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jueves, 8 de septiembre de 2022

Los predictores

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Es uno de esos empleos estrella, de los imprescindibles. En la antigüedad se les llamaba “adivinos”; para nosotros son los predictores.  Existen en todos los campos y apara todos los gustos. Los hay fatalistas y esperanzados, ilusionantes y deprimentes. Parece que el presente nos interesa menos por inevitable y el pasado porque hay que esforzarse mucho para conocerlo, pero el futuro... ¡ay, el futuro! Este siempre está ahí, en el horizonte, móvil y disputado. Somos la sociedad del futuro, del dolor de cuello de tanto mirarlo.

La predicción, como lo fue en el pasado, se ha convertido en profesión en algunos. A muchos nadie les pregunta por el presente; solo por el futuro. “¿Qué cree que pasará dentro x meses, años o días, incluso horas?”, les preguntan. Unos aciertan, otros se aproximan; la mayoría se equivoca. Quizá sea porque preguntamos cosas que implican ya un cierto sesgo, quizá porque buscamos que nos confirmen deseos e intuiciones y dejamos de mirar la realidad. Antes tenían bolas de cristal, que hoy han sido sustituidas por pantallas.

Las noticias de hoy me muestran a un señor al que se le pregunta “qué pasará de aquí a navidades” en la economía española. Los medios han entendido la fascinación por el futuro y nos ofrecen este tipo de anticipo de noticias, ya que técnicamente no llegan a serlo. Unos medios que nos dicen lo que puede pasar presentándolo como lo que va a pasar necesitan cargar las tintas en las predicciones, que es lo que justifica que desplacen a los hechos de sus páginas. La predicción tiene ese factor malévolo, desplaza el interés informativo a lo probable. Lo actual se divide en dos, en lo que ocurre y en lo que había sido predicho. ¿Acertó, no lo hizo?

Un presente complicado aumenta el deseo de conocer lo que va a ocurrir. Por eso los predictores hacen su agosto cuanto más duros sean los tiempos. Es propio de la condición humana intentar tener el consuelo de un futuro. Al “lo que tenga que ser será”, el fatalismo de toda la vida, el del Jacques de Diderot, que piensa que “todo está escrito” y es inevitable, se le oponen esa necesidad de saber qué nos va a ocurrir.

Los nuevos predictores pueden ser charlatanes, intuitivos o personas que disponen de todo tipo de potentes artilugios. Las predicciones más apocalípticas son las que los políticos se aplican unos a otros. Se trata de convencer a los electores de los desastres que ocurrirán si gana la oposición y viceversa. Las escuchamos todos los días. La predicción apocalíptica ocupa cada vez más espacio en sus discursos, que se convierte en caricatura goyesca del partido contrario. Como consecuencia, también los que les escuchan son capaces de anticiparse a lo que les van a contar. Muchas veces lo hacen con deleite, ya que les refuerzan sus opiniones sobre los males y bondades que llegarán.

El otro gran campo de la predicción es, por supuesto, la economía. Al decir “economía” decimos todo y nada. Tenemos lo de la macro economía y la micro, que se supone que es la de nuestros bolsillos. Pero casi nunca coinciden y aunque te digan que crecemos siempre es otro el que lo hace. Estas grandes cifras son algo que no percibimos la mayoría de las veces. Así, cuando todo el mundo está preocupado por esos más 400 euros que se supone que cuesta llevar al cole a un hijo, la ministra del ramo sale y dice que creceremos un 4%. En realidad, el único crecimiento que nos importa es de los hijos, es decir, si ya no les vale el uniforme o los zapatos, si se le quedan ya cortos los pantalones o no le cierra la camisa, si lo rotuladores se han secado o los lápices ya no dan más de sí. Ese es el crecimiento que se traduce en gasto. El otro, aquel del que les gusta tanto hablar a los predictores, queda distante e incomprensible.

Hoy hay muchos campos de predicción. El favorito de muchos, claro está, es el cambio climático, que parece una apuesta segura. Aquí siempre vamos a peor, lamentablemente.

Si todo lo que invertimos en predecir y en escuchar predicciones lo invirtiéramos en evitar que se cumplieran las predicciones es probable que nos fuera mejor. Los psicólogos sociales hablan de los efectos de la predicciones, del modelo individual en el que te pasa lo de Edipo o de un modelo más amplio en el que la gente cree que el mundo se acaba y se pregunta para qué intentar arreglar algo.

Sería como el modelo del “año mil”, en el que estaba previsto que se nos acabara el mundo. A unos les dio por rezar, pero me imagino que a muchos otros les daría por aprovechar el tiempo antes de que se acabara. Como es obvio, el mundo no se acabó. Pero cuando llegaba el año dos mil, el apocalipsis informático estaba en los titulares y en boca de todos. El mundo iba al desastre porque los ordenadores iban a sufrir un extraño fenómeno cuando “1999” fuera sustituido por “2000” en sus entrañas informáticas. 

Es un oscuro episodio de la predicción. La gente se tomó las uvas mirando temerosos el ordenador con el rabillo del ojo. No se paralizaron los trenes, no se cayeron los aviones, el mundo no se incendió. No más de lo habitual. No sé si fue porque hicieron algo o porque no hicieron nada. Muchos se forraron vendiendo programas salvadores que instalar en los ordenadores para evitar el caos. Los medios se llenaron de predictores a favor y en contra. Como siempre.

Los predictores crecen. La angustia, el miedo al futuro, es más angustioso. La predicción tiene sus efectos diversos, como apreciamos en las bolsas y demás mecanismos económicos o en la política. Muchas veces son interesadas, buscan un efecto determinado. Son los árboles que no dejan ver el bosque, es decir, el futuro. A veces dan buena sombra; otras atraen los rayos peligrosamente.

No sé si el resto de la naturaleza tiene alguna forma de concepto de futuro más allá del momento siguiente. Pero lo cierto es que los humanos no sabemos vivir sin proyecciones, sin un futuro anunciado por delante. Y muchos se aprovechan de ello. No se deje bloquear el presente por el peso del futuro y siga pensando que este, en cierta medida, está en sus manos.

martes, 4 de junio de 2019

Historia y profecías

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Los seres humanos tenemos una percepción del tiempo que va más allá de la experiencia vital del devenir. Tratamos —somos animales simbólicos— de darle sentido a casi todo. De la creencia en el significado de lo que hacemos individualmente pasamos a las colectivas una vez que hemos dado también un valor simbólico a  las entidades creadas por esa misma capacidad.
Al tiempo físico— el exterior—, al tiempo interior —nuestra percepción—, le añadimos al menos un tercer tiempo —el histórico— al que le damos un sentido. Esta tercera forma de tiempo es la que marca nuestra percepción conjunta del devenir, nuestra interpretación de lo que acontece enmarcándolo de una forma positiva o negativa respecto a la creencia.
En su introducción a la Historia de la idea de progreso, el sociólogo Robert Nesbit, se refiere a este concepto esencial:

Durante unos tres mil años no ha habido en Occidente ninguna idea más importante, y ni siquiera quizás tan importante, como la idea de progreso. Ha habido otras fundamentales, como las de libertad, justicia, igualdad, comunidad, etc. No pretendo subvalorarlas, pero es necesario recalcar que a lo largo de la mayor parte de la historia de Occidente, por debajo de estas últimas ideas subyace otra, una filosofía de la historia que da una importancia fundamental al pasado, el presente y el futuro. Para que llegue a adquirir auténtica importancia, para que obtenga el mínimo de crédito imprescindible para ser eficaz, todo valor moral o político tiene que llegar a ser algo más que una cosa que se desea o se considera deseable; es necesario que llegue a ser entendido como un elemento esencial del cambio histórico, desde el pasado hacia el futuro, pasando por el presente, porque sólo así abandona el terreno de lo que sería de desear para entrar en el de la necesidad histórica.   
Para decirlo lo más sencillamente posible, la idea de progreso sostiene que la humanidad ha avanzado en el pasado —a partir de una situación inicial de primitivismo, barbarie o incluso nulidad— y que sigue y seguirá avanzando en el futuro. J. B. Bury lo dice con una frase muy acertada: la idea del progreso es una síntesis del pasado y una profecía del futuro. Es una idea inseparable de otra según la cual el tiempo fluye de modo unilineal.



Esas síntesis del pasado son los que llamamos "historia", que implica una ordenación de los acontecimientos para ajustarlos a un "relato" coherente, que tenga un sentido colectivo, mientras que su solidez es la garantía de la profecía, es decir, del futuro que nos llega y al que llegamos. El progreso mismo, como idea, fabrica su propia oposición, que es la "reacción" o cualquier fuerza (las explicaciones desde la Física son ya una señal del conjunto) que se oponga ofreciendo resistencia o fricción.
Esa poderos idea marca el pensamiento occidental, pero Robert Nisbet tarda apenas unas líneas  en señalar «Las diferencias empiezan cuando se trata de dar un contenido a la noción de progreso. ¿Qué se entiende por «avanzar»?».
La idea de progreso se fracciona entonces los sentidos con los que los grupos la interpretan. Podemos ya hablar de progreso científico, moral, etc. Dentro de cada una de esas líneas se abrirán otras muchas que establecerán un continuo enfrentamiento entre tendencias.
Nuestro concepto de "progreso", como bien señala Nisbet, es "occidental". Para que esto ocurra nuestro concepto del tiempo tiene que tener la capacidad de soportar esos relatos y profecías que aparecían en la obra de John J. Bury, otro de los pensadores que trataron de recoger la historia de la idea. Nisbet muestra el máximo respeto por su obra pionera a la vez que señala la debilidad que resalta y que considera hoy inadmisible: la creencia en que en el pasado griego no existió el concepto de "progreso".
La idea de progreso conlleva la de decadencia, que preocupó sobremanera a los mismos que temían verse inmersos en ella. Ya no se miró al pasado como un espejo, sino como algo que indagar para evitar repetirlo. La admiración por lo antiguo llevó paralelamente a la preocupación su desaparición. La Europa imperialista decimonónica decidió que eran  importante estudiar los logros de Roma, pero que no lo era menos conocer las causas de su decadencia.


Las narrativas del progreso siempre han estado enzarzadas en luchas entre ellas, por un lado, y por el sentido de la causa de la decadencia. Al igual que tenemos historias sobre la idea de progreso, también deberíamos tenerlas sobre la idea de decadencia. Diferentes líneas sobre el progreso se acusan de ser causa de decadencia cuando las cosas no son muy claras, algo que ocurre con frecuencia.
En cuanto a las profecías, el futuro está indisolublemente unido a la línea del pasado que lo impulsa, a la fuerza que lo arrastra y proyecta. Dado que la interpretación del pasado (incluso las interpretaciones de las interpretaciones) se hacen desde un momento del presente, el futuro es siempre percibido como una consecuencia. Es el resultado de una proyección y una acción o inacción. Es decir, el futuro es lo que tenemos hoy más lo que hagamos o dejemos de hacer.
Cuanto más alejado esté el futuro, más se complican los vínculos causales. Podemos predecir lo que ocurrirá mañana, pero es más complicado hacerlo a una decena de años o no hablemos de un par de siglos. Nuestra capacidad de imaginar sobre la complejidad y las variaciones posibles son más reducidas. Pese a ello, nos gusta especular. Algunos viven de ello, incluso bien.
El futuro hoy ya no es un sistema rígido, newtoniano, controlado por fuerzas de la historia, sino un avanzar sometido a fuerzas del azar, a los imprevistos. Por mucho que pensemos que es controlable, como ocurre con la meteorología, la proyección se hace más difusa conforme avanza el tiempo. Por eso valoramos tanto a los llamados "futurólogos", una profesión que cumple la función de los viejos visionarios. 
Tengo junto a mí la obra de George Friedman, La próxima década, publicado en 2011. La década es, por supuesto, la que ahora se está cerrando y está vista —por supuesto también— desde la perspectiva norteamericana.  Cada cierto tiempo le echo un vistazo para comprobar cómo funcionan (o no) las predicciones. Se pueden leer muchas cosas insólitas porque Friedman ve el pasado, el presente y el futuro a través de Nicolás Maquiavelo, que ya es un filtro específico, y de los Estados Unidos. Para él, el mundo es un escenario en donde no existe un destino, sino una acción. No se trata de saber qué va a pasar, sino de qué hay que hacer, lo que convierte en problema en otra cosa. El qué hay que hacer es la mitad de la pregunta. La otra mitad es "para que USA no pierda su poder".
En la página 194, casi al final de la obra, tras enfrentarnos a estos enfoques una y otra vez, podemos leer:

El ejercicio del poder siempre es ambiguo moralmente, pero si Estados Unidos queda destruido, de nada valen sus principios morales. Velar por los derechos universales exige algo más que hablar, exige ejercer el poder. No es realista pensar que nadie saldrá perjudicado, así que lo mejor que podemos hacer es tomar decisiones difíciles sobre quién saldrá perjudicado y cuándo sufrirá ese perjuicio. Lincoln tuvo  que apoyar la esclavitud en Kentucky. No era lo correcto, pero o hacía eso o perdía la guerra, y, si hubiera perdido la  guerra, todo su proyecto moral habría quedado destruido.
Al mismo tiempo, la búsqueda del poder al margen de los propósitos morales no lleva a ninguna parte. Nixon ejerció el poder sin albergar propósitos morales, y esa falta de perspectiva moral fue lo que le condujo al Watergate y a la destrucción. Una cosa es justificar los medios por los fines y otra hacer que los medios se conviertan en los fines.



En vez de tener una bola de cristal, se trata de tener la fuerza para que el mundo se pliegue a tu visión del mundo. Es realmente Maquiavelo revisitado.
El futuro es el resultado de mantener el presente controlado, que es donde podemos actuar. Esta visión la asumen mucho más de los que pensamos, si bien el resultado que se busca es mucho más modesto en función de las posibilidades. No todos  podemos ser primeras potencias.
Desde el punto de vista de muchos, esto es una forma de decadencia, al menos moral. El futuro es de aquel que se lo trabaja o, más específicamente, logra que otros se vean obligados a aceptar las visiones ajenas porque no tengan más remedio, por la fuerza.

Si pensamos en la forma en que Donald Trump maneja el futuro de todos a diestro y siniestro, entendemos que, desde su percepción, las presiones del poder de hoy son el seguro del mañana.
La idea de que son los grandes hombres (las mujeres han quedado fuera de esta interpretación) lo que doblegan al mundo y lo hacen marchar a su ritmo, dice mucho de estas personalidades autoritarias. Es el mito del héroe visto por Carlyle en el siglo XIX, que marcó la percepción de la Historia con su listado de personas que, seguras de sí, hacen que los demás les sigan.
Las profecías del futuro están hoy marcadas por el deterioro del planeta. Los jóvenes de todo el mundo reclaman una Tierra en la que poder vivir frente a la parálisis de los políticos. Es una forma de percibir el futuro que se ha ido imponiendo frente a otras especulaciones porque su posibilidad nos parece mucho más evidente. Los hay que niegan el cambio climático y la participación humana en él, pero son muchos menos, aunque muy poderosos.
La profecía en este caso es de decadencia: la necesidad de actuar en este sentido se enfrenta al pragmatismo del poder. Y habría que trasladar a Friedman la idea: sin planeta, ¿qué poder queda?


La idea de progreso basado en la ciencia y en el desarrollo económico, en el poderío militar incluso (desde las perspectivas imperialistas) han tenido sus propias crisis. La bomba atómica creo una conciencia frente al descontrol del progreso mismo. Nuestro mundo es más tecnológico, pero siempre vemos las dos caras de la moneda, beneficios y problemas.  La Economía tienen en cada crisis su detractores por su funcionamiento, también descontrolado en muchos aspectos. Pero es en el deterioro del planeta, resultado directo de la acción humana, donde vemos concentrados los efectos que hacen que nuestro sentido del mundo futuro haya dejado de ser tan positivo como lo ha sido en otros momentos. No es precisamente el optimismo dieciochesco. La razón, la ciencia o la tecnología ya no se perciben solo como "luces", sino que también producen sus sombras.
Sí el presente se proyecta en la profecía, la profecía debería actuar sobre el presente movilizándonos para evitar lo que pensamos que pueda ocurrir.

 Nisbet, R. Historia de la idea de progreso. Gedisa, 1998.
Friedman, G. La próxima década. Destino, 2011.

viernes, 7 de agosto de 2015

Una vieja entrevista actual

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Ayer descubrí buscando documentación sobre el orientalista Bernard Lewis una entrevista publicada en ABC con fecha del 4 de abril de 2011, es decir, en plena efervescencia de la llamada "Primavera" o "Primaveras" árabes. La entrevista está tomada de The Wall Street Journal y realizada por Bari Weiss. El titular era acorde con  el optimismo de los tiempos: "Las tiranías árabes están condenadas". Pero pronto descubrimos que es más una focalización periodística que el sentido real de la entrevista en la que, caso infrecuente, Lewis hace una serie de "predicciones" de lo que puede ocurrir en el caso de que se den ciertas circunstancias.
Tras la obligada presentación de Lewis, de 95 años entonces, como académico, se señalan los efectos de su libro "¿Qué ha fallado? El impacto de Occidente y la respuesta de Oriente Próximo", redactado antes del 11 de septiembre de 2011 e iluminador después. Lewis ha sido reclamado como asesor por el vicepresidente y el Pentágono, se nos dice, por "su sabiduría". Sus obras, repasando la bibliografía, se reparten entre la Historia, la Literatura y lo que podríamos llamar el ensayo cultural sobre las civilizaciones. Para esto último hay que tener cierta vocación diferenciada pues supone volcar de otra manera lo aprendido con los otros dos campos anteriores: la Historia como acontecimientos y acciones y los discursos literarios como arqueología del hombre interior, tal como la consideraba el positivista Hipólito Taine, que veía en el Arte las huellas del pensamiento. La Literatura enseña mucho de los pueblos, de sus deseos y frustraciones, de sus sueños y pesadillas.

«Creo que las tiranías están condenadas», dice Lewis mientras nos sentamos junto a las ventanas de su biblioteca, abarrotada con miles de libros escritos en la docena aproximada de idiomas que domina. «La verdadera pregunta es qué llegará en su lugar».*

La entrevista, que estructurada en diez puntos, le permite a Bernard Lewis intentar responder a esa "verdadera pregunta" que es la que los prudentes tratan de evitar contestar, pero que el orientalista introduce por su propia voluntad.
Los diez puntos que vertebran la entrevista son los siguientes:

1. La Alemania de 1918 como ejemplo
2. La tradición islámica
3. La palabra mágica: «consulta»
4. La «modernización» árabe
5. Posibilidades en Túnez
6. Egipto: más complejo
7. El fantasma de Jomeini
8. No intervenir en Irán
9. Reislamización en Turquía
10. Vigilar la propagación del fundamentalismo


En los primeros, Lewis hace observaciones generales y algunas advertencias sobre lo que puede ocurrir si el proceso se plantea de forma equivocada. Después analizará la situación de algunos países y sus posibilidades de evolución y cambio, para analizar posteriormente otros agentes importantes del área.
En el primer punto, Lewis advierte sobre el forzar los procesos de la Primavera árabe para que se realicen inmediatamente elecciones parlamentarias y se imponga un modelo "occidental" de democracia. Señala el entrevistado:

«Tenemos muchas más posibilidades de establecer —me da reparo usar la palabra democracia— alguna clase de sociedad abierta y tolerante si se hace dentro de sus sistemas, de acuerdo con sus tradiciones. ¿Por qué tenemos que esperar que adopten un sistema occidental? ¿Y por qué tenemos que esperar que funcione?», pregunta.
Lewis menciona la Alemania de alrededor de 1918. «Después de la Primera Guerra Mundial, los aliados victoriosos trataron de imponer el sistema parlamentario en Alemania, donde tenían una tradición política un tanto diferente. Y la consecuencia fue que Hitler llegó al poder. Hitler llegó al poder mediante la manipulación de unas elecciones libres y justas», relata Lewis, que luchó contra los nazis en el Ejército británico. Por citar un ejemplo más reciente, fíjense en el triunfo electoral de 2006 de Hamás en Gaza.
Las elecciones, sostiene, deben ser la culminación —no el comienzo— de un proceso político gradual. Por tanto, «hacer hincapié continuamente en las elecciones, las elecciones parlamentarias de tipo occidental, es una falsa ilusión peligrosa».*


El tiempo le ha dado parcialmente la razón. La realización rápida de elecciones, allí donde fue posible, favoreció a los islamistas políticos. Y secuestraron la democracia. La evaluación de estos acontecimientos no es sencilla porque desconocemos históricamente —me refiero a más allá del rumor o la creencia— el grado de apuesta de los Estados Unidos por los islamistas políticos, es decir, por los grupos vinculados a los Hermanos Musulmanes. Para muchos analistas —especialmente en los propios países—, el apoyo de los Estados Unidos a los islamistas en la zona formaba parte de su estrategia de seguridad, una estrategia completamente fallida y que llevó al poder a unos gobiernos retrógrados, de oscuras conexiones. El caso de Egipto es el más evidente, con la labor de Morsi durante su único año en el poder, al que llegó, como se recuerda con frecuencia, como Hitler, con unas elecciones, pero en el que trató de implantar una constitución islamista. Desde el punto de vista de los afectados, esto no tiene ninguna duda y el signo más evidente fue las protestas populares contra la embajadora Patterson en El Cairo y la identificación del presidente Obama con el "terrorismo" en las pancartas.


La prisa por seguir teniendo aliados en los gobiernos hizo que se precipitaran las elecciones. También es cierto que no fueron los únicos con prisa, dadas las dudas que el comportamiento de los gobiernos interinos militares suscitaban. El descubrimiento que provoca más melancolía en todo esto es el hecho de que los que se pusieron al frente de los levantamientos no tenían demasiado interés en las libertades, sino solo en hacerse con un poder que les permitiera continuar con el control del país. ¿Fueron los Hermanos Musulmanes y afines los candidatos de los Estados Unidos en Túnez, Egipto, etc.? Para muchos no hay duda. ¿Se equivocaron? Tampoco la hay.
En el punto segundo, Lewis enfrenta los modelos políticos desde la perspectiva de culturas con tradiciones distintas, la occidental y la musulmana. Señala:

«El conjunto de la tradición islámica está claramente en contra del gobierno autocrático e irresponsable», afirma Lewis. «Existe una tradición muy arraigada —tanto histórica como legal, tanto práctica como teórica— de gobierno limitado, controlado».
[...] «No creo que podamos dar por hecho que el sistema angloestadounidense de democracia sea una especie de norma mundial, un ideal mundial», afirma. En vez de eso, a los musulmanes se les debe «permitir —y por supuesto ayudar y animar— a desarrollar sus propias formas de hacer las cosas».*

Tiene razón Lewis cuando señala esa tradición islámica. No creo que exista ninguna tradición en el mundo que celebre el "gobierno autocrático e irresponsable". Sin embargo esa tradición se ciñe al cumplimiento de los preceptos coránicos. Un buen gobernante es el que hace lo que debe —lo que manda la ley islámica, la Sharia— y entonces debe ser obedecido. Es decir, no se admite un gobierno autocrático y menos irresponsable. Pero eso no significa democrático. La diferencia es obvia y esencial: en nuestro modelo de democracia la soberanía reside en el pueblo, al que los gobernantes deben obedecer. En el marco islámico, la perfección se alcanza cuando gobernante y gobernados acatan los preceptos coránicos y derivados. El pueblo no "gobierna", tan solo elige a quien le hace seguir por el buen camino.
Es ahí donde radica gran parte del conflicto de la modernidad política en los países islámicos porque la soberanía popular no entra como deseo de autodeterminación, siendo el gobernante un instrumento para realizar ese deseo y por el que será juzgado. La sumisión a la Ley dada obliga a todos. Este argumento de la elección de los dirigentes o guías se suele utilizar a veces para hablar de la democracia, sin embargo, si este importante principio es imposible considerarlo en un sentido pleno. Esto explica lo ocurrido tras las elecciones en la que los islamistas imponen a los demás su forma de entender la política o la acusación y llamadas a la desobediencia (o peor) contra los dirigentes o votantes que discrepan o desean otra cosa. El debate sobre el papel de la Sharia no es casual; marca los límites del cambio y de la acción política.


Eso es lo que le lleva a la conclusión del tercer punto de la entrevista, la "consulta", considerada "palabra mágica". Es cierto de nuevo que —por los motivos expresados anteriormente— se extrema la vigilancia sobre el que tiene el poder. En eso el islam tuvo una ventaja frente a los absolutismos, en donde los gobernantes no tenían que dar explicaciones más que ante Dios. Lewis trata de ilustrarlo con una anécdota:

Lewis me señala una carta escrita por el embajador de Francia en Estambul poco antes de la Revolución Francesa. El Gobierno francés estaba frustrado por lo mucho que el embajador estaba tardando en avanzar determinadas negociaciones. Por eso respondió: «Aquí no es como en Francia, donde el rey es el único señor y hace lo que le place. Aquí, el sultán tiene que consultar».
En la historia de Oriente Próximo, «consulta es la palabra mágica. Aparece una y otra vez en los textos islámicos clásicos. Se remonta a la época del Profeta», afirma Lewis.*

Sí, pero es precisamente la Revolución Francesa la que acaba con ese modelo y hace que las consultas se hagan al pueblo y no a consejos de clérigos o ancianos. La "consulta" nace precisamente de esa necesidad de observación constante para que el gobernante no se aparte de la ley islámica. La sabiduría de los asesores consultados es su conocimiento religioso y no otro, ya que este engloba cualquier tipo de saber posible. Se puede ver en el caso egipcio en la necesidad de consulta con los clérigos de la Universidad de Al-Azhar o en muchos otros terrenos. Es la garantía de que el gobernante estará asesorado por los mejores conocedores del Corán. Son los "eruditos" los que asesoran sobre la interpretación más acorde con el Texto.

Los islamistas radicales no admiten cualquier conocimiento fuera del Corán. No hace muchos días comentábamos aquí ("Dos artículos o el verdadero campo de batalla delas "civilizaciones" " 25/07/2015) lo señalado por el médico egipcio y presentador de televisión Khaled Montasser recriminando a un "erudito" sus artículos en Al-Ahram intentando mostrar que en Corán estaban ya los descubrimientos que los científicos acaban de exponer sobre Plutón. Habría cientos de ejemplos en este sentido.
La cuestión que plantea Lewis en realidad no es fácil de resolver porque el modelo islámico entra en contradicción teórica por un lado, pero también práctica ya que no se ha llegado a un grado de apertura que permita a la gente que vive en esas sociedades vivir fuera del modelo estándar islámico. Es decir, no es posible dejar de ser islámico. El sistema se ha blindado justificando la eliminación de quienes quieran salir o de quienes intenten mover sus límites. Esa es la función precisamente de la "consulta", evitarlo.
En una obra "El islam que da miedo", aparecida este mismo año en Francia y ya traducida, el novelista y ensayista asentado en Francia, Tahar Ben Jelloun, trata de establecer las distancias entre el islam y la idea de "laicidad", surgida en Francia. En un diálogo literario con su hija, musulmana y francesa, llega a los límites del sistema:

Discurso inaudible. La umma islamiya abarca a todos los musulmanes, tanto a los buenos como a los malos. No puedes salir de la comunidad. Naces musulmán y mueres musulmán. Salirse del islam es una ruptura que cuesta cara. La apostasía espera al final del camino. Dios castiga al apóstata. Aunque en esta Tierra no esté prevista la condena para el que reniega de la religión musulmana, unos Estados se encargan de castigar aquí: a muerte o a la indignidad cívica. Pero ya se sabe: lo propio del las muchedumbres es la sordera y la ceguera. (22)**

Es el drama de los reformistas, combatidos por los que los consideran enemigos y que condenan al anacronismo y a la falta de libertad a millones de personas que tienen que fingir o exiliarse. Si adquieren protagonismo y pueden servir de referencia a otros, inmediatamente son eliminados, como tantos otros. Si el sistema evita su propia evolución se convierte una trampa gigantesca de la que solo se puede escapar relativamente "Naces musulmán y mueres musulmán". La "comunidad" te "aconseja" cómo te debes portar. Después ya sabes el riesgo.  Ben Jelloun señala su sentimiento tras una conferencia en su tierra tras la cual se le pregunta directamente "¿eres ateo?". Intenta defenderse apelando al su derecho a vivir la religión internamente y no tener que dar explicaciones. Pero no está en Francia. "Me doy cuenta de que estoy ante un tribunal improvisado" (22-23)**.


Bernard Lewis conoce esta sentido de la palabra "consulta". Sabe su alcance y lo que implica de sujeción, pero también de obediencia obligada a los eruditos consultados. De ahí la importancia de las escuelas interpretativas.
Pasa el entrevistado a señalar las diferencias sobre la que se construyen los malentendidos, el concepto de libertad:

Los estadounidenses suelen pensar en el gobierno limitado desde el punto de vista de la «libertad», pero Lewis explica que esa palabra no tiene un equivalente concreto en árabe. «Libertad, liberación, significa no ser un esclavo... Libertad era un término legal y social, no era un término político. Y no se usaba como metáfora de categoría política», afirma. La palabra árabe más cercana a nuestro concepto de libertad es «justicia». «En la tradición musulmana, la justicia es el referente» del buen gobierno.*

No hay que caer en los engaños de las palabras. Efectivamente, si "libertad" es equívoca, no lo es menos "justicia", pues solo es justo lo que se ajusta a la ley islámica, cerrando en un círculo vicioso. Jueces y gobernantes tienen la ley como referencia; están tan obligados como los demás. Pero las leyes no evolucionan conforme evolucionan las sociedades; por el contrario, es la estabilidad de la Ley la que garantiza la pureza social. Lo que está mal lo está desde el principio de los tiempos; igual lo que está bien. Todo quedó fijado para conocimiento de los hombres. La Historia no es más que un recorrido de aceptación u olvido del Mensaje.
La posibilidad de una evolución no traumática o no autoritaria es muy improbable en términos pacíficos. Eso lo estamos viendo ya de forma clara. Los partidarios de las revoluciones acabaron en su propio conflicto respecto al futuro. Los islamistas iban contra los dictadores porque los consideraban alejados del modelo islámico ortodoxo, como "faraones"; mientras que los liberales, demócratas, tienen una visión de libertad basada en la conciencia individual. Esta lucha no es nueva y es la que siguió tras los procesos de descolonización en la que las revoluciones tenían carácter laico y socialista. La regresión islamista favorecida desde los países del Golfo, inundados de millones por el petróleo y amparados por los Estados Unidos para asegurarse el petróleo, ha complicado las cosas. Esa es la lucha actual cuya concreción es el yihadismo y el Estado Islámico: la imposición por la fuerza de la lógica extrema. Ellos son los verdaderos creyentes. Son, por usar el título del libro citado de Ben Jelloun, "el islam que da miedo". Y a quien primero dan miedo es a los propios musulmanes, las verdaderas víctimas de su fanatismo involutivo. Son fundamentalistas, aplican los principios a rajatabla.


En el cuarto punto, Lewis identifica "modernización" con el "Estado· y el "estado" con la "autocracia". Los límites que la consulta tradicional imponía a los gobernantes desaparecen con la introducción de los estados modernos que los dictadores hacen crecer para incrementar su poder. La "modernización", dice, tiene "mala fama" porque se identifica con los dictadores.
Puede que no le falte razón en un sentido histórico. Pero tampoco es correcto identificar "estado" con "dictadura". Es algo que hacen, desde el ángulo opuesto de la individualidad, los "libertarios" norteamericanos, con los que no creo que Lewis tenga mucho que ver. La caída de Gadafi dejó en evidencia cómo este había jugado con una estructura tribal para mantenerse en el poder. El caos libio lo tenemos ahora mismo delante. Es cierto pues que el crecimiento del Estado sirvió para aumentar los poderes autoritarios de los dictadores y extender la corrupción por sus venas, pero no se pueden negar otros aspectos.
También aquí conceptos, como el de "modernización", tiene lecturas amplias que suscitan conflictos no solo entre el sentido occidental y el islámico, sino en el interior de las mismas sociedades islámicas, donde "modernidad" o "reforma" pueden significar muchas cosas y algunas peligrosas. Es difícil incluso establecerlo en determinadas áreas independientes de otras. Pensemos en un campo, del que se habla muy poco, como es el de la "economía islámica", por ejemplo.


El debate sobre la "modernidad" es esencial, pero lo es más que se pueda poner en práctica. El debate es imposible entre los partidarios de la modernización y aquellos que conciben el progreso como un regreso a un espacio y tiempo, a unas normas prefijadas por siglos. El ejemplo de lo hecho por los islamistas en el poder es claro: reducción de derechos de las mujeres, reducción de las edades de matrimonios, fomento de la economía islámica, censura constante, etc.
Lo más preocupante es la falta de apoyo a los que luchan por esa "modernidad" frente al apoyo económico y político dado a los islamistas (y con anterioridad a los dictadores). Me imagino el dolor de Tahar Ben Jelloun cuando regresa a su tierra y la ve cada vez más intransigente. No tiene más armas que las palabras de sus libros. Por el contrario, los islamistas están apoyados desde las monarquías del Golfo con ingentes cantidades de dinero y han crecido a su sombra. Solo la caída en desgracia o las rivalidades con otros grupos implica su aislamiento económico. Los intelectuales, que son lo contrario de los "eruditos", solo reciben desinterés y temen cada día la llegada de algún fanático que pueda acabar con su vida. Sin embargo es de ellos de donde puede salir alguna solución a la doble crisis, la interna y la externa.
Es en la segunda parte de la lista donde el análisis de Bernard Lewis se muestra más penetrante desde estos cuatro años pasados. Hasta el momento se ha centrado en aspectos generales o culturales. El primer caso que aborda es el de Túnez, en donde señala:

Primero, Túnez tiene posibilidades reales de democratización, en gran parte debido al papel de las mujeres allí. «Que yo sepa, Túnez es el único país musulmán que tiene educación obligatoria para las chicas desde el principio hasta el final. Y en el que se pueden encontrar mujeres en todas la profesiones», añade Lewis.
«Mi impresión es que el mayor defecto del islam y la principal razón por la que se quedaron rezagados respecto a Occidente es el trato a las mujeres», prosigue. Expone el convincente argumento de que los hogares represivos allanan el camino a los gobiernos represivos. «Imagínese un niño que crece en una familia musulmana en la que la madre no tiene ningún derecho, donde está oprimida y está sometida. Eso es una preparación para una vida de despotismo y sumisión. Allana el camino hacia una sociedad autoritaria», afirma.*


Fueron las mujeres las que se plantaron en el parlamento tunecino cuando vieron que se les pretendía recortar libertades y retroceder en el tiempo. El grado de independencia logrado por las mujeres en las sociedades islámicas es determinante, como bien señala, porque el modelo político está construido de forma patriarcal sobre la familia. Si la familia es autoritaria, la sociedad es autoritaria. En casa está el modelo. Lo que se avanza en la familia, se avanza en la sociedad.
Por eso es tan importante avanzar en los derechos de las mujeres, en su ampliación y afianzamiento. Donde las mujeres estaban organizadas y conscientes de sus derechos, no les ha sido tan fácil a los islamistas la regresión política y social. Son la vanguardia y el campo de prueba. Los islamistas tunecinos en el poder han tenido que recoger velas y la sociedad está vigilante ante cualquier iniciativa.


Muy otro es el caso de Egipto, comienzo del feminismo árabe, pero más reislamizado desde los años ochenta. Señala Lewis:

Egipto es un caso más complejo, según Lewis. Los manifestantes jóvenes y liberales que encabezaron la revolución en la plaza de Tahrir ya se están viendo apartados a un lado por el complejo formado por los militares y la Hermandad Musulmana. Unas elecciones precipitadas, que podrían celebrarse en septiembre sin ir más lejos, podrían llevar a la Hermandad Musulmana al poder con una victoria aplastante. Esa sería «una situación muy peligrosa», advierte. «No debemos hacernos ilusiones sobre la Hermandad Musulmana, quiénes son y lo que quieren».
Sin embargo, los analistas occidentales parecen empeñados en albergar esas ilusiones. Fíjense en su modo de tratar al jeque Yusuf Caradaui. El tremendamente popular y carismático clérigo ha dicho que Hitler «consiguió poner [a los judíos] en su sitio» y que el holocausto «fue un castigo divino contra ellos».
Pero a raíz de un sermón que el jeque Caradaui pronunció ante más de un millón de personas en El Cairo tras la expulsión de Mubarak, el periodista de «The New York Times» David D. Kirkpatrick escribió que el clérigo «tocó los temas de la democracia y el pluralismo, muy característicos de sus escritos y sermones». Kirkpatrick añadía: «Los académicos que han estudiado su obra dicen que el jeque Caradaui hace mucho que sostiene que la ley islámica respalda la idea de una democracia pluralista, multipartidista y civil».*

La estimación de Lewis se cumplió plenamente. la "juventud", la que deseaba una "modernización", fue apartada por militares e islamistas en su lucha por el control del Estado. Las elecciones celebradas en 2012 trajeron un respaldo masivo a los islamistas, que obtuvieron junto a los salafistas más del 70% del parlamento. Envalentonados, comenzaron la ocupación del Estado y el manejo de la sociedad, que había creído en sus promesas de gobernar para todos. Pero esas promesas no eran más que una variante política de las astucia que los islamistas han ido practicando allí donde se sentían más débiles o necesitados de ayuda. La insistencia en que Morsi fue elegido democráticamente, algo que nadie niega, evita preguntarse por lo que hizo después. No es el único, desde luego. La situación actual tampoco puede ser considerada como democrática y sí un triste regreso a la represión de islamistas y reformistas, como tratamos con frecuencia aquí.


La anécdota del sermón incendiario y de odio transformado por los medio occidentales, The New York Times, en un canto a la democracia, también nos dice mucho de los errores occidentales a la hora de valorar a quienes se debía apoyar. Es aquí donde se han cometido los errores más graves y se siguen cometiendo en nombre de una "seguridad" que sorprendentemente está cada vez más amenazada. Nunca se han cometido tantos errores de cálculo para evitar lo que finalmente estamos viendo, el peligro global y las masacres locales.
La parte final de la entrevista se centra en el papel de Irán —otro error de cálculo occidental— y su evolución. Nadie sabía, dice, quién era Jomeini, pero había pistas delante:

Lo que estaba «ahí» era un libro llamado «El gobierno islámico» —ahora conocido como «el Mein Kampf de Jomeini»—disponible en persa y árabe. Lewis sacó ambas copias y empezó a leer. «Me quedó perfectamente claro quién era y cuáles eran sus objetivos. Y que todo lo que decía en aquella época sobre que [él] representaba un paso adelante y un avance hacia una mayor libertad era un completo disparate», recuerda Lewis.
«Traté de llamar la atención de la gente de aquí sobre esto. "The New York Times" no lo tocó. Dijeron: "No creemos que esto interese a nuestros lectores". Pero conseguimos que "The Washington Post" publicase un artículo citándolo. Y la CIA les mandó llamar inmediatamente», relata. «Al final, el mensaje logró cuajar (gracias a Jomeini)».*

Los errores de comprensión o identificación nos recuerdan que se siguen produciendo en cuanto a la evolución del yihadismo terrorista, de la evolución del Estado Islámico o la situación de Siria o Libia. Puede que llamaran a Lewis para ver al Vicepresidente y desde el Pentágono, pero desde luego no debieron entender nada. Lewis creía entonces que Irán irá evolucionando por la falta de conexión del pueblo con los clérigos. Cree que se acabará produciendo un movimiento social. Se han modificado las circunstancias con Teherán y habrá que ver cómo evolucionan.


Lo que llama la atención del final de la entrevista es el mensaje sobre Turquía:

Otra variable clave en la dinámica de la región es Turquía, país en el que Lewis es especialmente experto. Fue el primer occidental al que se le permitió acceder a los archivos otomanos en Estambul en 1950. Los últimos acontecimientos ocurridos allí le preocupan. «En Turquía, hay un movimiento que tiende cada vez más a la reislamización. El Gobierno la tiene como objetivo; y se ha ido apoderando, muy hábilmente, de un sector tras otro de la sociedad turca: la economía, la comunidad empresarial, la comunidad académica, los medios de comunicación. Y ahora se están haciendo con el control de la judicatura, que en el pasado ha sido el bastión del régimen republicano». Lewis piensa que, dentro de 10 años, Turquía e Irán podrían intercambiar posiciones.*


Tenía razón en lo que elegantemente los socios de la OTAN llaman la "deriva autoritaria" de Erdogan. La reislamización turca tiene ya consecuencias graves en el deterioro de la vida política y social. Turquía sigue jugando las bazas de ser socio de Occidente y de reislamizar la sociedad, con lo que el salto al fundamentalismo es cuestión de tiempo.
La idea de que Turquía e Irán pudieran intercambiar posiciones en cinco años (ya se han cumplido otros cinco) parecer demasiado osada. No sabemos la deriva iraní con las modificaciones económicas que establecerá la limitación del bloqueo. Sabemos que el régimen lo venderá (ya lo hace) como una gran victoria frente a Occidente, pero queda por saber la evolución de la sociedad, en la que efectivamente, existen grandes capas con deseos de recuperar libertades. Lo que también sabemos es el conflicto al que Erdogan está llevando a la sociedad turca para no perder el poder, cuyo último logro es desatar otra guerra con los kurdos para evitar las alianzas que le impidan gobernar. Erdogan es un auténtico escándalo político para todos. Solo la existencia del Estado Islámico le está librando de unas críticas mayores. Está por ver si Occidente dejará tirados a los kurdos a los pies de Erdogan mientras estos luchan contra el Estado Islámico, cosa que al presidente turco parece que le cuesta mucho hacer.


La entrevista termina precisamente con un aviso del crecimiento de los fundamentalistas, algo que estamos experimentando cada día:

De modo que, aun cuando ve a los jóvenes activistas de Oriente Próximo levantarse contra las tiranías que les han oprimido, vigila de cerca la propagación del fundamentalismo islámico. Constituye un desafío especialmente complejo porque no tiene «ningún centro político, ninguna identidad étnica... Es al mismo tiempo árabe y persa y turco y todo lo demás. Se define desde un punto de vista religioso. Y puede contar con el apoyo de personas de cualquier nacionalidad una vez que están convencidas. Eso supone una diferencia importante», afirma.
«Pienso que la lucha continuará hasta que alcancen su objetivo, o bien renuncien a él», concluye Lewis. «Por el momento, ambas cosas parecen igual de improbables».*

No es otra cosa que la "internacionalización" de la Yihad que ahora nos sorprende tanto y que ha creado un conflicto de duración impredecible tanto en Siria como en Irak, extendiéndose como terrorismo allá donde les dé por actuar.
La entrevista de Bari Weiss, reproducida por ABC, merece ser rescatada del olvido. Muchas veces pensamos que lo que queda atrás no tiene tanto valor informativo como el presente, pero solo se comprende el futuro cuando se conoce el pasado. Bernard Lewis conoce bien el pasado y sus raíces, la conexión entre ideas y hechos y eso le da capacidad de interpretación y anticipación.
La evolución de los acontecimientos, desde el análisis de los condicionamientos culturales, se ha mostrado eficaz, aunque inútil como forma de prevención de errores. Quizá sean los errores más determinantes que los aciertos para hacer avanzar la historia.
No sé si a Bernard Lewis, a sus 99 años, le siguen invitando a la casa Blanca o al Pentágono. Por los resultados, me da la impresión que no.

* "Bernard Lewis: 'Las tiranías árabes están condenadas'" ABC 4/04/2011 http://www.abc.es/20110409/internacional/abcm-bernard-lewis-tiranias-arabes-201104091819.html

** Tahar Ben Jelloun (2015). El islam que da miedo. Alianza, Madrid. 116 pp.

viernes, 28 de junio de 2013

Sentado en la mesa del diablo o el imperio imprevisto

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
George Friedman tiene el gusto por la predicción. Vive de ello y de asesorar a los demás desde su empresa. Friedman hizo una serie de predicciones para los próximos cien años y se vendieron bien. No porque la gente se las creyera, sino porque hay que alentar las predicciones por si algún día a la gente le da por dejar de hacerlas. En realidad, la gente que hace predicciones cambia el futuro por enunciarlo, como al que le diagnostican erróneamente una enfermedad modifica su forma de vida. Friedman anuncia guerras y conflictos venideros y la gente no se los cree y hacen bien probablemente.
Friedman lanzó sus profecías para los próximos cien años. El libro solo será recuperado en el futuro si queda alguien vivo que lo haya leído y haya acertado en alguna de ellas que no sea una obviedad. El autor considera que escribir sobre los próximos cien años es muy fácil, aunque muchísima gente no esté de acuerdo con sus vaticinios, y se arriesga esta vez las distancias cortas, una década, la próxima, de la que llevamos ya un par de ellos. El libro es de 2011 y el tiempo sigue corriendo.


Sin embargo, lo importante de estas obras no es si aciertan o no. Lo importante son dos cosas: es si alguien las cree y saber por qué han llegado a esas conclusiones. Lo primero tiene interés porque el hecho de creer algo nos dirige o aleja de ello. Si lo que nos cuentan nos parece factible y atractivo, acrecentamos las posibilidades de que ocurra con nuestras acciones. Por el contrario, si no nos gusta, intentamos alejarnos. A veces con mala suerte, como Edipo, que por huir de su futuro profetizado se dio con él de frente. En este caso, podemos prescindir de las predicciones en sí y resulta más interesante saber por qué llega a ellas.
Cuando llevas leídas unas poca páginas, sientes la tentación de arrojar el libro por la ventana. Te harta su tono y su fondo, pero una vez vencido ese primer impulso, descubres que es más interesante si te lo tomas como una radiografía del deseo más que como una predicción. Los principios generales que guían la obra son los motores que llevan a las predicciones, pues no hay predicción al margen de una teoría de base.

Y la teoría es la inevitabilidad del imperio americano y de su política maquiavélica de supervivencia. George Friedman, de origen polaco, cree que la única forma posible de supervivencia del mundo es que los Estados Unidos asuma lo inevitable de su éxito evolutivo en la Historia. Los que hablan de declive del imperio se equivocan; los más grandes desastres ocurrirían si así fuera. Los Estados Unidos son únicos en la historia, nos dice, porque su posición no se ha alcanzado por su deseo de predominio —ellos son de voluntad anti imperialista, como buena ex colonia—, sino por su éxito histórico. Es lo que él llama el "imperio imprevisto". Su poder no solo se debe a las armas, que son esenciales para mantenerlo, sino al simple hecho de que todo lo que ocurre en los Estados Unidos tiene repercusión mundial, afecta a todos. Para sostener esa teoría del poder debe situar cualquier crisis en los Estados Unidos y analizar a los demás como receptores de las consecuencias. En el caso de su análisis de la crisis económica actual señala:

Suele afirmarse que desde la Gran Depresión no se había producido una catástrofe económica comparable. En realidad, no es cierto: desde la segunda guerra mundial ha habido al menos otras tres crisis similares. Este dato es crucial en el momento de afrontar la próxima década, ya que si la última crisis financiera solo pudiese compararse con la Gran Depresión, sería difícil sostener mi argumento sobre el poder de Estados Unidos. Ahora bien, si esta clase de crisis ha sido relativamente común desde la segunda guerra mundial, entonces la más reciente no es tan importante como parece y es más difícil sostener que el pánico vivido en 2008 constituye un golpe colosal para Estados Unidos.
Lo cierto es que tales acontecimientos son comunes. (75)

No es fácil encontrar un enjuague teórico de tal calibre para justificar un argumento. Nadie en su sano juicio podría negar el peso de la economía de los Estados Unidos sobre el resto del planeta, para bien y para mal. Pero no se trata de eso aquí, sino de la justificación de las acciones que se derivan de ello.

Para Friedman la gran preocupación —no sé si el gran problema— es que los Estados Unidos pudieran perder sus "ideales republicanos" por tener que ejercer sus "obligaciones imperiales". Los Estados Unidos tienen que mantener los ideales de la libertad siendo maquiavélicos con el resto del planeta y no pueden ni deben dejar de serlo. Esto es algo que debe asumir la institución más poderosa de la Historia: la Presidencia de los Estados Unidos, en su propia definición, una institución personal única, limitada constitucionalmente para no ser tirana con su propio pueblo, pero liberada de responsabilidad para ser injusta —en el nombre de la defensa de la República— hacia el exterior.
El interés principal de la obra pasa a ser su doble carácter maquiavélico. Lo es en su modelo —Maquiavelo es frecuentemente invocado— y por el carácter didáctico para el nuevo príncipe que el texto adquiere. En realidad, Friedman no está tanto prediciendo el futuro como educando a los que tendrán que enfrentarse a él. Así, su resumen es sencillo y la idea clara: un buen presidente de los Estado Unidos es aquel capaz de asumir el sacrificio exterior de los principios interiores. Señala:

Desde el punto de vista de Maquiavelo, la ideología es trivial; lo único que importa es el carácter. La virtud del presidente, su inteligencia, sus reflejos, su astucia, su severidad y la capacidad de comprender las consecuencias de sus actos son lo que de verdad importa. A la postre, su legado estará determinado por su instinto, que a su vez es un reflejo de su carácter.
Los grandes presidentes nunca olvidan los principios de la república, y procuran preservarlos y engrandecerlos —a largo plazo— sin por ello desatender las necesidades del momento. Los malos presidentes se limitan a hacer lo que conviene independientemente de los principios. Sin embargo, los perores presidentes son los que observan los principios independientemente de lo que exige la suerte del momento. Estados Unidos no puede abrirse paso por el mundo esquivando el enfrentamiento con naciones que tienen otros valores o con regímenes brutales, mientras se limita a actuar siempre de manera noble. Como veremos, para perseguir unos fines morales hay que sentarse a la mesa del diablo. (66-67)

La preguntas y reflexiones sobre pasajes como este se acumulan a lo largo de la obra. Son ese fondo que hace que el interés por la predicción se diluya en beneficio precisamente de ese motor que la pone en marcha. La predicción deja de serlo, pues lo que ocurre es hija de la voluntad, de ahí la necesidad del análisis de la Presidencia y de sus requisitos de carácter.

La distinción entre buenos presidentes —Lincoln, Reagan—, malos y peores se basa en su capacidad de "sobreponerse" a sus náuseas morales en beneficio de la eficacia histórica: mantener la república a salvo. Incluso de los deseos de sus propios miembros, que pueden ser tentados a volverse idealistas y bajar las defensas. Los casos de Lincoln (tan bien reflejado en la película de S. Spielberg: el mejor hombre realizando malas acciones por un buen fin) o el del "Irán-Contra", en la época de Ronald Reagan, son ejemplos de esos valores necesarios para la presidencia y la república.
Hacia el exterior no hay amigos, solo aliados y estos siempre circunstanciales porque también son competidores, celosos del poder de los Estados Unidos y deseosos de ocupar su puesto o minarlo para restarle poder. Es un mundo político darwinista en el que los principios hay que ignorarlos para protegerlos. Solo alguien que viva el drama individualmente, un héroe trágico, en representación de la colectividad, sabrá llevar el peso del destino y su verdad, que el mundo se rige por reglas terroríficas que deben ser ignoradas por los que tienen el derecho a ser felices y creer en la fraternidad universal. El presidente debe ser realista para preservar la ilusión idealista de su pueblo, mantenerlo en su camino apartándole los obstáculos sin que se sienta culpable. El pueblo confía en Dios, aunque Dios no bendiga las acciones del presidente, que condenará su alma pero salvará a su país. El imperio imprevisto debe continuar.


El problema de esta obra no es si acierta o no —problema baladí— sino si se cree en sus principios y si desde ellos se realizan los análisis de las situaciones presentes, pasadas o futuras y se toman las decisiones. Eso ya no es tan baladí.
Quizá uno tenga que sentarse en la mesa del diablo, pero lo seguro es que de allí no se levanta nadie sin pagar.


George Friedman (2011). La próxima década. Destino, Barcelona.