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viernes, 18 de octubre de 2024

Respeto

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

No sé si queda alguien o algo, alguna institución, lo que sea, a salvo de esta corriente que nos arrastra y que se puede calificar de muchas maneras. Dejémoslo en "basura", en "ríos de basura". La política española en su conjunto es un río que nos arrastra y absorbe hacia lo peor. Produce mal ejemplo y se expande hasta los rincones más alejados.

La vida política es ejemplar, tanto en lo positivo como en lo negativo. El espectáculo de la violencia verbal, gestual, institucional permanente se acaba trasladando a la ciudadanía y a los actos más cotidianos.

El incidente de los insultos homófobos al ministro Grande Marlaska en la Universidad de Navarra es una muestra más de cómo se está desarrollando este modelo de acción política en nuestra sociedad.

Las instituciones dejan de respetarse como deja de respetarse a las personas. Lo que hemos visto en la Universidad de Navarra es lo que se nos está contando durante un juicio por asesinato en el que se trata de establecer el papel de la homofobia. Es el mismo espíritu el que se da en ambos casos; es solo cuestión de grado. Algo parecido ocurre con la expansión del racismo, que va de los campos de deporte a las palizas en los barrios.

Algo están haciendo mal los políticos; algo hacemos mal los ciudadanos. Y, sobre todo, algo malo estamos transmitiendo que se va constituyendo como "normalidad" peligrosa, algo que nos sitúa dentro de un conflicto permanente con tendencia a desbordarse.

Mientras la política española, sus partidos y representantes, no asuman que están arrastrando con sus actitudes y comportamientos, con sus discursos y acciones, hacia una violencia ambiental que se transforma en picos de situaciones graves, la política general carecerá de credibilidad en sus fines y merecerá rechazo y olvido.

Es la única reacción posible ante estas maniobras que hacen del enfrentamiento una norma, del insulto y la descalificación una forma actuación. Hay un límite, aunque parezca no tenerlo. El límite es la falta de sentido de la representación.

La democracia es representación, pero aquí parecen haberse invertido los papeles. Yo exijo que los que me representan, aquellos a los que voto para que lo hagan, asuman mi respeto hacia la dignidad de los otros por más que puedan pensar de forma contraria. Sin embargo, aquellos que me representan hacen que me avergüence de su forma de actuar, pues lo hace de una forma que yo no haría nunca.

No solo actúan de una forma en que yo no lo haría, sino que pretenden ser imitados en sus malas formas, directa o indirectamente. Lo ocurrido en la Universidad de Navarra no es más que la consecuencia en la calle de lo que se hace en las instituciones. Se busca la polarización y con ella se llega al insulto y a la agresión.

Cada vez cuesta más votar; cada vez cuesta más sentirse representado por las malas formas, por una política barriobajera y agresiva, insultante, descalificadora. La política no son solo las ideologías, sino también abarca las formas y actuaciones. ¿Por qué debo votar a alguien con quien no me siento identificado en su forma de actuar, alguien que me genera rechazo?

Cuando la gente deja de confiar en la acción política empiezan a producirse muchas tentaciones que una política de corrección debería evitar. Cuando se llega al insulto, a la descalificación, se acaba llegando a la agresión y en casos extremos a la muerte. Quizá algunos no quieran reconocer determinados crímenes como de base política, pero la falta de sentido de la convivencia y el respeto a los demás sí son cuestiones políticas. Forman parte del marco y de los objetivos. ¿No es político el "respeto"? ¿No es político la "falta de respeto"?

Los grupos políticos no pueden asumirlo porque han derribado las formas, pero las formas representan la parte pragmática de la política, su traducción a convivencia. Es un hecho que en muchos países democráticos la convivencia se ha deteriorado gravemente y se ha elegido la vía de la polarización y del enfrentamiento, de la falta de respeto como vía de la acción. Esto se puede traducir en formas agresivas que pronto se normalizan en todos los ámbitos, del laboral al educativo pasando por el político, al que pronto se imita y se toma como referencia.

El hecho de que los insultos a Grande Marlaska se hayan producido en una universidad es algo significativo de la pérdida de valor de las instituciones. Eso se percibe de muchas formas y se traduce en actos como el señalado.

Vivir es convivir; vivir en democracia es convivir democráticamente. La democracia no es algo que se realiza el día en que se vota, sino que se practica todos los días del año y en todos los niveles personales e institucionales. No tiene sentido una democracia en la que no se vive democráticamente, en la que no se respeta al otro. Es tan sencillo como esto. Los que lo fomentan, lo permiten o lo usan son responsables del deterioro que se está produciendo.

viernes, 17 de abril de 2020

Redefiniendo espacios y distancias en un mundo tribal

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Normalmente consideramos la distancia como un espacio que hay entre nosotros y un punto determinado. Hay una forma de uso verbal que en el que "mantener la distancia" implica un conflicto entre dos personas, una falta de "proximidad". El concepto de "distancia social", tan manejado estos días, plantea un problema: involucra al otro. Es una distancia física, pero es también una forma de seguridad, que es doble, la propia y la ajena. Pero, ¿qué ocurre si la distancia se percibe como una restricción a la propia libertad o si el otro la percibe como una violación de su propia seguridad? ¿Es un deber o un derecho? ¿Debo mantenerme a distancia yo o son los otros los que exigen que lo haga? La distancia no es solo una cuestión personal; es algo relativo, entre los otros y yo.
La distancia es espacial y por ello ha redefinido nuestra precepción del espacio, reduciendo nuestras posibilidades. El confinamiento es obviamente una reducción del espacio, pero también una reconfiguración de muchos otros. Hay una distinción marcada entre el "adentro" y el "afuera", pero también se ha creado un espacio nuevo, compartido y distante. Cuando a las ocho de la tarde abro mi ventana, lo que veo es distinto a lo que percibo horas o minutos antes. Es un espacio en el que la distancia física es transformada en acercamiento emocional.


Distanciarse y acercarse son dos movimientos que van más allá de lo físico. Las personas que veo y escucho han logrado una extraña proximidad afectiva, lograda con el día a día. Vecinos que se desconocían pese a los años viviendo cerca han creado un nuevo espacio público, que dura apenas unos minutos, en los que estamos presentes. Pero hay otra dimensión, la de los ausentes. El gesto del aplauso es una celebración colectiva, pero es también un homenaje, un momento en el que simbólicamente hay una personas, los destinatarios de ese homenaje, que están distantes, pero en ese momento simbólicamente presentes. En ocasiones, el espacio común es visitado por algunos coches de bomberos, ambulancias, coches de la Policía Municipal, que organizan una caravana que recorre el pueblo haciendo sonar sus sirenas. Devuelven el homenaje y agradecen que la gente esté en sus casas, que es el mejor regalo que se les puede hacer.


El aplauso comunal es una celebración de que ha pasado un día más, que queda uno menos, y es también un sentido comunitario y un agradecimiento. Sus sentido su múltiples y convergentes, muestran las distintas aristas de los fenómenos sociales, de nuestras relaciones y vínculos. El aislamiento en casa es protección propia y ajena; la salida al balcón celebración popular de la vida, un agradecimiento y un desahogo por el encierro.

Pero también se están revelando sentidos perversos y contradictorios del espacio. Los primeros de ellos vinieron de las personas que estaban obligadas por circunstancias diversas a la exposición en la calle. El balcón, las ventanas se convertían entonces en puntos de observación en una nueva situación de vigilancia. Las quejas y denuncias salieron por los casos de niños autistas, cuya capacidad de permanecer en casa y, sobre todo, de alterar sus rutinas es mucho más limitada. Tuvieron que establecerse códigos —pañuelos azules— para que no fueran reconvenidos por los vigilantes que exigían las calles vacías.
Muy preocupantes los casos en los que se ha amenazado e insultado personal sanitario que deben seguir realizando sus trabajos. La enorme paradoja es que unos salen a agradecer que velen por nosotros, que estén dispuestos a arriesgar su salud, mientras que otros les amenazan para que se vayan de sus casas y abandonen sus edificios. 
El miedo es el peor maestro y lo que saca lo peor de nosotros. El espacio deja de ser distancia social y se vuelve frontera de la que se expulsa a los que forman parte de la otra tribu. El nuevo mundo tribal se divide en tres grupos: los enfermos,  los sanos y los sospechosos, es decir, los que están en riesgo o se arriesgan. 
¿No ven incompatibilidad entre el aplauso y la amenaza, hasta llegar al insulto de desprecio al que cumple con su tarea y vocación sanitaria? La capacidad humana de autojustificación es infinita. La cuestión o afecta solo a España. Son muchos los países en los que se produce la misma denuncia. Aquí hemos recogido titulares de diferentes países que nos muestran que las agresiones y presiones con insultos o con notita con "advertencia educada".


Es importante que los nuevos espacios sean solidarios, que las distancias sean de protección común y no de egoísmo manifiesto. Por mucho que el miedo, la angustia y el encierro estén perturbando a algunos (otros ya eran perturbados antes) no se puede dejar que esto se produzca porque se trata de un pacto social tácito, por usar una fórmula clásica. No podemos perder precisamente lo que nos humaniza en la pandemia, porque entonces caemos en el sálvese quien pueda. Y hoy eso no es posible en nuestro mundo, por más que muchos lo crean.
Que haya que sancionar a personas por algunos de los casos que nos cuentan —cada día los medios nos sorprenden con casos de auténticos tarados— es reflejo de que la "normalidad" es algo que damos por supuesto hasta que es sometida a prueba, como ocurre. Me preocupan los que hablan de volver a la "normalidad". Eso no es posible ante un trauma de tal calibre como el que está viviendo el mundo entero. Si no se define esa "nueva convivencia" corremos el riesgo de vivir en un semi estado de naturaleza y no en un estado social.


El principio de distancia y establecimiento de territorio implica que algunos pueden considerar que mantienen una especie de soberanía (como ocurre en el caso de las amenazas e insultos) que reivindique el derecho a la expulsión. Este mecanismo es fácilmente contagioso pues lo miedosos rápidamente buscan el amparo del grupo, el diluir su miedo y responsabilidad en otros a los que arrastran.
Hemos visto como uno de los primeros efectos ha sido la xenofobia y el racismo. Esto se favoreció por el hecho inicial de identificar el COVID-19 como el "virus chino" o el "virus de Wuhan". Es una lástima que la OMS tarde tanto en bautizar a los coronavirus y que los medios se den tanta prisa en apadrinarlos. Más todavía cuando van de la mano con los políticos, como fue el caso de los Estados Unidos, la poderosa maquinaria cultural que extendió la denominación, hasta que algunos se dieron cuenta que les habían embarcado en la cruzada económica sancionadora de Trump hacia China, a la que muchos se sumaron incluso sin tener simpatía al presidente. De todo este proceso hemos ido dando cuenta desde su inicio. Trump sigue con su "chinese virus".
Pero hoy no son los chinos quienes se contagian, sino nosotros y hay una redefinición no nacionalista del espacio o, al menos un suavizado, quizá por la dificultad de establecer la identificación.


No ocurre así en Estados Unidos, donde rápidamente se ha comprobado que existe una definición clara de los grupos. Esto es lo que ha estallado con la comprobación de las diferencias de contagio entre los grupos hispanos y afroamericanos respecto al resto. Las minorías son percibidas de forma diferente, incluso por ellas mismas, que se siente víctimas de una serie de circunstancias que han llevado a estas diferencias enormes en el número de contagios y de muertes. En una sociedad como la norteamericana, las diferencias de espacio y las distancias son previas al coronavirus, son efecto del racismo (la creación de guetos y de barrios exclusivos) y de las diferencias sociales.


Es importante que se asimile y regule bien el espacio y las distancias; que se frenen las arbitrariedades y las amenazas, discriminaciones, etc. Está claro que eso que llamamos "distancia social" es demasiado ambiguo y desregulado, no por la distancia en sí (1-2 metros), sino por la valoración propia de lo que supone como peligro. ¿Es una agresión transgredirla? ¿Puedo ampliarla unilateralmente? ¿Tengo derecho a considerarme en peligro si alguien la trasgrede? ¿Cómo resulevo el conflicto?En la medida en que no es algo de mi espacio, sino del espacio público necesita de un consenso que irá confirmándose o no cuando tengamos que convivir. Por eso los conflictos se están presentando en las viviendas, que es la prolongación del espacio propio, nuestra casa. 


Esta situación actual no va a desparecer sino, por el contrario, va a reconfigurar nuestras propias percepciones y de los otros, nuestra forma de relacionarnos y reclasificar nuestras actividades —del ocio al trabajo, de la enseñanza al deporte— en función del mayor o menor riesgo. En la medida en que se vaya saliendo de casa, la reconstrucción de las actividades lo será también de espacios y distancias. No podemos ignorar que para muchos será un proceso complejo y puede que traumático. Por eso es esencial que esa reconfiguración sea clara para evitar complicaciones por la vaguedad o lo abstracto de lo que se explica. Lo que se define hay que llevarlo después a la realidad cotidiana, que es donde se pueden producir los conflictos.
En la medida de lo posible, se hace necesario prever la redistribución de los espacios, la definición de las distancias y las medidas de seguridad aceptables para evitar que eso quede a la fuerza y la arbitrariedad. Debemos aprender a relacionarnos bajo las nuevas reglas. hay que redefinir los conceptos básicos de lo público, de lo común, de la privacidad, etc. a la luz de los nuevos parámetros. Si lo hacemos bien evitaremos muchos problemas.


sábado, 14 de noviembre de 2015

Doce razones

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

DOCE RAZONES. Podría haber muchas más razones contra la violencia y la barbarie, contra la ignorancia y el fanatismo, contra la incultura y el odio. Pero estas 12 son suficientes. Si hay paraíso, se entrará con un libro en las manos, no con un arma. Con estas doce razones, quizás con una sola de ellas, se curarían muchos espíritus enfermos, se abrirían muchos ojos cerrados y se abrirían muchos puños agresivos.


sábado, 17 de enero de 2015

La convivencia en un escenario común

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En estos días se acumulan las reflexiones sobre la libertad de expresión y sus límites. Se hace desde perspectivas muy diferentes y en contextos que difícilmente pueden ser equiparables, por lo que se parece mucho a un diálogo de sordos. Los hechos parecen demostrarnos cada día un problema de fondo: lo que antes eran esferas separadas, mundos paralelos, son ahora un escenario común en el que se representan distintas obras. Todos estamos sobre las mismas tablas, con libretos diferentes. El resultado es esta cacofonía sangrienta, este estado de máxima irritabilidad donde lo que escuchamos de los otros no nos gusta.
Esta nueva pequeñez del mundo tiene su primer efecto en lo que llamaremos el problema del tabique fino, es decir, la vecindad obligada por nuestra proximidad y la intensidad de las relaciones internacionales. El mundo se ha hecho pequeño por las comunicaciones nos convierten a todos en miembros de un mismo auditorio y se ha hecho también pequeño por las facilidades de movimiento que hacen que cada país contenga en su interior parte de otras comunidades culturales. Comunicación, migración y transporte fácil crean en su conjunto una situación de vecindad permanente que es difícil de obviar cuando se producen conflictos.

La rapidez con la que viajan las comunicaciones no es la velocidad con la que se transforman las mentalidades, que lejos de hacerse convergentes en el diálogo se pueden radicalizar en las fricciones. El diálogo es menos intenso que la discusión, por decirlo así. O al menos las discusiones se realiza en un tono más alto y estridente.
Para muchos, este contacto de las culturas es un problema en sí mismo. La universalidad que hemos otorgado a los Derechos Humanos está lejos de ser verdaderamente "universal". Surgen y sirven para defender unos ideales en un contexto determinado. Y surgen, evidentemente, porque son necesarios, por la existencia de un déficit.
Es de nuevo evidente que no se aplican los mismos parámetros para medir los efectos de las mismas acciones. Cuando el mundo era grande, esto carecía de importancia porque las distancias físicas y comunicativas atenuaban las reacciones. En el mundo era posible lo exótico y no se pensaba que las diferencias culturales fueran trascendentales, sino lógicas diferencias producto de la distancia y de las diferentes velocidades de la Historia. Hasta hace poco, muchos viajaban buscando las diferencias y los que los acogían los veían las más de las veces como curiosidades. No se percibía como una agresión la diferencia, sino como una producción de la Historia.

Ejemplo de mala titulación "totalitaria"
Pero nuestra percepción ha cambiado y hoy consideramos que la globalización comunicativa y móvil nos encamina hacia una convergencia igualitaria. Han aumentado los contactos de todo tipo (económicos, culturales, militares, etc.) y la gente ya no vive en sistemas cerrados a menos que se intenten bloquear, como ya hacen algunos países, que no están dispuestos a ser contaminados desde el exterior. Los organismos internacionales plantean exigencias a los países de respetos de los estándares internacionales, como los Derechos Humanos. La movilidad y la comunicación permiten las comparaciones y las percepciones de las diferencias existentes entre los sistemas políticos y culturales. Y eso ha abierto brechas internas y provocado fricciones externas.
Las personas que se manifiestan violentamente, quemando banderas y demandando venganza por la publicación de unas caricaturas, enjuician el mundo desde una perspectiva específica. Los que realizan las caricaturas no tienen en mente que sus destinatarios sean esas personas que no comparten sus criterios sobre el humor y los temas sobre los que se ejerce.


El debate sobre los límites de la libertad de expresión no tiene demasiado sentido en este contexto de distancias perceptivas y diferencias de valores. Se ha conseguido que una publicación de 60.000 ejemplares salga a la calle con cinco millones no porque haya un interés específico en la representación burlesca de Mahoma, algo que no importa al 99% de sus lectores, sino porque se ha sentido que una parte del mundo trata de imponer a la otra su forma de pensar y sus límites. Al no haber concordancia en los límites, se produce una retroalimentación, con lo que se llega a una espiral. La publicación se reafirma en su libertad y el otro lo percibe como una insistencia en la ofensa.
Lo que los millones de personas han salido a defender a la calle no es la gracia mayor o menor de unos chistes determinados. Mucha gente no comparte ese sentido del humor, por eso la revista tenía 60.000 ejemplares de tirada y no cinco millones, como ahora. La gente que ha hecho cola para conseguirla estaba mostrando su apoyo a su propio sistema de libertad y, especialmente creo, a la forma de resolver conflictos.

El debate sobre la libertad de expresión y sus límites es claro. Sobre todo lo es en su forma de resolver los inevitables conflictos que se plantean con frecuencia. Toda libertad tendrá sus límites, pero tiene sobre todo su forma de establecerlos. Nuestro sistema no depende de las iras populares, sino de los jueces, que es ante quienes se debe reclamar si alguien se considera injuriado y quienes deben establecer las acciones que se han de tomar. Pero esas "iras populares", a su vez, van encabezadas muchas por clérigos que ejercen en su sistema el papel de jueces y a quienes se sigue en sus fatwas. Nos es ajeno ya el sistema de lanzar proclamas pidiendo venganza y prometiendo el paraíso a los que maten a los blasfemos. Lo abandonamos hace ya algunos siglos y no es compatible con nuestro sistema de pensamiento actual. Consideramos un peligro a las personas fanáticas que quieren hacerlo y las llevamos ante los tribunales para que los jueces dictaminen.
He leído muchos artículos publicados en medios árabes conteniendo razones genéricas sobre la libertad de expresión. La mayoría condena los ataques, pero algunos contienen  justificaciones implícitas por las ofensas a Mahoma y a la religión, algo que —dicen— les hace sentirse ofendidos como musulmanes. "El profeta", señalan, "es una línea roja". No entienden el sistema retórico que lleva a personalizar en Mahoma lo que muchos de ellos, en cambio, consideran que es una perversión radical de sus doctrinas. No entienden que "Mahoma" sea representado, primero, y mal interpretado, después. "Occidente", dicen, identifica a "Mahoma" con los "integristas" y los "terroristas", algo que no entienden y les parece un gran error perceptivo y un insulto indiscriminado, que afecta al musulmán que no se mete con nadie.
Además, piensan muchos, eso da alas a los más radicales, que les ponen entre la espada y la pared acusándolos de "malos musulmanes" si no protestan también. El caso, piensan, ayuda realmente a que los más radicalizados se pongan al frente de cada vez más gente, a las que les resulta más fácil enganchar y manipular. Eso no ocurre solo en lugares atrasados, en montañas y valles perdidos, en lugares remotos, sino en gente formada en escuelas de Francia o Inglaterra, de Bélgica o Alemania. Esto último nos resulta incomprensible y todavía se está procesando para tratar de asimilarlo.

Pero esto es solo una parte del problema. Podría tratarse solo de la cuestión de la "representación gráfica del profeta", pero no es así. La radicalización de una parte del mundo islámico es evidente —Al Qaeda y el Estado Islámico, Boko Haram, etc. no son invenciones—y la padecen ellos los primeros. Por cada occidental muerto hay miles de musulmanes que han caído en sus propias tierras víctimas de la intransigencia radical. A muchos de esos muertos tampoco les hacía gracia la cuestión de las caricaturas, que no es un indicador de radicalismo, sino una tradición cultural propia.
Tampoco es cierto que "el profeta sea una línea roja". Aquí mismo traemos con frecuencia las detenciones y condenas a largas penas de "ateos", que no se han metido con "Mahoma" sino que sencillamente no tienen ninguna creencia y sostienen su derecho a seguir así. Aquí no hay ofensa a nadie, sino un derecho a la libertad de conciencia. Pero eso también parece ser otra "línea roja".
De la misma forma que lo hemos criticado, hemos sido rotundos con los que han usado los ataques a las religiones como mera provocación, como el caso del reverendo Jones, un tarado con ganas de notoriedad que hizo un juicio al Corán y quemó ejemplares. Hace ya algunos años escribimos una entrada del blog titulada "Sobre el respeto y la burla". Recogía las palabras de una antigua alumna que pedía simplemente que no se burlaran de su religión. Me parece razonable distinguir entre el humor y la crítica y la burla, que lleva una intención diferente, por un lado, y más si se hace extensiva a un conjunto de personas que no son responsables de lo que hacen otros. Decía —y lo sigo pensando— que se pueden ejercer todas las críticas a lo que consideramos negativo sin llegar a la burla, que afecta a personas que no se sienten responsables de los motivos que se alegan para realizarla. Piden que no se identifique sus creencias con otras que ellos mismos consideran aberrantes.


Unos días antes de la matanza de la revista francesa publicamos un texto señalando que "el humor viaja mal", tratando de señalar las grandes diferencias culturales que se dan en su interpretación y valoración. Lo hicimos igualmente cuando apareció la nueva portada de Charlie Hebdo, señalando que era "incomprensible" en términos interculturales. Que lo que a muchos les parecía un gesto de "paz" que intentaba distanciar a Mahoma de los extremistas, sería malinterpretado como una nueva ofensa. Así ha sido.
La petición de la Universidad de Al-Azhar de que se "ignoraran" las nuevas caricaturas no ha sido la tónica general, sino que se ha utilizado por algunos para echar gasolina al fuego antioccidental para rentabilizar la irritación.

Volvemos de nuevo a la idea de diálogo imposible del principio. ¿Es imposible el diálogo? Lo primero es que "diálogo" es solo una metáfora; nadie está "dialogando". Solo se está usando la "imagen estereotípica" del otro para reafirmar las ideas propias. El radicalismo islámico está encantado con que sigan saliendo este tipo de caricaturas, cuantas más mejor. Son la mejor propaganda para ellos; les permite convertirse en abanderados de la religión, en defensores del profeta. Además tiene un efecto secundario: los moderados se ven desbordados por las presiones que les llegan desde las agitadas calles y se ven obligados a radicalizarse para evitar ser acusados de cómplices de blasfemos o de apóstatas. Eso hace que quien realmente salga fortalecido sean los radicales, que ganan terreno. Se le ha dado sentido a su cruzada y les ha quitado argumentos a sus enemigos.
Un elemento que se vive como un agravio surge de la pregunta de por qué en Occidente se penaliza al que duda del holocausto judío y se condena el antisemitismo y no se hace lo mismo con los que atacan la religión islámica. Es una buena pregunta, pero es una pregunta mal formulada. Distinguimos las críticas de lo que es el enaltecimiento del odio y la muerte. Por eso se ha sido firme en la condena de la "islamofobia", que sería el equivalente al "antisemitismo". Podemos criticar o ensalzar una religión, pero no está permitido ensalzar una matanza de millones de personas, ni se admite justificación alguna que siembre el odio o niegue los hechos y trate de crear el contexto para que se repitan.
Recogimos aquí hace tiempo, la reacción de las autoridades de las escuelas de la ONU en Gaza cuando se intentaba manipular los libros escolares de historia negando el holocausto judío. Los responsable de las escuelas reaccionaron inmediatamente porque no estaban dispuestos a que en sus aulas se alentara el odio negando la muerte de millones de personas.


La misma manifestación de autoridades en París se ha percibido de forma diversa y preocupada por muchos. La asistencia de figuras políticas —las califiqué como con poco pedigrí en la defensa de la libertad de expresión para estar allí— como Recep Tayyip Erdogan y otros que encarcelan periodistas se ha percibido como una burla siniestra por parte de los que luchan en sus países para tener verdadera libertad de expresión. Verlos ahora del brazo de otros líderes mundiales, recibiendo el aplauso del público al pasar, ha debido sentar muy mal en algunas cárceles pobladas de periodistas y discrepantes. También ese mensaje se ha enviado mal y François Hollande, como organizador, ha pecado de ingenuo al llevar del brazo a dictadores con delirios de grandeza democrática. Hay que tener cuidado con estas cosas porque el rendimiento que le pueden sacar algunos es muy grande. Vivimos en un mundo de signos y todo símbolo es manipulable.
En lo que hay que trabajar es en evitar los malentendidos. Es sorprendente que en una época de globalización, de informaciones que cubre la totalidad del globo en segundos, sin embargo, se cometan los enormes errores que dificultan la comunicación intercultural. Necesitamos comprender más las culturas de las que hablamos con un desconocimiento profundo y una ligereza mayor.
Sabemos distinguir un "nazi" de un "alemán" y eso ha permitido reconstruir Europa y convivir. Cuando se representa a Angela Merkel, por ejemplo, como un "nazi", como es frecuente en caricaturas y pancartas callejeras, estamos retrocediendo en nuestra visión del mundo y estamos insultado injustamente a muchos alemanes, a los que no le hará gracia la comparación. A algunos les parecerá "gracioso"; a otros muchos  no.


Estamos empezando a distinguir "islam" de "islamismo". Estamos obligados a evitar caer en los estereotipos, que funcionan en ambos sentidos. Para los fundamentalistas islámicos, "Charlie Hebdo" es "Occidente", porque así quieren que sea, como los inocentes clientes franceses de un supermercado judío son "Israel" para ellos. Matar no requiere más que esa ampliación del contenido de la metáfora, cambios en el significado de las palabras. Podemos pasar del "nazi" a "Alemania", del "terrorista fundamentalista" al "árabe"; de "judío" al "sionista". Son operaciones retóricas en las que incluimos más de la cuenta y cuyos resultados son imprevisibles. O, desgraciadamente, demasiado previsibles. Llamar a las cosas por su nombre y saber qué significan esos nombres es un primer paso. Los radicalismos buscan, por el contrario, ampliar los sentidos para aplicarlos al mayor número de personas y rentabilizar así sus odios y prejuicios.
La gran mayoría de las personas apuestan por la convivencia y quieren vivir en paz. Pero los intereses para que esta no se produzca son también grandes. Hay que tener mucho cuidado porque las primeras víctimas que van cayendo en los países árabes son aquellos que abogan por el diálogo y la convivencia. Ellos son el primero objetivo y el más indefenso.
Cada oportunidad que se da a los radicales es un retroceso en la convivencia de todos, pues todos pasamos a estar en esas "categorías", cada vez más reduccionistas, con las que se representa al "otro" satanizándolo. En este conflicto abierto hay muchas cosas que se pueden hacer porque nos afectan a todos. No debemos renunciar a nuestras libertades, pero tampoco a nuestra inteligencia.




jueves, 25 de diciembre de 2014

Viva la diferencia francesa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Repaso la última vez que me reí con ganas y encuentro que fue el fin de semana pasado en el estreno de la comedia francesa "Dios mío, ¿pero que te hemos hecho?" (Philippe de Chauveron 2014). Reírse está bien; escuchar además las risas de los que te rodean, ¡mejor todavía! Y los que me tocaron en el cine se rieron mucho. Nos éramos muchos, pero hicimos mucho ruido.
La comedia trata de un padre francés, republicano, gaullista, católico, con cuatro hijas. Las tres primeras se le han casado con un judío, un árabe y un chino. Ha pasado mucho tiempo desde que Stanley Kramer planteó el caso escandaloso del matrimonio interracial en "Adivina quién viene esta noche" (Guess Who's Coming to Dinner, 1967) en donde los Drayton —Spencer Tracy y Katherine Hepburn— eran puestos a prueba en su liberalismo por su hija, que les llevó a casa a su novio, Sidney Poitier, inequívocamente negro. Eran los años del "haz el amor y no la guerra" y mayo del 68 estaba en ciernes, ya una realidad en Berkeley, California.
La película es muy divertida, muy francesa, con gags ingeniosos. Juega con tópicos y estereotipos al principio para remontar la segunda parte en que todo se acelera. Tampoco es de extrañar, pues es de eso lo que trata. No es gran cine, pero si una entretenida comedia con diálogos ocurrentes y unos buenos actores llevando sobre sus espaldas el peso de representar la desesperación, pero también la unión familiar alcanzada tras las vicisitudes y vencer los prejuicios.


Y eso es importante porque se trata de eso, de representar a la familia francesa en los tiempos de Marine Le Pen. No se puede ver esta película, ni juzgarla, sin pensar que está hecha en la Francia que ha vuelto a la xenofobia y al racismo bajo el disfraz de un nacionalismo obsoleto, romántico y teatralizado. La Francia de Marine Le Pen es la de la pureza rubia de Marine y su familia. Ellas —solo mujeres y Papá Jean-Marie— son las nuevas Juanas de Arco, la santas de la intransigencia, del antieuropeísmo y de devoción por ese santo laico, ese "San Manuel Bueno, mártir", que es Vladimir Putin, el ex agente de la KGB homofóbico y visionario, que husmea el rastro de la Historia recuperando territorios.


Jean-Marie Le Pen ha tenido tres hijas y nueve nietas para la causa. Frente a esa perfecta familia francesa, la que aspira al Elíseo, se nos muestra esta otra, variada, colorista e imperfecta. Los que se matan en otros lugares del mundo, están obligados aquí a compartir mesa en cada celebración, a vencer sus respectivos prejuicios.
Lo verdaderamente importante de esta comedia no es que tenga más o menos gracia, sino que no les haya hecho ninguna a los seguidores de Le Pen, dominadores de la patria avinagrada. El gaullista católico y republicano protagonista, un notario de provincias, está a años luz de los lepenistas. Él se contenta con que alguna de sus hijas, una al menos, se llegue a casar con un católico para poder ir a una celebración como dios manda, qué tampoco es pedir demasiado. La película nos mostrará que siempre se obtiene lo que se pide pero de forma aproximada.


En la Francia que sus hijas quieren —múltiple, variada—, aunque cada uno tenga su religión, todos tienen los juzgados civiles para casarse, y La marsellesa para cantar al unísono. La Francia diferente está por encima de las diferencias. Ni para ti ni para mí; lo que quieran mis hijas, que son su debilidad, su amor y su futuro.
Hoy que muchos alemanes se lanzan a la calle a pedir que se vayan los inmigrantes, que Suiza echa el cierre y los británicos dicen que o se controla a los demás o ellos se van de Europa, y que esto se va repitiendo por muchos otros escenarios que han sustituido la Ilustración por las tinieblas raciales, una comedia convencional se convierte en una pieza suave de vanguardia militante, que no estética, por la tolerancia y la convivencia.


Los anglosajones la han llamado "Serial (bad) weddings" y los alemanes "Monsieur Claude und seine Töchter", que no le hacen justicia a la base de la comedia, resaltar esa especie de castigo divino que supone la situación para los frustrados padres. 
Tras la decisión de Sony de estrenar hoy, el día de Navidad, la película amenazada por Corea del Norte, es decir, por el dictador de la tercera generación, un ciudadano norteamericano preguntado decía que tenía dos motivos para ir a verla: uno, que creía que era muy divertida y, dos, por principios. Pues las dos razones valen también para esta comedia francesa contracorriente. Es divertida y es cuestión de principios en un mundo intransigente reírse un rato viendo la convivencia como un valor positivo.
Yo me divertí viéndola y —pequeña maldad— pensando en lo mal que le habría sentado a algunos. La película, dirigida por Philippe de Chauveron ha batido todos los récords de taquilla en Francia en 2014, con 12 millones de espectadores, superando el éxito de otra película, Intocable (2011).
¿Que es irreal? Pues sí, claro. Por eso es ficción y puede tener buenas intenciones. Pero yo preferiría que me invitaran a comer ellos que la real familia Le Pen en su perfección inmaculada.








sábado, 12 de julio de 2014

Pensando en Marte o cuando los extraterrestres seamos nosotros

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La BBC nos trae una muestra de lo previsores que somos los seres humanos para ciertas cosas. La proximidad de la colonización de Marte por humanos plantea algunas cuestiones relevantes. No se trata solo de las primeras misiones, que se limitarán a hacer lo que les ordenen desde la Tierra, pues tendrán un carácter científico militarizado, sino las que posteriormente traten de desarrollar una vida "civil" en el lugar, que ya no se tratará solo de un espacio que explorar sino también de un lugar en donde vivir. Y vivir es convivir.
La BBC nos cuenta cómo algunos ya se están anticipando a las futuras necesidades:

"El futuro de la humanidad más allá de la Tierra es un asunto fascinante", dice Charles Cockell, astrobiólogo de la Universidad de Edimburgo y organizador de esta segunda Conferencia Internacional sobre Libertad Extraterrestre (ELC, por sus siglas en inglés).
"Una de las cosas que ha sido muy importante en la historia de la civilización humana es la libertad, así que queríamos pensar en la libertad más allá de la Tierra".*


El futuro se echa encima en cuanto que te descuidas y las fechas que se van dando, no sabemos si de forma realista o no, plantean la cuestión entre diez y treinta años, más o menos, según el tipo de proyecto, desde el reality show televisado de la Mars One a los planes de la NASA o de los viajes turísticos espaciales.
La preocupación colonial es importante porque si las expectativas son las de quedarse allí y crear una sociedad, esta, efectivamente, tendrá que dotarse de reglas de convivencia que permitan ir más allá de una primera sociedad probablemente militarizada para garantizar la supervivencia en el inicio. ¿Se podrá salir de este planteamiento hacia formas más libres, como propone la conferencia que sirve de inicio a la BBC?
La imaginación es una de nuestras armas evolutivas más poderosas pues en su origen está precisamente la anticipación de problemas o cuestiones que nos puedan afectar. El hecho de podernos sentar a pensar cómo serían nuestras relaciones y necesidades en un entorno tan diferente al que nos rodea nos muestra el poder previsor de que disponemos.


La Conferencia Internacional sobre Libertad Extraterrestre se centra en la experiencia política acumulada y en los textos más estables a los que ha dado lugar. El punto de partida más adecuado les parece la Constitución norteamericana como paradigma del equilibrio de poderes y reconocimiento de derechos individuales. Les han servido también como modelo las constituciones de países tan dispares como Japón o Islandia. Junto a los textos legales, no podían faltar los sistemas diseñados por la fantasía de todos aquellos que han imaginado mundos más allá del nuestro a través de la Ciencia-Ficción. La experiencia es importante, pero la capacidad de anticipar lo nuevo lo es también. Habrá derechos que nunca se hayan recogido y que sea necesario hacerlo allí:

Los delegados de la conferencia deciden que tener aire que respirar es un derecho fundamental que tiene que ser consagrado en el corazón de cualquier constitución colonial.
"Una colonia espacial es un entorno propenso a las tiranías", advierte Cockell, señalando que ninguna otra constitución ha incluido antes el derecho al aire respirable.
"Si alguien consigue el control del oxígeno, podría tener el control de toda la población y amenazar con consecuencias directas a cambio de niveles extraordinarios de poder".
Pero en la conferencia hay otras referencias, además de las constituciones: Star Treck.
Resulta que Gene Rodenberry, el creador de Star Trek, pensó seriamente en esto hace casi medio siglo en una oficina de producción de Hollywood.
"Las personas que escribieron Star Trek tenían un sistema, la Federación", dice Janet De Vigne, una académica de idiomas y compañera de Cockell en Edimburgo.
"Star Trek es una sociedad postcapitalista, si vas a establecer una colonia, ¿cómo será la organización económica? La economía podría ser completamente diferente".*


La especulación sobre las sociedades y su organización tiene su origen en Platón con La República y en otras obras como la Utopía de Tomás Moro, pasando por San Agustín. Desde el Renacimiento en adelante, las propuestas de comunidades distintas son una constante y representan la insatisfacción con las prácticas de organización de la convivencia existentes. Porque no nos convence lo que tenemos, imaginamos otras formas de convivencia.

Los problemas científicos y tecnológicos son de un orden importante, pero los sociales no lo van a ser menos. Probablemente, es imposible construir una sociedad perfecta aunque exista la posibilidad de crear una desde cero. Las sociedades no deben ser perfectas, sino mejorables, y ese debería ser el impulso que tuviesen sus miembros, la voluntad de ir avanzando hacia un nivel más satisfactorio en la convivencia. Es difícil definir una sociedad, sobre todo si se hace en un entorno tan agresivo como será el de Marte en donde, como en el caso del "aire" que respirar; la negación de ese derecho fundamental acarrearía la muerte. Simplemente de esta cuestión del aire surgen decenas de preguntas inmediatas sobre su administración, en manos de quién debe estar, cuál debe ser su calidad, etc. Las cuestiones se multiplican en un escenario muy distinto y los miembros de la Conferencia londinense se dedican a especular sobre ellas.
Como en cualquier otra sociedad, los que residan en nuestras colonias marcianas tendrán que encontrar las fórmulas más adecuadas para su supervivencia y convivencia. Por muy extremas que puedan ser sus condiciones, no deberían renunciar a algo tan etéreo como es la felicidad. El modelo de la Mars One, que busca financiarse con el reality emitido desde Marte, apuesta por las reglas del juego, que serían otra forma de "constitución", pero serían reglas dadas para el disfrute morboso de los que puedan acceder a su canal desde la Tierra. No me parece el planteamiento más adecuado.
El astronauta Buzz Aldrin, el segundo hombre que pisó la luna, ya advertía el año pasado: el que vaya a Marte se queda, no hay retorno.

Aldrin tiene claro que la NASA, con la ayuda de la industria comercial, puede llevar seres humanos a Marte alrededor de 2035 y debe hacerlo para que se conviertan en "colonos permanentes".
"No vamos a transportar a la gente de vuelta a la Tierra, es demasiado caro. La Tierra necesita establecer un asentamiento permanente en otro planeta y dejar de [sic] que crezca. Cuando consigamos hacer eso, ese presidente pasará a la historia durante cientos de miles de años", dice el astronauta, que enseguida descarta el satélite que él visitó y ahora considera "un callejón sin salida".**


Por mucho que imaginemos cómo pueda ser la vida en Marte para los terrestres que la visiten para quedarse, los que tendrán que enfrentarse a los retos serán ellos. Está bien que dediquemos tiempo a pensar en esto, pero sabemos que serán ellos los que hagan sus enmiendas. Los organizadores quieren reunir material académico, señala la BBC, que "servirá como manual sobre cómo establecer y dirigir una colonia espacial con éxito"*. Este enfoque destinado a emprendedores y futuros líderes coloniales marcianos no sé si será el más adecuado. En cualquier caso, yo creo que debe haber primarias.
Como cualquier colonia, su éxito solo garantiza una cosa: dentro de unos cientos de años comenzara su propio "motín del té", por un motivo u otro, y romperá sus lazos con la metrópoli. Dejarán de llamarse colonos terrestres y se reivindicarán como marcianos. Eso hará florecer la Historia y las Artes, que les ayudarán a reivindicarse como seres distintos y empezarán a poner cuotas de inmigración cada vez más restrictivas para mantener su nivel de vida frente a la degradada tierra. Y si no, al tiempo.



Nota: El profesor Charles Cockell es un científico de gran prestigio, director del UK Centre for Astrobiology. En otro plano, pero también importante, ha sido propuesto este año, 2014, para "The Van Heyningen Award for Teaching in Science and Engineering", por la EUSA (Edinbourgh University Students' Association). Conocimiento, imaginación y pasión y entrega en la enseñanza son virtudes por separado y una gran combinación cuando se dan juntas. En la nominación, los estudiantes lo describieron así:

"All of the students agree that he is not just an international superstar professor who has worked for NASA, he is also the best professor in general... when he delivered the last lecture in astrobiology dressed up as an alien, who had to feed every ten minutes, we could not help it: we were all in love with this amazing educator from another world!" Student nomination for Charles Cockell.



* "Las leyes que regirán la primera colonia en Marte" BBC 10/07/2014 http://www.bbc.co.uk/mundo/noticias/2014/07/140710_vert_fut_ciencia_ley_colonias_marte_np.shtml
** "'Los astronautas que viajen a Marte tendrán que quedarse allí para el resto de su vida'" El Mundo 9/05/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/05/08/ciencia/1368017614.html