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lunes, 30 de marzo de 2020

Órdenes y desórdenes

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En el diario italiano La Stampa leo un titular de interés: “Al Sud la criminalità potrebbe ergersi a difensore del diritto”*. Cita palabras del que fuera ministro del Interior, Marco Minniti. En artículo de Fabio Martini comienza con la lectura del ex ministro de un artículo en The Financial Times en el que se dice que ante el negacionismo del presidente brasileño, Jair Bolsonaro, los grupos criminales que controlan las vida en las favelas han empezado a imponer ellas las restricciones manteniendo el orden social. Son los criminales los que se encargan de las funciones que el estado se niega a cumplir, el aislamiento. El titular que ofrece La  Stampa se refiere al "sur" de Italia, otro espacio en el que la criminalidad tiene una presencia y, especialmente, una autoridad social. ¿Se convertirá, como señala Martini, la Mafia en la garante del derecho, en el mantenimiento del orden con fuerzas de sanción que el propio estado no cumple o es incapaz de hacer cumplir? La pregunta no es trivial y apunta a las bases mismas de la sociedad. Recordemos que la Mafia (Sicilia) y otras organizaciones de este tipo son también formas de "orden" allí donde el estado fallaba. Cuando el estado se ausenta, el orden surge de las viejas formas como alternativa a la anarquía, surgen como una forma de protección con sus reglas. "Hombres de honor" se llamaban los mafiosos.


En el mismo día, el 29, otro titular de La Stampa recogía "Coronavirus, la nuova bomba sociale della Sicilia. “Lavoravamo in nero, siamo alla fame”", y nos conecta con lo expresado por Fabio Martini. Allí donde la normalidad es paralela a la ley, donde el estado no protege ("trabajamos en negro, tenemos hambre"), la bomba social puede estallar. La función mafiosa es evitar que estalle, garantizar ese "orden" que garantiza que la anarquía no se produzca, algo que perjudicaría a su propio orden. La mafia es protección.
En el pasado, la Mafia y el Estado han sido fuerzas en competencia para garantizar su orden, su eficacia social. Pero ha habido ocasiones en las que han colaborado, cuando ha estado en riesgo el orden propio, cuando se ha dado una confluencia de intereses. Martini habla del "derecho", pero quizá "orden" y "derecho" no tengan el mismo sentido, no coincidan en sus límites y aplicaciones, en sus garantías. La Mafia garantiza un orden, sí, pero un orden allí donde falla el propio estado.
Y el mayor fallo de los estados es la pobreza, la desigualdad extrema. Es allí donde se trabaja "en negro", como se decía del sur italiano. Pero todos los países tienen su "sur", sus puntos débiles ´del sistema que ahora, al parar la actividad económica y social se convierte en un infierno para quien solo tiene un trabajo desprotegido para sobrevivir. Son las zonas y sectores más desprotegidos los mayores perjudicados pues no tienen las bolsas de protección para resistir este parón.


La televisión en España nos muestra también gente que nos dice que su trabajo está en la calle y en el día a día; son gente sin reservas para la supervivencia. La protección de quien queda desprotegidos porque han estado en el límite es importante. El aumento de la desigualdad ha sido una tendencia constante en estos años en la mayor parte del mundo. Hoy lo vemos en la práctica, en mayor o menor medida, emerge frente a nosotros. La enfermedad no distingue, pero la desigualdad sí.
A la Mafia no le interesa el desorden, sino ser otro amo, cubrir las fallas de quien poco recibe. Por eso le preocupa que el desorden social sea incontrolable. La mezcla de miedo, la inseguridad, la carencia de lo elemental es muy peligrosa. Es un barril de pólvora demasiado cerca del fuego. 


Pero el concepto de carencia o de necesidad es muy relativo. El día 25, el titular de El Diario era el siguiente "Multimillonarios de EEUU reclaman la vuelta al trabajo aunque eso suponga que muera gente", y se nos decía:

Los multimillonarios norteamericanos con mucho dinero metido en fondos de inversión lo tienen claro: hay que volver al trabajo cuanto antes y, si eso supone la pérdida de vidas humanas por el aumento de contagios, ese es un riesgo que hay que asumir. Lloyd Blankfein, presidente del banco Goldman Sachs hasta 2018, abrió la veda el pasado domingo con un mensaje en Twitter: "Las medidas extremas para rebajar la curva del virus son adecuadas durante un tiempo para reducir la carga sobre la infraestructura sanitaria. Pero destruir la economía, los empleos y la moral es también un asunto sanitario y afecta a muchas más cosas. Dejemos dentro de unas pocas semanas que aquellos con bajo riesgo de contraer la enfermedad vuelvan a trabajar".
Su fortuna alcanza los 1.500 millones de dólares, según Forbes.
Donald Trump suscribió esa tesis a comienzos de semana, precisamente porque grandes empresarios y financieros estaban intentando convencerle de levantar las mayores restricciones. De ahí que Trump dijera que las fechas en torno a la Semana Santa a mediados de abril sería un momento "maravilloso" para hacerlo, contraviniendo las opiniones de sus consejeros científicos.***



Creo que en estos momentos, el mundo se encuentra en un estado de balance, en un punto en el que se nos obligará a tomar una decisión que marcará el futuro. Estamos entre dos órdenes opuestos entre los que tendremos que elegir. El modelo económico parece haber llegado al límite porque no tiene más respuesta que el beneficio, que se acaba concentrando en unos pocos. Su promesa es que algún día serás tú también un beneficiado. Ante una situación como la que vivimos, este modelo tiene poco que ofrecer. Es la alternativa que presentaba Boris Johnson y que se desvela en su rotundidad con su propio contagio y aislamiento. Los privilegiados siempre han estado aislados, pero por su propia voluntad y su propia defensa. Pero si algo ha demostrado el COVID-19 es que es terriblemente igualitario, no discrimina entre ricos y pobres, eso incluye a príncipes, presidentes y millonarios.

Las grandes epidemias, la enfermedad misma, siempre ha sido ocasión de reflexión moral. Son momentos en los que se relativizan ciertas cosas, se repasa la propia vida y la mirada se dirige hacia aquello que consideramos más valioso. Muchas veces son cosas olvidadas o dadas por hechas. Su ausencia brusca nos enseña lo importante que son para nosotros sin darnos cuenta.
Lo que ocurre en el sur de Italia o en otros sures de muchos países nos muestra los problemas de los olvidados. Y, sobre todo, nos recuerda que no estamos solos, que —nos guste o no— formamos parte de algo más amplio que aquello que consideramos nuestro. Lo que la pandemia ha hecho, por encima de otras cosas, es ampliar el "nosotros", para bien o para mal.
Las distancias físicas nos separan, pero se reducen las emocionales. Distantes pero unidos. Aquellos que se distancian emocionalmente, que no participan del descubrimiento de la solidaridad, los que siguen manteniendo un yo egoísta y se niegan a pensar en un yo colectivo han perdido mucho hacia el futuro. Los movimientos anteriores, por ejemplo, frente al cambio climático han mostrado que el futuro es solidario frente a una visión egoísta del presente. Este factor es fuertemente generacional y es probable que se haya agudizado como efecto de esta nueva situación que refuerza el nosotros. No es un enfrentamiento con la individualidad, sino su reformulación dentro de unas causas comunes de las que solo se escapa a través del esfuerzo solidario de todos. Ya no es posible ignorar que el tipo de problemas a los que nos enfrentamos y nos enfrentaremos necesitan de la cooperación y del pensamiento común. No hay salvaciones egoístas o particulares.

The New York Times 30/03
Esta pandemia es algo que será muy difícil de ignorar en sus consecuencias o de olvidar. Los riesgos de hacerlo son demasiado. De la mafia llenando vacíos al egoísmo de los fondos de inversión como rectores de nuestras vidas y muertes.
Hay un párrafo en un artículo de El País de ayer mismo, firmado por Amanda Mars, describiendo la situación norteamericana, que me parece muy revelador:

Algunos políticos se resisten y, aunque Trump emita directrices, el poder reside en manos de los gobernadores, lo que da lugar a grandes contrastes. “Estamos en contra de seguir modelos de dictaduras como China”, dijo el gobernador de Mississippi, Tate Reeves, quien ha optado por cerrar los “negocios no esenciales”, pero con el matiz de que entre los negocios esenciales incluye bares, restaurantes (incluido el servicio de comedor) e inmobiliarias. Para Arizona, los campos de golf y las tiendas de armas también resultan indispensables. El primer Estado registra 578 casos (ocho fallecidos) y el segundo 665 (13 fallecidos), cifras bajas comparadas con Nueva York, que es el epicentro, con más de 44.000 infecciones, pero la experiencia en Europa muestra que los casos aislados han sido la antesala de las espirales graves.****


Creo que ilustra un mundo de diferencias y de perspectivas demasiado distantes sobre lo que esto significa realmente; muestra cómo se han reducido nuestras orgullosas seguridades a la estabilidad de un castillo de naipes. Habrá que volver a estabilizarlo de una manera más segura para todos. Lo trivial se volvió esencial y ahora no sabemos cómo librarnos de ello.


P.D.: Acaban de noticiar el positivo del doctor Fernando Simón. Lo lamentamos y agradecemos su labor sin descanso. Deseamos su pronta recuperación. Gracias y ánimo.

* "“Al Sud la criminalità potrebbe ergersi a difensore del diritto”" La Stampa 29/03/2020 https://www.lastampa.it/topnews/primo-piano/2020/03/29/news/al-sud-la-criminalita-potrebbe-ergersi-a-difensore-del-diritto-1.38650388
** "Coronavirus, la nuova bomba sociale della Sicilia. “Lavoravamo in nero, siamo alla fame”" La Stampa 29/03/2020 https://www.lastampa.it/topnews/primo-piano/2020/03/29/news/la-nuova-bomba-sociale-della-sicilia-lavoravamo-in-nero-siamo-alla-fame-1.38650380
*** "Multimillonarios de EEUU reclaman la vuelta al trabajo aunque eso suponga que muera gente" El Diario 25/03/2020 https://www.eldiario.es/internacional/coronavirus-EEUU_0_1009649972.html
**** Amanda Mars "Coronavirus en Estados Unidos: la semana en que empezó el miedo" 29/03/2020 https://elpais.com/internacional/2020-03-28/coronavirus-en-estados-unidos-la-semana-que-empezo-el-miedo.html





sábado, 12 de octubre de 2013

El mar común

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
¡Terrible ironía! El primer resultado del dispositivo puesto en marcha para evitar sucesos como el terrible ocurrido frente a Lampedusa, con 339 cadáveres sacados de las aguas, ha sido la muerte de cincuenta nuevos emigrantes. Señala el diario El Mundo: «Una nota oficial de la marina maltesa asegura que el naufragio se ha producido hacia las 17.10 hora local (15.10 GMT) cuando un avión de Malta que vigilaba el Canal de Sicilia ha sido avistado por los inmigrantes, quienes, al intentar hacer señales para ser localizados, han comenzado a agitarse y han provocado el vuelco de la embarcación en la que viajaban.»* La fatalidad no da tregua a los más desgraciados, que además de una vida miserable han de sufrir una muerte absurda.
La conciencia del desastre no elimina los desastres porque el mar no entiende de políticas. Mientras las políticas de dirijan al mar no habrá resultados positivos. Es en tierra donde se deben poner los ojos. El mar no es más que la trágica punta de un iceberg, el remate absurdo de un drama que comienza en lugares remotos o próximos en los que anida la desesperación. ¿De qué otra forma pueden calificarse estas aventuras de hombres mujeres y niños lanzados a un terrible viaje? Contamos el número de muertos, pero no la desesperación que les arroja al mar en busca de una Europa en la que tienen familiares, conocidos o son los primeros enviados para establecer un futuro puente.

Cada nuevo drama africano o del Medio Oriente se traduce en el aumento de los flujos migratorios y la vía más rápida de escape es el Mediterráneo, un mar de cultura que se va tiñendo de dolor convertido en fosa común. Nos dice el diario El País que en de las 9.000 muertes que calculan que se han producido desde 1990, 2.100 lo fueron en el año 2011, el de los levantamientos en los países árabes.** Las presiones económicas, bélicas o la suma de ambas aumentan el flujo de los que intentan llegar al otro lado.
Europa se ha atrincherado ante la inmigración, aunque sea el mar quien hace el trabajo sucio. Y es precisamente ese mar el que, a la vez que nos separa, nos ha unido tradicionalmente estableciendo unos puntos en común que solo el deseo de diferenciación nos impide contemplar y pensar sobre ellos.
A las tradicionales denominaciones de los continentes, que nos separan mentalmente, como categorías —"Europa", "África" y "Asia"—, los historiadores y antropólogos están respondiendo con nuevas categorías que entienden que no existen tanto las fronteras sino las proximidades, que lo natural es el contacto y lo artificial las separaciones. Se puede hablar, como lo hace Jack Goody, por ejemplo, de una "Eurasia" más real históricamente que la separación de ambas, convertidas en mundos distintos sobre el mapa pero en la realidad repleto de continuidades irisadas en las que fracasan las distinciones radicales y absolutas. No hay líneas en la naturaleza; lo que existe es la vecindad, para bien y para mal.


Hay distancias geográficas y distancias culturales. A veces a distancias físicas pequeñas le corresponden grandes distancias culturales, que se han ido acumulando como distinción significativa, como deseo manifiesto de ser diferentes, de marcar distancias.
"África" sigue permaneciendo en nuestras mentes como una entidad distante por más que esté a unos pocos kilómetros, como ocurre con el estrecho de Gibraltar, o a 140 kilómetros en el paso de Sicilia que tiene a Lampedusa como eslabón.
El mundo no tiene nombres; se los ponemos nosotros marcando los territorios y estableciendo con ellos las distinciones que después rellenamos de sentido, amparándonos en la Historia, que son discursos escritos necesaria y obligatoriamente desde un punto de vista. Es "nuestra" historia frente a la de los otros. Por eso insisten tanto algunos en tratar de encontrar puntos de vista coincidentes, intereses comunes, acuerdos de visión para poder escribir "historias" que acerquen y no que distancien, que nos impliquen a unos con otros porque no podemos vivir de espaldas. No es fácil, porque muchos viven de alentar las diferencias, de la creación de brechas de las que poder beneficiarse. Se alienta el odio y los enfrentamientos, que siempre es una materia rentable, en vez de la cooperación, que suele resultar más cara.


Siempre nos queda la categoría superior, la de "seres humanos", la de "personas", que nos une por encima de distinciones, pero esa solo se activa en la tragedia. Es la que ponemos en marcha cuando el sufrimiento que tenemos ante los ojos se hace insoportable. Es una pena que nos conmuevan más los muertos que los vivos.

Italia ha concedido la nacionalidad a la víctimas del naufragio de Lampedusa, como comentábamos hace dos días. Aunque sea bienintencionado, no hay acto más ridículo. Ellos no venían a ser "italianos" —ni "españoles"—, ni "europeos"; venían a intentar vivir mejor que en sus países, donde se les niega el trabajo, el pan y la justicia. En la jerarquía de la subsistencia, la "nacionalidad" no importa más que por ser un "permiso de trabajo", algo que les permita salir adelante en la vida. Pero nosotros, orgullosos, soberbios, pagamos su esfuerzo regalándoles nuestra "nacionalidad" cuando ya no lo necesitan. ¡Otra ironía!
Es la muestra de que no sabemos manejar el problema porque lo planteamos como una cuestión de fronteras y no de vecindades. Mientras no desarrollemos más políticas de cooperación en el segundo sentido —la vecindad—, tendremos que invertir más en defender, blindar, unas fronteras que no controlamos. El mar no es una barrera de carretera, que sube y baja con nuestros deseos; no son las verjas de Ceuta o Melilla que podamos elevar o electrificar. Es una trampa en la que los que se lanzan a la aventura pueden morir en cualquier momento, incluso a cincuenta metros de la orilla, como los inmigrantes de Eritrea que se ahogaron frente a la playa siciliana de Sampieri en el mes de septiembre.**

El Mediterráneo es nuestro mar, un mar común alrededor del cual se ha forjado nuestra historia, pasando la civilización de una orilla a otra, recorriendo sus costas. España, Italia, Grecia —todo el sur de Europa—, Egipto, el Magreb, Oriente Medio, Turquía... somos habitantes de un mar común, como lo somos de tierras distintas pero vecinas. Si genéticamente todos somos africanos, emigrantes salidos de las sabanas, culturalmente somos mediterráneos, entremezclados, llenos de herencias —de monumentos a palabras—, con lazos que nos empeñamos en desatar e historia que desandamos cada día, en un esfuerzo por alejarnos. Mejor o peor avenidos, tenemos una historia familiar común. Somos mediterráneos, hijos del olivo.
Es fácil hacer demagogia con las muertes. No lo es tratar de buscar soluciones. De nada sirve aguantar el tipo ante los féretros alineados si no se hace nada al regreso a los despachos. Quizá no esté en nuestras manos solucionar muchos de esos problemas, pero sí tratar de desarrollar políticas y acciones más eficaces que las seguidas hasta el momento. Mientras haya una brecha tan grande entre la miseria y la riqueza y una distancia física tan corta, apenas unos kilómetros, la tentación de la aventura estará ahí y la tragedia se producirá en cualquier momento. No podemos separar los países, agrandar el mar, pero sí podemos achicar el espacio de la pobreza, reducir la desesperación.



* "50 muertos, entre ellos 10 niños, en el naufragio de una barcaza en Sicilia" El Mundo 12/10/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/11/internacional/1381511052.html?a=c49024f8be58f2be822b01d70bc84730&t=1381556077&numero=
** "Al menos 50 muertos en un naufragio en el estrecho de Sicilia" El País 11/10/2013 http://internacional.elpais.com/internacional/2013/10/11/actualidad/1381510115_315660.html