del beneficio, que no de bajada de los precios, qué ese subempleo se ha extendido al empleo femenino y juvenil? ¿Que se ha contabilizado como “juveniles” a las personas hasta los 35 años para hacer creer que era un problema transitorio y que después pasaban al empleo “senior”? ¿Es tan complicado entender que se ha fomentado la precariedad en el empleo presentándolo como la única alternativa viable contra el desempleo y que este modelo se ha enquistado en nuestra vida laboral hasta unos niveles absolutamente infames? ¿Es tan difícil?
Nadie se pregunta por qué nuestro “sólido modelo económico” no consigue salir del fondo después del crecimiento continuado, ese modelo que en declaraciones en Nueva York de nuestro actual presidente de gobierno presumía de ser envidiado por los demás países europeos:

"Hemos superado la media europea y a Italia, cosa que deprime mucho al primer ministro (Silvio) Berlusconi; pero nuestro objetivo es superar a Francia en tres o cuatro años, y esto no lo quiere ni oír nuestro amigo (Nicolas) Sarkozy", bromeó Rodríguez Zapatero.*


Para muchos, aquella broma era entonces —hace tres años— y ahora un sarcasmo y un despropósito porque significaba la constatación de la falacia o del delirio en el que este país ha vivido y sigue viviendo inducido por una forma irresponsable y demagógica de hacer política. Ni Italia ni Francia nos envidian ni se deprimen por pensar en nosotros. Somos nosotros los que nos deprimimos ante la falta absoluta de perspectivas de arreglo de una situación generada no por las crisis de los demás sino por la nuestra propia.
El sistema político español, por su propia evolución, ha producido un modelo de dirigente nacido en el interior de los propios partidos que está claro que no es capaz de enfrentarse a la realidad de los problemas. Entrenados en la demagogia, trepan por las escalas internas hasta llegar a los puestos en los que son incapaces de tener ideas u ofrecer soluciones. Y si las tienen, no las muestran temerosos de cualquier daño a su imagen personal o del partido. Con una clase política tan corta de miras es difícil poder confiar en soluciones. Solo la receta del mal médico: a ver si el tiempo lo cura.
La fuga de nuestros jóvenes mejor formados a otros países es uno de nuestros mayores dramas, ya que supone la ausencia de un futuro en condiciones, la incapacidad de ofrecerles algo mejor. Es el indicador que ha marcado la vida de muchos países, la ausencia de oportunidades, el dilema permanente entre quedarte en un país que no te puede ofrecer apenas nada o tratar de buscarte tu futuro desligado del de tu propio país. Ocurrió en los cincuenta y en los setenta. Vuelve a ocurrir. La pérdida es más grave ya que la fuga de los mejor preparados nos priva de la posibilidad de tener el día de mañana una mejor clase política, más comprometida y eficaz para beneficio de todos.

* “El 90%  de los que pierden empleo, menor de 35 años” El País 30/04/2011  http://www.elpais.com/articulo/economia/90/pierden/empleo/menor/35/anos/elpepieco/20110430elpepieco_6/Tes

* “Zapatero en Nueva York: ‘El sistema financiero español es el más sólido del mundo” Efe / El confidencial 24/09/2008 http://www.elconfidencial.com/cache/2008/09/24/espana_63_zapatero_nueva.html



jueves, 21 de abril de 2011

¿Es China el destino de los jóvenes españoles?


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Levanta el diario El País una polémica que aflora de forma permanente, la del destino de nuestros jóvenes. El reportaje titulado “En busca del sueño chino”*, realizado por Zigo Aldama, ha provocado comentarios airados sobre la situación del mercado laboral en España.
Es cierto, como señala algún participante en el foro, que desde hace algún tiempo se está proponiendo la emigración laboral de la juventud. La propia Angela Merkel realizó un ofrecimiento de captación de jóvenes españoles. “La canciller germana, Angela Merkel, planteará en breve a Madrid la posibilidad de que jóvenes españoles cualificados y en paro se trasladen a Alemania para trabajar”**, escribía el diario El Mundo en enero. Hay ya profesiones que saben que cuando terminen sus estudios tendrán que salir de España. Y lo peor no es que no hagan falta; al contrario. Lo peor es que hemos creado un mercado laboral tan desastroso que aunque los necesitemos, tenemos muy poco que ofrecerles. O, para ser más exactos, hemos creado un mercado laboral en el que la inversión en formación no se corresponde en absoluto con lo que el mercado laboral les ofrece. Queremos empleo barato en un país caro. Han faltado miras sociales, compromiso de futuro con la propia sociedad.

Los políticos han sido incapaces de elaborar un diseño social coherente, un marco de desarrollo conjuntado, y este se ha realizado al impulso de lo que las empresas necesitan. Y lo que las empresas necesitan es siempre lo mismo: menos gastos laborales, menos impuestos y mayores márgenes. No deja de sorprender que la única solución que la clase empresarial ha propuesto para este país sea siempre la misma: abaratar el despido, aunque aquí se le llama “flexibilizar”. La amenaza es siempre la misma: deslocalizar las empresas e irse a países en los que producir sea más barato. Como desplazarse suele dar pereza, lo que se hizo fue importar una mano de obra barata a través de la inmigración en ciertos sectores, y ajustar a la baja el resto de los sueldos.
Unos sindicatos ineficaces y un sector empresarial con pocas miras ha sido la combinación de nuestra deficiencia planificadora. “Planificar” es uno de esos verbos prohibidos por la economía que se lleva, pero planificar es tener algún tipo de futuro en mente y no se puede construir un país —o lo que sea— dando bandazos permanentes. En este país, el laissez-faire es más “laissez” que en ninguna parte. Más que dejar, ha sido dejadez. Más que dejar hacer, ha sido dejar de hacer.
¿El resultado? Lo tenemos delante todos los días en nuestras cifras y en la calle. Para algunos, el único problema es cómo hacerse ricos. Para los políticos, en cambio, el problema debe ser cómo construir un país sólido. Un “país sólido” quiere decir un país capaz de superar de forma rápida la sucesión de crisis a las que la economía globalizada y especulativa nos aboca, un país que sea capaz de crear sus propias líneas de desarrollo sin que se las fijen los demás, un país que tenga algo que ofrecer a sus ciudadanos y en el que sus ciudadanos vean la ejemplaridad y la honestidad de sus dirigentes. Como resumen: un país en el que estudiar una carrera no signifique emigrar.
Cuanto más débil es una economía, mayores son sus crisis. El problema de nuestra economía es que cuando nuestras cifras sean buenas, solo lo serán en apariencia porque se volverá a confundir  dinero y progreso social, consumo y solidez. El problema es el modelo. Somos la casa del primer cerdito.
Las economías europeas se empiezan a dividir en las solventes y en las insolventes. Sin embargo, la determinación de esta solvencia no puede desviarse hacia una abstracción como la “economía”. La insolvencia es la de la clase política, incapaz de gestionar los recursos de forma eficaz. Una clase política que ha tendido a manejar los recursos como ilimitados y que ha buscado su propia promoción a través de ellos. Hace falta pensar en el conjunto y de forma diferente a como se ha hecho hasta ahora a la vista de los resultados. Nuestra crisis es “nuestra”, absolutamente nuestra y fruto de nuestros propio errores. Mientras no lo asumamos, no podremos llegar a soluciones.

* “En busca del sueño chino” El País 21/04/2011 http://www.elpais.com/articulo/sociedad/busca/sueno/chino/elpepusoc/20110421elpepisoc_1/Tes
** “Merkel ofrece trabajo cualificado a jóvenes españoles en paro” El Mundo 22/01/2011 http://www.elmundo.es/mundodinero/2011/01/22/economia/1295702216.html