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sábado, 16 de marzo de 2013

Psalmanazar o el arte de inventarse

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
En su Historia social del conocimiento, Peter Burke analiza la revisión de los libros de viajes que habían proliferado, gracias a la imprenta, cuando apenas nadie viajaba. Muchos de ellos eran fraudes, escritos por personas que no habían pisado el país del que escribían pero que, al no poderlo verificar nadie, podían vivir del deseo de los demás de escuchar historias exóticas y extravagantes, relatos de costumbres y reglas diferentes. Burke nos narra el conocido caso de Georges Psalmanazar (1679-1763) quien pudo vivir medianamente bien de contar las historias y costumbres de su isla "natal", contenida en su libro «Descripción histórica y general de Formosa» (1704):

Pslamanazar fue un francés que se trasladó a Inglaterra, donde trató de pasar por un nativo de Formosa. Su «Descripción» incluía datos tomados de anteriores relatos sobre la isla, aunque añadió por su cuenta ciertas informaciones que él mismo se había inventado, desde la afirmación de que la isla pertenecía a Japón hasta la descripción de un alfabeto local. Antes de que se descubriera su fraude, Psalmanazar fue invitado a visitar la Royal Society y a comer con Sir Hans Sloane, y mientras tanto su libro fue traducido al francés y al alemán. Cuando Gilbert Burnet, obispo de Salisbury, pidió al impostor que demostrase que realmente era formosano, Psalmanazar le respondió preguntándole a su vez cómo podría él mismo demostrar que era un inglés en Formosa, ya que realmente parecía un holandés. Lo cierto es que su fraude fue desenmascarado por un jesuita que en 1705 escribió un artículo sobre el tema en uno de los nuevos periódicos eruditos, el Journal de Trévoux.* (260)



El artículo del jesuita debió resultar menos atractivo que las fantasías de Psalmanazar, quien llegó a vivir de las rentas de la pensión que le concedió un admirador de su obra. Lo verdadero puede ser aburrido y la gente no quería "verdad" sino exotismo, historias de caníbales, rarezas, que es lo que uno espera encontrar entre gente tan alejada. George Psalmanazar conocía a su público y lo que este esperaba encontrar.

En vez de presentarse como un "viajero" —como otros hicieron—, él se presentó como un "nativo". La cuestión no es baladí porque sabía que la curiosidad no solo alcanzaría a su libro, sino que pasaría de la lectura a su persona. Cuantas más cosas exóticas contara en su obra, mayores serían los deseos de conocerle de quienes lo leyeran u oyeran hablar de él. Le permitió el estatus de "invitado deseable", como nos cuenta Burke, todo un arte. La gente quería conocerle y de eso sí se podía vivir medianamente bien. No todos los días se tenía ocasión de sentar un "formoseño" —forma correcta según el Diccionario de la Academia— a la mesa.
La contra pregunta con la que contestó al obispo de Salisbury sobre cómo podría él demostrar en Formosa que era un inglés pareciendo holandés, nos avisa de su capacidad retórica para defender sus ficciones frente a las demandas ajenas. Lejos de intentar dar más explicaciones, que hubieran acabado embrollando el asunto, lo que hizo fue poner a su interlocutor en su tesitura, trasladarle el problema. ¡Intente demostrar quién es y verá!


La demostración de quiénes somos es compleja porque en realidad no demostramos quienes somos, sino cómo nos clasifican los demás. Documentos y testimonios son aceptados según la regulación vigente en cada momento, pero alejados de ellos y de las autoridades capaces de dar fe de la veracidad de un sello o una firma, ¿cómo probarlo? No hace falta ser foucaltiano para comprender que es el Sistema quien nos clasifica conforme a unas reglas particulares, con diferencias entre países y culturas.

Somos los que somos, pero socialmente eso no es nada. Formamos parte de un sistema complejo de referencias sociales (estudios, profesión, nacionalidad, familias...) que acabamos asumiendo como señas de identidad. De todas ellas debemos dar cuenta mediante certificación externa o testimonio de otros que avalen lo que no se nos nota a simple vista. Son los Estados los que "garantizan" hoy nuestra identidad. En tiempos de Psalmanazar no existían tantos mecanismos de certificación, lo que le permitió —a él y a otros— forjarse su "yo", escribirse su historia y a los demás intentar desmontarla, si podían.
En su obra The Pretended Asian: George Psalmanazar's Eighteenth-Century Formosean Hoax (2004), su biógrafo Michael Keevak escribe: «In the 1740s, in addition to penning a chapter for a proposed sequel to Samuel Richardson's widely Pamela, Psalmanazar also participated in the writing of a Complete System of Geography (1747), and among other assignments he was given the section for Asia, including, significantly, Formosa.» (p 10)
George Psalamanzar entraría en la categoría inversa de lo que Thomas Carlyle llamó en sus conferencias de 1840, el "héroe literato". Carlyle habló de un nuevo tipo histórico de héroe, el que se surgía en un mundo tomado por los libros. Psalmanazar no sería un "héroe" para Carlyle, pues carecía de las cualidades que para él debía tener el héroe: la autenticidad y la sinceridad. ¡Era justo lo contrario! No solo se inventó una Formosa exclusivamente suya que ofreció a los demás para sus viajes imaginarios; se inventó a sí mismo como habitante de esa falseada isla, se convirtió en una doble ficción.


Psalmanazar es el perfecto "antihéroe literato", pues encarna los valores invertidos con los mismos métodos, los libros y los lectores. Carlyle señaló que hasta cien años antes no habría sido posible este nuevo tipo de héroe. La difusión de los libros entre públicos deseosos de novedades, de nuevas y viejas historias que consumir, hizo que aparecieran aquellos capaces de satisfacer esas demandas con su trabajo e imaginación. Ya se podía empezar a vivir de escribir y del público que lo leía.

El detalle más significativo de lo heroico literario lo señala Michael Keevak: la propuesta de cuarenta páginas que envió a Samuel Richardson para una secuela de su novela Pamela o la virtud recompensada, el gran bestseller de la época. En el fondo —y fraudes al margen—, Psalmanazar era un reciclador de textos, un "bricoleur" textual, estirándolos para obtener su beneficio. La proposición de una secuela de Pamela nos muestra su ojo de negociante, su comprensión de las oportunidades del mercado. Psalmanazar era un "emprendedor" cultural. ¿Que mentía? ¡Claro! Como todos los que vivían entonces y ahora de aprovecharse de la credulidad ajena.
Nadie encontró los caníbales que decía haber visto ni los textos escritos en los alfabetos que se inventó. Pero para eso había que desplazarse y escribir después contándolo.
Desde el punto de vista narrativo, el problema de Psalmanazar era de "géneros". Presentaba como "realidad" lo que era "su" ficción, como "historia" lo que era "novela". Los charlatanes y mentirosos han existido siempre, pero ahora la imprenta y la aparición de una sociedad lectora amplificaban su poder seductor. Y también su osadía.

* Peter Burke (2002): Historia social del conocimiento. De Gutenberg a Diderot. Paidós, Barcelona
** Michael Keevak (2004): The Pretended Asian: George Psalmanazar's Eighteenth-Century Formosean Hoax.  Wayne State university press, Detroit (Mich.).




domingo, 10 de febrero de 2013

El héroe lector

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
De entre los distintos tipos de héroes de los que Thomas Carlyle se ocupó en sus famosas conferencias pronunciadas en 1840, destaca la figura moderna del "héroe literato". Son interesantes muchas de sus reflexiones sobre este tipo de héroe porque solo ha sido posible gracias la transformación social y cultural fruto de la extensión de los "libros", como un efecto conjunto y recíproco del desarrollo de la imprenta y la alfabetización. El héroe literato ha aparecido porque existen los libros y gentes que pueden leerlos. Los autores se han creado un público. Su presencia y acción heroicas serían imposibles sin esa tecnología de la palabra que se extiende cada vez más por todo el cuerpo social. El "literato", como el mismo Carlyle puede ser considerado, vive de lo que escribe gracias a los que le leen. Es el resultado de la imprenta, de la "prensa".
En la quinta de sus conferencias —la dedicada al "héroe literato", con el Doctor Johnson, Jean-Jacques Rousseau y Robert Burns como figuras destacadas en las que se centra, aunque considere a Goethe como el más representativo de esta moderna modalidad heroica—, Carlyle escribió:

If we think of it, all that a University or final highest School can do for us, is still but what the first School began doing,—teach us to read. We learn to read, in various languages, in various sciences; we learn the alphabet and letters of all manner of Books. But the place where we are to get knowledge, even theoretic knowledge, is the Books themselves! It depends on what we read, after all manner of Professors have done their best for us. The true University of these days is a Collection of Books.


Para Carlyle, el poder de los libros era indudable. Enseñar a leer era el arma más poderosa que se le podía entregar al ser humano. Todo el sistema educativo no es más que una prolongación de esa enseñanza primera que es el aprendizaje de las letras. Y, efectivamente, hay mucho de cierto en esa afirmación, puesto que nos abre todas las puertas.

La lectura es una herramienta de creación de la identidad propia a través del contacto con lo escrito, pero puede no serlo si está mal orientada. Carlyle presuponía un lector con una características especiales que no siempre se dan. Piensa todavía en un movimiento sin precedentes, que podemos llamar de forma genérica "ilustración", que impulsa a los individuos a salir del estado de ignorancia en el que se encuentran para adentrarse en un mundo de conocimiento que está depositado en los libros. Piensa en una persona que, conforme va avanzado en su educación, es capaz de ir tomando las riendas y guiándose por sí mismo, como señalaba Kant de la "ilustración". Es decir, piensa la cultura en términos de autonomía de la persona.
Educarse en desplazarse por un gigantesco escenario, la Historia, que ha quedado sembrado de piezas valiosas por aquellos que han dejado sus marcas en el arte, la filosofía, la ciencia, la literatura, la política, todos los campos del saber. La educación lectora es como una operación de cataratas; nos quita la oscuridad de la ignorancia y nos permite ir avanzando por los senderos de los paisajes más ricos.


Thomas Carlyle nos habla del "héroe literato", el que ya no lucha en los campos de batalla o se pone al frente de los pueblos para fundar religiones o llevarlos a la tierra prometida, del que escribe, deposita en papel lo mejor de sus pensamientos y sentimientos, sus ideas para que sean compartidas. Nosotros podríamos hablar hoy del "héroe lector", que sería su correlato, aquel que es capaz de acercarse a esas marcas de la Historia que indican senderos hacia la autonomía de la persona. Pero ¿es ese el objetivo de nuestra educación, de las industrias de la cultura? Me temo que no.
En un mundo lleno de pseudo "héroes literatos", de falsos profetas de la escritura, de gurús de la autoayuda, de divulgadores que nos ahorran el acceso a las cumbres y nos ofrecen cómodas visitas guiadas por antologías a la moda, el heroísmo de la lectura es el más importante y necesario. Hay que sembrarlo, fomentarlo, vertebrarlo.


Leer sigue siendo un acto crucial y decisorio si se realiza sobre las lecturas que nos hacen crecer y avanzar en nuestra autonomía, pensar en diversas dimensiones, para encontrar nuestro puesto histórico, nuestro lugar en la Historia. Nos dicen que se "lee" mucho, sin embargo los resultados culturales son de una gran pobreza. El sistema industrializado de la cultura no se preocupa por las personas, sino de su conversión en consumidores "culturales". Hay una "economía" de la cultura, de su producción y productividad, pero no se trata de eso.
El "héroe lector" se enfrenta hoy a los cantos de sirenas constantes que reclaman su atención —más bien su distracción— de cualquier foco no sujeto a la programación comercial o educativa. Nuestra cultura de consumo no posee memoria, lo más a lo que puede llegar es al "revival", que es el retorno comercial a través de la "moda". El "héroe lector" se enfrenta hoy a bestsellers, a manuales, a resúmenes, a antologías, a divulgadores simpáticos, reseñistas pagados, etc. que se interponen entre él y los libros que pueden cambiar su visión del mundo y de sí mismo. 


Leer es siempre un acto solitario. Ahora nos enfrentamos también a la soledad del camino lector, la soledad de aquellos que no encuentran con quién compartir sus lecturas y son señalados con el dedo como afectados por algún extraño virus antisocial que les hace apartarse del resto. He escuchado a muchas personas que se mostraban angustiadas por la soledad que les suponía la distancia que los libros inteligentes habían establecido entre ellos y aquellos con los que ya eran incapaces de compartir la vaciedad. Es el efecto revelador, la caída del velo de Maya, que nos muestra la estupidez ambiental; lo que hace que se les caigan de las manos libros, películas, música..., una cultura basura hecha para ser olvidada después de usarla.
Nos hemos ido quedando sin "héroes literatos"; se han pasado al best-seller o están ocultos bajo el peso de las campañas comerciales y la estridencia mediática de la tontería programada para gustar. Quedan libros flotando, como restos de un naufragio, que con suerte pueden llegar a los islotes en los que el héroe lector se ha exiliado o a los que ha llegado tras haber sido arrojado por la borda de barco de la ignorancia.