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martes, 20 de septiembre de 2022

Los tiempos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

El siglo XX fue el de la especulación sobre el tiempo en la narrativa, al igual que el espacio lo fue del XIX. Al XXI le queda la ausencia de lo virtual. Las cosas ya no son o, peor, son mensajes que circulan en un no espacio global. El XXI es el siglo de la promesa, del tiempo enunciado pero diferido. Es el tiempo prometido, diferente del tiempo cumplido.

Ya no hay un tiempo común, sino un tiempo estirado para cada acción. Hay un tiempo judicial, eterno en su tardanza, pero estirado cada día en los medios, interminable, aburrido, en el que las causas aparecen y reaparecen para deleite de medios y, según toque, aprovechamiento o desesperación política.

La política tiene su propio tiempo, el marcado por las agendas electorales. Es el tic-tac electoral, relleno de promesas que tienen su propio tiempo, que llegan o no, según interese. El tiempo electoral reorganiza las otras temporalidades para ajustarlas al efectismo de la eficacia. Las cosas se retrasan o adelantan según interese para llegar a un momento pleno de inauguraciones o de cualquier otro evento —real o simulado— que ayuden a inclinar la voluntad en las urnas. Es el tiempo de la virtualidad, donde se puede inaugurar un hospital sin camas o una carretera que lleva a ninguna parte. Es el tiempo de la foto, de la noticia desrealizada. Es el tiempo momento, el del adecuado a los intereses.

Hay un tiempo que diferencia el trabajo y el fin de semana. Es el tiempo de ciudadano gasto. Es el que diferencia entre trabajo y ocio de forma regular. Es la diferencia que el tiempo atmosférico nos indica cuando se diferencia entre los cinco días de trabajo y los dos en los que el "buen tiempo" es esencial para realizar festejos, viajes, etc. que ponen en marcha nuestra economía. El español se pregunta el lunes qué va a hacer el siguiente "finde", el 1 de septiembre qué va a hacer en navidades y el 7 de enero dónde va a viajar en Semana Santa. Son las paradas fijas en su calendario. Se pregunta por fiestas y puentes, como una compañera que hace muchos años el primero de septiembre desplegaba el plano del calendario para ver cómo caían ese curso los puentes. Es el tiempo del vaso medio vacío (el trabajo) o el vaso medio lleno (las vacaciones), una forma distinta de ver la vida, el del okupa del paraíso, el del fugado del infierno de la esclavitud.

Hay un tiempo administrativo, finalmente, que lleva su propio tiempo, el reverso del político, que promete. Al tiempo administrativo le compete cumplir o incumplir lo prometido. Mientras el político se acelera para prometer ayudas —pongamos que para los damnificados por la erupción de un volcán— al tiempo administrativo le compete llevarle la contraria, dejarle en evidencia, hacerle quedar mal. Es cuando la "administración" se transforma en "burocracia", palabra dicha siempre con desprecio, algo que implica el tiempo "no tiempo", la duración sin plazo, una eternidad para algunos.

Nos dicen que, pasado un año —el tiempo cíclico de las efemérides—, lo que iba a llegar de forma inmediata no ha llegado sigue perdido en los recovecos oscuros de ventanillas, despachos y plantas, el mundo de los teléfonos que no contestan porque los que tienen que cogerlos están ocupados, hartos porque son pocos y se les pide mucho.

¿Cómo ha sido el tiempo del ahora rey Carlos III, eterna espera? ¿Ha sido igual que el de su madre, llegada al trono muy joven, reinando setenta años? ¿Cómo es el tiempo del nuevo sucesor? Acaba de llegar y ya muchos hablan de tiempos de abdicación, de transición hacia otro reinado. Las monarquías tienen otros tiempos que las repúblicas. No son los pueblos los que marcan el ritmo sino el tiempo de sus relevos. Hubo un tiempo largo de Isabel; ahora hay otro.

Es cierto. El tiempo es una especie de ficción, una construcción que el reloj y el calendario pretenden fijar, controlar. No hay uno, hay muchos. Se ajustan a sus ritmos marcados unos por la naturaleza y otros mentales, generados por la ilusión. 

¿Cuánto tiempo deben esperar las víctimas de la erupción de La Palma las ayudas prometidas? Dicen que unos tienen casas y otros promesas. ¿Pasa igual el tiempo para ellos que para otros? Probablemente no. Ellos viven en el tiempo catastrófico, el que se aleja en un pasado tachado, en un comienzo que se dilata por la espera. Lo que fue, las referencias se han cambiado. Los medios nos hablan de una "nueva geografía", de una isla distinta a lo que era. El drama, señalaban los palmeros, no era perder las casas, era perder los recuerdos, la vida anterior volatilizada, reducida a lava, a humo.

Cuando les lleguen las ayudas, esas que el tiempo político promete y  el tiempo administrativo dilata, tendrán que fingir que el tiempo continúa, ignorar la fractura del tiempo, el paréntesis que no cesa.

Sí, hay muchos tiempos, muchas formas de vivirlos. La del que espera una ayuda para reconstruir su vida, la del que espera la llegada de un puente para salir de la rutina laboral y entrar en la festiva, la del que espera la llegada de un trono...


viernes, 10 de agosto de 2018

El Tiempo y la ignorancia orgullosa


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Recién terminada la lectura de la obra del físico italiano Carlo Rovelli, El orden del tiempo (2018), me encuentro que la BBC nos lanza una pregunta desde su titular, "Will we ever be able to freeze time?"*.  La posibilidad de los viejas espaciales, las enfermedades hoy incurables, etc. hacen que "congelar" el tiempo, frenarlo, sean objetivos de los científicos. Somos tiempo, es decir, estamos vivos y es la forma en que percibimos nuestro desarrollo.
El "tiempo" nos preocupa en todas sus dimensiones, por más que sea un concepto ambiguo y un misterio que se nos escapa entre los dedos de nuestra experiencia engañosa del mismo.
Las palabras arrastran su historia y configuran nuestra mente. Quizá ninguna nos sea tan evidente como la del devenir, al menos para un cerebro que se adentra en sus propios misterios y los del mundo, que quizá sean los mismos, ya que formamos parte de él, estando sujetos a sus leyes, las que vamos comprendiendo mediante razonamiento, observación y experimentación.
En la obra de Rovelli se nos informa de experimentos en los que, gracias a unos relojes increíblemente precisos (las herramientas son esenciales en la medición), podemos apreciar las mínimas diferencias entre un reloj situado debajo y otro encima de la mesa. No pasa el tiempo igual para los dos. En varias ocasiones se apela al ejemplo de un gemelo viviendo en el nivel del mar y otro en la cima de una montaña. Con un instrumento suficientemente preciso podríamos comprobar que el tiempo no es igual para ellos. El tiempo, ya nos lo dijo Einstein, es local y cuando mayor es la distancia entre dos puntos cada uno pasa a tener su propio tiempo. No existe un ahora simultáneo para todo el universo, sino un tiempo para cada uno de los lugares que se comporta según sus condiciones.

En su obra sobre el tiempo, Rovelli escribe: «En la gramática elemental del mundo no hay espacio ni tiempo: solo procesos que transforman unas en otras diversas magnitudes físicas, y de los que podemos calcular probabilidades y relaciones» (p. 144). Por sus páginas vamos adentrándonos en el problema del tiempo, en su existencia real o no, en su variabilidad y a qué se debe. Se comienza con la visión moderna de los científicos para acabar adentrándonos en esos observadores que somos nosotros, también perceptores intuitivos del tiempo, que lo experimentamos a nuestra manera humana. En estos planos, la investigación necesita prescindir de la propia experiencia que una ilusión engañosa. Por eso, el final de su obra supone la entrada de la experiencia humana del tiempo, la entrada de la filosofía una vez superado el estatismo esencialista que se le impuso durante siglos. Cuando todo pasó a ser devenir, el tema del tiempo se hace central frente a los entes y las ideas eternos. Todo es movimiento, proceso, transformación.

La sorpresa —escribe Rovelli— ha sido descubrir que en ese surgimiento de los aspectos familiares del tiempo nosotros mismos desempeñamos un papel. Desde nuestra perspectiva,  la perspectiva de criaturas que son una pequeña parte del mundo, vemos a este último transcurrir en el tiempo.
[...] Vemos un acontecer de cosas ordenado según esta variable, a la que denominamos simplemente tiempo, y para nosotros el aumento de la entropía distingue el pasado del futuro y guía la expansión del cosmos. (p. 143)

El cine y la ciencia-ficción nos han permitido integrar este fenómeno temporal en nuestros relatos ficcionales y aunque desconozcamos la explicación científica, encontramos ya factible que cuando los viajeros espaciales regresan a la Tierra se encuentren con sus hijos o nietos según la distancia a la que se hayan alejado y la velocidad empleada.


En la estupenda película de Christopher Nolan, "Interstellar" (2014) (que contó con el asesoramiento y supervisión del científico Kip Thprne) uno de los momentos más dramáticos era aquel en el que los viajeros espaciales tienen que decidir si bajan a un enorme planeta. El tiempo pasa allí a una velocidad mucho mayor, unas horas en él es el equivalente a decenas de años en nuestro planeta. El dilema de los personajes pasa a ser emocional: qué ocurrirá con las familias, cómo encontrarán a sus seres queridos cuando regresen. Se habrán perdido su vida junto a ellos. Los distintos tiempos, son irrecuperables.
La película ha sido saludada por muchos científicos  como un modelo de aplicación de los conocimientos científicos. El tiempo, tal como se plantea hoy en su relación con la velocidad, con la gravedad, etc. era el centro narrativo, el punto del que surgían los conflictos. 


En el artículo de la BBC se nos recuerda esta condición variable del tiempo:

In 1971, Joseph Hafele and Richard Keating placed four atomic clocks on aeroplanes, which flew twice around the world, first eastward, then westward. They were then compared with reference atomic clocks, and found to disagree.
As the Hafele–Keating experiment proved, the rate at which time passes is circumstantial and situational. “If you are travelling at super-relativistic speeds, which are close to the speed of light, or near a black hole (and somehow not being destroyed by it) the amount of time you will experience is going to be less than the amount of time of someone else,” says Katie Mack, an assistant professor at North Carolina State University.
Astronauts onboard the International Space Station experience time-dilation, as they age a little bit slower than people on Earth. “They are moving quickly, so they are affected by special relativity, but they are also further from the Earth, so they get less gravitational effects,” explains Mack.
However, this time dilation is only measured in seconds. In order to obtain significant time dilation, immense gravitational fields or near-lightspeed travel would be required. Both are completely untenable at present.* 


Aquí compartimos nuestra experiencia del tiempo, nuestras mínimas e inapreciables diferencias temporales. Estamos tan cerca unos de otros que las variaciones han necesitado miles de años para poder ser detectada gracias a los avances de la Ciencia y la Tecnología. Nuestra experiencia de la realidad sigue siendo tan alejada de lo que la Ciencia nos cuenta que hace que haya gente que no esté dispuesta a creerlo pese a todas las evidencias nacidas de experimentos.
Hasta hace poco tiempo, la educación era tan restringida que el abismo entre los que sabían y los que lo ignoraban todo era inmenso. Pero el gran salto dado a finales del siglo XIX y principios del XX creó una franja en donde ya no era una cuestión de ignorancia sino de ignorancia militante, que es bastante más grave.


En España —desgraciadamente— hemos tenido uno de los ejemplos más ignominiosos de este tipo de ignorancia insultante y narcisista. Se cometió tras la muerte de Stephen Hawkins desde las páginas del diario ABC, a cuyo director se le envío la siguiente carta:

Sr. D. Bieito Rubido Ramonde, Director de ABC
Juan Ignacio Luca de Tena, 7 28027-Madrid
 19 de marzo de 2018
Estimado Sr:
 El pasado 15 de marzo ABC publicó, en el Blog de Salvador Sostres ‘French 75’, la entrada ‘El charlatán de Hawking’. El inicio del artículo da buena idea del resto de su contenido: “La profunda estupidez de nuestra era se concreta en las estupefacciones por la muerte del charlatán Hawking”.
 Respetando naturalmente la libertad de expresión, quiero manifestarle que ABC hace un muy flaco servicio a sus lectores difundiendo bajo su cabecera el cúmulo de falsedades e insultos que recoge el citado artículo.
Sólo una desmedida ignorancia audaz, teñida de considerable soberbia, puede permitir escribir semejante libelo.
 Como contrapeso a los disparates que contiene ‘El charlatán de Hawking’, le ruego la publicación de esta carta incluyendo el enlace a la web de la Real Sociedad Española de Física, http://rsef.es/ . En su sección de Noticias los lectores de ABC podrán encontrar una selección de necrológicas que rememoran la figura de Stephen Hawking, titular hasta su jubilación de la cátedra Lucasiana de la Univ. de Cambridge (la que en su día tuvo Isaac Newton), así como las extraordinarias contribuciones a la física de un científico absolutamente excepcional.
Atentamente,
José Adolfo de Azcárraga, Presidente de la RSEF
Catedrático Emérito de Física Teórica de la Universidad de Valencia

Ni siquiera la vale la explicación de que los medios son espectáculo, como el circo. La ignorancia militante es uno de los males a los que tenemos que enfrentarnos como parte de un populismo retrógrado y piadoso, que ve a los científicos como enemigos negadores de Dios y los milagros. En este sentido, se manifiesta no ya como escepticismo, sino como campaña de difamación, de insultos, como se le recrimina al autor del libelo.
En días pasado hemos tenido otro ejemplo de ignorancia ha sido el tuit del jugador de fútbol Íker Casillas proponiendo a sus seguidores que votaran sobre si se había pisado la Luna o no, algo que él no creía. Ha tenido que ser Pedro Duque, el astronauta y ministro, quien le desmintiera.


Algo falla en la educación que no consigue que lo que sabemos se asiente en las personas y sea parte de su vida. Actuamos de forma extraña cuando aprendemos y eso no tiene un papel en nuestro pensamiento. ¿Qué es educar? ¿Qué es aprender? ¿Qué son si se sigue viviendo y pensado sin que lo que verdaderamente sabemos sea comprendido y entre a formar parte de nuestra visión del mundo?
Hay muchas fuerzas interesadas en nuestra ignorancia. El propio sistema educativo penaliza la labor de divulgación (como hace estupendamente Rovelli o hizo Stephen Hawking, Sagan o muchos otros). El mundo científico se ha vuelto cerrado, algo entre pares. Esto crea un sentido de distancia con la Ciencia que es suicida. Muchos son conscientes de ello y sacan la Ciencia a la calle, la llevan a las escuelas, en donde debería estar más presente, a los parques, museos y ferias. Nadie debería salir del sistema educativo sin comprender la evolución, sin entender cómo funciona la genética, sin comprender la formación del cosmos, sin comprender la relatividad y cómo creemos que está configurado el universo. No son las lecciones que van antes o después de otras. Son los fundamentos de nuestro mundo, de nuestra cultura. Pero no logran trascender de los exámenes en la vida de muchas personas. Eso no es "enseñar" ni "aprender".
La aceleración del conocimiento que supuso abandonar los viejos conceptos que nos acompañaron hasta llegar al siglo XX, incluidos los de tiempo y espacio, dejó a mucha gente por el camino. También ha producido ignorantes impresentables que intentan ser graciosos dudando de lo que desconocen.


Los científicos hacen bien en recriminar —como en el caso del ataque a Hawking— la ignorancia que se extiende como la pólvora gracias a los mecanismos de amplificación actuales. La ignorancia es militante. No es simplemente no saber, sino transmitir desinformación que trata de suplantar al conocimiento que poseemos. Hay mucha gente así, al servicio de esta ignorancia voluntaria.
Hoy que tanto se habla de las "fake news", los medios deberían dar más importancia a este tipo de creciente ignorancia que tiene, además, un valor político retrógrado en su negación de la Ciencia. Han logrado dar a la palabra "teoría" un sentido despectivo de "fantasía opinable" o que todo es posible y tiene sus alternativas válidas por disparatadas que sean.
Si la BBC se planteaba cómo congelar el tiempo biológico, el de los procesos metabólicos, como vemos en algunas especies, parece que algunos humanos han optado por congelar su tiempo y seguir viviendo en la Edad Media. Lo malo es que esa congelación mental amenaza con tragarnos a todos como un agujero negro de estupidez.


* "Will we ever be able to freeze time?" BBC - Future 9/08/2018 http://www.bbc.com/future/story/20180809-we-will-ever-be-able-to-freeze-time
** Carlo Rovelli (2018) El orden del tiempo. Anagrama, Barcelona.

jueves, 31 de diciembre de 2015

De Leia a Organa, la victoria de Carrie Fisher

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Lo que está ocurriendo con la actriz Carrie Fisher tras el estreno reciente de la nueva aportación a La guerra de las galaxias pone de nuevo sobre el tablero una cuestión que se repite de forma constante. La actriz, que ha retomado el papel que tuvo cuando tenía 19 años, ha decidido plantar cara a los que son incapaces de entender qué es el tiempo y cuáles son sus efectos. El monstruo cotillo, esta especie de Godzilla de las habladurías que se ha creado en las redes, es difícil de controlar.
El retorno a la serie de los actores y personajes que iniciaron la historia, Harrison Ford, Carrie Fisher y Mark Hamill, ha sido un golpe de mano sentimental dado por Lucas, que me imagino que quería dar un sentido a la historia introduciendo algo que el cine parece haber eliminado: el paso del tiempo. Lo que ha hecho Lucas no es frecuente y queda por delante el futuro.


Mientras la serie ha avanzado hacia atrás, es decir, hacia el origen de los personajes —su infancia y juventud— no ha habido más problema que las discusiones sobre la idoneidad de algunos actores. Ha sido poca cosa. El problema se plantea cuando, paradójicamente, son los mismos actores quienes deben encarnar de nuevo a los personajes que dieron vida inicialmente. Entonces se nos revela que no son solo figuras en la pantalla, sino seres humanos en el flujo de la vida, con sus alegrías y amarguras, que han dejado marca en ellos como en nosotros.
La propia Carrie Fisher ha tomado el asunto por los cuernos y ha pasado al contraataque. Señala The New York Times:

The actress Carrie Fisher, who reprised her role as Leia Organa, the intergalactic revolutionary princess turned general in “Star Wars: The Force Awakens,” is taking on Internet trolls who criticized her appearance. “Please stop debating whether or not I aged well,” the actress, 59, wrote on Tuesday via Twitter. “Unfortunately it hurts all three of my feelings.”
Ms. Fisher, whose public battles with addiction, weight gain and mental illness formed the basis of her 2009 stage show, “Wishful Drinking,” has long pushed back against expectations that she physically remain frozen in time as Princess Leia from the original “Star Wars,” in which she starred when she was 19.
In advance of the release of “The Force Awakens,” Ms. Fisher told “Good Morning America” that while she did lose weight for the franchise’s new film, “I think it’s a stupid conversation.” And on the red carpet at the film’s premiere, she joked on camera that to research the role, she talked to the younger version of herself, who “was very busy partying and making sure that I look” terrible later.
After reposting a few harsh tweets directed at her this week on Twitter, Ms. Fisher wrote, “Youth and beauty are not accomplishments,” and added that they’re the temporary byproducts of time and DNA.*


Las redes se han convertido lugares de juicio sumarísimo sobre las personas. Da igual que se sea una celebridad o una escolar con sobrepeso. La maledicencia no cuesta nada y atrae la simpatía de los que son iguales que tú, que acaban riendo las gracias e ingenio empleado en decir maldades.
Pero por encima de Fischer —a la que mandamos nuestra solidaridad—, el caso nos muestra una de las consecuencias más evidentes de la espectacularización de la sociedad: el problema de paso del tiempo. Mientras nos convertimos en sociedades viejas, con inmensos negocios alrededor de la vejez, nos repele ver sus consecuencias ante los ojos.
La reaparición de Carrie Fisher en su personaje de la General Organa muestra que la identidad no funciona bien con el tiempo. Para algunos hubiera sido preferible alguien que se pareciera a Fisher antes que la propia Fisher. Hubieran aceptado antes la ilusión que la realidad de la persona.


George Lucas podía haber elegido a otros actores más jóvenes para interpretar los papeles de los actores del inicio de la serie, pero ha sido congruente desde el punto de vista estético y hasta moral. Ha elegido a los actores que debía. Lo contrario habría un poco ridículo. ¿Por Hans Solo o Luke Skywalker pasa el tiempo y por Leia no? Parece que a algunos les gustaría que los seres humanos fueran como esas figuritas que coleccionan en sus cajas.
Desde el punto de vista de la serie, creo que Lucas ha hecho lo que debía hacer: mostrar a cada personaje en su dimensión temporal. Lo ridículo sería que, pasado el tiempo, estuvieran como estaban o incluso más jóvenes. Carrie Fisher interpretó su papel de Princesa Leia con 19 años; ahora vuelve a la historia, como le gustaba a Balzac, con los años que ha vivido encima. Basta con mirar los ojos de Harrison Ford en las escenas que tienen juntos, que son las del recuentro de los personajes, pero también el de los actores. Es un momento claramente emocional para ambos. Dejar fuera a Fisher hubiera sido poco ético, una condena y el reconocimiento oficial de un sistema de condena a la invisibilidad. No hubiera sido humano hacerlo.


Algunas películas han tenido que recurrir a soluciones imaginativas para solventar el "problema" de la edad de sus protagonistas cuando las series se prolongan más de lo debido. Es lo que ha ocurrido con Arnold Schwarzenegger y su personaje de Terminator. También pasa el tiempo por quien fuera Míster Universo.  Se ha recreado virtualmente al personaje en la pantalla. En este caso, lo absurdo era, por el contrario, que una máquina —el terminatorenvejeciera.


La historia de La guerra de las galaxias no es una cantidad de secuelas mientras que aguante el público. Es un fenómeno único. Es un todo organizado temporalmente, por más que esté alterado y en el que los actores también envejecen. Los "experimentos" con el tiempo hechos por Linklater en  "Boyhood" (2014) o "Antes del atardecer" (2004) y "Antes del anochecer" (2013), de rodar durante diez años son experiencias con la historia de actores y personajes conjuntamente, por eso tienen mucho de improvisación. Los personajes envejecen como han envejecido sus actores. Es lo natural. Aceptamos toneladas de maquillaje para envejecer a un actor; pero no lo queremos envejecido realmente. Lucas ha ampliado la brecha temporal con sus actores. Y es lógico que se note. Pero esa es parte de la aventura que comenzó.
Los ataques a Carrie Fisher son de una gran inhumanidad. Nada hay más humano que el tiempo. Envejecer es algo que solo podemos hacer nosotros, cada uno a nuestra manera. Fisher ha sobrevivido a sí misma y ha ganado. También Leia ha tenido una vida muy dura hasta que ha llegado a ser la General Organa. 
El tiempo pasa para todos. El cine, como la máquina de La invención de Morel, de Bioy Casares, crea la falsa sensación de que el tiempo no pasa, pero es solo una perversa y engañosa sensación. Lo que vemos en la pantalla quedó hace mucho tiempo atrás.




* "Carrie Fisher Takes On Criticism of Her Looks in ‘Star Wars: The Force Awakens’" The New York Times 30/12/2015 http://artsbeat.blogs.nytimes.com/2015/12/30/star-wars-the-force-awakens-carrie-fisher-appearance/




sábado, 26 de julio de 2014

Aquí y ahora del espejo

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me hice en la última Feria con un precioso libro, una edición profusa y bellamente ilustrada, titulada "Cuentos y proverbios chinos" (Ediciones Librería Argentina 2008)*. El recopilador de los textos es Norberto Tucci. Entre los muchos textos interesantes que se incluyen, se recoge un cuento zen al que han dado por título "La imagen del espejo". La historia, muy sencilla en su forma, viene a ser, resumida, la siguiente: Antes de que los espejos fueran algo habitual, un comerciante compró una caja que contenía uno. Al abrirlo, vio en el espejo la imagen de su padre. Contento, lo llevó a su casa y se lo enseñó a su esposa. Cuando lo abrió, ella vio la cara de su madre. Ese es el núcleo de la historia. El comerciante chino que compró el espejo como un objeto mágico quedó satisfecho por aquel prodigio.
Me he acordado de esta historia al leer la entrevista que Jesús Ruiz Mantilla le hace al músico y dandy oficial de la música pop, Bryan Ferry, a sus 68 años, en el diario El País. "¿Alguna vez se sintió dentro de la edad que tenía? Pues no, nunca."** Lo directo de la pregunta y lo contundente de la respuesta nos confirma una verdad universal: nadie siente la edad que tiene. Todos, llegados a cierta edad, ven a su padre cuando miran al espejo. O si se prefiere: la distancia entre cómo nos sentimos por dentro y somos realmente por fuera, a los ojos de los demás y a los nuestros, gracias a los espejos y demás formas especulares (fotografías, pantallas), va aumentando con el paso del tiempo.
Ayer veía a una Drew Barrymore de 7 años que después se recordaba a sí misma en la edición conmemorativa de los veinte años de "E.T." 1982), de la que han pasado otros doce años más. Quizá el drama del envejecimiento que viven muchos actores no se produzca por el hecho en sí, sino por la cantidad de recordatorios acumulados que no dejan lugar a dudas sobre el paso del tiempo. Pienso en la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), la maravillosa película de Billy Wilder. Al final se pierde el sentido del presente, el del soy-aquí-ahora, más complejo que el simple hic et nunc, viviendo en un tiempo irreal. No hay aquí ni ahora que no sea mío, la propiedad más efímera pues se nos escapa entre los dedos.


Junto al espejo, inventamos otro artilugio más perverso: el calendario o la contabilidad del tiempo. Espejo y calendario son recordatorios de que todo se mueve, de que nada está quieto. Uno nos lo muestra, el otro nos lo mide y certifica. El tiempo pasa. Todo fluye; a distintos ritmos, pero fluye. Hay un tiempo cósmico, otro geológico, otro biológico y otro psicológico. Hasta las galaxias, el universo mismo envejece y los expertos discuten la precisión de su edad, como si las estrellas lo fueran del Cine y el universo sufriera ataques de coquetería tratando de ocultar los años. Pero el universo no tiene conciencia de sí mismo, que sepamos; nosotros, sí.
A veces bromeo con mis compañeros sobre la maldición del profesor, condenado a envejecer mientras que sus alumnos pasan, año tras año por las aulas siempre con la misma edad. Ellos se renuevan; tú, no. Al final, el desclasado es el profesor. Cambiamos para todos, menos para nosotros mismos.


En el mismo libro se nos trae un proverbio chino: "La edad del hombre viene dada por la edad de la mujer que ama"*. La complejidad del proverbio no excluye un fondo de verdad, pues es el amor necesita de cierto equilibrio en la madurez de ambos (o en su inmadurez). Las parejas que no consiguen madurar a la misma velocidad acaban siendo conscientes de esa distancia y lo que en principio se percibía como juventud acaba sintiéndose como inmadurez del otro, una verdadera maldición para el amor. La Literatura nos ha dejado buenos testimonios de maduros arrastrados a la inmadurez por amor, desde un Humbert Humbert en la Lolita, de Nabokov, al Gustav von Aschenbach, ridículo seguidor del joven Tadzio, en La muerte en Venecia, de Thomas Mann. Ambos acaban mal; el tiempo no se vence con estos rejuvenecimientos forzados.


Puede que, de todos los objetos que los seres humanos hemos inventado, el espejo sea el que haya tenido más consecuencias psicológicas. El espejo nos devuelve la imagen y nos hace consciente de que lo que nosotros sentimos como experiencia es visto como envejecimiento, que la memoria se nos llena mientras que el tiempo se nos vacía. Nuestra época sufre por el paso del tiempo, que se ha acelerado como comenzaron a percibir en los años sesenta. El shock del futuro, el libro de Alvin Toffler, trató de explicar que ya nadie vive en su tiempo, sino que invadimos los tiempos de otros, paradoja producida por el cambio acelerado. El desprecio con el que se mira al que envejece por parte de los soberbios recién llegados al río de la vida, ignora que pronto quedarán en la misma situación, que el tiempo corre para todos.

Damos mucha importancia al paso del tiempo mientras que tratamos por todos los medios de prolongarlo. El Eslovenia, el Partido de los jubilados quedó tercero en las recientes elecciones generales, con el 10% de los votos. ¿Nos exigirá el futuro defender los intereses de "edad" como antes se defendían los de "clase"? Probablemente. Hoy asistimos a demandas de "renovación", que se suelen entender literalmente, es decir, como rejuvenecimiento, sin tener en cuenta que puede haber ideas viejas en cuerpos jóvenes e ideas nuevas en cuerpos viejos. Pero en el mundo de la imagen, como decíamos ayer, todo acaba entrando por los ojos. Y los ojos ven lo que los espejos. Pronto el negocio del rejuvenecimiento será uno de los mayores del planeta, con todos aquellos que se puedan permitir engañar al espejo mediante implantes, estiramientos, inyecciones y pastillas.
Pero por mucho que nos gastemos en tratar de negar lo evidente o de mirar para otro lado ante sus consecuencias, el tiempo está ahí o, mejor dicho, aquí, dentro y fuera de nosotros. Quizá lo más sensato es lo que hace Ferry, subir a un escenario y hacer lo que más le gusta, dejar de preocuparse por lo inevitable.
Otro proverbio sentencia: "Comienza a disfrutar hoy mismo de tu vida, ya es más tarde de lo que crees"**. Tiene razón.



* Norberto Tucci (2008): "Cuentos y proverbios chinos". Madrid, Ediciones Librería Argentina.
** "Bryan Ferry: “La política es un lugar extraño para un artista”" El País / El País Semanal 30/06/2014 http://elpais.com/elpais/2014/06/27/eps/1403897057_993666.html






sábado, 21 de diciembre de 2013

Tiempo y doble contabilidad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Leo en el diario El Mundo de hoy la entrevista con el filósofo francés Michel Serres*, con motivo de la publicación de la segunda parte de su obra Pulgarcita. Ese es el nombre que le da a la nueva generación, representada por una mujer joven y moviendo a gran velocidad sus "pulgares" sobre la pantalla de un "smartphone".
Nunca he creído demasiado en la idea de las generaciones, fabricaciones artificiales que aíslan fenómenos sociales mientras que olvidan otros. El espacio no es uno por efecto precisamente de nuestro tiempo cultural. Habitualmente se distingue entre el tiempo cósmico —el del universo—, el tiempo cronológico —el que nos marca la Historia— y nuestra percepción del tiempo o duración, un forma psíquica de administrar y sentir de forma variable cada uno de nosotros el paso del tiempo.

El "tiempo cósmico" es cosa de los científicos y nuestras mentes difícilmente pueden manejar sus medidas. Ya es nuestro, en cambio, el tiempo de la Historia, el que manejamos como exterior a nosotros mismos y al que le damos la objetividad del calendario. Sin embargo, ese calendario no es neutral, sino el resultado del predominio cultural de unos sobre otros. La socióloga y ensayista marroquí Fátima Mernissi** —Premio Príncipe de Asturias—, por ejemplo, señaló la especie de humillación, de interiorización del fracaso histórico, que supone para el mundo islámico que nuestro tiempo se mida conforme al calendario cristiano, que es el que manejamos en Occidente y se ha extendido. El islam tiene su propio calendario, su forma de llevar la cuenta desde acontecimientos que cada cultura fija en función de su relevancia y que se acaba exportando si hay poder para ello. Cuando lo tuvo, también lo ejerció.
La necesidad de sincronización universal es una de esas cuestiones que se dan por hechas, acabando por aparecer como "naturales" —a usted y a mí nos parece natural que dentro de unos días despidamos 2013 y demos la bienvenida a 2014—, sin embargo no hay nada de natural en ello, sino, por el contrario, unas grandes dosis de cultura, de avances científicos que lo posibiliten y de fuerza que lo sostenga. Cultura, conocimiento y poder dan como resultado que nosotros celebremos esa fecha y hagamos avanzar el calendario. Como sabemos, el año nuevo chino llegará más tarde, o dentro del mismo mundo cristiano existen diferencias en algunas fechas, que son precisamente formas de mantener identidad y diferencia simultáneamente.


Hemos olvidado (o no se explica) que la creación de calendarios ha sido la forma de mantener una identidad histórica de las comunidades y una referencia estable que nos permita situar los momentos, contar los plazos, etc. Durante siglos cada comunidad tenía su forma de organizar el tiempo histórico conforme a sus acontecimientos relevantes. Son los intercambios fuera de la propia comunidad, el comercio, el que obliga a unificar fechas de plazos, a establecer equivalencias para cumplir compromisos y plazos.
Aunque nos podamos referir a elementos estables como los ciclos lunares para los meses o los anuales de la tierra para los años, eso no evita la asignación de un comienzo, de un principio significativo para empezar a contar. Y es aquí donde comienzan las discrepancias, a veces muy graves y conflictivas. El calendario puede convertirse en transparente —olvidarnos de su origen y darlo por hecho— o en un recordatorio de la incapacidad de imponer el tuyo a los demás, porque, en el fondo, ninguno es natural, sino el resultado de una decisión política, religiosa o de ambas.


En la idea de las generaciones se esconden algunas otras que no he acabado de comprender, pero con la que se tratan de representar fracturas en la Historia, el segundo de los tiempos. Una nueva generación supone, nos dicen, un nuevo tiempo. Representar "nuestro tiempo" a través de una "joven que maneja los pulgares con rapidez sobre una pantalla" me parece una gran simplificación. Eso nos convierte a muchos otros en la "generación del índice", que es el dedo que solemos utilizar —porque es el que tenemos más históricamente entrenado— para escribir en los teléfonos y ordenadores táctiles. Es el dedo de los teléfonos de disco y de la máquina de escribir, dedo de otra época. Eso explica que mientras que yo escribo una línea, mis interlocutores de entre veinte y treinta años escriben cinco, cosa que en efecto ocurre para mi desesperación porque cuando yo estoy contestando a lo que me escribieron, ellos ya me han mandado cinco cuestiones más. Este desfase en las velocidades, puede ser tomado como un signo de los tiempos, que somos esclavos de la velocidad del dedo que cada generación eligió, pero para mí lo que muestra es que existen dos o más generaciones con una necesidad imperiosa de sincronizarse, de compatibilizar la velocidad de sus dedos.


El aumento de la velocidad de los pulgares, además, no nos puede hacer olvidar que el dedo "mandón", el que señala, sigue siendo el índice. Por muy lento que sea sobre una pantalla, sigue siendo el que marca la dirección del mundo. Los que dictaban —los dictadores— no necesitaban demasiado el dedo, todo lo más como en el circo romano, para indicar el destino final de los demás. En el fondo, el poder no está en la velocidad del dedo, sino en la importancia de los contactos.
Responde Serres a una de las preguntas en la entrevista:

Nuestras instituciones han sido creadas en un mundo que ya no existe. Nuestras políticas también. La última campaña electoral en Francia ha sido una campaña de prostáticos. No entiendo cómo la generación Pulgarcita abordará la política. Pero está claro que el actual sistema fue inventado antes de la revolución tecnológica y se ha quedado anticuado en muchos aspectos. Así que los jóvenes tendrán que reinventarlo todo y crear una democracia nueva y más participativa.*


Todas las instituciones han sido creadas en mundos que ya no existen. Pero son también las instituciones las que hacen al mundo y no solo el mundo a las instituciones. El problema es cuando los hombres no se identifican con las instituciones ni las instituciones con los hombres porque ya no hay sincronía ni sintonía. Es cierto que la tecnología ha cambiado nuestra percepción del mundo porque ha cambiado el mundo mismo, pero no soy tan fácilmente optimista como Serres en ese "tendrán". Los problemas del mundo van más allá de lo generacional. La idea de que el mundo es de la generación que llega es relativamente nueva y bastante irreal. En el mundo estamos todos y es responsabilidad de todos. Es la aceleración histórica—El shock del futuro, como señaló Toffler— lo que nos hace percibirnos como okupas y desclasados temporales. Toffler también advirtió también, en los 60, de que el mundo futuro estaría dividido por edades antes que por clases. En muchos aspectos lo está, pero no en todos ni en los esenciales.

En muchas sociedades, el peso lo tendrán las personas mayores por el creciente envejecimiento de la población. ¿Deben ser pasivos ante los cambios o exigirán, por su número, una sociedad a su medida? En otras sociedades, en que han experimentado una explosión demográfica, tenemos el ejemplo de lo ocurrido en las "primaveras árabes". Han sido los jóvenes los que han provocado el cambio con sus protestas, pero han sido mayoritariamente las fuerzas tradicionales —la generación prostática, por usar el término de Serres— quienes sigue manteniendo poder y control. Su papel ha sido esencial, pero han movido el árbol y otros han aprovechado para llevarse sus nueces. Algunas de las revoluciones que hemos visto hoy se oponían a las revoluciones de los jóvenes de antaño, hoy ya vejestorios, que una vez llegados al poder no soltaron su presa o se la pasaron a otros jóvenes, sí, pero sus hijos, como el caso de Al-Asad o el intento de Mubarak. Hay jóvenes para todo y es fácil vender juventud.
Personalizar en los más jóvenes el avance del mundo es, además, un gran error y cierta hipocresía porque se va ampliando su dependencia de los mayores y se prolonga la juventud hasta los treinta años o más para camuflar esa dependencia. Cuando esa joven de pulgares rápidos de la que nos habla Serres tome posesión del mundo y decida sobre su destino, tendrá ya mechas que tapen sus canas. Puede que —si tiene suerte— entre en el cupo de jóvenes, de caras nuevas, que los adultos seleccionan para mostrar lo abierto que está todo, pero no será relevante estadísticamente. El mundo no es de los jóvenes —a la publicidad le gusta repetirlo porque es rentable—  y aquí la semántica echa una mano a los que controlan el diccionario, que tampoco suelen ser muy jóvenes.


La joven "Pulgarcita" además pertenece a una región del mundo en la que es posible manejar un teléfono inteligente o quizá sea una de las privilegiadas dentro de una minoría despótica que disfruta de la modernidad tecnológica mientras que aplica el medievalismo riguroso a sus compatriotas en una odiosa dictadura política o religiosa. ¿Cómo pasa el tiempo dentro de un burka? ¿Igual que dentro de una escafandra espacial?
Tendemos a considerar el tiempo histórico de forma compartida —todos estamos en 2013— y eso es falso, pues más allá del problema de los inicios que ante señalábamos, el del punto desde el que se empieza a contar, está el grado diferente de desarrollo de los distintos lugares del mundo. No es lo mismo hablar del siglo XXI en un ático de Manhattan que en una tienda de campaña en Yemen. Aceptamos que el calendario nos engañe pero deshumanizamos el tiempo; lo usamos para escribir la Historia, pero la falseamos con esa unanimidad de la fecha.

A los tres tiempos antes señalados, que se centran en las cifras los dos primeros y en la subjetividad el tercero, el psicológico de la duración, debería existir alguna forma de medir doble, de recoger el momento del conjunto y el estimado por su desarrollo, un tiempo con diferencias. De esa forma tendríamos una valoración más precisa de las diferencias que mantenemos unos respecto a otros, una conciencia de la irregularidad del progreso. Esas cifras que a los economistas le gusta manejar en ocasiones cuando hablan de "retrocesos" o "saltos", trasladarlas realmente a un calendario matizado. Podría mostrarse la fecha de un país como "2013 (2005)", por ejemplo, si se ha producido un retroceso en la economía del conjunto de esa sociedad, un empobrecimiento, una pérdida de ocho años. Un país que no avanzara, se quedaría con una fecha estable un año tras otro, anclado por su debilidad de crecimiento o la mala gestión de sus responsables.
No hay porque centrarse exclusivamente en la economía, claro. También podría elaborarse esta forma doble de medir el tiempo para los derechos cívicos, reflejando cuando se produzca una parálisis o un retroceso. Incluso para la cultura se podría establecer esa doble contabilidad partiendo de los datos sobre lectura, comprensión de los textos, conocimiento de la historia, la filosofía, etc.
Esta doble contabilidad temporal mostraría que frente a la rotundidad artificial del calendario, existen muchas diferencias entre los países, incluso en su interior. No todos vivimos en el mismo tiempo, por más que el calendario lo muestre. Las diferencias pueden ser pequeñas, pero en algunos casos no lo son y representan abismos en ciertos campos.
No sería fácil establecer esa segunda fecha, ese año cualitativo que se juntara al meramente indicativo, al común. Se disputaría mucho sobre la contabilidad; los políticos estarían siempre discutiendo sobre fechas y herencias, dejadas o recibidas, pero eso no sería una novedad. Si se fabrican índices anuales de "transparencia", de "derechos", de "educación", etc. seguro que a alguien se le ocurre alguna forma de unirlos y traducirlos a fechas relativas que restituyan las diferencias existentes entre diversos momentos de un mismo país y de unos respecto a los otros. Sería una especie de relatividad en el que las fechas serían ciertas dentro de su propio sistema.


Así cuando preguntáramos en qué año estamos, podríamos contestar que en 2014, pero en economía como en "2001", en derechos como en "1982", puede que estemos en "2005" en educación, en cultura como "1972", en convivencia como en "1492", etc. Habrá países en los que las diferencias podrían ser centenarias y encontrarse con las mismas libertades que hace diez siglos o con las mismas cifras de analfabetismo que doscientos años. Aunque lo diga con cierta ironía, lo cierto es que no estaría nada mal un sistema así.
Estamos sobre un mismo planeta, pero con grandes diversidades, por lo que el calendario se convierte en una forma de sincronización global. Lo que no está sincronizado es nuestro desarrollo, con avances y retrocesos, con grandes diferencias en muchos caminos. No sé si algún día llegaremos todos a vivir además de en el mismo planeta, en el mismo tiempo.


* "Michel Serres: 'Nuestras instituciones han sido creadas en un mundo que ya no existe" (entrevista). El Mundo 21/12/2013 http://www.elmundo.es/espana/2013/12/21/52b4e6c022601db6358b4584.html?a=01c2551d75ad0ca35be71c84bddf5844&t=1387614545
** Fátima Mernissi (2007) El miedo a la modernidad: Islam y democracia. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Sevilla.




sábado, 6 de abril de 2013

Kundera, finitud y apego

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Escribió Milan Kundera en su novela La ignorancia (2000):

El ser humano vive un promedio de ochenta años. Contando con esta duración, cada cual imagina y organiza su vida. Lo que acabo de decir lo sabe todo el mundo, pero pocas veces nos damos cuenta de que el número de años que nos han sido asignados no es un simple dato cuantitativo, una característica exterior (como el largo de la nariz o el color de los ojos), sino que forma parte de la definición misma del hombre. Aquel que pudiera vivir, en la plenitud de sus fuerzas, el doble de tiempo, digamos ciento sesenta años, no pertenecería a la misma especie que nosotros. Nada sería igual en su vida, ni el amor, ni las ambiciones, ni los sentimientos, ni la nostalgia, nada. Si un emigrado, después de vivir veinte años en el extranjero, volviera a su país natal con cien años ante él, ya no sentiría la emoción del Gran Regreso, probablemente para él ya no sería en absoluto un regreso, tan solo una más de las muchas vueltas que da la vida en el largo transcurrir de la existencia.* (122-123)

Se refiere Kundera con el "Gran Regreso" a uno de los ejes de la novela, la cuestión de emigrado desde la perspectiva del retorno, partiendo del ejemplo de Ulises y su vuelta a Ítaca. Pero es, en última instancia, el tema central de la gestión del tiempo lo que se plantea en su universalidad, como definitorio de lo humano. La vida se organiza sobre las expectativas de la vida: el pensar lo que nos queda por delante nos lleva a organizar el sentido de lo por venir. Por eso crece la sensación de angustia —el creer que no nos queda tiempo suficiente— o de melancolía —la sensación de no poder recuperar el tiempo perdido— según se avanza en la vida.


Cuando nos dice que alguien que viviera el doble que nosotros sería de "otra especie", que no sería humano, nos apunta a que su sentido de la vida, como tiempo, sería tan distinto del nuestro, de cómo lo administramos nosotros, que no podríamos compartir nada con él. Nada sería lo mismo. Somos tiempo y esa duración nos define.
Que los seres humanos seamos la especie consciente del tiempo, de su finitud, es el mayor condicionante de nuestro desarrollo. De la consciencia de nuestra temporalidad surgen muchas de las vigas que sostienen nuestras construcciones personales y culturales. Nada resulta más nocivo que una sociedad que nos hace olvidar nuestra temporalidad finita y usa a los seres humanos como simples instrumentos caducables y sustituibles. Olvidar la temporalidad, nuestra finitud, vivir como si nunca hubiera un final, es una de las grandes trampas con las que se nos incita a cambiar nuestro sentido de la vida, de nuestros valores.


Es la finitud lo que da valor a lo que sentimos y hacemos. Escribe Kundera continuando su reflexión: «La noción de amor (de un gran amor, de un amor único) nació probablemente también con los estrechos límites del tiempo que nos ha sido dado»* (124). Es la finitud la que determina la "intensidad" amorosa y, plantea también Kundera, la que determina su desgaste, su deterioro en el tiempo. La idea de un "amor inmortal", de un amor más allá de la muerte, es precisamente la de la necesidad de superar la finitud del tiempo. La explicación se invierte: es la intensidad del amor lo que revela la inmortalidad de los amantes, su unificación hasta el fin de los tiempos, no en los límites de la vida, del tiempo finito. Werther se suicida gozosamente cuando tiene la revelación, la epifanía, de que Lotte y él estarán siempre unidos, más allá de la muerte por toda la eternidad. La vida es mero accidente; el amor es la eternidad y la eternidad es el amor. El suicidio wertheriano es la renuncia a los límites, a la finitud de la vida, a reconocer un final. También es una forma de ceguera, de renuncia de su propia humanidad. Es renunciar al tiempo finito por el tiempo infinito, una apuesta arriesgada.


La sociedades modernas tienden a ignorar el tiempo existencial y piensan en el tiempo como rendimiento. Eso es lo que nos deshumaniza, nos convierte en máquinas andantes, en piezas de un gigantesco sistema que nos olvida y nos hace olvidar. De todas las grandes tentaciones, la más peligrosa y de peores consecuencias es la de hacernos olvidar nuestra finitud, vivir como si no existiera el tiempo, es decir, no ser humanos. Pues pasa a ser de otra especie tanto el que vive el doble —como señalaba Kundera— como el que se olvida de que está viviendo, que avanza sin retroceso.


Hay un tiempo de la acción, del crear, del construir. Pero hay también un tiempo de los apegos, un tiempo emocional que nos hace valorar, retener en nuestra memoria, lo que sabemos que no volverá. Hay un tiempo que se compensa dejando: la palabra, la idea, la obra; otro, recogiendo. Una vida plena es el equilibrio entre ambos tiempos: lo que dejamos y lo que recogemos.
Nos roban el tiempo, nuestro tiempo, es cierto; pero también que es lo único que podemos robarnos a nosotros mismos.

* Milan Kundera (2011 2ª). La ignorancia [2000]. Tusquets, Barcelona.