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sábado, 2 de agosto de 2025

El agresivo presidencialismo de Trump

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Al mundo no le es fácil sustraerse a los actos y palabras de Donald Trump, que es algo más que presidente de los Estados Unidos. La variedad de titulares y frentes nos hacen ser plenamente consciente que su presidencia establece nuevos límites y funciones que anteriormente no habían sido explorados.

Lo primero que el noticiario de RTVE.es nos contaba era el envío de dos submarinos nucleares hacia Rusia y la amenaza sobre el fin de la guerra en Ucrania, sobre cuyo desarrollo no ha dejado de actuar en una dirección u otra según soplaran los vientos del momento.

Como reconocen muchos, el problema con Trump no es solo lo que hace o puede hacer sino la enorme incertidumbre que genera. En un mundo que se ha convertido en "mercado", la incertidumbre es el mal que temen las corrientes de intereses que lo recorren.

Nos quedamos en lo anecdótico, como que se quede con una medalla deportiva o decir que no le molestaría ser "papa", pero lo malo está tanto en lo que hace como en lo que los demás piensan que pueda hacer. Ese es el rasgo más daño hace y por el que le temen. Nada parece que pueda fijarle límites y él se mueve en todas direcciones. El problema es que lo hace fuera del marco de su país y sus efectos llegan hasta los confines del planeta en todos los órdenes.

Me llama la atención un párrafo de Marshall McLuhan, profeta de tantas cosas, sobre lo característico de la presidencia norteamericana en su "Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano" (1964). En el inicio de la obra, señala que

Aparte de la monarquía, la Revolución Norteamericana no tenía ninguna institución legal medieval que descartar o erradicar. Por otra parte, muchos han sostenido que la presidencia estadounidense se ha vuelto mucho más personal y monárquica de lo que pudo ser nunca ningún monarca europeo.* 

El problema con Trump no es solo que sea "más personal y monárquica", sino que a esa idea de poder "absoluto" se añade la imprevisión, por no utilizar otras expresiones más duras que pongan en cuestión su forma de funcionar. Siempre hemos sabido del "personalismo" de la figura presidencial norteamericana, pero Trump le ha dado un peligroso sentido nuevo cuando puede amenazar desde su propia percepción distorsionada del poder.

Antes de que llegara por segunda vez al poder, nos llamó la atención una respuesta que dio en 2002 a preguntas sobre su película favorita, Ciudadano Kane. Quién seleccionó a Trump para hablar de Kane sabía lo que hacía. Trump no entendía, según contestó, para qué servía el poder si no se divorciaba; el poder es precisamente lo que te permite tener lo que quieres.

Me pareció en su momento que la respuesta dejaba al descubierto la mentalidad de Trump: ¿de qué te sirve ser presidente de los Estados Unido, el país más poderoso del mundo, si no puedes conseguir lo que quieres? Y ese "lo que quieres" no tiene límites ni matices.

Hoy Trump tiene el poder absoluto y, con él, posee la "verdad" absoluta, algo que se produce cada vez que nos explica el funcionamiento del mundo que controla. El mundo según Trump es sencillo: lo bueno es obra suya; lo malo de los demás.

Dos noticias superpuestas en el diario El País nos muestran dos caras de Trump: "EE UU envía dos submarinos nucleares a zonas cercanas a Rusia" y "Trump despide a su responsable de Estadísticas Laborales por los malos datos de empleo en julio". La primera, se nos dice, responde a las palabras despectiva que el expresidente ruso, Dimitri Medvédev, le ha dedicado. Trump, que no deja de insultar a media humanidad, responde enviando submarinos nucleares con el riesgo que supone de adentrarse en un conflicto. El despido de la responsable de las estadísticas del paro norteamericano, señala, forma parte de una conspiración política que supone aportar datos negativos. No es la primera vez que aplica estos argumentos conspirativos para tapar los efectos negativos que puedan producir sus acciones.

Ambas noticias forman parte de esa mentalidad absolutista, arbitraria y sin límite que le caracteriza y que McLuhan anticipaba como posibilidad. Al no tener esos modelos autoritarios, el sistema presidencialista norteamericano se muestra en toda su crudeza y arbitrariedad.

Una de las clásicas críticas al modelo democrático hacía hincapié en el peligro de "elegir mal", de que el "pueblo" fuera víctima de los demagogos. Trump se enfrenta diariamente a los poderes de equilibrio, de la prensa a los jueces, pasando por los que se le oponen en ambos partidos, contra los que arremete a la más mínima. Lo preocupante son los "apoyos" populares que cosecha y le siguen como a un iluminado, 

Los grandes poderes económicos tienen claro qué buscan y encuentran, aunque cada vez sea más difícil tener planes con tanta variabilidad e incertidumbre. Pero ¿qué saca el pueblo? Eso es lo que está poco claro y cuando las cifras del desempleo aumentan, según Trump, es una conspiración.

Trump no ve límites a sus actuaciones. El mundo es su escenario. Presiona, amenaza, cambia de opinión constantemente. Eso no es bueno para nadie. Es lo que McLuhan supo ver como problema de la institución presidencial, que podía traer un "presidente absoluto". Había que esperar a que apareciera el peor presidente para comprobarlo.

domingo, 16 de junio de 2024

Interinidad y tarot en la España incierta

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

En RTVE.es hacen un repaso de la regañina que la Justicia europea le ha echado a España por lo que llaman "abusos de la interinidad", es decir, gente a la que condenan a vivir a la espera de que puedan acceder a una fórmula laboral estable. Esto viene a ser algo casi mágico en las administraciones, donde se acumulan personas que no saben qué va a ocurrir con ellos al día siguiente.

La noticia nos da cuenta de la postura del Tribunal tras la reclamación de tres trabajadoras:

La sentencia en cuestión se refiere a tres trabajadoras que acumulan más de 37, 33 y 19 años de experiencia respectivamente en la Administración catalana, aunque el fallo del TJUE resuena para más de un millón de personas en situación similar, de acuerdo con el abogado Araúz de Robles: profesionales de oficina, enfermería, medicina, educación y cualquier otro ámbito, siempre que se trabaje para el sector público.

El sindicato CSIF lo cifra, en cambio, en 800.000 trabajadores y trabajadoras interinas en las administraciones públicas, el 30% de las plantillas. Su presidente, Miguel Borra, ha reiterado en una entrevista en Las Mañanas de RNE, momentos antes de conocerse la última sentencia del TJUE, que los tribunales hasta ahora se han referido únicamente a "casos concretos", un recordatorio para prevenir de las interpretaciones de "algunos juristas" que defienden la posibilidad de una trasposición generalizada.* 

Las dimensiones de la "España interina" pueden ser enormes. Ese 30% de las plantillas que se aventura es una parte. La proliferación de contratos renovables cada cierto periodo de tiempo no solo crea cierta inseguridad laboral, sino inestabilidad emocional, acumula estrés y tensiones, en algunos casos con trágicas consecuencias, como algún caso que conozco.

La España interina es la celebración de la inseguridad, la gran fiesta que permite decir que se reduce el paro, que se transforma en espera. Ya no estás "parado" sino "esperando", un eufemismo que es difícil de tragar cuando le toca a uno.

La interinidad, la temporalidad, es decir, la inseguridad laboral en lo público y en lo privado nos da como imagen la de un país llevado al límite durante años, bajo presión. ¿Cómo es posible pasarse los 37, 33 y 19 años sin resolver algo tan sustancial como es la estabilidad laboral? ¿Qué administración hace esto, qué trabajadores lo soportan?

La única respuesta se sitúa entre dos polos, el de la incompetencia y la desidia, por un lado, y el control por el miedo, por otro. Ambos no son excluyentes. La incapacidad de organizar la administración es patente y tiene mucho que  ver con la politización de sus capas. El miedo es otro factor que hace que ante la inestabilidad laboral, se sea menos "conflictivo"; el que está bajo incertidumbre acepta mejor muchas cosas, protesta menos.

En las empresas privadas ocurre igual. Los contratos de fin de semana o de periodos muy cortos hacen que estos se acumulen. Muchos trabajadores enseñan en las entrevistas las carpetas llenas de contratos. Despidos y readmisiones continuos. Esto siempre es defendido como "una necesidad" por la patronal y muchas empresas presumen de sus récords de beneficios mientras despiden trabajadores, desarrollan automatismos, piden ERE, etc.

Esto nos da esa España interina, una España cada vez más preocupada por el día siguiente, lo que afecta a la vida en todas sus dimensiones, a la vida personal y social. La gente no se puede casar porque no tiene estabilidad; los hijos, incapaces de hacerse con casa propia y emanciparse siguen viviendo de las ayudas familiares, sobre las que vuelve a caer la responsabilidad de mantenerlos.

Con esto crecen las diferencias sociales. Se han perdido los límites morales del enriquecimiento, es decir, la solidaridad social; no hay más responsabilidad que la de hacerse rico de cualquier manera. De esta forma aumenta la delincuencia, que se considera un camino viable, ¿por qué no? si otros lo siguen y llega muy arriba.

Ante esta situación de incertidumbre, me llama la atención una noticia en el diario 20minutos, con el titular "La edad de oro del tarot: "Me ayuda a quitarme la incertidumbre sobre el futuro"". Ante el panorama anterior descrito con la interinidad, la sociedad, aprovechando lo que los economistas llaman la "oportunidad de mercado", surge toda una oferta para satisfacer la demanda, el tarot.

Una pizza, un cóctel y una pregunta a la tarotista. Esta es la peculiar oferta que La Margherita, una pizzería con una agradable terraza ubicada en el barrio madrileño de Acacias, hace a sus clientes desde hace tres años los martes y jueves. Un reclamo que parece estar funcionando y que habla mucho del momento dulce del tarot. Una práctica minoritaria hace pocos años que ha abierto nuevos horizontes desde el confinamiento de 2020, llegando a espacios anteriormente insospechados como este.

"Empezaron a ver que era algo que la gente buscaba y quisieron hacerlo más cercano a la población", explica Belén Cerdeira, la responsable de redes sociales de la pizzería. "Tenemos dos tarotistas en plantilla que vienen aquí y se van turnando una y otra. En función del volumen de gente que haya, pues viene una o vienen las dos. La acogida está siendo muy buena, a la gente le encanta".**


Dicen en el artículo que antes era gente mayor y ahora más gente joven, que antes se preguntaba por el amor y ahora más por "el crecimiento personal". El futuro preocupa y el tarot es una vía. Da igual que se crea en él o no. Son los tiempos de incertidumbre los que hacen acercarse a fórmulas mágicas o políticas. Crees a aquel que te dice qué este espera, para bien o para mal.

Un país sumido en la incertidumbre es manipulable y, sobre todo, débil, estresado. Si el futuro es incierto, el presente se vuelve angustioso y se vive tratando de no pensar, porque eso agota. No necesitamos tarot, sino soluciones, claridad de futuro, más solidaridad, escuchar las demandas sociales. Hay que cumplir sueños, pero para eso hay que tenerlos. 

El Economista 3/04/2024

 

* Sofía Soler "La justicia europea ante el "abuso" de los interinos en España: claves de la última sentencia" RTVE.es 13/06/2024 https://www.rtve.es/noticias/20240613/claves-sentencia-europea-interinos-abuso-temporalidad/16145963.shtml

** Pablo Rodero "La edad de oro del tarot: "Me ayuda a quitarme la incertidumbre sobre el futuro"" 20minutos 15/06/2024 https://www.20minutos.es/noticia/5476143/0/edad-oro-tarot-me-ayuda-quitarme-incertidumbre-sobre-futuro/?homeAutoplay

domingo, 16 de enero de 2022

De la incertidumbre científica a la incertidumbre jurídica

Joaquín Mª Aguirre (UCM)


Creo que estamos llegando a un punto, un punto extraño del comportamiento en el que se han difuminado las reacciones ante la vacuna. Nos han hablado esta semana de una jueza que ha dado la razón a una madre que —en contra de su hijo de 15 años y de su ex marido— ha dicho que "hay incertidumbre científica" en esto de vacunarse. No deja de ser sorprendente y altamente peligroso, teniendo en cuenta que los jueces en estas edades tienen en cuenta los deseos de los menores para cosas importantes. La sentencia ha causado, cuanto menos, intranquilidad.

La Vanguardia nos dice:

La jueza ha decidido dar la razón a la madre y apoyar su criterio de no vacunar al menor por la “incertidumbre científica” que existe sobre la vacuna y las consecuencias a medio y largo plazo de su administración. El auto se sustenta en el “principio de prudencia” para posicionarse del lado de la madre, que está divorciada del padre del menor.

El joven, que compareció ante la jueza el 1 de diciembre, manifestó su deseo de vacunarse al entender que la vacuna es “confiable” y que “los no vacunados lo pasan peor al contraer el virus”. Sin embargo, la jueza ha decidido respaldar a la madre debido a la “abundante documentación médica y científica sobre la vacuna” aportada por la madre y teniendo en cuenta que por parte del padre y del Ministerio Fiscal “no se aporta ni propone prueba alguna”.* 


¿Por qué ir en contra de la opinión del menor de 15 años, que quiere vacunarse? No creo que este tipo de sentencias tengan sentido porque lo que hayan podido aportar o dejar de aportar no tiene ningún sentido ante lo apabullante de las evidencias científicas de la vacuna en todo el mundo. Hay que respetar a la Justicia, pero la justicia debe respetarse a sí misma. En este caso ignora todas las evidencias que por obviedad no han necesitado presentarse. Es como tener que demostrar que los platillos volantes no existen o que no hay otro mundo más allá de la muerte.

¿A qué llama su señoría "incertidumbre científica"? Hay algo que falla claramente en este caso. ¿Qué ocurrirá si mañana el joven se contagia? ¿Qué dirán entonces los jueces?

Desde el principio de la pandemia, ha habido muchas decisiones judiciales sorprendentes. Esta lo es por su propio razonamiento, tal como se nos expresa en los medios. Los fundamentos y razonamientos no dejan de sorprendernos, especialmente por la forma en que se maneja la balanza entre los pro y los contra de vacunarse, que van en contra de todo lo que se está haciendo desde todos los ámbitos sanitarios, con las excepciones de los negacionistas.

En Antena 3 se señala: 

La sentencia, que ha sido avanzada por los diarios de 'Prensa Ibérica' se remonta a un procedimiento del pasado mes de septiembre que se resolvió el 10 de diciembre. Al parecer, se ampara en el 'principio de prudencia' y en el aspecto de que en el caso de los menores 'hay más riesgos que beneficios'.

Por todo esto, el juzgado desestima la petición del padre de que se autorizara la vacunación contra el coronavirus de su hijo judicialmente y concede un plazo de dos años a la madre para que decida.

La magistrada ha admitido los informes del Instituto Carlos III y otro privado que la madre encargó al doctor en Ciencias Químicas Sergio Pérez Olivero, que aluden al escaso impacto del coronavirus en la mortalidad y en los ingresos en la UCI de los menores de 19 años.

Además, expresa que "es imposible poner en un balanza" los efectos adversos a medio y largo plazo "porque son desconocidos" poniendo de ejemplo cuadros de encefalitis tras la vacuna de la viruela en 1975 o a las víctimas de la talidomida.**



Esta sentencia sale en el momento en el que se está vacunando a los niños del país para evitar los contagios peligrosos en escuelas. Según ese "principio de prudencia", nadie debería vacunarse porque nadie sabe si se va a contagiar, si se contagia y resulta asintomático o no, etc. etc. La prudencia no es ignorancia y se basa precisamente en evitar malos mayores. Si todo el mundo supiera si se iba a contagiar con certeza, no haría falta mucho más. Es precisamente la incertidumbre la que llama a la prudencia. Es el no saber si nos vamos a contagiar o no lo que hace que nos vacunemos; es saber que si nos contagiamos los efectos serán menores lo que nos lleva a ponernos las vacunas. Pero parece que para esto no hay "literatura científica", según el criterio judicial.


La propia Antena3 cierra su información sobre el caso judicial señalando: 

Esta sexta ola de la pandemia del coronavirus está batiendo muchos récords, entre ellos se encuentra el de niños hospitalizados en las UCI por Covid-19.

"En este momento estamos viendo muchos más niños en el hospital, bien en urgencias, bien en planta, que tienen covid porque en la población tenemos un nivel como no habíamos visto nunca de covid", explicaba el doctor Juanjo García, Jefe de Pediatría del Hospital Sant Joan de Déu.** 

Los ingresos de menores en los Estados Unidos están disparados, como complemento a lo dicho aquí. Aplicar un "principio de prudencia", en contra de la voluntad del menor, es realmente extraño y muestra que la incertidumbre también te acompaña cuando vas a un juzgado. 

La justicia australiana, por ejemplo, ha estado dividida inicialmente ante la deportación de Novak Djokovic, que finalmente ha sido confirmada y sin posibilidad ya de apelación. Pero ha sido por motivos distintos. Djokovic está fuera por no vacunarse, por haber mentido en los formularios y por ser un riesgo para la salud pública, además de un mal ejemplo. Como muy bien ha dicho nuestra Garbiñe Muguruza al ser preguntada, las leyes de cada sitio están para cumplirlas. Si te piden vacunarte, te vacunas y, si no, no te quejes, las normas son para todos.


El intento de Djokovic de situarse por encima del bien y del mal, está prolongado por aquellos que han intentado crear un héroe antivacunas, un "jesucristo" negacionista, tal como lo ha presentado su familia. Serbia es uno de los países con menor índice de vacunación y ahora las autoridades juegan al agravio nacional, a rasgarse las vestiduras. 

Los noticieros de la mañana nos muestran manifestaciones de antivacunas, de anti pasaporte COVID y de otros tipos de negaciones. Cuando se escarba en ellas nos suelen salir los "líderes de la ultraderecha", como nos dicen de Austria, de Italia y de otros lugares donde procuran aglutinar el descontento por los límites, el aburrimiento por las restricciones y los miedos.


No es posible hablar de "prudencia" porque los efectos sean menores en los niños y jóvenes. No es posible decir que no sabemos qué efectos tendrán las vacunas porque según eso nadie se tendría que vacunar por "prudencia". No se puede decir esto después de casi dos años de lucha mundial contra la pandemia, con la lucha por vacunas que frenen la expansión y, sobre todo, los efectos mortales.

La pandemia está haciendo confluir, no siempre de buena manera, a la Ciencia, a la Política y a la Justicia. Mucho me temo que sean ámbitos con diferentes procederes, con distintos conceptos de lo que significan ciertas cosas básicas, como precisamente "certidumbre" e "incertidumbre". "Dudar" no significa lo mismo en los tres campos. Hay políticas que van en contra de los conocimientos científicos; hay decisiones jurídicas que se basan en conceptos de "certeza" que no son asumibles en el campo científico sencillamente porque no funcionan así. Algunos se aprovechan de estas discordancias. 

En medio de todo se sitúa un ambivalente concepto de "libertad", que vemos reflejados en actitudes como la Djokovic, en sentencias como algunas que hemos visto y que no tienen en cuenta el problema general de una pandemia. Lo hemos dicho muchas veces: a los virus les importan un bledo nuestras leyes, nuestros conceptos de libertad, de incertidumbre. El virus es naturaleza pura; nosotros, en cambio, rebosamos cultura, lo que también se traduce además de en conocimientos, en dudas, prejuicios, estereotipos, creencias, mitos y un sinfín de formas de autoengaño, lo que en su conjunto nos convierte en humanos. La cuestión es si nos convierte en humanos tontos, que tiran piedras a su propio tejado.

El joven al que se le ha negado ser vacunado porque su madre impone sus propios derechos, refrendados por la jueza, saldrá un día de casa y se irá a vacunar sin preguntarle a su madre ni a la jueza si puede hacerlo o no. El "principio de prudencia" le marca otro camino; prefiere estar con la mayoría de sus compañeros vacunados y asumir la seguridad que le da lo que lee y escucha cada día, algo que no parece importarle a su madre o a quienes están en los juzgados.

No deja de ser sorprendente que mientras se hace el esfuerzo por conseguir vacunar a la población, otros tiren en dirección contraria.

 

* Silvia Fernández "Una jueza de Tenerife respalda que una madre no vacune contra la covid a su hijo de 15 años" La Vanguardia 14/01/2022 https://www.lavanguardia.com/vida/20220114/7987900/jueza-tenerife-respalda-madre-vacune-covid-hijo-15-anos.html

** Ángela Clemente "Una jueza da la razón a una madre que no quiere vacunar a su hijo" Antena3 14/01/2022 https://www.antena3.com/noticias/sociedad/jueza-razon-madre-que-quiere-vacunar-hijo_2022011461e1cf589890160001b94f1b.html

lunes, 31 de agosto de 2020

Incertidumbre y cómo vivir con ella

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Durante años, llegadas estas fechas, los medios de comunicación nos informaban sobre dos fenómenos relacionados con el regreso: el llamado síndrome postvacacional y lo que costaba el material escolar para cada familia. Al rededor de estos dos temas se generaban una serie de informaciones casi calcadas cada septiembre. Los psicólogos se alternaban para decir unos que el síndrome no existía mientras otros nos daban consejos sobre cómo superarlo. El coste de la vuelta al cole, en cambio, era unánime solo discrepando en la cifra del gasto por estudiante y familia, unos euros un poco más arriba y otros unos pocos más abajo.
Esta vez ya no tememos los efectos de dejar las vacaciones atrás y sumergirnos en las rutinas, entre otras cosas porque todo ha cambiado y lo que hay es incertidumbre. Lo que se repetía cada año es ahora una nebulosa que se abre ante nosotros con música siniestra de fondo, como manda el género de terror.


Frente a los tradicionales lloros del niño que va por primera vez al cole, ahora lloramos todos, de la guardería al doctorado, pasando por institutos, grados y posgrados. La extinción de otro verano extraño para muchos, igual a cualquier otro para los irresponsables o incluso más divertidos para los narcisistas furibundos, no impulsa hacia un septiembre con síndrome, esta vez, apocalíptico.
Las cadenas televisivas no ayudan mucho y se han pasado el verano programando más y más películas de epidemias y desastres bacteriológicos, radioactivos o de invasiones espaciales, contribuyendo a la creación de este septiembre apocalíptico en el que mañana pondremos un pie, pasando —como en Stargate— a otra dimensión. Lo que nos espera al otro lado es un gran agujero en el que las apariencias pueden engañarnos, descubriendo que nos encontramos en un mundo parecido al que dejamos pero un tanto inquietante, regido por leyes distintas, en donde todos pueden mirarte de forma sospechosa y tú sorprendente por el comportamiento de los otros. Es una mezcla entre La semilla del Diablo, El resplandor y La familia y uno más, pues todo nos parecerán aglomeraciones.
Mi nuevo equipamiento escolar incluye mascarillas (de las que he hecho acopio para las tres próximas pandemias), geles (como para limpiar los océanos), guantes de látex (para equipar diez quirófanos en diez años), varias pantallas protectoras y hasta un termómetro de esos de pistola, con el que me doy cierto aire a lo Bond. 


También me he equipado tecnológicamente con nuevo portátil (entes de que escasearan, como ahora, por tanto teletrabajador), nueva cámara web y un micrófono bluetooth de solapa porque me temo que nadie me escuche detrás de la mascarilla y la pantalla plástica a las distancias que estarán mis alumnos, suponiendo que alguno vaya al aula y no se quede viéndome en la pantalla del ordenador. 
Con todo, mis mayores pesadillas las tengo al ver las imágenes del transporte público, en el que me tengo que desplazar unas dos horas al día, una de ida y otra de vuelta. Ver ese amasijo de personas, es espeluznante en estos tiempos de distancia sociales. Otra batalla por delante.
La incertidumbre no se resuelve solo con las medidas de los políticos, que hacen un uso absolutista y abusivo de la palabra "seguro". La incertidumbre se vive en cada instante ante lo que esperas encontrarte fuera. "Dentro" y "fuera" son conceptos espaciales, pero sobre todo psicológicos. Implican la seguridad y la inseguridad. Y lo malo es que ese "afuera" inseguro se ha ido extendiendo como una mancha oscura a nuestro alrededor.


La Vanguardia intenta ayudarnos desde un titular, "Cómo afrontar con serenidad una vuelta al trabajo tan incierta y atípica". ¡Serenidad, qué bonita y clásica palabra! ¡Qué hermoso estado de ánimo! Lo malo de este término es que también es lo que se pide en incendios o hundimientos de barcos.
Escribe Rocío Carmona en el artículo citado:

Pero este inicio de curso no va a ser como los demás. La primera diferencia con que muchos van a toparse es que no será exactamente un regreso, al menos no en un sentido estricto, puesto que muchas personas ni siquiera volverán físicamente a su oficina, sino que se quedarán en su casa para continuar teletrabajando, o bien se reincorporarán de forma parcial utilizando fórmulas mixtas de presencialidad y trabajo en remoto. Para otras, es precisamente el volver a pisar la oficina, tras meses de no coincidir con sus compañeros, lo que añade ansiedad y exige un esfuerzo extra en esta reentré.
La vuelta también va a estar teñida por la incertidumbre que rodea al último cuatrimestre del año, con la crisis económica planeando sobre nuestras cabezas y las dificultades de conciliación que para muchas personas está conllevando la pandemia.
Helena Thomas, profesora colaboradora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, explica: “El principal problema de la situación actual es la incertidumbre, cómo nos va a afectar en el trabajo, en nuestra vida personal, en nuestra vida familiar, si vamos a tener que estar en casa o deberemos solicitar algún permiso para cuidarnos o cuidar a una persona que dependa de nosotros. En este sentido, es bueno hacer un uso proporcional de la información. Muchas situaciones de ansiedad que se han dado durante el confinamiento han sido por un exceso de información, muchas veces contradictoria. Y por la necesidad de estar permanentemente informados, actualizados”.*


La incertidumbre es, desde luego, el estado más extendido y esto nos lleva a la angustia. Por más que se nos den consejos sobre cómo gestionar esta situación, nadie está feliz con ella evidentemente. No tengo clara la cuestión del "exceso de información", creo que es, en efecto, algo que se ha ido resaltando, pero no sé si es una cuestión de "cantidad" o de "calidad" de la información.
La tendencia emocional, previa a la pandemia, ya se había convertido en un estándar comunicativo. Esta forma de sembrar inquietudes desde los mismos titulares usando términos rotundos e intimidadores no han ayudado mucho. Recuerdo unas declaraciones de personas muy mayores, al comienzo de la pandemia, confesando sentirse abrumados y en permanente angustia ante las noticias de las muertes en las residencias.
Deberían realizarse muchos análisis sobre la forma en que se ha informado en una situación de una gravedad como esta. Ha habido muy poca reflexión por parte de la mayoría de los medios que no han medido (o no les han importando) los efectos psicológicos sobre diferentes partes de la población, que tiene perfiles de edad (sobre todo) muy diferentes y, por ello, reacciona de muchas maneras. Habrá que crear unos nuevos modos "sensibles" de comunicar para asegurarse que se informa de una manera correcta.


Las recetas que nos dan en La Vanguardia para tratar de alcanzar esta serenidad con tendencia al desequilibrio son de sentido común; pero no todo depende de nosotros, sino de lo que nos dejen hacer, lo que nos obliguen a hacer o lo que no podamos hacer. No es solo cosa nuestra y son muchos los factores implicados.
Pero hay algo cierto. No sabemos qué ocurrirá, pero sí sabemos lo que podemos hacer. Hay que tener algo claro: mucho depende de nosotros, de nuestra capacidad para velar por nuestra seguridad. La mejor manera de manejar esto es adelantarse, no estar esperando a que otros hagan o decidan. Es molesto extender la vigilancia las 24 horas del día, pero es el único remedio y la única actitud que nos puede sacar de cierta incertidumbre. Haz lo que esté en tu mano; no esperes que la solución llegue de fuera. Es más seguro. Somos nosotros los que reducimos riesgos si somos conscientes de ellos, que es donde está el problema. Hay que tratar de relajarse, algo fácil de decir pero difícil de hacer. Por mucho que lo repitamos siempre habrá tensión, pero hay que aprender a vivir con ello, no olvidando, sino por el contrario recordando en todo momento qué es peligroso.
Sí, este septiembre es completamente nuevo y esperemos que irrepetible.



* Rocío Carmona "Cómo afrontar con serenidad una vuelta al trabajo tan incierta y atípica" La Vanguardia 31/08/2020 https://www.lavanguardia.com/vivo/lifestyle/20200831/483133996389/vuelta-al-trabajo.html

domingo, 8 de enero de 2012

Falsos finales y extrañas consecuencias

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La vida llena de falsos finales. Lo cierto es que no sabemos cuándo se acaban realmente las cosas. Se ramifican y complican en interminables secuencias de incierto regreso.
En realidad, la vida se parece más a esas películas de terror en la que los protagonistas arrojan una y otra vez al villano por la ventanilla o puerta del tren o coche, por la borda del barco, y este reaparece en cada ocasión más deteriorado su aspecto, pero inconmovible en su afán por destruirnos. Sí, hay muchas cosas en la vida que son así; reaparecen como en pesadillas de las que no se despierta nunca.
Nada hay más difícil que aceptar el componente azaroso de la vida, su carácter incontrolado. Una parte importante de lo que nos ocurre entra en ese campo de lo incontrolado. De ahí nuestra obsesión por la obtención de reglas y leyes que nos permitan vivir en una calma engañosa pero tranquilizante. La misión de la Ciencia es tratar de comprender el funcionamiento del mundo, de las leyes que lo rigen, para poder aumentar nuestra seguridad y confianza. Tenemos más tranquilidad en algunos campos, pero en otros, en lo social, apenas somos capaces de atisbar leyes que nos permitan vivir sin sobresaltos.

Saint Simon
En sus inicios la Sociología se planteó —por los sansimonianos— como física social precisamente porque aspiraba a un conocimiento de la sociedad equivalente al que la Física tenía del mundo de la materia. Aspiraban a comprender y a anticipar, a dirigir su funcionamiento. El vocabulario sociológico está cargado de metáforas físicas: “masas”, “movimientos sociales”, “dinámica social”… Pero no había mucha ley que extraer y seguimos viviendo en la inseguridad de las consecuencias de lo que hacemos.
El hecho de que todo lo que hagamos tenga consecuencias es la primera de nuestras dolorosas constataciones. El segundo hecho es que solo conocemos una pequeña porción de esas consecuencias, Y el tercero es que una parte de esas consecuencias, más tarde o más temprano, tendrá efecto sobre nosotros, aunque no lo sepamos. Lo primero nos vuelve deterministas; lo segundo, escépticos; y lo tercero, finalmente, fatalistas. La comprensión de todo ello, nos hace humanos.

Al contrario de lo que algunos creen, esto no tiene nada que ver con la libertad. Da igual que ese acto inicial —no hay realmente actos iniciales— sea libre. Lo importante es que precisamente desencadena todas esas otras reacciones desconocidas. Quizá ser libre sea solo ser ignorante de porqué se actúa. Puede que seamos libres o no, pero lo que está claro es que no somos omniscientes. El conocimiento consiste, en este caso, en tratar de restablecer la conexión entre el origen y sus consecuencias, entre las consecuencias que percibimos y lo que las causó. No es tarea nada sencilla tratar de comprender las secuencias, los encadenamientos de actos.
Gracias a nuestra capacidad limitada de conocimiento —de encadenar demasiadas causas en la secuencia— podemos vivir, pues nada sería más doloroso que comprender la totalidad de las consecuencias de nuestros actos. Habría partes satisfactorias, claro, pero no soportaríamos conocer los efectos negativos de muchas otras. La fatalidad de la que hablábamos sería, por ejemplo, descubrir que no es necesario ser malo para causar el mal. Es un momento porque el que todos pasamos por la vida, una pérdida de inocencia, el descubrimiento de las consecuencias insospechadas que algunos de nuestros actos pueden tener. A veces regresan a nosotros en forma de felicidad causada involuntariamente, pero en otras vuelven con la dolorosa comprensión de un daño sin intención.

Edipo (de Chirico)
Esa es precisamente la base sobre la que se construye la tragedia. Edipo no es malo; solo le falta información. Y las consecuencias de esa falta de conocimiento inicial llegan a él en forma de revelación dolorosa del mal que ha causado. De nuevo, el villano lanzado por la ventanilla regresa a agarrarnos por los tobillos. El arte nos ha acostumbrado a pensar que la vida tiene presentación, nudo y desenlace y no es así.  La obra sigue sin nosotros, al igual que comenzó sin nosotros.
La lección importante —y eso lo vio bien Milan Kundera— es que Edipo no dejó de sentirse responsable, libre. Prefirió la culpa responsable a lavarse las manos y renunciar a ser libre, es decir, a sentirse libre lo fuera o no.
Nuestra limitada capacidad de comprender nos protege del bloqueo de la acción al que nos llevaría comprender las consecuencias de todos y cada uno de nuestros actos. Esto no solo es característico de la tragedia, sino por ejemplo es la base del funcionamiento de la Economía. Si supiéramos todo lo que va a ocurrir se produciría una parálisis, un bloqueo de la acción. Por eso la eficacia real se centra en obtener el máximo rendimiento con el mínimo de información, un equilibrio inestable entre lo que sabemos y lo que no sabemos. Si sabemos qué número va a salir, no tiene sentido jugar a la ruleta.
Afortunadamente, solo podemos comprender de forma limitada, imperfecta, lo que hacemos. Algunos sacarán la moraleja —ya lo hicieron, como André Gide en su teoría del acto gratuito— de que es mejor actuar de forma irreflexiva. No creo que sea el camino más adecuado, pues —de ser cierto lo expuesto— no sería más que una forma de autoengaño. La creencia en la gratuidad del acto sería un signo de nuestro desconocimiento de sus causas profundas. Tampoco garantiza que no vuelva hasta nosotros transformado después de su viaje a través de los otros. Hay muy poco que ganar por ese camino.

La ilusión de que las cosas comienzan o acaban; la ilusión de que podemos conocer y controlar los menores detalles de nuestras vidas, que, por cierto, son tan de los otros como nuestras, pues en gran medida son respuesta a los que los demás hacen, forma parte todo ello de nuestra propia vida y de la aceptación de sus extraños mecanismos. Creo que la consecuencia más sensata es que puesto que no podemos controlar la totalidad de los efectos de nuestras acciones, al menos pensémoslas dos veces. No es una gran garantía, pero tranquiliza algo la conciencia, algo de lo que muchos afortunadamente no pueden prescindir.



lunes, 29 de agosto de 2011

Huracanes y terremotos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hay gente a la que le pasan cosas, pero a mi amiga A. le pasan “anécdotas”. Para que te pasen anécdotas tienes que tener una doble condición: no enterarte de nada antes y sorprenderte después. Esa es la explicación de por qué le ocurren las anécdotas a la gente más despistada. En realidad no es que tengan especial atracción para las historias, sino que lo viven todo a su manera, de sorpresa en sorpresa, porque no acaban de enterarse bien de las cosas. Y lo cuentan. Su asombro se convierte en relato.
Me cuenta mi amiga, que se encuentra en Estados Unidos, que desde que está allí le han pasado dos desastres naturales. Del terremoto no se enteraron —dice— porque iban en coche. Solo cuando llegaron a casa y vieron la gran cantidad de mensajes de España interesándose por si les había pasado algo se dieron cuenta de que había sido un terremoto y no los baches.  Luego recordó que su vecino "raro", un vidente, le había dado instrucciones sobre qué hacer en caso de terremoto. Supongo que el vecino es "raro" porque es vidente. Que un vidente te avise de la inminencia de un terremoto es una pérdida de tiempo si no crees en los videntes. El pobre hombre, guiado por su sentido de la buena vecindad más que por ningún don profético, trató de avisar a su nueva vecina española de las medidas que se debían tomar en caso de terremoto. No le hicieron mucho caso, claro.

No sé muy bien —mi amiga no se lo ha planteado todavía— si su vecino el vidente chalado avisa sobre los terremotos a todos los vecinos  recién llegados o realmente “sabía” que iba a ocurrir un terremoto y por eso les avisó. A los huracanes se les ve venir; a los terremotos no. Lo importante —y lo que lo convierte en anécdota— es que no le hicieron ningún caso porque era vidente.
Hay videntes a los que nadie hace caso en muchos terrenos. No hay videntes, por ejemplo, en la Física, aunque puede haber visionarios, que es otra cosa, En cambio sí hay videntes en la Economía, y muchos. Pero, como ocurre en el caso de mi amiga, nadie les hace caso porque no se debe hacer caso a los videntes.
Los videntes en la Economía se suelen reconocer porque sacan libros con fajas de papel en los que ponen cosas como “el hombre (o la mujer) que avisó de la crisis”. El “test de las crisis” suele ser el que marca el estatus de los economistas y el reconocimiento de sus explicaciones y teorías. Hay que distinguir bien entre ambas porque existen diversas Teorías, pero también diversas interpretaciones de las teorías. Por eso lo importante en un campo es saber las teorías que existen y las interpretaciones, a veces radicalmente opuestas. Los economistas pueden estar de acuerdo en una teoría, pero diferir sobre las interpretaciones. Como Ciencia que se realiza en un papel, la Economía está condenada a dar la razón a posteriori a los que disputan en su seno. La diferencia es la existente entre el experimento y la simulación. Los economistas no hacen experimentos, como los Físicos; lo más que pueden hacer es crear modelos cuya función es convencer de sus teorías o interpretaciones a los colegas o gente interesada.
La Economía necesita de la Historia y la Historia de los hechos, que es la forma tozuda en que la realidad se manifiesta para alegría o desesperación de los que elaboran teorías sobre ella. Los economistas que señalaron la crisis económica actual vivieron como parias durante algún tiempo. Ahora pueden, como el vecino chalado de mi amiga, hacer giras satisfechos, dedicando libros y celebrando conferencias. Es el pago que el destino depara a los que sufren el escarnio por decir la verdad antes de que los hechos la confirmen.


El economista Raghuram G. Rajan cuenta en su interesante obra Grietas del sistema. Por qué la economía mundial sigue amenazada* (que quizá reseñemos más adelante un domingo),  cómo al preparar su ponencia para una reunión a mayor gloria de Alan Greenspan y su legado, celebrada en las selectas reuniones de Jackson Hoyle (Wyoming), se percató, al ver juntos los datos económicos, de la inminencia de una crisis tal como la ocurrida. Tituló su intervención «¿Ha contribuido el desarrollo financiero a hacer un mundo más expuesto al riesgo?». Pudo prever la crisis, pero Rajan no previó los efectos de anunciarla:

Pronosticar en aquella época no requería demasiada capacidad de previsión: me limité a unir los puntos con ayuda de los marcos teóricos que mis colegas y yo habíamos desarrollado. Sin embargo, no puede prever la reacción del público asistente, normalmente educado. Solo exagero un poco si digo que me sentí como un cristiano en medio de una reunión de leones hambrientos. Mientras abandonaba la tarima tras ser duramente criticado por varias lumbreras (con algunas honrosas excepciones), sentí un gran desasosiego. No por las críticas en sí mismas, ya que, tras unos años de animados debates en los seminarios universitarios, uno desarrolla una piel muy gruesa: si uno se tomara a pecho todo lo que dice el público asistente, jamás publicaría nada. Más bien fue porque las críticas parecían ignorar lo que estaba pasando delante de sus narices. (13-14)

Se olvida con frecuencia que la aceptación de una teoría o de una interpretación depende de tres factores: 1) la verdad de la afirmación; 2) la capacidad de convencimiento del que la expresa; y 3) el deseo de ser convencido de los que la reciben. En ocasiones, la menos relevante es la primera, lo que explicaría la proliferación de tonterías y teorías falsas que, sin embargo, cuentan con buenos argumentadores y, sobre todo, con un público receptivo, deseoso de escuchar ciertas cosas que le adulan, benefician o confirman sus creencias. Eso ocurre con frecuencia en la Economía y otros campos académicos y científicos.
La virulencia de la respuesta de los presentes no era más que el deseo ferviente de no ser convencidos. Por eso, los economistas no deberían olvidarse, entre sus variables, de que además de estudiar la psicología del comportamiento de los consumidores, su irracionalidad subyacente en su presunta racionalidad, de estudiar e incorporar a sus propios modelos explicativos la irracionalidad del teórico que expone y del teórico que recibe, es decir, su resistencia mayor o menor a la innovación teórica o a la explicación distinta a la canónica. Thomas S. Kuhn habló de ello. Pero en general no se hace. Se da por descontada la racionalidad objetiva en nuestras evaluaciones de cosas e ideas, algo que casi nunca ocurre.


Terremotos y huracanes son desastres naturales que, a nuestros efectos, son muy distintos. La llegada de los terremotos requiere de una mentalidad que tenga presente que, aunque no sabemos cuándo ocurrirá, acabará ocurriendo. Requiere mucha fe en que es cuestión de tiempo y no bajar la guardia. Los huracanes, por el contrario, se ven venir y nos avisan de su llegada. Con esa confianza en que nos llegará la alerta, no nos preparamos más que cuando nos llega el aviso en forma de parte meteorológico. Para un huracán no hay que tener más que fe en los meteorólogos. Un terremoto, en cambio, requiere otro tipo de fe.
La vida es una sucesión de huracanes y terremotos, de desastres esperados e inesperados, con paréntesis de calma. En la vida,  como en la Economía, no nos gusta que nos avisen de que los periodos de calma se pueden acabar. Pero que no nos guste, no significa que no ocurra. Y hay vecinos chalados que nos avisan de lo que hay que hacer, aunque no les hacemos caso. Algunos aciertan.

* Raghuram G. Rajan (2011): Grietas del sistema. Por qué la economía mundial sigue amenazada. Deusto, Madrid.




jueves, 25 de agosto de 2011

Incertidumbre, riesgos y manzanas

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Cuando tomamos una decisión, sea en el campo que sea, esta conlleva un riesgo determinado. Ese riesgo está en función de la incertidumbre existente, es decir, nuestro nivel de conocimiento. En sus intentos de reducir el nivel de incertidumbre para reducir el riesgo, los hombres han utilizado todo tipo de métodos.
Cuando un antiguo emperador tenía que invadir un país o lanzarse a una batalla consultaba con sus adivinos. Entendía que el futuro estaba escrito y que podía ser conocido con anticipación si se tocaban las teclas adecuadas. Hoy lo llamaríamos “información privilegiada”. Su equipo de adivinos debía ser de lo más selecto del ramo para así tener alguna ventaja competitiva con sus rivales. Lo adivinos sabían el poder que atesoraban con su control de las informaciones sobre el futuro. Todas las decisiones importantes del reino, imperio o, simplemente, la vida cotidiana, pasaban por ellos. En realidad, los que acababan mandando eran ellos porque quien decide manda. Desde el momento en que traspasamos la decisión a otros son ellos los que mandan.
Siempre se ha hablado del poder de castas de escribas y adivinos. Los primeros acabaron generando burocracias que decían lo que estaba permitido hacer, la ley. Los adivinos, por el contrario, señalaban lo que se debía hacer, sobre aquello que contaba con el beneplácito divino. Entre la Ley y un futuro escrito (que a veces eran lo mismo), al hombre no le quedaba mucho margen de libertad; obedecía a la ley y a su destino.
Perdida la fe, de forma más o menos general, en los adivinos, el problema no ha dejado de existir: seguimos necesitando información sobre el futuro. Solo aquellos a los que no les importa el futuro renuncian a intentar conocerlo. No son muchos: nihilistas y fanáticos. Pero la cuestión no es cómo conocer el futuro sino cómo comportarnos cuando no conocemos el futuro. Esta cuestión es mucho más real y ajustada, dado que el futuro no es más que una estimación que damos por buena. Nuestra confianza en el futuro no es más que la confianza en nosotros mismos, o sea, en nuestra capacidad de hacer estimaciones que nos convenzan realmente.


No tenemos información sobre el grado de convencimiento que los adivinos tenían en sus propias anticipaciones. Si eran unos estafadores, sabían que su vida y fortuna dependía del grado de convencimiento que pudieran despertar en los que solicitaban sus servicios. Si, por el contrario, como ocurre con los profetas, estaban convencidos realmente de que lo que decían era el “futuro”, lo que llegaría, su convencimiento era el máximo.
Los adivinos fueron probablemente el primer consulting que los humanos creamos para resolver algo tan específicamente humano como es el miedo al futuro. Huesos, tripas, posos del café, formas de nubes, vuelos de pájaros…, cualquier cosa nos ha servido para intentar tranquilizar nuestra inquietud, la angustia que nos produce tomar decisiones ante el riesgo que suponen. Es sorprendente el número (y el tipo) de personas que siguen consultando todo tipo de adivinos, humanos y autómatas on-line, porque aunque racionalmente sepamos que no tienen fundamento, ¿quién diablos necesita fundamentos para saber si esta semana vas a conocer al hombre o la mujer de tu vida?

Las predicciones son como las canciones de cuna. Su función es tratar de que durmamos tranquilos, que nos adentremos en la oscuridad del sueño, donde quién sabe lo que nos espera, sin terror.
Las predicciones, estimaciones, calificaciones, ratings, etc. cumplen un efecto parecido: ayudarnos a tomar decisiones más allá de la intuición, al menos teóricamente, ya que muchas de ellas no son más que placebos.
Nuestros adivinos hoy son los miles de expertos que tratan de establecer indicadores fiables de tendencias, de evoluciones, patrones de comportamiento, etc. que permitan a otros tomar sus decisiones. Desde finales del siglo XVIII se ha convertido en una obsesión tratar de conocer lo que va a ocurrir o, para ser más precisos, las diferentes probabilidades de que ocurran algunas cosas. Puede que la llegada de las revoluciones, es decir, la creencia en que no todo estaba escrito, tuviera algo que ver. En cualquier caso, aumentaron nuestra sensación de incertidumbre y el sentido del riesgo, que se hizo necesario estimar para la buena marcha de los negocios. Pronto, toda información era poca para decidir. A los ojos de todos, tan loco está el que no le importa el futuro como aquel que asegura conocerlo al ciento por ciento. Y eso es porque el futuro está siempre abierto porque incorpora nuestras propias estimaciones de actuación sobre él.

Para conocer el futuro sería necesario poder procesar toda la información de todos los elementos que afectan a la realidad, más todos aquellos que desconocemos y que lo harán entre el momento en que realizamos la predicción y el momento elegido. No hay ni habrá máquina ni mente capaz de procesar todo ello porque habría que realizar un mapa que coincidiera con el territorio, por utilizar la idea de Bateson. La relación mapa-territorio es la que establece la relación entre la realidad y su representación o modelo. Una predicción resulta de haber convertido partes de la realidad en datos y estos posteriormente, tras su procesado, en una estimación o representación de la realidad futura.
Nuestras agencias de evaluación son hoy nuestros adivinos. Ya no les basta mirarnos las manos y comprobar hasta dónde llegan las líneas. Conocedoras de lo precario de su conocimiento, como los adivinos, lo suplen con las muestras de confianza en sí mismos. Según ellas, lo único que realizan son evaluaciones, asignación de valores en una escala en función de la estimación de ciertas variables. Dicho así queda muy bien, pero estas cosas se traducen en que las variables son un cambio de gobierno en un país democrático, un terremoto, o el anuncio de la retirada de Steve Jacobs por enfermedad.


Steve Jobs, el visionario de Apple, es un buen ejemplo de nuestra extraña relación con el futuro. El anuncio de su abandono por enfermedad ha hecho descender la cotización de la compañía en las bolsas. Sin embargo, Jobs es, a la vez, la negación y la confirmación del funcionamiento del sistema.
The New York Times da la noticia de la retirada de Jacobs de su puesto actual de esta forma:

Steven P. Jobs, whose insistent vision that he knew what consumers wanted made Apple one of the world’s most valuable and influential companies, is stepping down as chief executive, the company announced late Wednesday.
[…] “The big thing about Steve Jobs is not his genius or his charisma but his extraordinary risk-taking,” said Alan Deutschman, who wrote a biography of Mr. Jobs. “Apple has been so innovative because Jobs takes major risks, which is rare in corporate America. He doesn’t market-test anything. It’s all his own judgment and perfectionism and gut.”*

Jobs no creía en el futuro; lo hacía. Para él los riesgos no se basaban en lo que decían los analistas, sino en lo que él creía un valor auténtico o no. A Jobs la confianza no le venía de fuera, sino de dentro. No deja de ser una paradoja que el futuro esté en manos de aquellos, como Jobs, que desprecian toda la maquinaria que hemos creado para intentar adivinar qué ocurrirá. Podemos verle como un visionario, como alguien que tiene una extraña conexión con el futuro; pero podemos verle también como una persona que lucha por convencer a los demás para que compartan sus sueños.

* “Jobs Steps Down at Apple Saying He Can’t Take Duties” The New York Times 24/08/2011 http://www.nytimes.com/2011/08/25/technology/jobs-stepping-down-as-chief-of-apple.html?hp