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viernes, 25 de enero de 2013

La Revolución: el avión y la tortuga

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Hoy es el segundo aniversario de la Revolución egipcia, la del 25 de enero, la revolución agridulce; la revolución de la que unos hablan y otros lloran; la revolución de los hijos de la que se apropiaron los padres. Para una generación, para su futuro, una oportunidad de ser que quedó en soñar. Jamás se ha visto una revolución tan extraña, de la que se fueron apropiando sucesivamente los que la negaban, los militares, los islamistas. El régimen cayó; la revolución no ascendió más que retóricamente.
Visto desde fuera, el gran problema de Egipto es que sus gobernantes no creen en él. Lo percibes en su paternalismo constante, en su negación de las personas, en la imposición del orden exterior. Los gobernantes se protegen del pueblo aunque dicen protegerlos; los llaman "hijos" e "hijas". Y Egipto es un gran pueblo al que mantienen niño entre todos, vigilándolo siempre, seduciéndolo con palabras mientras se le niega con acciones. Lo convierten en un gran auditorio en el que cada década personas diferentes les explican porque les retiran su libertad y lo peligroso que sería para ellos decidir.


El diario Al-Masry Al-Youm nos trae una nota —recogida por Reuters y otros medos internacionales— sobre los cambios que la compañía Egypt Air va a realizar en las películas que se proyectan durante sus vuelos*. El motivo no es otro que la queja de Ahmed Fahmy, miembro y portavoz del Consejo de la Shura (la Cámara Alta) y miembro destacado del partido de la Hermandad Musulmana, el Partido de la Justicia y la Libertad. En un vuelo de Jartum a El Cairo en el que viajaba, Ahmed Fahmy hizo detener la película que se proyectaba, una vieja cinta, "Arees Mama" (El pretendiente de mamá), protagonizada por la muy conocida actriz, cantante y presentadora de televisión Nelly (Nelly Artin Kalfayan, 1947), una institución en el mundo del espectáculo egipcio. Egypt Air ha asegurado, en comunicado oficial, que no se produjo ningún "incidente violento" entre el miembro de la Shura que hizo detener la película porque se sentía "ofendido" por lo que veía, y la tripulación, y que los pasajeros no protestaron. La compañía ha realizado otro comunicado en el que expresa que se creará un comité para revisar las películas proyectadas durante los vuelos para hacer que se ajusten a los "valores y costumbres egipcios" (Egyptian values and customs).


Ese avión en el aire, con un político islamista interrumpiendo una proyección porque se siente escandalizado (EgyptAir said he had "expressed reservations about one of the scenes" in the movie), convertido en portavoz único de los "valores y costumbres egipcios", amparándose en su cargo —que implica, claro, una gran responsabilidad en la protección del alma de los ciudadanos viajeros por quienes debe velar—, es una reveladora metáfora de la situación egipcia, de la mentalidad paternal, controladora, revisionista y autoritaria de lo que la caída del régimen anterior trajo. No la Revolución, sino la consecuencia de los que se oponían a ella mientras la celebraban en público.

Dr Ahmed Fahmy, miembro de la Shura y censor aéreo

No solo se trata de controlar medios de comunicación, tribunales, escuelas, etc., como vemos Hasta una vieja película que se proyecte en un vuelo cae bajo su jurisdicción. Son los vigilantes, aquellos ante los que pasajeros, tripulación y compañía tiene que plegarse porque como cantó Bob Dylan, "tienen a Dios de su lado" y el poder de recordártelo:

Oh my name it is nothin'
My age it means less
The country I come from
Is called the Midwest
I's taught and brought up there
The laws to abide
And that land that I live in
Has God on its side.
(Bob Dylan, With God On Our Side 1963)


Los dos años desde la Revolución egipcia nos muestran cómo las estructuras permanecen inmutables bajo distintas caras y discursos, por más que se maquillen. El mismo autoritarismo con diferentes collares, la mismas prácticas clientelares, los mismos mecanismos de perversión disfrazados de pureza. Siempre la negación del pueblo, convertido en gigantesca "madrasa" de la que nunca se emancipan.



Egipto es ahora como ese avión, con un piloto que les lleva y otro guía espiritual que les selecciona las películas que pueden ver. Es otro ejemplo de los que llegan cada día de la deriva autoritaria, en nombre de la moral y la buenas costumbres, de la "protección del pueblo" por parte de todos esos buenos y piadosos ciudadanos que, llevados al extremo de la generosidad, no solo deciden cómo quieren vivir ellos sino también cómo han de vivir los demás. Todo por su bien, por el bien del pueblo al que hay que proteger de sí mismo, tarea encomendada a los guardianes de la moral, del pensamiento, de la fe. Son sus ojos, sus oídos, su tacto; su pasado, su presente, su futuro.
Esto no es la Revolución, sino su enterramiento, como se consagra en el preámbulo de la Constitución recién aprobada, en cuyo nombre se interrumpe la proyección del avión, ya que es el "poder", las autoridades, quien debe velar por la moral del pueblo, porque esos "valores y costumbres" permanezcan limpios, inmaculados.


El segundo aniversario de la Revolución, quizá por todo esto, debe ser celebrado, recordado. No en celebraciones oficiales hipócritas, sino en la esperanza de los que la animaron, de los que creyeron en ella. La Revolución es un hito histórico, una demostración de lo que se puede realizar, un inicio de esperanza. En ese sueño quedaron atrapados los mártires, los que dejaron la vida, los que fueron apaleados, heridos, detenidos, torturados, vejados. Ellos tienen el memorial del recuerdo; son la fuerza que mueve a muchos a seguir.


En el relato Su poderoso arcano, el gran narrador egipcio Yúsuf Idrís escribió:

Hay un método muy conocido para hacer que la tortuga se mueva con regularidad. Consiste en atarle a la espalda un largo bastón al final del cual le ponemos comida que la tortuga verá y tratará de alcanzar, pero, naturalmente, nunca llegará a ella y por eso continuará moviéndose.
Nosotros somos como esa tortuga. Para movernos, tiene que haber al alcance de nuestra vista una esperanza que intentemos alcanzar; pero, a veces, no la vemos, porque las vicisitudes de la vida nos la ocultan. En ese caso, nos paramos; no por estar desesperados, sino para volver a buscar la esperanza. Y para buscarla es preciso que tengamos, a su vez, una esperanza fuerte en encontrarla. A estos periodos de búsqueda de esperanza la gente los llama desesperación. Algunos van, incluso, más allá y ponen la desesperación al mismo nivel que la esperanza, a pesar de que la vida, como vemos, es una esperanza continua, y nuestro movimiento es constante, ya sea para verificar la esperanza o para alcanzarla. Curiosamente, esos períodos de búsqueda de la esperanza a los que llamamos desesperación son períodos en los que el ser humano es más optimista y avanza más que el desesperanzado.**

En este bello pasaje, Idrís expresa que la desesperación es también esperanza; solo es su ausencia de la vista, no del corazón. La desesperanza que sienten muchos egipcios hoy es porque la esperanza no está ante sus ojos, no está en lo que ven ante ellos. Pero, como bien señala Idrís, la esperanza está en el corazón. Hay que querer verla. Una generación soñó con cambiar y cambió ella; este no es su cambio, sino el cambio de los que no soñaron. Pero eso no debe anular el soñar, el movimiento vivificador del deseo.


A la metáfora de la tortuga y el palo con la comida que nunca se consigue podemos sumar la paradoja de Aquiles y la tortuga, a la que nunca alcanzará. Pero ambos casos, incluso como paradojas, requieren de un elemento: que la tortuga se mueva. Lentamente, pero se mueve. Hay cosas que no llegan a ser reales, pero que nunca pueden dejar de ser soñadas. La tortuga de Aquiles no llega, pero está más cerca. La posibilidad de que la desesperanza —la búsqueda desesperada de la esperanza para seguir— se convierta en abandono es grande, pero hay entre ambas (desesperanza y abandono) una distancia inmensa que no se puede confundir. Lo que Idrís nos dice es que el signo de la esperanza es el movimiento, el no cesar de perseguir el ideal que nunca alcanzamos.


Solo los ilusos confían en realizar el ideal. Los ilusos y los dictadores y fanáticos que quieren traer el "orden perfecto", el que a ellos se les ha revelado, a la tierra. Las tortugas del mundo se mueven hacia el ideal, pero encuentran un camino que han de transformar, un recorrido imperfecto animados por la esperanza. No se trata de cumplir el ideal, algo que siempre traerá la frustración de lo imperfecto, sino de movernos en nuestra imperfección natural, de adaptarnos a la vida haciendo equilibrios entre ideales y realidad. La tortuga avanza; el avión, en cambio, solo lo aparenta: avanza en el espacio, pero retrocede en el tiempo hasta llegara al inmovilismo absoluto, hasta conseguir la parálisis moral y social.
La Revolución sigue ahí, sigue como esperanza y como desesperación, como deseo de libertad y progreso real. Es el deseo no realizado, el motor de las acciones, la referencia de un horizonte lejano al que es posible dirigirse en un movimiento constante.
Los sensatos se seguían por las estrellas; los locos quieran alcanzarlas. Pero ambos deben mirarlas en su caminar. Es lo que vieron un 25 de enero; estrellas hacia las que dirigirse.

* "EgyptAir reviews in-flight movies after Brotherhood complaint" Al-Masry A-Youm 24/01/2013 http://www.egyptindependent.com/news/egyptair-reviews-flight-movies-after-brotherhood-complaint 
**  Yúsuf Idrís (2003) "Su poderoso arcano", en Una cuestión de honor. Ediicones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid. pp. 153-153.

La actriz censurada, Nelly




viernes, 28 de diciembre de 2012

La marca del territorio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Me saltó a los ojos una frase escrita en el muro de Facebook desde Egipto: "here you can 'piss' in public, but never 'kiss' in public". A la frase siguieron distintos comentarios dándole la razón y diversos "me gusta" se fueron acumulando conforme pasaba el tiempo. Algunos señalaban la contradicción que veían en ello. Creo que no hay tal contradicción. Orinar a la vista en un lugar público es un acto de imposición, de abuso, dominio, de apropiación de la calle —como los perros marcan el territorio propio— y es exclusivamente masculino. Por el contrario, el beso implica escapar de ese dominio. 
Orinar en público es dictatorial; es una violación de los otros, una muestra de poder, desprecio e indiferencia exhibicionista. El beso implica, por el contrario, un relación solidaria, entre dos. Es cierto que puede haber besos abusivos. exhibicionistas y provocadores, pero no son de los que estamos hablando. Nos interesan solo los que son muestra del afecto de dos personas.
La pregunta del muro no va desencaminada. Suele haber cierta correspondencia, en efecto: allí donde algunos imponen su orina, también suelen ver los besos como un peligro para su dominio sobre el territorio. El beso es algo que escapa a su control y no les resulta tolerable.

Yúsuf Idrís (1927-1991)
Dio la casualidad —es verdad y no una licencia poética— que acaba de terminar apenas unas horas antes, uno de los relatos del gran escritor egipcio Yúsuf Idrís —fallecido en 1991— que algo tiene que ver con esto. El cuento se titula "Un trayecto" y describe un breve recorrido en un autobús cairota. La situación que Idrís describe es algo cotidiano y es casi una pequeña observación tomada de la realidad más que una historia; se limita, como es función del arte, a enmarcarnos una pequeña parcela de lo que tenemos frente a los ojos cada día para que saquemos consecuencias.
Comienza Idrís con la rápida descripción de la subida al autobús de un "joven de hoy en día": su jersey anudado, sus apuntes de clase, una cadena... En la parada siguiente sube una muchacha, "una de esas chicas de hoy en día", con pelo recogido en una cola de caballo. Idrís nos dice: "Llevaba de la mano a un emisario de la familia, su hermano pequeño, mandado para proteger al grácil cordero de la manada de los lobos" (7). Los "lobos" no son otros que los "hombres mayores" que abarrotan el autobús, que no pierden de vista a la muchacha al subir. Idrís contrasta la seriedad de los viajeros con las sonrisas con la que ambos jóvenes se han incorporado.

La muchacha subió igualmente sonriente, y los hombres mayores enchaquetados clavaron la vista en ella, echando malintencionadas miradas, aunque se calmaron cuando descubrieron que debía de ser de la edad de sus hijas o, incluso, menor; que no servía para la cama y que ni tan siquiera «sería conveniente» que se le viera con algunos de ellos en la calle. Por tanto rápidamente apartaron la vista de ella y de su sonrisa. (8)

El narrador, que es un viajero más, se encuentra sentado junto a uno de esos "hombres mayores" que abarrotan el autobús, uno de esos inspectores visuales —vamos a llamarlos así— del entorno, personas convertidas en jueces permanentes —investidas de alguna poderosa autoridad divina— que determinan la corrección o no de lo que tienen delante: "—¿Y ésta? ¿Qué le llevará a subirse con el gentío que hay? ¿Qué falta de educación?" (8) Para estas personas, como para las que orinan, el "territorio" es siempre suyo y los demás son invasores. La primera parte del relato nos muestra cómo el viajero se considera con derecho a invadir la privacidad del narrador metiendo sus narices en el periódico, que tendrá que dejarle.


El movimiento del autobús ha hecho que los jóvenes se aproximen y pronto se convierten en el motivo de interés. Un frenazo hace que se inicie el contacto y la sonrisa de disculpa. El narrador contempla cómo los dos jóvenes son conscientes de la proximidad el uno del otro y cómo se sienten atraídos. El narrador trata de adivinar cómo se iniciara el contacto inocente entre ellos, el de dos jóvenes adolescentes en mitad en aquella manada de lobos. Eso le hace recordar su tiempo de la Facultad:

Que un joven mire a una muchacha es algo fácil y que le sonría, más aún. Pero hablar con ella... Ahí es donde radica el problema, ese problema que preocupó a toda nuestra generación cuando estudiábamos en la Facultad y recién licenciados. No encontrábamos entre nosotros a un joven que no tuviera un problema de este tipo. (11)

Idrís nos muestra tres generaciones. La de los dos jóvenes, la suya —intermedia— y la de los lobos del autobús. Su generación fue la que se rebeló contra la monarquía de Faruk y la dominación inglesa, la que dio lugar a la revolución, de la que pronto se desengañó. Distanciado de los jóvenes ya por la edad, su mundo está mentalmente distante del de "los lobos" con los que viaja en  aquel autobús.
Señala el narrador:

Cada sexo deseaba al otro, reparaba en él y lo miraba a hurtadillas, sin que mediara entre ambos distancia alguna. Y sin embargo, existía un muro de cristal grueso que nadie sabía quién lo había levantado y que nadie se atrevía a responder. (12)

El narrador recuerda el problema de su generación: "¿Cómo hablo con ella?". No es un problema baladí. "El chico estaba ante el mismo problema al que nosotros no supimos dar solución" (13), reflexiona. Sin embargo el joven inicia un acto insólito: habla con ella. "—La he visto en la Universidad... En Letras, ¿no?" (16). La primera reacción de la joven es de enojo porque le hablen. El narrador señala "en nuestros tiempos algo así suponía un golpe mortal" (17). Él se hubiera retirado abrumado, frustrado. Sin embargo no ocurre así con el joven que insiste hasta que se establece entre ellos un diálogo fluido de adolescentes y sin demasiados problemas.
El narrador y el otro viajero han observado todo como si se tratara de una película o una obra de teatro representada ante ellos. "Me dio la impresión de que, de no ser por la gente que había, le hubiera dado un beso" (20). El otro viajero ha contemplado la misma escena con morbosa satisfacción, no perdiéndose un momento, como si hubiera asistido a un espectáculo en un obsceno cabaret.
La joven baja primero y el muchacho en la siguiente parada. Ha sido la posible antesala de una amistad o, si de algo más, no asistiremos a ello. Dos jóvenes que han hecho aquello que hacía sufrir tanto a la generación del narrador, vencer la timidez y poder hablar.


Nos quedamos en aquel autobús, con la manada de lobos. La reacción del compañero de viaje del narrador no se hace esperar:

[...] no tardó en levantar la voz y ponerse a dar palmadas y a mirar al resto de los pasajeros como pidiéndoles su atención para que fueran testigos de sus palabras, pronunciadas con verdadero enojo:
            —¡Pero qué disparate y qué falta de educación! Este país se ha echado completamente a perder. Ya la gente no tiene orden ni concierto. ¡Vamos! En cada autobús debían poner un agente de policía encargado de velar por las buenas costumbres. A esa gente hay que combatirla como a los rateros. ¡Pero qué farsa es ésta! Lo he visto con mis propios ojos intentando meterle mano. ¿No ha sido así, señor? Si no llegamos a estar aquí, le mete mano, y ella se queda tan pancha. Eso... eso es un delito. No existe inmoralidad mayor. Con mis propios oídos le he escuchado dándole su número de teléfono. Sí, con mis propios oídos. ¿Es verdad o no, caballero? ¿Es verdad o no? Y todo ha pasado en un solo trayecto. ¡Tenía que llegar el fin del mundo! ¡Por Dios! Puede que realmente ya haya llegado. ¡Tiene que haber llegado! (22)

El viajero había marcado su territorio y pedía ayuda a la manada; pedía más autoridad y menos transigencia con el escándalo de que dos adolescentes se hubieran hablado y quedado en verse en otro momento. ¡El fin del mundo! Sí, de su mundo, al menos; de un mundo bajo control de esa policía que exige que vele por las "buenas costumbres", en cada autobús, en cada esquina, en cada página de periódico o programa televisivo.
La sociedad es ese sistema foucaultiano compuesto por regulaciones y prohibiciones, por instituciones y autoridades que definen en cada momento qué está bien o qué está mal. En el muro de Facebook se preguntaban por qué puedes "orinar en público", pero "nunca besar en público". La respuesta está en ese autobús, en las reglas que la manada de lobos impone al resto. Decía Yúsuf Idrís al comienzo del relato al referirse a los pasajeros: "[...] eran copias de diverso cuño de mi querido vecino de asiento" (10).


Los que hoy se preguntan hacia dónde camina Egipto tienen miedo de que la petición del viajero juez se haga realidad y que la denuncias contra periódicos, televisiones, artistas o simples personas por ofender las "buenas costumbres" o al islam no sean más que la excusa para volver a frustrar el desarrollo de una generación de jóvenes que hicieron la Revolución para, entre otras muchas cosas, poder hablar entre ellos sin que se les considere criminales. Basta con echar un vistazo al parlamento para comprobar dónde quedaron los jóvenes que se lanzaron a la Revolución. También se bajaron de ese autobús.

Vienen a mi memoria los infames exámenes médicos a los que los militares sometieron a las muchachas que pasaban las noches protestando en la Plaza de Tahrir para comprobar su virginidad. Esos mismos militares a los que hoy, la recién aprobada Constitución egipcia —con el treinta por ciento de participación y el sesenta y tres por ciento de síes—, considera en su Preámbulo que apoyaron la Revolución de los jóvenes. No pintaban nada allí, como tampoco pintaban nada en el autobús de Idrís —¡qué osadía!—; su sola presencia molestaba a algunos.
Los orines de los lobos marcan el nuevo territorio, un territorio en el que hablar irá contra las buenas costumbres y besar en público será un delito imperdonable. 
Creo que la nueva generación de egipcios no será tan fácil de controlar. A Hosni Mubarak le costó aprenderlo, pero lo tuvo que aprender. Lo que la generación de Idrís no consiguió con su revolución, puede que ellos lo consigan con la suya. Pero tendrán que enfrentarse a la manada para reivindicar su derecho sobre el territorio. Los viejos lobos no lo abandonarán fácilmente.


* Yúsuf Idrís (2003): Una cuestión de honor. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Madrid.



sábado, 5 de febrero de 2011

La perplejidad del Dr Elwis en el autobús 999 de la plaza Tahrir. Sobre un cuento de Yúsuf Idrís

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

“Esnobismo”* es el título de un cuento de Yúsuf Idrís (1927-1991), uno de los más importantes autores de la literatura egipcia moderna. El relato, escrito en 1970, nos cuenta el encuentro en la Plaza Tahrir del narrador con el profesor de Antropología, Dr Elwis. El narrador se sorprende al ver la cara magullada del profesor, que tiene fama de vehemente por su forma de tomarse las cosas, y la ausencia de sus características gafas. El profesor comienza a hablarle de las conspiraciones universitarias, pero al narrador le importan más los motivos por los que tiene un ojo hinchado. El lamentable estado de su ojo se debe a una discusión en el autobús 999. El Dr Elwis tomó hace unos días el autobús y asistió al incidente de una señora que fue molestada por un viajero. La señora se revolvió y recriminó al pasajero sus toqueteos en varias ocasiones. El Dr Elwis inicialmente decide observar el acontecimiento con distanciamiento científico, como antropólogo. Las protestas de la mujer son ignoradas por todos, que niegan que allí esté ocurriendo algo, aunque todos lo hayan visto. Finalmente, es la señora la que sufre las iras de la gente y es obligada a bajarse del autobús. Escribe Idrís:

La pregunta que se repetía con insistencia era a qué venía ese deseo que había crecido espontáneamente en todos y cada uno, de asegurar que la señora mentía y negar lo ocurrido como si no hubiese sucedido jamás. Lo más extraño era el castigo colectivo dado a la mujer por haber hablado, por no tener vergüenza de pedir socorro y señalar a quien lo hizo. (154-155)

Para el hombre de Ciencia que es el protagonista del cuento, la situación se convierte en un reto a su capacidad de explicación del mundo. Lo ocurrido pasa a ser un desafío que le obliga a dirigirse a todos los presentes en el autobús:

—Quiero saber por qué les ha molestado que la señora haya acusado al hombre. Señores, ¿por qué se han enfadado? Incluso las mujeres. ¿Qué les ha fastidiado? Por los motivos abstractos de la ciencia les suplico que me contesten porque esto es muy importante para mi materia de estudio. (155)

La respuesta que le dan, después de preguntarse por su cordura, es: no ha pasado nada, nadie ha visto nada, la mujer es una mentirosa. Cuando les pregunta a los pasajeros entonces ¿qué ha visto él?, la respuesta es: tú no eres más que un estafador y ni si quiera tienes pinta de profesor universitario. La emprenden a golpes con él y acaba magullado en la acera junto a la señora. “Sentí —dice el Dr Elwis—, de repente, que toda mi dignidad se esfumaba. Todo lo que había en mí se derrumbaba y temblaba bajo mis pies, mi dignidad, mi historia; todo lo que era.” (155)

El Dr Elwis le cuenta a su interlocutor que desde entonces va por la calle sin sus gafas y “no ve nunca nada”, que “no escucha nada” porque no hay nada que escuchar, ya que aquella mujer fue el último caso de alguien que pidió socorro. El antropólogo que hay en él concluye:

—Ahora cojo el autobús 999 u otro, todo me parece bien. El juego se completa en silencio y nadie se salta las reglas, y la regla es que tú no ves, y si ves haces como si no vieras. Si le sucede a otro, no dices nada ni te lamentas. Incluso si se trata de ti mismo, haces como si no hubiese ocurrido. ¿No es una solución genial? (161)

El autobús del que nos habla Idrís representa el estado característico del miedo social. Nadie quiere que el “orden” se altere y el que denuncia lo que ocurre cuando ocurre se convierte en agresor de lo más valorado por las dictaduras: el orden nominal. En las dictaduras nunca ocurre nada porque su autoproclamada perfección lo impide. Para poder soportarlas, las mentes de los que viven bajo su régimen solo tienen dos posibilidades: negarlas o aceptarlas con todas sus consecuencias. Con la primera opción corres el riesgo de ser expulsado del autobús; con la segunda, te autoexcluyes de la realidad y generas un mundo artificial que defiendes ferozmente de los que lo perturban. Sobre ese orden descansa tu conciencia. Eso ha ocurrido allí donde el miedo exige que seas cómplice con tu silencio, con tu ceguera, con tu sordera.

Hoy Egipto sigue en la Plaza Tahrir y ha comenzado a dar la razón al Dr Elwis, 40 años después. La realidad y el discurso que la describe han comenzado a acercarse. La gente ha dejado de mirar hacia otro lado para ver y escuchar lo que es un clamor. El Dr Elwis puede volver a ponerse las gafas fuera del recinto universitario porque hay mucho que ver y mucho que arreglar.

* Yúsuf Idrís (2008), “Esnobismo”, en Una casa de carne. Trad. del árabe egipcio de Mercedes Juliá. Col. La otra orilla, Norma Editorial, Barcelona.