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martes, 16 de febrero de 2021

Carta de la familia a su oveja negra

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Ayer comentábamos los efectos de la tiranía popular, de la vigilancia sobre la discrepancia en la sociedad egipcia. Al autoritarismo gubernamental se le sumaba una forma más invasiva de vigilancia y sanción, el peso de las familias, de los conocidos o de cualquier otra instancia que se considera responsable de "corregirte", de sacarte del mal camino primero y de señalarte con el dedo después, en el caso que no haya enmienda y rectificación pública en muchas ocasiones.

Hoy estos mecanismos de intimidación social se ven reforzados con la sobre exposición mediática, que abre nuevos canales de presión debidos a su omnipresencia en la vida social. Esta exposición constante es usada como un mecanismo de persecución intensiva, de señalamiento en todo momento creando un estigma de aquellos que intentan de forma imposible la vida autónoma.



Estas pocas décadas de vida en los escenarios cibernéticos nos lo han demostrado con creces. Nadie está a salvo. Si pretendes aislarte, será tu familia —algún miembro— quien introduzca esa exposición hasta llegar al centro, el sujeto discordante.

Es precisamente esta discordancia la que ha quedado reflejada en la situación de los parlamentarios norteamericanos, senadores y diputados, en los jueces, en los gobiernos de los estados, etc. Los que se han atrevido a manifestarse contra Donald Trump, ya sea rechazando sus propuestas y amenazas o pidiendo su impeachment, se ven ahora señalados por el dedo autoritario que les declara "traidores" siguiendo las instrucciones del propio Trump que los definió así o como "débiles", convirtiendo en héroes a los asaltantes al Capitolio, episodio que ha quedado definido como "terrorismo doméstico", desde el otro punto de vista.

Anteriormente nos fueron llegando informaciones sobre legisladores insultados en sus recorridos por los aeropuertos o en cualquier espacio público. La gente, sencillamente, los increpaba, les lanzaba insultos.

Pero aquellos eran desconocidos. La CNN nos habla ya de estas situaciones en el seno de las familias:

 

Eleven members of Republican Rep. Adam Kinzinger's family sent him a vitriolic letter accusing him of being a member of the "devil's army" in light of his criticism of then-President Donald Trump after the January 6 insurrection, The New York Times reported Monday.

"Oh my, what a disappointment you are to us and to God!" they wrote to the Illinois Republican, according to a copy of the letter obtained by the paper, rebuking his "horrible, rude accusations of President Trump."

"It is now most embarrassing to us that we are related to you," they continued in the letter, which was dated January 8, after Kinzinger called for the 25th Amendment to be used to remove Trump from office. "You have embarrassed the Kinzinger family name!"

Kinzinger was one of 10 Republicans who later joined all House Democrats in voting to impeach Trump last month for "incitement of insurrection" in light of his role in encouraging the riot at the US Capitol.

The Illinois Republican told CNN's David Axelrod during an episode of "The Axe Files" podcast released last month that he is willing to lose his seat over his vote to impeach Trump.

"I did it knowing full well it could very well be terminal to my career," Kinzinger said of his vote at the time. "But I also knew that I couldn't live with myself having, you know, try to just protect it and just felt like the one time I was called to do a really tough duty, I didn't do it."*



La situación no es muy diferente a la que veíamos ayer por parte del integrismo islamista. Lo primero que me vino a la mente fueron los versos de la vieja y siempre actual canción de Bob Dylan "With God in our Side". Una descripción poética del uso de Dios para reafirmar la verdad de nuestras posiciones, justificar la violencia y satanizar al otro: "...With guns in their hands/ And God on their side..."

Es el mismo sentido de la frase de reprobación de la carta enviada: "Oh my, what a disappointment you are to us and to God!" Con Dios de su lado, todos los demás están en el lado del diablo, alejados de Dios... y de ellos.



El viejo sentido orwelliano del poder, el simple "porque puedo hacerlo, porque no necesita justificación", se nos muestra en otra dimensión del integrismo: "porque Dios lo quiere". Frente a la falta de explicación de las dictaduras burocráticas, a su sentido kafkiano (¿qué otra cosa es El Castillo que la "no-acusación", solo el castigo?), la dictadura social necesita, por el contrario, de la segregación justificada en ese "nosotros y Dios", reafirmando la distancia. Se reafirma así la comunidad con entidad castigadora, pero siempre en el nombre de lo que refuerza, la creencia.

Hace tiempo que algunos analistas dan cuenta de las encuestas en las que se muestra la radicalización religiosa en los Estados Unidos, el avance de los grupos integristas, que han logrado dar un giro a sus congregaciones convirtiéndolas en unidades electorales. Hace pocos días veíamos aquí la violencia dirigida contra la vicepresidenta Kamala Harris por parte de importantes pastores baptistas calificándola como una "Jezabel", un nombre con muchas connotaciones religiosas y racistas, lanzando el aviso sobre que una enfermedad o fallecimiento de Joe Biden pondría en el poder a una "mujer depravada", una hija del diablo. Los analistas avisaban de la incitación a la violencia que esto suponía repetido en los sermones dominicales de los baptistas por el Sur de los Estados Unidos.



Hay un punto que está uniendo las formas autoritarias de los países avanzados y los más atrasados: es el fanatismo religioso, importante arma para la unificación comunal, justificación de la observación de la ortodoxia en el grupo y la estigmatización de los que están fuera por sus propias acciones o porque nunca han pertenecido a la congregación política.

No hay mucha diferencia táctica entre los islamistas excluyentes y  los baptistas excluyentes. Sus argumentos "divinos" son los mismos: "Dios está de su lado". McLuhan habló de la tribalización recobrada gracias a la nueva oralidad de los medios electrónicos. El púlpito era el medio de comunicación principal en el mundo anterior a la imprenta. Hoy los púlpitos son electrónicos y tenemos a telepredicadores de todos los colores, webs de carácter integrista como los que mencionábamos ayer para ejercer presión sobre las familias e intensificar el control sobre las niñas ensenándolas "modestia" virtuosa a mayor gloria de Dios y, sobre todo, de sus familias, que son admiradas como buenas creyentes en la pasarela de la exhibición de la virtud pública. El fariseísmo triunfa en el mundo gracias a las miradas múltiples que las redes producen. Hay que ser mejor que el resto en esa no oficial competición por la admiración de los nuevos virtuosos mediáticos. La virtud mediática es farisaica y exacerba los rasgos perceptibles y transmisibles por el propio canal usado. Actitudes, apariencias, etc. deben ser mostradas y transmitidas.

Lo contrario tiene sus riesgos, como podemos apreciar. Votar contra Trump ¿es pecaminoso, una perversión? ¿Cómo es posible convertir a un crápula millonario, mentiroso, vanidoso, ególatra, lleno de escándalos sexuales y denunciado por acosador, presentador de concursos de belleza... en un enviado divino? Pero ahí lo tenemos, convertido es una especie de santo mártir ante los ojos asombrados del mundo que no acaba de entender el proceso.



Todas estas comunidades y sus dirigentes han llegado a un pragmatismo ciego. No perciben aquello que les resulta negativo y se centran tan solo en aquello que refuerza sus propios mensajes. Trump les da una fachada —recordemos su foro famosa con la Biblia en la mano— y, por infantil que nos parezca, funciona. No es tanto por el propio Trump que por los líderes de las comunidades que lo utilizan para reforzar su control intermedio. Los líderes, como veíamos en otro día con los ataques a Kamala Harris, se refuerzan precisamente comprometiendo la voluntad de sus fieles en la unidad de lucha, dándoles la excusa para mantener su racismo "honorable", su americanidad "heroica". Sí, Dios debe estar de su lado. Dios quiere, como decía Dylan en su canción, que tengan armas, que conquisten el mundo y que maten a todos los que están en el otro lado, el diabólico. Amén.



La familia de Adam Kizinger ha dejado fuera a su oveja negra.  La carta comienza con un frío "Adam", sin un "querido" o un "apreciado". Votar contra Trump les ha creado un conflicto marcándolos ante los ojos de la comunidad, tal como veíamos ayer con las niñas egipcias que no se tapaban con un pañuelo el cabello o las que lo llevaban demasiado corto o demasiado largo o... lo que sea. Son límites, fronteras entre los mundos iluminados y los oscuros.

Kizinger ha hecho lo que le ha dictado su conciencia, algo que no se permite allí donde se busca una conciencia colectiva, alienada. No le importa su carrera política, que da por perdida. Le importa la honestidad, dice, tener que vivir con ello todo su vida. En las antípodas, el senador Mitch McConnell que tras votar "not guilty" sale diciendo que Trump es el responsable de todo. ¿Qué salvó McConnell con su incongruencia? No está claro porque necesitaríamos saber cuáles son "realmente" sus valores y no los que exhibe públicamente. 

Es posible que el resultado de la votación hubiera sido muy distinto si el voto fuera secreto, pero no es el caso. No tiene mucho sentido especular con ello. Son las reglas de un juego que busca precisamente vivir ante la comunidad con las decisiones que se han tomado. La visibilidad de los votos refuerza la disciplina porque el riego por la exposición es muy grande, como están comprobando los disidentes por conciencia. La individualidad se paga.

Kizinger tendrá que vivir con la carga de su honestidad y los otros con su hipocresía. Pero se puede vivir muy bien siendo hipócrita; es rentable, te quieren y te sonríen. Se vive tranquilo dando a la gente lo que espera de ti.

 


* Caroline Kelly "New York Times: House Republican shunned by family members over Trump criticism" CNN 16/02/2021 https://edition.cnn.com/2021/02/15/politics/kinzinger-impeachment-family-letter/index.html

domingo, 14 de febrero de 2021

Más allá de los votos

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Hay muchas formas de subvertir la democracia. El Partido Republicano acaba de crear un modelo histórico, tanto por su sentido como por las consecuencias que puede tener para el futuro. Si el barón de Munchhausen se salvó rescatándose él mismo tirando de su pelo, los republicanos se han hundido tirando de sus propios pies. Es un acto político implosivo, concentrándose en un punto: su propia naturaleza. Desde ayer se confirmó que el Republicano ya no es un partido democrático, sino la simple cobertura de delitos de enorme envergadura para la democracia construida en más de dos siglos. Estados Unidos ha dejado de ser una referencia democrática. Es un golpe más a sus propios cimientos.

Los senadores republicanos perdieron la votación 57 a 43, pero no se logró la mayoría de dos tercios necesaria para la condena. Los titulares hablan de "absolución", lo cual es bastante pretencioso ya que nadie puede absolver a Trump de lo que todo el mundo sabe que hizo porque lo vio, sin ningún tipo de duda. Ni los republicanos tienen duda. Trump está condenado ya por la Historia, al igual que el Partido Republicano, autoconvertido en un apéndice cobarde de un multimillonario sin escrúpulos que logró convertirse en presidente pese a sacar dos millones y medio de votos menos que su rival. El colegio electoral le colocó en la presidencia. Ha sido necesaria toda una movilización social para sacarlo de la presidencia. Para evitar que lo hiciera, Trump recurrió a todo tipo de estratagemas, amenazas y mentiras contra personas e instituciones. El Partido Republicano acaba de brindarle una salida, una nota vergonzosa a pie de página en el libro de la Historia.

Nadie puede absolver a Trump, pero sí hundirse con él. Si algunas de las causas que se esperan contra él prosperan, la condena será extensiva a los republicanos que han votado con él.



El voto republicano ha sido el voto del miedo, de la cobardía y la infamia, el voto de los que tienen que enfrentarse a los 74 millones de votantes que le apoyaron contra Joe Biden. Es un voto sin justicia, sin dignidad, porque solo han pensado en lo que suponía enemistarse con Trump, que se lanzara una campaña contra ellos en sus circunscripciones. Han votado pensando solo en sus reelecciones unos y en tratar de salvar su responsabilidad histórica por el apoyo prestado para que se llegara a esta situación.

El Partido Republicano ha mostrado lo que es; ha quedado desnudo de retórica, borrados del mapa por la de Trump y sus mentiras continuadas e inacabadas sobre el robo electoral. No se puede sostener cada día una cosa, por mucho que crean que la verdad depende de lo que digan sus votos. Es puramente orwelliano. El voto decide la inocencia, la verdad y cualquier otra circunstancia que se dirima.

Hace tiempo que la política norteamericana se ha vuelto autorreferencial: la verdad es lo que dice el poder. Eso incluye de las "armas de destrucción masiva" a los "votos robados". Es la fuerza, de las armas o de los votos, lo que decide qué es verdadero.

Lo malo de esta política es la perversión que introduce en un electorado brutalizado y considera que ganar consagra sus fantasías y odios. El mundo es como dice el que gana, en una versión perversa de la democracia que se dirige así hacia su propio hundimiento.



Desgraciadamente este modelo está siendo imitado en aquellos lugares donde quien gana impone el estatus de la realidad, la reescribe. Esto afecta desde un Boris Johnson para convencer del Brexit a un Jair Bolsonaro, calificando el Covid-19 como una "gripe".

Es una nueva definición del poder en un universo en el que la comunicación posee nuevas formas de percepción de la realidad. No se trata de hacer una sociedad mejor, sino de convencer que el modelo que se preconiza es el único posible. Es una democracia en la que se demoniza a la otra parte del pueblo, a la que se estigmatiza y se convierte en imposibilidad crónica. Su llegada al poder es el apocalipsis en un proceso deliberado de fragmentación social que lleva a una guerra permanente. Ya no es suficiente con que los políticos discutan; estos deben arrastrar a la sociedad dividiéndola, radicalizándola.

Son las dictaduras actuales, las que Trump abrazó y cultivó, las que mejor han aprendido de Trump y del asalto al Capitolio del 6 de enero. Les ha servido para justificar la represión como forma de evitar la "subversión" a la americana. "¡Así acaban las democracias a las que aspiráis con vehemencia!", les repiten; "¿es esto lo que queréis?" Lo hemos visto en la prensa egipcia, la de "su dictador favorito", y se repite como una decadencia, debilidad real, del "imperio americano". Y este se revuelve en su decadencia autogestionada.

Nadie mejor que Trump para afianzar las dictaduras; nada mejor que el Partido Republicano para mostrar la cobardía de tantos parlamentos falsos en sistemas autoritarios en donde se está para defender el privilegio de pertenecer a una casta política y calentar a sus electores, necesarios para seguir en el poder.



La política errática y contraproducente desarrollada durante la pandemia por Trump es clara. El medio millón de muertos en suelo norteamericano muestran y demuestran lo poco que a Trump le importaban los ciudadanos, una mera materia prima para la maquinaria económica que le respaldaba, un arma política para sus ataques en la ya comenzada previamente guerra económica contra China.

No ha sido ninguna sorpresa lo ocurrido en el Senado Norteamericano. Los votos lo confirman como culpable; la falta de votos impiden condenarlo, que es otra cosa. No hay nada que demuestre su inocencia, algo difícil cuando lo que se ha visto es al mismo presidente lanzando a sus seguidores al asalto, cuando los testimonios son claros sobre su negativa a condenar los hechos y cuando las palabras más fuertes que les ha dirigido han sido "¡os amo!"

Hace tiempo que los partidos se comportan como maquinarias de intereses que piensan más en ellos más que en la convivencia y el bien de la sociedad. Las estrategias de la confrontación son más fáciles de establecer y requieren unas personalidades diferentes a las de aquellas personas que se basan en el diálogo y el razonamiento. Esto produce un fenómeno de "selección negativa" que, llegados a ciertos puntos, crean conflictos irresolubles con sus propios intereses. Si seleccionamos a personas agresivas porque son capaces de atraer atención y votos, no debemos extrañarnos de los resultados.



Los republicanos han comprendido que Trump les consiguió 74 millones de votos, más que en la mayoría de las elecciones anteriores. Eso le daba mucho poder, pese a perder las elecciones. No han votado en conciencia, sino sin ella. Simplemente han calculado el coste de su voto para su reelección a dos o cuatro años. Es lo que ellos han antepuesto, aceptando lo que ha ocurrido en estos cuatro años de deterioro imparable del sistema democrático, con enfrentamiento institucional y social constante. 

Trump los amenaza con debilitar sus candidaturas en las próximas elecciones. Todos lucharán por ser los candidatos con sus bendiciones. Sus votos han sido una inversión cobarde de futuro que les condena a sostener las mentiras del trumpismo solo para contentar a ese electorado que quiere seguir pensando que le robaron a Trump las elecciones. Ellos tendrán que hacerlo, repetirles una y otra vez que es verdad, que hubo fraude.



Uno de los puntos en los que se ha centrado el interés ha sido lo sucedido con el senador Mitch McConnell, que ha votado "not guilty" para después hacer un discurso sosteniendo lo contrario, que no hay duda de su responsabilidad y afirmando que "Trump no puede ser el futuro" del Partido Republicano. ¿Tiene sentido? Si existe algún pacto para evitar que Trump fuera inculpado asegurándose su alejamiento del partido con los intentos de reelección, lo veremos muy pronto. De otra forma, McConnell, como ya han señalado algunos comentaristas y políticos —Nancy Pelosi ha sido muy dura señalando su incongruencia—, sería el "mayor cobarde" de la Historia. Si esto fuera así, si hubiera un pacto para exculparle, habría que ver hasta qué punto lo respetarán los propios republicanos empeñados en seguir con su apoyo. Habría que ver, finalmente, si Trump es fiable o ha sido solo una estrategia para su gloriosa vuelta. ¿Podrá frenar al trumpismo, en el caso de existir el pacto? es más que dudoso y lo que parece haberse producido es un intento de declararse "herederos" del ex presidente.



El Partido Republicano parece condenado a la división, algo que ya es innegable con la división del voto y por las manifestaciones de republicanos como la ex embajadora en la ONU, Nikki Haley, rotunda en su opinión sobre su antiguo jefe y la vía muerta del trumpismo.

Han faltado solo unos pocos votos. Siete republicanos ha dicho lo que pensaban y han actuado en consecuencias. Otros han dicho parte de lo que pensaban y han hecho lo contrario. Finalmente, los trumpistas convencidos o de interés han celebrado el resultado. La guerra está abierta en el Partido Republicano.

Esto es, como hemos señalado varias veces, el final de la primera temporada.



viernes, 12 de febrero de 2021

El maestro del odio

Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Cuantos más datos se acumulan ante el Senado norteamericano en contra de Donald Trump en este segundo proceso de impeachment más clara es la responsabilidad del ex presidente en el asalto del 6 de enero al Capitolio y, por ello, más responsabilidad histórica recae sobre los republicanos. Nos contaban del día de la exposición del vídeo resumen del asalto cómo muchos republicanos bajaban la cabeza en un gesto entre vergüenza y negación.

No por no mirar desparecen los hechos; no por bajar la mirada dejan de ser responsable de que Trump salga de su mandato bajo una señal de imbatibilidad, luciendo los titulares de la prensa —"¡absuelto!"—, con una sonrisa, como hizo la vez anterior.

Puede que muchos republicanos no sean consciente de su suicidio político y de cómo arrastrarían al sistema democrático al agujero sombrío de la vergüenza, de la perversión de los principios: los votos sirven para dar la impunidad al culpable.

No creo que nadie dude que Trump hiciera lo que hizo. Manifestarlo requiere valor, como votar en contra. Son muchos factores los que intervienen, del miedo al cálculo electoral. Pero no hay refugio. Si no dan sus votos a un acto de justicia, se ponen al otro lado. Se sitúan al otro lado de la frontera de la vergüenza. Los votos no absuelven en el juicio la Historia. Se trabaja con otros valores y unidades de cómputo.

En la CNN, el comentarista Elie Honig titula su artículo de ayer "The most devastating piece of evidence at the Trump trial". Su mirada se fija en un tuit de Trump:

 

In the tweet -- sent hours after the Capitol insurrection had occurred and since deleted by Twitter -- Trump wrote: "These are the things and events that happen when a sacred landslide election victory is so unceremoniously & viciously stripped away from great patriots who have been badly & unfairly treated for so long. Go home with love & in peace. Remember this day forever!" *

 


El texto, en su retórica, no solo no oculta el pensamiento del entonces presidente, sino que eleva a la gloria a los participantes en el asalto al Capitolio, calificados ya de forma general como "terroristas domésticos", que es la forma que USA tiene de clasificar para diferenciarlos de los que atentan desde el exterior. La calificación de los asaltantes como "grandes patriotas" por parte de Trump muestra con claridad la inversión de los valores que supone su punto de vista y su apoyo y dirección a la iniciativa. Como siempre, Trump mantiene una actitud retórica doble que le sirve para resguardarse. Convoca y lanza a la gente contra el Capitolio donde se está realizando el acto de recuento del colegio electoral para proclamar a su rival, dice que Senado está lleno de demócratas ladrones y "débiles" republicanos y que hace falta la intervención del "pueblo", que no son otros que aquellos que han creído y siguen sosteniendo sus mentiras anteriores a la propia elección.

"Sagrado", "grandes patriotas" que han sido maltratados, etc. Todo ello supone una clara forma de lanzarlos contra el Capitolio. Se percibe el fenómeno, entre la adulación y la incitación, que Trump maneja en el tuit y que representa una pieza estilística que permite "apreciar" su forma de actuación.

Trump ha creado una masa fiel a la que ha convencido de que están en un lado marginado de la Historia; son el "pueblo" al que unos grupos de políticos les han sustraído, robado su destino. Él Trump, será quien les muestre el camino porque encarna los valores perdidos.

Hay que tener mucho poder de seducción para poder convencer de esto. La única explicación es que Trump no ha inventado nada, sino que ha recogido los discursos ya existentes, reproducidos por múltiples grupos —de baptistas a nazis, de homófobos a racistas— y los ha encarnado sin pudor. Trump no crea nada, solo recoleta y agrupa. Sin pudor, repite orgulloso las quejas y frustraciones de aquellos que han sido apartados por la propia modernidad. Son grupos retrógrados, reaccionarios a los que se ha dado el protagonismo suficiente como para que se vean con soldados templarios.




Reafirmados en su fe y principios, estos nuevos guardianes de la patria velan porque no se desvíe de su destino divino, ser inmaculadamente "blanca" y fanáticamente "cristiana", verdad y destino les asisten y así juzgan el mundo.

Hace unos días, la prensa norteamericana se hacía eco de lo que estaba ocurriendo en las congregaciones baptistas. En los discursos de algunas de las figuras baptistas ante sus congregaciones había empezado a extenderse usar el término "Jezabel" para referirse a la vicepresidenta Kamala Harris.

Hace tres días, el 9, aparecía en The Lily (en The Washington Post) un interesante artículo firmado por la periodista Anne Branigin sobre esta cuestión de los líderes baptistas y sus insultos a la Vicepresidenta Harris. Branigin exploraba los orígenes y sentidos racistas del término y recogiendo los avisos sobre los peligros que suponían:

 

“What if something happens to [Biden] and Jezebel has to take over?” Swofford asked in the sermon. “Jezebel Harris, isn’t that her name?”

While it may be easy to dismiss these Texas pastors as isolated examples, experts warn that these messages are far more prevalent in congregations across America — particularly in white evangelical churches — than many may realize. The “Jezebel” reference is also highly specific, a trope that speaks to deeply entrenched views about power and what is “normal” or “traditional” in American culture, especially when it comes to racial and gender hierarchies.

Both Swofford and Buck are members of the Southern Baptist Convention, a network comprising 50,000 cooperating churches and religious institutions, according to its website. According to the Pew Research Center, it is the biggest Protestant denomination in the United States, counting 14.8 million members in 2018. Swofford serves on the SBC’s executive committee.

Calling Harris a Jezebel accomplishes multiple things: It delegitimizes her power and dehumanizes her. Jessica Johnson, an assistant professor of religious studies at the College of William & Mary, said the term has historically been used as a justification for racial violence against Black women. But the pastors’ rhetoric had an additional level of danger.

Johnson has been researching Christian nationalism, an ideology rooted in the belief that the United States is a Christian nation and that Christians must both maintain and advance their privileged status. The Christian nationalist movement shares many of the same beliefs as the white nationalists, including an attachment to an “authoritarian father figure” running the country, Johnson explained. Calling Harris a Jezebel foments their worst fears: that they will be replaced; that their fate is in the hands of a godless, amoral Black woman.

“It’s not just un-PC. It’s far beyond that,” Johnson said. “It’s an incitement to violence.”**

 


El "temor" a que Kamala Harris tuviera que sustituir de forma precipitada al presidente Biden tiene mucho de resistencia que se inicia. Los ataques a Harris en los términos expresados tienen ese fondo que se señala en el texto. Racismo y sexismo se concentran en la palabra "Jezabel", en la que resuenan todos los prejuicios acumulados en esta visión peligrosa de la religión. El artículo ha sido reproducido por diversos medios anticipándose a lo que puede ser una campaña continuada y creciente de odio contra la vicepresidenta. 

En la propia prensa norteamericana se recogen  las reacciones de otros líderes religiosos, incluso baptistas, que exigen que deje de llamarse "Jezabel" a Harris. Pero la semilla está arrojada, ya está el término adjudicado y especialmente definido su sentido: ellos no aceptarán en la Casa Blanca a la que definen como una enemiga de Dios: abortista, defensora de la homosexualidad... todos los males que a sus ojos la convierte en la enemiga hacia la que dirigir sus iras y sus sermones.



Como bien se señala, es una incitación a la violencia. Ahora comprendemos aquellos irónicos y despectivos "¡Kaaa-maaa-laaaa!" con los que Trump adornaba sus discursos electorales. El odio debe personalizarse, dirigirse hacia las personas, debe tener un blanco vivo, alguien a quien quemar, disparar o linchar. Es la forma de conectar con esas audiencias y masas furibundas que aprenden a dirigir su odio hacia la prensa unos días y las personas otros, contra los países o contra las instituciones.

 


El asalto del Capitolio bajo las indicaciones de Trump es un ejemplo de su entendimiento del poder, basado siempre en la redirección del odio hacia los oponentes, que son todos los que se le resisten o critican. Los ataques a Mike Pence, su vicepresidente, y a los republicanos "débiles" son una muestra clara del mundo bicolor de Trump y de la destrucción del oponente.

Trump carece realmente de un discurso "constructivo". Su discurso es siempre el de odio, el de la ridiculización, del otro. Y eso afecta a un periodista con minusvalía que se le acerca o a la vicepresidenta Harris. El problema es que ese discurso de estigmatización del otro, de negación de la realidad, que solo es la que le interesa aunque sea inexistente, salta de las palabras a las acciones. Es ahí donde se ve la cobardía profunda de Trump, su teatralidad infame, incitadora de la violencia, pero incapaz de asumir sus consecuencias.

Sí, como pedía Trump en su tuit, el 6 de enero de 2021 es un día que no se olvidará fácilmente, un día de vergüenza que no puede ser olvidado.

 

 

* Elie Honig "The most devastating piece of evidence at the Trump trial" CNN 11/02/2021 https://edition.cnn.com/2021/02/10/opinions/most-devastating-evidence-impeachment-trial-honig/index.html

** Anne Branigin "Kamala Harris a ‘Jezebel’? Southern Baptist leaders’ insult is dangerous, experts say" The Lily  9/02/2021  https://www.thelily.com/southern-baptist-leaders-called-kamala-harris-a-jezebel-thats-not-just-insulting-its-dangerous-experts-say/?

domingo, 31 de enero de 2021

Abogados de Trump a la fuga

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)




Nuevos problemas para Trump. El expresidente se enfrenta a un doble problema, el segundo impeachment y a sí mismo. Lo que antes eran abandonos de los miembros de su administración y su staff, ahora es un peligro ante la perspectiva de la llegada al senado. Un Trump que ha sido capaz de decir a todo el mundo lo que debía hacer porque él lo sabía todo cuando estaba en la Casa Blanca, se enfrenta ahora a un serio problema si cree que puede decir a los abogados lo que deben hacer para su defensa.

El conflicto que Trump tiene con la realidad no es fácil si no se es presidente y él ya no lo es. Desde el principio, el peor enemigo de Trump ha sido Trump. No lo ha sido solo por lo que hacía o decía, sino por ese deseo malsano de tratar que los demás acepten sus fantasías como auténticas. Lo ha hecho y lo sigue haciendo. Pero no es lo mismo contar sus fantasías ante sus seguidores que una defensa en el Senado, donde le van a llevan la contraria unos y otros no se van a atrever ya a respaldarle una vez perdido el poder. Se observa así la magnitud del problema.

En la CNN se nos ofrece hoy mismo una primicia, el abandono a unos pocos días de sus abogados defensores:

 

Former President Donald Trump's five impeachment defense attorneys have left a little more than a week before his trial is set to begin, according to people familiar with the case, amid a disagreement over his legal strategy.

It was a dramatic development in the second impeachment trial for Trump, who has struggled to find lawyers willing to take his case. And now, with legal briefs due next week and a trial set to begin only days later, Trump is clinging to his election fraud charade and suddenly finds himself without legal representation.

Butch Bowers and Deborah Barbier, who were expected to be two of the lead attorneys, are no longer on the team. A source familiar with the changes said it was a mutual decision for both to leave the legal team. As the lead attorney, Bowers assembled the team.

Josh Howard, a North Carolina attorney who was recently added to the team, has also left, according to another source familiar with the changes. Johnny Gasser and Greg Harris, from South Carolina, are no longer involved with the case, either.

No other attorneys have announced they are working on Trump's impeachment defense.*

 


El empecinamiento en seguir dentro de su fantasía es malo para él, pero también es malo por contagioso para los Estados Unidos. Puede que Trump solo intente convencer a los que no puede, mientras que refuerza a aquellos que ya lo están y cuyas acciones solo le pueden complicar la vida. La cadena Euronews informa en estos momentos que las fuerzas de seguridad norteamericana están aumentando la vigilancia y protección de sus legisladores ante el creciente peligro que suponen aquellos "patriotas" que se han creído las mentiras de Trump. Las amenazas ya las han padecido los representantes republicanos que votaron a favor del impeachment

Intentar sostener ante el Senado que "le han robado las elecciones" no es solo ir contra el presidente Biden, sino hacerlo contra todas las instituciones de la democracia norteamericana, de las cámaras a los juzgados, de los gobiernos federales al Tribunal Supremo y los miles de funcionarios estatales y federales intervinientes en el proceso electoral. La fantasía de Trump hunde la democracia, la convivencia y la credibilidad de la propia presidencia. ¿Cuántas "fantasías" de Trump han sido llevadas al extremo en su mandato? Los miles de mentiras contabilizadas por los sistemas de "fact check" están ahí. La gran duda ha sido siempre sí realmente se las creía. Si las cree es un enfermo; si no las cree, un necio. Puede que sea las dos cosas, que la fabrique y las crea. ¿Por qué no?




El sentido de la realidad en Trump está determinado por su concepto del poder. Trump no ha sido ni es político en cualquiera de los sentidos habituales. Ni siquiera un "mal político" en el sentido tradicional. Para Trump la política es un territorio que se conquista y no se abandona, donde todo vale; es el poder. Trump no entiende de alternancias o relevos, solo de conquistas y reconquistas, del asedio y del morir en las murallas resistiendo, de la venganza. Todo ello lo reconoce con sus palabras y lo proclama con sus actos.

Ha tenido desplantes para hacerse una fotografía de grupos, ha corrido sin pudor para ponerse al frente de un grupo, ha dado codazos si era necesario. Hay fotos y vídeos de su mala educación, esa que le hacía ser siempre el centro, el primero.

Lo que ha hecho no tienen precedentes porque él mismo no tiene precedentes en estos niveles de la política, en la presidencia. Habría que buscar en pueblos, pero es difícil que llegue más arriba porque ese control que él ha logrado ha sido fruto de una situación específica, de una confluencia de factores que, afortunadamente, no es fácil que vuelvan a coincidir. Oportunidades y patologías juntas, ignorancia y osadía.




Nadie ha creído que pudiera  hacer lo que ha hecho, llegar tan lejos, destruir tanto. Solo se ha sentido a gusto entre dictadores, entre los que no le hacían reproches ni le ponían trabas. Ha estado contento entre los aduladores, pero tampoco ha empatizado con nadie. Podía descalificar a la misma persona a la que alababa unas horas antes solo por llevarle la contraria o no repetir sus puntos de vista ante otros.

La noticia de la CNN, repetida por The New York Times y The Washington Post, nos muestra un Trump que no acepta a nada ni nadie, solo, convencido, persistente. Si la realidad no coincide con sus palabras, peor para la realidad.

¿Está cavando su final? Mientras los abogados tratan de seguir la línea de la inconstitucional del impeachment, que no cuestiona su actuación, sino el derecho a cuestionarla, a Trump esto le parece una concesión a sus enemigos, detractores o simplemente personas que no ven lo mismo que él. Los abogados tiran la toalla, abandonan a quien les arrastra a la locura y al ridículo. Un abogado puede asumir muchos puntos de vista, pero hay un límite.



¿Confía en su sentido de la realidad o en el compromiso del Partido Republicano? Desde luego, muchos republicanos votarán a su favor, por la absolución, creando una enorme brecha en el sentido de la democracia en los Estados Unidos y perdiendo absolutamente la credibilidad exterior. Demostrarán que si son incapaces de juzgar a uno de sus miembros con justicia, ¿cómo van a hacerlo con los demás? ¿Cómo se va a negociar lo más mínimo con unas instituciones de un país con esa percepción, con ese grado de ceguera partidista? El mundo, con Trump o sin él, será el lugar donde no es posible construir conjuntamente, sino solo obedecer a quien posee la fuerza. Poco podrá hacer Biden ante esto.

Los republicanos quieren centrarse en la recuperación de las cámaras en las próximas elecciones parciales, especialmente del Senado. ¿Es la insistencia en Trump el camino? No está claro, pero sí que se considera que mucho del voto republicano es ahora "trumpista". Muchos necesitan de su apoyo para las reelecciones que les permitan permanecer en sus asientos. Por una vía o por otra, la distorsión de la política, de sus objetivos naturales, se ha producido.

Los abogados se van; unos políticos le siguen en la enorme expansión de la mentira, la crean o no; otros comienzan a distanciarse o se alejan dejando claro el por qué lo hacen: ese ya no es su partido, sino el de Trump, el de las "teorías de la conspiración", el de la otra realidad, la "alternativa", un mundo enfermizo de mentiras y autoritarismo.

Trump sigue dividiendo. Muchas guerras quedan abiertas. 



*  Gloria Borger, Kaitlan Collins, Jeff Zeleny and Ashley Semler, "First on CNN: Trump's impeachment defense team leaves less than two weeks before trial 31/01/2021 https://edition.cnn.com/2021/01/30/politics/butch-bowers-deborah-barbier-trump-impeachment-team/index.html

miércoles, 27 de enero de 2021

El efecto Trump

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)



Trump sigue presente. Estaba anunciado y él mismo lo declaró, regresaría. La cuestión es el concepto de "irse". ¿Qué quiere decir "irse"? Sí, ha salido de la Casa Blanca, pero eso es tener una visión muy roma de la política y de los espacios en los que se está realmente. Probablemente, muchos vieran el problema en la ocupación de la presidencia, pero ese no era el problema, sino un problema de los muchos creados por Donald Trump.

Los enfoques de los problemas dicen mucho sobre nuestra capacidad (quizá incapacidad) de resolverlos. Los seguimos viendo como "puntos" en vez de verlos como "campos". Es la vieja física causal de la política y su geometría simple. Por el contrario, un fenómeno como el de Trump desencadena toda una serie de efectos interactivos, abriendo situaciones de enorme complejidad.

En todo este tiempo hemos insistido en la observación del partido de los republicanos. Observar solo a Trump es ignorar los efectos de la piedra al hundirse en el lago, quedarse en el objeto y no en lo que desencadena, que, sin embargo, es lo que queda visible cuando el objeto empieza a hundirse bajo la superficie crispada.

Trump es la suma de sus efectos sobre todo lo que le rodeaba y rodea, de sus efectos primarios y secundarios. Hay un Trump estático, que puede ser descrito en cada momento, y un Trump dinámico, cuyos efectos se producen y modifican en el tiempo en función de sus respuestas a las reacciones del entorno que él mismo provoca.

De los muchos efectos que ha provocado, sus interacciones con el partido republicanos son de gran interés para la política norteamericana y mundial y ahora están en primer plano, expuestas, con motivo de la participación de los senadores en la votación de segundo impeachment.

En la CNN, leemos el artículo firmado por Michael Warren con el títular "The Republican Party is at war with itself as it charts its post-Trump future":

 

A cold war is underway within the Republican Party as its members begin to navigate how former President Donald Trump and his legacy fit into the GOP's future.

Some in congressional leadership have signaled their desire to move the party beyond Trump by impeaching and convicting him. Allies of the former President, on the other hand, are proclaiming their loyalty to him in conservative media and in state and local party organizations. Still other Republicans remain fearful of the power Trump may yet wield in GOP primaries or see electoral possibilities in embracing a version of his populist-conservative approach.

The result is a Republican Party in a fight with itself over who will determine its path forward -- and, more crucially, who should be kept from the levers of power in the GOP. For the moment, party unity is giving way to recriminations, a culmination of the longstanding dispute between the party's grassroots and its leadership class that was mostly put on hold during Trump's presidency, when few Republicans dared to cross him.

"Republicans are entering the wilderness and looking desperately to point blame," said Erick Erickson, the conservative commentator and radio host. "They're going to have to make room for each other or let the Democrats run over them in the midterms."

Disunity could present a more existential threat to Republicans. In his final days in the White House, Trump raised the idea of starting a new political party, a senior Trump adviser told CNN. While others around him dismissed this scheme to launch a "patriot party" as unserious, the potential of a split among right-of-center voters looms for Republicans.*

 


Esta situación era previsible desde hace mucho tiempo e iba evolucionando en función de los efectos de Trump sobre los votantes republicanos, donde el partido fue perdiendo influencia. Trump es un peligro para los propios republicanos desde que se fue creando su propia influencia, consiguiendo un apoyo diferenciado, divisorio, del propio partido. Trump se aseguró su fuerza, aun perdiendo las elecciones. De esta forma, secuestraba al partido que, como se señala en el artículo de Michael Warren ve peligrar su estatus en dos puntos: a) el peligro de la división con la creación de un partido alternativo y b) la amenaza a los candidatos republicanos que buscan la reelección y que pueden verse menospreciados por Trump perdiendo votos esenciales.

Un "político republicano" trataría de afianzar al partido para beneficiarse del efecto. Trump no actúa así. Trump puede destruir con total tranquilidad el partido republicano con tal de conseguir su objetivo personal. Trump no es ni ha sido ni será ·hombre de partido", sino persona que hace girar a su alrededor la política. Él es la ideología. Trump solo quiere adulación y obediencia. Los que respeten esta regla recibirán su apoyo. Los que no  lo hagan, su ira.

La pérdida de las elecciones y la Casa Blanca ha cambiado los objetivos de Trump, en cuyo punto de mira se encuentran ahora el partido republicano y la candidatura a la reelección.



El voto del segundo impeachment, es decir, la posibilidad real de invalidar su presencia en unas futuras elecciones favorece en realidad a los republicanos más que a los demócratas, que tendrían un oponente debilitado al que recriminar su pasado. Si Trump sale liberado por los votos de los senadores republicanos, estos habrán votado por la muerte de su propio partido. Podemos considerar que es un voto bajo el "síndrome de Estocolmo", que es un voto resultado de la radicalización republicana o que es un cálculo partidista para no ser atacados en sus propias reelecciones por las "bases" de Trump. Pero el efecto será el mismo.

No por ser más radical se puede votar más de una vez. Los votos de Trump en el futuro difícilmente pueden aumentar. Es probable que haya llegado al tope y que sea un descenso más o menos lento lo que se produzca. Sí es más probable que conforme se vaya produciendo la radicalización previsible entre sus seguidores, esto produzca una reducción y abandono.

Si finalmente el partido republicano se divide y aparece uno nuevo con el trumpismo como base, eso se volverá contra el partido republicano, que probablemente necesite, como mínimo, perder las próximas elecciones, las de dentro de cuatro años, para sanearse internamente y sacudirse los efectos de Trump.

Lo que ocurra con los votos republicanos en el senado es decisivo para Trump pues, como hemos señalado, afectarían a sus posibilidades personales y esto es esencial en una persona como Trump, cuyo narcisismo le impide trabajar para otro a menos que lo pueda controlar satisfaciendo su ego. Pero es más decisivo para el partido republicano, que se juega su futuro. Necesita de una renovación que le libere de Trump. Que medio estados Unidos siga a Trump y su populismo, su visión del mundo y de cómo manejarlo, es una perspectiva aterradora.

Trump es vengativo —él mismo lo considera un rasgo importante de su personalidad, un principio de actuación— por lo que irá tras los que le abandonen y considere enemigos, obstáculos o traidores. La cuestión es la fuerza disponible para hacer cumplir sus venganzas. ¿Se puede repetir lo ocurrido en el Capitolio, el asalto del día 6 de enero?

Todo parece indicar que los republicanos salvarán de nuevo a Trump en el segundo impeachment. Desaprovechan la ocasión de desprenderse de él para el futuro y, además, se hacen responsables de lo que este pueda hacer en la vida política, algo que ahora comprende de la calle al Capitolio.

 


* Michael Warren "The Republican Party is at war with itself as it charts its post-Trump future" CNN 26/01/2021 https://edition.cnn.com/2021/01/26/politics/republican-party-future/index.html



viernes, 8 de enero de 2021

Un mundo oscuro más allá de la salida de Trump

Joaquín Mª Aguirre (UCM)




A falta de menos de dos semanas del final oficial de su mandato, la prensa norteamericana recoge de forma unánime en grandes titulares las dos vías que le quedan a Trump: el impeachment y la enmienda 25, la que permite el relevo del presidente por el vicepresidente. La otra posibilidad es que siga como si nada, se vaya de rositas de la Casa Blanca y empiece a hacer lo que sabe, crear problemas, pero sin las responsabilidades del gobierno. Esta última posibilidad es la más peligrosa de todas.

Estos días pueden ser de infarto con un Trump haciendo demostraciones de fuerza, perdonando al sistema asegurando que "habrá paz". No sirve ya de mucho preguntarse "cómo se ha llegado a esto". Ya habrá tiempo, porque es necesario.

La pregunta acuciante ahora es "qué salida darle": ¿va a salir por la puerta grande, diciendo, como dice, que el suyo ha sido el "mejor primer mandato de la historia norteamericana", lo que lleva implícita la amenaza de una segunda legislatura?

 Conforme pasan las horas, los norteamericanos empiezan a despertar de la pesadilla vivida, el día que quedará grabado en sus memorias, el día en que el circo abandonó la carpa e hizo del Capitolio su pista central, dirigido por esa nueva versión del sombrerero loco, también conocido como Donald Trump.




El despertar no es agradable. Hay una sensación de pesadilla que se recuerda conforme van apareciendo nuevas imágenes de esta fantasía barroca de violencia. Las explicaciones que algunos medios recogen de los participantes son delirantes. Según algunos, todo ha sido una maniobra del movimiento "antifa", de extrema izquierda, para desprestigiarles. Otros sostienen que es "Our House", lo que les permite entrar en ella como Pedro por su casa, asaltarla y hacer todo tipo de demostraciones de fuerza.

No consiguen abandonar su propia locura, su sentido distorsionado de la realidad. Muchos deberían ser enviados a terapia, aunque dudo que sirva de algo. Pasadas las primeras horas se va viendo la locura colectiva inducida por la manipulación de los discursos de Trump, lanzándolos hacia el Capitolio.

Con todo, lo que más estupefacción ha causado ha sido la debilidad de la respuesta, la completa indefensión en que se encontraban los miembros elegidos mientras realizaban un acto capital como era la verificación, aceptación o rechazo, de los resultados electorales. Sorprende por dos aspectos: a) la facilidad de entrar; y b) el agravio comparativo con el dispositivo de defensa montando cuando se celebró en el mismo lugar la manifestación del Black Lives Matter, una declaración contra el racismo y la violencia policial, para la que se llamó a miles de efectivos, no solo de la Policía, sino que se autorizó un dispositivo que deja lo del Días de Reyes convertido en un juego de niños.



Las preguntas deben ser contestadas. Quizá la explicación esté delante de nuestras narices, quizá los cambios que Trump hizo hace una semanas en las Fuerzas de Seguridad y en Pentágono (ya lo comentamos aquí en su momento) tenían más sentido que el de la venganza contra aquellos que no le habían sido "fieles.". Estas cosas dependen muchos de quien las valore y parece que quienes tenía que hacerlo, que evitar que se produjera lo que se produjo, estaban a otra cosa, por decirlo así. También el presidente dijo estar muy ocupado para atender las preguntas sobre lo que estaba ocurriendo. El tiempo lo dirá y se podrá hablar entonces de negligencia (en el mejor de los casos) o de connivencia en el peor (aunque puede haber peores).



Las palabras incitadoras del presidente eran repetidas por uno de sus hijos, exaltando a los que habían ido a escuchar lo que querían oír, pero también por un impresentable Rudy Giuliani, monumento al cinismo, a la hipocresía política, un hombre en la oscuridad de todos los entramados.

Entre los participantes, los hay que se pasean con la pancarta clave, "Trump is my President", la madre de todas las pancartas, la garantía de futuro paralelo, alternativo. Parece que los republicanos empiezan a darse cuenta que les han robado el partido. Trump ya lo dice directamente y promete una nueva fuerza política con la que "regresar". El problema es que no se va a ir porque va contra su propia naturaleza. Lo que hará es seguir creciendo, ahondando en la paranoia colectiva y en su cesarismo congénito.




Los republicanos que han tenido el coraje de resistir, tienen ahora la obligación moral de levantar una bandera realista, política y abierta para regenerar la vida política. Si los demócratas son inteligentes, saben que no pueden polarizar la vida norteamericana con un abismo en medio, que lo que necesitan es un mecanismo para aislar a Trump, por muy iluso que pueda parecer. Se trata de salvar el sistema democrático, de aplicar medidas de higiene cuando el experimento Trump ha tenido los efectos vistos y los que quedan por ver, probablemente peores.

Trump, como hemos visto, se crece con la confrontación, es su alma energética. Se trata de extender ese estado irascible de Trump hasta unas masas iracundas, que solo él es capaz de calmar, como si de una jauría de perros peligrosos se tratara. Trump no tiene otra estrategia más que esta, la creación de esa masa reactiva que le permita seguir chantajeando desde el exterior del sistema, creciendo continuamente, sembrando el desconcierto, la confusión, alentada por las fuerzas en la sombra que buscan la destrucción del sistema.

Me ha preocupado escuchar en el canal español de la ultraderecha populista a los que preconizan el paso más allá de los límites del sistema con absoluta normalidad. La declaración explícita de que el sistema no tiene nada para ellos, que por esa vía no obtendrán nada que valga la pena, que cubra sus objetivos. Se callaba, por supuesto, cuál era la otra vía. Pero no hacía falta. Lo hemos visto en el Capitolio.




No se trata de ganar unas elecciones, sino de conseguir el suficiente poder como para acabar con el poder, es decir, con el sistema. Como hicieron los antieuropeos en el Parlamento Europeo, romper las cosas desde dentro, obstruir, desprestigiar, descalificar el sistema mismo.

Trump es la herramienta para dinamitar el sistema. Ya lo han hecho con el Partido Republicano, dinamitado desde dentro. Con cargarse el Partido Republicano se sientan ya las bases de la destrucción del bipartidismo, fundamento de la vida política y de su estabilidad. La estrategia es fraccionar, dividir, deslegitimar. "Our House" y "Trump is my President" son las manifestaciones de ese mundo invertido al que se apuntan los detritos del sistema, organizados, convertidos en legión. No hay que dejar que roben las palabras ni las ideas, las banderas, los principios, los discursos... Es el argumento con el que les mueven "sois los patriotas", "sois los cristianos", "sois el pueblo"... Son las palabras las que mueven el mundo, las que organizan las mentes... y también lo contrario.

Hace muchos años escribimos aquí sobre el Dr. Mabuse, el personaje cinematográfico del gran maestro Fritz Lang con el que quiso representar el ascenso del nazismo en la Alemania de entreguerras. Mabuse preconizaba la creación del caos. Había que destruirlo todo para después reconstruir ese orden nuevo, el orden sin regreso. Trump accedió por la vía del poder, directamente a la presidencia y esta tiene sus límites. Pero los que están detrás de él no los tienen. Ahora va a acceder a otro tipo de poder, al margen de las instituciones; es el poder destructivo que se libera con un tuit o con un vídeo, con unas palabras dichas. Con las palabras, "¡Id al Congreso!", "¡os han robado!" o rodead la residencia de la gobernadora, como hicieron en Michigan, ha desatado el caos, cinco muertes.

Lo hemos dicho, esto es el final de la primera temporada. Los que debaten si sacar a Trump por el impeachment o por la 25ª enmienda puede que tengan pronto alguna tercera vía que los propios hechos le abran. Trump ha desbordado a aquellos que esperaban controlarle en el inicio y sus conexiones con sus fieles pueden mostrar todavía muchas sorpresas.



Por lo pronto —¡faltaría más!—, frente a las condenas de todo el mundo y las burlas de sus rivales mundiales, a Trump le ha salido un defensor, el señor de la "gripecita", el amigo Jair Bolsonaro, incendiario de la Amazonía, enviado por un dios despistado a salvar el mundo y a ser apóstol del mesías Trump. Ha dicho que todo esto es lógico porque nadie puede dudar del robo de las elecciones, del fraude. Mucho me temo que en Brasil pronto el discurso del "robo electoral", puesto en marcha en cuanto vean que bajan las encuestas.

Es algo más que una docena de días lo que está en juego. Trump ha sembrado el miedo, que era su objetivo, mantener en alto la espada amenazante, destruir el partido republicano para construir el propio sobre las cenizas y no malgastar esos muchos millones de votos. El problema es algo más que cómo quitárselo de encima. El problema real es qué hacer para que no arrastre al caos al país.

Lo veremos pronto.