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lunes, 10 de abril de 2023

Charlas automatizadas

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


La cuestión de la validez, peligros y usos de la Inteligencia Artificial sigue en los medios. Unos artículos llaman a otros y nos encontramos con diversas perspectivas. Acababa de leer un artículo en 20minutos, con el título "La 'revolución' de la inteligencia artificial está fuera de control: 7 razones para frenar el entrenamiento de estos modelos", firmado por Raquel Holgado, señalando los siete peligros por áreas (por ejemplo, para el Periodismo, la gran cantidad de imprecisiones y el plagio), cuando me topo con uno muy diferente en la BBC, publicado hace una semana con el título "Would you open up to a chatbot therapist?", firmado por Jane Wakefield, la redactora de tecnología en el medio.
Pasamos a un uso específico de la Inteligencia artificial, el de la herramienta diseñada para escucharnos, algo que parece que se está poniendo complicado en la vida real. La articulista comienza así su planteamiento:


Would you share your deepest anxiety with Alexa? Or maybe ask Siri for some emotional support after a particularly stressful day?

We are increasingly turning to chatbots on smart speakers or websites and apps to answer questions.

And as these systems, powered by artificial intelligence (AI) software, become ever more sophisticated, they are starting to provide pretty decent, detailed answers.

But will such chatbots ever be human-like enough to become effective therapists?

Computer programmer Eugenia Kuyda is the founder of Replika, a US chatbot app that says it offers users an "AI companion who cares, always here to listen and talk, always on your side".

Launched in 2017, it now has more than two million active users. Each has a chatbot or "replika" unique to them, as the AI learns from their conversations. Users can also design their own cartoon avatar for their chatbot.*


En el texto del artículo se recogen diferentes valoraciones sobre este tipo de IA, especificando las limitaciones y fines a manos de diversos expertos consultados, incluyendo a las empresas que los fabrican.

Es una gran ironía que los humanos hayamos tenido que desarrollar una máquina que nos escuche, pero también es enormemente significativo del estado de nuestra civilización masiva y urbana, que ha reducido el diálogo a la charla o ha hecho un negocio de ello.

Esos dos millones de personas se han creado un alter ego, un ser acoplado surgido —como se nos señala en el texto— de las interacciones específicas con cada uno de ellos. La metáfora es interesante: hay un ser perfecto capaz de escucharnos. Su perfección no viene de sí mismo, ya que no era nadie antes de escucharnos. Nuestras palabras le han moldeado, dándole una forma complementaria a nosotros mismos, su fuente de información sobre el mundo. No se trata de un amigo que nos lleva la contraria basándose en su propia experiencia, sino alguien surgido de nuestra escucha y que, pasado un tiempo, probablemente no sepa escuchar a otros.

De esto surge una paradoja sobre el valor de la conversación o, si se quiere, sobre qué es realmente un diálogo. En este caso se trata de un aparente diálogo, como lo pueda ser un diálogo con nosotros mismos. Pero si es el diálogo precisamente lo que se ha perdido en nuestras vidas, la máquina dotada de aprendizaje para hacerlo en nuestras conversaciones, solo nos puede transmitir una visión parcial del mundo, la nuestra propia, que es de quien ha aprendido.

En la noticia se nos introduce la perspectiva de los especialistas:

Dr Paul Marsden, a member of the British Psychological Society, says apps that aim to improve your mental wellbeing can help, but only if you find the right one, and then only in a limited way.

"When I looked, there were 300 apps just for anxiety... so how are you supposed to know which one to use?

"They should only be seen as a supplement to in-person therapy. The consensus is that apps don't replace human therapy."

Yet at the same time, Dr Marsden says he is excited about the power of AI to make therapeutic chatbots more effective. "Mental health support is based on talking therapy, and talking is what chatbots do," he says.

Dr Marsden highlights the fact that leading AI chatbot firms, such as OpenAI, the company behind the recent headline-grabbing ChatGPT, are opening up their technology to others.

He says this is enabling mental health apps to use the best AI "with its vast knowledge, increasing reasoning ability, and proficient communication skills" to power their chatbots. Replika is one such provider that already uses OpenAI's technology.*

¿Encontrar la adecuada para cada uno; es pues, cuestión de mercado, que te ofrezcan la que te viene bien? ¿Cómo se hace esto? ¿Hay alguna "empatía" entre paciente solitario y máquina amigable en ciertos sentidos?

¿Es capaz de comprender el doctor Mardsen la diferencia entre el habla de la máquina y la suya? ¿Consideran que es lo mismo, que sería la misma charla con cualquier terapeuta? Eso sería convertirlos en máquinas que charlan. Si la terapia de la charla es solo por el hecho de charlar, lo podría hacer sin dar respuestas. Muchos tienen mascotas para poder hablar con ellas y suelen ser muy eficaces, aunque no entiendan lo que les están diciendo.

El doctor Marsden confía en que la IA mejore, que lo hagan "en conocimientos, aumento de la capacidad de razonar y mejora de sus habilidades comunicativas". ¿Será el caso? ¿Se romperá entonces el "consenso" señalado, sobre que la IA es solo un apoyo a la terapia real? El mismo especialista señala casi al final del texto sus esperanzas de mejora: «"New AI chatbot technology appears to be evolving skills for effective mental health support, including empathy and understanding of how the human mind works," he says.»* Muy optimista me parece el doctor Marsden.

No se manifiestan otros de la misma manera, ya sea por considerar que el encuentro real con el terapeuta es insustituible y el programa solo una forma de apoyo o por aquellos que consideran que se está tratando como un producto más y no como uno dentro del campo de la salud y, por ello, debería estar sujeto a más estricta observación de sus efectos.

Pero lo que ahora se puede vender como "terapia", mañana puede hacerlo simplemente como "compañía", como una forma de practicar habilidades sociales. Ya se nos dice que, por ejemplo, se usa para entrenar para entrevistas de trabajo. Los seres humanos somos muy hábiles encontrándole aplicaciones a los inventos. Una máquina de dialogar es algo más amplio que un chatbot terapéutico. ¿Por qué no ponerlo a disposición de todos los que deseen charlar, simplemente, como máquina de compañía?

El artículo recoge también otras percepciones más allá de las señaladas por los especialistas:

Not all users are happy at the change. One wrote on Reddit: "People who found a refuge from loneliness, healing through intimacy, suddenly found it was artificial not because it was an AI but because it was controlled by people."

La conciencia de estar siendo escuchado por una máquina tras la que hay alguien anula la naturaleza profunda de intimidad, de confidencialidad, que un encuentro que rompa la soledad requiere. La incapacidad para ver "humanidad" —"otredad", podríamos decir— en la máquina rompe las ilusiones en cadena. Pero ¿ver en una máquina una persona, no es ya un síntoma de cierta forma de enfermedad? ¿No sería eso parte del problema de la soledad moderna, del distanciamiento crónico? ¿No es la normalización de la conversación artificial ya una forma de patología? No parece verlo así Eugenia Kuyda, la jefa de Replika (nombre homenaje a los "replicantes" de Blade Runner, imaginamos), la empresa que fabrica los chatbots. Para ella lo correcto no es verlo como terapeuta, sino como "alguien que está permanente a nuestro lado, como compañía". Su perspectiva es desde la ampliación del mercado. Solo una parte de las personas que se sienten solas van a terapia de algún tipo.

Esa intimidad a dos que se muestra en el diálogo puede mantenerse con una máquina, pero solo como ilusión. Es precisamente esa conciencia de que tras la máquina que nos escucha puede haber, hay, humanos a los que desconocemos la que actúa como freno. 

La máquina guarda una copia de nosotros, la que se genera sobre la conversación, ¿pero qué podemos generar nosotros tras la conversación con la máquina, qué imagen de ella almacenamos? ¿Podemos sostener esa ficción? Creo que solo si hemos roto con el resto de la sociedad, con la que consideramos imposible crear lazos. ¿Pueden estas charlas con las máquinas, paradójicamente, aislarnos más, crearnos la peligrosa sensación de que no necesitamos a los otros?

Hay muchos aspectos de la IA que van hacia el ahorro de personas automatizando servicios y tareas. Pero automatizar un problema de soledad es una ficción peligrosa si se derrumba. Y es cuestión de tiempo que lo haga. Su éxito es precisamente mantener la ilusión. 

ABC 10/04/2023

* Jane Wakefield "Would you open up to a chatbot therapist?" BBC 3/04/2023 https://www.bbc.com/news/business-65110680


sábado, 21 de mayo de 2016

No es de Disney, pero sí es una película

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Fue hace muchos, muchos años. Un niño se metió dentro del recinto de los osos en un zoológico de los Estados Unidos con la intención de abrazarlo al igual que probablemente lo hacía con su peluche. Evidentemente nadie regala peluches de niños a los osos y el animal no entendió el gesto del niño, que falleció como consecuencia de aquel malentendido. Recuerdo haberlo leído de manos del ilustre semiólogo Umberto Eco, que era el más apropiado para explicar cómo nuestra civilización ha perdido la perspectiva de lo que es la amistad y el amor universales extendiéndola más allá de donde la saben apreciar.
La cuestión se plantea periódicamente cuando algunas personas confunden la visión de los animales que nos transmite los diferentes tipos de discursos que se ocupan de ellos, que se han ido ampliando. Con motivo del estreno de la nueva versión de El libro de la selva, repasamos la vieja versión de Zoltan Korda. En la nueva película de Disney, el único ser real es el niño que encarna magistralmente a Mowgli. Todos los animales son digitales, expresivos y parlanchines, es más, de un comunicativo que abruma.
En la vieja y estupenda versión de Korda, con Sabú, todos los animales son reales y no habla ninguno, con la excepción de la serpiente, que tiene licencia bíblica para hacerlo por aquello de la seducción. Todos los demás son animales a los que —incluso a los más amigables— no se le ocurriría a uno abrazar, achuchar o cantarles algo.


Si alineamos las tres versiones, nos muestran cierta evolución hacia la personalización completa. Una etapa realista, una etapa intermedia de bajo grado de iconicidad —diría un semiólogo— con el dibujo, que es menos realista, y finalmente el intento de crear animales realistas con personalidad y características humanas. En esta tercera versión, pues, se pretende llegar al realismo de la primera con la humanización de la segunda. Incluso es probable —es una especulación— que se renunciara a hacerla "musical", como la de dibujos, por ser incompatible con el realismo de los animales digitalizados. Con que todos los animales hablaran ya parecía demasiado.


Todo esto, de una forma u otra y ya avisaba Eco, está cambiando nuestra concepción de la "otredad" de la Naturaleza, algo que ha ido ocurriendo progresivamente en los tiempos. Las viejas fábulas hacían hablar a los animales, pero no por ello a la gente le daba por conversar con zorros, cuervos o leones, aunque lo hicieran entre ellos o con algún viajero ocasional, como nos cuentan Esopo, La Fontaine o Samaniego. Las fábulas no tenían, evidentemente, pretensión de realismo, todo lo más de realismo moral. El imposible malentendido lo evitaba el lenguaje con las expresiones colaterales: "astuto como un zorro", etc. que dejaba claro que se trataba de transmitir las enseñanzas a través de un universo conocido. No conozco ningún caso en el que ocurriera algo similar a lo del niño que se metió en el zoológico a abrazar el oso.
Pero los nuevos tiempos tecnológicos permiten ampliar el malentendido. The Washington Post nos trae un reportaje, con el título "People love watching nature on nest cams — until it gets grisly"*, en el que se nos cuentan las nuevas relaciones que los medios posibilitan con la naturaleza y nuestra reacción de observadores:

The osprey cam at the Woods Hole Oceanographic Institution is trained on a nest near the Massachusetts seaside, and the pair that call it home are now waiting for three eggs to hatch. But for the first spring in a decade, the camera is dark, and a note on the institute’s website offers only a two-sentence explanation.
“Regrettably, the cam will not be operating this season due to the increasingly aggressive actions of certain viewers the last two years,” it begins. 
That is a staid reference to cam fans whose emotions about the nest morphed into vitriol — and fighting words. When the osprey mother began neglecting and attacking her chicks in 2014, anxiety exploded among some viewers, as did demands that the institution intervene to save the baby birds. When the same thing happened in 2015, the public passions took a more personal turn.
“It is absolutely disgusting that you will not take those chicks away from that demented witch of a parent!!!!!” one viewer emailed to Jeffrey Brodeur, the communications specialist who ran the camera. Another wrote: “I realize this is nature, but once you put up a cam to view into their worlds it is no longer nature. You have a responsibility to help n save when in need.”*


La agresividad de la gente ante la no intervención en la naturaleza es extensible a muchas otras situaciones. La elección de dejar apagadas las cámaras ante el "espectáculo" natural es una forma de defensa ante estas complejas reacciones de angustia primero e irritación después causadas por las imágenes realistas.
Tenemos las personas que reaccionan con violencia ante el espectáculo de la crueldad y decimos que no entienden el funcionamiento de la naturaleza y esa idea de la "no intervención". Sin embargo, yo me mostraría quizá más preocupado por los que disfruten de esa amoralidad natural. Los primeros, al menos, tienen la capacidad de la compasión aunque sea hacia los animales. En ocasiones, esta también cae en una extraña indiferencia ante lo humano y una fascinación emocional con la naturaleza. El hombre es un lobo para el hombre y el lobo es un animal de compañía.
Mientras la naturaleza era agresión continuada, peligro constante, la marcábamos de una manera. Hoy tenemos acceso a parcelas a través de los medios que nos permiten la identificación. Podemos recorrer el mundo a lomos de una gaviota o vivir la vida cotidiana de las hormigas o conejos en sus respectivas casas. Puedo elegir entre el reality humano de las Kardashian o Gran Hermano o el reality natural de conejos, leones o águilas en sus nidos. La función de estos realities es la misma: recortar nuestra vida insulsa con otra más interesante a la que nos adscribimos emocionalmente.

La reacción del último párrafo es interesante y está en el centro del problema: una vez que pones una cámara, eres responsable. El principio tiene muchas consecuencias en este y otros campos. ¿Cuántas imágenes terribles se nos muestran para recaudar fondos? Se nos dice que podemos cambiar el destino de esas personas (o de ballenas, leones...) mediante nuestra acción. Pero después están estos otros casos: ¿para qué mirar si no se puede cambiar el destino? Cuando no sabíamos, podíamos vivir indiferentes, pero ¿ahora, qué estado es el correcto: la aceptación, la indiferencia?
Si el mundo se nos ha vuelto "aldea", como decía con acierto McLuhan, se comprueba en estas reacciones emocionales ante lo que antes era desconocido y ahora es "próximo mediatizado". Con esta idea quiero expresar que muchas veces ignoramos o no nos importa lo que tenemos a cien metros mientras que mantenemos unos vínculos emocionales intensos con los elementos más distantes gracias a los medios. El mundo se nos ha hecho pequeño no solo por los trenes y aviones, que nos permiten darle la vuelta cuando queramos, sino por la proximidad que los medios procuran. Esta proximidad es altamente emocional. Por decirlo directamente: nos resulta más intenso emocionalmente el contacto mediado que el directo. Lloramos  con más intensidad ante una pantalla que ante la realidad misma; la representación, el signo, es más intenso que la realidad misma.

Ese efecto lo consigue también el propio lenguaje y su retórica y era el oficio del poeta, emocionarnos al contar a través de la palabra. Hoy esa emoción se consigue mediante las comunicaciones mediadas y su capacidad de producir emociones. Empezamos a llorar en el siglo XVIII y no hemos parado desde entonces. La novela sentimental, burguesa o lacrimógena abrió la espita del llanto. Como decía Goethe en las primeras páginas del Werther, no neguemos nuestras lágrimas a los nuevos héroes.
Goethe fue responsable, en gran medida, de la sentimentalización de Naturaleza al establecer las intensas correspondencias emocionales entre el joven sufriente y el mundo rural que le rodeaba que se convertía en eco de su hijo predilecto. Con ellos, con los románticos, el mundo se veía a través del sentimiento, es decir, de las emociones ante montañas, valles, flores, árboles, etc. a los que dotaban de una fuerza especial y de un papel en la vida de quienes los contemplaban. Ya no había distancia en la mirada, solo intensidad emocional creciente, signo de la bondad de corazón.


Los medios nuevos nos sitúan en el centro de muchas cosas, de muchos espacios y situaciones que vivimos desde dentro, provocando sentimientos intensos y confusos, en muchas ocasiones:

The Woods Hole experience isn’t unusual, and it’s the reason most nest cam operators publish policies on when they’ll intervene. One Montana osprey cam reminds viewers that it “is not a Disney movie.” The Cornell Lab of Ornithology, which views its many cams as key tools to recruit new bird-lovers, occasionally puts a warning on the screen when things get gruesome, along with a little context, said Charles Eldermire, who manages the cams.
“It’s like watching ‘Game of Thrones.’ You know somebody is going to die, but you don’t know who or how or why. You know one possibility is someone’s not going to die,” Eldermire said.
But, he added: “For people that want us to intervene, all they’re focused on is, ‘We watched this egg get laid, we watched it hatch, and we didn’t come here to watch it die.’”


Primero: ¿qué es un "bird-lover"? ¿Un observador distante e indiferente? Su mirada no es "científica", sino lo contrario; el término no engaña "lover". Se le busca y estimula en su capacidad de amar y ese amor no es —como ninguno— racional sino emocional.
Segundo: es interesante que aunque se diga que no es una película de Disney (it “is not a Disney movie.”) no por ello se dejen de establecer las analogías con el medio audiovisual. Se nos pide que no se vea "a la Disney", sino "a la Game of Thrones". El problema, por lo que parece, es el género, un problema sobre cómo leer esas imágenes, un problema de recepción, por decirlo así. Los documentales, por ejemplo, tampoco respetan las distancias del género, sino que buscan el contacto emocional poniendo nombre a lobos, osos o jabalíes. Nadie quiere ser distante porque eso no gusta a un público que busca emocionarse, sentirse del lado bueno de la naturaleza. Puede que seamos los reyes de la naturaleza, pero nos gusta vernos como monarcas bondadosos que cuidamos de nuestros súbditos.

La cuestión se complica cuando ya hay una generación de narrativa a la carta, es decir, que puede interactuar con las ficciones dirigiéndolas en un sentido o en otro. Si se vota qué nombre ponerle al recién nacido del Zoo, ¿por qué no se puede votar si se salva el huevo o se le retira la custodia a mamá águila? Si se movilizó a la gente al grito épico de "salvemos a las ballenas", ¿por qué no se puede salvar un huevo, una cría, un animal herido...? No se puede pedir a la gente que sea "bird-lover" y luego presentarle el mundo de los "angry-birds".

El problema es que nunca se puede tener todo. La naturaleza no es espectáculo, pero nosotros la hemos convertido en uno. Sin un mediador que regule los sentimientos de quien contempla el espectáculo, el choque es brutal, irresistible. En una película se puede recurrir a múltiples formas de sublimación de la violencia, de la elipsis en adelante. ¿Pero cómo evitar el horror del directo y sin posibilidad de cortes y con un guión desconocido?
Está muy bien que los naturalistas tengan un código ético de no intervención en los asuntos de la naturaleza. Pero para los espectadores es inasumible. 
Hiperexcitados por el flujo sentimental de los discursos de todo tipo (ficciones, publicidad, política...) en los que se les pide que se impliquen, no pueden mantener la distancia ante unas imágenes que les traen un mundo que nunca ven de forma directa sino mediada. No pueden olvidar que esos mismos medios nos enseñan a mirar de una determinada manera, como lo hicieron pintores y poetas cuando tenía la exclusiva en la descripción sentimental del mundo. Puede que lo que nos muestran las cámara no sea una película de Disney, pero no deja de ser un discurso fílmico, otro tipo de película que el espectador consume desde su aprendizaje acumulado ante una pantalla, ante las páginas de periódicos o novelas. En mitad de la naturaleza no esperamos que llegue un salvador en los últimos segundos, pero ante una pantalla , mantenemos esa esperanza emocional, por absurdo que parezca. Esperamos que el débil derrote al fuerte, que el bien triunfe. Pero la naturaleza no sabe nada de la justicia poética ni de la moralidad ni ha leído La genealogía de la moral.
Se nos pide un amor indiferente y eso es imposible. El problema viene del concepto mismo: ¿qué significa "amar" la naturaleza? En sí mismo es absurdo porque es lo más antinatural. El comportamiento de la naturaleza es amoral y quererla es un riesgo. El niño que abrazó al oso no llegó a entenderlo nunca; los que asisten a las crueldades en directo no deberían verlo si las consideran "crueldades"; y los que ponen las cámaras lo saben, pero no por ello dejan de sacarle su fruto.


Hace unos días, la BBC reproducía, en su sección Earth, un vídeo con el título "Chimps filmed grieving for dead friend". Mostraba las respuestas de los chimpancés ante la muerte de un compañero. La imágenes eran muy "emotivas" tanto por lo que veíamos allí como por la melancólica música de piano que las acompañaba. Veíamos a los chimpances rodear al muerto y reaccionar ante él de distintas formas, incluso limpiándole los dientes. Cada pocos segundos, unos carteles redefinían nuestras emociones con el lenguaje mediador. Finalmente todos veíamos allí un espectáculo de dolor muy "humano", un funeral. Nos habíamos imaginado a aquellos chimpances en un funeral. Pero eso es una suposición nuestra. Quizá era porque no comprendían lo que ocurría y por eso seguían realizando acciones como limpiarle los dientes al muerto. Pero nosotros podíamos ver y sentir lo contrario, la limpieza de un cadáver, algún tipo de ritual.

No podemos dejar de sentir cuando vemos. Y cada vez vemos más cosas gracias a la posibilidad de acercarnos a lo que antes permanecía oculto o simplemente no nos interesaba. Hoy hay interesados para todo y todo nos emociona. Somos la civilización de la mediación empática, exprimidos como limones en el llanto, incitados a la indignación con las guindillas visuales, seducidos con la armonía del movimiento y la palabra de la serpiente digital que hipnotizó a Mowgli.



* "People love watching nature on nest cams — until it gets grisly" The Washington Post 19/05/2016 https://www.washingtonpost.com/news/animalia/wp/2016/05/19/when-nest-cams-get-gruesome-some-viewers-cant-take-it/

** "Chimps filmed grieving for dead friend" BBC-Earth 17(05/2016 http://www.bbc.com/earth/story/20160517-chimps-grieve-for-dead-friend


martes, 23 de septiembre de 2014

Putin y el patriotismo guerrero

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nos cuenta la BBC que el ciudadano ruso, de 75 años de edad, Igor Andreev, fue multado en San Petersburgo con 10.000 rublos por sostener una pancarta que pedía "Paz en el mundo"*. El clima de exaltación "patriótica" que ha llevado a los altares al presidente Putin por sus aventuras en el país vecino tiene sus consecuencias sociales. Además de haber creado el conflicto con Ucrania, su país vecino, el propio patio ruso está revuelto entre los que siguen ciegamente alentando las aventuras invasoras y prepotentes de Putin, y la una parte de la sociedad que ha visto en estas maniobras una forma suicida a largo plazo.
El reportaje de la BBC —realizado por el periodista y escritor ruso Andrei Ostalski— nos habla de esa "otra Rusia" que va perdiendo el miedo a criticar la locura contagiosa de sus belicistas dirigentes. Una minoritaria parte de Rusia se manifiesta en contra. Lo hacen arriesgando su propia seguridad y estabilidad, pues hacerlo en las calles supone riesgos físicos y realizar declaraciones públicas riesgos laborales, dado el clima exaltado que se ha buscado.
En Rusia, nos cuentan, no hay que pedir permiso para manifestarse individualmente. Una especie de aliento al suicidio, pues los que lo hacen pueden vivir un calvario de insultos y vejaciones por parte de los que sí puede acosarle en grupo. Cuando el manifestante es finalmente agredido, la policía le detiene acusándolo de alterar el orden público. Un caso similar nos cuenta la BBC:

Alexei Sokirko encontró un hueco en la calle Nikolskaya y desdobló su bandera que decía "No a la guerra".
La ley rusa permite piquetes de una sola persona sin autorización o notificación previa, por lo tanto en un principio la policía no hizo nada. De hecho, no hizo falta: los transeúntes, enojados, inmediatamente comenzaron a acosar a Alexei.
Para empezar lo llamaron "fascista" y "escoria". Luego una mujer lo escupió. Algunos hombres empezaron a amenazarlo, y finalmente uno le arrebató el estandarte de sus manos y lo rompió.
La riña siguió cuando la policía intervino para detener a Alexei por violar el orden público. Quizás fue lo mejor, ya que podría haber resultado seriamente golpeado. Una mujer ofreció hacer una acusación más grave contra él. "Puedo dar testimonio de que estaba golpeando a un niño", sugirió, con entusiasmo. Los policías decidieron no hacerle caso.*


Conmueve el patriotismo de esa mujer dispuesta a mentir con tal de conseguir que el hombre que se manifestaba en contra de la corriente general con su "no a la guerra". Es un caso puro y nítido de fascismo social, de un estado en el que cualquier cosa es posible para eliminar la disidencia y lograr, a través del miedo y la violencia, los objetivos de amedrentamiento. No cabe disidencia. Ese es parte del placer morboso que generan líderes como Vladimir Putin, que se convierte en el modelo social y cuyas decisiones son refrendadas con pasión destructiva.
La pregunta que cabe hacerse ante la proliferación de líderes como Putin y la admiración que suscitan en algunos, es: ¿cómo es posible que se pierda toda noción de la proporción, todo sentido común y se produzca esta vergonzosa ceguera que extrae lo peor del comportamiento individual y social?


La única conclusión posible es que en muchas personas existe un componente que les hace adherirse acríticamente a líderes y planteamientos que exaltan la violencia. Mientras que en unos se produce una euforia que les permite canalizar su violencia hacia el punto de mira que el líder les pone delante, en otros se produce un sentimiento crítico contrario que hace arriesgarse, como lo hicieron los ciudadanos que pedían "Paz en el mundo" o "No a la guerra". Solo así es posible explicarse la popularidad de líderes belicistas que han encontrado en el nacionalismo la fuente de energía para alcanzar sus objetivos.
El nacionalismo parece ser el conjunto de recursos retóricos y tópicos sentimentales con los que manejar a las poblaciones. Los estudios sobre la empatía, la comunicación emocional, hemisferios del cerebro, neuromarketing, storytelling, etc. han proliferado en las últimas dos décadas. Todos ellos son el engranaje teórico que permite la construcción de los estados emocionales capaces de bajar las barreras racionales de defensa y hacer crecer, en sentido contrario, las grandes corrientes de la adhesión incondicional.


Una de las herramientas más poderosas es el retorno de la propaganda, una forma emocional, a los medios de comunicación, que fueron los mecanismos que usaron los fascismos de diversa ideología para conseguir las adhesiones hace un siglo. Hemos conmemorado el centenario de la guerra de 1914, pero estamos preparando la posguerra, una combinación de crisis económicas, líderes carismáticos totalitarios en ascenso, y exaltación de los nacionalismos. Una curiosa forma de celebrar aniversarios sin haber sacado ninguna enseñanza positiva.
Al igual que sucedió con personajes como Hitler, también hoy líderes como Putin suscitan la admiración de políticos de países democráticos, que comienzan a proponerlo como "ejemplo". Aquí hemos hecho en varias ocasiones mención de las palabras de admiración lanzadas desde países democráticos, como Inglaterra o Francia, hacia Putin. Ningún comportamiento revela menos inteligencia que esto, tanto desde el plano individual de los líderes como desde los grupos que les siguen, estableciéndose una continuidad empática entre todos ellos, es decir, conectando esas masas en un mismo estado emocional, de adhesión y rechazo de los mismos objetivos. Es un comportamiento irresponsable y bastante representativo de la vuelta de los sentimientos que alientan estados similares.


Putin parece encarnar la potencia del nacionalismo agresivo del que sacan fuerzas otros que alientan sus propios nacionalismos. Conectar con Putin es desconectar de Europa. La coincidencia de los ultranacionalistas de diversos países y los euroescépticos parece indicarlo así. A Putin le admiran desde los euroescépticos británicos a los ultranacionalistas y xenófobos seguidores de Marine Le Pen. De ambos hemos dado cuenta aquí en su momento. Y las preguntas sobre este asunto se acumulan.
Y lo que es euroescepticismo en la Unión Europea es antiamericanismo en Latinoamérica, en donde algunos de sus dirigentes juegan de forma más directa, personal y oficial, con sus simpatías hacia lo que Putin representa para ellos: la canalización emocional de su odio hacia los Estados Unidos. Basta con ver cómo los medios rusos usan estas sintonías de países como Venezuela, Bolivia, etc. para ver que se utilizan como forma de establecer una corriente de adhesión, de apoyo y reafirmación del sentido del liderazgo mundial que Putin quiere encarnar a los ojos de sus propios adoradores. Una forma importante de su refuerzo propagandístico es mostrarse como un generoso mandatario que va por el mundo perdonando deudas (Cuba), amparando regímenes amigos (Siria) o vendiendo armas a los que no se las dan (Egipto).
Putin utiliza todas estas amistades como refuerzo interno y los otros las usan de forma similar en sus propios espacios. Esa foto junto a ellos es esencial en un momento en que la gran mayoría de la comunidad internacional ha dado la espalda a esta Rusia belicista, agresivamente imperialista, y chantajista con sus clientes y vecinos.


Putin no ha tenido bastante con perpetuarse en el poder mediante ese sistema de relevos que se ha fabricado junto a Medvedev. Ha necesitado dar el salto agresivo hacia el oeste para demostrar a todos que nadie comete el pecado imperdonable de Ucrania, tratar de escapar de las garras del oso ruso. Pero ese paso tiene consecuencias graves para Rusia y la comunidad internacional. Más allá del daño causado a Ucrania, país al que ha condenado al chantaje permanente de sus deseos y al que trata de humillar constantemente para regocijo de sus exaltados seguidores, ha causado un daño que tardará décadas en repararse sino va a más, algo que desgraciadamente no está ocurriendo.

Ostalski manifiesta su temor de que esa minoría que tiene hoy el valor de manifestarse, esa Rusia disidente, acabe desapareciendo ante las maniobras de un Putin que exacerbe cada vez más a la sociedad: «La preocupación es que, si se cumplen las predicciones de un mayor endurecimiento del Kremlin, esta pequeña pero importante comunidad podría ser arrastrada a la extinción.»* A los que se manifiestan ahora, se les niega su propia forma de patriotismo, que es querer un país en paz con su vecino. Se les negará su carácter de ruso y pronto se les considerará "agentes extranjeros", "traidores", etc. Sin embargo su patriotismo tiene más sentido y es más racional que el patrioterismo guerrero que se hace a costa de otros. El idioma español permite distinguir entre "patriotismo" y "patrioterismo", que es una distinción importante. Los rusos que se han manifestado contra la guerra encubierta —a la par que descarada— que Rusia mantiene contra Ucrania son personas que aman a su país y lo quieren en paz y con políticas de buena vecindad. Están en su derecho y el tiempo les dará la razón. No traicionan a nadie portando las banderas de Rusia y Ucrania juntas. Rusia no es Putin, ni Putin es Rusia.


Solo la proximidad de algún evento internacional —ahora es el próximo Gran Premio de Fórmula 1 en Sochi— es lo que le da algún relajo. El temor a perder las inversiones de los amigos personales en esta zona sirvió para retrasar la invasión de Crimea durante los Juegos Olímpicos de invierno. Putin se llenó en esos días del espíritu del olimpismo. Quizá la forma de mantener algo de paz sea organizar todo en Sochi, de finales de la Champions a vistas papales. Y es que en el mundo ya lo que no es mercado es cárcel, aunque no podamos distinguir muchas veces entre ambos.




* "Los rusos que se oponen a Putin por la crisis en Ucrania" BBC 22/09/2014 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/03/140312_rusia_anti_putin_rg.shtml






jueves, 15 de mayo de 2014

Europa y empatía

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El diario El Mundo nos trae una interesante entrevista con el primatólogo Frans de Waal en relación con la aparición en España de su obra "El bonobo y los diez mandamientos" y su presentación en Barcelona. En su carrera el científico holandés, asentado en los Estados Unidos, siempre ha tenido presente la cuestión del papel de la ética en el comportamiento de los primates como fundamento de nuestro propio comportamiento individual y social.
Frente a los que solo ven el conflicto como estrategia evolutiva, la lucha por sobrevivir, como una forma de enfrentamiento constante, están los que, como de Waal, entienden que existe un comportamiento colaborativo en cuyo origen estaría un sentimiento ético. Digo "sentimiento" porque posteriormente, los humanos nos preguntaremos por él, dentro de nuestra capacidad reflexiva, convirtiéndolo en decálogos y sistemas para regularnos. Son nuestros mecanismos de interpretación y justificación —las racionalizaciones— los que han ido construyendo las historias sobre por qué lo hacemos o sentimos, sobre el origen de la ética y su trascendencia.
Cuando se le pregunta por el conocimiento que las personas que trabajan sobre la ética tienen de los primates, de Waal contesta:

R.- La mayoría de los filósofos de la ética son kantianos, y consideran que los principios morales vienen dictados por la «razón pura». Pero lo que nos sugieren las investigaciones con primates es lo contrario: en realidad, poseemos ciertas tendencias afectivas compartidas con los simios que nos impulsan hacia la empatía y la cooperación, y posteriormente racionalizamos estas intuiciones con normas éticas o religiosas.
P.- Lo que usted ha comprobado es que la «ley de la selva» es mucho más que una lucha brutal por la supervivencia, ¿no?
R.- Por supuesto. Cuando la gente habla de la «ley de la jungla», se refiere a una competición feroz en la que ganan los fuertes y pierden los débiles. Pero ésta es una idea muy anticuada, porque presupone que en el reino animal, cada individuo lucha única y exclusivamente por sus propios intereses. Pero esto es falso. Muchos animales -como los elefantes, los delfines y los primates- viven en grupos porque tienen mayor éxito cooperando y uniendo sus esfuerzos que solos. De hecho, fuera del grupo son muy vulnerables y no suelen sobrevivir durante mucho tiempo sin apoyo social. Eso significa que necesitan cooperar y sacrificarse por el grupo del que dependen para sobrevivir. Lo mismo es cierto de los humanos.*


Esa "tendencia afectiva" es la que se ha denominado "empatía" y se centra en nuestra capacidad de ponernos del lado de los demás, entrar en ellos para sentir como ellos. Una de las obras anteriores de Frans de Waal se titula "La edad de la empatía". Jeremy Rifkin nos ofreció también recientemente una visión de la historia de nuestra cultura en su obra "La civilización empática".
El estudio de la "empatía" ha ido avanzando a través de obras de muy distinto signo en las que se vuelve a considerar que tenemos un vínculo sentimental que nos une por encima del beneficio racional. Señalo que "se vuelve" porque el siglo XVIII —al menos una parte— fue "sentimental" y elevó los sentimientos —simbolizándolos en el "corazón"— por encima de la razón. Se contraponía la "abundancia de corazón" a la "sequedad de la razón" El racionalismo económico filosófico de la época teorizó desde un ser abstracto centrado en el cálculo del beneficio y en el interés propio que nos ha marcado culturalmente. Hoy interesa de nuevo la empatía.


El interés actual por los fundamentos biológicos de la Ética parte de que el comportamiento altruista, uno de los aspectos clave, no va contra la doctrina evolutiva que señala que las ventajas se seleccionan para el futuro frente a las desventajas que se quedan por el camino. Lo que se discute, en el fondo, es si solo es posible tener ventajas a través de la lucha y los conflictos o si, por el contrario, puede ser más ventajoso en ocasiones avanzar por caminos empáticos, en los que nos sentimos llamados a la colaboración mediante los procesos de identificación con los demás.

La afirmación de Frans de Waal de que en el reino animal la evolución ha llevado a ciertas especies a desarrollar mecanismos cooperativos y que estos son primero "sentimentales" es aceptada porque puede ser comprobada en el comportamiento de los grupos. También se acepta, como señala, el propio de Waal en la entrevista, que los lazos de unión entre unos y otros tiene como contrapartida los mecanismos de rechazo de los que quedan fuera de esas uniones, dando lugar a comportamientos  que derivarán en xenofobias y racismos. La solidaridad del "nosotros" no va más allá. Lo esencial pasa a ser entonces la definición del "nosotros", su capacidad de inclusión.
Tras analizar el papel de las religiones como herederas del sentimiento de grupo, De Waal señala:

R.- Nuestras investigaciones han comprobado que tanto en simios como en humanos, es mucho más fácil sentir empatía por alguien que conocemos, que por desconocidos. Así que la empatía no es nada imparcial, sino que la sentimos sobre todo hacia personas que se parecen a nosotros, y nos resultan familiares. La otra cara de esta moneda es que nos cuesta empatizar con los extranjeros y los diferentes. Creo que la religión también funciona así: fomenta la cohesión de un grupo, pero simultáneamente genera hostilidad hacia otros. Este mismo mecanismo lo hemos observado en todos los primates: empatía y cohesión hacia dentro, pero desconfianza y agresividad hacia fuera.
P.- ¿Cree que esto ayuda a explicar el resurgimiento de los nacionalismos en la propia Unión Europea?
R.- Desde luego, demuestra que seguimos teniendo fuertes tendencias xenófobas en grupos muy cohesionados hacia dentro, pero hostiles hacia los extranjeros, que se perciben como una amenaza. En esto seguimos siendo básicamente igual que los chimpancés.*


La cuestión que nos plantea Frans de Waal es peliaguda porque parece indicarnos que la creación de lazos internos solidarios implica mantener necesariamente lazos defensivos frente a todos aquellos que no pertenecen al grupo.
Eso es lo que ocurre con otros animales, efectivamente. Pero los humanos disponemos de otros medios, que son los que nuestra propia capacidad para extender más allá de lo físico, de la proximidad local, nuestros lazos.
El diario El País nos trae una entrevista con otro holandés, el líder de los antieuropeos Geert Wilders. El titular de la entrevista es directo: "Los europeos no existen"**, algo que me ofende porque yo no he dudado de su existencia.
Para que la empatía que de Waal nos describe funcione es necesario convertir al otro en amenaza, algo que Wliders y otros aintieuropeos hacen frecuentemente, y llega ahora a negarle su existencia. Wilders confunde sus objetivos —que no haya europeos— con sus deseos y pone delante el carro y después los bueyes.


La Holanda de Wilders, como la Francia de LePen, etc. buscan la intensificación empática del nacionalismo fabricando agresores contra los que dirigirse canalizando los miedos y frustraciones que se generan en el día a día. Curiosa actitud la de los europeístas, que le echan la culpa a Alemania (un país) y la de los nacionalistas que, en cambio, se la echan a Europa en su conjunto, una Europa de la que forman parte pero a la que le niegan existencia o capacidad de decisión sobre sus espacios.
"Europa" existe y existen los "europeos". Existe en la misma medida que existe "Holanda", "Francia", "España" o incluso "Bélgica", a la que un colega antieuropeísta de Wilders, como es el británico Farage, considera "un chiste de país". Pero su existencia es sentimental como lo es la "holandesa", "alemana", "francesa" o "española". Son fruto de una convivencia, de un deseo y de una construcción histórica. Las nacionalidades no son "esencias" —como a muchos les gustaría en todos los bandos que disputan de estas cosas—; son construcciones de la voluntad social para sentirse unidos en proyectos comunes. Creo que esto es que lo vemos, en toda su crudeza, en Ucrania.


El problema no es "si existe Europa" sino cómo construir la mejor Europa posible, la que atienda mejor a sus ciudadanos para que estos la perciban, dentro de los mecanismos empáticos, como parte y no como contraparte. Por eso insistimos una y otra vez en la necesidad de empatizar con Europa frente a los que dedican tiempo, historia y recursos a demostrar lo contrario y a despertar sentimientos xenófobos contra "algo" que dicen que no existe.
Lo que nos diferencia de los bonobos o de otros animales que compartan los beneficios de agruparse e identificarse es que podemos dirigir nuestros sentimientos, para bien y para mal, hacia nuevas entidades. Ya no somos grupos aislados que nos unimos contra los que nos vienen a invadir el bosque. Esos grupos se han ido uniendo para lograr ventajas en la colaboración y se han dotado de normas, de códigos y compromisos para poder mantenerse unidos. Todo ha ido creciendo a lo largo del tiempo y tejiendo historias de identidades comunes para poder actuar unidos y comprometidos en los proyectos.

Europa es eso, un proyecto de compromiso. Un proyecto manifiestamente mejorable, hay que añadir, pero que solo se puede mejorar si hay voluntad de hacerlo y no de dinamitarlo. Los mecanismos romántico sentimentales se han incrementado conforme se avanzaba en el proyecto. Ahora hace falta empatizar más allá de la burocracia, que es poco atractiva, desarrollar los lazos históricos comunes más allá de las subvenciones y del turismo. En resumen, tomárselo en serio en todas aquellas dimensiones que no se están desarrollando para fortalecer los lazos.


Dice Geert Wilders que su modelo es "Suiza". Parece que quieren ser "suizos", que para ellos significa firmar acuerdos con "Europa" (que no existe) y regular la entrada de los europeos (que tampoco existen) como hace ese prodigio de solidaridad bancaria con el mundo que es Suiza. Es una pena que el caso de Ucrania haya enfriado la cuestión suiza, por cierto, que no debería quedar zanjada como si no hubiera pasado nada. La existencia una Europa repleta de países con las pretensiones de Suiza (que no pertenece a la Unión Europea) no sería más que un retroceso a estas alturas. Todos hacen los mismos cálculos simples: nos quedamos con lo que nos interesa y rechazamos lo que no nos conviene; somos los perjudicados y los demás son los parásitos. Poca solidaridad y mucho egoísmo disfrazado de patriotismo sentimental.

Si explicamos Europa en los términos de Frans de Waal, el "grupo" ha decidido ampliarse para obtener mayores beneficios y para ello crea una identidad común a través de la que empatizar, que implica identificarse unos con otros y compartir comportamientos solidarios de ayuda. Esto no es privativo de Europa sino el mecanismo mediante el cual se han construidos todas las naciones: han creado un espacio simbólico de encuentro. Para eso se inventó la historia y se la reinventa cada día por todo aquel que quiere ir por libre. En términos de Geert Wilders, los monos de otros grupos se están quedando con los mejores frutos de su árbol particular y hay que echar a la gente del árbol; algunos incluso prefieren quedarse aislados en su propia "rama". La empatía tiene las dos caras: la de la unión y la del rechazo. Es aplicable en el nivel correspondiente, solo tiene que elegir amigos y enemigos y diirgir hacia ellos filias y fobias. Lo amo es cuando se convierte en un mundo primario de exaltaciones emocionales que derivan hacia cauces incontrolados, como, señalo de nuevo, en el caso ucraniano en el que los mecanismos del nacionalismo se muestran en conflicto entre ellos y deseosos de resolverse en unidades superiores, Unión Europea y Federación Rusa. O crean un espacio común en el que poder establecer la necesaria empatía o se condenan al conflicto sin solución.
Europa no es perfecta, como no lo es ningún país. Se encuentra atascada entre lo nacional, que tiene su tradición sentimental centenaria, con la que es fácil implicar a los demás (Marine LePen se rodea de los símbolos franceses para delirio de sus seguidores),  y la necesidad de crear vínculos más allá de las discusiones presupuestarias, negociaciones sectoriales, etc. Es una identidad en marcha que se debe construir mediante las aportaciones de todos. No solo racionalmente, como beneficio, sino también empáticamente, como sentimiento de solidaridad con el conjunto, que también representa sus propios beneficios en nuevos términos.


Tan agresivos con Europa son los que como Farage, LePen o Wilders consideran que son "perjudicados" por la Unión y la niegan, como aquellos que se dicen ser Europa pero no sienten la solidaridad con los que se encuentran en peores condiciones. Hemos desarrollado nuestra ética próxima, pero, como señala de Waal, también un sorprendente mecanismo de solidaridad abierta como son las declaraciones universales de derechos humanos. También debemos sentirnos responsables y altruistas de lo que ocurra. De no ser así existirá solo una Unión Europea burocrática y distante que será difícil no presentar como un monstruo sin alma. Europa necesita de un Volkgeist, como le crearon los poetas, pintores y músicos a las nuevas "naciones", porque es desde ese sentimiento de surge el deseo de convivencia y no solo del racional "homo economicus", apátrida por definición.
No es sencillo, pero hay que avanzar en esa senda.

* Frans de Waal' El origen de la ética no es Dios, sino los simios' El Mundo 13/05/2014 http://www.elmundo.es/ciencia/2014/05/13/537120e3268e3ed1688b457e.html?cid=MOTB23701&obd=obinsite

** Geert Wilders “Los europeos no existen” El País 14/05/2014 http://internacional.elpais.com/internacional/2014/05/14/actualidad/1400083152_297636.html