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domingo, 3 de febrero de 2013

La mancha (relato)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Cuando Sara regresó del bosque, ya no era la misma. Los miedos que durante años la habían acompañado en sus recorridos se materializaron en la agresión que la llevó al borde de la muerte. Nunca pudo explicar quiénes fueron sus atacantes y las palabras se retiraron de su boca como lo hizo su sonrisa.
—Mejor que no hable —dijeron en su casa.
Sara se convirtió en el mudo acompañamiento, en la sombra de aquel pueblo. No sabían si se había quedado muda o, simplemente, había perdido las ganas de hablar como había perdido las ganas de reír. Hasta el sonido de sus zuecos de madera parecía haberse retirado. Pronto se acostumbraron a verla aparecer de improviso, rodeada de un silencio que la envolvía en sus desplazamientos por las calles. Los que recordaban su risa, pronto se olvidaron de ella. Hasta se olvidaron de su nombre y su presencia comenzó a molestarles, convertida en el recordatorio permanente de que en aquel pueblo, en aquellas mismas casas en las que se vivía afablemente, también se recogía el mal cada noche.


martes, 25 de diciembre de 2012

El regreso (relato) / Navidades sin Ana

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Navidades sin Ana

Una pequeña anécdota que mi compañera Ana Vigara me contó —sobre un pariente que no se creía que Franco hubiera muerto y no quería regresar por si acaso— sirvió de base a este cuento escrito hace ya algunos años. Hoy Ana no está con nosotros, pero nos seguimos acordando de ella, cada día de una forma u otra. Está en nuestros recuerdos y conversaciones. En este día de Navidad quiero compartir lo que ella me contó y con lo que nos reímos juntos. Ella no necesita regresar porque no se ha ido de nuestro recuerdo. Esta peculiar historia es un cuento extraño de Navidad, pero no deja de serlo. Lo dedicamos a su memoria y a su familia.
¡Feliz Navidad, Ana! Besos.



El regreso


 Parece que esta vez va en serio, que la tía se ha decidido a regresar. No nos lo acabábamos de creer, pero, por fin, la hemos convencido entre todos. Hasta hace una semana, el asunto estaba todavía muy complicado.
–¿Seguro?
–Que sí, tía, que sí..., que hace ya más de veinte años.
–¿De verdad? ¿Seguro, seguro? –insistía.
–Por favor, tía, ¿cree que vamos a engañarla?
–No os conozco; podría se una trampa...
–¡No nos salga otra vez con eso!
–... para pillarme por lo del cabrito de vuestro tío, que al final siempre lo pagamos nosotras.
–¡Ay, tía, tía! ¡Nos va usted a arruinar con tanta conferencia!
–Déjame, anda –dijo mi esposa, cogiendo el auricular–. ¿Tita Sagrario...? Mire..., soy Mariana... Tiene que creernos. No hay ningún peligro. De verdad....
–¡No os conozco...! ¡Oigo ruidos raros en la línea!
–No son ruidos raros, tía, es el bebé que está llorando en la cocina; le estaba dando de comer.
–¿Y si me estáis llamando desde los sótanos de una comisaría y son gritos de torturas...? ¡Yo cuelgo, que me localizáis!
–¡Pero si la hemos llamado nosotros, tía!
–Bueno, da igual..., yo cuelgo.
Así estaban las cosas. Tuvimos que mandarle a su casa, en aquel pequeño pueblo francés, todo tipo de cintas de vídeo, recortes de revistas, fascículos..., cualquier cosa que pudiera convencerla de que podía regresar a España sin ningún problema. Era la única de nuestra familia que faltaba por regresar, y su vuelta se había convertido en un reto para todos. Entre nosotros, era frecuente utilizar expresiones como “eso es más difícil que la vuelta de la Tita Sagrario” o “te lo devolveré cuando la Tita Sagrario regrese”. Eran bromas familiares que pronto se convirtieron en una obsesión. La entrada de nuevos miembros en la familia nos hizo ver que aquello, en el fondo, no tenía ninguna gracia.
–¡En vez de reíros de ella, lo que teníais que hacer era intentar que regresara! –nos recriminó un día mi mujer durante una reunión navideña.
–Pero si no nos reímos; lo que pasa es que no hay forma de convencerla para que regrese. Se cree que la están esperando en la frontera para meterla en la cárcel, fusilarla o yo qué sé...
–¿Pero qué hizo para tener tanto miedo?
–¡Nada, no hizo nada! Eso es lo más curioso del asunto.
–Todo es por el tío Anselmo, que debía ser fino. Mi madre decía que lo único bueno que había hecho el otro bando fue fusilar a su cuñado. Cuando fueron a por él, la tía cogió las maletas y se plantó en la frontera con su cuñada, que vivía con ellos, y ya no volvieron. Encontró un trabajo en un pueblo del norte de Francia, en donde vivían unos parientes lejanos de su madre, y se quedó allí. Le perdieron la pista durante cuarenta años. Mi madre no dejó de buscarla, y finalmente conseguimos saber dónde estaba. Le mandamos cartas, pero se negaba a volver. Es una tozuda.
–Pero, ¿por qué no quiere volver? –preguntó mi cuñada Julia.
–Aunque te parezca mentira, dice que ella no se cree nada.
–De las próximas Navidades no pasa que esté aquí con todos.

 * * *
Cuando llegamos a la estación teníamos la duda de si realmente habría tomado el tren. Había dicho que vendría, pero ¡vaya usted a saber, con lo que es ella! El tren llegó a su hora y nos repartimos a lo largo del andén para intentar reconocerla. Buscábamos una anciana de casi noventa años a la que no habíamos visto nunca. Estudiantes con mochilas, emigrantes dispuestos a coger los enlaces hacia el sur, hombres de negocios, parejas dispuestas a hacer turismo por España..., de todo..., menos la Tita Sagrario. El andén se fue quedando vacío. Los grupos de familiares que habían ido a esperar a los viajeros se dirigían, entre abrazos, hacia la salida de la estación. Todo el mundo, menos la tía.
–Yo no la he visto –dijo mi hermano Luis.
–Yo tampoco. ¿Qué hacemos?
–No sé... Como le haya dado un ataque de pánico antes de tomar al tren...
–Espera, que voy a subir.
Me quedé esperando en el andén mientras él se metía en el último de los vagones. Un Talgo entró por la vía contigua y una nueva avalancha de gente inundó el andén. Mi hermano apareció en la puerta del tercer vagón haciéndome señas con la mano para que me acercara. Me dirigí hacia donde se encontraba, luchando con la riada de viajeros recién llegados. Entré y vi a Luis de pie, en mitad del pasillo, con los brazos en jarras.
–Aquí está –me dijo sonriendo–, pero dice que no se baja.
La tía Sagrario estaba sentada, muy rígida, con su bolso agarrado en la mano izquierda, y la mano derecha, los nudillos casi blancos, aferrada al reposabrazos del asiento.
–¡Tía Sagrario...! Bienvenida a España.
Nos costó hacerla descender. Solo la amenaza del revisor de llevarla hasta las cocheras la convenció. Nos dirigimos hacia la salida de la estación. La tía Sagrario no dejaba de mirar desconfiada hacia los lados temiendo que, en cualquier momento, una pareja de la Guardia Civil se abalanzara sobre ella y la llevara a los sótanos de algún cuartelillo perdido del que nunca saldría.
–¡Acabo en una fosa común! –decía–, ¡que lo sé yo! ¿Quién me mandaría a mí...?
–¡Ay, tía, tía...!
La metimos en el coche y, poco a poco, se fue tranquilizando. Cuando parecía que estaba calmada, el sonido estridente de alguna ambulancia la alteraba.
–Mire, tía, van a por algún enfermo...
–¡Yo no voy a ningún sitio si antes no vamos a la Basílica!
Y tuvimos que llevarla. Cogimos hacia la salida de Madrid con los atascos de siempre. Ella seguía rígida, con las manos aferradas al bolso y la mirada fija en el frente. De vez en cuando, sus ojos se dejaban seducir por algo que le llamaba la atención, pero giraba inmediatamente la cabeza como si temiera escuchar el canto de las sirenas.
–Encontrará todo esto irreconocible, tía... –le decía mi hermano, pero ella no contestaba. Se limitaba a mirar conteniendo su curiosidad.
Salimos de Madrid. Pronto se pudo divisar la basílica en mitad de la montaña.
–Mire allí, tía... ¿lo ve? –le pregunté–. ¿Seguimos o podemos volver?
Hizo un gesto con la cabeza que no admitía dudas. Estaba decidida y todos sabíamos lo tozuda que era la tía Sagrario.
Aparcamos en la explanada y la acompañamos hasta la puerta de la basílica.
–¿Quiere que entremos con usted, tía?
–¡Ni hablar! –contestó con firmeza–. Esto es cosa mía.
–De acuerdo, la acompaño hasta la entrada y la dejo sola –le dijo Luis.
Vi cómo subían enganchados del brazo. Luis fue con ella hasta la misma puerta, se soltaron y ella desapareció en el interior. La tía Sagrario iba resolver sus cuentas con la historia y nosotros nos lo íbamos a perder. Mentiría si no dijese que tenía la secreta esperanza de que mi hermano Luis la siguiera para poder contarnos después aquel momento solemne, la resolución de aquella espera de más de cuarenta años.
Vi cómo Luis se echaba mano al bolsillo y se sacaba un paquete de cigarrillos... y me temí lo peor. Se lo puso en la boca y rebuscó en el bolsillo derecho del pantalón; luego en el izquierdo y de ahí pasó al de la chaqueta... Después hizo lo único sensato: lanzó el cigarrillo escaleras abajo y salió corriendo hacia el interior de la basílica.
Respiré aliviado. Esperaba que no se hubiese perdido mucho. No había pasado más de cinco minutos cuando Luis salió primero y se apoyó en un lateral de la puerta fingiendo haber estado allí todo el tiempo. A los pocos segundos apareció la tía Sagrario, se dirigió hacia él y se cogieron del brazo para iniciar el descenso. Nos metimos en el coche y emprendimos el camino de regreso.
La tía Sagrario ahora no tenía problema en mirar hacia todos lados. La vista se le iba detrás de los cargados escaparates navideños, que apenas podía vislumbrar por el denso tráfico, y comenzó a hacer comentarios sobre lo que veía.
–No reconozco nada...
–Normal, tía. Ahora nos metemos por la Gran Vía para que vea cómo está.
Cuando llegamos a casa, llamamos al telefonillo para que bajaran a recogerla mientras nosotros nos encargábamos de las maletas. Nuestras esposas se hicieron cargo de la tía.
–¡Yo soy Julia, tía! –le dijo mi cuñada dándole dos besos y cogiéndola por el brazo –. Hemos hablado por teléfono...
–¡Ah, sí..., Julia!
Mientras subían en el ascensor, me fui directo al coche.
–¡Bueno, Luis, ¿qué ha pasado? –le pregunté ansioso mientras me hacía con una de las maletas.
Luis se echó a reír al ver mi cara ansiosa.
–Cuando entré en la basílica no la localicé. Me di cuenta de que estaba en un lateral...¡rezando!
–¿Rezando...? –dije incrédulo–. ¡No me lo puedo creer....!
–Al menos es lo que se percibía desde fuera. Estaba de rodillas en un banco...
–¿Y qué más?
–Así estuvo tres o cuatro minutos...
–¿Y...?
–Se levantó y fue al frente, cerca del altar, echó un vistazo y se dio la vuelta.
–¿Nada más...? –pregunté frustrado por lo poco que había dado de sí el momento...
–Bueno, hubo algo que...
–¿...algo qué...?
–No estoy muy seguro, pero...
–¡Luis...! Déjate de historias..., ¿qué te pareció?
–Pues... se volvió en mitad del pasillo y levantó el brazo... Pensé que se iba a santiguar, pero de pronto aceleró el movimiento y...
–¿Cómo que aceleró el movimiento, Luis? ¿Qué quiere decir eso?
–No sé, pero... me pareció un corte de mangas...
–¿Un corte de mangas...? ¿La tía Sagrario..., un corte de mangas? ¿Sí...?
–He dicho que no estoy seguro, ¿eh? Fue lo que me pareció..., pero como se dio la vuelta...
–¿Primero reza y luego hace un corte de mangas...?
–Chico, yo lo que vi es lo que te cuento... Ahora tú lo interpretas como quieras.
Nos dirigimos cargando las maletas hacia la puerta de la casa. Aquellas Navidades que la tía Sagrario estuvo con nosotros nos las pasamos discutiendo lo que Luis había visto o no.
La única que podría haber resuelto nuestras dudas falleció en Francia unos meses más tarde.

(c) Joaquín Mª Aguirre 2012

domingo, 21 de octubre de 2012

Las palabras cercadas de silencio de Yang Huanyi (relato)

Joaquín Mª Aguirre 
Dicen que, cuando muera, se irán conmigo los últimos restos de mi lengua. ¡Qué equivocados están! Hace mucho tiempo que murieron mis palabras. ¿De qué sirve una lengua, si no tienes con quién hablarla? Ya solo escribo para mí misma; mis palabras no llegan a ninguna de las viejas amigas con las que compartía mis sentimientos, consejos y secretos. Ellas ya no están y las que llegaron ya no necesitan tener su propia lengua.
¡Con qué placer se deslizaba mi pincel sobre las telas! Cada signo era una pequeña victoria sobre tantos cercos, sobre tantas barreras que se habían levantado a nuestro alrededor. ¡Cosas de mujeres, decía mi padre! Nuestra frente casi rozaba el suelo mientras él inspeccionaba nuestras labores. Contemplaba nuestros hermosos escritos con la seguridad de que ningún hombre tendría acceso a las palabras que intercambiábamos. “¡Qué puede decir la nada que pueda interesar a un hombre! La belleza de la idea es como el viento que lleva el trazo, nos decía, y, vosotras, ¿qué ideas podéis tener? Vuestros trazos son bellos, pero no pasan de ser formas armoniosas sin sentido; no son más que el reflejo de vosotras mismas, belleza vacía.” Pero nosotras hemos sabido rellenar esas líneas con aquello que anida en el fondo de nuestro corazón.
Nuestra madre nos transmitió esta sabiduría, como su madre lo había hecho antes con ella. Con discreción, aprendimos la belleza de estos signos, tan parecidos a los signos prohibidos de ellos, pero ¡tan distintos! La mano que mueve el pincel se guía con los impulsos que salen del corazón. Lo que nuestra boca calla, la luz que nuestros ojos no reflejan, se condensa en el suave deslizarse del pincel.
Durante años nos hemos escrito unas a otras; hemos intercambiado mensajes en los que nos contábamos nuestra suerte, tan parecida, porque a sus ojos nada se parece más a una mujer que otra mujer. Unidas por nuestra condición, somos como sombras que se deslizan silenciosas por sus vidas; seres muertos que aguardan la llegada de una orden o un deseo –¿hay diferencia?– para iniciar un discreto movimiento.
Pero cuando llega la noche, las sombras se disuelven en la negrura que todo lo envuelve y adquieren la libertad de soñar. Nuestra oscuridad se transmite a la tinta y en esos signos volcamos lo que el silencio nos quita con su garra afilada.
De vez en cuando, miran recelosos nuestros escritos, indescifrables para ellos. Están tan seguros de sí mismos que no les cabe en la cabeza que pudiéramos estar unidas en una gigantesca conspiración, que nuestros escritos contuvieran los preparativos para una sublevación general. Nos miran con gesto adusto, y nosotras les devolvemos la artificialidad de nuestros movimientos programados durante milenios para su tranquilidad. Quizá les gustaría ver en nosotras algún ligero gesto revelador de lo que nuestro caparazón esconde, pero ellos son los responsables de que esa concha exista. ¡Si supieran que solo nos contamos nuestras desgracias! ¡Que nos limitamos a transmitirnos los consejos que nos permiten hacer de nuestra vida algo más llevadero!
Vivimos con el ritmo de la luna y de las estaciones, fijas en el firmamento, imperturbables ante lo que acontece en un universo que se nos ha negado, volcadas hacia adentro, amasando nuestra desgracia milenaria, desde que el mundo fue creado, como un pan que servimos en la comida de cada día. Cuando reparto el pan, siento que resquebrajo la sustancia con la que se forma el dolor, materializado, amasado, cocido y partido para ser devorado por todos con una sonrisa en los labios.


Ya no puedo escribir los consejos que recibí. Nadie los entendería. El viejo saber ha sido olvidado y hemos perdido el placer secreto de contar nuestras desgracias y los remedios que actúan como bálsamos. Pero las heridas no se han cerrado; siguen reabriéndose y son cubiertas con una fina capa de polvo de arroz para hacer creer que de sol a sol, día tras día, nada cambia. Casi centenaria, próxima la hora de mi muerte, descubro el único placer del que he gozado realmente, el único auténticamente mío, auténticamente nuestro, el de poder contar, el de poder dar hermosa forma a mi desgracia. Porque al placer de dar forma, se añadía el de saber que, escribiera lo que escribiera, estaba reflejando un dolor hermano, que lo que yo sentía era acogido en la balsámica forma que habíamos creado entre nosotras, nuestra lengua del silencio, nuestra lengua del dolor.
Hubo un tiempo en el que llegué a creer que todas éramos la misma mano dibujando los trazos sobre la tela. Las noticias que me llegaban del otro extremo del país eran tan similares a las que yo enviaba que pensé que mis propias cartas me eran devueltas. Pero las ligeras variantes del dolor que nos envuelve deshacía la ilusión. No, ellas estaban allí, al otro lado, esparcidas por todos los lugares, tomando sus pinceles al caer el manto de la noche, bajo las estrellas que nos miran con frialdad e indiferencia. Os quiero, hermanas; os quiero como me quiero a mí misma, porque somos la misma carne doliente que guía el pincel, un coro doloroso que gesticula en silencio.
No soy la última, pero soy la última que puede decirlo así, en nuestra propia lengua, la que todas comprendíamos y solo nosotras. Pero mi mano seguirá activa hasta el momento en que me reúna con todas vosotras, mis hermanas, disuelta en las ondas que rompen la quietud del estanque.

(c) Joaquín Mª Aguirre 2006/2012. Este relato forma parte de la obra 14 cuentos náufragos. Col. Singulares. Ed. Literaturas Com Libros, Madrid, 2006, 

domingo, 30 de septiembre de 2012

La realidad (relato)

Joaquín Mª Aguirre (UCM) 
El maestro les recibió en su estudio. Después de tantos años, allí estaban sus discípulos preferidos, aquellos a los que había enseñado sus artes más refinadas, sus técnicas más depuradas. Cada uno había seguido su propio camino aplicando las enseñanzas que habían recibido del maestro hasta labrarse su propia fama.
            —Sigo pensando, mi querido maestro, que el fundamento de nuestro arte es la representación de la realidad.           
Como si los años no hubieran pasado, volvieron a resurgir entre los discípulos las apasionadas discusiones en las que se enzarzaban en su juventud. Como entonces, el maestro les dejó discutir.
            —Veo, compañero, que la vida no te ha enseñado nada y que tu cabeza sigue igual de cerrada que entonces. La realidad es insuperable y nuestros pinceles deben tratar de transferir al lienzo nuestros sentimientos.
            —Tampoco tú has cambiado, mi querido amigo. Por ese camino no llegas a ninguna parte. ¿Qué crees que tienes de especial para que los demás se interesen por lo que puedas ver o sentir ya que solo tú puedes verlo?
            —Y tú, en cambio, ¿crees que lo que la gente desea es volver a ver lo que ya existe?
            —Nadie puede superar a la Naturaleza, amigo mío. Creer otra cosa es engañarse y, lo peor de todo, desarrollar una soberbia que nos invalida para el camino del arte. Nada hay más deleznable que el que se considera superior a los demás y trata de imponerles su propia visión despreciando la ajena.
            —¿No crees que el artista sea superior?
            —El maestro nos enseñó que la humildad es el camino.
—Pero la servidumbre a la realidad no es la humildad. ¿No es más humilde el que sirve a su propia naturaleza, el que acepta la singularidad de sus dones?
            —Me temo que, como entonces, nos estamos de acuerdo en cuál es el camino.
            —Pero cada uno de vosotros ha alcanzado renombre por sus propias vías —terció el maestro, quien les había escuchado atentamente durante la discusión— Eso debería significar algo.
            —Sí, maestro, que nada se ha resuelto. El que ambos hayamos obtenido los favores de las gentes no hace que ninguna de nuestras posturas sea más consistente que la otra.
            —En efecto, señor. Admiran cosas que deberían ser incompatibles, pues surgen de principios opuestos.
            —A lo mejor lo que eso significa es que no les preocupan las mismas cosas que a vosotros y no necesitan cuestionarse las fuentes de sus placeres.


Los discípulos se miraron durante unos instantes. Como antaño, el maestro trataba de desconcertarlos. Aceptaron el juego gustosos.
            —Para mí, la realidad no es más que la excusa para mi arte. Miro el mundo como si fueran las piezas de un rompecabezas que me llegara sin instrucciones sobre su montaje. Cada vez que tomo mis pinceles, creo un nuevo orden.
            —Yo, en cambio, maestro, trato de observar el orden perfecto del universo y reproducirlo para alcanzar su armonía. Cuando he logrado conferir a mis lienzos la luz que alumbra al mundo, siento que mi creación participa de esa otra creación que nos excede, pero de la que formamos parte.
            —¿Todavía disfrutáis pintando? —les preguntó el maestro.
            —¡Claro, maestro! —contestaron casi al unísono.
El maestro les miró pensativo. Se levantó de su asiento y se dirigió hacia uno de los laterales del taller en donde se amontonaban los lienzos.
            —Acercaos —les pidió.
Cuando los discípulos estaban junto a él, el maestro retiró la tela que cubría un lienzo de mediano tamaño. Ante sus ojos apareció un bodegón que representaba una bandeja con uvas situada en el borde de una balconada sobre un valle.
            —¡Maestro, es extraordinario!


Ante el cuadro revivieron la sensación que tuvieron cuando pisaron por primera vez el taller de pintura. Los afamados pintores volvían a ser los dos jóvenes aprendices extasiados ante un arte que les desbordaba.
            —¡Es insuperable, maestro! Habéis alcanzado la perfección.
            —¡Qué finura en los trazos del fondo!
            —¡La textura de las uvas es sencillamente sublime, maestro!
El maestro se acercó a la mesa y retiró un paño dejando al descubierto una jaula de madera en cuyo interior había dos palomas blancas. Abrió la puerta de la jaula y le dijo a los discípulos:
            —Veamos si la naturaleza opina lo mismo que vosotros.
El maestro dio unas palmadas y las dos palomas salieron de la jaula y comenzaron a revolotear por el taller. Los discípulos las siguieron con la mirada. La palomas se posaron junto a la ventana abierta y contemplaron el valle y sus viñedos. Con solo desplegar las alas tenían a su alcance la libertad. Los discípulos contuvieron por unos instantes la respiración. Finalmente las palomas levantaron el vuelo y se dirigieron de nuevo hacia la mesa. Se posaron sobre la vieja madera y comenzaron a moverse sin dejar de mirar la pintura.


Los discípulos estaban embelesados contemplando aquel instante. Las palomas levantaron el vuelo y se lanzaron sobre el lienzo tratando de picotear las uvas. El aire atrapado en los pulmones de los discípulos salió convertido en un grito de admiración.
            —¡Maestro, es maravilloso! —le dijeron con lágrimas asomando en sus ojos.
Las palomas persistían una y otra vez en sus intentos de picotear aquellas uvas.
            —¡Habéis alcanzado la perfección!
El maestro se acercó al lienzo y las palomas se posaron en su antebrazo. Cogió una entre sus manos y comenzó a acariciarla. La otra se le subió al hombro y de allí voló a la mesa.
            —¡Lo que hemos visto es un milagro!
            —¿Eso creéis?
El maestro les miraba. Con una sonrisa, estrelló la paloma contra la mesa. Los discípulos se sobresaltaron y un escalofrío les recorrió el cuerpo.
            —¡Maestro…!
El maestro, sin perder la sonrisa, retiró lentamente su mano de la mesa. Y allí donde esperaban ver un amasijo de plumas y sangre, aparecieron restos de papel y engranajes, de alambres y tornillos.

(c) Joaquín Mª Aguirre 2007 - 2012


domingo, 16 de septiembre de 2012

La rebelión de las pulgas (relato)

Dentro del Circo existe otro circo, el de las pulgas. Es un espectáculo autónomo y completo, con todo tipo de atracciones. Hay pulgas trapecistas, payasos, domadores e incluso una pulga ilusionista que hace trucos de magia con barajas de cartas. Para los más filósofos del Circo, el de las pulgas es un microcosmos y existe una correspondencia con el macrocosmos de los humanos, que a su vez son microcosmos del Universo. Un lío.
Como todo es pequeño en él, también lo es el tiempo de cada número. El de la pulga domadora, por ejemplo, dura cuarenta y cinco segundos y el público, armado con sus binoculares, puede perderse la atracción en un descuido. Un día, una fila completa de espectadores se perdió la actuación de la pulga lanzadora de cuchillos porque un pareja llegó tarde a ocupar sus asientos. Lo que tardaron en levantarse y dejarlos pasar fue suficiente para que se terminara el número.
En cierta ocasión, al abrir las cajas para que las pulgas salieran a ensayar, su domador escuchó una voz:
            –¡Eh!
El domador se sorprendió porque no había nadie cerca y la voz le había sonado próxima. Su mirada se dirigió hacía las pulgas, que se habían concentrado en una zona de la mesa de ensayos.
            –¡Eh, tú! –volvió a escuchar–. ¡Domador!
            –¿Quién me habla? –preguntó, temiendo que alguien hubiera incorporado al Hombre invisible al Circo sin haberle dicho nada.
            –Somos nosotras, las pulgas.
En sus más de treinta años de trabajo con pulgas, el domador jamás había escuchado hablar a una pulga. Aquello era una novedad y, tras unos segundos de desconcierto, exigió pruebas para convencerse de que no era una broma de sus compañeros. Había un ventrílocuo andaluz por aquel entonces entre los números de la temporada y tenía fama de gustarle las chanzas.
Como el Circo es una mezcla de ilusión y física, el domador se mostró escéptico. Trató de encontrar la pulga habladora. Su mirada recorrió rápidamente las más de dos mil pulgas que se encontraban frente a él tratando de determinar cuál era la que se le dirigía.
            –¿Con quién tengo el gusto de hablar?
            –Con nosotras –le respondió la voz.
No es fácil localizar la procedencia de una voz entre dos mil pulgas, pero la mirada del domador estaba entrenada para descubrir las más sutiles variaciones en aquel conjunto. Sin embargo, no logró determinar el origen.
            –Pero, ¿con cuál de vosotras hablo? –preguntó por si alguna había sido modificada por una mutación, que cosas peores se han visto.
            –Con todas –respondió la voz–. Somos una inteligencia emergente.
            –¿Emer... qué? –dijo sorprendido el domador.
            –Emergente... –repitió la voz–. No te está hablando ninguna de nosotras en concreto, sino la totalidad resultante del conjunto.
            –¿Eres la portavoz de la mayoría?
            –Incorrecto. No tenemos liderazgo. No hay portavoces. Ninguna de nosotros está pensando individualmente. Nuestra conciencia se manifiesta solo cuando nos reunimos y se producen interacciones entre nosotras.


La sorpresa del hombre iba en aumento.
            –¿Algo así como... Fuenteovejuna? –preguntó.
            –Bueno, poco más o menos, para que lo entiendas.
            –Pero habéis estado siempre juntas y nunca había pasado esto.
            –No se había dando el número de interacciones necesarias. Somos un proceso en el tiempo. Esto no se consigue de golpe.
            –Ya..., me imagino –respondió el sorprendido domador tratando de recomponer su mente–. Y... ¿qué queréis?
            –Reconocimiento.
            –Vaya, ¡qué directas!
            –Sí... Como inteligencia emergente que somos, no tenemos ni inconsciente ni superego. Somos todo ego.
Esta observación advirtió al domador que se encontraba ante una dura negociación.
            –Está bien. Habla –dijo mientras acercaba un taburete.
            –En primer lugar, letras más grandes.
            –¿En los carteles, supongo?
            –Efectivamente.
Esto tranquilizó al domador de pulgas, que se dio cuenta inmediatamente de que tenía que tratar con un artista como los demás. Las pulgas no eran diferentes; con darle un poco de coba se contentarían.
            –En segundo lugar, una modificación de la denominación de tu puesto de trabajo...
            –¿Qué? –dijo el domador levantándose de un brinco del asiento.
            –No me gusta eso de “domador”; es humillante para nosotras. Ni que fuéramos leones o cualquiera de esas bestias que tenéis por ahí.
            –¿Y cómo se supone que debería llamarme?
            – Como lo que eres: director artístico.



El domador dio un par de vueltas alrededor de la mesa de ensayos antes de dar una respuesta.
            –¡Está bien!–contestó reservando sus energías por si presentaban alguna reivindicación económica–. ¡Cedo!
            –Por último...
            –¿Hay más?
            –Sí. En tercer lugar, que se vigile mejor la entrada de perros al recinto del Circo. Ya se han colado varias pulgas callejeras y nosotras somos artistas. Tenemos un estatus. El número de equilibrio sobre la bicicleta falló el otro día porque se nos coló una advenediza con afán de protagonismo. Nada de intrusismo.
            –De acuerdo. Pediré que extremen la vigilancia. ¿Hemos terminado?
            –Sí, aunque tenemos algunas sugerencias para mejorar los números, pero de eso ya iremos hablando.

(c) Joaquín Mª Aguirre 2012



sábado, 8 de septiembre de 2012

¡Secuéstrenme! (¿relato?)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Tengo pesadillas.
Cientos de ancianas me persiguen armadas con paletas cargadas de colores. Gritan "¡restauradlo!". Yo trato de escapar por interminables corredores laberínticos en cuyas paredes se encuentran colgadas grandes obras de la Historia del Arte  —retratos pintados por Leonardo, Velázquez, Goya, Tiziano...— que han sido "restauradas" por ellas. Se ríen estridentemente y gritan "no me han dejado terminarlo" mientras las meten en las ambulancias. Una de ellas logra atraparme y me clava un pincel en el corazón. Cierro los ojos y pienso que por fin tendré un descanso eterno en un ataúd de pino con dvd. Pero, ¡ingenuo de mí!, me equivoco.


Despierto en el salón de plenos del ayuntamiento donde los concejales con sus teléfonos móviles, se envían sin cesar unos a otros vídeos domésticos de celebraciones familiares y viajes a Palma de Mallorca. No sé porqué todos han ido a Palma, pero lo han hecho y han vuelto cargados de ensaimadas. Presionan frenéticamente las teclas de sus teléfonos para que yo reciba sus vídeos. ¡Grito enloquecido! Se acercan y me rodean chillando "¡las dietas, las dietas, las dietas!", cada vez más fuerte. Como si fueran una banda de zombis, avanzan hacia mí con las manos extendidas. En una esquina, el secretario del ayuntamiento, que tiene una banda de luto en su brazo derecho, deshoja una margarita enorme mientras repite mecánicamente "¡hay quórum! ¡no hay quórum!; ¡hay quórum! ¡no hay quórum!". Intento correr hacia la salida, pero...


Hay un balón enorme. Siento que floto y no logro avanzar; la densidad del aire, más parecida a la del aceite, me lo impide. Un portero espera a que yo chute para lanzarse a por la pelota. Le suben enredaderas por los tobillos. Nuestra espera es eterna y nuestro encuentro imposible, como Aquiles y la tortuga. Miro de reojo la pantalla gigante del estadio olímpico y descubro que estoy intentando lanzar un penalti, el número 666 de la tanda 999, tratando de deshacer un empate que comenzó hace dos glaciaciones y no concluirá nunca. Puedo sentir la respiración contenida, congelada, de millones de personas esperando a que yo llegue a la pelota. Pero no lo hago; no llegaré nunca al balón.
Mi mano está levantada, apuntando hacia el cielo. Intento inútilmente que el hombre que habla se fije en mi mano. Pero él habla y habla. En mi cerebro se acumulan miles de preguntas o la misma pregunta miles de veces. Cuando me mira, mi mente se queda en blanco y la pregunta no sale por mi boca. Y sigue hablando. Mi brazo levantado me duele horriblemente; se ha dormido y solo siento un hormigueo. No puedo bajarlo porque si lo hago el hombre no se fijará en mí y eso no puede suceder. No. Una mano se apoya en mi hombro y giro la cabeza.

Romney y Ryan están situados al otro lado de la frontera de Río Grande. Han cortado la verja metálica y me hacen señas para que cruce al otro lado. Romney tiene el Libro de Mormón dedicado en una mano y Ryan un báculo con una concha de peregrino. "¡Vótanos y salva tu alma!", me gritan mientras insisten con sus gestos en que cruce el río. Una luz les rodea como un aura. Les digo que no puedo votarles, que no tengo papeles. Ellos dicen que no importa. Descubro horrorizado que todos mis antepasados están al otro lado de la valla, tras ellos. Están esposados y miran al suelo con vergüenza. Una gran angustia se apodera de mí. Me cuesta decidirme. No puedo dejar de mirar el hueco. Me sonríen. Dudo.
Un conejo blanco se cuela por el agujero. Romney y Ryan le siguen corriendo sin conseguir alcanzarle. Puedo ver la luz de sus cabezas alejándose hacia el horizonte como si fueran dos luciérnagas danzando en la noche. Alicia Esteve, la falsa víctima del 11 de septiembre, está a mi lado, emocionada, viendo descender la bandera del mástil, y me dice "¡Ellos salvarán América!". Levanto de nuevo la mano, pero ya no me ven.  ¡Perdí mi oportunidad!


Soy la estatua de la libertad. El sastre me impide bajar la mano. No ha terminado de tomar las medidas. "¿Cómo pagará los trajes, señor?", me dice guiñándome un ojo. Quizá es un tic, no lo sé. La cinta de medir rueda por mi costado desenrollándose hasta llegar al suelo. Es sastre se descuelga por ella. Soy un ninot fallero que han plantado en mitad de un bosque. Mi falla está rodeada por miles de personas que encienden cigarros para arrojarlos inmediatamente después sobre los arbustos. Pronto, todo el monte arde menos yo. Bailan a mi alrededor como en un aquelarre.
"¿No han venido hoy los niños?", pregunta la abuela entre las llamas. "No, madre, no; ya se lo he dicho, ¡están con el alemán!". Y es cierto; desde mi altura puedo contemplar la ventana abierta de la distante escuela del pueblo y me llegan los ecos de la clase de idiomas: "Ich liebe meinen Job", repiten con voces angelicales. Un carromato les espera a la salida del colegio para llevarlos al Norte. "¡Ho, ho, ho", dice el conductor. "Tengo algo muy bueno para vosotros". ¡Cuidado, no lleva barba!, les digo sin que me puedan oír ya.

"¡Se ha olvidado su diccionario!" —grita una madre mientras el carro se aleja— "¡No puedo estar pendiente de todo! No sé para qué se ha tenido que ir; ¡estaba mejor aquí, en el casino!", solloza. "¡Tranquila, mujer"!, la consuela el padre. "¡El alemán le vendrá bien allí o aquí!. ¡Si me hubiera hecho caso y se hubiera metido en política!".

"Política" es la palabra que me saca del trance. La sesión de hipnosis concluye. Estoy sudando y el doctor me mira con preocupación. No avanzamos mucho.
No sé si servirá de algo recordar mis pesadillas, pero no mejoro con el tratamiento. Quiero que me secuestren y me incomuniquen; que me prohíban ver la tele y que no dejen periódicos en mis manos más que para hacerme la foto demostrativa de que sigo vivo, si es que le importa a alguien.
¡Todo el mundo pensando en rescates y yo en que me secuestren!








domingo, 2 de septiembre de 2012

Un hombre frente a un pozo (relato)

Joaquín Mª Aguirre

            Un hombre frente a un pozo. Se acerca, pero no demasiado. Un pozo impone. Poco a poco, se va acercando más. La proximidad del pozo le excita. Mira a su alrededor. Nadie. El horizonte está limpio y solo una nube gris en el cielo, justo encima de su cabeza.
            Espera a que la nube se aleje, pero la nube permanece quieta sobre él. Su mirada traza una línea imaginaria entre el pozo y la nube. El hombre ignora si la nube ha salido del pozo o si está esperando a que él se aleje para dejarse caer y perderse en su fondo. La nube parece estar anclada sobre el brocal. Quizá ha estado siempre allí, antes de que él llegara, antes de que él naciera incluso. La nube y el pozo parecen formar una extraña unidad.



            Su manos se apoyan sobre las piedras, que han acumulado el calor del día; se retiran rápidas. Siente un hormigueo por todo su cuerpo. Pasada la primera impresión, un placer le recorre y se va diluyendo poco a poco.
            Busca una piedra. Encuentra una pequeña en las proximidades y se acerca al círculo vacío. La arroja.
            Trata de contar los segundos que trascurren, pero el sonido no regresa. Quizá la piedra era demasiado pequeña. Se aleja algo más y encuentra una de mayor tamaño. La arroja y espera. Escucha su caída rebotando en los laterales, pero el sonido se pierde.
            No hay duda de que el pozo es hondo. Eso le intranquiliza. Si cayera al pozo no tendría forma de salir. Mira de nuevo a su alrededor. Nadie. Solo la nube gris sigue sobre el brocal.
            Nadie.
            Nadie podría ayudarle si cayera. Aquel pozo es un peligro.
            El hombre decide que es un buen lugar para construir su casa. Así, si alguien cayese al pozo, podría ayudarle.


(c) Joaquín Mª Aguirre 2012


jueves, 23 de agosto de 2012

Bolívar en Sicilia (relato)

 Joaquín Mª Aguirre Romero*

A la niña que lo vivió y me lo contó

            Los pueblos aman la libertad. Por eso fuimos hasta la localidad de Noto, en la provincia siciliana de Siracusa; porque ese amor por la libertad es capaz de unirlos, salvando las mayores distancias geográficas, de continente a continente. A nadie le pareció extraño entonces que en aquel pueblo siciliano se les hubiera ocurrido erigir una estatua ecuestre a nuestro libertador, Simón Bolívar, y dar su nombre a una plaza.
            Mis abuelos pensaron que era un buen momento para que su nieta conociera Europa. Cuando me dijeron la palabra Italia, mi corazón dio un vuelco. ¡Italia! Mis compañeras del colegio se morían de envidia. ¡Yo... a Italia! Se lo dije sin darle demasiada importancia, con toda la naturalidad del mundo, como si ir a Italia fuera algo que estuviera anotado en mi agenda de ocupaciones del curso. Me encantó sentir sus miradas envidiosas mientras me dirigía hacia el coche que me esperaba a la salida. Creo que fue la única vez, en todos mis años de estancia en el colegio, que no me importó que hablaran de mí a mis espaldas.
            –La niña se viene a Italia –le dijo mi abuela a mi madre–. Serán dos semanas.


            Mi madre no contestó nada y su silencio, como siempre, se entendió como una aceptación. Mi abuelo me cogió de la mano y me sacó a la terraza para que viéramos juntos la caída del sol sobre Caracas. Me subió a la barandilla y me sentó tomándome por la cintura. Las nubes rodaban por las laderas dejando visibles los picos. El sol fue ocultándose tras las montañas que guardan la ciudad tiñéndola de rojo y haciendo visible su humedad, convertida en densa neblina gris. Mi abuelo y yo jugábamos a contar las torres de los edificios, que parecían haber germinado como semillas caídas del cielo sobre la ciudad. Esta vez mi madre no nos acompañó en aquella ritual operación de señalar los inmensos bloques que conferían a Caracas el aspecto de una tarta de cumpleaños  repleta de velas.


            Volamos hasta París. Mi abuela aprovechó la estancia para visitar sus tiendas favoritas y nuestro equipaje casi se duplicó en el vuelo hacia Italia. Siempre consideré mágicos los armarios de sus habitaciones en la mansión. Cada vez que la visitaba, me parecía que era imposible que cupiesen más cosas y, sin embargo, antes de que me regañaran por abrirlos, siempre descubría, tras aquellas puertas espejadas, nuevos trajes, abrigos y zapatos, ropas para otros climas que me sorprendían por sus texturas. ¡Qué distintas su habitaciones! La del abuelo, llena de viejos libros, con su telescopio junto a la ventana; la de la abuela, presidida por una gran cama de bronce, adoselada, repleta de almohadones dorados, rodeada de aquellas puertas de espejos. Entre todo aquel lujo, me llamaba la atención una vieja flor de terciopelo en una pequeña botella de porcelana blanca decorada con unas pálidas escenas bucólicas. Aquella vasija siempre estuvo sobre el peinador de mi abuela.
            –No vale nada –me dijo un día en que me descubrió observándola–. Es una baratija. Sal; tengo que arreglarme el pelo.


            El vuelo hasta Palermo fue bastante penoso. El avión en el que debíamos viajar llegó con retraso y mi abuelo me llevó a recorrer el aeropuerto. Mi abuela se quedó en la sala de viajeros ilustres, como le gustaba decir a mi abuelo, tomando un cocktail sin decir palabra.
            –Mira, viajaremos en un avión como ese.
            Mi abuela se colocó unos anteojos de tela y durmió todo el vuelo. Mi abuelo consultó la prensa francesa e italiana, mientras yo miraba las formas de las nubes y, entre los huecos que dejaban, un mar plateado muy distinto al caribeño al que estaba acostumbrada.
            –Aquí hablan de nosotros –dijo mi abuelo, señalándome una página del periódico–. “Autoridades venezolanas asistirán a inauguración de estatua y plaza de Bolívar en Noto.” ¿Ves? Esto es Noto.
            La fotografía mostraba una vista aérea del pueblo.
            –Parece que le hubieran pasado un rastrillo.
            –Sí –dijo riéndose–. Fue destruido por un terremoto y se reconstruyó con esas calles rectas y paralelas. Otros pueblos italianos son bastante caóticos, pero este, fíjate, parece hecho con tiralíneas.
            Aterrizamos en Palermo y desde allí tendríamos que recorrer todo el norte de Sicilia en auto. Noto estaba justo en el otro extremo de la isla y pasaríamos esa noche en la capital. Nos estaban esperando en el aeropuerto Falcone–Borsellino para llevarnos al alojamiento, un hotel cerca de los jardines Garibaldi.


La embajada había facilitado el historial de mi abuelo y unas veces se referían a él como “señor embajador” y otras como “señor rector”. Él respondía en italiano o francés, según se le dirigieran. Todo el mundo era muy amable con nosotros y mostraban sus deseos de que tuviéramos una feliz estancia.
–¡Venezuela y Sicilia! –decían haciendo el gesto de juntar los índices de ambas manos–. ¡Hermanos, hermanos! ¡Viva la libertad!
–Sí –decía mi abuelo–. Venezuela e Italia, hermanos.
–¡Sicilia, Sicilia! –le contestaban sonriendo– ¡Hermanos! ¡Viva Bolívar! ¡Viva Garibaldi!
–Espero que no nos tengan preparado ningún festejo –dijo mi abuela–. Me encuentro cansada.
–¿Quieres salir a dar un paseo por la ciudad?
–¡Claro! –contesté–. Quiero estirar las piernas después de tanto avión.
–En cuanto que baje un poco el calor –dijo mi abuelo–, saldremos a dar un paseo para ver Palermo.
Vimos juntos, como en Caracas, la puesta de sol desde la ventana del hotel. La luminosidad plata del Mediterráneo era totalmente distinta a la de mi mar caribeño, pero igualmente maravillosa.
–Es otra luz –dijo mi abuelo–. El mismo sol, pero otra luz, otro mar.
–Sí, aquí todo es distinto.
–Bueno, ¿monumentos o helados?
–¡Helados!
            –Pues salgamos rápido, que mañana vienen temprano a por nosotros.
            El coche oficial estaba ya esperando en la puerta del hotel cuando salimos. Mi abuela había dejado parte del equipaje para recogerlo a la vuelta. Llevaba, decía, lo estrictamente necesario: cuatro maletas, dos bolsas de mano y una gran sombrerera.
            El viaje era largo y pudimos recorrer la costa norte siciliana hasta que el coche se dirigió al interior de la isla, en dirección a Noto.
            –¿Sabes que Arquímedes nació, en esta región, en Siracusa, cerca de donde vamos?
            –¿Arquímedes..., aquel que hicimos el experimento?
            –Sí.



            A mi abuelo le gustaba preguntarme por las asignaturas de ciencias. Cuando le contaba lo que nos estaban explicando,  reproducía los experimentos para demostrarme las teorías. Tenía una habilidad especial para explicar las cosas complicadas y hacerlas sencillas.
            –Un tío listo Arquímedes...
            –¿Abuelo..., para qué vamos a Noto?
            –Van a poner una estatua del Libertador en una plaza con su nombre.
            –¿En Noto? ¿Por qué, si no es de aquí?
            –Supongo que porque les gusta la libertad, como a nosotros. Italia está llena de plazas Simón Bolívar. Hubo un tiempo en el que los italianos se sentían tan perdidos y dominados como los americanos.
            –¿Estuvo en Italia?
            –Sí. Hizo un recorrido siguiendo la senda de Rousseau, de Goethe, de Byron, un viaje a Italia, algo que le gustaba hacer entonces a los jóvenes inquietos de la época. Realizó el camino a pie. En Roma juró liberarnos a todos. Fue un ejemplo para los italianos. Aquí también tienen su Bolívar, Garibaldi. También él luchó por liberar a su pueblo y darle unidad. En aquellos tiempos, los que amaban la libertad se sentían ciudadanos del mundo y se iban a luchar a cualquier rincón en el que se necesitara su ayuda. Garibaldi luchó en el Uruguay.
            –¿Podremos ir a la playa? –pregunté.
            –No se viene hasta Europa para ir a la playa, querida –dijo mi abuela, a la que creíamos dormida.


            Llegamos a Noto bastante tarde y nos dirigimos directamente al hotel. Una persona del Ayuntamiento nos estaba esperando para darnos la bienvenida y resolver los cuestiones del alojamiento.
            –Bienvenidos a Noto. Como sabíamos que venía la niña con ustedes, hemos dejado un obsequio en la habitación. Es un pequeño detalle.
            Subimos a cambiarnos para la cena. En mi habitación había una caja grande, envuelta en papel acharolado con un lazo rojo con las puntas abiertas y rizadas.
            –¿Es para mí?
            –Eso han dicho –dijo mi abuelo–; ábrelo.

            En el interior de la caja había un enorme pastel con forma de corazón. Era de color rosa intenso y estaba decorado con pequeñas flores de azúcar y pájaros blancos. Una inscripción con la palabra “Noto” ocupaba el centro del corazón, que estaba bordeado con unos motivos geométricos blancos.
            –¿Se pueden comer las flores?
            –Claro. Las flores son un producto típico de Noto. Aquí celebran “l'Infiorata” en mayo. Cubren las calles con alfombras de flores, con todo tipo de motivos. A la abuela le han llenado la habitación de flores. No sé cómo se las va a apañar con sus alergias.
            Mi abuelo cogió una de las flores de azúcar y me la acercó a la boca.
            –Solo una, que tienes que cenar.


            A la mañana siguiente, un sol radiante entraba por mi ventana. Podía verse el brillo del mar a unos pocos kilómetros. Aquello era hermoso. Fui a buscar mi bañador a la maleta y lo dejé sobre la cama. Mi abuela entró en la habitación. Estaba ya completamente vestida y se había puesto uno de sus pequeños sombreros.
            –¿Qué haces? ¿Para qué has sacado el bañador?
            –¿No vamos a ir a la playa?
            Mi abuela no dijo nada y guardó el bañador en la maleta. Sacó un vestido azul, con un lazo en el cuello, que me había comprado en París, unas medias blancas y unos zapatos negros con hebillas plateadas y dejó todo sobre la cama.
            –Ponte esto.
            –¿Las medias también? ¡Hace mucho calor! –dije enfadada– ¿Por qué no podemos ir a la playa?
            –Porque somos gente importante que ha recorrido miles de kilómetros para asistir a una ceremonia en la que somos los invitados de honor; no estamos haciendo turismo. ¿No lo entiendes? En cinco minutos te quiero ver abajo.
            Mi abuela no esperó a que yo respondiera. Salió de la habitación sin mirarme. Me senté sobre la cama y, dando dos patadas al aire, lancé las zapatillas con fuerza contra la pared. En seis minutos estuve abajo. Mi abuela ni me miró para cerciorarse de que me había vestido como ella quería. Me cogieron cada uno de una mano; mi abuelo la derecha y mi abuela la izquierda. Así bajamos, los tres juntos, la escalinata del Hotel hasta llegar al coche. Un chofer con la gorra bajo su axila nos mantenía la puerta abierta luciendo una inmensa sonrisa. El sol se reflejaba en el cristal del parabrisas y a mí me picaban las medias.

           
            En la plaza rectangular habían instalado una tarima rodeada de flores con los colores de Italia y Venezuela. Cuerdas con banderitas de papel cruzaban la plaza de un extremo a otro, de farola en farola, de árbol en árbol. Junto a la tarima, cubierto por una tela azul, se elevaba un poste de hierro. Unos carabinieri, con su traje de gala, trataban de evitar que los niños levantaran la tela para curiosear. Poco más de trescientas personas se habían reunido para la celebración. Las autoridades locales, con trajes oscuros, cruzados por bandas de colores, nos esperaban al pie de la escalerilla de la tarima.
            –¡Señor embajador! –le dijeron, estrechándole la mano y abrazándole.
            Subimos a la tarima. Mi abuela se situó junto a mi abuelo y me cogió de la mano. Podíamos ver la alegría de la gente y yo observaba con envidia a los niños que correteaban en el fondo de la plaza.
            –Primero los himnos nacionales, señor embajador –dijo el Alcalde de Noto.
            La banda municipal interpretó nuestros himnos y al término se escucharon aplausos y vivas a Venezuela, Sicilia, Italia, a Bolívar y  a Garibaldi, y algunos a la selección italiana de fútbol, que fue contestado con risas por los presentes.
            –Abuelo, ¿dónde está la estatua?
            –No lo sé. Ya nos enteraremos.


            En la plaza no se veía ninguna estatua. Yo me imaginaba que sería como la que había en Caracas, enorme, con un caballo con sus patas delanteras levantadas, al aire, dispuesto a saltar desde su pedestal para ir a liberar lo que hiciera falta; una estatua con un libertador enérgico, poderoso, con su capa al viento, vigilante de nuestras vidas. Pero allí no se veía nada parecido. Un gran macizo de flores era lo que presidía el centro de la plaza. Mi abuelo, como buen diplomático, no preguntó nada.
            Comenzaron los discursos y se habló de la libertad, del hermanamiento de los pueblos, de lo que Italia había significado para Bolívar y de lo que Bolívar había significado para Garibaldi. La gente aplaudía y seguía lanzado vivas.
            –Señor embajador, puede tirar de la cuerda.
            Mi abuelo agradeció la deferencia con una sonrisa y tiró de la cuerda unida a la tela azul. Al final del poste de hierro repujado un rótulo realizado en azulejos contenía la inscripción “Piazza Bolivar”. Volvieron a abrazar a mi abuelo y la banda comenzó de nuevo con la música ante el jolgorio de todos. Se intercambiaron regalos, llaves doradas y pergaminos. Poco más de media hora después, nos dirigimos de nuevo hacia el coche que había de llevarnos al hotel. Debíamos emprender el camino de regreso hasta Palermo porque nuestro avión salía esa misma tarde hacia París. El equipaje estaba listo en el hall del hotel y lo cargaron en el maletero del coche. Mi abuelo dio los últimos abrazos de despedida y todos nos montamos en el coche. Dos motoristas nos acompañaron hasta la salida del pueblo, abriéndonos paso con sus sirenas.


            Cuando nos alejamos del pueblo, mi abuelo se dirigió al chófer.
            –¿Sabe usted qué ha pasado con la estatua? –le preguntó.
            –Algunos problemas al final.
            –¿Problemas? ¿De qué tipo?
            –Sí..., el pueblo, los vecinos... –dijo sin dejar de mirar a la carretera–. Cosas de Sicilia...
            –Pero teníamos que inaugurar la estatua, ¿no?
            –Claro, pero hubo problemas al final, me han dicho... Los vecinos no se pusieron de acuerdo.
            –¿No querían la estatua de Bolívar?
            –Sí, sí, claro... ¡Bolívar, la libertad! ¡Cómo no! Todos querían que hubiera una estatua de Bolívar en la plaza; por eso le pusieron el nombre.
            –Entonces no entiendo, ¿qué problema hubo?
            –El caballo...
            –¿Qué pasaba con el caballo?
            –Los vecinos no se pusieron de acuerdo en la orientación de la estatua.
            –¿Discutieron sobre dónde ponerla?
            –Bueno, no exactamente. Todos estaban de acuerdo en que la estatua tenía que estar en la plaza..., pero...
            –¿Sí...?
            –El culo...
–No entiendo, ¿qué culo?
–El del caballo... Nadie quería que el culo del caballo apuntara a sus casas... Esto es Sicilia, señor embajador, y esas cosas..., las supersticiones, el mal de ojo, ya sabe usted. Supongo que llegarán a algún acuerdo con el tiempo.
Mi abuelo se quedó un buen rato mirando el paisaje por la ventana. Yo esperaba que dijera algo, pero él se mantenía en silencio. Me pareció ver que aparecía una sonrisa en su cara.
–¿Cree usted que nos dará tiempo a que la niña se dé un baño en la playa cuando lleguemos a Palermo?
–Creo que sí, señor embajador –contestó el chófer.
–Bueno –me dijo mi abuelo–, siempre podremos decir que no se pusieron de acuerdo porque todos querían tener la cara del Libertador al frente. Ya se sabe que los pueblos aman la Libertad.
            
[* Este relato, escrito en 2003, apareció publicado en la revista mexicana "Aquilón. Viento del Norte" nº 2 enero-junio 2006 Baja California, México]