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lunes, 24 de mayo de 2021

El test de la pobreza

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Del último reportaje realizado por Ebbaba Hameida en Ceuta, el que nos cuenta la vida de unos adolescente marroquíes viviendo en el bosque para evitar una devolución al otro lado de la valla, surge una pregunta por boca de uno de ellos: "¿La pobreza no se considera motivo suficiente para que nos acojan?"*

Las reacciones de estos días en España ante las imágenes de Ceuta y en parte Melilla funcionan como un test, uno de esos de "dígame qué ve usted aquí", una especie de Rorschard que ponen ante nosotros. La pregunta clave es, sí, ¿qué vemos allí? Y las respuestas no pueden ser más variopintas y desde muchas distancias diferentes, que van del egoísmo a la solidaridad, del belicismo a la comprensión humana, de la agresión al desastre humanitario.

La lectura de lo que vemos puede tener varias capas, desde luego. Podemos verlo a ras de calle y solidarizarnos con los que son utilizados y manipulados por el poder y podemos irritarnos por la desvergüenza y crueldad de las autoridades de Marruecos, que han demostrado el desprecio profundo y elitista que siente por su pueblo, al que no dudan en arrojar desde la desesperación a la muerte.



Quizá haya que hacer una lectura incómoda de todos los niveles. Hay lecturas humanitarias, políticas, económicas, belicistas. Cada una aporta algo y revela algo de la situación y de nosotros como sociedad, como país con unos dirigentes que se enfrentan también a desafíos que los retratan ante la propia ciudadanía.

Especialmente sensible es la cuestión de los menores. Los menores son menores sean de donde sean, no es cuestión de nacionalidad. Es cierto que la vida de los menores no es igual en cada país, lo que constituye una parte del problema de fondo. Muchos de ellos argumentan que tienen la responsabilidad de sus familias detrás, padres muertos o desaparecidos. Otros sienten que ya a su edad deben organizarse un futuro que no tienen, que se les niega en su país. Lo que queda claro es que no es una diversión, que uno no se juega la vida y deja atrás todo así porque sí.

Nos damos cuenta que la delgada frontera separa algo más que dos países vecinos, que hay otra frontera mucho más amplia que, en apenas unos metros, establece enormes distancias en muchas cosas, culturales y de desarrollo, de formas de ver la vida y lo que se puede esperar de ella. Sí, hay mucha distancia en unidades difíciles de medir, de establecer, pero que son más reales que los pocos metros que separan un país del otro. El mismo sol, el mismo clima, el mismo mar... pero enormes diferencias que se perciben a simple vista y que pueden convertirse en una obsesión, una tentación difícil de resistir.

En Estados Unidos, el año pasado, se escucharon peticiones para que los trabajadores de una empresa cárnica no salieran de la fábrica para así seguir produciendo sin contagiar a los de afuera. Muchos, como ocurría también aquí, vivían hacinados en cubículos en los que era imposible mantener higiene y distancia. Lo primero es la cosecha, la producción cárnica. Cualquier trabajador es reemplazable; hay cola para cada puesto libre. Los estragos de la pandemia entre los sectores económicamente más débiles han sido motivo de escándalo en los Estados Unidos. No ha sido el único país en donde han quedado en evidencia que la vida y la muerte dependen de tu situación económica.


Los países ricos suelen tener mala memoria. Se olvidan de lo que deben al trabajo de mucha gente que lo dejó todo, de una forma u otra, para bendecir ser explotados en otros lugares en los que deben dar las gracias.

Queremos temporeros, queremos inmigrantes que recojan nuestras frutas y verduras, que trabajen en nuestras construcciones, pero no queremos más. Bueno, sí, queremos que nos protejan de ellos. Queremos que se amontonen en barracones infectos, como los que quedaron en evidencia el año pasado, que cuando uno sufra un golpe de calor quede abandonado, muerto, frente a un Centro de Salud, como ocurrió en Murcia.



Y si alguien se solidariza con el que sufre, entonces se lanzan los ataques, los insultos, las campañas contra quien demuestra un poco de humanidad. Son traidores, depravados, viciosos.

Lo preocupante es que las crisis nos están haciendo olvidar que la pobreza no es un destino, algo que te ha tocado en un reparto de almas por países. Hemos perdido la memoria de cuando este país estaba lleno de miseria, de pobreza y que mucha gente tuvo que ir a limpiar retretes por el mundo. Nuestro mundo de ocio productivo y fantasía, de paraíso turístico, se ve endeble y, tras las bambalinas, nos damos cuenta que hay también miseria. "¡Allá cada uno con lo que le toca!", dicen algunos. Pero no sabes nunca cuándo te va a tocar y si la bolita de la mala suerte volverá a caer en tu número. Las crisis anteriores han vuelto muy egoístas a algunos. Hay quienes piden el pasaporte para dar comida; caridad selectiva y nacional, ¡que se muera el resto! Pero la pobreza, el dolor, el abandono... nos deben mover y conmover, están por encima de cualquier frontera. Si ves antes lo que nos separa que lo que nos une, no es un buen síntoma.

El reportaje de RTVE.es nos habla de mucha gente solidaria, de gente que les hace comidas, les prepara bocadillos. Suelen ser los más humildes, los que comparten lo que apenas tienen. A los que les sobra, en cambio, suelen ser más restrictivos.  

Sí, estamos aprendiendo mucho con la pandemia, mucho sobre nosotros mismos. ¡Deja tantas cosas al descubierto! Para bien y para mal. 

 


* Ebbaba Hameida "Escondidos en el monte de Ceuta para evitar las devoluciones: "Dile a mamá que me quedo aquí"" RTVE.es 23/05/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210523/escondidos-monte-ceuta-para-evitar-devoluciones-dile-mama-quedo-aqui/2092361.shtml

jueves, 20 de mayo de 2021

¿Cuándo dejamos de ser humanos?

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Dedicado a Luna y a Ebbaba

No es una pregunta retórica, ¿cuándo dejamos de ser humanos? ¿Cuándo perdemos nuestra humanidad? Hace unos días tuve que explicar la diferencia entre "la humanidad", como el conjunto de los seres humanos y "humanidad", la virtud que nos hace humanos. Nos olvidamos de la diferencia entre el número, la cantidad, y la calidad. En estos tiempos en que todos reclaman derechos, nos olvidamos de las obligaciones, del esfuerzo por ser más humanos.

Ayer hablábamos de las imágenes que nos mostraban a una voluntaria de la Cruz Roja, a pie de playa, abrazando a un desconsolado y derrumbado subsahariano agotado tras la travesía de la playa, un momento que es el final de una vida, de sueños acumulados por la presión vivida, por lo que deja atrás. No son los metros recorridos, sino los sueños acumulados los que se vienen abajo en un momento, tras esos minutos en el agua.



El abrazo representa, lejos de leyes y normas, de análisis estratégicos, de cualquier otra dimensión, la desnudez de un drama. No son la Cruz Roja y un inmigrante; son dos seres humanos viviendo un momento que les desborda a una por lo inesperado —¡quién está preparado para esto!— y al otro porque lo ha perdido todo —todo lo soñado— en ese recorrido que ha puesto a cero su vida, la ha vaciado de golpe.

Me levanto temprano y veo las noticias. Las imágenes en la que se encuentran todas las dimensiones del drama, un drama que afecta a muchos, movido por el maquiavelismo del reino de Marruecos, capaz de jugar con las vidas de las personas de una manera infame e indigna de un país. A la pasividad de ayer, al animar a que pasaran al otro lado de la valla, le siguen las muestras de la represión brutal de hoy. Hoy, por lo visto, no toca pasar, algo que no entienden los que lo intentan, con cuyos sueños y vidas se juega. Hoy toca recibir golpes.

Ebbaba me dijo que la enviaban allí, que salía al día siguiente, que iba en camino. Charlamos un rato. Hoy me llega un aviso al teléfono de que ya está publicado su primer reportaje desde allí. Y va directamente a Luna, la joven de Cruz Roja que apareció intentando consolar al joven. Y lo que nos cuenta —recogido por Ebbaba Hameida— es desolador, en lo humano y en lo inhumano:

 

“Lloraba, le tendí la mano y me abrazó”, describe el momento. “Se pegó a mí como una lapa. Ese abrazo fue su salvavidas”, dice y vuelve a emocionarse. “Me hablaba en francés y enumeraba con los dedos de la mano. Yo no entendía nada, pero estoy convencida de que estaba enumerando los amigos que ha perdido en el camino”. Vuelve a hacer una pausa. No sabe dónde está y si volverá a cruzar la frontera. Sin embargo, mientras atiende a las personas que han llegado no puede evitar buscar su mirada entre la muchedumbre.

“Lloraba, se le caía la baba todo el rato, antes de abrazarme se estaba apedreando la cabeza. Se quería matar”, asegura. "Sé que era de Senegal y tengo grabada su mirada perdida. Tenía los ojos muy rojos".

Luna se encuentra abrumada por las reacciones de su gesto. Ha recibido muchas muestras de agradecimiento, pero también insultos y mensajes cargados de odio. Abre el móvil y nos los enseña. Lo primero que le sale: “Se nota que te gustan las pollas grandes”, “qué harías si te quedas sola con cuatro de ellos, seguro que te violan” o “nos lo venden como un gesto de humanidad, pero él solo quiere papeles”. Va a denunciar en cuanto se calmen las cosas.

“En las redes han visto que mi novio es negro, no paran de insultarme y me dicen cosas horribles con comentarios racistas”, dice. Este martes, 24 horas después del abrazo, ha pedido públicamente en sus redes sociales que dejen de mandarle mensajes. Quiere estar tranquila hasta reconciliarse con toda la impotencia que tiene dentro. No puede soportar no recordar el nombre de aquel senegalés de ojos negros y grandes que lloraba y gritaba auxilio. "Merecía más de un abrazo", asegura.*

 


Un abrazo es lo que se podía dar allí, pero esa sensación de impotencia la acompañará en su vida. Es la forma en que las personas conscientes sienten la carga de las que no lo son.

Los insultos, las amenazas, el odio acumulado nos muestran que hay un exceso de maldad que nos deshumaniza, nos vuelve bestias disfrazadas deseosas de mostrar lo peor que llevan dentro. Lo disfrazan de patriotismo, de legalidad, pero solo son grandes palabras tras las que se esconden. Son racistas, xenófobos, crueles, inhumanos. Llevan banderas de todos los colores que dicen sentir, pero están muertos, humanamente muertos. Necesitan de este tipo de acontecimientos para desahogar sus frustraciones y fantasías; en ellos se crecen, es la ocasión de lucirse. O eso creen.



La joven Luna ha recibido el apoyo de mucha gente, de los que han sabido leer el abrazo como un gesto de solidaridad, que es lo contrario del egoísmo. Tratar de convertir la solidaridad con el que sufre en debilidad es un enorme error de percepción de la vida. Por encima de todo está la humanidad, después vendrá la ley, pero si negamos el consuelo, si reprimimos el sentimiento de acercarnos al que sufre dejamos de ser humanos y ya nada importa. Nos está cercando la inhumanidad. Se nos está comiendo poco a poco.



En un programa  visto estos días en algún canal, se nos explicaba que la formación de los miembros de las SS requería de la continua exposición a la muerte para superar las primeras "incomodidades" que surgían. Del diario de un SS se recogía la "incomodidad" que sentía al ametrallar a hombres, mujeres y niños. "Es normal", le habían dicho. "Lo mejor —les enseñaban— es repetirlo para ir matando en ti ese sentimiento de incomodidad". Se trataba de superar la propia humanidad para alcanzar esa tranquilidad deseada ante el dolor y la muerte del otro. Es la indiferencia. Se trata de que no te importen, mirarlos como objetos, como basura.

Estamos expuestos cada día a imágenes que puede que anestesien a algunos; pero también muchas de ellas nos revelan el sentido del drama captando ese momento en el que nos sentimos uno frente a todo lo que nos separa. Luna estalla en llanto cuando tiene que contar lo que sintió. Le acongoja no saber dónde está ese senegalés, devuelto al otro lado de la valla. El vínculo creado en esos instantes no se romperá en la vida. Nos preocupamos por el otro; no es materia, es una persona.



La imagen del buzo militar manteniendo en alto a un bebé en el agua nos muestra que la exposición al drama no debe anestesiarnos, no debe buscar nuestra insensibilidad, sino dejar fluir en nosotros el sentimiento solidario. Unos y otros de los que están allí repiten lo mismo: "no estábamos preparados para esto". Lo dice gente que ha visto mucho y que se ha conmovido por el drama expuesto en toda su crudeza.

Que los políticos jueguen a lo suyo. Pero no dejemos de ser humanos porque si dejamos de serlo pronto será algo más que "un problema en la frontera" porque lo llevaremos dentro, condicionando nuestras decisiones, nuestra vida inmediata. Las personas que han mandado mensajes insultantes, amenazantes... son zombis. Gritan e insultan, pero están muertos sin que lo sepan. Mataron su humanidad, por más que sigan ruidosos entre los vivos. Se han ido sometiendo a un meticuloso programa de deshumanización selectiva. Y este es el resultado.

Me ha emocionado el reportaje. Nos muestra lo que hay, lo que somos, para bien y para mal. Me ha reconfortado saber que hay personas que no quieren dejar de serlo, como Luna, que en vez de estar preocupada por todas estas cosas que nos cuentan cada día como esenciales, dedica su vida a enfrentarse al dolor y al sufrimiento a pie de playa. Nos dignifican y debemos agradecerlo. Me reconforta también leerlo y ver que se puede seguir contando para evitar que perdamos la humanidad. Me reconforta saber que hay periodistas que lloran en su regreso a casa, que no pierden su humanidad.



* Ebbaba Hameida "Un abrazo sin fronteras: "Sé que era de Senegal y tengo grabada su mirada perdida" RTVE.es 20/05/2021 https://www.rtve.es/noticias/20210519/abrazo-emotivo-frontera-ceuta-entrevista-cruz-roja/2091073.shtml


viernes, 13 de junio de 2014

La marca (infame) de la casa

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Debatíamos el otro día durante una comida sobre la aparición del extremismo en Europa con motivo de las elecciones europeas. La cuestión que se planteaba  fue sobre si la gente se ha vuelto de repente racista y xenófoba. ¿Pueden unos sentimientos tan primarios surgir así, como una explosión, y transformar un país? ¿Cómo se explica que Francia pase del socialismo a la extrema derecha en unos pocos meses? La respuesta es muy compleja porque las motivaciones que llevan a algo tan elemental, en cambio, como "un voto", pueden ser muy diferentes. Salió, por supuesto, el comentario de que en España no se había planteado electoralmente la cuestión de la xenofobia y el racismo, algo de lo que nos debíamos alegrar. Pero hay que tener cuidado con las alegrías, que, como señala el dicho, "duran poco en la casa del pobre".
Recordé la información, de la que los comensales no tenían noticia, de las asociaciones y ONGs que estaban repartiendo ayudas a las personas necesitadas con el filtro del pasaporte o, sin tapujos, la piel, religión o cualquier otro factor discriminante. La idea de "primero a los nuestros" no es más que una estrategia de penetración para conseguir sus objetivos, el crecimiento social de grupos xenófobos que nunca han dejado de serlo, pero que crecen o menguan en función de la situación social.

Los partidos y grupos racistas están ahí, latentes, larvados. No han desaparecido, pero en la política las apariciones se dan por encima de ciertos umbrales que suelen estar marcados por el éxito electoral o por la violencia, ya sea física o verbal. En algunos países, como ocurrió ya en Grecia, se dan ambas circunstancias, crecimiento electoral y crecimiento de la violencia xenófoba.
Las épocas de crisis suelen ser las que favorecen la expansión de las ideas más radicales porque se tiende a "racionalizar" los problemas que se escapan a la comprensión —¿quién entiende el fondo de una crisis?— convirtiéndolos en paquetes de problemas asequibles a capas amplias de la población: si no tienes trabajo es porque otros vienen a quitártelo; si no te atienden en la Seguridad Social es porque otro se lleva los recursos, etc. En uno de los artículos de estos años recuerdo haber tratado el caso de la maestra expedientada por dirigir su ira contra un alumno extranjero. La causa era la muerte de su padre que, según ella, se debía a que los extranjeros copaban la atención médica. Todo tiene una explicación sencilla, con su propia lógica, que hace casar los hechos con las frustraciones. El dolor de la hija que pierde a su padre se dirige contra el primero que satisface su necesidad de "explicación".


Esas "explicaciones" son las que redirigen la frustración y la transforman en reacciones electorales. Marine Le Pen consigue canalizar la frustración francesa ante el fracaso sucesivo de los dos grandes partidos en sus políticas y hace ver que lo que comparten es precisamente "Europa". El razonamiento es sencillo entonces: Europa es la culpable. Bajo ese veredicto se aprovecha para colar toda la maldad que les define como partido racista y xenófobo, entre otros muchos defectos. Jean-Marie Le Pen no es un bocazas; dice lo que siempre ha dicho, pero ahora le tocaría estar callado, para desesperación de su estratégica hija que ve cómo el tronco del que salió la rama habla cuando hay que mantener la boca cerrada. Pero, ¿quién para a papá eufórico?
El diario El País nos trae otra nueva iniciativa xenófoba de otro grupo político con ganas de crecer. Es el segundo en poco tiempo, pues es un camino fácil usar la desesperación de la gente para torcer su ánimo y llevarlos a su perverso molino. Nos cuentan:

Ojiplático, con unas lonchas de jamón en la mano y escasa capacidad de reacción, se quedó el secretario general de Plataforma por Catalunya (PxC), Robert Hernando, el pasado sábado en Igualada cuando decenas de inmigrantes se acercaron a la carpa de recogida de alimentos que había puesto el partido, polémico por su discurso xenófobo, para repartir comida entre “la buena gente de casa”, es decir, exclusivamente para catalanes. A golpe de paquetes de pasta, arroz y otros productos no perecederos, los inmigrantes colaboraron con la compaña de donación de alimentos como protesta contra la iniciativa racista.
La Fundación Atlas de Igualada, que puso en marcha la contraofensiva pacífica colgó ayer un video en Youtube bajo el título Jo també sóc d'Igualada. Canvia El Xip! (Yo también soy de Igualada. ¡Cambia el chip!) en el que da cuenta de la iniciativa simbólica en la que participaron decenas de mujeres musulmanas y familias latinoamericanas, entre otros. En menos de 24 horas, el vídeo ya ha alcanzado las 10.000 visitas. “Trabajamos en proyectos de convivencia entre culturas. ¿Qué quiere decir ser de casa? Para nosotros todos son de casa”, explica Silvia Romeu, presidenta de Atlas. La Fundación reconoce que se ha sentido abrumados por los apoyos recibidos en las redes sociales. “Lo hicimos en plan inocente pero se ha disparado. Era como seguirle el juego y jugar más. Queríamos que fuese un acto cívico y pacífico de protesta”, concluye Romeu.*


Que se use la necesidad material para intensificar el odio de la gente ("la buena gente de la casa") es una desvergüenza repugnante, como lo fue el acto similar organizado por "Democracia 2000", otro partido ultra, sin matices, arqueología de la barbarie plana testimonial. Da intensa vergüenza ver cómo usan en su web las fotografías de las personas haciendo cola en la sede para recibir los 150 lotes de alimentos destinados al sustento de personas en crisis. Con el título "Solidaridad Nacional logra imponerse en Torrent" se muestran ufanos de defender "lo nuestro" y piden, en su margen, la afiliación "al único partido que defiende a los españoles":

A pesar de las presiones recibidas por parte del Ayuntamiento de Torrent, la ONG HSP Mª Luisa Navarro desarrolló con éxito el pasado sábado, un reparto de 1.500 kg de comida y productos de higiene personal a familias españolas que cumplían los requisitos exigidos por la organización.
Los 150 lotes de comida y productos de primera necesidad, paliarán las necesidades más urgentes de 150 familias abandonadas por las administraciones y las organizaciones benéficas subvencionadas, por el simple hecho de ser españoles y tener la posibilidad, real o ficticia, de acudir al amparo familiar.


La fuerza de estos grupos surge de las situaciones de crisis, de la misma manera que el nazismo surgió de la crisis económica de Alemania. Se presentan como heroicos salvadores frente a las administraciones, que los discriminan "por ser españoles". Lo único que hace es generar odio y pervertir cualquier principio de ayuda y solidaridad. Es pura xenofobia.
Los unos cuidándose de "sus españoles" (Democracia 2000) y los otros, los de PxC (Plataforma por Cataluña) por "sus catalanes" son una muestra de que los mecanismos xenófobos, cada uno en su nivel, funcionan de la misma manera: alentando la discriminación, que es una forma de alentar el odio para rentabilizarlo electoralmente. Son siempre los "otros" los favorecidos injustamente y "ellos", en cambio, son los que alimentan solidariamente a los "suyos". Nunca se da la ayuda por sí misma, como un fin social; no es más que una forma de fijación del mensaje del odio. La repugnancia que produce es grande. De ahí el salto —ya dado en Francia— es pedir que no se escolarice o se les atienda en los hospitales. Papá Le Pen pedirá el "Ebola" para acabar con la inmigración africana, en otra de sus jocosas y reveladoras manifestaciones.


En la pregunta que se hace la presidenta de la Fundación Atlas, Silvia Romeu, radica el eje de la vida social: ¿Qué quiere decir ser de casa? Y su respuesta —"para nosotros todos son de casa"— es la única realmente cívica y civilizada, dos palabras próximas. Aplaudimos la iniciativa, que es elocuente y elegante. Una buena lección, aunque no le saquen provecho los dejados en evidencia.
Una sociedad que sale de sus crisis con los estigmas de la injusticia queda marcada para el resto. Puede que salga de la crisis, pero el coste moral es alto. La discriminación, además, es una práctica que se puede multiplicar si se encuentra la justificación adecuada. Pronto deja de ser problema ser de "otro país" y es suficiente con ser del pueblo de al lado para ser discriminado.


No es suficiente con mantenerse satisfecho con que las elecciones europeas no hayan aupado la xenofobia, como ha ocurrido en la mayor parte de Europa —Francia, Holanda, Finlandia...—; hay que estar en permanente vigilancia y contrarrestar sus golpes de efectos alimentando colas de "nacionales" para mostrarse como generosos y heroicos salvadores para evitar que proliferen y se extiendan añadiendo un problema más. Por eso el ejemplo dado por los inmigrantes que fueron a hacer donaciones de alimentos a una organización que les discriminaba es bueno y digno de felicitación. Cuando ellos dejaban los alimentos en las cajas, los organizadores les ofrecían, como contrapartida, un plato con lonchas de jamón. ¿Quieres jamón?, les decían poniéndoles el plato delante de la cara. Sin comentarios.


Esta ayuda "marca de la casa" indigna a cualquiera que tenga un mínimo de sentido común y de vergüenza. No es motivo de orgullo alguno, al contrario. En última instancia, humanamente, "casa" no hay más que una. Discriminar en el sufrimiento y en la necesidad es sencillamente repugnante. Hacerlo para obtener un rendimiento político, vomitivo.


* "La mejor lección contra la xenofobia" El País 12/06/2014 http://ccaa.elpais.com/ccaa/2014/06/12/catalunya/1402592338_204487.html







sábado, 9 de abril de 2011

El “espacio Schengen”, trasladando los problemas de sitio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Nos dicen que los más adinerados de las ciudades egipcias se atrincheraban en urbanizaciones protegidas para mantener alejado al pueblo al que mantenían en la pobreza. Las barreras materiales y la seguridad les permitían vivir tranquilos, ajenos al espectáculo y peligros de la pobreza. Al príncipe Buda también le aislaron en su palacio para evitarle ver el sufrimiento del mundo.
El “Espacio Schengen” es como se denomina al espacio que los europeos hemos establecido para crear un perímetro fronterizo conjunto frente al “exterior” y que aplicamos también a  algunos molestos inquilinos a los que se les ha dado un trato intermedio, están en Europa, pero no se les deja circular libremente por el interior de la Unión Europea. Tenemos pobres “exteriores” e “interiores”. Los pobres interiores se desplazan por la Unión hasta que llegan a algún país que los repatría hasta su origen y vuelta a empezar. Algunas veces, los pones en la frontera del país que los ha dejado pasar traspasándote a ti el problema. Les devolvemos la pelota.
El drama de las huidas de la muerte o del hambre al que estamos asistiendo estos días nos muestra nuestra inoperancia, por un lado, pero también mucho sobre nuestra indiferencia ante lo que está ocurriendo. “La tolerancia es buena”, escribió el malogrado Christopher Lasch, “pero es solo el comienzo de la democracia, no su meta. En nuestra época, la indiferencia es una amenaza más grave para la democracia que la intolerancia o la superstición. Hemos desarrollado una habilidad excesiva para buscar excusas”* (81-82). Y tenía razón.
Nuestra capacidad para buscar excusas se muestra infinita. Solo suprimiendo la indiferencia es posible resolver los problemas reales porque es la raíz. Quizá quien mejor lo supo ver en este siglo fue Albert Camus. ¿Qué es El extranjero sino la demostración, llevada al absurdo existencial, de la indiferencia? La indiferencia es la incapacidad de movilizarnos ante lo que el mundo nos ofrece como provocación. Levantamos muros para ocultar nuestra molesta indiferencia a los otros y también para ocultárnosla a nosotros mismos. No nos gusta que los demás piensen de nosotros que somos indiferentes. Por eso preferimos no ver y nos irritamos con los que nos obligan a mirar.
En el terreno psíquico, la indiferencia es una enfermedad, una patología que suprime la capacidad empática de sufrir por y con los demás. En el terreno social, es la instauración del egoísmo como motor de la acción. Nuestra atención se moviliza solo hacia aquellos aspectos que nos afectan directamente. El egoísmo se ha camuflado bajo fórmulas muy distintas, desde el “bien propio” del homo economicus dieciochesco, hasta el gen egoísta de Dawkins. El egoísmo se explica solo, nos dicen, por lo que solo se plantea un problema teórico con el altruismo. Desgraciadamente, no hemos encontrado todavía una explicación plausible sobre por qué la gente se olvida de sí misma y se dedica a hacer algo por los demás. Cuando alguien lo hace, nuestra cultura del recelo, supone motivos ocultos o patológicos, y así se salva el motor social. Sin embargo, el espectáculo de la indiferencia se ve compensado muchas veces por el de aquellos que, dejando en evidencia a la teoría egoísta, se saltan el muro de la indiferencia y se ponen del lado en que hacen más falta y no en el que se está más cómodo.


Kristalina Georgieva, la Comisaria europea de Cooperación Internacional, Ayuda Humanitaria y Respuesta a las Crisis, ha sido entrevistada por Euronews para el programa “I Talk”**. Cuando un espectador italiano le pregunta por qué no se ha recibido antes la ayuda europea en la crisis de Lampedusa, la Comisaria señala que la respuesta comunitaria está siendo la que debe: pagar los billetes de vuelta en barco o en avión a los que llegan a Italia. Todos estaban pensando en términos de “ayuda” para Italia y no de ayuda para los que han conseguido llegar vivos a la isla de Lampedusa. Hace unos días se hundió una barca con cuarenta tunecinos en el estrecho de Sicilia**. Solo se salvaron cinco. No ha sido la única tragedia. Algunos de los que logran llegar a diario exhiben carteles: "Gracias, Lampedusa", "Gracias por la acogida". Volverán, cómodamente, en avión.
Mientras pensemos que los fondos que hay que destinar para ayuda son para trasladar los problemas de sitio, nunca acabaremos con ellos. Pero eso, nos dicen, es de otro negociado. Habrá que ir a la siguiente ventanilla. A ver si hay suerte.

*Christopher Lasch (1996): La rebelión de las elites y la traición de la democracia. Paidós, Barcelona.
** “I Talk: Georgieva, Eurocomisaria del Año, responde sobre Japón y Libia” http://es.euronews.net/2011/04/07/georgieva-eurocomisaria-del-ano-responde-sobre-japon-y-libia/
***”Desaparecen 35 tunecinos en el estrecho de Sicilia”  http://es.euronews.net/2011/03/15/desaparecen-35-tunecinos-en-el-estrecho-de-sicilia/