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domingo, 12 de marzo de 2023

Complejo

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Uno de los efectos indeseados más frecuentes de la información tal como nos llega es la parcelación de la realidad, la desconexión de lo que se nos ofrece. Un periódico, un noticiario, etc. nos ofrecen una especie de fotografía colocada en un espacio que la enmarca situándola con unos límites y unas conexiones.

La tendencia a leer y comprender las noticias aceptando su delimitación, un efecto de su constitución como "texto", acaba produciendo una incomprensión real de lo que ocurre, que nunca se da en el vacío, sino en un amplio espacio relacional.

Lo más claro que hemos tenido recientemente son los efectos de la guerra de Ucrania, algo que hemos ido comprobando cómo tiene efectos más allá de los lugares de los combates, del campo de batalla. Ese acontecimiento, la invasión, tiene toda una serie de efectos en cadena que se extienden por todo el planeta, afectando a la economía, la alimentación (crisis alimentarias), las migraciones... Cada uno de estos términos son "etiquetas" en las que englobamos diferentes sectores diferenciándolos, pero todos ellos son parte de ese espacio-tiempo que habitamos en un planeta globalizado.

Cuando leemos una noticia se nos informa de forma "puntualizada", pero se nos desconecta de otras posibles causas y de los efectos que puede tener. Todo lo más, en algunos sectores (especialmente el económico, un sector en el que cabe todo), se nos dan por parte de los analistas algunos efectos que pueden tener ciertos acontecimientos sobre otros espacios conectados. Los analistas económicos son capaces de valorar parte de los efectos, cuando, por ejemplo, son capaces de especular sobre los efectos que puede provocar en la Bolsa un determinado movimiento económico, político, bélico, etc. Pero eso es solo una parte; es el resultado de su experiencia comprobando cómo se producen movimientos en otros sectores cuando ocurre diversos acontecimientos. 

La capacidad de procesar datos para obtener previsiones de lo que puede ocurrir es lo que ha hecho que se valores las intuiciones con la ayuda de los grandes procesadores que analizan el "Big Data", una perspectiva muy diferente a la "dirigida" del análisis selectivo. El Big Data trata, por el contrario, de encontrar esos vínculos, esas conexiones entre elementos, aparentemente distanciados, pero conectados.

Cuando leemos noticias aisladas debemos realizar el ejercicio de reconexión de lo que ha sido separado de efectos y causas, de interacciones. ¿Puedo entender, por ejemplo, la noticia que me ofrece el diario El Mundo, titulada "Abandono escolar en España: aumenta la cifra de jóvenes que dejan de estudiar a partir de los 16 años" de otros textos como los que nos ofrecen RTVE.es, "Crece el ghosting laboral, cuando prescindes de una empresa sin avisar: "Creo que reciben lo que dan"" y "Los fijos discontinuos se disparan tras la reforma laboral: "Ha pasado de ser marginal a más del 10% de la contratación""


Las noticias de hoy en distintos medios nos traen aspectos aparentemente distintos. El abandono escolar, la salida de las empresas sin avisar y la multiplicación de una figura controvertida, la de los "fijos discontinuos", casi un oxímoron, ¿tienen algo en común? ¿Son fenómenos separados, distantes? Creo que son elementos —no los únicos— que forman parte de una realidad que hay que recomponer para poder comprender mejor y evitar así creer que los problemas son irresolubles. Pero la calidad de las soluciones dependen de nuestra capacidad de comprender los problemas y sus conexiones. Hay problemas que  forman parte de cadenas, más o menos visibles, de problemas. No se producen de forma aislada, sino que surgen como efecto o como causa sobre otros.

Mucho me temo que nuestras perspectivas fraccionadas no sirvan de mucho o, todo lo más, para parcheos de una realidad que se nos muestra con distorsiones e inconclusa.  Es obvio que no podemos llegar a comprender la totalidad de lo que ocurre y por qué ocurre; nadie tiene esa capacidad. Pero sí es posible, creo, intentar enfrentarse a ella desde otra perspectiva. Se ha ido aceptando que en determinados campos —la biología, la economía...— los fenómenos no están aislados (es la base de la Ecología), que unos tienen efectos, consecuencias sobre otros, ¿por qué no en otros campos? Nada hay más complejo que la realidad social y nada nos debería preocupar más que tratar de entender su funcionamiento o al menos los efectos de nuestras acciones. 

La Política se debería ocupar de analizar los efectos de sus propias acciones, aunque a veces parece que su empeño es precisamente el contrario, ocultar sus errores. Los efectos los vemos cada día. Las consecuencias de ignorarlo son enormes y muchas veces se hace imposible pararlas o volver a una situación en la que poder controlar medianamente lo que nos sucede. Por eso nada hay más dañino que quien tiene un gran poder de acción y no se preocupa por los efectos de sus acciones sobre el conjunto. Esto es terrible en un mundo globalizado en el que nadie escapa a nada.

Actuar sin pensar en las consecuencias en un mal demasiado grave en estos tiempos en los que la complejidad aumenta debido al gran número de interconexiones existentes.  Actuar con la soberbia del que cree que puede controlarlo todo es muy dañino, peligroso. Por eso se deben evitar las concentraciones excesivas de poder y fomentar el diálogo de forma que se puedan contemplar los riesgos de lo que hacemos. Escuchar está empezando a ser una necesidad desgraciadamente cada vez más ignorada. Lo complejo se vuelve complicado cuando se ignora su propia complejidad.

La vida social es compleja y sistémica, lo que quiere decir que hay muchas relaciones que no vemos o entendemos, pero que están ahí. ¿Se puede mejorar nuestra percepción? Evidentemente, sí. Pero para ello debemos evitar las falsas ilusiones, por un lado, y también los parcelamientos que dejan aislados los fenómenos dando la falsa impresión de que son simples. Como señaló Edgar Morin, "no hay cosas simples; solo simplificadas".

lunes, 4 de julio de 2022

Complejidad del mundo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Leía hace unos días que la Ciencia trabaja con la simplificación para poder resolver problemas, que ante la complejidad real del mundo hay que responder con modelos simplificados que se aproximen a la realidad lo más posible, que hay que intentar explicaciones "simplificadas" estableciendo parcelas que se puedan explicar lo suficiente. Frente a esto, la realidad sobresale por los bordes, por decirlo así, ante la presión simplificadora.

Acotar los problemas y tratar de simplificarlos para poder explicar fenómenos es el comportamiento científico. Eso funciona en algunas ciencias, claro. Por ello hubo que definir esas otras complejidades que surgen cuando no tratamos con lo regular, sino con lo variado y lo interconectado, con los efectos imprevisibles que no quedan en los laterales, sino que conforman el centro de lo que sucede.

En varias ocasiones hemos señalado aquí que no es fácil encontrar explicaciones simples a lo que forma parte de las decisiones humanas y no de las regularidades de la naturaleza. Lo que hacemos en el ámbito de lo socio-cultural no es regular sino imprevisible en muchas de las consecuencias que provoca. La experiencia que acumulamos no es "ciencia", sino algo que usamos con márgenes muy diversos debido a la variabilidad de todo lo humano. Nada es igual, quizá solo algo parecido.

¿Cómo llegar a tomar decisiones en un mundo donde nada tiene realmente límites y todo está interconectado? Nuestras fronteras de saberes, nuestras fronteras reales son solo parcelamientos artificiales que no sirven para contener la expansión de los problemas, los virus, los acontecimientos. Las crisis que tenemos hoy abiertas no son controlables porque un hecho es un punto de partida, pero sus efectos se expanden incontrolables por un mundo globalizado.

A los hechos realizados por los humanos, nos encontramos hoy con respuestas de la propia naturaleza que nos devuelve lo que le hacemos con diversos tipos de respuestas. Por mucho que se nieguen los efectos del "calentamiento global", lo cierto es que está ahí, provocando múltiples incidencias que van desde la muerte de esas personas por un desprendimiento de un glaciar ´que nos cuentan hoy a la sequía que nos apuntan en España debida a la falta de lluvia y los bajos niveles de nuestros embalses.

La guerra de Ucrania crea una crisis alimentaria, con una enorme hambruna en África que se convierte en migración que crea crisis en las fronteras y en los interiores, que se traducen a su vez en movimientos de solidaridad y también de populismos xenófobos. La guerra, el calentamiento, los conflictos locales, las crisis económicas, el hambre, etc. acaban determinando la situación en todo el tablero humano.

Un mundo globalizado ha hecho que nuestros intereses se diversifiquen por todo el planeta y una huelga de personal de cabina de una compañía aérea puede crear el caos, como meses antes un puñado de transportistas en huelga incidieron sobre todas nuestras actividades económicas.

Todo está conectado. Hemos ido tejiendo una telaraña tan extensa que es difícil que cualquier movimiento no siembre un flujo de consecuencias que rebotan como bolas en una mesa de billar. Podemos prever algunas, pero la gran mayoría se nos escapan. Todo esto lleva a una prudencia necesaria que casi nunca se tiene en cuenta y, a posteriori, una inmensa capacidad de análisis, la necesidad de saber hasta dónde llegan los círculos concéntricos de los efectos incontrolados.

La prudencia escasea cada vez más en un mundo de decisiones efectistas y resultado trágicos. El análisis se lo estamos dejando a las máquinas para que traten de mostrarnos en modelos hasta dónde podemos llegar en la realidad. Pero en ocasiones es al contrario: dejamos las decisiones complejas a las máquinas, a las que hemos dotado de Inteligencia artificial, para que tomen decisiones por nosotros, lo que nos vale de la compleja economía a la evaluación del diagnóstico clínico.

Hay que insistir en la prudencia, lo único que está en nuestras manos, aunque se pierda en instantes. Unas imprudentes palabras dichas por un ministro locuaz, una decisión tomada en un consejo de ministros, dar atención médica clandestina a un líder independentista, etc. son algunas de las pequeñas cosas que han tenido en la política española y en la vida española, porque sus efectos van más allá de lo que recogen los noticiarios. Son decisiones que se acaban trasladando a la vida de las gentes.

En todas partes ocurre, sí. Pero la prudencia hace que intentemos ser conscientes de lo que hacemos y, sobre todo, de lo que puede causar. No necesitamos conocer todos los efectos, que es algo imposible; pero sí podemos imaginar escenarios en los que veamos algunos efectos.

Un accidente de carretera por la imprudencia de dos conductores que hacen carreras causa muertos ajenos cuyas familias verán cambiados sus rumbos para siempre. Un turista fallece en un tiroteo en una sala de fiestas en la que disfrutaba de su tiempo ganado al trabajo; soñaba con hacer ese viaje. Son pequeñas cosas que cambian vidas. Las familias planifican sus actividades según los costes de la electricidad a lo largo del día y establecen cuándo poner una lavadora.

Desde una perspectiva mayor, esos cambios afectan a las sociedades en su conjunto cambiando las vidas de todos. Esa presión nos resulta agotadora porque todo cambia, desde la elección del postre a la de las horas de trabajo.

Estamos ante un tiempo en donde el grado de control sobre los acontecimientos ha variado mucho. Una pandemia, una guerra, una crisis económica, una crisis alimentaria, una crisis migratoria, una crisis energética... Son solo algunas de las facetas que se ven involucradas dentro de la complejidad. Todas ellas actúan sobre nosotros. Nada nos es ajeno, lo queramos o no. Todo llega traducido a nuestros lenguajes, en forma de necesidades, de límites, de cambios.

Podemos simplificar nuestras explicaciones, pero no reduciremos la complejidad de nuestros problemas, la forma en que se conectan unos con otros y nos acaban afectando. La prudencia es necesaria, imprescindible, aunque no basta.



sábado, 9 de mayo de 2020

¿Qué es mejor?

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El artículo publicado en el diario El País titulado "¿Qué es mejor: ir a clase todos los días pocas horas o en semanas alternas?"*, firmado por Ignacio Zafra, evidencia una serie de problemas más allá de los estrictamente educativos. 
El principal de ellos, una obviedad, es que cualquier "problema" implica una serie de perspectivas, de enfoques, partiendo de presupuestos y mentalidades distintas. Quizá sea un efecto extremo de una sociedad acostumbrada a fraccionarlo todo y a la visión del especialista, que, en el fondo, es un recortador de una realidad que es multidimensional. Un especialista es, por definición, una persona que ve el mundo desde un punto de vista y deja a otros especialistas el resto. El problema es cuando descubrimos que la realidad es compleja y comprobamos que las visiones tienden a ser unilaterales y se resuelven muchas veces mediante juegos de poder, es decir, un especialista que se impone a otros especialistas de otros campos.
Lo que la crisis del COVID-19 nos muestra es una realidad de una complejidad inusitada porque deja al descubierto las debilidades de nuestros planteamientos unilaterales y cómo hemos enmascarado nuestra complejidad reduciéndola hasta la simpleza más extrema, hasta hacerla "tratable" descomponiéndola en ítems simplificadores. Pero hay puntos —como nos muestra el artículo— en los que las visiones chocan porque las situaciones no se pueden reducir o, para ser más precisos, los intereses en un modo de percepción no logran situarse por encima de otros.


Nuestra complejidad ha sido controlada por siglos de encaje, de irse puliendo y adaptándose a los cambios, que tienen una velocidad determinada y tratamos de hacer asimilables por medio de reajustes. Hemos pasado de sociedades agrícolas a urbanas, de artesanales a industriales, de usar carros y caballos a reajustar el urbanismo para adaptarlas a los coches y el tráfico; hemos canalizado la información de los medios orales a los impresos y de estos a los digitales y globales. Hemos pulverizado las distancias y hoy hay niños que recorren más kilómetros para ir a su escuela que los que recorrían sus antepasados en toda su vida; pueden tener una beca Erasmus para estudiar en otro país cuando sus abuelos iban, como gran novedad, a Palma de Mallorca en viaje de novios.
En resumen, el mundo ha cambiado constantemente pero con unas velocidades en continua aceleración, como mostró en los años 60 Alvin Toffler en su obra El shock del futuro. Pero el problema ahora no es el del shock que experimentamos por la velocidad. El futuro ha invadido el presente al desmoronarse en pocos días. No creo que haya habido un cambio tan radical del mundo en tan poco tiempo. El gran problema no es la adaptación sino la supervivencia, ya que los cambios deben ser inmediatos y de todo en todas partes.
El fenómeno de lo que está ocurriendo en Estados Unidos, el negacionismo del COVID-19 en diversas formas, desde la que lo negaba directamente hasta la que se resiste a cambiar la forma de vida, tendrá unos efectos devastadores en la sociedad norteamericana lastrando su recuperación o, peor, arrastrándola hacia el fondo de un abismo del que no será fácil salir. Los optimistas piensan que todo cambiará en un momento —el descubrimiento de una vacuna— pero no es tan sencillo, ya que la velocidad de retorno no es la misma que la de cambio. La historia es un río que nos arrastra y cuyas aguas cambian; nosotros también. Vencer al coronavirus no significa volver al pasado, que está definitivamente perdido. Por eso la única discusión real es sobre cómo hacer el futuro. Y para eso tenemos que cambiar las mentalidades viejas, las del mundo pasado.


Nuestra racionalidad industrial y postindustrial no es suficiente para adentrarse en este futuro sin tiempo de reacción. Todo se nos muestra como conflicto porque todo es ahora como una partida de ajedrez con el tiempo limitado a pocos segundos para pensar el movimiento siguiente ante los del rival, que no solo es el coronavirus sino nosotros mismos.
En varias ocasiones hemos señalado que hay un nivel micro, que es el biológico, pero que después existen una serie de niveles que se van haciendo más humanos, sociales y culturales. Hemos dejado a los científicos el nivel biológico. El nivel sanitario es otro nivel, pero ya depende de algo más que la biología. Más allá están los niveles sociales y, más allá, los culturales. Epidemia es un concepto que une lo biológico con lo social, ya que implica la transmisión. Una cosa son los mecanismos biológicos de transmisión o de contagio y otra los mecanismos sociales mediante los cuales se extiende.
La CNN titula hace poco más de una hora "All Seoul bars ordered to shut after spike in coronavirus cases linked to nightclubs". Para los coronavirus el hecho de que el contagio se produzca en un funeral, en una escuela, en una boda o en un night-club es irrelevante, no es su dimensión, no pertenece al nivel micro. No es personal, diría un bromista, aunque luego te envían mensajes sobre el contagio de Boris Johnson: "¡karma!" No, no hay karma ni otras formas de justicia poética.


Los debates y preguntas que se hacen muchas veces a los expertos no buscan más que una justificación para seguir realizando la misma actividad que se hacía de la forma más aproximada a como se realizaba. No hay que engañarse en esto. Es la resistencia al cambio, muchas veces dramática porque implica muchos elementos que cambian radicalmente nuestra forma de vida. Por eso es esencial ser realista y no empeñarse en que nos digan lo que queremos escuchar. Hay que atender a lo que van a ser nuestros cambios reales porque de no ser así corremos el riesgo de que ocurra como en Seúl, que tengan que cerrar los nightclubs porque se habían convertido —haciendo lo mismo que antes— en unos potentes focos de infección y transmisión.

All bars in Seoul have been ordered to close until further notice after a spike in coronavirus cases linked to nightclubs in the South Korean capital.
At a briefing Saturday, Seoul Mayor Park Won-soon said that clubs and bars would all need to shut, effective immediately.
A spike in cases: The order follows a surge in cases connected with nightclubs in Itaewon, a popular nightlife district in Seoul.
On Thursday, a 29-year-old man from the city of Yongin -- on the outskirts of Seoul -- tested positive for the virus. The person visited several clubs in Itaewon on the night of May 1 and the early hours of May 2, according to the Korea Centers for Disease Control and Prevention (KCDC).
Since then, 40 others believed to be connected to the case have tested positive. Of those, 27 are from Seoul.
Tracking partygoers: South Korea has not introduced a nationwide lockdown, but has brought in additional measures to control the coronavirus outbreak. At nightclubs, for instance, people must provide their full name and phone number before entry.
According to Park, 1,946 names were listed on the registry books of the three clubs the 29-year-old visited. Only 647 of those people have been identified.
More cases possible: Kwon Joon-wook, deputy director of the KCDC, also said there may have been more than one source of infection behind the nightclub outbreak. Some of the people who have been confirmed positive visited clubs on different nights from the 29-year-old.
“We’ve put in much efforts and made a lot of sacrifices," Park added Saturday. "Are we just to let this all go to waste because of few people’s carelessness?”**


"Esfuerzos" o "sacrificios", tal como señala el alcalde de Seúl, son conceptos que pertenecen al nivel social. No hay diferencia entre el aula y el night-club; no la hay en el nivel micro o biológico y sí la hay en el social, en donde la importancia de una y otra actividad se percibe claramente.
Los conflictos entre expertos e implicados en el proceso educativo son manifiestos, de los padres (que deben conciliar su trabajo con lo que hagan las instituciones), los médicos y epidemiólogos, los centros educativos (con intereses diversos, de los profesores a los limpiadores, pasando por los administrativos o los autobuses escolares) y las propias instituciones (del Ayuntamiento a la Comunidad y el Ministerio).
Los problemas que se plantean entonces, desplegados sobre la mesa, son muy distintos. Desde la organización del espacio (aulas y demás espacios disponibles, como patios, talleres, gimnasios, pasillos, despachos) y el tiempo (cuántas clases, cuántos días, cuántas horas), hasta las materias impartibles (¿agruparlas?). Se plantea la dimensión tecnológica de las clases presenciales y las online, lo que lleva a problemas que van de la formación (del profesorado y del alumnado), los materiales virtuales (vídeos, publicaciones digitalizadas, etc.), las formas de evaluar (tipo de exámenes, lugar, formas de control), las llamadas brechas tecnológicas que afectan al acceso a las redes, lo que lleva el problema a la calidad, accesibilidad, número de usuarios posibles, mantenimiento, programas, etc.


En dos párrafos del artículo en el diario El País se concentran una parte de las pugnas desatadas en el caso educativo con vistas al próximo curso:

La fórmula concreta se adoptará centro a centro atendiendo a sus características. Los de zonas rurales con pocos alumnos no necesitarán recurrir a la enseñanza online para cumplir las normas de distancia, a menos que la pandemia fuerce un nuevo periodo de confinamiento. Pero en general pedagogos, directores de centros y profesores coinciden en que desde el punto de vista educativo es mejor que vayan todos los días. Mantener una exposición continua a la escuela es crucial para los alumnos más vulnerables y es beneficioso para prácticamente todos, aseguran.
Los epidemiólogos y también los directores y los profesores advierten, en cambio, de que el hecho de que todos los alumnos (y quienes con frecuencia les acompañan) vayan a diario al centro eleva el riesgo sanitario y entraña un desafío logístico superior al que implicaría un sistema de días alternos. Las familias señalan, por su parte, que ni una ni otra opción soluciona por sí misma el grave problema de conciliación que se les viene encima si la escuela mantiene tiempos excepcionales mientras la mayoría de padres tiene que volver a trabajar.*



La reciente crisis en la Comunidad de Madrid evidencia que algunos piensan de la misma forma que los night-clubs de Seúl: la economía primero. El riesgo es evidente y no han tardado mucho en darse cuenta. Unos pocos clientes y unas pocas horas pueden servir para contagiar a una población en pocas semanas.
Hay que superar las diferencias de perspectiva y empezar a reordenarlas para poder conjugar los puntos desde la prioridad. La prioridad debe ser la seguridad. Una escuela es un espacio de concentración y de dispersión, un punto clave, como lo es una estación de metro y ferrocarril o un aeropuerto. Son lugares a los que se va, en donde se entra en contacto con otros y se regresa. La familia es, a la vez, un centro con diversos niveles de contactos laborales, amistades, otros miembros de la familia. Cada uno aporta a la unidad todo aquello por lo que ha pasado cada día... y los demás lo llevan a sus propios recorridos y estancias. Los comportamientos de las familias —su convivencia bajo un mismo techo y grados de contacto— ha sido un factor en la dimensión norte sur de la pandemia en Europa. Habrá que realizar más estudios en esta línea, pero fue uno de los parámetros que algunos usaron para explicar la menor incidencia en países como Alemania o los nórdicos. Todo cuenta en la extensión del COVID-19, las costumbres, los espacios, los ritos sociales, las formas de los hábitats, el tipo de fiestas... Todo.
Mucho me temo que necesitamos un nuevo tipo de expertos. La visión cerrada en una dimensión no va a servir de mucho si las disputas se resuelven ganando una de ellas en sus propuestas, basadas en una falsa dicotomía, seguridad o economía.


La complejidad que percibimos ahora es porque permanecía oculta tras rutinas y hábitos de años. Cualquier alteración hace que se produzcan conflictos. Pero el COVID-19 difícilmente puede ser considerado como "cualquier alteración". Es mucho más y nos obliga a pensar con todo sobre la mesa. De no hacerlo las soluciones a las que se llegue tendrán poco valor o, lo que es peor, puede ser contraproducente, como muestra lo ocurrido en Seúl.
Hay que pensar de otra manera, identificando la realidad, sus conexiones en toda su complejidad. Solo así habrá algo más que soluciones parciales, llenas de conflictos. No hay que preguntarse tanto sobre cómo hacer lo viejo, sino cómo construir lo nuevo más seguro desde lo que ya conocemos y afrontar ese futuro que nos llega y al que llegamos.
Tenemos que empezar a cambiar las preguntas para construir sólidamente y no solo parchear. La incertidumbre sobre cuánto va a durar estos procede de verlo como una tormenta, tras la que llegará la calma. Pero puede que el panorama tras la tormenta no sea el que esperábamos ver.
Algunos campos se están readaptando rápidamente y creciendo. Son pocos todavía, pero han visto la oportunidad. Otros se empeñan en vivir de la manera anterior, esperar a que regrese. Pero ha sido tan fuerte el impacto que requiere la adaptación imaginativa de casi todo. Puede que obsesionarnos en elegir entre lo ya conocido nos impida ver que que quizá la mejor está por encontrarse.
La creciente publicidad que recibimos desde ciertos sectores nos marca las direcciones que algunos ya toman en vez de sentarse a esperar a que escampe. La gente, por mucho que nos empeñemos, decidirá desde su propia seguridad, por lo que se le deberá ofrecer esta y, sobre ella, construir el futuro mejor, menos. Esto es más que una pandemia, algo para lo que habrá que encontrar un término que le haga justicia.


Preguntarse qué es mejor solo tiene sentido si sabemos adónde vamos, algo que necesita más del futuro que diseñemos que de añoranzas del pasado. Hay campos que se tendrán que transformar y eso va de la enseñanza  a los bares de Seúl, del trabajo al ocio, del comercio al turismo o el deporte. La CNN se pregunta si habrá que hacer reservas en las playas. El caso que comenta no es de California, sino de nuestra Galicia. Los británicos ya han dicho que el que se vaya de vacaciones fuera deberá pasar dos semanas de cuarentena al regresar. ¿Lo tendremos en cuenta a la hora de discutir sobre las improbables playas llenas de turistas? Los alemanes han dicho que nada de salir por ahí a ponerse morenos, que se compren lámparas para tostarse. Ante esto, ¿qué es lo mejor? Sin duda: darse cuenta de dónde están los problemas.
Cualquier decisión que tomemos tendrá sus consecuencias, por eso lo mejor es mirar lejos, controlar  y meditar lo que vayamos a hacer. Puede que muchas cosas sea mejor cambiarlas que parchearlas. Necesitamos claridad y visión de futuro, tantear líneas posibles. Hay que asegurarse que cuando nos preguntamos "¿qué es mejor?", algo que tendremos que hacer muy frecuentemente, incluyamos entre las opciones las que sean posibles y no solo lo que nos gustaría. Es puro realismo.
Lo demás es complicado y arriesgado, fuente de nuevos problemas y conflictos de todo orden y en todos los niveles. Es mejor buscar lo nuevo, diseñado desde la seguridad, que lo viejo que ha quedado tocado o hundido.



* Ignacio Zafra "¿Qué es mejor: ir a clase todos los días pocas horas o en semanas alternas?" El País 9/05/2020 https://elpais.com/sociedad/2020-05-09/que-es-mejor-ir-a-clase-todos-los-dias-pocas-horas-o-en-semanas-alternas.html
** "All Seoul bars ordered to shut after spike in coronavirus cases linked to nightclubs" CNN 9/05/2020 https://edition.cnn.com/world/live-news/coronavirus-pandemic-05-09-20-intl/index.html

sábado, 2 de febrero de 2019

Una tierra demasiado conocida

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El artículo aparecido en el diario El País, firmado por Andrea Rizzi  y titulado "La muerte de la Europa socialdemocristiana" puede inscribirse en la larga nómina de textos necrológicos sobre la realidad que vivimos. El título es lo suficiente explícito para saber su proclama y la entradilla nos da más detalles de su explicación: "El fin de la hegemonía de socialdemócratas y democristianos lleva la política europea a 'terra incognita' y pone a esos grupos ante el dilema de abrazar ideas de moda que antes aborrecieron".
La cuestión no es nueva, pero sí cada día más grave. La cuestión no es tanto el proceso de cambio o la "terra incognita", sino que esa tierra sí es conocida o, al menos, es previsible en sus resultados. Lo que aparece como nuevo no lo es, sino más bien una restauración de los modelos más viejos todavía. Más que desconocido, no encontramos en un movimiento pendular que, si no se advierte, puede tener consecuencias graves. No es, por ejemplo, tierra desconocida que hoy mismo los Estados Unidos den por concluido el tratado nuclear que garantizaba que no aumentarían las armas nucleares en el mundo. No es un paso hacia lo desconocido, si hacía lo muy conocido, hacia una guerra fría vivida con intensidad, caliente en  muchos puntos del globo. Las tensiones en Corea del Norte o Venezuela se asemejan demasiado a lo ya vivido en tiempos y solo la ignorancia o la ceguera interesada o patológica pueden ocultarlo.
El artículo va repasando la crisis de las dos familias europeas, la democristiana y la socialista, que crearon la Europa que hoy vivimos y a las que se responsabiliza de no saber gestionar la crisis que comenzó en 2008 y por ello ser desbordadas por las nuevas políticas que han tomado posiciones en estos años hasta reducirlas en tamaño y en poder en nuestro continente.


De nuevo se ignora que la socialdemocracia y la democracia cristiana fuero los grupos minoritarios en la Europa que quedó en manos de los grupos que arrastraron hacia la guerra mundial, resultado entre otros factores de las crisis económicas producida tras la Primera y la crisis económica del 29, que tuvo sus efectos mundiales. Los que sacaron adelante Europa fueron los partidos que estaban al margen de los nacionalismos y del fascismo en cualquiera de sus versiones. Se buscó la moderación porque lo que se había vencido era al radicalismo que muchos proclaman como una salvación: xenofobia, racismo, nacionalismo, etc. Olvidamos que esta pacífica Europa, turística Europa, industrial Europa, llevaba siglos matándose, disputando reinos y fronteras, que el siglo XIX plantó a Napoleón en Rusia al frente de los Ejércitos, que Alemania y Francia habían estado en guerra. El siglo XX no mejoró nada, sino que empeoró con las dos guerras que nacieron en Europa, hijas de nuestros nacionalismos, y que se extendieron por el planeta, dejando millones y millones de muertos, abriendo la puerta al desastre nuclear.

A la gente ya no le gusta ver cine viejo, pero sería buena idea empezar a enseñar a los jóvenes ese cine en blanco y negro rodado entre las ruinas de Italia, Francia, Alemania, Austria, etc. Sería una buena lección. Hace unos días veía una película como El tercer hombre, con un Viena llena de ruinas, dividida en sectores controlados por policías de las cuatro fuerzas patrullando por sus calles. Deberían verse muchas de estas viejas películas para ver qué quedó entonces de Europa y que es lo que hay en nuestra quejumbrosa actual.

Lo preocupante no es que nuestra política vaya hacia "terra ignota" o "terra incognita". Lo preocupante realmente es que esa tierra es conocida, lo queramos o no. La división de Europa es un objetivo que muchos guardan y otros no esconden. Se vuelve a apelar al nacionalismo y a la exclusión. El Brexit está siendo un buen ejemplo del que deberíamos aprender. Ha sembrado la discordia nacional ante lo que se preveía como un renacimiento británico, la venta del nuevo "Rule, Britannia!". Los más resistentes a esta vieja retórica, como muestran las estadísticas, es que han sido los viejos los que han querido volver a las viejas ideas, fácilmente amedrentados por la inseguridad. Por contra, han sido los más jóvenes los resistentes al Brexit y los que reclaman su europeidad. Esto debería hacernos reflexionar sobre la crisis en sí y sobre los móviles que la han aprovechado para volver a una crisis mundial que se está gestando y de la que somos simples peones.
Basta con ver los objetivos de la política exterior norteamericana para comprender que la división del mundo en dos bloques vuelve a ser un objetivo en el que los Estados Unidos tratan de recuperar el poder que consideran que han perdido y que ha permitido a sus antiguos oponentes salir a disputar en la economía. Lo estamos viendo con Europa y, sobre todo, con China, cuyo liderazgo económico y tecnológico espanta a los Estados Unidos. Lo tenemos todos los días en los titulares.


Las políticas de Trump pasan claramente por la debilitación de los agentes y por el miedo. Lo que se acaba de abrir es de nuevo la carrera armamentística que los historiadores nos dicen acabó con el sistema soviético incapaz de competir y obligado a invertir en defensa hasta su desmoronamiento. Con esta crisis, Trump espera que tenga que aumentar la dependencia europea de Europa, que deberá pagar por la protección. Atrincherado en su continente, Trump crea inestabilidad en el resto del mundo haciendo que Europa, Japón y Corea, por ejemplo, deban verse sometidos a sus dictados. Nosotros tenemos el conflicto ucraniano en las puertas, con una invasión rusa de territorio. No es un invento, es la realidad. Los ucranianos sacan la bandera euopea como defensa. 
El desmoronamiento de Europa como potencia es un objetivo de "Mr. Brexit", como Trump pidió ser llamado desde su misma campaña electoral a la presidencia. En su teoría, los países prosperan porque Estados Unidos les protege demasiado generosamente y después de crecer compiten deslealmente con ellos.
El artículo del País nos lleva hacia una zona específica de explicaciones para justificar las pérdidas de apoyo de las dos "familias" que considera que construyeron la Europa actualmente en crisis:

¿Qué pasó? Obviamente ambos pagan ser considerados los demiurgos del sistema que alumbró una crisis monstruosa. La alimentaron o al menos no supieron prevenirla. Pero además de las culpas pasadas, se encuentran incómodos en las nuevas líneas de combate político. Nacionalismo y populismo no están en su ADN: sus padres fundadores y grandes líderes -¡Adenauer!, ¡De Gasperi!, ¡Mitterrand/Delors!, ¡Kohl!- los aborrecieron. Tampoco tienen credibilidad como adalides de las sociedades abiertas y modernas, para lo cual están mucho mejor situados liberales y verdes.
Ahora por tanto los democristianos afrontan el dilema de si abjurar y abrazar un poco de retórica nacionalista para frenar la estampida hacia las derechas radicales (Liga, lepenismo, Vox); los socialdemócratas encaran un dilema especular, pero en el ámbito de si concederse al espíritu populista para contrarrestar las formaciones a su izquierda (Podemos, Syriza) que, al menos en algún momento, han coqueteado con ese utillaje.
El contrato social que aupó y mantuvo en el poder a esas dos grandes familias preveía progreso con cohesión social. Democristianos y socialdemócratas traicionaron esa promesa y sobreseyeron sociedades cada vez más desiguales. Tras el desgarro de 2008, muchos ven en el nacionalismo de derechas y el populismo de izquierda la mejor garantía para recuperar esa misma cohesión social.
Así, estos venerables ancianos políticos deambulan en la oscuridad en busca de ese luminoso tiempo perdido. El sabor o el olor de la magdalena y los espinos blancos pueden recordarlo a veces, pero nada más. Porque, aunque hay mucha nostalgia, ese tiempo se fue y no volverá. Esa Europa murió.



El dilema que se plantea aquí lo hemos atendido en varias ocasiones. La idea de unos partidos "móviles" detrás de los electores cada vez que estos se radicalizan está sobre la mesa. O los partidos son un modelo faro mantienen su propia línea de renovación ideológica para avanzar en sus ofertas a la sociedad planteando soluciones desde un perspectiva determinada o, por el contrario, son camaleónicas agrupaciones que tienden a dejarse llevar por aquello que les garantiza el poder.
La crisis europea es más profunda y se refiera a la falta de avances en la construcción debido al miedo de los gobiernos a seguir perdiendo poder local. Esto se refleja en el lugar secundario que de forma suicida han estado dando a las elecciones europeas y que han sabido aprovechar los euro escépticos para encontrar su lugar desde el que dinamitar las instituciones, como ha hecho Farage, por ejemplo. No han tenido problema en decirlo: su objetivo es la destrucción de Europa. Los gobiernos locales han presentado Europa no como un objetivo de transformación sino como un lugar lejano en el que se conseguían o perdían cosas. Poco más. Era una posición cómoda que se ha ido complicando con las actitudes de gobiernos, como los de Polonia, Hungría, etc., que han jugado claramente contra Europa y ha recibido recompensas desde fuera por ello.
Resaltan el artículo los nombres de los grandes políticos que hicieron posible la Europa unida. Quizá ahí este parte de la clave humana de los sucedido. Ha cambiado Europa, sí, pero ha cambiado el material humano que llega a la política. En España no tenemos  más que ver la calidad repartida por el espectro político. La mitad de los políticos de estas décadas se encuentran bajo condena o en juicios pendientes. Eso dice mucho de lo que va a la política, de su capacidad de entrega y de sus conocimientos. Esa es la mayor debilidad que tenemos, la ausencia de políticos fiables, personas realmente que reúnan las cualidades necesarias en todos los órdenes para gestionar e ilusionar a la gente.


Lo que se ha abierto paso es la demagogia y la manipulación, un ideal de fuerza capaz de dar solución a todo, como ha hecho Trump. Los cambios hoy no son sencillos de explicar por la multiplicidad de factores que han hecho que las políticas no sean ya locales, sino globales. Estamos jugando todos en tableros muchos más grandes de los que nos imaginamos. En cada nivel, emergen nuevas situaciones de complejidad formadas por la cantidad de elementos que interactúan. Cada nivel puede tener consciencia de lo que le rodea, pero no es fácil conectar todo de forma ascendente y descendente.
No hay tierra ignota. Lo único que tenemos es la historia. Lo desconocido es lo complejo, hasta dónde somos capaces de mirar y ver con claridad el origen de los problemas, pero, sobre todo, el desenlace de nuestras acciones y decisiones. 
Es lo que se plantean ahora en Reino Unido. Lanzaron la piedra pero no saben nada de qué les puede acarrear lo que han hecho. Han sido animados a lanzarse al abismo. Y lo que van sabiendo de lo que puede ocurrir no les gusta o les causa más miedo que lo que tenían. 
Nuestro drama político es la toma de decisiones ante grandes cantidades de incertidumbre, algo connatural al aumento de la complejidad que implica ascender niveles en las relaciones. Las viejas políticas de alianzas europeas fueron las que arrastraron a las guerras. Hoy tenemos alianzas constructivas y no defensivas de unos frente a los otros. Lo que carecemos es de políticos suficientes con una visión amplia de los problemas, sus orígenes y consecuencias. Hay demasiado aventurerismo en la política actual. Hace falta sensatez, conocimiento y responsabilidad. No es lo que vemos.


El fraccionamiento de Europa o la aparición de populismos y nacionalismos no requiere de que los grupos políticos asuman sus planteamientos, sino lo contrario, que se aborden con firmeza los problemas derivados de esa crisis cuyo origen se remonta a la propia Gran Bretaña y las políticas de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, que fue cuando se comenzó a desmontar el edificio creado tras la guerra, la idea del Estado de Bienestar, para asegurar la concordia y la prosperidad. Esas han sido realmente las políticas que nos han llevado a un universo angustiado, como el que hoy tenemos en el mundo. Aquellas políticas han traído inestabilidad y sobre todo, como se menciona en el artículo, desigualdad social, fuente de problemas a medio y largo plazo.
No creo en absoluto que la medicina para este cuadro sea ni el populismo radical ni mucho menos el nacionalismo de cualquier tipo, que siempre se basa en el principio de que solos se vive mejor y los otros son un lastre.
Los problemas planetarios no se pueden negar ni ignorar, como hace Donald Trump. Unas políticas aisladas o de imposición, como es la política norteamericana actual, son gravemente peligrosas para todos, porque no se puede jugar demasiado con el cántaro. No porque traigan solo incertidumbre a los mercados, como se suele decir, sino porque traen riesgos reales peligrosos (Corea del Norte, Siria, Afganistán, Venezuela, Yemen, Irán...).


Hoy podemos apuntarnos a una visita turística por la Viena de Harry Lime, el criminal estraperlista de El tercer hombre. Podemos ver las casas señoriales sin las ruinas por las que se producían las persecuciones. Es la misma Viena pero limpiada de un pasado oscuro. 
La tierra a la que nos llevan no es desconocida y sí, por el contrario, ampliamente experimentada y superada en el pasado. Volver a situaciones así no es inteligente. Pero parece que el olvido y la ignorancia son el caldo de cultivo de los desastres. Los que almacenan la gasolina junto a la leña nunca creen que pase nada. Hasta que pasa.



* Andrea Rizzi "La muerte de la Europa socialdemocristiana" El País 2/02/2019 https://elpais.com/internacional/2019/02/01/actualidad/1549040447_266389.html





sábado, 14 de abril de 2018

La guerra poliédrica


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Todas las guerras son complejas, pero unas los son más que otras. Y la guerra de Siria lo es en grado superior a la media, si es que es posible establecer algún tipo de medida. La máxima sencillez o la mínima complejidad la tenemos en aquellos casos en los que el enfrentamiento es cosa de dos y el motivo de la disputa es claro. En Siria ni es cosa de dos ni están claros los intereses de cada uno.
La guerra comenzó como un efecto de la Primavera Árabe. El movimiento que sacudió a todos los países mostró claramente cómo en cada uno de ellos las respuestas y los resultados eran distintos. Una serie de países controlados por grupos autoritarios de diferente cariz estallaban en demandas de mayores libertades, de apertura hacia el mundo, con demandas que oscilaban de libertad política al uso de internet, de las demandas de las mujeres al uso de Facebook. En cada país, de Túnez a Yemen, pasando por Libia, Egipto, Siria... había llegado el final del club de los dictadores: de Gadafi, Mubarak, Ali...
Siria pronto tuvo una peculiaridad distinta. Alguien decidió que había que sostener al régimen de los Asad, una dictadura familiar, a la contra de las de la zona, una dictadura chiita sobre un pueblo dividido, con sunís, lo que le dio un cariz civil a la guerra pero una división religiosa, estableciendo las alianzas y las oposiciones con los demás países de la zona. Así, Siria es apoyada por los chiitas de de Irán y los de Líbano, mientras que es combatida desde países con regímenes distintos, como Arabia Saudí y sus propios aliados, o los kurdos, que a su vez se ven enfrentados a la Turquía islamista de Erdogan.


La complejidad proviene del número de agentes participantes y de la diversidad del tipo de relación, positiva y negativa, que mantienen entre ellos. La complejidad del caso es lo que ha hecho a muchos países, especialmente en Occidente, pensar en qué es preferible si una cruel dictadura apoyada por Irán, Turquía (miembro de la OTAN) y Rusia, que tiene allí sus bases principales en la zona, o un hipotético gobierno islamista en el caso de que la parte combatiente yihadista suní se hiciera con el poder.
La guerra contra el Estado Islámico que trataba de fundar un califato (inicial) entre Irak y Siria, la guerra de los turcos contra los kurdos que quieren realizar su propia república para unificar a su pueblo, la guerra civil por el poder en la propia Siria, a lo que hay que añadir el fenómeno del yihadismo internacional, convirtiendo la zona en campo de entrenamiento para el terrorismo futuro, han hecho de Siria una guerra interminable e incesante, con niveles de crueldad extraordinarios, que ha dejado ciudades enteras convertidas en ruinas fantasmales, con poblaciones refugiadas o convertidas en rehenes de los ocupantes de turno, bombardeadas sin piedad. Las cifras de muertos se estiman en cerca de medio millón de muertos y los desplazados han extendido el conflicto hacia las zonas vecinas y un terrible éxodo hacia una Europa dividida, con un Mediterráneo convertido en fría tumba que arroja los cadáveres a las playas o se los traga para no aparecer jamás.


La población vive un auténtico martirio en mitad de una guerra en la que no hay piedad porque no hay posibilidad de diálogo en mitad del odio sectario. La guerra de Siria es de la que no quiere dejar atrás cabos sueltos. Si algo saben es que el enemigo vivo volverá, por lo que se le mata o desplaza. Es una guerra caótica, sin espacio para acuerdos, sin interlocutores claros. Caótica en el escenario, caótica en las mesas de negociación.
El ingrediente final en esta situación de alta complejidad son las armas usadas. A los conflictos religiosos, a los conflictos de las influencias en la zona, etc. se le suma la cuestión de las armas químicas. Esta noche, Estados Unidos, Reino Unido y Francia han realizado un ataque selectivo a instalaciones sirias de producción de armamento. El ataque es la portada de todos medios informativos. El diario El País señala:

Consciente de que el tablero sirio encierra a más de un jugador, el mandatario se dirigió enfáticamente a los aliados de Damasco. “A Irán y a Rusia, les pregunto: ¿qué clase de nación quiere ser asociada al asesinato masivo de hombres, mujeres y niños inocentes? Ninguna nación puede tener éxito a largo plazo promoviendo estados fallidos, tiranos brutales y dictadores asesinos. Rusia debe decidir si prosigue por la senda oscura o si va a sumarse a las naciones civilizadas como una fuerza de estabilidad y paz. Ojalá algún día podamos ir con Rusia, e incluso con Irán”, afirmó.*


Quizá Trump no debería lanzar ese tipo de preguntas porque puede que alguien no la perciba como retórica y le conteste. Pero no es esta la cuestión ahora sobre el mencionado tablero. La pregunta será ignorada por rusos e iraníes que verán en el ataque un desafío.
Por más que se avisara a los rusos del ataque para evitar una confrontación directa en el caso de que se produjeran bajas entre los militares que están combatiendo allí, Rusia no puede dejar pasar una situación como esta ya que precisamente su juego es mostrarse como un apoyo firme de Al-Asad. Estarán buscando ya, si no lo han hecho ya, desplegar algún ataque sobre objetivos apoyados por los Estados Unidos para dejar claro que ellos están allí y que no hay final del conflicto que aleje a Al-Asad del poder.
La estrategia rusa ha sido apoyar a sus propios dictadores. Mientras que Obama sentía ciertos escrúpulos en ello, Trump prefiere mostrar la eficiencia y que no existe más potencia que los Estados Unidos. Obama ya cometió ese error al calificar a Rusia como una potencia regional y Putin se dedicó a demostrarle lo contrario acercándose allí donde los Estados Unidos presionaba, como en el caso de Egipto, en donde Putin fue recibido como un héroe salvador, con las avenidas sobre el Nilo engalanadas con su retrato. Allí donde Estados Unidos, aparece Putin. Eso es válido para las visitas a Moscú de Alexis Tsipras o Recep Tayyip Erdogan, cuando tratan de mostrar a Europa o a Estados Unidos que siempre podrán pasarse al bando del Kremlin si se les presiona.


Estados Unidos, Reino Unido y Francia han bombardeado las instalaciones militares de Al-Assad. Han dicho que es una respuesta al ataque con armas químicas. No es la primera vez que se hace un ataque desde esta definición de intenciones. Pero eso tendrá una evaluación diferente en los países afectados, lo que aumentará el grado de riesgo al no estar quietos y responder de una forma u otra.
La complejidad de guerra siria está comprometiendo a las instituciones, como es el caso de la Naciones Unidas y el Consejo de Seguridad, que ha quedado paralizado por la capacidad de veto en esta reedición de la Guerra Fría. Igualmente está comprometiendo a los estados vecinos o próximos que se ven afectados por el resultado que pueda tener, como es el caso de Israel, otro interviniente más o menos silencioso.
Las relaciones de la Unión Europea y Estados Unidos con Turquía se verán afectadas por su apoyo a Al-Asad, lo mismo que ocurrirá con la OTAN, de la que forma parte. No es fácil tener un aliado militar que está aliado también con tus rivales, Rusia, Irán y Siria. No es fácil que tu aliado bombardee a los kurdos, a los que Estados Unidos apoya y que han tenido un papel crucial en la guerra contra el Estado Islámico.
Las guerras de Siria son muchas guerras. Unas tienen oponentes claros, otras no. Pero la mezcla de todas ellas en un mismo escenario la convierten en un caso de difícil solución. Han fracasado todas las iniciativas políticas porque implicaría negociar la salida de Bachar Al-Asad y eso es lo que Rusia nunca ha querido para no perder su posición estratégica en la zona. Siria es un socio en muchas dimensiones.


La preocupación es grande sobre el destino de todos los que están luchando. Muchos acabarán exiliados; otros se dedicarán al terrorismo dentro y fuera. Están los que se reagruparán para intentar apoyar otras causas en lo que perciben como un escenario global e lucha intercultural, es decir, contra Occidente.
De la guerra vemos sus efectos destructivos —esas ciudades fantasmas, esos cadáveres, esas víctimas sacadas de los escombros, esos bombardeos...—, percibimos también sus efectos a través de los refugiados —los que llegan, los que no llegan; los acogidos, los rechazados, aquellos de los que se abusa en los campos de los países vecinos...—, pero no percibimos muchos otros efectos sobre las personas. Las guerras civiles son terribles por las brechas que abren, por los odios que siembran, máxime si se ha entremezclado la religión y el sectarismo extremo.

La guerra de siria está sirviendo además como argumento de que más vale un mal dictador que una democracia inestable. Eso no es bueno y solo sirve para promocionar dictaduras. Las dictaduras solo son "estables" artificialmente, es decir, mediante la represión. Acaban produciendo los estallidos populares ante las miradas cómplices de aquellos que anteponen sus propias tranquilidades a las libertades de los demás, lo que no es una buena forma de vivir tranquilo.
Las recriminaciones de Trump a Rusia e Irán por tener amigos como Siria se podría hacer extensiva a los propios Estados Unidos en muchos momentos de la historia o actualmente. Lo que se ha roto es el consenso sobre la necesidad de ir hacia un mundo mejor al anteponer los criterios económicos a los morales. El propio Trump es lo que ha conseguido con su "América First", una declaración de egoísmo a la vez que pretende convertirse en eje moral mundial. Hasta hace unos hablaba de retirarse de Siria. Hoy toca la lección. Quizá el régimen de Bachar Al-Asad no habría recurrido a las armas químicas si Trump no hubiera dicho que se retiraba de Siria.
Ahora queda por ver la reacción de la opinión pública norteamericana, que ha escuchado previamente de Trump palabras de distanciamiento. Queda por ver si no lo interpretan como una especie de maniobra de despiste respecto a sus propios problemas, como un intento de mostrar músculo. Algunas informaciones y titulares de The New York Times y de The Washington Post ya van en ese sentido.
En esto consiste precisamente la complejidad, en el denso entramado que une las acciones de los involucrados. Algunas reglas: 1) Nada ocurre sin transcendencia; 2) lo que ocurre afecta a todos los agentes en distintas formas y con efectos sobre sus otras conexiones y 3) no podemos controlar todas las consecuencias de lo que hacemos. Son tres reglas que se hacen más evidentes cuanto mayor es el tejido, el complexus.
La guerra de Siria es una guerra más allá de Siria, tanto en el tiempo como en el espacio. No terminará cuando se diga que ha terminado y no tiene las fronteras que se le señalan. Es poliédrica y compleja, inacabable e imprevisible no tanto en su fin como en sus consecuencias. Es un enorme fracaso colectivo.
 
The New York Times 13/04/2018

* "Estados Unidos bombardea Siria en coalición con Francia y Reino Unido" El País 14/04/2018 https://elpais.com/internacional/2018/04/12/estados_unidos/1523484257_806219.html