Mostrando entradas con la etiqueta Chloé Zhao. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Chloé Zhao. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de abril de 2021

Bondades y aullidos, sobre Nomadland

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Ya conocemos los premios de la Academia del Cine. Son unos premios si no extraños, sí atípicos, claramente un cambio de sensibilidad. Las películas de este año tenían valores distintos, más humanos, quizá porque el dolor estaba en el corazón de muchos. Muchas de las películas han sido ejercicios sencillos de ahondar en los sentimientos y en las injusticias.

Creo que se pueden ver dos líneas claras, las películas que nos hablan de nuestro lugar en el mundo y aquellas que presentan un mundo inhóspito, agresivo, con poco sentido de la piedad hacia los demás. Esto nos ha dado películas como Nomadland o The Father, como Minari, en el primer grupo; y aquellas que, en el otro extremo, muestran las luchas, los conflictos sociales, como El juicio de los 7 de Chicago, Los Estados Unidos vs. Billie Holiday o Una joven prometedora, con una dimensión inequívocamente combativa y social. Ya fuera el racismo o el machismo, los esfuerzos combativos estaban en este segundo grupo, mucho más militante.



La vía del primer grupo no abandona las injusticias, pero sí elige otra vía muy distinta para exponerlo. ¿No es Nomadland una película crítica? Por supuesto, hasta sus raíces mismas, pero busca otra forma de exposición porque hay otra forma de entender la vida. El cine es mirada y tras ella están los sentimientos, el corazón y el cerebro. Hay un cine industrial, pero también un cine que es escritura, estilo sobre el mundo y la vida.

En RTVE.es nos hablan de su directora, Chloé Zhao, ya ganadora del Oscar en esa categoría. La llaman La "profeta de los desheredados":

 

Chloé Zhao (Pekin, 1982) ha hecho historia al convertirse en la segunda realizadora en conseguir el Oscar a la mejor dirección por Nomadland. Una noche en la que Frances McDormand ha conseguido su tercer Oscar a la mejor actriz. Además, ambas son coproductoras de la película, por lo que también comparten la estatuilla a la mejor película del año.

Zhao ha calificado la película como: "El viaje de toda una vida, una locura que hemos hecho". Y ha dedicado el Oscar a las buenas personas: "Siempre he encontrado bondad en toda la gente que he conocido, este premio va para todos los que sacan la bondad de las personas que conocen, eso me inspira a seguir".*

 


No creo que a esto, como dirían algunos, se le pueda llamar ingenuidad. Es, simplemente, una forma de entender la vida e ir por el mundo. La adaptación de un libro reportaje sobre las víctimas de la gran crisis de 2008, la crisis de la codicia, de las estafas financieras, etc. era un momento para hacer una película más del segundo grupo. Sin embargo, la mirada que hay implica que es más importante un corazón limpio que uno que odie, que es más importante centrarse en la positividad de la vida, que perderse uno mismo en sentimientos negativos. Por eso no es nada extraño que Zhao dedique a las buenas personas su premio,  a aquellas que sacan bondad de los demás y no lo peor, como, desgraciadamente, tenemos muchos ejemplos cada día. Una buena persona es quien se niega a dejarse arrastrar por las maldades del mundo. No es un tonto, por más que muchos lo crean. Si hay algo peor que ser víctima de los demás, es serlo de ti mismo.

He hablado aquí en varios momentos y en otros lugares de la película, de su carácter atípico, lírico, de su dejarse absorber por la tierra, esa tierra de nómadas. Creo que es una película que puede ser muy mal interpretada, como los que la comparan con un "western de colonos". El "nómada" es lo contrario del "colono"; por eso el western tradicional es una lucha por el dominio de la tierra o por el control sde la ciudad, cuando Nomadland nos muestra los beneficios del no desear, de seguir el camino para la alegría del reencuentro con los que nada tienen.



Sí hay un profundo sentido de la naturaleza, pero no como una posesión, como algo a lo que vencer, sino como algo por lo que desplazarse, un espacio en transformación que debe ser contemplado y partir.

Nomadland es una demostración de que el cine no es mero entretenimiento. Es un arte complejo que corre el riesgo de verse reducido a una actividad económica sin trasfondo. Me he lamentado muchas veces de que el cine no haya entrado realmente en nuestro sistema educativo, lo cual es una ventaja en ocasiones si tenemos en cuenta que este no enseña a formarse una emoción estética. Llevado por la vorágine del estreno, de la temporada, de recuperar lo invertido, etc. el cine necesita de entusiastas capaces de transmitir entusiasmo, de acercarnos a sus sutilezas de expresión, de construcción, etc.

Integrado en lo cotidiano, el cine nos transforma como lenguaje, pero no acabamos de entenderlo, de reflexionar sobre lo que suponen sus obras.



Creo que no hay ningún otro arte que necesite de tanta ayuda como el cine, pues sus problemas provienen precisamente de su propio éxito. De la alfombra roja al glamur, pasando por el cotilleo y el corazón, por citar solo algunas ocupaciones habituales, el cine padece esta atención que muchas veces desvía la mirada del propio filme.

 

"¡Ved la película en la pantalla más grande que encontréis!, ha dicho Frances McDormand al recoger con los otros productores el Oscar a la mejor película. La actriz ha protagonizado uno de los momentos de la gala al despedirse con un aullido de lobo (que ha dedicado a "la manada" de Nomadland).*

 

Los que vivimos la época de las grandes salas en lugares pequeños, en barrios, agradecemos esa visión amplia, esa inmersión que el cine requiera para poder experimentarlo en plenitud.



No me parece mal que en el civilizado y glamuroso Hollywood haya resonado ese aullido de McDormand, una forma de reivindicar lo que el propio filme quiere expresar, ese sentido de lobo solitario, pero también el sentimiento de pertenencia que es el que da sentido a los reencuentros en el filme.

La pandemia ha tenido su lado positivo para el cine. Nos ha traído historias más sencillas, más cotidianas, alejadas de efectos especiales. Con cines cerrados y con las productoras reteniendo sus películas pensadas para ser grandes éxitos y recuperar grandes inversiones, la solución más sencilla ha venido de quienes han decidido asumir los riesgos, muchas veces los propios actores, en un movimiento alternativo cada vez más importante. McDormand produce la película, es su apuesta. Lo hemos visto cada vez con más frecuencia. Independencia creativa que se enfrenta después a la falta de inversiones en promoción y de huecos en las salas. Estas películas han pasado por el boca a boca antes que por la promoción publicitaria.

La pandemia, ante la ausencia de películas taquilleras por estrenar —reservadas para momentos mejores— nos ha traído a los cines películas insospechadas, buen cine de lugares poco frecuentes en las salas. Con todo, la ausencia de promoción ha sido un lastre. He visto magníficas películas en solitario, contemplando una sala vacía. Se han traído películas de otras latitudes sin la más mínima promoción.

Me alegro por Nomadland. Me alegro por su visión del mundo, por su sencillez formal y su profundidad moral. Me alegro por los que apostaron por ella, por su directora y por producirla. Habrá que verla de nuevo, como dice, Frances McDormand en la sala más grande que encontremos y salir de ella aullando. Habrá que hacer sitio para ella también en la colección para poder verla de vez en cuando y recargarnos de bondades frente a la irritación mundana.

 


* Jesús Jiménez "Chloé Zhao, la profeta de los desheredados" RTVE.es 26/04/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210426/oscar-2021-chloe-zhao-profeta-desheredados/2087470.shtml

lunes, 12 de abril de 2021

Nomadland, la vida continúa

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Me despierto con la noticia del triunfo de Nomadland en los premios Bafta, tal como ocurrió ya en los Globos de Oro y en otros escenarios. Me alegro. Hay películas que se pueden juzgar por muchas cosas, muchas más que las que entienden los esteticistas. Nada más complejo que la idea de belleza desde que en el siglo XIX a algunos se les ocurrió separarla de la Verdad y del Bien. Con la llegada del escepticismo moderno, la Verdad queda relativizada, cuando no pisoteada como el "mundo alternativo" de los trumpistas, por no hablar del Bien en un mundo cada vez más egoísta, que te pone en la balanza del "consume o muere" como alternativa camuflada. Nomadland es una película cuya belleza no pierde su Verdad y Bondad, con mayúsculas platónicas o probablemente con minúsculas modestas.

Creo que Nomadland es algo más que una buena película —¿qué es una buena película?—. Es una mirada de la que aprender, algo que el gran arte hace con modestia y seducción. Renuncia a grandes discursos y hace hablar al silencio. Nada más elocuente que el silencio en el cine porque nos obliga a compensarlo con nuestras propias percepciones.



Nomadland trata de la vida. Es la vida a la que decenas de miles de personas se ven abocadas renunciando a la radicación. Hay toda una cultura de las raíces, de la tierra, del asentamiento. Su protagonista, magistralmente interpretada por Frances MacDormand, también premiada, tiene la oportunidad de radicarse, de tener lo que parece la solución a sus "problemas", pero la rechaza. Podemos pensar que lo ha hecho por costumbre, porque es ya una desarraigada, pero el filme mismo nos mostrará dónde está su verdadera felicidad en la escena junto al mar. No, no es cuestión de hábitos; eso dejaría convertida a la protagonista en un animal de costumbres, algo que no es por más que su vida se base en encuentros y reencuentros.

Cuando escribí la reseña de la película al estrenarse entre nosotros, señalé que había un fondo de renuncia para no sufrir, un planteamiento casi budista. Tener es el principio del sufrimiento; el desapego elimina el dolor de las pérdidas. Cuanto menos tienes, menos te pueden quitar o puedes perder. Es una respuesta profunda a un mundo hostil, que no es la naturaleza sino la sociedad misma, cada vez más fundada en el poseer. No hay una mística del abandono porque es la propia sociedad, sus mecanismos egoístas, los que te han sacado de ella. Pero la actitud puede ser muy diversa, de la amargura infinita a la adaptación del superviviente.



La película, dirigida por Chloé Zhao, sabe captar esa forma de disfrutar de lo que no tiene precio y que nos rodea invisible a nuestros ojos. Todo es conforme a la mirada y está se dirige desde el espíritu. Vemos lo que podemos ver. Para ver el mundo como es hay que renunciar a los velos que lo cubren, los que forman nuestros deseos y ambiciones.

El "precio" es la clave. Esas personas que recorren los Estados Unidos en sus furgonetas adaptadas y caravanas son nómadas, pero cuando les preguntan si no tienen casa, ellos responden que no tienen casa pero sí tienen hogar, una distinción básica entre la posesión material y la espiritual, la que nadie te puede quitar. “I’m not homeless. I’m just house-less.” El que lo entiende, organiza su vida de otra manera.

La acción de la película se sitúa en un momento concreto. Son las víctimas de la crisis de finales de la década del 2000, los sacudidos por la especulación financiera y que se tradujo en pérdidas de viviendas por las hipotecas por todo el país, que no fue el único, como desgraciadamente muchos experimentaron.

La casa es lo que se ha dejado atrás porque se convirtió en una hipoteca de vida. Es uno de los momentos en que se nos muestra la película la trampa que la vivienda había supuesto para los que perdieron el fruto de su trabajo durante décadas. Todo estaba en la casa, por lo que la idea de la tierra de nómadas adquiere un valor más allá de lo meramente simbólico.



En la obra de la procede el filme, País nómada, publicada por la periodista Jessica Bruder en 2018, se nos cuenta la vida de esas personas que fueron llevadas a la carretera por las presiones de bancos, de deudas, de préstamos sin devolver, que perdieron sus empleos porque sus empresas quebraron o redujeron personal para sobrevivir. En la carretera encuentran más humanidad que fuera de ella. Se encuentran y reencuentran, se citan en puntos diversos del país; crean una familia dispersa que busca encontrarse en empleos temporales que les sirven para ir tirando en un mundo que se centra en su caravana, que es su hogar.

No están allí porque lo quisieran, pero se han adaptado a una vida en la que se han redefinidos su prioridades y valores. Trabajan lo suficiente como para seguir su camino, de empleo temporal en empleo temporal, con sus propias rutinas. 

Casi al final de la obra, Jessica Bruder escribe:

  

Como los nómadas, muchas y muchos estadounidenses se ven obligados a cambiar su modo de vida, aunque las transformaciones sean aparentemente menos radicales. Hay muchas maneras de afrontar por partes el reto de la supervivencia. Este mes, ¿te saltarás alguna comida? ¿Irás a urgencias en vez de a tu médico? ¿Aplazarás el pago de la deuda acumulada en tu tarjeta de crédito con la esperanza de que no la pasen a cobro ejecutivo? ¿Dejarás de pagar las facturas del gas y la electricidad, cruzando los dedos para que no te corten la luz y no quedarte sin calefacción? ¿Dejarás que se acumulen los intereses de tu crédito estudiantil y sobre los plazos del coche con la esperanza de encontrar más adelante la manera de ponerte al día?   

Estas indignidades ponen de relieve una pregunta más significativa: ¿A partir de qué momento unas alternativas imposibles comienzan a destruir a las personas y a una sociedad?   

Ya está ocurriendo. La causa de las matemáticas domésticas insolubles que mantienen a la gente en vela no es ningún secreto. Si se comparan los ingresos medios, actualmente el 1 por ciento mejor situado gana 83 veces más que el 50 por ciento peor remunerado. Los ingresos de las y los estadounidenses adultos situados en la mitad inferior de la escala de ingresos —unos 117 millones de personas— no han variado desde la década de los setenta.   

Esto no es una brecha salarial; es un abismo. Y todo el mundo paga el coste de esta creciente separación.   

«En cierto sentido, me interesan menos el peso y las circunvoluciones del cerebro de Einstein que la práctica certeza de que personas de igual talento vivieron y murieron en los campos de algodón y las fábricas clandestinas», reflexiona el difunto escritor Stephen Jay Gould. Una división de clases cada vez más profunda imposibilita prácticamente la movilidad social. El resultado es un sistema de castas de facto que no solo es moralmente condenable, sino que también supone un enorme despilfarro. Negar acceso a cualquier oportunidad a grandes segmentos de la población significa desperdiciar enormes reservas de talento y capacidad intelectual. También se ha demostrado que frena el crecimiento económico.   

La medida más ampliamente aceptada para calibrar la desigualdad de ingresos es una fórmula desarrollada hace un siglo, conocida como el coeficiente de Gini. Es una regla de oro para los economistas del mundo entero, así como para el Banco Mundial, la CIA y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, que tiene su sede en París. Dicho indicador revela algo sorprendente: actualmente, la sociedad estadounidense es la más desigual de todos los países desarrollados. El nivel de desigualdad que existe es comparable al de Rusia, China, Argentina o la República Democrática del Congo, desgarrada por la guerra.   

Y aun siendo mala, es probable que la situación todavía empeore. Lo cual me lleva a preguntarme: ¿Qué nuevas distorsiones del orden social —o incluso mutaciones— veremos en los próximos años? ¿A cuántas personas acabará hundiendo el sistema? ¿Cuántas encontrarán la manera de escapar de sus garras?

 


La poesía de la película no es otro velo. Cuando el arte usa sus propios medios para expresar esa autenticidad de la que hablábamos, la poesía es iluminadora, ayuda a comprender lo que esos personajes viven y sienten.

Ese retrato de la sociedad norteamericana, de una parte de ella, se nos hace porque se han dado esas circunstancias que señala la autora, la pérdida para muchos de prácticamente todo. Afecta, además, mayoritariamente —como apreciamos en el filme— a una franja de edad que tiene pocas posibilidades de lo que se entiende como "un futuro". Y es ahí donde reside parte de la fascinación de la película, en ese vivir día a día sin la angustia del día siguiente. El futuro es lo que te roban con las hipotecas, con los préstamos; algo que desaparecerá un día sin que acabes de comprender bien qué ha ocurrido. Tus ahorros, tu casa, tu empleo... han desaparecido. Queda la carretera.

Escribe Jessica Bruder: "Me repito una norma cardinal para quienes escribimos no ficción: El relato continúa desarrollándose en el futuro, pero llega un momento en que tenemos que retirarnos y ya no formamos parte de él." Principios y finales significan poco, efectivamente, para una vida en marcha. La obra es "no ficción" ¿y la película? Quizá está clasificaciones sirvan de poco, más allá de las categorías de los premios, cuando se trata de un planteamiento como el que nos ofrece Nomadland.

El filme de Chloé Zhao ha sabido moverse entre lo documental, lo lírico y lo narrativo al escoger una mirada, la del personaje que interpreta Frances MacDormand. Su centralidad hace que el mundo gire a su alrededor tanto como ella gira alrededor del mundo. La directora ha sabido hacer bien su trabajo, dar vida interior a través de las imágenes. Así nos situamos en su interior y comprendemos que al perder lo que tenía ha recuperado algo que no se había dado cuenta que le habían quitado, su libertad. Por eso quizá toma las decisiones que toma y que quizá no tomaría todo el mundo, pero ¿qué interés tiene un personaje que piensa como todo el mundo?



"Un aparcamiento es el único espacio libre y gratuito que aún queda en Estados Unidos", escribe Bruder en su obra. Así, de aparcamiento en aparcamiento, como la vida misma. Hace falta poco para vivir y quizá demasiadas cosas no te dejen realmente vivir. El filme supone una redefinición de los conceptos de pobreza y riqueza, que nos parecen tan claros en nuestra visión materialista del mundo. Quizá no todo el mundo valga para rico.

Me alegro que Nomadland tenga una buena acogida y sea premiada. Es la sencillez hermosa de un cine que renuncia a fabricar sueños, tramas inverosímiles, para hacernos olvidar el mundo, su radical injustica. La película de Chloé Zhao, por el contrario, nos lleva a él y al fondo de nosotros mismos.

Nadie en su sano juicio ensalza la pobreza, pero aquí es la supervivencia lo que se ensalza, la capacidad de darle la vuelta a la desgracia y seguir viviendo con otros ideales y valores: la amistad, la solidaridad, el desapego. Se sacude el estigma y se recupera la dignidad del que poco tiene frente a los muchos que han adquirido su posición en este mundo desigual con la desgracia de otros.

Nómadas, caravanas, carreteras, aparcamientos, encuentros, saludos, despedidas... y a seguir. La vida continúa.