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sábado, 2 de diciembre de 2023

El pasado estético

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La web de RTVE nos da cuenta de la expulsión votada por sus colegas del Congreso norteamericano de un peculiar tipo, el ya ex congresista republicano George Santos. Nos dicen que Santos no ha sido condenado todavía por nada, pero que la lista de posibilidades es muy larga. Por sintetizar, a Santos solo le faltan algunos delitos para ser un muestrario.

Si en Estados Unidos es frecuente escuchar la expresión "el hombre que se hizo a sí mismo" (self made man), en el caso de George Santos la expresión se convierte en literal dado el número de mentiras sobre sí mismo que el personaje (nunca mejor dicho) ha ido acumulando en su carrera política. Nos dicen que es la sexta ocasión en que se produce un hecho así en la historia del Congreso, pero que no hay un precedente de un mentiroso de este calibre. Teniendo en cuenta que el personaje ha logrado llegar al Congreso, nos hace preguntarnos por qué somos tan fáciles de seducir con embustes por este tipo de personajes que abundan en casi todos los escenarios políticos.

En el texto del artículo se nos dan algunas pistas de lo que Santos ha hecho en este tiempo y en momentos anteriores a su "consagración política": 

Santos no ha sido condenado de ningún delito, pero está imputado con 13 cargos de fraude, lavado de activos y robo de fondos públicos —por cobrar ilegalmente 24.000 dólares del fondo de desempleo—, entre otras faltas.

También está señalado por un informe interno del Comité de Ética de la Cámara de Representantes, controlado por sus colegas republicanos, de haberse embolsado más de 200.000 dólares de sus fondos de campaña para fines personales. Entre los gastos en los que Santos habría incurrido con ese dinero hay compras en Hermès, Ferragamo o Sephora, una suscripción en la página de contenido para adultos OnlyFans o viajes varios, así como pagos recurrentes a sus tarjetas de crédito.

Además, tenía un proceso judicial abierto por fraude en Brasil, donde había vivido y de donde huyó sin rendir cuentas. 

Mentiras sobre su historia familiar y su currículum

Pero más allá de sus presuntos delitos y faltas éticas, lo que ha hecho realmente a Santos famoso durante los 11 meses que ha sido congresista han sido los recurrentes escándalos normalmente relacionados con sus mentiras.

Santos mintió cuando explicó que sus abuelos habían huido del Holocausto, cuando aseguró que su madre había sobrevivido a los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York o cuando dijo ser judío. También en su currículum, cuando puso que había trabajado en Wall Street o que había estudiado en New York University (NYU). *

En estos tiempos en que las verdades tienen pocos amigos y en que la sinceridad se considera casi un molesto defecto, en estos tiempos de poses y selfies, de tuits y retuits (no sé cómo se dirá ahora que se llama "X"), estos tiempos en que la foto sustituye a la evanescente realidad, que ha quedado para empiristas y laboratorios, el caso de George Santos resulta interesante porque probablemente marque el futuro de muchos.

¿Por qué dejarse llevar por la vida? ¿Por qué no convertirla en guion de película dramática, aventuras o comedia? ¿Por qué no darle a la gente lo que le gusta escuchar y llevarles la contraria?

En el fondo, se trata de eso, del autodiseño. ¿No le gusta a la gente escuchar que tus abuelos escaparon del Holocausto y tus padres del 11-S? ¡Pues claro que sí! Se trata solo de desprenderse de los molestos escrúpulos y agradar, enternecer a los otros, de darles una historia de sacrificio, de supervivencia, de lo que haga falta.

"Usted es un ladrón", le ha espetado el republicano Max Miller, a lo que Santos respondió: "Mi colega quiere venir aquí y llamarme ladrón. El mismo colega que ha sido acusado de maltratar a mujeres. Todos tenemos un pasado".

Hay que corregir a Santos: él tiene varios. Después de todo, ¿qué es un pasado? ¿Un límite, una jugarreta del destino, algo que te viene de fuera y que te deja marcado? ¿Tienes tú la culpa de que tus abuelos murieran en la cama en una granja con pollos? El sueño americano no es compatible con tener solo un pasado. ¿De qué sirve soñar si no puedes escapar a los hechos? Puestos a soñar, ¿por qué no el pasado? Si puedes cambiarte de nariz en una operación de cirugía estética, hacer desaparecer las bolsas debajo de tus ojos, hacer que el pelo renazca, ¿por qué no puedes tener pasado estético?

Con todo, muchos de sus compañeros se han opuesto a la expulsión. ¿Dónde está el problema? ¿Vamos a pedir ahora a los políticos que sean sinceros? Puede que se creyera sus propios embustes, ¿por qué no? El cielo es el límite.

Al final no sabemos qué ha pesado más en su expulsión si sus robos o sus mentiras. A algunos no les habrá parecido grave ninguno de los dos motivos, mientras que en otros habrá pesado uno más que el otro. Hay muchas escuelas en esto de la política.

No creo que a George Santos le falte ahora trabajo. Muchos querrán saber de su experiencia. 

* "El Congreso de EE.UU. expulsa al polémico legislador republicano George Santos por sus mentiras" RTVE.es 1/12/2023 https://www.rtve.es/noticias/20231201/congreso-eeuu-expulsa-george-santos/2463869.shtml

miércoles, 12 de julio de 2023

El pasado de los políticos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

La cuestión sobre el pasado de los políticos es relevante. En un mundo en donde se llega a la cima a golpe de promoción, de llamar la atención, es fácil que algo que usas en un momento dado, se vuelva contra ti cuando sale pasado cierto tiempo a la luz. Las redes sociales han facilitado este tipo de situaciones al no tener que recorrer las hemerotecas y los archivos de los medios para obtener la información.

En Euronews se nos cuenta el caso de Riika Purra, ministra finlandesa, cuyo pasado racista se vuelve contra ella: 

Riikka Purra says "I've made mistakes" as the government was forced to issue a statement affirming strong support for human rights and equality in the Nordic nation.

The leader of Finland's far-right Finns Party, finance minister Riikka Purra, has apologised for "stupid social media comments" she made, saying she is "not a perfect person." 

"I've made mistakes", Purra, who leads one of the parties in Finland's right-wing coalition government, wrote on Twitter

This week comments she posted on a far-right forum 15 years ago re-emerged after Finnish media matched up entries made by someone using the nickname "riikka" and Riikka Purra. 

They included racist rants about Turkish and Somali immigrants; violent posts about shooting people on a commuter train if she had a gun; and the use of the n-word in a post about wanting to spit on beggars and beat up children with an African background in Helsinki. 

At first Purra neither confirmed nor denied she made the comments, which were written in her 30s when she had an academic career as a university researcher, but before she was active in politics. She later admitted that she wrote the posts. *


 Quince años no son muchos, pero depende de la vara de medir que le apliquemos. ¿Ha llegado Riika Purra a la distancia suficiente como para considerarse "estúpida", tal como ella evalúa sus comentarios? Arrepentirse de lo que ahora te perjudica es un tipo de actitud que hace dudar. ¿Deberían los políticos presentarse como hacen en Alcohólicos Anónimos, "Hola, Mi nombre es Riikka y soy racista", durante el resto de su vida? ¿Se deja de ser racista cuando se ha llegado a ese grado de intensidad y se es "líder de un partido de ultraderecha" (far-right leader)? La persona que llega a ese grado de violencia verbal, ¿deja de ser "racista" en algún momento?

La expresión "violencia verbal" es engañosa y puede ser satisfactoria para que el delito sea considerado de otra manera. Evidentemente hay grandes diferencias entre quemar a una persona y decir que deberían quemarla. Pero lo que tiene lógica jurídica, ¿la tiene también en política? ¿Prescriben el odio y sus manifestaciones?

Podemos mirarlo desde la perspectiva de la persona, de cómo evoluciona, de que viaje interior realiza. ¿Es capaz de desviar ese flujo de su vida o solo las aguas se vuelven subterráneas a la espera de un momento adecuado para aflorar de nuevo, por decirlo metafóricamente?

Hay otra perspectiva, la de su uso político estratégico. Consiste en decir lo que los demás esperan de ti. El político dice lo necesario para conseguir sus votos. Hoy toca ser agresivo, mañana moderado. Lo vemos todos los días. Unos se plantean el radicalismo para conseguir los votos, mientras que otros juegan la baza de la moderación. Forma parte del juego político, dirán algunos en su defensa. Pero eso supone que el ciudadano deja de saber cuándo se encuentra ante un actor o, por contra, ante alguien que le dice lo que realmente piensa, que tiene un cierto compromiso con lo que dice.

Hay un sentido estratégico de la política que es pragmático y se adecúa al momento y a la posición. Su objetivo es conseguir el poder. Si para ello tiene que ocultar sus propios planes, poner su agenda en la sombra, a la espera de alcanzar el momento adecuado para imponerla.

Si se llega a alcanzar el poder, se puede seguir jugando con las palabras. Es parte de una política en permanente acción comunicativa el empleo de todo tipo de jergas y retórica para evitar la expresión directa. Pero, en el caso finlandés, lo que sale a la luz es la "imprudencia" de Riikka Purra, un "pecado retórico" de juventud; es la expresión brutal, agresiva de lo que piensa: matar, golpear, disparar...

Creo que hay muchas personas muy valiosas que podrían cumplir sus mismas funciones ministeriales sin ese pasado bocazas, sin esas ideas violentas y perversas que requieren algo más que disculpas.

Sí, los políticos tienen pasado. Quizá "más pasado" que los demás, valga la paradoja. Tener pasado es ir cargado con lo que has hecho, que a quienes le pidas el voto sepan cómo piensas realmente y cuáles han sido tus actos relacionados con ellas. Eso permite también que los electores se retraten si, por ejemplo, votan a terroristas para que dirijan sus ciudades, comunidades, parlamentos. O que sean personas condenadas por violencia machista. Si saben lo que votan hacen suyo los pasados de sus políticos.

Hay que tener cuidado cuando se pacta con otros porque cuando menos te lo esperas sale a la luz un pasado poco edificante. Entonces te ves comprometido y vulnerable, responsable de haber llevado al poder a gente con más pasado del esperado que has hecho tuyo al aceptarlo.

El descubrimiento del pasado oculto siempre deja un sombra de duda de por qué una persona con esos deseos-ideas es elegida y pasa a dirigir los destinos de un país. Puede que haya profesiones en las que el pasado sea menos relevante, pero en política lo es casi todo. Es la confianza y es la representación, algo esencial en una democracia.  El pasado político importa.

 

* David Mac Dougall  "Finland's far-right leader Riikka Purra 'sorry' for her racist, violent writings" Euronews 12/07/2023 https://www.euronews.com/2023/07/12/finlands-far-right-leader-riikka-purra-sorry-for-her-racist-violent-writings

miércoles, 10 de marzo de 2021

Favoritos problemáticos o qué hacer con el pasado

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Como suele pasar en la vida personal, es mejor afrontar el pasado con sus errores que intentar borrarlo. Esto ocurre con el fenómeno de lo que podríamos llamar, parafraseando a Sigmund Freud "el malestar en la cultura pasada", es decir, el constante descontento con nuestro pasado, sometido a constantes presiones revisionistas y a la tentación de la hoguera.

La CNN publica un artículo titulado "Notorious Hollywood classics seen in a brand new way" a cargo del periodista Jeff Yang, coautor de la (auto)biografía "I am Jackie Chan". Como habrán intuido, Yang plantea un tema ya frecuente y candente en diversos sectores de la cultura y de la historia, el problema de lo que llama "problematic faves", es decir, películas que gustaban, "clásicos", y que ahora, caído el velo de la inocencia y sumergidos en dosis masivas de equivalentes a los "Cultural Studies" nos han vuelto especialmente críticos respecto a su pertinencia.

Yang alaba la política de la TCM al intentar reconsiderar los filmes clásicos bajo nuevas perspectivas, las actuales, que establecen ese carácter "problemático" de las relaciones con ellos. En su artículo va poniendo una serie de filmes clásicos sobre la mesa, viendo lo que nos incomoda hoy de ellos.

Escribe Yang en el artículo:


All of these films were made between the dawn of the "talkie" era and the 1960s, when America began a long-deferred reckoning with the ugly realities on which our nation was built -- a history that includes slavery and institutionalized White supremacy, Native genocide, xenophobic exploitation and exclusion, the demonization of disability, the persecution of LGBTQ individuals and persistent gender inequity.

I can't commend TCM highly enough for choosing to create this series -- as I've written before, framing the beloved, but offensive artifacts of our past with educational context is the right thing to do. Hiding or erasing our racist history doesn't just create gaps in our cultural timeline, it eliminates teachable moments and allows us to pretend we've always been better than we are.

TCM conceived of the series as one part of a wider WarnerMedia strategy of placing classics into context (WarnerMedia also owns CNN). We first saw this when HBO Max briefly pulled "Gone With the Wind" from its streaming platform this summer, before restoring it with an introductory message from film scholar and TCM Host Jacqueline Stewart and a paired panel conversation moderated by historian Donald Bogle. Packaged together in this way, WarnerMedia was able to ensure that the film could be simultaneously appreciated for its artistic merits and interrogated for its grossly stereotypical imagery and romanticization of slavery.*

 

 

Si se tratara de novelas, es decir, de objetos individuales, la decisión es fácil. Nadie los lee o compra; nadie los saca de los estantes de las bibliotecas. Pero la cuestión varía cuando gran parte del valor de estas empresas es precisamente el archivo de películas que mantienen desde la época del cine mudo. No poder exponer las películas bajo riesgo de campañas mediáticas contra ellas, erosionar su imagen acusados de ser propagadores de prejuicios etc. no es una buena perspectiva. No es casual que el tercer párrafo nos advierta que WarnerMedia es dueña de la CNN, en un ejercicio de transparencia. La cuestión afecta, pues, no solo a la historia sino a la comercialización futura del legado cinematográfico, algo que forma parte del propio poder empresarial.

Pero más allá de esto, el artículo es una nueva reedición de una constante batalla con el pasado. Toda generación mantiene un pulso cultural y vital con sus predecesores. Ya se acabaron los tiempos en que el mundo miraba hacia atrás pensando en perfectas (y pasadas) "edades de oro". En Occidente, hasta prácticamente los finales del XVIII se sigue mirando al pasado como fuente de verdad e inspiración. Las ideas románticas serán las que se alejen del criterio de "imitación" del pasado proponiendo nuevas formas. El futuro pasa a ser oportunidad de mejora y se plantea un nuevo concepto que llama al futuro, lo representa la palabra "progreso". Desde ese momento, avanzar es liberarse de las cadenas del pasado, que se empieza a considerar una carga.

En culturas como las orientales, hay que dar culto a los antepasados y escuchar su sabiduría. Lo que ha durado mucho tiempo es lo más valioso precisamente por su resistencia y su permanencia, forma de medir su valor. Cuanto más antiguo es algo, más valioso resulta. Se consultan los "anales", la memoria del pasado para resolver los problemas del presente.

Todo esto, en todas las culturas, nos muestra algo más allá de la admiración por el pasado. Nos muestra un sentido del tiempo muy diferente. Nosotros vivimos en una aceleración temporal que se traduce en distancias culturales, interpretativas, valorativas de los acontecimientos. Hace unos días reponían en TV "Alien, el octavo pasajero", el filme de Ridley Scott, anunciándolo dentro de "clásicos del cine". Muchos jóvenes (y no tanto) rechazan ver filmes en blanco y negro en una especie de prejuicio perceptivo. Sencillamente no le ven, se sienten incómodos por algo que les incomoda por distante y, por ello, incomprensible. Esta experiencia la he vivido frecuentemente en mis tareas de dirigir un cinefórum durante diez años. Es como si fuera otro planeta. Recuerdo un compañero que llegaba derrotado de clase al haber dicho a sus alumnos "no os gustan los clásicos" y haber recibido la respuesta "¡sí, nos gusta Grease!", que por otro lado es una recolección de todo tipo de estereotipos anteriores.



Si esto ocurre con los modos y modas, ¡qué podemos esperar en el terreno de los valores! No es casual que Yang señale una barrera de los años 70. En la década anterior se han producido varias grandes revoluciones: la de los jóvenes (del hipismo de USA al 68 francés), la revolución sexual, el antimilitarismo, los movimientos antirracistas y de derechos civiles.

Si repensamos el cine anterior, es lógico que esa barrera se eleve cada día más alta. Vivimos bajo el efecto de aceleración de lo que Alvin Toffler llamó el "shock del futuro". Hoy la idea de generación se ha atomizado, marcando diferencias grandes entre personas con cinco o diez años más. Se mantienen fuertes vínculos con los más próximos mientras que nos distanciamos más de aquellos que mantienen diferencias que pasan a ser abismales en la forma de ver la vida. Lo que antes se producía con márgenes amplios diferenciales, ahora se ha reducido a mínimos creando burbujas generacionales aisladas.

Nuestra cultura es fragmentaria y selectiva, cada persona se crea unos espacios diferenciados de otros. Tenemos un mundo con múltiples y diversas opciones. El pasado es ya solo una de ellas. Muchos viven en un presente renovable que les hace vivir sin acumular, sin sentido de pertenencia al grupo o haciéndolo con grupos que construyen sus propias identidades. Ya no hay medios de masas porque no hay masas. Estamos en el mundo de los micromedios, de los pasados breves y de la cultura a la carta. No compartimos horarios, canales o programas. En esta sociedad moderna hemos conseguido ser islas formando archipiélagos con puentes ocasionales, uniéndonos en un punto en común y difiriendo en el resto. Es la sociedad red en la que, llevando la contraria al poeta Donne, sí "somos islas".



Esta percepción problemática de la Historia surge precisamente cuando se rompen las conexiones. Hemos pasado del "clasicismo" que admira el pasado a una condena que lo considera bárbaro e infernal.

Si el clasicismo era peligroso porque nos hacía mirar constantemente hacia atrás, esta nueva mirada antipasado, revisionista, es igualmente peligrosa porque nos deja sin memoria o, peor, con engañosas memorias de las que borramos los recuerdos que no nos gustan. Crea, por ello, un conflicto intergeneracional constante ya que la radicalidad de los enfoques y críticas hace que las personas se encierren o sean arrinconadas por el hecho de pertenecer a algo que no se considera "presente".

La respuesta debe estar en la educación. No me refiero a las introducciones didácticas antes de cada película en la TCM o cosas similares, sino a una auténtica formación como seres críticos con nuestra propia cultura, pero también capaces de distinguir lo valioso de lo peligroso.

Es muy fácil juzgar el pasado desde el presente. Pero la Historia no es solo un discurso reformable, como veíamos en el trabajo de Winston Smith en el 1984 de Orwell. Es un proceso valorativo, por un lado, pero también de reajustes interpretativos, que no es lo mismo que la quema sistemática por no ajustarse a nuestra visión actual del mundo.

Somos herederos, para bien o para mal, nos guste o no. En muchas ocasiones nos chirrían los oídos cuando escuchamos, vemos o leemos ciertas obras que vienen del pasado o que, simplemente, están ahí. Los estereotipos de éxito hoy nos ofenden y podríamos quemar casi la totalidad de la cultura heredada por ser distinta y considerarla peor.



A lo mejor no necesitamos quemar tanto y sí aprender más a cómo tratar con un mundo en constante cambio en que la tendencia es la del "usar y tirar" porque todo lo que permanece acaba siendo odioso. La vocación de la hoguera como remedio es siempre muy peligrosa por los cambios del viento y puede que en ocasiones tenga efectos contraproducentes.

No hay solución fácil ni cómoda. Pero este revisionismo constante corre el riesgo de convertirnos en supervivientes en una especie de desierto en el que no haya más movimientos que los de las dunas.

Educar, enseñar a leer el pasado, a interpretar el mundo anterior, es comprender que estamos sujetos a cambios constantes y que muchas cosas del pasado no nos gustan. Los ejemplos que pone Jeff Yang sobre filmes "problemáticos" son claros. Es probable que en ningún campo artístico sean tan claros los estereotipos raciales, de género, xenófobos, etc. El cine era un arte popular dirigido a audiencias amplias, por lo que la mayor parte de las veces satisfacía lo que la gente esperaba e idealizaba esos sentimientos. El cine es un arte que se construye con los códigos sociales, representa a través de lo que conocemos. Los textos de todo tipo, como señalaba Lotman, son la memoria colectiva de una sociedad, son cultura porque se construyen con los códigos del momento y sufren diferentes procesos de "traducción" para adaptarse a las nuevas circunstancias. Pero esto es bastante problemático en aquello que afecta al arte y a otros campos donde las obras son lo que son y solo se puede cambiar su forma de entenderlas.



En estos años asistimos al fenómeno de las películas, pero también otros muchos que llevan a la quema del pasado en forma de estatuas, pinturas, libros, etc. Es un extraño signo, un indicador de "final de los tiempos", de somos los últimos, los que tenemos la capacidad de moldear el mundo de una forma definitiva. Creo que todas las épocas lo han pretendido, ser la última palabra, pero la propia historia muestra nuestro error y los que atacan hoy serán atacados mañana, cuando nos vean como retrógrados por otros o por los mismos motivos.

Convivir con el pasado no es aplaudirlo, pero vivir sin pasado es ser mucho más ignorantes y manipulables de otras formas más sutiles. El pasado y su conocimiento nos pueden inmunizar frente a nuevos males de los que podemos olvidarnos en nuestro furor contra el pasado, como está ocurriendo con los nacionalismos populistas.

Entre la sacralización acrítica y la quema hipercrítica hay muchos puntos inteligentes intermedios. Todos ellos pasan por la educación, de una forma u otra. Más educados significa ser conscientes de los errores pasados para no cometerlos. La quema nunca ha servido de mucho.

 


* Jeff Wang "Notorious Hollywood classics seen in a brand new way" CNN 9/03/2021 https://edition.cnn.com/2021/03/09/opinions/turner-classic-movies-reframed-classics-jacqueline-stewart-yang/index.html

martes, 4 de junio de 2019

Historia y profecías

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los seres humanos tenemos una percepción del tiempo que va más allá de la experiencia vital del devenir. Tratamos —somos animales simbólicos— de darle sentido a casi todo. De la creencia en el significado de lo que hacemos individualmente pasamos a las colectivas una vez que hemos dado también un valor simbólico a  las entidades creadas por esa misma capacidad.
Al tiempo físico— el exterior—, al tiempo interior —nuestra percepción—, le añadimos al menos un tercer tiempo —el histórico— al que le damos un sentido. Esta tercera forma de tiempo es la que marca nuestra percepción conjunta del devenir, nuestra interpretación de lo que acontece enmarcándolo de una forma positiva o negativa respecto a la creencia.
En su introducción a la Historia de la idea de progreso, el sociólogo Robert Nesbit, se refiere a este concepto esencial:

Durante unos tres mil años no ha habido en Occidente ninguna idea más importante, y ni siquiera quizás tan importante, como la idea de progreso. Ha habido otras fundamentales, como las de libertad, justicia, igualdad, comunidad, etc. No pretendo subvalorarlas, pero es necesario recalcar que a lo largo de la mayor parte de la historia de Occidente, por debajo de estas últimas ideas subyace otra, una filosofía de la historia que da una importancia fundamental al pasado, el presente y el futuro. Para que llegue a adquirir auténtica importancia, para que obtenga el mínimo de crédito imprescindible para ser eficaz, todo valor moral o político tiene que llegar a ser algo más que una cosa que se desea o se considera deseable; es necesario que llegue a ser entendido como un elemento esencial del cambio histórico, desde el pasado hacia el futuro, pasando por el presente, porque sólo así abandona el terreno de lo que sería de desear para entrar en el de la necesidad histórica.   
Para decirlo lo más sencillamente posible, la idea de progreso sostiene que la humanidad ha avanzado en el pasado —a partir de una situación inicial de primitivismo, barbarie o incluso nulidad— y que sigue y seguirá avanzando en el futuro. J. B. Bury lo dice con una frase muy acertada: la idea del progreso es una síntesis del pasado y una profecía del futuro. Es una idea inseparable de otra según la cual el tiempo fluye de modo unilineal.



Esas síntesis del pasado son los que llamamos "historia", que implica una ordenación de los acontecimientos para ajustarlos a un "relato" coherente, que tenga un sentido colectivo, mientras que su solidez es la garantía de la profecía, es decir, del futuro que nos llega y al que llegamos. El progreso mismo, como idea, fabrica su propia oposición, que es la "reacción" o cualquier fuerza (las explicaciones desde la Física son ya una señal del conjunto) que se oponga ofreciendo resistencia o fricción.
Esa poderos idea marca el pensamiento occidental, pero Robert Nisbet tarda apenas unas líneas  en señalar «Las diferencias empiezan cuando se trata de dar un contenido a la noción de progreso. ¿Qué se entiende por «avanzar»?».
La idea de progreso se fracciona entonces los sentidos con los que los grupos la interpretan. Podemos ya hablar de progreso científico, moral, etc. Dentro de cada una de esas líneas se abrirán otras muchas que establecerán un continuo enfrentamiento entre tendencias.
Nuestro concepto de "progreso", como bien señala Nisbet, es "occidental". Para que esto ocurra nuestro concepto del tiempo tiene que tener la capacidad de soportar esos relatos y profecías que aparecían en la obra de John J. Bury, otro de los pensadores que trataron de recoger la historia de la idea. Nisbet muestra el máximo respeto por su obra pionera a la vez que señala la debilidad que resalta y que considera hoy inadmisible: la creencia en que en el pasado griego no existió el concepto de "progreso".
La idea de progreso conlleva la de decadencia, que preocupó sobremanera a los mismos que temían verse inmersos en ella. Ya no se miró al pasado como un espejo, sino como algo que indagar para evitar repetirlo. La admiración por lo antiguo llevó paralelamente a la preocupación su desaparición. La Europa imperialista decimonónica decidió que eran  importante estudiar los logros de Roma, pero que no lo era menos conocer las causas de su decadencia.


Las narrativas del progreso siempre han estado enzarzadas en luchas entre ellas, por un lado, y por el sentido de la causa de la decadencia. Al igual que tenemos historias sobre la idea de progreso, también deberíamos tenerlas sobre la idea de decadencia. Diferentes líneas sobre el progreso se acusan de ser causa de decadencia cuando las cosas no son muy claras, algo que ocurre con frecuencia.
En cuanto a las profecías, el futuro está indisolublemente unido a la línea del pasado que lo impulsa, a la fuerza que lo arrastra y proyecta. Dado que la interpretación del pasado (incluso las interpretaciones de las interpretaciones) se hacen desde un momento del presente, el futuro es siempre percibido como una consecuencia. Es el resultado de una proyección y una acción o inacción. Es decir, el futuro es lo que tenemos hoy más lo que hagamos o dejemos de hacer.
Cuanto más alejado esté el futuro, más se complican los vínculos causales. Podemos predecir lo que ocurrirá mañana, pero es más complicado hacerlo a una decena de años o no hablemos de un par de siglos. Nuestra capacidad de imaginar sobre la complejidad y las variaciones posibles son más reducidas. Pese a ello, nos gusta especular. Algunos viven de ello, incluso bien.
El futuro hoy ya no es un sistema rígido, newtoniano, controlado por fuerzas de la historia, sino un avanzar sometido a fuerzas del azar, a los imprevistos. Por mucho que pensemos que es controlable, como ocurre con la meteorología, la proyección se hace más difusa conforme avanza el tiempo. Por eso valoramos tanto a los llamados "futurólogos", una profesión que cumple la función de los viejos visionarios. 
Tengo junto a mí la obra de George Friedman, La próxima década, publicado en 2011. La década es, por supuesto, la que ahora se está cerrando y está vista —por supuesto también— desde la perspectiva norteamericana.  Cada cierto tiempo le echo un vistazo para comprobar cómo funcionan (o no) las predicciones. Se pueden leer muchas cosas insólitas porque Friedman ve el pasado, el presente y el futuro a través de Nicolás Maquiavelo, que ya es un filtro específico, y de los Estados Unidos. Para él, el mundo es un escenario en donde no existe un destino, sino una acción. No se trata de saber qué va a pasar, sino de qué hay que hacer, lo que convierte en problema en otra cosa. El qué hay que hacer es la mitad de la pregunta. La otra mitad es "para que USA no pierda su poder".
En la página 194, casi al final de la obra, tras enfrentarnos a estos enfoques una y otra vez, podemos leer:

El ejercicio del poder siempre es ambiguo moralmente, pero si Estados Unidos queda destruido, de nada valen sus principios morales. Velar por los derechos universales exige algo más que hablar, exige ejercer el poder. No es realista pensar que nadie saldrá perjudicado, así que lo mejor que podemos hacer es tomar decisiones difíciles sobre quién saldrá perjudicado y cuándo sufrirá ese perjuicio. Lincoln tuvo  que apoyar la esclavitud en Kentucky. No era lo correcto, pero o hacía eso o perdía la guerra, y, si hubiera perdido la  guerra, todo su proyecto moral habría quedado destruido.
Al mismo tiempo, la búsqueda del poder al margen de los propósitos morales no lleva a ninguna parte. Nixon ejerció el poder sin albergar propósitos morales, y esa falta de perspectiva moral fue lo que le condujo al Watergate y a la destrucción. Una cosa es justificar los medios por los fines y otra hacer que los medios se conviertan en los fines.



En vez de tener una bola de cristal, se trata de tener la fuerza para que el mundo se pliegue a tu visión del mundo. Es realmente Maquiavelo revisitado.
El futuro es el resultado de mantener el presente controlado, que es donde podemos actuar. Esta visión la asumen mucho más de los que pensamos, si bien el resultado que se busca es mucho más modesto en función de las posibilidades. No todos  podemos ser primeras potencias.
Desde el punto de vista de muchos, esto es una forma de decadencia, al menos moral. El futuro es de aquel que se lo trabaja o, más específicamente, logra que otros se vean obligados a aceptar las visiones ajenas porque no tengan más remedio, por la fuerza.

Si pensamos en la forma en que Donald Trump maneja el futuro de todos a diestro y siniestro, entendemos que, desde su percepción, las presiones del poder de hoy son el seguro del mañana.
La idea de que son los grandes hombres (las mujeres han quedado fuera de esta interpretación) lo que doblegan al mundo y lo hacen marchar a su ritmo, dice mucho de estas personalidades autoritarias. Es el mito del héroe visto por Carlyle en el siglo XIX, que marcó la percepción de la Historia con su listado de personas que, seguras de sí, hacen que los demás les sigan.
Las profecías del futuro están hoy marcadas por el deterioro del planeta. Los jóvenes de todo el mundo reclaman una Tierra en la que poder vivir frente a la parálisis de los políticos. Es una forma de percibir el futuro que se ha ido imponiendo frente a otras especulaciones porque su posibilidad nos parece mucho más evidente. Los hay que niegan el cambio climático y la participación humana en él, pero son muchos menos, aunque muy poderosos.
La profecía en este caso es de decadencia: la necesidad de actuar en este sentido se enfrenta al pragmatismo del poder. Y habría que trasladar a Friedman la idea: sin planeta, ¿qué poder queda?


La idea de progreso basado en la ciencia y en el desarrollo económico, en el poderío militar incluso (desde las perspectivas imperialistas) han tenido sus propias crisis. La bomba atómica creo una conciencia frente al descontrol del progreso mismo. Nuestro mundo es más tecnológico, pero siempre vemos las dos caras de la moneda, beneficios y problemas.  La Economía tienen en cada crisis su detractores por su funcionamiento, también descontrolado en muchos aspectos. Pero es en el deterioro del planeta, resultado directo de la acción humana, donde vemos concentrados los efectos que hacen que nuestro sentido del mundo futuro haya dejado de ser tan positivo como lo ha sido en otros momentos. No es precisamente el optimismo dieciochesco. La razón, la ciencia o la tecnología ya no se perciben solo como "luces", sino que también producen sus sombras.
Sí el presente se proyecta en la profecía, la profecía debería actuar sobre el presente movilizándonos para evitar lo que pensamos que pueda ocurrir.

 Nisbet, R. Historia de la idea de progreso. Gedisa, 1998.
Friedman, G. La próxima década. Destino, 2011.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Tiempos de fuerza o el regreso del padrecito

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El País titula "Aumentan en Rusia los nostálgicos hacia la Unión Soviética", en un artículo firmado por María R. Sahuquillo. De nuevo, la fotografía que lo ilustra se repite en su contenido: manifestantes portando retratos de Joseph Stalin, cuyo mandato fuera uno de los más oscuros de la historia del siglo XX. Su repetición en las manifestaciones me sigue sorprendiendo porque representan algo más que la admiración de alguien que gobernó sin piedad. Implica una forma distorsionada de tratamiento del pasado, una idealización o romantización que oculta los aspectos oscuros y realza lo que considera valores positivos del pasado.
El tiempo y la reinterpretación o manipulación de lo acontecido, que es contemplado a la luz del estado del presente, actúan en esta transformación. El pasado se idealiza ante unas perspectiva pobre de futuro fijándose como meta un periodo determinado que se ha considerado como "edad de oro". Pero todo acto de idealización del pasado suele implicar una propuesta de futuro. Y ahí comienza lo preocupante.

Que la Rusia actual eche de menos la etapa de la Unión Soviética es preocupante. Tanto como lo es la "América más grande" de Trump, por más que este último haya hecho del eslogan un enunciado vacío históricamente hablando ya que no se especifica demasiado respecto a qué grandeza se refiere, si a algún tipo de valor específico o a un periodo determinado; solo la referencia al líder, Trump, que es quien les promete la grandeza de su mano.
Los nuevos modelos "fuertes" de líderes que se potencian no son buen augurio. Estamos en el nuevo tiempo de los héroes, esta vez con el apoyo del populismo surgido de la fuerza de las redes sociales. Cuenta más la fuerza que el diálogo. Y es esa fuerza la que se reivindica. Mejor que te teman. Thomas Carlyle, Oswald Spengler... Vuelven con fuerza los héroes que nos sacarán de la decadencia. Peligro.
Los rusos salen con los retratos de Stalin, el "padrecito". Lo hacen con los veteranos de las viejas guerras cargados de medallas y con jóvenes a los que les gustaría ganarlas de nuevo. Stalin les hizo grandes. Cada uno desempolva sus mitos. Se señala en el artículo del diario El País:

También la polarización sobre este asunto es la mayor en una década. Aumenta la distancia entre quienes añoran la época soviética y los que claramente no, sostienen los sociólogos del Centro Levada. Y destaca que en los últimos dos años han aumentado los jóvenes de entre 18 y 24 años que dicen lamentar la caída de la URSS; personas que nunca vivieron en ella. A la socióloga Pipiya le preocupa el dato. Afirma que la “romantización” de los tiempos soviéticos se debe al desconocimiento a fondo de la historia rusa de los jóvenes. Y que esto “puede llevar a la justificación de la represión estalinista, la reescritura de la historia o incluso a que den por supuestas las reformas democráticas”.
Fue en el año 2000 cuando el sondeo del Centro Levada alcanzó su máximo histórico: el 75% de la ciudadanía se manifestaba “arrepentida” de que la URSS se hubiera desmoronado. El mismo año en el que el actual presidente Vladímir Putin ganó las elecciones después de haber estado unos meses como interino para suceder a Boris Yeltsin. Hoy, Putin apoya una ideología que vuelve a hablar del resurgir del Imperio Ruso y desde hace años —y más desde que Rusia se anexionó Crimea en 2014— se habla en los medios de cómo el país volverá a ser una gran y respetada potencia.*


No sé si "arrepentimiento" es el término política o semánticamente adecuado, ya que no fueron los ciudadanos los que se manifestaron a favor de ello, que es precisamente lo que quiere decir "desmoronamiento". Nadie se "desmorona" porque quiere. La Unión Soviética colapsó y no por su propia voluntad, desde luego. Pero en eso consiste la romantización, en la falta de sentido histórico y en la percepción poética del propio pasado, sus héroes y el marcado de periodos como edades de oro o como periodos funestos. Por eso, como se señala, se da esa polarización social, que es la que define las diferencias cada vez más acusadas en la percepción de lo pasado.
Lo que sucede en Rusia es un fenómeno que se produce por todo el mundo con la intensificación de los sentimientos nacionalistas, que también llevan a la romantización de los héroes y periodos que son elevados a los máximos altares patrios.
En Francia, la gente sale a la calle con "chalecos amarillos" porque quiere vivir mejor, quiere acciones sobre el presente en el que vive. No es una expresión del nacionalismo sino de indignación. Los movimientos que se ven en las calles rusas o de otros países, por el contrario idealizan un pasado y lo proyectan como deseo hacia el futuro. Hemos visto anteriormente en qué acaban estos movimientos de idealización. Se reivindica la fuerza, en especial. Se entiende que es la debilidad, la decadencia, la que ha hecho desmoronarse los imperios y se pide el regreso de esa "virilidad nacional". Es el regreso a las viejas ideas que siempre han acabado mal porque no hay fuerza que no acabe empleándose.


Por todo el mundo están proliferando los voceros de la gloria, los escarbadores de los pasados idealizados que se ofrecen como reencarnaciones de las viejas figuras. La historiadora Margaret MacMillan estudió este aspecto de las identificaciones de los nuevos líderes con los líderes del pasado glorioso en su magnífico Usos y abusos de la Historia. Los líderes eligen sus "santos patronos" a los que admiran y con los que quieren verse comparados e identificados.
De nuevo signos preocupantes. Ya no son unas cuantas voces solistas, sino un cacofónico coro de glorificadores del pasado empeñados en revivir viejas glorias. Pero ya non estos los tiempos de los imperialismos, como añoran los rusos que salen a reivindicar los tiempos en que los tanques rusos se movían por Europa o por las repúblicas asiáticas contando levantamientos como ocurrió en Hungría, el primero de ellos. La doctrina de que Rusia está molesta porque se siente "cercada" por aquellos países que tratan precisamente de protegerse del vecino glotón, como ocurre con Ucrania, es preocupante por egocéntrica. Los es también la de los mismísimos norteamericanos en la visión de Trump, intentando frenar toda sombra de competencia real con una potencia que no admite perder su supremacía allí donde puede ya haberlo perdido, que aprueba la creación de un nuevo ejército espacial como nueva forma de vigilancia e intimidación.


Lo que es válido para las grandes potencias, lo es también para las pequeñas y medianas. El nacionalismo patriotero acaba celebrando siempre sus batallas ganadas, con lo que renueva a sus enemigos.  Se pasa de celebrar armisticios a celebran grandes victorias y eso ya no es buen augurio. Pronto la gente pide más, que construyas un muro o que envíes al ejército a las fronteras, que hagas guerras preventivas o que te decidas por la guerra económica, otra modalidad en alza, signo de agresividad, prepotencia y que calienta los ánimos de los involucrados.
Es cada vez más importante la presencia de líderes sensatos, que no jueguen con estas armas tan tentadoras con las que cuando te quieres dar cuenta has pasado de la retórica a los hechos. Es importante vigilar que no ocurran desestabilizaciones, como a la que se asiste en determinados países (tenemos el ejemplo ucraniano), con las que se trata de dividir o de radicalizar los movimientos políticos como parte de los intereses de unos y otros. Tenemos varios ejemplos en Europa y Oriente Medio.
El modelo de el "adrecito" Stalin regresa con fuerza. Transmite energía y sueños de nuevas grandezas. Olvidamos que la grandeza de Stalin fue llegar hasta el centro de Europa y tardar décadas en volver, que se hizo con una guerra exterior y con una vigilancia interior que inspiró a Orwell y escandalizó a los intelectuales de todo el mundo que solo habían leído las páginas bonitas pero que se dieron de bruces con la durísima realidad que mantuvo con mano firme. Cada uno tiene su Stalin, su Hitler... el que toque. 
La prensa de estos días nos contaba que habían condenado a una pareja en Reino Unido por poner a su hijo de nombre a Adolf Hitler. ¿Una anécdota?



* "Aumentan en Rusia los nostálgicos hacia la Unión Soviética" El País 19/12/2019 https://elpais.com/internacional/2018/12/19/actualidad/1545228653_659406.html



miércoles, 14 de septiembre de 2016

Los signos muertos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Recuerdo Dioses, tumbas y sabios*, de C.W. Ceram, como uno de los libros de la biblioteca de mi padre. Lo recuerdo allí, en los estantes de su despacho, con su tapa dura negra y sus ilustraciones y fotografías de las obras de arte recuperadas del fondo de la tierra, olvidadas. Era un libro que cogía de vez en cuando y leía saltando de página en página; repasaba las ilustraciones de Grecia, de Egipto, de México... ruinas, excavaciones, estatuas, tumbas, templos... La obra de Ceram es una historia de la Arqueología. Para ser más precisos es, vista desde hoy en que la releo, un maravilloso documento sobre la creación de un campo, de una ciencia, desde el inicial interés codicioso por los materiales que se encontraban —la búsqueda de oro, plata y otros metales— y el uso de las piedras antiguas para construcciones, hasta poder verlas como lo que las consideramos hoy: piezas del pasado. Pero el pasado hubo que inventarlo para poder apreciarlo.
Escribe Ceram en el capítulo III, titulado "En busca de las huellas de la historia":

Cuando mucho antes del descubrimiento de Pompeya se extrajeron de tierras clásicas las primeras estatuas, la gente sabía lo bastante para no ver en las figuras desnudas simples ídolos paganos, sino que sospechaba al menos el valor de su belleza, y las colocaba en los palacios de los príncipes renacentistas, de los poderosos dominadores de las ciudades, de los cardenales, de los nuevos ricos y de los condottieri. Pero se las contemplaba solamente como curiosidades y estaba de moda coleccionarlas. Podía muy bien suceder que tal particular poseyera una bellísima estatua antigua junto a un embrión disecado de un monstruoso niño con dos cabezas; un antiguo relieve junto a las plumas de un ave que se decía haber sido tocada en vida por san Francisco, el amigo de los pájaros.
Hasta el siglo pasado, la codicia y la incomprensión podían enriquecerse con los hallazgos, y se podía destruir lo hallado cuando tal cosa prometía beneficios. (33-34)


La mente que usa la piqueta, como dice Ceram, buscando encontrar jarras o cofres con monedas destruyendo todo lo que encuentra porque no tiene valor para ella, no es la del que ve valor en cada una de las piedras u objetos que hace salir cuidadosamente a la luz. Son el pasado, es la Historia. Pero también la Historia hubo que inventarla, ir más allá de las batallas que ganaban o perdían los reyes y emperadores. Había que reconstruir un mundo del que nos hablaban los objetos, los espacios en que se encontraban, cómo estaban diseñados, qué función cumplían. Ya no se trataba de encontrar objetos valiosos en términos de compra o venta o de elementos decorativos. Se trataba de entender que nuestro mundo es el resultado de muchos mundos anteriores, de momentos que van configurando una trayectoria del conjunto de los humanos, su historia.
Cuando leemos actualmente sobre las destrucciones que el Estado Islámico hace de los monumentos milenarios que se encuentra donde se asientan, comprendemos que no se trata solo de una acción sino esencialmente de una incomprensión y de una deseada ignorancia profunda. 


Es la consecuencia de su incapacidad de establecer un lazo afectivo con el pasado de la misma manera que son incapaces de establecerlos con el presente y quienes lo habitan en su crueldad infinita. Solo existe su mundo y todo lo demás —pasado, presente y futuro— no existe más que con el objeto de reafirmar su capacidad de destruir, su odio. Quieren vivir en un presente eterno en el que la historia es borrada. Es la incapacidad de dialogar con el pasado. Lo que ven en el pasado y sus restos no es la historia, sino el obstáculo que impide que esta llegue a su cumplimiento final.
No son los únicos en no entender la historia y su papel para entendernos. Me viene a la memoria algo que aquí hemos tratado: la desesperación de muchos habitantes de Alejandría ante la desprotección oficial de una parte de la ciudad, la de los edificios de la Alejandría cosmopolita y mediterránea. Las leyes solo protegen los monumentos del Egipto faraónico o el islámico [ver entrada]. No son capaces (muchos no quieren) de ver el valor, la belleza, y la identidad de esa parte de su historia. No hay diálogo con esa parte de su historia, que desaparece ante la indiferencia.
En un hermoso pasaje, Ceram se pregunta precisamente por esta capacidad de dialogar con lo que surge desde el pasado:

Reflexionemos: ¿cómo ha sido posible dar un sentido a tales signos muertos? Lo mismo sucede cuando, hojeando las obras de los historiadores, leemos la historia de los antiguos pueblos, cuya herencia portamos en fragmentos de nuestro idioma, en muchas de nuestras costumbres, en las obras de nuestra cultura y en nuestra sangre común, aunque su vida haya transcurrido en regiones remotas y esté sumida en la noche más oscura. (32)


La pregunta de Ceram es una pregunta por cómo es posible obtener respuestas que configuren, más allá de las leyendas y mitos, una ciencia. Se pregunta por la naturaleza y validez de esa respuesta que se obtiene al interrogar a los objetos que emergen del pasado, de esa noche oscura. Uno de los grandes valores de la obra de Ceram es precisamente que más allá de la aparición de los "objetos" y va explicando su construcción, su delimitación como objetos de una ciencia que se va creando. El objeto se transforma en "signo", habla cuando hemos sido capaces de crear un lenguaje con el que comprenderlos. Es el paso de ver solo oro, plata o mármol, a ver un objeto con el que se dialoga, al que se interroga y se le concede un nuevo valor cuya medida se ha creado expresamente.
En otro hermoso párrafo más adelante señalará: "El arte de no dejarse engañar, el método de averiguar lo auténtico entre las más diversas características y señalar el género y la historia de una obra, es decir, el arte de interpretar una obra, se denomina hermenéutica" (36). Es precisamente el arte de hacer vivos esos signos muertos, como señaló anteriormente. 
Los objetos tienen, ante la mirada del que aprende su lenguaje, una historia que contar, una parte de nuestra propia historia. Para ello, nosotros, los lectores, hemos tenido que ir asumiendo, descubriendo, los lenguajes perdidos para poder establecer el diálogo
"Dialogar" es la base de la hermenéutica, el diálogo con un texto o con un objeto que forma parte, como signo, de un texto mayor, la cultura. Lenguajes y textos, unos y otros, configuran la cultura. Con lo que sale a la luz podemos reconstruir, poco a poco, los lenguajes perdidos y lanzarnos a unas primeras interpretaciones, muchas veces alejadas de sentido que tuvieron. Es necesario perfeccionar la lectura profundizando en sus lenguajes, proceso en el que se producen errores, como en el aprendizaje de cualquier lengua.


Ceram nos trae algunos ejemplos de esos primeros engaños, de esa incapacidad de ver lo que se tenía delante. Porque ver es un acto cultural complejo; vemos lo que podemos comprender, vemos dando sentido y desde el sentido. Ese sentido se va corrigiendo camino de una mejor comprensión, enriqueciéndose cuanto mejor comprendemos ese mundo distante en lo temporal, en lo cultural o en ambos. Las cosas no significan por sí mismas; significan para alguien y en un mundo concreto. Es un mundo diferente pero no es absolutamente incompresible por esa unidad de lo humano, por esos restos que perviven en nosotros que Ceram señalaba. Con todo, llegamos a comprender desde nuestro mundo. Recreamos un universo legible en el que cuadren esos signos que van saliendo a la luz del fondo oscuro.

 El sentido de la obra de C.W. Ceram va más allá de la historia de la Arqueología, de cómo se fueron descubriendo los mundos antiguos más allá de las leyendas y mitos que nos habían llegado. Nos ofrece una visión de cómo hubo que crear un lenguaje para entenderse con ese mundo, con sus restos; cómo hubo que crear una sensibilidad nueva para poder desarrollar el interés por lo que estaba enterrado y sacarlo a la luz.
Es finalmente una historia de la Ciencia y de cómo sus verdades son parciales, las que podemos en cada momento, en función de lo que sabemos, gestar. La aventura de saber, de saber con rigor, argumentando y desarrollando instrumentos, teorías, lenguajes, pruebas, etc. que es lo que define una ciencia, siempre un ejercicio de humildad, de alegría por conocer, por salir de la ignorancia a un mejor y mejorable conocimiento provisional.

Dioses, tumbas y sabios sigue siendo una gran obra, de una enorme claridad y humildad, un ejemplo de narración y acercamiento de la aventura del conocimiento a los lectores que puedan apreciarlo. Es una lástima que estas obras permanezcan casi ignoradas por generaciones que puedan descubrirlas en las bibliotecas familiares. En el mundo de las descargas digitales apenas existe esa tentación necesaria, esa llamada de sirena visual desde el estante, que nos incita a hojear, a descubrir libros más allá de las impactantes promociones actuales. Publicada en 1949, a muchos les parecerá tan enterrada como los restos de los que habla. Pero desde que se accede a las primeras páginas, los signos muertos comienzan a tomar vida luminosa y hablarnos. Quizá no estaban muertos, sino solo dormidos, a la espera de que los despertáramos para contarnos su historia.




* Ceram, C.W. (1985 3ª), Dioses, tumbas y sabios (1949). Orbis, Barcelona.