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sábado, 16 de julio de 2022

El Gran Hermano Bar o la militarización del ocio

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Nunca se ha escuchado tanto la palabra "ocio" como en estos últimos tiempos. De hecho, durante la COVID nos hemos preocupado más del ocio que del trabajo, ya que nuestro ocio es trabajo y beneficio. Ponernos la mascarilla ha sido quitarnos la máscara nacional y descubrir que nuestro estado natural es el de consumidores del ocio. Para que unos disfruten otros tienen que trabajar, para que unos ganen otros deben gastar. Es así de simple sobre el papel, pero en la realidad se nos está complicando.

Recogimos aquí el resoplido satisfecho de aquella primera señora que nos mostraron asentando sus posaderas en la silla de una terracita después de tanto tiempo y tantas ganas. Esta fórmula se ha convertido en una entradilla tópica para todo. Si se nos habla de los Sanfermines se nos explica que "después de tanto tiempo, había muchas ganas".

Durante el tiempo no se podían usar los interiores de cafeterías y restaurantes. Hubo que habilitar unas terrazas ampliadas para que los negocios del ocio pudieran sobrevivir. Pese al malestar mostrado por los vecinos, que veían cómo el ruido crecía bajo sus ventanas ("después de tanto tiempo, había muchas ganas", por supuesto, de hacer ruido), las terrazas se impusieron. Por el camino se habían quejado de que los "botellones" tenían ventaja, que la gente hacía en ellos lo que no les estaba permitido en los locales de ocio. Sabemos desde hace mucho tiempo que el gran local de ocio español es la calle y que durante décadas se han estado probando fórmulas para canalizarlo a interiores, que es donde está el negocio. Pero eso es otra cuestión.

En RTVE.es leemos el siguiente titular sobre esto: "Terrazas con cronómetro: algunos bares y restaurantes limitan el tiempo a sus clientes"*.  Podemos leer allí: 

En las mesas de algunos restaurantes se puede leer el cartel que fija un límite de hora para permanecer en ellas: 30 minutos para tomar algo o de una hora y media para comer.

En algunos casos es incluso menor y el tiempo para comidas se queda en una hora. El debate está servido y los principales afectados son los clientes: "¿Por qué tiene que haber límite?, no lo entiendo, me estresa saber que tengo un tiempo limitado", asegura un ciudadano desde una terraza en Barcelona.

Y como en todo, hay opiniones para todos los gustos: "Me parece bien, tienen que vivir de algo", afirma otro comensal de la ciudad condal.* 


En el artículo se nos dice que es "legal" si se avisa antes a los clientes, si se coloca algún cartel especificándolo. De no hacerse de esta forma, la cuestión sería ilegal. Me gustaría, en cualquier caso, ver qué ocurre en el era de los teléfonos móviles si unas personas deciden que no han "terminado" la comida (no entendida como un acto alimenticio, sino como un acto social) o que no les apetece levantarse de la mesa.

Poner tiempo al ocio es, como señala uno de los preguntados en Barcelona, cuanto menos "estresante". El acto social de estar en una terraza es precisamente no tener que mirar el reloj, por eso se llama "ocio". Pero aquí es "ocio" cuando te interesa y entonces te preocupas por la salud mental de los que no pueden disfrutar su ocio porque hay restricciones, etc. y deja de serlo cuando es una marcha militar en la que te marcan ritmo y el tiempo de tu estancia.

Mucho me temo que si esta práctica prospera, pueda ocurrir el mismo fenómeno que provocó el botellón, que no fue otro que el encarecimiento del ocio destinado a los jóvenes. Los empresarios no querían ver a cinco jóvenes sentados a una mesa compartiendo dos refrescos durante unas horas. Subieron los precios y desarrollaron diversas prácticas, algunas muy imaginativas para evitar que esto ocurriera. Los jóvenes decidieron que era mucho más divertido pasarse la tarde y noche en la calle "haciendo botellón". Todavía hoy veo en mi gran superficie habitual cómo los grupos de jóvenes entran viernes y sábados y salen con diversas botellas con las que se pasan las noches en los parques. Tengo mis dudas sobre si las limitaciones de la venta de alcohol están orientadas hacia la salud pública y no una forma de presión por parte del gremio que ha dejado de venderlo. Lo que han hecho precisamente ha sido extender esta práctica, que cubre ya una generación, y sobre todo señalar su fundamento: es social, barata y nadie les dice cuándo se termina. Los efectos paralelos también los conocemos, desgraciadamente.


Hay mucha prisa por recuperar el dinero que se quedó guardado en forma de ahorro. Ese dinero está fuera del circuito y está saliendo a través de la fuerte inflación. Algunos han conectado el fin de la pandemia con el fin de la crisis, algo que no es cierto. El deseo de "recuperar" lo no gastado, junto a las jugadas de Putin, está llevando a una serie de prácticas que están disparando la inflación, reduciendo la calidad de la vida y de los productos.

Las prácticas comerciales a las que estamos asistiendo son realmente preocupantes. Vemos cómo se reducen las raciones y se doblan los precios con toda naturalidad, ya que la culpa la tiene Ucrania, claro. Vemos cómo se rebaja la calidad de los productos porque, claro, la energía está muy cara para tener las neveras todo el día encendidas y hace mucho calor. Como ha subido la gasolina, todo se ha encarecido en un intento de "no entrar en pérdidas·, es decir, la clásica espiral inflacionistas.

Cronometrar el ocio es una práctica más en este sentido. El otro día quedé con dos amigas para comer en una cafetería restaurante muy conocida de una céntrica zona comercial madrileña. La empresa tiene sus zonas horarias en función de las franjas para desayunos, comidas, meriendas y cenas, con públicos distintos en cada una de ellas. Cuando entramos a las dos de la tarde, con un calor horrible, el aire acondicionado era casi polar, algo que se notaba en contraste con el calor de la calle. Comimos tranquilamente, pero a las 4 de la tarde empezamos a sentir un fuerte calor. No te piden que te vayas, pero la forma de desalojar mediante la subida de las temperaturas era clara. La gente sale a la calle y deja sitio a la siguiente tanda, para los que se volverá a subir el aire acondicionado. Sencillo.

El segundo entrevistado en la noticia de RTVE.es dice que "le parece bien", que "tienen que vivir de algo", señala. Sí, pero tienen que tener mucho cuidado con no matar a la gallina de los huevos de oro. El ocio es ocio y si quieres vivir de él tienes que tener cuidado con lo que haces. Militarizar a los que están intentando tener un rato de descanso es, en el mejor de los casos, estresante. Cuidado, no vayan a tener que lamentarlo.

No sé si estamos preparados para un sector que decida reducir la calidad de los productos, reducir las raciones y hacer lo mismo con el tiempo. Eso, además, viene acompañado por una rebaja de los sueldos. ¿Cuántas veces hemos escuchado la queja del sector de que no encuentran personal? Si el mercado funciona en un sentido, debería funcionar en el otro, es decir, mejorar la oferta de empleo y así seguro que encuentran trabajadores para atender sus negocios de hostelería.

No cuentan que los precios de las vacaciones han subido un 30%; veíamos hace días que el alquiler de coches para el verano se ha multiplicado por cuatro. Algunos comercios retiran los productos baratos para limitar la elección del consumidor y desechan menos productos en mal estado amparándose en que no se desperdicie nada; lo malo es que compramos un producto peor pagando en ocasiones el doble.

Como se trata de un "libre mercado", las autoridades tienen poco que hacer (aunque deberían). Las asociaciones de consumidores deberían estar más activas denunciando allí donde los abusos sobre los consumidores hacen acto de presencia.

Hay muchas formas de mejorar los servicios para mejorar la situación de los negocios. Pero mucho me temo que algunos están escogiendo la excusa más fácil para ofrecer la mitad a doble de precio. Lo que se está provocando así es una espiral inflacionista. El resultado es que lo acaba pagando el consumidor, como hemos podido comprobar con los "pactos" entre empresas grandes para evitar competir entre ellas. El objetivo es siempre el consumidor y el "aliado" es la falsa "competencia" en mucho sectores.

No digo que no haya muchas personas que abusen. Pero también hay que señalar que si muchos no consumen más es porque no pueden. Echarlos a la calle es crear un precedente con consecuencias que no podemos anticipar, aunque sí especular sobre las posibilidades. El Gran Hermano Bar puede manifestar su lado más oscuro, tras la explotación de sus propios trabajadores.

Una cosa es poner un horario de comidas, algo frecuente, y otra cronometrarte un refresco o un bocadillo. La casuística puede ser infinita: ¿qué tiempo cuenta si empiezas a comer y luego llega un amigo y se suma? ¿Y si llega un tercero? ¿Deben separarse cuando se acabe cada tiempo individual? Y así podríamos seguir proponiendo supuestos. 

Cuando uno se sienta en una terraza, está comprando algo más que una comida o bebida; compra espacio y tiempo, además del servicio y las vistas. Compra tranquilidad, relajación. Espero que sepan lo que están haciendo porque puede ser muy negativo.

Si el ocio es el gran negocio, debería tratarse de otra manera porque se corre el riesgo de que sea lo primero de que se prescinda cuando las cuentas ya no nos salgan y la cuenta del banco suene a eco. Ya estamos en una tasa de ahorro negativa. Aumentará el negocio de las tarteras si siguen así.

Mucha gente se ha ido hacia las autocaravanas como alternativa al alza de los precios turísticos, con la consiguiente elevación de los precios en el sector de los vehículos. Otras han optado por reducir su vacaciones al mínimo o a quedarse en casa. Cuando te crean problemas (añadidos a los que ya tienes), la gente responde defendiéndose. Lo especial del ocio es que era la alternativa al resto; ahora forma parte igualmente del problema.

Las teorías nos decían que la forma de atraer a los consumidores era tratarlos mejor, ofrecerles más cosas y más barato. Habrá que revisar las teorías.

Se han tomado o dejado de tomar muchas medidas sanitarias pensando en no perjudicar a la hostelería, el gran motor nacional. Ahora las circunstancias son otras y se ha pasado de unos lamentos a otros.  Lo que sabe bien es esa coletilla de justificar las subidas de los precios en los "posibles despidos". El rechazo a trabajar en el sector es claro. Los bajos salarios han sido la norma, junto con la falta de límite laboral temporal; para el trabajo no hay límite, pero sí para el consumo.

Si miramos el tratamiento informativo que se le ha dado a esto es muy amplio. Esto indica que es algo a lo que la gente es muy sensible, pues primero se les empuja a las terrazas y el consumo, para luego subirles los precios y reducirle el tiempo. La noticia está por todas parte y algunos medios hablan de "la moda de las terrazas con cronómetro". No nos engañemos, no va a ser una moda algo que va contra el consumidor, por más que se disfrace.

Poner límites temporales en las terrazas, cafeterías y restaurantes, cambia radicalmente el sentido social del acto en sí. Se convierte en un ataque directo a su valor principal. Más caro, menos cantidad, menos tiempo. La excusa de que todos lo hacen llevará a las reacciones de defensa de los consumidores y, probablemente, al establecimiento de sectores diferenciados con aquellos a los que nos les importa y con los que buscarán otras fórmulas en la que estar disfrutando de su propio ocio sin que les digan cuándo se deben levantar.

 

* "Terrazas con cronómetro: algunos bares y restaurantes limitan el tiempo a sus clientes" RTVE.es 15/07/2022 https://www.rtve.es/noticias/20220715/limite-tiempo-para-consumir-terrazas-restaurantes/2388860.shtml

lunes, 20 de septiembre de 2021

La nada que nos consume

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Lo último ha sido sobre los jóvenes afectados por los suicidios. Pero habría que sumar muchas más piezas al mosaico para poder ver el conjunto. Nos contentamos con pensar que es un efecto más de la pandemia, que afecta a nuestras visiones del mundo y se vuelven así más negativas. Pero esto viene de largo.

Los datos que nos han ido dando en estas semanas dice: que tenemos elevadísimos porcentajes de repetidores entre los jóvenes; que somos el segundo país con mayor número de los llamados con sarcasmo "ninis" (ni estudian ni trabajan); que tenemos también una de las tasas de abandono escolar más altas... Podríamos seguir añadiendo indicadores y todos serían del mismo tenor.

Las imágenes que nos han servido este fin de semana muestra macrobotellones (25.000 personas en mi universidad) y unos miles en una universidad barcelonesa. Innumerables repartidos por el país. Nos preocupa, como dicen los medios, que no usen mascarillas ni mantengan la distancia de seguridad. Pero nadie se preocupa por lo que representa esto, por cuál es su significación social, qué tipo de respuesta implica y, sobre todo, que forma de ver la vida supone.


Desde hace mucho tenemos un serio problema y una seria distorsión aceptada de nuestro futuro. Hace mucho que nuestra industria principal es el ocio más que otros tipos de producción que quedan relegados del foco de atención. Aquí de lo único que se debate es del "ocio" en todas sus variantes, no del trabajo sino de lo que hay que hacer cuando no se trabaja. Realmente hay que tener muy poco que hacer para mantener este ritmo de ocio que nos caracteriza.

Comentamos aquí aquel suspiro inaugural de la señora madurita al poder sentarse en una terraza y tomarse su cafelito. Los españoles salían de las sombras de la pandemia a la oscuridad de la noche de juerga, un fin patriótico para mantener en orden la economía del ocio que es la principal del país. Más allá del turismo, que tiene que venir, está el residente laborioso que se curra su ocio para mantener la actividad, tanto la propia como la ajena.

Las consecuencias de esto son variadas. Quizá las principales sean la precariedad y el subempleo, los bajísimos sueldos. Estas traen otras en cadena, la permanencia en la casa familiar, el retraso de los matrimonios y de los nacimientos, el envejecimiento de la población, solo paliado por la llegada de inmigrantes que nos permiten cubrir lo que no cubrimos.



Me sorprende cómo los medios dedican tanto tiempo a todo eso que llaman "ocio", ya sea como conflicto o como negocio. Hay mucho menos tiempo dedicado a algo más ejemplar que los cotidianos informes sobre botellones de los lunes por toda la geografía española. Comenzaron hace más de una década, precisamente como respuesta a una crisis económica y al deseo del ocio nocturno o diurno de entonces de mantener a distancia a unos consumidores jóvenes sin recursos. Lo del ocio está muy bien si gastas, sin no es parasitismo. El botellón es el listón más bajo. Te coges la botella de casa, los hielos y ¡a vivir! Si vas con prisa, y no te ha dado tiempo a pasarte por el supermercado (los veo haciendo la compra de botellas en mi centro comercial los viernes y sábados), te puedes hacer con algo en los vendedores que deambulan por el gentío ofreciendo botellas. Son los nuevos emprendedores, la cutrez del emprendimiento, el inicio de una gran carrera. Otros ofrecen otras cosas. Es un buen mercado y siempre hay demanda.

A todo esto se ha incorporado un nuevo aliciente: la violencia. El hecho de que la Policía tenga que intervenir ante las quejas de los vecinos, que se concentren cada vez más personas y que esas personas se diviertan lanzando botellas, golpeando los coches patrullas, etc. es un fin de fiesta divertido que poder compartir con los amigos el lunes cuando te pregunten.



La necesidad de los toques de queda no ha sido comprendida o, peor, ha sido ignorada y llevada al ámbito de la diversión y en muchos al descaro. ¡Soy joven y no me voy a morir!, decía uno ayer al ser entrevistado. Son los nuevos héroes: salen, beben y pelean. ¡Qué más se puede pedir! El aumento de la violencia en las calles es otro indicador. Cada vez salen más rápido las navajas, que forman ya parte del equipo de salir.

Esto es divertido y hasta atrae Erasmus del extranjero. ¿Dónde se lo van a pasar mejor que aquí? Pero si nos preguntamos por el futuro de este país, envejecido y con este modelo, real y mediático, no hay para muchas alegrías.

Las universidades, los parques, las calles, las plazas... son escenarios para beber y desbeber, para gritar y perder el sentido de la realidad, de una realidad que no gusta, que no ofrece alternativas, en la que nos desentendemos de los demás, donde lo aceptamos todos. Solo ofrecemos alternativas de ocio al ocio, ofertas de competencia para reconducir el "gasto". No hay alternativa al margen de esto y de todo lo que implica socialmente.

Mañana llegaré temprano a la universidad; debo dar clases como si nada de esto hubiera ocurrido. Tienes que ignorar lo sucedido, fingir que no ha pasado nada y que la estatua ecuestre que simboliza el traspaso de conocimiento a la siguiente generación está allí por algo. No sé lo que me espera, pero la depresión ante el espectáculo es grande, una enorme tristeza, frustración, una dolorosa pregunta sobre el sentido de lo que haces y sobre cómo la propia sociedad fagocita a sus integrantes en este proceso de la macro trivialidad rentable, en esta caricatura trágica del "ocio".


sábado, 24 de julio de 2021

Barrios ricos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

 


Los datos de la pandemia, cuando se ponen sobre la mesa, nos acaban diciendo cosas que no nos gusta escuchar públicamente por lo que tienen de retrato social, de radiografía del país con sus ocupantes dentro. Es cierto que esto es ya una situación larga, pero es igualmente cierto que esto no es nuevo y que seguirá siendo larga por bastante tiempo.

Hace unos días, un titular llamaba la atención por su propia generalidad. Venía decir que los "jóvenes serios" se quejaban de que se les considerara responsables de lo que las cifras, las imágenes y los relatos nos mostraban sobre la evolución de la pandemia en España. Es evidente que el lenguaje es siempre injusto en esto. Para evitarlo se han creado otras herramientas que permiten separar el trigo de la paja poniendo cada cosa en su lugar. Sencillamente, el que cumple no debe darse por aludido. Los que incumplen tampoco se dan por aludidos y siguen incumpliendo, claro.

Conforme la pandemia se desarrolla en el tiempo y es posible tener más datos y, sobre todo, analizar la evolución de esos datos, sus aspectos relevantes van apareciendo con mayor claridad.

RTVE.es ha elaborado un magnífico trabajo, firmado por Paula Guisado y Cristina Pozo García, tanto en el análisis de los datos como en su representación gráfica para que puedan ser comparados y comprendidos. Estos datos permiten sacar algunas interesantes conclusiones. Tras un análisis general de los datos de la pandemia, se introducen los aspectos relacionados con los espacios donde hay mayor incidencia actualmente y se comparan con los del año anterior. Nos señalan partiendo de los datos acumulados:

 

Hace un año, al acabar el primer estado de alarma -ahora inconstitucional-, se señalaba el impacto de la COVID en las familias con rentas más bajas. Los brotes entre temporeros fueron los más comentados, pero también entre aquellas personas que no podían permitirse teletrabajar y tenían que acudir presencialmente a su lugar de trabajo. La segunda ola dejó una situación similar.

En Madrid, el distrito de Puente de Vallecas registró una incidencia de más de 950 contagios, con Usera y Villaverde rozando los 850. En Barcelona -con menor incidencia en general-, Nou Barris, Ciutat Vella y Sants-Montjuïc superaran los 400 casos.

¿Qué tienen en común esas seis zonas? Son los distritos con las rentas medias por hogar más bajas de sus respectivas ciudades. Y es que al principio de la segunda ola se podía ver una relación inversamente proporcional entre la renta y la incidencia: a menor renta, más casos.

En cambio, el brote que comenzó a finales de junio apunta a una situación inicial distinta. En la Ciudad Condal, que lleva más de una semana de adelanto con respecto a los incrementos a nivel nacional, los datos mostraban la tendencia contraria: a más renta, más casos. Y una situación similar registra la capital unos días después, donde los distritos con las rentas más altas -Chamberí, Salamanca, Moncloa-Aravaca o Chamartín- ocupan ahora los primeros puestos en cuanto a incidencia acumulada.

La tendencia se va suavizando a medida que pasan los días y el virus se expande. Y tanto en Madrid como en Barcelona hay excepciones: por un lado, el distrito Centro, cuya singularidad podría contribuir a que la tasa de contagios sea tan elevada -900 casos por cada 100.000 habitantes en los últimos 14 días- aunque su renta no esté entre las más altas; y por otro, Ciutat Vella, que se acerca a los 1.000 contagios a pesar de ser el distrito barcelonés con menor renta.

Pero los datos de renta e incidencia por distritos sugieren una diferencia socioeconómica respecto a las olas anteriores que habrá que analizar con más información desagregada, pero que para Saúl Ares "tiene sentido, desde la premisa de que en este caso los contagios se piensa que se dan más en el ocio que en el trabajo". Más del 80 % de los brotes identificados en la última semana en la Comunidad de Madrid estaban relacionados con el ámbito social. "Y sabemos que quien tiene más posibilidades es quien tiene más ocio", reflexiona el experto.* 

 


Y hay mucho que reflexionar, desde luego. Los datos son los que son y, en el tiempo, adquieren sentido mostrando una perspectiva más ajustad de lo que tenemos delante.

En la primera ola, en los Estados Unidos, al igual que en otros países, salieron a la luz las desigualdades sociales y económicas. Se manifestaban en los hacinamientos en los hogares más pobres, en la falta de condiciones higiénicas en muchos espacios de trabajo, igualmente hacinados, en la falta de asistencia médica, etc. En Estados Unidos se tradujo rápidamente a cuestiones étnicas. Si eras "blanco", tenías más posibilidades de vivir en una casa grande, no tener que usar transporte público, teletrabajar, tener un seguro médico que te habría permitido tener una mejor salud, etc. Si eras un afroamericano o un inmigrante del sur, tus probabilidades de tener algunas de esas ventajas descendían.



Lo que los datos de RTVE.es nos ofrecen es un panorama distinto. Lo interpretamos de diversas maneras, incluyendo la que salta a primera vista: ahora son los "ricos" los que se contagian debido al ocio. Pero esta explicación requiere muchos matices y perspectivas. Oponer "ocio" y "trabajo" es un error porque hoy del ocio vive toda una industria. Mis alumnos extranjeros se reían cuando les explicaba, hace algunos años, el número de fiestas que tenemos los españoles. Es una forma de trabajar. Ir a los sanfermines, a las fallas, a la feria de abril... a todas y cada una de las fiestas de tus barrios, pueblos, ciudades y comunidades; los "puentes" y "acueductos", etc. son en realidad la estructura de una economía inversa que se basa en el "ocio" para que otros puedan trabajar. Este sector —que va del turismo a la hostelería, de las agencias de viajes a los vehículos, etc.— necesita personas que gasten, que se desplacen, etc. Esto ha ido generando un "ocio" activo, que ya no es alternativa al "trabajo", sino alternativa a sí mismo. El auténtico "ocio" es el que se produce entre dos "actos ociosos", el intervalo que no genera gasto.




Dicen que "más del 80 % de los brotes identificados en la última semana en la Comunidad de Madrid estaban relacionados con el ámbito social". El "ámbito social" es un eufemismo para decir todo tipo de encuentros y reuniones, de los familiares a los amigos, todo aquello que no es obligado por el trabajo.

El ámbito laboral es un espacio vigilado y sometido a determinadas prevenciones, con una autoridad responsable; igual ocurre en el educativo. No ocurre —como vemos cada día— con el ámbito del ocio, no porque no se intente, sino porque se incumple por la sencilla razón de que es prácticamente imposible hacerlo. Es la cuadratura del círculo. La gente se reúne para estar junta, no separada. Y si está junta es para verse, no para usar una mascarilla. 

La retirada de la mascarilla ha hecho recuperarse a sectores que caían en picado. Hasta la moda se ha visto sacudida ante el aumento del interés por las piezas superiores de la ropa frente a las inferiores que apenas se lucen en las videoconferencias. ¿Para qué zapatos nuevos si no sales a lucirlos a la calle? Me gustaría que salieran a la luz todos estos datos que apenas son señalados y se encuentran dispersos en artículos de diferentes medios.

Basta con que recuerde qué hacía una semana cualquiera antes de la pandemia y piense en lo que hace ahora. Se dará cuenta inmediata de que hay muchas cosas que hacía dentro de su normalidad y ahora no hace.



Decía antes que mostrar la distinción económica de los distritos y barrios puede darnos una impresión engañosa. El "ocio" es un poderosísimo sector económico en España y mucho más variado de lo que pensamos. Incluye espacios y actividades, viajes y estancias.

Los jóvenes que se han contagiado en el macro brote de Mallorca han realizado un viaje y una estancia en hoteles financiados, claramente, por sus familias. Las actividades que han realizado y en las que se han contagiado representan el retrato de su oferta por edad y disponibilidad económica, del "botellón" al "concierto" al que asistieron, junto con las actividades conjuntas que realizaran, de las charlas de habitación a los baños grupales en la playa o piscina. Los medios han reconstruido, local a local, el recorrido de los contagios.



El "ocio" es un macro sector ramificado y especializado en ofrecer lo que puedas pagar, de un restaurante de cinco tenedores a un perrito caliente callejero. La misma cerveza la puedes tomar en una comida en un restaurante, comprar en un supermercado o a un vendedor callejero que te la lleva fresca a la arena de la playa o se pasea por en medio del gentío del botellón en la noche. Lo que quieras, alguien te lo sirve.

Hace mucho que no abordamos las causas de muchas cosas que nos ocurre; preferimos afrontar las consecuencias como si salieran de la nada. Hoy nos enfrentamos a lo que parece una epidemia de irresponsabilidad. Pero no es nueva; es el resultado de esa "satisfacción garantizada" que hace que, como suele decir, España sea un país "donde se vive muy bien", un paraíso donde puedes hacer lo que quieras... si lo pagas. Ahora vemos la contrapartida.

No es casual que todo haya girado en España, de los empresarios a los políticos, sobre la llegada de veranos, vacaciones, puentes, festividades, etc. que son el auténtico "calendario laboral" español por el perfil que nuestra economía ha ido creándose. Compañías aéreas, de ferrocarriles, hoteles, restaurantes, ropa, etc. todo esto dependen de nuestro ocio. Puede que tengamos ropa de trabajo, pero seguro que tenemos mucha más ropa para salir, para lucirnos en los encuentros sociales.



En poco más de una semana, las cifras se han disparado tanto que asusta ver las curvas, auténticos cohetes hacia el récord. Hay muchos factores que lo han impulsado, desde dentro y desde fuera; falsos mensajes y oscuros intereses sectoriales que necesitan que todo esto siga en marcha pese a la vidas que pueda costar. Lo hacen detrás de grandes palabras y principios, pero no ocultan su verdadera naturaleza egoísta, interesada, económica.

Ahora los datos reflejan esta situación. Es en esos barrios donde queda el dinero que hay que sacar. La locura de los viajes de fin de curso es un buen ejemplo. Han ido los que se han podido pagar vuelo y estancia. Las posibilidades de gasto muestran las posibilidades de contagio. Unos se contagian en un hotel, otros en un descampado, según su disponibilidad.



Ahora muchos se resisten a que se impongan los "pasaportes" porque saben que sería un primer paso en la toma de conciencia de la peligrosidad en la que se insiste no piensen. Es cierto que muchos no necesitan que les insistan; desgraciadamente, parece que el "ocio" es el "centro" de su vida, algo a lo que no pueden renunciar porque, en muchos casos, no hay más y no se ofrece más.

Sin embargo, la única forma de poder salir de esto es afianzando la seguridad, por un lado, y reformando los sectores reduciendo su peso en el conjunto, abriendo otras posibilidades que se han ido perdiendo. Los otros males, los que arrastramos hace mucho, son más difíciles de erradicar cuando hay tanta gente viviendo de ellos.

 

 

* Paula Guisado, Cristina Pozo García y DatosRTVE "Barrios ricos, perfil joven y variante Delta: claves de la quinta ola de COVID" 24/07/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210724/claves-semana-barrios-ricos-perfil-joven-variante-delta/2137060.shtml

lunes, 12 de julio de 2021

El ocio robado

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Los medios nos dicen que cuatro de cada diez contagios en Europa se producen en España. Y en España nos dicen que la inmensa mayoría se están produciendo en una franja de edad a la que llaman "joven". De nuevo, como lunes, ya desde los primeros noticiarios de la madrugada se nos muestran imágenes similares a las de todos los lunes: botellones y fiestas repartidas por toda la geografía española. Esta vez están acompañadas por las imágenes de las comunidades en la que la gente más joven acude a vacunarse.

Si bien por muchos jóvenes que se nos muestren incumpliendo, no son "todos" los jóvenes, las cifras comentadas sobre los datos europeos dicen que sí son "bastantes", que esto es una cuestión generacional, de una forma de ver el mundo, en gran medida.

Los efectos que estas nuevas oleadas brutales de contagios están teniendo sobre las expectativas de sectores como el turismo y el esfuerzo hecho hasta el momento por muchos para poder bajar los indicadores y mantener en marcha una economía castigada no parecen conmover a nadie. Yo soy yo y me sobran las circunstancias.



Las explicaciones que dan los que se encuentran en las colas tampoco ayudan mucho, pues mayoritariamente se refieren a poder irse de vacaciones o poder seguir con el mismo tren de vida sin contagiar a la familia, ya que siguen dependiendo de ellas.

De poco sirven las noticias que nos hablan de ingresados jóvenes en plantas y algunos en UCI. En algo se ha fallado, ya sea en la comunicación (seguro que sí) o en la educación (indudablemente) que transmitimos, a la formación en valores.

Los ejemplos que la Eurocopa nos ha dejado nos muestran igualmente celebraciones, algunas han acabado mal, como las de la final de ayer. Italia, nos dicen, tenía buenos datos, pero está por ver los efectos de estos días de celebraciones.

Pero nada de lo que vemos tiene algo que ver con lo que vemos. Ellos celebran algo; nosotros simplemente celebramos. Se han conseguido contener las fiestas tradicionales, de los Sanfermines a las fallas, pero no hemos conseguido frenar la celebración a secas, cuyos dos rasgos básicos son la concentración de personas y la ingesta de alcohol, dos pobres motivos pero por los que la gente está dispuesta a jugarse la vida propia, la de sus familiares y compañeros, hundir la economía que se basa en la confianza y seguridad.



Esta vez no podemos echarle la culpa a nadie. Hemos sido nosotros los que hemos espantado a nuestra principal fuente de ingresos: el turismo y todo lo que le rodea. Cada vez son más gobiernos los que recomiendan no venir a España de vacaciones. Los programas entrevistan a los encargados de hoteles que hablan de las cancelaciones crecientes. Basta con mostrar las imágenes españolas para que la avalancha se produzca.

Atrás han quedado los intentos de "corredores turísticos seguros", como los ideados para Baleares y Canarias del verano pasado. Con las cifras existentes es difícil hablar de ellos.

Las campañas de vacunación joven pueden ser un aliciente para intensificar los contactos, ya que parece ser esta la principal motivación. Muchos han asumido que, tras el pinchazo, pueden hacer lo que quieran. Del centro de vacunación al botellón directamente, poco más o menos. Ignoran o quieren ignorar los plazos que supone la vacuna para ser eficaz, los límites que se muestran con las nuevas variantes y que hay gente vacunada que se reinfecta. Ignoran que, vacunados, pueden seguir contagiando a otros.

Ha fallado mucho la comunicación. Se entrevistan expertos y más expertos. Basta que uno discrepe para que se descalifique a todos. Tenemos el inconcebible caso del juez que se permitió decir que "un epidemiólogo era un médico de cabecera con un cursillo". Los políticos tampoco han hecho mucho, pues usaron la pandemia como arma arrojadiza y lo siguen haciendo.



Peor todavía, muchos piensan en el "voto joven" en demasía, lo que les impide afrontar con la energía suficiente el problema, que se evita analizar en su origen. Del "no hay que estigmatizar a los jóvenes" de la ministra Carolina Darias cuando los datos ya eran escandalosos y algunos medios hablaban directamente de la "ola joven" del virus.

No hemos desarrollado un concepto real de salud pública y del compromiso social que esto supone. Por el contrario, se ha podido apreciar que muchas personas carecen de ese concepto en una muestra de egocentrismo que nuestra propia sociedad fomenta en su conjunto.

Nos gusta pensar en nosotros como una sociedad solidaria y los somos en determinados aspectos. Pero lo que estamos viviendo nos obliga a dejar atrás conceptos ilusorios. Puedo entender que los contagios se den en personas que no tienen más remedio que salir a ganarse el pan. No es este el caso. Mientras muchos se sacrifican para poder salir de esto, otra parte de la sociedad (voy más allá de las franjas de edad) es profundamente insolidaria y no ve más lejos de su propio disfrute. Se han desentendido ya sea porque se sienten inmortales o porque ya lo han pasado o les da igual, como señalaba a cámara un entrevistado en un botellón.



Es solo cuestión de tiempo que las mutaciones del virus traigan nuevas formas que se muestren activas ante las vacunas. También habrá que explicarlo, aunque de poco servirá para los que no quieren entenderlo para no privarse de la única meta en su vida: eso que llamamos ocio, diurno o nocturno, al que se nos empuja a través de sutiles y no tan sutiles formas.

Hemos pasado por hacernos con perros para pasearlos, con sacar a los niños para reunirnos en el parque con los amigos... Todo se podía hacer con unas normas básicas: mascarillas y distancia, higiene y ventilación. De las cuatro solo se sigue la cuarta por el simple motivo de hacerse al aire libre. El golpe de efecto del gobierno retirando la mascarilla en lugares públicos ha hecho retroceder uno de los mecanismos. Ahora ya no saben cómo volver a imponerla.



La pandemia del ocio, la pandemia gregaria, es un espectáculo que irrita más allá del hecho mismo, pues nos devuelve una imagen de la sociedad que no es nada alentadora. Es, por el contrario, desalentador pensar que este presente es parte de la base de nuestro futuro.

Europa nos teme y, peor, los que buscan esta irresponsabilidad compartida vendrán a hacer aquí lo que no hacen en su país. El llamado "turismo de exceso" tiene en ciertos lugares de nuestra geografía sus atractivos centros de reunión. Lo dicen sin tapujos, ¿por qué iban a ocultarlo? Vienen a sumarse a lo que ven.

Queda mucho para vencer a esta pandemia, sobre todo porque desbaratamos nuestros propios esfuerzos a base de ignorar lo esencial. La vacunación es solo una parte, una foto del coronavirus del pasado. Con cada mutación que se produce el virus gana poder porque nuestras defensas se pueden quedar "anticuadas" en cualquier momento.



Nos dice el investigador del CSIC, Juan José Sanz Ezquerro, en su obra Virus y superbacterias (2017) que los virus "evolucionan muy rápido porque se reproducen en un corto período de tiempo y producen infinidad de nuevos individuos en cada ciclo de replicación. De este modo tienen la oportunidad de generar un gran repertorio de variación biológica, que es el sustrato sobre el que actúa la selección evolutiva. Pero, además, cuentan con mecanismos adicionales que aumentan su variabilidad, sobre todo en el caso de los virus ARN. [...] esta gran capacidad de evolución confiere a los virus grandes ventajas adaptativas que pueden manifestarse en cualquier paso de su ciclo de reproducción. Por ello, el conocimiento de estos mecanismos víricos de invasión y evasión es esencial de cara al diseño de nuevas armas terapéuticas y preventivas en la lucha contra los virus". (86-88)*



Cuantos más contagios se producen, más variantes aparecen; cuantas más variantes aparecen, menos efectivas son las vacunas diseñadas. El mecanismo es sencillo de entender, pero no lo son tantas las implicaciones en nuestras programadas vidas. La velocidad con la que se transmite el virus depende de nosotros. La nueva variante Delta es un explosivo presente que dará lugar a otras nuevas variantes futuras, variantes más evolucionadas más ajustadas a sobrevivirnos. Los efectos de las vacunas quedarán pronto olvidados y necesitaremos nuevas armas para combatirlas..., pero no será con botellones ni con vacaciones porque estén los viajes baratos y hay que aprovechar.

¿Cómo hacerlo entender?  El editorial de hoy del diario El País señala "Hay que salvar el turismo" Sí, ¿pero de quién? Leo un artículo en el que se dice comprender a los que salen porque dicen que les "han robado" lo que él tuvo, sus días de "gloria juvenil". Eso se decía antes de guerras y posguerras, que robaban la juventud. Mundos y tiempos difíciles. No creo que los botellones den para tanto juego. A los que han robado es a los que están ya en el otro mundo. Esos sí que se quedaron sin nada.

 


* Juan José Sanz Ezquerro (2017) Virus y superbacterias. Prevenir las epidemias del futuro. National Geographic-RBA


sábado, 8 de mayo de 2021

El recurrente tema de los bares

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Pese al tiempo que llevamos con esto de la pandemia, hay discusiones que no acaban de resolverse. El empeño de unos de no encarar directamente el problema y de otros por negarlo directamente hace que una y otra vez regresen. Me refiero en concreto a lo que vuelve a ser titular de primera página digital de El País, "El caso de Navarra: se cierra el interior de los bares y bajan los contagios". Por motivos obvios, hay una especial resistencia a admitir que esto es claro y no solo en Navarra, como apunta el titular. No hay "caso navarro".

Leemos en el inicio del artículo, firmado por Pablo Linde: 

 

Abre el interior de la hostelería. Pasan dos semanas. Suben los contagios. Cierra. Baja el número de nuevos casos. Hasta que se vuelve a abrir. La curva epidemiológica de Navarra lleva desde el otoño siguiendo este patrón, bailando al son de las restricciones en bares y restaurantes, según un análisis de datos del propio Gobierno foral. Y, aunque correlación no siempre implica causalidad, tanto las autoridades de la comunidad como la evidencia científica muestran que, en este caso, es muy posible que la haya.

 


 Puede que la "correlación no siempre implica causalidad", pero en estos casos es evidente que el problema está en juntar a la gente en espacios cerrados, sean bares o seminarios sobre antropología cultural. En los bares, a diferencia de los seminarios antropológicos, hay que quitarse las mascarillas para beber y la gente habla y habla porque para eso queda en un bar.

Los recorridos que las cámaras de televisión hacen por los bares y terrazas nos muestran el mismo panorama: mucha gente sin mascarilla delante de un vaso vacío de cerveza o de una taza de café. Es un ejercicio de poca o nula prevención y de aplicación tonta de las normas. La aplicación tonta de las normas es seguirlas de forma que no evitas el problema real, el contagio. Eso es lo que hace el que se pasa dos horas charlando con otros delante de un vaso vacío. Se acoge a lo literal de la norma, que es retirarse la mascarilla si está consumiendo. Pero somos más listos que nadie, un vaso para tres horas de charla. Después dirá que no entiende cómo se ha contagiado si cumplió todas las normas. El encargado del bar, harto de discutir y deseoso de recuperar lo perdido, dará por bueno el cumplimiento aparente de las normas y dirá que se habrá contagiado en otro sitio porque allí se han cumplido. Pero eso no es "cumplir", solo es aparentar hacerlo porque no se evita el motivo de la norma, no contagiarse.



Por eso no tiene nada de particular el "caso navarro", más allá de correlaciones y causalidades, como se señala en el artículo. Pero seguimos discutiendo y pidiendo más datos, más expertos, más estudios.

Lo realmente importante es lo que no se ha conseguido estadísticamente: que caiga la cantidad de cumplidores de boquilla y de negacionistas directos o indirectos. Estos hacen recluta de miembros para sus tesis con el argumento de que nada está demostrado. Es el problema del hartazgo y del aburrimiento de unos, que el negocio sea lo primero para otros, y el fatalismo final del si lo pillo que me quiten lo bailado.

Las actitudes ante la pandemia y las posibilidades de contagio son determinantes y muestran el nivel de sentido ciudadano de los países. Nuestro mundo privilegiado carece de la capacidad de sacrificio (porque lo es) necesario y está acostumbrado a lograr lo que quiere sin muchos obstáculos. Los problemas, finalmente, se solucionan desde fuera y rápidamente.

Es el mercado: cada necesidad es una oportunidad que alguien ve para cubrirla. Lo vemos ahora con la polémica sobre las vacunas y la posibilidad de liberalizar las patentes. El argumento para no hacerlo es que si no hay un beneficio, las empresas no investigarían y sería contraproducente. ¿No es bastante motivación la supervivencia? Parece que no. La pandemia es natural; la codicia, humana. A cada uno lo suyo.


Eso va a complicar bastante la cuestión de los países sin servicios suficientes de hospitales, sin apenas UCI, países en los que florece el mercado negro de oxígeno y respiradores. Se ha creado un turismo de vacunación para ricos en países en los que la gente muere por la ausencia de vacunas. Nos llegan noticias de robos de vacunas para venderlas o de falsificadores de test necesarios para poder regresar a los países de origen. Estas últimas son de nuestro país, donde algunos ven el negocio en el engaño.



Nosotros somos muy independientes, decimos, no como los asiáticos, que hacen siempre lo que les dicen, pobrecitos. Y así nos va. "Independencia", en este caso, significa hacer lo que quiero o aparentar hacer lo que me piden mientras ignoro lo crucial. Esto ha sido desde el principio que la seguridad de uno es la de los demás y la de los demás la de uno; pero eso es demasiado para nuestro proverbial sentido individualista y nuestro agnosticismo institucional.

El ingenio —¡eso sí es un valor!— ha sido pedir prestados perros para pasear, usar a los niños como excusa para salir, ponerse el chándal y llevar una botellita en la mano para hacer creer que haces deporte, cerrar a la hora indicada y dejar dentro al personal hasta que quiera irse, alquilar pisos para fiestas y hasta fletar autobuses para las fiestas fuera del casco urbano... Lo nuestro, sí, es la picaresca.



La constante pregunta por los bares, a estas alturas, es ridícula o es realmente malintencionada. Bares, museos, funerales, bodas o bautizos. No es el espacio en sí, sino cuántos, en qué condiciones y qué tipo de actividad realizan. Pero no hay peor sordo que el que no quiere oír, nos dice el refrán. Lo estamos experimentando con creces con esto de la pandemia. Nos agarramos a lo que sea con tal de salirnos con la nuestra. No deja de ser deprimente que volvamos una y otra vez a los bares como problema. ¿Padecemos una especie de síndrome de abstinencia colectivo? ¿No podemos librarnos de la obsesión? Algunos espacios y han actividades han logrado vencer la tendencia y disciplinar a sus usuarios. Los bares parece que no, que si dicen seis, nosotros vamos doce; si dicen doce, veinticuatro.

Probablemente somos así siempre, pero esto amplifica todos nuestros defectos al mostrarlos al por mayor. Las virtudes, en cambio, se ven reducidas por el efecto óptico del peligro que los incumplimientos entrañan. ¿No se le ha ocurrido a nadie dar premios al cumplimiento de las normas, al respeto de las distancias, al restaurador consciente, al consumidor responsable...? 

No deja de ser triste que en 2021, nuestras preocupaciones sean estas. Deberíamos reflexionar sobre esta situación en la que hemos caído, una consecuencia de nuestra debilidad productiva que se ha ido agrandando en el sector turístico, en la restauración. para sobrevivir en una Europa que necesita un "sur" para descansar, barato y poco competitivo en lo científico, en lo industrial, en lo tecnológico. El turismo nos ha deformado como país, ha dirigido nuestras fuerzas en un sentido que hoy percibimos como desequilibrio, fácilmente inestable, difícil de controlar bajo cualquier cambio.

El mareo interesado sobre los bares es un intento de mantener un sector que se ha visto perjudicado por la pandemia. Es un sector poderoso y se resiste a tanto tiempo. Pero la única forma de mantener cierta normalidad es el cumplimiento que evite que el virus se expanda. No hay duda que allí donde nos reunimos sin medidas se producen los contagios, de la clase al bar, del entierro al bautizo. De esto no hay ninguna duda por más que se siga sacando el tema. Quizá la culpa no la tengan los dueños, sino los clientes, pero, como decía el poeta Keats, "no se puede separar al bailarín de la danza". Nadie dice que la naturaleza sea justa.


Quizá sería una buena idea mostrar algo más que el mal ejemplo, pero este es el que acapara los titulares todos los días. Por cada cien mil cumplidores hay un bosé. ¡Vale ya de chupar cámara!

 

* Pablo Linde "El caso de Navarra: se cierra el interior de los bares y bajan los contagios" El País 8/05/2021 https://elpais.com/sociedad/2021-05-08/el-caso-de-navarra-se-cierran-interiores-y-bajan-los-contagios.html