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viernes, 18 de octubre de 2013

El poder de los impotentes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En las conclusiones finales de su texto Una Europa alemana, el sociólogo Ulrich Beck señala lo siguiente:

La política y la ciencia política establecidas comparten un punto flaco: la infravaloración crónica del poder de los impotentes, del poder de los movimientos sociales, sobre todo en conflictos de riesgos transnacionales. Para comprender esto es conveniente distinguir entre la política institucionalizada (partidos, Gobiernos, Parlamentos) y la subpolítica no institucional de los movimientos sociales. Los subactores y redes de colaboración que no están ligados a territorios y prioridades nacionales han hecho entrar en la agenda política lo que en las décadas pasadas han hecho entrar en la agenda política los problemas de la supervivencia ecológica, la igualdad entre hombres y mujeres, la paz, y claro que sí, la crisis financiera, todo ello con la oposición de las élites políticas, económicas, científicas, y mediáticas. (100)*

Quizá Beck peque de ingenuo al estimar como un "poder" a lo que más bien puede ser considerado como "fuerza". El poder, precisamente, lo tiene aquel que acepta o no la petición por el simple hecho de que se le pida. De no tenerlo, no se le pediría. Tampoco se debe atribuir uniformidad a los movimientos sociales. Lo movimientos y sus prácticas se han extendido más allá de sus marcos iniciales en labores de presión.
Bajo la idea de "movimientos sociales" se intenta el etiquetado de la canalización de componentes más emocionales que organizados, más reivindicativos que constructivos, por más que tengan sus "propuestas". El poder es fuerza racionalizada y la racionalidad viene de la organización más que de los fines o metas propuestos.
Los ejemplos de Egipto y Túnez, en el marco de la denominada "Primavera árabe", son claros en ese sentido. Los movimientos sociales son capaces de enfrentarse en la calle y provocar la "caída de un régimen", pero no son capaces de hacerse con un poder institucional, que sigue en manos de esas mismas élites o cae en manos de los más organizados, que se aprovechan del efecto de los movimientos. Unos derriban y los otros se asientan sobre las ruinas para construir un edificio que puede ser muy distinto al que tenían en mente los que demolieron o, de forma sorprendente, elevar uno parecido al anterior.

Como nos ha ido mostrando el tiempo, en Egipto no se produjo la caída de un régimen sino la caída de un presidente gastado al que se sustituyó para poder mantener intactos los intereses del sistema. La fuerza social, finalmente, se canalizó hacia el candidato organizado, el islamista Morsi, como única alternativa al sistema. Fue su capacidad organizada la que permitió a los Hermanos alcanzar el poder, del que fue de nuevo derribado por otro movimiento social de rechazo que posibilitó el regreso de la institución militar al poder, esta vez investida de la fuerza popular. La Hermandad Musulmana ha sido desinstitucionalizada; se han invertido los papeles y esta vez es a los defenestrados a quienes interesa convertirse en movimiento social de rechazo y protesta, como estamos viendo.
Parece pensar Beck que Europa se divide en élites organizadas, que toman el estado, y los movimientos sociales de carácter progresista que les presionan en "supervivencia ecológica, la igualdad entre hombres y mujeres, la paz y la crisis financiera". Sin embargo estos movimientos sociales son solo una parte de la dinámica general, pues el movimiento real que estamos percibiendo en Europa es el aumento de los nacionalismos peligrosos, de la xenofobia y el racismo como parte de esos otros movimientos sociales que no nos gusta ver pero que están ahí.


En Rusia, por ejemplo, estamos asistiendo a la institucionalización de los sentimientos sexistas, racistas y xenófobos, a través de la promulgación de leyes que alientan este tipo de planteamientos que se envuelven con los peligrosos ropajes del nacionalismo populista. Estos proceden de "movimientos sociales" de otro signo, Toman peso en la vida política y acaban en los parlamentos o influyendo indirectamente sobre los partidos que acogen sus propuestas (antiinmigración, por ejemplo) para ganar electorado.
Los casos de signo opuesto como el "Movimiento 5 estrellas" en Italia o "Amanecer Dorado", en Grecia, nos advierten que no debemos considerar a unos de una forma y a otros de otra, sino que son todos hijos de la desconfianza y el fracaso de las instituciones, dejadas en manos de castas que se consolidan y eternizan en la gestión del poder. Esto es lo que genera el sentimiento de "impotencia" en muchos ciudadanos y grupos que reaccionan con sus protestas.
Otro proceso de "desinstitucionalización" es el que se sigue en Grecia contra "Amanecer Dorado", un recordatorio de que de los movimientos sociales también surgen organizaciones, de diferente signo y objetivos (ultraderecha nacionalista y racista, en este caso), que logran crear sus propias estructuras y se engarzan en las existentes del poder. Una vez dentro del sistema, su poder real está en función de la mayor o menor estabilidad del resto del sistema.


El debate —que se ha producido también en España— se traduce en si los movimientos deben institucionalizarse o si su función es la presión sobre los partidos políticos que son los "receptores naturales" de sus demandas. El problema se plantea frente a unos partidos que no son permeables a las peticiones y se limitan a una aceptación retórica, a una cosmética que disimule su distanciamiento y falta de voluntad de integrar las peticiones y cambiar.
La conversión de los partidos en entidades autotélicas (que tienen sus propios fines), incluso su reducción personalista, ha generado una falta de fluidez entre la sociedad y los partidos que deberían representarla de forma satisfactoria. Esto es grave porque obliga a que la vida política se haga en la calle con el riesgo permanente y el descrédito institucional como fondo.
El vergonzoso ejemplo de lo ocurrido en los Estados Unidos, con la imposición de un reducido grupo, el Tea Party, pero con fuerza suficiente como para presionar en su propio partido y paralizar la Administración norteamericana, nos muestra hasta qué punto los partidos se convierten en maquinarias que viven para sus propios intereses antes que velar por los generales. Será difícil encontrar un ejemplo mayor de irresponsabilidad, por mucho que se puedan esgrimir razonamientos pintorescos sobre las intenciones.


Es la falta de sentido y responsabilidad —política, financiera...— la que exaspera a los ciudadanos, que dejan de sentirse representados y defendidos, que perciben que existe un retórica política que les adula pero no vela por sus intereses reales, sino por los de unos pocos, ni por un futuro aceptable.
Y Europa tiene que ser un futuro aceptable. Curados del exceso de idealismo, es lo mínimo que se puede exigir. Esa exigencia —es importante— no debe estar permanentemente en la calle, sino en las propias instituciones, a las que los ciudadanos deben percibir de su lado y no como algo contra lo que hay que estar en lucha constante. De no ser así, lo que nos espera es un futuro entremezclado de apatía y radicalidad que no es el mejor clima social. El "poder de los impotentes", como lo llama Beck en el fragmento citado, debería fluir como poder de los ciudadanos, sin más. Quizá lo que debamos recuperar mediante la reflexión es el papel central del "ciudadano" y el de todas las instituciones subordinadas a su servicio. La burocratización de las instituciones y su control por élites sensibles a sus propios intereses o a los de unos pocos es el peor camino para el desarrollo futuro y el semillero del descontento. Hacia dónde se canalice ese descontento es lo que nos queda por ver.


* Ulrich Beck (2012): Una Europa alemana. Paidós, Barcelona.





miércoles, 31 de julio de 2013

Cómo llamar a las cosas por su nombre sin saber cómo se llaman

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Es un tendencia humana poner límites y fronteras a lo físico, lo histórico y lo conceptual. "Comprender" es delimitar, establecer límites que nos ayuden a distinguir nítidamente entre fenómenos que habitualmente se muestran irisados, inciertos, pero que necesitamos encuadrar. En ocasiones, ponemos nombres a los cambios; en otras, son los nombres los que provocan los cambios mismos. Los nombres de lo nuevo y de lo viejo son escenarios de grandes batallas por la denominación, por cómo llamar a las cosas, ideas o situaciones.
Es ese acto nominativo el que orienta el sentido y la interpretación posterior, la valoración de los acontecimientos. No hay nombre neutral ni casual. Quien logra establecer los límites a través de los nombres, quien logra decir que una era se acaba y otra comienza, gana la batalla de la denominación y reina en el lenguaje y, por tanto, reina en las mentes de quienes se muestran avocados a usarlos para entender y entenderse. En castellano usamos la expresión "llamar las cosas por su nombre" como forma de indicar franqueza, de decir verdades. Sin embargo, ese "su nombre" esconde el camino tortuoso por el que se ha llegado "bautizar" una situación, idea, acción, etc.


Constantemente estamos reestructurando nuestros campos de acción y comprensión mediante este tipo de operaciones de denominación. En ocasiones, son movimientos lentos, que van tomando sentido en el tiempo; en otras, son rápidas apariciones que ocasionan el trastocamiento de los conceptos, el cristal a través del cual vemos el mundo.

Como una colección de ejemplos de este tipo de tergiversaciones conceptuales, podemos considerar la obra del economista John Kenneth Galbraith, La economía del fraude inocente (2004)*. A través de una serie de "fraudes" conceptuales, de modificaciones en las formas de denominación, de cambios en las palabras que describen los acontecimientos o las prácticas, las consecuencias, etc., Galbraith nos muestra cómo la Economía se ha convertido (interesadamente) en una forma de distorsión del mundo, en la nube de tinta que el calamar lanza para evitar que su pista sea seguida. En la misma idea abunda el economista alemán Max Otte en su obra El crash de la información (2010). Escribe Otte: «[...] la gente, o alguna gente, está mucho más interesada en dejar a los demás en la incertidumbre que en aclarar la verdadera situación» (22)**
De todos los campos científicos o académicos, ninguno está más tentado para la manipulación conceptual que el de la Economía; quizá solo la Historia se encuentre a su nivel de tentación partidista. No existe "economía", no existe "historia" al margen de un pensamiento previo que ordene la percepción y selección de lo relevante en cada campo. Aunque Otte se refiera a "la verdadera situación", tendríamos que hablar de la descripción más completa de un fenómeno o de la mejor explicación posible, antes que de una "verdad" en un sentido acabado.


El sociólogo Ulrich Beck, en su obra Una Europa alemana (2010), habla también esos procesos de distorsión a los que se refería Galbraith:

La perspectiva económica es y nos hace socialmente ciegos; las recetas de los economistas que dominan el debate público descansan sobre un «analfabetismo» sociopolítico (Wolfgang Münchau). Esta ceguera probablemente se deba a que los economistas siempre contemplan el mundo a través de algún modelo —cuando los modelos no son los adecuados, tenemos un problema—.***

Aunque carecieran de ese analfabetismo político que Beck señala, la Economía ha sido elevada a un estatus superior gracias precisamente a los políticos, que a su vez podrían ser definidos perfectamente como "analfabetos" económicos. Como ciudadanos padecemos ambas formas de analfabetismo: las de políticos y economistas, aunque los dos se pasen la responsabilidad. Pero padecemos también algo peor, sus pretensiones de inevitabilidad, que es la que se amparan para actuar. Ambos han aprendido la utilidad del escudo de lo inevitable para sus actuaciones sociales.
La actual crisis nos ha dejado un ejemplo de desplazamiento teórico del diagnóstico y las recetas económicas que los políticos ha elevado al rango de "ley objetiva" para justificar sus propias decisiones. Hemos asistido a debates en los que las leyes de la Economía ascendían al estatus de leyes casi divinas. ¿Su eficacia? Dudosa, cuando no han sido claramente contraproducentes en muchos casos. Para algunos —Otte y Galbraith, por ejemplo— no es casual y obedece a intereses claros de los más poderos o de los que aspiran a serlo. Para otros no es más que la muestra de nuestra incapacidad de conocer el mundo con la profundidad suficiente como para controlarlo. Los primeros creen en conspiraciones; los segundos en limitaciones e imperfecciones. No son teorías excluyentes.


Un análisis de los discursos de estos años de crisis económica sería muy jugoso para adentrarse en los oscuros territorios de la denominación interesada o, si se prefiere, de la manipulación discursiva. Los investigadores tendrían ante ellos un amplio corpus de trabajo compuesto por decenas de miles de artículos publicados en todo el mundo, miles de discursos, miles de libros escritos sobre el fenómeno que se ha venido a enmarcar bajo la denominación de "crisis" económica. La investigación permitiría ver las luchas por el reconocimiento o no de la "crisis" (etapa fundacional del concepto asociado a una "realidad" aceptada o negada), los diversos análisis interpretativos y diagnósticos realizados (determinación de causas, límites y asignación de responsabilidades), las medidas tomadas y su amplio repertorio de denominaciones (cómo se ha elegido llamar a las acciones y situaciones), y los análisis de sus resultados (cómo se han descrito los efectos de las medidas). Todos esto se traduce en discursos que pueden ser analizados e interpretados para comprobar el espacio semántico posible que se ha generado.


Por supuesto, dada nuestra incapacidad de ser objetivos ante el material que se nos ofreciera, los resultados serían distintos según los investigadores sociales, que lograrían publicar sus resultados en función de los prejuicios de los editores que los aceptarían o rechazarían. El éxito alcanzado estaría, finalmente, en función de las ganas de aplaudir o abuchear de los lectores, que habrían estado expuestos a esas mismas informaciones cuyos resultados ahora verán sintetizadas e interpretadas ante ellos.
¿Somos mónadas aisladas? Evidentemente no. El que nos guste rellenar con cosas el concepto de "verdad" no significa que lo sean, ni siquiera que exista esa posibilidad. Pero nos gusta pensarlo y es el motor de nuestro conocimiento y existencia. Hace mucho tiempo que se señaló que no es la verdad la que nos hace movernos, sino la comprobación de lo insuficiente de nuestros conocimientos; en eso se basa la Ciencia. El mundo avanza gracias a una extraña combinación de escepticismo e inocencia; la suposición de que no podemos conocer absolutamente, pero que no debemos dejar de intentarlo. Sin embargo, las bocas se nos llenan de verdades con las que taponamos las posibilidades ajenas de dudar.

* John Kenneth Galbraith (2007). La economía del fraude inocente [2004]. Crítica, Barcelona.
** Ulrich Beck (2012). Una Europa alemana. Paidós, Barcelona.

*** Max Otte (2010). El crash de la información. Ariel, Madrid.





sábado, 18 de mayo de 2013

Vecinos y familiares

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
El sociólogo Ulrich Beck firma en el diario El País una reflexión —bajo el título "De la apatía a la transformación"*— en el que se hace eco de una afirmación de Le Point equiparando 2013 con 1789, la fecha de la Revolución Francesa. «Vivimos en “tiempos revolucionarios”, aunque sin revolución y sin sujeto revolucionario. Aquello que en otro momento se llamó con la mejor conciencia “revolución” ha entrado a formar parte del estado de cosas, por así decirlo»*, escribe Beck. Parte de nuestros problemas, nos viene a decir, provienen de la falta de percepción de las nuevas situaciones, del agotamiento histórico y conceptual del modelo vigente. «El prefijo “pos” es la palabra clave de nuestra época: posmodernidad, posdemocracia, constelación posnacional. “Pos” es el bastón de ciego de los intelectuales: la pequeña palabra para el gran desconcierto que lo preside todo. »*

Se centra Beck en el corsé que suponen las viejas ideas, que actúan como freno, frente a las nuevas situaciones. Su análisis comienza en Francia, como estado-nación, y termina con la totalidad de Europa, tratando de provocar debates que nos saquen de los encierros en los que nuestra propia Historia nos ha situado. «Si la suma de los riesgos globales conmociona un país, se abren tres posibilidades de reacción: retirada, apatía o transformación.»* Tras analizar las dos primeras opciones, que serían formas inadecuadas de respuesta, Beck se decanta por la necesidad de la transformación de los modelos existentes.

La clave de la tercera respuesta, la transformación, hay que encontrarla en el futuro de Europa, y no en la tentación de buscar refugio en los grandiosos y turbulentos pasados nacionales. Necesitamos un debate de ámbito europeo sobre cuestiones como estas: ¿Cuál es el sentido y el objetivo de la UE? ¿Puede decirse siquiera que la UE tenga algún sentido? ¿Por qué Europa? ¿Por qué no el mundo entero? ¿Por qué no han de lograrlo en solitario Francia o Alemania, Italia, España, Grecia, etcétera?*

Por más que se planteen sobre el papel, las preguntas de Beck no son sencillas para los ciudadanos europeos. Las cuatro razones que propone —frente al euroescepticismo nacionalista— son la transformación de los enemigos en vecinos (aunque sean "malos vecinos"); que Europa, dice, es una "póliza de seguros" para no caer en la "insignificancia" en un mundo global; la importancia de la respuesta común a los riesgos globales; y, finalmente, la posibilidad de construir un "estado-nación" distinto, cosmopolita, una forma de entender la nación diferente a la fórmula del XIX. Estos son sus cuatro desafíos, las cuatro oportunidades, señala Beck, que los nuevos tiempos ofrecen a Europa para adentrarse en el futuro.


Es indudable que Europa necesita de una importante revisión conceptual, que hay muchos elementos que deben ser pensados de forma distinta a como lo han sido hasta el momento. El mejor recordatorio de esto son los desajustes y desequilibrios producidos en este tiempo, las fricciones creadas y los silencios ignorados.

El desafío que Europa tiene por delante, además de los señalados por Ulrich Beck, que son reales, está en la disolución de los estados-nación sin que se produzca la creación de una "nación continental". Hasta el momento, la idea de Europa ha servido para diluir las naciones estado, aumentar los nacionalismos —en algunos incluso la xenofobia y el racismo— en diferentes países (Reino Unido, Grecia, Finlandia...), e intensificar los nacionalismos secesionistas en diversos estados con más virulencia. Los casos del aumento de los nacionalismos internos de España, Italia, Bélgica, Reino Unido, etc. no son casuales. Se corresponden precisamente con el resurgimiento de esa idea decimonónica, romántica, de un regreso, de un camino hacia un pasado —aunque sea mítico— en vez de hacia el futuro. No quieren ser "Europa" sin ser antes "estado-nación", la infancia perdida, no quieren rediluirse primero en un  "estado que le absorbe" y después en la unión donde se les vuelve a absorber.
Los conflictos europeos —¿o la idea misma de "Europa"?— está agravando las tensiones vecinales, sí, pero están renovando también las tensiones internas. No se camina armoniosamente hacia el futuro, sino hacia un pasado mal resuelto. Muchos han visto "Europa" como un aliento hacia la desintegración —dejar de ser lo que se es para ser lo que no se ha sido— más que para la integración. En ningún otro espacio europeo podemos entenderlo mejor que aquí, donde hemos pasado del "estado nación" al "estado marca" o al "estado franquicia". Lo que se nos ha esfumado es la "nación española", concepto que algunos consideran de mal gusto y quimérico. No deja de ser interesante que los argumentos esgrimidos contra el "nacionalismo" sean quedarse fuera del "euro" y de "Europa".

Europa se debate hoy entre los estados poderosos que no tienen ningún interés en diluirse como "Unión Europea" porque les va muy bien así, y los que por debajo se quieren dividir porque piensan que así les irá mejor. Los problemas no son solo con los "vecinos", sino también dentro las "familias". Hoy no solo tenemos "posvecinos", sino también "posfamiliares", por usar con ironía el símil de Beck. La "nación cosmopolita" no parece muy próxima ni querida por sus presuntos beneficiarios.
Es necesario que las preguntas de Beck y otras muchas más tengan un debate profundo; ese es su objetivo, debatir. Pero las respuestas a esas preguntas no son las mismas según los niveles en los que se realicen. Los argumentos de Beck son racionales mientras que una parte importantes de los debates sobre las naciones son emocionales. Eso lo hace todo mucho más complejo. Pero las cosas complejas no tienen porqué ser necesariamente irracionales.
La idea de una "nación cosmopolita", que ha sido defendida desde hace ya tiempo por Beck, es atractiva, pero lo pensamos pocos. La idea europea puede llegar a ser un nuevo romanticismo. En estos momentos la situación es que los vecinos hacen mucho ruido y en casa no nos hablamos.

* Ulrich Beck "De la apatía a la transformación". El País 17/05/2013 http://elpais.com/elpais/2013/05/09/opinion/1368101541_586232.html







viernes, 30 de marzo de 2012

La colonización del futuro (y sus riesgos)

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su obra La sociedad del riesgo global, Ulrich Beck señaló:

A medida que se desvanece el mundo bipolar, pasamos de un mundo de enemigos a un mundo de peligros y riesgos. ¿Pero qué quiere decir “riesgo”? Riesgo es el enfoque moderno de la previsión y el control de las consecuencias futuras de la acción humana, las diversas consecuencias no deseadas de la modernización radicalizada. Es un intento (institucionalizado) de colonizar el futuro, un mapa cognitivo. (5)*

Desde que el ser humano dejó de pensar en el futuro como algo prescrito (escrito con anterioridad) y pasó a creer en su propia capacidad para producir ese futuro, los intentos de conocerlo (adivinación) se han transformarlo en la capacidad de decidirlo. Para unos es posible actuar para llegar hasta el futuro pensado. Para otros, en cambio, el futuro sigue siendo arcano, pero un arcano basado en la incertidumbre, que es un parámetro tratable en función de la cantidad de información de que dispongamos. Para los primeros, la acción es esencial, pues modela el futuro; para los segundos, en cambio, lo esencial es la anticipación informativa, ya que nadie realmente puede controlarlo por su complejidad. Para unos se trata de hacer, para otros de saber.

Ulrich Beck


La “sociedad del riesgo”, de Beck, es la que sustituye a la sociedad industrial, la del hacer. La sociedad de la información almacena millones y millones de datos para poder anticiparse a los riesgos, es decir, a los efectos colaterales de las acciones. Porque esta forma moderna de sociedad ha aprendido que toda acción conlleva sus efectos colaterales, sus peligros que han de ser evaluados para poder reducir su impacto o valorar el beneficio. Puede valorarlos más o menos, pero no puede ignorarlos por su globalidad.

Pero no solo la acción tiene consecuencias, efectos y riesgos. La información misma se convierte en acción en la medida en que actúa sobre el futuro definiéndolo. Así, al hacer y al saber, podemos añadir el hacer saber. Es esto precisamente lo que está primando en un mundo económico globalizado en el que las decisiones sobre las acciones se basan en la información disponible. Hasta qué punto las referencias informativas son fiables o han pasado a ser agentes interesados del sistema, es algo que está por determinar. ¿Nos encontramos ante una falsa separación de poderes económicos? ¿Están los que informan lo suficientemente separados de los que invierten y deciden? Me temo que no. No les interesa el futuro, sino nuestras reacciones en el presente.

Niklas Luhmann
La información es un elemento activo en el acondicionamiento del “futuro” percibido. Porque no se trata de ver el futuro real, sino de fabricar una ficción creíble de futuro que oriente las acciones del presente.
Niklas Luhmann, el sociólogo alemán, escribió en uno de los capítulos (“La descripción del futuro”) de su obra  Observaciones de la modernidad:

La modernidad ha inventado el cálculo de probabilidades para poder atenerse a una realidad duplicada, producida de forma ficticia. Con él se puede calcular al presente un futuro que siempre podrá ser de otra manera, y se puede certificar de este modo haber hecho las cosas bien aunque luego salgan de otra forma. Esto presupone que se puede distinguir entre el futuro (o el horizonte de futuro), el presente como reino de lo probable/improbable y los futuros presentes, que siempre serán exactamente como serán, y nunca de otro modo. (131)

Beck señala la necesidad de que esa “ficción”, como la define Luhmann, sea “realista” para anticipar los riesgos y peligros que nuestra rápida civilización va provocando (ecología, nuclear, etc.). Sin embargo, una vez descubierto el papel orientador de esas ficciones, es fácil utilizarlas para manipular el presente. Es el miedo el que pasa a ser el sentimiento que guía la acción ante los riegos. Y el miedo es el recurso más viejo que se ha inventado para el control social.
Lo que Beck llamaba la colonización del futuro, en realidad, es la colonización de nuestras mentes hoy con las imágenes de lo que pueda ser mañana. Es el futuro el que coloniza el presente. 

* Beck, Ulrich (2002). La sociedad del riesgo global. Siglo XXI de España Editores, Madrid. [1999]

** Luhmann, Niklas (1997). Observaciones de la modernidad. Racionalidad y contingencia en la sociedad moderna. Paidós, Barcelona. [1992]




martes, 6 de diciembre de 2011

La varita mágica

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Un estudioso del concepto de riesgo y su alcance global, el catedrático de Sociología alemán Ulrich Beck, señaló lo siguiente:

Los riesgos creídos son la fusta que se utiliza para mantener el momento actual avanzando al galope. Cuanto más amenazadoras sean las sombras que se proyectan sobre el momento actual desde un futuro terrible que acecha desde la distancia, tanto más acuciante la conmoción que pueda provocarse al dramatizar hoy los riesgos  […] Las definiciones establecidas de los riesgos son, por tanto, la varita mágica con la que una sociedad estancada puede aterrorizarse a sí misma y, por tanto, activar sus centros políticos y politizarse desde dentro. La dramatización pública (medios de comunicación de masas) del riesgo en este sentido es un antídoto a las estrechas miras de las actitudes de “más de lo mismo”. (218-9)*

Ulrich Beck
Trata de señalar Beck que en una “sociedad del riesgo”, los movimientos —antes que por la experiencia pasada— se producen por las perspectivas de futuro. Y hacia el futuro se avanza mediante presión sobre el presente, es decir, mediante el aviso de catástrofes que se producirán si no se toman las medidas adecuadas. Ni que decir tiene que una sociedad se puede mover de forma positiva (mediante estímulos gratificantes) o de forma negativas, mediante el terror a lo esperado. El riesgo es “accidente x probabilidad”, nos dice Beck. De esta forma, el futuro es probabilístico y nuestras decisiones se basan en la posibilidad de ocurrencia de esos momentos hacia los que vamos o de los que huimos. La dramatización del riesgo forma parte de la manera de transmitir los efectos de la ausencia de decisión. No actuar hace que se produzca el acontecimiento con mayor probabilidad, normalmente el desastre. No actuar significa que la catástrofe ocurrirá inevitablemente. Esa es la idea. Actuemos.

Por eso señala Ulrich Beck que el riesgo es la “varita mágica” con la que una sociedad se aterroriza a sí misma. Se avanza, de decisión en decisión, mediante el miedo a que si no actuamos ocurra lo peor. La dramatización mediática es la forma de asegurar que el miedo nos moverá en una dirección u otra. Tenemos un abanico de posibilidades y debemos decidir. Beck cita una interesante distinción realizada por el también sociólogo alemán Niklas Luhmann, entre “riesgo” (la evaluación de una decisión) y “peligro” (las consecuencias reales que tienen para otros).
Se ha criticado como una de las causas de la crisis financiera el hecho de los que tomaban las decisiones no corrían el peligro de sus decisiones, que las han pagado otros. El peligro es un contrapeso para la decisión del riesgo que se asume. Por eso es un escándalo que no estén muchos en la cárcel, como también se ha señalado. Y no lo están porque se encargaron de desmontar las trabas legales que les podían hacer acabar con sus huesos en la cárcel. Lo han hecho bien. A nosostros, en cambio, todo lo que se nos muestran son los riesgos de no actuar en la dirección que se nos indica ahora. Como en el túnel de las ferias, vamos subidos en un tren recibiendo sustos y escobazos.

Se están comentando mucho las lágrimas de la ministra italiana Elsa Fornero durante su comparecencia junto a Monti, el nuevo presidente de la República, al anunciar las medidas que tienen que tomar. El salto del farandulesco Berlusconi, la máxima teatralidad, a la recién llegada a la política —a sus 63 años—, Fornero se ha valorado en su dimensión más dramática. A través de sus lágrimas, los italianos han percibido no el riesgo, sino el peligro: las consecuencias que van a tener para todos. Tras una política que camuflaba los peligros bajo formas y maneras técnicas y optimistas, la ministra no ha podido reprimir ahora el llanto al anunciar de los recortes. ¡Triste situación la del que debuta en la medicina con un medio cadáver!
El dramatismo (el peligro) de la ministra Fornero difiere de la dramatización (el riesgo) de Sárkozy, político profesional, que ha buscado los grandes escenarios para esgrimir la varita mágica ante la sociedad francesa señalando derroteros que se presentan como inevitables.
Muchos no tienen nada claro que las “soluciones” propuestas por Sárkozy y Merkel sean las más adecuadas para todos. Pero el problema se reduce entonces a decidir quiénes son “todos”. Son Sárkozy y Merkel los que han enterrado el concepto (el que fuera) de Europa. Me dan igual sus intenciones; voy a hecho en sí. La crisis es la excusa para hacer valer posiciones anteriores a la propia crisis. De ahí la dramatización de los riesgos y de las decisiones propuestas. 

La fuerza de Alemania o Francia no es la de la razón, sino la de su potencia económica. Las alternativas que otros barajan, con distintos riesgos, son diferentes. Todas las medidas tomadas hasta el momento han sido de dudosa eficacia; todo lo más algún parcheo. La evaluación exterior del riesgo sigue amenazando, como ha ocurrido hoy mismo con la posibilidad de rebajas conjuntas. Es la varita, el miedo, con la que se presiona para que se busquen soluciones que ya están tomadas porque se presentan como inevitables. Sabedores de que no hay lugar en los botes para todos, la dirección del Titanic asigna los puestos a los elegidos.
El riesgo se está utilizando para redirigir Europa hacia sendas que no tenían en mente muchos de sus miembros. Asumir que en Europa debe haber “núcleo duros” del euro, es olvidar la idea de Europa y enterrarla definitivamente. Es retroceder unas cuantas decenas de años, a 1957, volver a la Europa de los Seis, de los Diez, etc. según el modelo elegido. España (los políticos españoles) ya ha dicho —siempre hablamos antes de tiempo— que quiere estar en el “núcleo duro”. Si esto se hace así, Europa habrá dejado de existir como tal y pasará a ser de nuevo la “Unión Económica Europea”, la “Pequeña Europa”. O lo que salga. Nadie entiende que la solución para el futuro sea desandar caminos.
Por eso lo que la gente ha entendido son las lágrimas de la ministra Fornero, un mensaje fácil de entender. No entenderemos las causas, pero nos adelantan el efecto. La varita mágica del miedo dirige ahora la orquesta europea. Malo.