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viernes, 16 de junio de 2023

Boris Johnson, el poco valorado arte de la mentira

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Boris Johnson se ha ido antes de que le echaran. Johnson se ha ido escandalosamente por la puerta de atrás, valga la paradoja, pero es su estilo. Como Trump, Johnson distingue entre lo que hay, lo que hace y lo que dice.

Trump, Johnson y algunos más parecen "brujos" sacados de un mundo que tiene ligeros parecidos con este, pero con unas leyes distintas, mundos donde las palabras no significan lo mismo, en lo que usted cree comprender una cosa y se encuentra con otra. No sabemos si viven en mundos paralelos al nuestro o si diversos clones suyos se mueven por el nuestro.

Al final, cae —como Trump— por soberbia, por despreciar el mundo que está por debajo, por considerar idiotas a los demás, seres inferiores a los que se puede despreciar cada día sin riesgo.

Chris Mason, editor político en la BBC, realiza un devastador comentario sobre Boris Johnson tratando de que los ciudadanos entiendan que esto no es una cuestión liviana sobre unas fiestas durante el COVID, que es algo más: 

Remember, today isn't about parties during Covid.

It is about the fundamental pillars upon which public life - and society at large - is constructed.

Conduct.

Behaviour.

Believability.

Integrity.

The sanctity of truth. The contempt for lies.*

La forma gráfica dada al texto refuerza esa idea de solidez de los principios resaltados. No, no se está hablando de una fiesta. Se habla de algo más, de eso que Manson hace que leamos en cada línea por separado.

Johnson, como Trump, es una persona que ve la política de una forma distinta. Es sobre cómo llegar al poder y cómo conservarlo. Si se trata de que la gente te vote para llegar al poder, hay que rebuscar en aquello que quiere escuchar. No es la promesa de Churchill, "sangre, sudor, lágrimas". Se trata de saber qué quiere escuchar realmente la gente y decírselo. Del mundo se encargan otros, los técnicos, los expertos. Ellos, en cambio, se encargan de prometer, un específico acto de habla; se encargan de saber qué quieres escuchar y repetirlo con convicción y gesto firme. Se trata de repetir y repetir hasta que las palabras se solidifican ante tus ojos.

Es un problema general de la democracia en la sociedad del espectáculo, en la que solo se vive como una ilusión en una pantalla desde la que se nos habla. ¿Qué importa la verdad en un mundo de pantallas?, piensan. Es un mundo donde el principio de realidad no supera al principio de placer; seguimos siendo niños. Son los deseos los que hay que conocer y estimular. Una parte del deseo se muestra y satisface a través de las ficciones y estos mentirosos del poder lo saben creando nuevas y renovadas mentiras.

Johnson, nos dicen, tiene una historia con la mentira. Escribe Chris Manson:

The spine of the biography of Boris Johnson has his relationship with the truth running straight down it.

Sacked from The Times for making up a quote, when he was a young reporter. Sacked from the Conservative front bench for lying about an affair.*


Verdad y mentira tienen nuevas definiciones y relaciones en la actualidad. En un mundo discursivo, textual, como es nuestra época, no hay verdad o mentira, sino eficiencia comunicativa, resultados evaluados, objetivos conseguidos.

El objetivo definitivo es el poder. Siempre se ha dicho que "el poder desgasta", pero hoy funciona la renovación de discursos, los lavados de imagen... Para ello existen miles de asesores, de empresas especializadas en comunicación y un campo, el de la política, donde la gente parece ya admitirlo todo. Lo vemos en la sociedad de pantallas más adelantada, los Estados Unidos. Los políticos en el viejo Reino Unido han tenido la decencia de liberarse de quien les puede hundir. Pero en los Estados Unidos, cada denuncia contra Trump es un aumento de la popularidad, una recaudación mayor de dinero para las elecciones. Cada mujer acosada por Trump es un gesto de bendición desde esa derecha evangélica que le adora; cada gesto racista es un aplauso y una bajada al muro para "cazar" inmigrantes que cruzan el Río Grande.

Hoy la mentira, la inhumanidad, el racismo, etc. venden. Solo se trata de saber presentarlo, de usar las cifras adecuadamente. Para ello no son necesarias personas honestas, sino simples mentirosos hechos a sí mismos, triunfadores al encarnar los peores deseos en hermosas ficciones. Todo ello es respaldado por estudios de mercado aplicados a los votantes, está apoyado en las neurociencias que adquieren así una importancia social que alegra el bolsillo de los investigadores.

Johnson se ha ido después de un informe que le retrataba como un mentiroso irredento, proponiendo 90 días de suspensión. Se ha ido antes de que le echaran, que era su destino inmediato. Detrás quedan mentiras y desastres con los que alimentaba al pueblo británico. Da vergüenza recordar las promesas del Brexit, que él utilizó para llegar arriba. Da vergüenza al ver los efectos sobre los británicos que se lo creyeron porque querían creerlo y que ahora no reconocen el mundo ficticio descrito con la realidad que tienen delante.

Johnson ha salido de forma descarada para no tener que dar explicaciones finales, para que no conste en su ficha el despido. Pero la ficha de la historia no creo que pueda enmendarla con lavados de imagen. Un mentiroso es valorado por su técnica pero, como sucede con los magos, una vez descubierto el truco, el prestidigitador pierde su magia, La mentira se valora cuando se presenta como verdad. Y Boris Johnson deja de ser creíble, deja de ser convincente, deja de funcionar. El sistema ya no lo necesita.

Los demás podemos prender de lo que representan esta ristra de personajes, nacidos en buenos hogares, con una vida cómoda, que deciden un día orientar su ambición hacia la política y nos seducen, nos dicen lo que queremos escuchar... hasta que un día se nos cae la venda de los ojos y vemos que ese mundo del que hablaban no era más que una distracción para conseguir lo que querían.

Volvemos a la pregunta que sigue sin ser contestada. Un sinvergüenza es un sinvergüenza, pero ¿cómo logran que nosotros los votemos; cómo logran ser elegidos pesa a todo?

 

* Chris Manson "Punishingly brutal report is devastating for Boris Johnson" BBC 15/06/2023 https://www.bbc.com/news/uk-politics-65913299

miércoles, 22 de marzo de 2023

Las fiestas de Boris

Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Las fiestas de Boris Johnson y los consecuentes intentos de evitar reconocerlas le pueden costar muy caras. Y no es al único en el panorama político inglés. Recordemos: mientras el gobierno británico exigía rígidas normas de comportamiento durante el confinamiento, el mismo gobierno se dedicaba a incumplirlas en sus propias sedes. No sabemos muy bien qué celebraban, pero el hecho es que lo hacían. Como en el caso del "Tito Berni", hay abundantes fotografías que lo prueban. ¡Cuántos estragos están haciendo esto de los móviles, el selfie y colgar en las redes, públicas o con acceso restringido para los amiguetes! ¡Vanidad de vanidades...!

En La Vanguardia, su corresponsal en Londres, Rafael Ramos, recoge los peligros a los que se ve expuesto el ex premier británico: 

Erre que erre. Dale que te pego. Más terco que una mula. Boris Johnson hace pucheros como un niño malcriado e insiste en que él no hizo nada malo en las fiestas ilegales de Downing Street durante la pandemia. Que la culpa no es suya, sino de los subordinados, que le informaron mal. Que sí, engañó al Parlamento, es cierto, pero lo hizo sin querer. Y que castigarlo sería una gran injusticia, no se lo merece. Bua, bua, bua...

El ex primer ministro, que tuvo que dimitir (más bien fue expulsado) por los coletazos del partygate, se juega su carrera política, o lo que queda de ella, con la sanción que le imponga el comité de la Cámara de los Comunes por mentir a los diputados cuando aseguró en múltiples ocasiones que en Downing Street se mantenían la distancia social y las draconianas normas de confinamiento que él había impuesto.*


Cuando se ven las fotos de los fiestorros, queda claro que de distancia social y demás prevenciones eran ignoradas. Boris dijo —en plan aquella frase de D. Trump— de qué sirve el poder si no puedes hacer lo que te dé la gana. Por eso Donald Trump está metido en un lío por sus pagos a la actriz porno, Stormy Daniels y Boris Johnson se enfrenta a cargos muy serios —en el Reino Unido "mentir" al Parlamento se considera feo, que le pueden apartar de su acta de diputado.

Hay algo compartido entre ambos políticos que, evidentemente, hicieron buenas migas cuando estaban en el poder. A los dos le encanta verse reflejados en los medios, para lo que se esfuerzan cada uno a su manera.

Los titulares de varios medios informan de cómo Trump ha reunido alrededor de su residencia a fieles seguidores, en el sentido antiguo y el moderno, dispuestos a actuar como barrera si intentan detener a su ídolo, el expresidente. A ellos no les importa lo que Trump haya hecho, lo ven de forma mesiánica. Es la paradoja hipócrita de que un mujeriego indecente (por no usar otras palabras más fuertes) se el ídolo de los grupos de la ultraderecha religiosa norteamericana. Como gesto cómplice hacia ellos, tenemos la famosa foto de Trump con la Biblia (al menos eso le dijeron).

El predicamento de Boris Johnson con sus seguidores fue circunstancial. Se impuso en una moción de censura contra la lideresa de su partido, Theresa May, pero la jugada le salió por la culata poco tiempo después. En La Razón del 1 de febrero del 2022, se nos contaba cómo le estaban esperando con el puñal preparado:

Cuando el líder de la oposición británica, el laborista Keir Starmer, pidió ayer ante la Cámara de los Comunes la dimisión del primer ministro, Boris Johnson, en la bancada del Partido Conservador muchos escuchaban en silencio, sin los habituales gritos de desacuerdo.

El debate en Westminster fue realmente tenso, ya que fueron muchos de los propios «tories» los que se mostraron críticos contra su líder. La ex «premier» Theresa May aseguró que «o bien Johnson no se había leído las reglas» que él mismo había impuesto durante el confinamiento «o bien creyó que no debía cumplirlas». Por su parte, Andrew Mitchell, otro de los pesos pesados de la formación conservadora, señaló que si bien el primer ministro había contado con su «total respaldo» durante los últimos años, había decidido retirarle ahora su confianza a la luz de las revelaciones sobre el «Partygate».**


Las víctimas del "Partygate" se siguen sumando. En las fotos con los rostros tapados que se nos mostraban hoy en TV ya aparece otro descubierto, el del primer ministro actual, que puede aparecer en la lista de afectados por las celebraciones privilegiadas.

Puede sorprender que políticos que hacen y dicen tantas tonterías (pensemos en la política sanitaria de ambos, por ejemplo), acaben afectados por un pago a una actriz porno o por celebrar fiestas sin reparo en el 10 de Downing Street. El ABC, por ejemplo, se pregunta si las investigaciones de los fiscales a Trump son "justicia o política", algo que puede sonarnos a broma.

Vemos cómo caen por todo el mundo presidentes y presidentas con una frecuencia pasmosa, cómo son sometidos a juicios y condenados en ocasiones. Puede haber política en muchos casos, claro, pero también es cierto que ellos han hecho méritos suficientes para dejar la política. Al final, te la buscan por el detalle más tonto, pero también Al Capone cayó por los impuestos. Pero no nos engañemos, no han caído por un detallito sin importancia: lo han hecho por mentir y por sentirse por encima de las leyes, por narcisismo.

 



* Rafael Ramos "Boris Johnson, inocente como un niño: “No he hecho nada”" La vanguardia 22/03/2023 https://www.lavanguardia.com/internacional/20230322/8843094/inocente-nino-he-hecho.html

** Celia Maza "Theresa May lidera el malestar “tory” contra Boris Johnson" La razón 1/02/2022 https://www.larazon.es/internacional/europa/20220201/p5vpuja6ffc2xb77azt62bar4y.html

viernes, 15 de julio de 2022

Maldiciones y serpientes de verano

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

No sé si es porque el calor nos afecta o porque vuelven las famosas "serpientes de verano", es decir, la tradición veraniega de sacar a la luz hechos inexistentes o exagerados para mantener la atención de los lectores de periódicos, también extensivo a las televisiones que se hacen eco de ellas o directamente las promueven. Sí, antes de que se hablara de "fake news" aquí se hablaba de "serpientes de verano", nombre debido a alguna noticia que hablaba de serpientes de muchos metros y enorme grosor en nuestras huertas, lo que llevaba a desplazarse allí a los periodistas y entrevistar a personas que decían haberla visto, otros haberla escuchado  y otro ni verla ni escucharla.

Ayer un canal televisivo dedicó una pieza a la dimisión del primer ministro Mario Draghi con un centro narrativo: la "maldición del Prado". La "explicación" que se daba a la maldición era que tanto Boris Johnson como Draghi había dedicado una escapadita a recorrer en "solitario" alguna de las salas del Museo de El Prado dura la reunión de la OTAN.

En el caso de Johnson era claramente un truco para conseguir que las cámaras se fueran detrás de él; no le ha servido de mucho, desde luego. En las imágenes de Draghi no había para nada esa soledad buscada por Johnson y atraer las miradas de las cámaras en solitario. No dudo del interés de ambos por la pintura.

Lo que no se puede hacer es construir una "maldición" por el hecho de que hayan estado ambos en el Prado. Esto no es la "tumba de Tutankamón" y es absurdo informar de esta manera. Lo serio informativamente hablando es no juntar ambos casos artificialmente y, sobre todo, de forma tan burda. ¿Se imaginan a los guías del Prado diciendo "esta fue la última pintura que vio Boris Johnson antes de dimitir; ante este retrato se cumplió en Draghi la Maldición del Prado? Da hasta un poco de vergüenza tener que comentar esto.

Antes los veranos eran tiempos de aburrimiento informativo en un país en el que pasaban pocas cosas y se comentaban muchos menos. Con pocos recursos, lo medios locales se lanzaban a este tipo de noticas sobre serpientes que se deslizaban de forma peligrosa cerca de las casas y que algunos juraban haber visto. Era nuestra versión local del monstruo del Lago Ness, que sigue atrayendo turistas con prismáticos por si lo ven. Pero nuestras modestas serpientes no atraían a nadie, todo lo más vendían algunos ejemplares más y rellenaban las páginas huérfanas de noticias. Poco más.

¿Conseguirá llenar El Prado esto de la "maldición"? ¿Veremos titulares como "El primer ministro de XXXXX se niega a entrar al Museo del Prado por temor a tener que dimitir después"? ¿Rebuscarán en la hemeroteca si ha habido casos anteriores que hayan pasado desapercibidos? La estupidez humana no tiene límites.

Creo que estamos en tiempos en los que desgraciadamente nos sobran temas para llenar horas de programación informativa, cientos de páginas de periódicos y páginas web. Pero informar bien siempre ha sido más carao que informar mal. La seriedad requiere tiempo y conocimientos. Sin embargo, hoy se felicitan sin la "maldición de El Prado" consigue retener la atención de los espectadores, si se convierte en chascarrillo en las redes (la opinión pública que cuenta). Hoy se recurre a muchas cosas que avergonzarían hace algunos años.

Desgraciadamente estamos en los tiempos del "infotainment", de esta mezcla entre tontería o payasada, chiste burdo e información. Abordar las dos crisis de gobierno como algo conectado a una "maldición" —que no se hizo como algo jocoso, sino que tuvo un "serio" tratamiento y una colocación adecuada en el informativo— es algo más que un insulto a la inteligencia del público; es un insulto a la propia profesión, que se descalifica al ofrecer estas cosas y lo es al propio medio que se descalifica a sí mismo.

La información se pervierte cuando queda claro que su función no es "informar" sino atraer la atención, que es el gran mal por el que se paga al peso. Los medios miden su éxito no por la calidad de sus informaciones, por su capacidad de exclusivas, sino por la atracción de público, por ser "primeros" en audiencias. La forma en que esto se haga es lo de menos. Incluso podríamos decir que la "eficiencia" consiste en alcanzar altas cotas de audiencia con la mínima inversión económica o en recursos humanos. Un buen rastreador de redes, alguien que encuentra asuntos chocantes en las redes, les resulta más rentable que alguien que escriba buenos artículos o realice buenos análisis que aburren a las audiencias.

Frente a esto, una parte del público es capaz de valorar las buenas acciones informativas, la capacidad de explicar tras entender los sucesos de nuestro complejo mundo. Podemos hablar de la complejidad de las situaciones de Reino Unido o de Italia para explicar sus crisis. La elección de otros es hablar de la "maldición de El Prado".

El problema es que en nuestras facultades tenemos cada vez más personas crecidas en este entorno de maldiciones y serpientes, de chascarrillos y extravagancias. Muchos de ellos valoran esto como la mejor opción para eso que un mundo mediocre más valora, la "popularidad".

Afortunadamente los trabajos de Fin de Grado de este año —¡gracias Yolanda, Gabriela, Damaris!— me han devuelto la esperanza sobre la existencia de personas que son capaces de sumergirse en problemas complejos de la realidad y salir a flote con buenas investigaciones periodísticas. Son esperanza de futuro, el antídoto contra las "maldiciones" y serpientes de verano, la garantía de que habrá informadores comprometidos con lo que importa.

jueves, 7 de julio de 2022

Johnson y los tiempos difíciles

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Ayer los canales internacionales de noticias tenían a sus corresponsales políticos en la puerta de la residencia del primer ministro británico, Boris Johnson. Uno tras otro nos ofrecían la fachada de la residencia mientras cambiaba la cara del comentarista (por cierto, al llegar la canal español nos encontrábamos con imágenes retrospectivas de los sanfermines).

La atención del mundo, de la BBC a Al-Jazeera, pasando por la CNN y France24 era esa fachada tras la que se discutía la necesidad de la dimisión de Johnson. Se había visto entrar a diputados y ministros, pero de allí no salía la esperada noticia de la renuncia de Johnson, de su dimisión como primer ministro.

Los titulares especulan sobre cuánto tiempo podrá aguantar así cuando se han producido cuarenta renuncias de ministros y altos cargos en un solo día como muestra de desacuerdo con lo realizado por Johnson. La lista de despropósitos es mostrada hoy, caso por caso, en RTVE.es

En la lista hay poca política y mucho desmadre. A Johnson no lo van a llevar a casa errores políticos sino una política de errores personales, de decisiones frívolas y de apoyo o de disimulo ante casos de acoso sexual por parte de diputados tories.

Boris Johnson ha sido un político espectáculo y ahora el espectáculo es bochornoso. De la descripción de las fiestas celebrada cuando nadie debería estarlo por las restricciones impuestas a la población a los escándalo por acoso sexual, pasando por el donante del papel dorado para decorar su residencia, Johnson ha tenido la capacidad automática y constante de pedir perdón, de disculparse cuando no le han funcionado las excusas por desconocimiento del hecho, su origen o alcance.

Johnson no dimite. Pese a los escándalos constantes, el no es su respuesta. Lo defiende amparándose en una supuesta épica heroica que hace que cuanto más grandes sean los obstáculos en el camino, mayor es su grandeza como primer ministro. Se le olvida el detalle, claro está, de que es su propio partido el que le está pidiendo la renuncia, que son los que él nombró los que dimiten y le piden que dimita. Pero a Johnson esta épica de la renuncia de los cargos no le sirve. Johnson se aferra al cargo, a Downing Street y a lo que haga falta.

El populismo actual se basa en la popularidad. Las dos palabras tienen las raíces en el pueblo, pero de muy distinta manera. El populismo pasa a ser una ideología que tiene el "pueblo" mitificado como raíz, mientras que la "popularidad" es un intento de acaparar la atención de ese pueblo que será quien te mantenga en un cargo electo o te aplauda en un balcón mientras ejerces el poder de forma autocrática.

Putin es populista autoritario y quiere ser popular. Johnson es populista en una democracia, pero se niega a reconocer que ahora es impopular cuando antes no lo era. Cuando a Putin le dicen que baja su popularidad, decide encarcelar o eliminar a los que dicen cosas contra él y su política, organiza un desfile militar o recibe bendiciones del Patriarca de Moscú. Con eso su popularidad sube y sigue en el poder.

Cuando a Johnson le dicen que ha bajado su popularidad, que se encuentra bajo mínimos y que va a llevar al desastre al partido tory, Johnson tira de la épica personal, reafirma la importancia de su gestión y del papel de la Gran Bretaña en el mundo. Johnson, por supuesto, no puede encarcelar o hacer desaparecer a sus críticos. Vive en un sistema democrático y está mal visto hacer esas cosas. Tampoco puede hacer uso de la estrategia española, la de decir que si la oposición te critica mucho es que lo haces muy bien, porque es su propio partido el que le está implorando que dimita, que ya no se puede aguantar tanto escándalo.

Cada día, los británicos se levantan con dos dudas, si hay algún escándalo nuevo y si Boris Johnson dimitirá. La primera es más probable que la segunda. Son dos dudas justificadas, algo ya habitual, como el que mira la sección del tiempo cada día para saber si debe coger el paraguas.  

Cada político pasa a la historia por algo. Eso puede ser positivo o negativo. A veces políticos que hacen buenas cosas pasan a la historia recordados por una tontería. En el caso de Johnson será literalmente una tontería detrás de otra, una acumulación de estupideces, que es lo que menos se perdona. Los analistas e historiadores se dedican a pormenorizan las causas que llevaron a la pérdida de una guerra o al triunfo de unas elecciones. Pero las estupideces las entiende todo el mundo y no necesitan de analistas ni expertos para ser entendidas y ser traducidas a la lengua del pueblo, al chascarrillo, el chiste, la caricatura. Y a eso solo sobrevive Donald Trump, imposible de superar por cualquier intento de caricatura, como dijimos en algún momento de su "reinado/mandato".

Una forma de medir el nivel democrático de un país es precisamente saber dónde se encuentra el límite de su tolerancia ante excesos y errores se sus políticos. Todos los indicadores, tanto del electorado como de su propio partido y, por descontado, la oposición, muestran que quieren que Johnson dimita. Él no lo hace invocando esos grandes principios antes señalados. Los indicadores son claros, pero Johnson los ignora. Él los llama "tiempos difíciles". Habrá algún Dickens que los describa.

martes, 7 de junio de 2022

Boris Johnson y la moción de confianza

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Si hay un ejemplo de político que dilapida los votos que le llevaron a la presidencia del gobierno de un país es el británico Boris Johnson. De los males con los que podemos dibujar el perfil del dilapidador político, Johnson los posee todos con enorme claridad.

Johnson es un político nacido de la negación, es decir, asciende con las desgracias ajenas convirtiéndose en azote antes que en superador de problemas. Esto forma parte del perfil ascendente en la política. El aspirante al poder es capaz de hundir a su adversario con sus ataques, pero, una vez llegado al poder, el panorama cambia. El modelo del político ingenioso se muestra incapaz de resolver los problemas del gobierno del país, es incapaz de mantener un discurso constructivo y solo se le dan bien las palabras de ataque. Con la llegada al poder le desaparecen sus aceradas críticas a los problemas y todo es logro incomprendido.

Johnson es el ejemplo más claro de un modelo político basado en comunicación y resistencia. La cuestión es que desde hace tiempo ya no se enfrenta a los laboristas sino a su propio partido.

Los noticiarios televisivos de ayer por la noche intentaban mantener sus conexiones para dar la noticia sobre la votación para saber si el propio partido conservador le retiraba a Johnson el liderazgo y le forzaba a dimitir. Finalmente nos llegaban las noticias. En RTVE.es se nos cuenta lo ocurrido —una votación de 211 a su favor frente a los 148 diputados en su contra— y las reacciones de Johnson: 

Tras la votación, Boris Johnson se ha mostrado satisfecho con el resultado obtenido. "Creo que es un buen resultado", ha dicho el líder de los conservadores, que ha calificado la votación de los 'tories' de "convincente" y "decisiva", y ha querido agradecer el apoyo recibido por sus colegas de partido. 

El primer ministro británico se ha mostrado dispuesto a "centrarse en lo que es importante" y ha mencionado que este resultado les permite "dejar atrás eso en lo que los medios se han centrado". 

"Lo que debemos hacer ahora es unirnos, como gobierno y como partido", ha dicho Johnson. "Ahora podemos centrarnos en lo que estamos haciendo para ayudar a la gente de este país", ha añadido.

Asimismo, al ser preguntado por unas posibles elecciones anticipadas, el primer ministro ha dicho no estar "interesado" en ello. Johnson ha asegurado que su victoria es "convincente" y que su plan es continuar al frente del Ejecutivo. * 

El discurso es característico del que niega la realidad a la que Johnson se está enfrentando desde que comenzó su mandato, error tras error. El primer ministro británico presenta como una "gran victoria" lo que es una enorme derrota. Ha sido siempre la estrategia de Johnson frente a la dificultades, negarlo todo y darle la vuelta. Los medios recuerdan que Theresa May, con un margen más amplio, acabó saliendo de la residencia de Downing Street poco después de la moción que llevó a Johnson al poder. Pero eso no parece afectarle porque la victoria por un solo voto habría sido recibida como "grandiosa".

Johnson no ha "ganado" nada; ahora tiene una doble oposición, los laboristas, por un lado, y su propio partido por otro. En el sistema británico los partidos son importantes, pero los candidatos mantienen un cara a cara con sus electores. Estos no se van a jugar el puesto ante los votantes defendiendo la gestión de un Boris Johnson que atrae elementos negativos en su propio partido y, con ello, el rechazo del electorado.

Ninguna de las afirmaciones de Johnson en los párrafos citados responde a la realidad de lo ocurrido o de lo que pasará. No hay nada cerrado, sino todo lo contrario. Pero es la respuesta de Johnson a los problemas: negarlos. Cantar como una victoria lo que es la vergüenza que sea tu propio partido el que te someta a una moción es excesivo y le pasará nueva factura por parte de los que no le han votado, confirmando que se trata de una persona que no solo no entiende (o no quiere entender) los mensajes, sino que les quiere dar la vuelta. Pero no hay muchas vueltas que dar a lo que los británicos ven. Y ven hipocresía, inmadurez y un deseo de poder contra viento y marea.

Que no "le interesen" la cuestión de unas "elecciones anticipadas", como señala, es otro golpe de la estrategia del calamar practicada por el primer ministro británico. Esta estrategia la sigue manteniendo bajo cualquier circunstancia. No recuerdo un dirigente británico en el poder que haya tenido que recurrir tanto a la negación como Johnson. Las extravagancias graciosas se convirtieron pronto en máscaras para los problemas que no lograban engañar a nadie.

Los dos grandes problemas de Johnson han sido su desastrosa gestión de la pandemia, que todavía padecemos, y la cuestión del Brexit, del que ha sido ferviente defensor, y que no ha tenido los efectos esperados sobre la economía británica, sino más bien los contrarios, acentuados por la pandemia, que ha tenido efecto sobre todas las situaciones, especialmente las económicas.

Las payasadas de Johnson han pasado a ejercer un papel diferente al inicial. Lo que se vía como desparpajo e informalidad frente a la estirada Theresa May pronto se dio la vuelta conforme la realidad se hacía más evidente: Johnson no deba la talla ante los problemas reales y sus decisiones traían nuevos problemas.

La imagen de un Johnson incumpliendo sus normas —además de los incumplimientos de algunos ministros— ha sido cada vez más precisa. Una de las fotografías nos lo muestra elevando un bote de bebida junto a los participantes en las supuestas reuniones de trabajo que han dado lugar al conocido como "partygate". Pese a sus errores, Johnson no es juzgado por ellos, sino por haberse burlado del pueblo británico poniendo cara de gravedad ante las cámaras mientras que su comportamiento era otro en el interior de su residencia. El privilegio de reírse, de poder celebrar fiestas frecuentemente en la residencia oficial, se le ha acabado.

El pueblo británico y su propio partido han visto ese privilegio del gobernante llevado a extremos cuando se les exigía a los ciudadanos lo contrario. Cuando la gente estaba confinada y con sus familias lejos, los ministros de Johnson eran sorprendidos en viajes. La normas no iban con ellos. Tampoco iban con Johnson, incapaz de cumplir las mismas normas que exigía.

El efecto de esto es mucho más destructivo de lo que el propio Johnson quiere admitir. No quiere oír hablar de elecciones anticipadas —dice que el resultado de la votación ha sido "muy bueno"—  pero veremos si no se ve obligado a ellas cuando los que ahora le apoyan comiencen a darse cuenta de que es un lastre que les quitara argumentos y votos. La conducta de Boris Johnson es un hecho que no podrán rebatir ante sus electores distrito a distrito.

El modelo Johnson tiene otros nombres, pero él es el más descarado de todos los políticos que lo practican. Johnson se agarra al poder con uñas y dientes a la espera de un golpe de suerte que le suba las encuestas. El tiempo que pueda mantenerse así no será mucho. Él seguirá confiando en sus discursos de negación de los hechos o relativizando su importancia. Cree que con disculparse ya ha hecho bastante, lo que equivale a un insulto más a los que se sacrificaron en la pandemia. Cada nueva foto aparecida es un insulto a la opinión pública británica, al electorado en su conjunto y, sobre todo, carece de cualquier tipo de defensa posible. Es injustificable. La cuestión ahora es cómo lo "justifican" esos 211 diputados británicos que le han respaldado con su voto de confianza. 

* "Boris Johnson salva la moción de confianza por el 'partygate' y seguirá al frente de un Partido Conservador muy dividido" RTVE.es 6/06/2022  https://www.rtve.es/noticias/20220606/boris-johnson-gana-mocion-confianzatories/2366602.shtml

martes, 1 de febrero de 2022

Más que travieso

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

A veces la Historia te da la oportunidad de decidir con qué pie entras en ella. En el caso de Boris Johnson, la Historia le ofrece elegir en su salida. Pero Johnson es reacio a usar cualquiera de ambas extremidades, más para mal que para bien. Imitando a su amigo Donald Trump, se resiste y se resiste a salir del 10 de Downing Street, lo que forzará a la Historia, trasformada en electorado, en usar sus propias piernas para propinar una exquisita patada en el trasero de Boris lanzándolo a la zona ridícula del recuerdo.

Sí, lo de Boris Johnson está cantado para todos menos para él. Todas las buenas formas que aprendió en su elegante infancia de niño rico, de poco le sirven cuando pide disculpas en el Parlamento a no se sabe quién.

Los titulares de la prensa británica que nos enseñan las televisiones hablan de históricas caídas de la popularidad. En términos políticos, "popularidad" se debe entender como "negativo", porque lo que ocurre es que está en boca de todos. Recordemos ese vídeo viral de la niña británica abriendo asombrada sus ojos diciendo que el primero ministro hizo fiestas durante el confinamiento" que puede representar el estado de la actual opinión pública. Lo malo de la situación de Boris Johnson es que la única defensa que le queda es la estupidez, es decir, usar como excusa principal que "no sabía" o "había entendido mal" sus propias normas. El todavía primer ministro alterna sus "logros" con el desconocimiento, en una especie de Jeckyll y Hyde en donde el primero habría hecho "cosas buenas", como el Brexit o la gestión de la pandemia, y solo una equivocación involuntaria, las decenas de fiestas, que él pensaba que eran de trabajo —y luego no lo eran— y cuya imposibilidad de realizarse desconocía —pese a ser su gobierno que dictaba las normas—.


La Vanguardia publica un irónico artículo firmado por Rafael Ramos desde Londres. En su comienzo señala: 

En ese lenguaje griego clásico que Boris Johnson aprendió en Eton y Oxford y utiliza para deslumbrar a los admiradores e intimidar a los enemigos, ayer, tras la publicación de una versión de bolsillo del informe de Sue Gray sobre las fiestas en Downing Street, hubo en Westminster mucho pathos (empleo de recursos para emocionar al espectador) y mucho hubris (ego desmesurado, omnipotencia) y nada de catarsis (purificación, transformación interior).

Una versión tan de bolsillo del informe, tan editada y censurada a instancias de Scotland Yard y para alivio de Johnson, que las quinientas páginas han quedado reducidas a doce, no aparece ningún nombre y las trescientas fotografías y centenares de correos electrónicos brillan por su ausencia, tachados en negro, como en los documentos top secret de los servicios de inteligencia para preservar la identidad de los informantes y agentes secretos.*

 El artículo describe la pésima situación de Johnson colocando en los párrafos siguientes diversos términos griegos que le sirven a su autor para mantener una crítica de fondo mostrando lo que Johnson ha sido, un niño rico educado para la gloria y la diversión, pensando en que las normas del pueblo no iban con él, miembro de esa clase superior británica, como son los que pasan por esas instituciones reservadas a los privilegiados.

La cuestión que se debate con Johnson es precisamente la de los interiores de la política, su autenticidad, y la relación que las autoridades mantienen con los ciudadanos. La revelación de estar en manos de un hipócrita, de un primer ministro que dirige un grupo de personas que se consideran por encima del bien y del mal, incumpliendo las normas que ellos dictan, es dura para un país. Le hubieran perdonado antes un desfalco.

Recordemos que el mandato de Johnson ha estado salpicado de este tipo de incidentes. Han sido casos en los que miembros del gobierno o de su equipo han incumplido las normas que exigían a los demás (desplazamientos, reuniones, etc.).

El retrato que sale de Johnson, tras estos casos, se debe buscar en esa educación planificada por parte iguales para el poder y para la superioridad. Rafael Ramos habla en su artículo de "niño consentido", algo que describe bien la percepción que se tiene de Johnson. Él había cultivado la imagen de travieso, pero las travesuras, esta vez, han excedido lo que se espera de un primer ministro. Y es ahí donde radica el problema, en la incapacidad del propio Johnson de asumir lo que es ser "primer ministro", no querer dejar de ser Boris.

Su "defensa" es inútil porque no era más que su obligación ante la ciudadanía hacerlo lo mejor posible, como cualquier otro dirigente. Precisamente por lo estúpido de lo realizado—en términos deportivos, un "error no forzado"—, el caso muestra que Johnson no estaba a la altura del cargo, no ha acabado de entenderlo.

Las encuestas dicen hoy que perdería por ocho puntos. Es cuestión de tiempo que los que todavía le apoyan dejen de hacerlo. 


* Rafael Ramos "El informe sobre las fiestas condena la falta de liderazgo y el juicio de Johnson" La Vanguardia 1/02/2022 https://www.lavanguardia.com/internacional/20220201/8025015/informe-sobre-fiestas-condena-falta-liderazgo-juicio-johnson.html

jueves, 20 de enero de 2022

Boris, Boris...

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)

Dicen que hubo un presidente en Latinoamérica al que sacaron en volandas del palacio presidencial agarrado a los brazos de su sillón. Puede que Boris Johnson monte su particular El Álamo en el 10 de Downing Streets y tengan que ponerle cerco hasta que se rinda o tenga que ser tomado al asalto.

Este dolor del cargo es un rasgo que comparte con su amigo Donald Trump, con el que creó un frente común en detrimento de Europa. A Trump le sacaron los votos y los consejos de la mayoría de sus asesores, familia y amigos, que no sabían cómo acabar de convencerle para que aceptara que había perdido las elecciones. Pero Trump se despidió a lo general MacArthur en términos históricos y a lo Terminator en ficcionales: ¡volveré!

No está tan claro que el despeinado Boris pueda hacer lo mismo pues ha fallado allí donde a nadie perdonan. Uno se puede equivocar en muchas decisiones, en muchos momentos históricos, que lo de Boris es algo más, una burla a la gente de toda idea, es decir, sin un solo defensor posible. Como le han dicho en la oposición, "¡no sea ridículo!, ¡no diga que, pasando por encima de botellas de vino y platos con sándwiches, creía que estaba en una reunión de trabajo!" Y es que es eso lo que Boris tiene como defensa ante el mundo.


Ese vídeo viral de una niña explicando que el "prime minister" estaba de fiesta durante el "lockdown" que nos ofrecen las televisiones lo dicen todo. Lo que Boris trata de explicar, la niña lo reduce a una verdad más allá de la cual nada existe: el primer ministro se fue de fiesta durante el confinamiento. Todo lo demás es mundo alternativo, deseo, alucinación, trumpismo de segunda.

La verdad es que Boris lo ha intentado todo, de la carantoña a la disculpa masiva, pero no le ha funcionado nada. Sus propios diputados están ya conspirando abiertamente para evitar que les arrastre hacia la nada, hacia la zona oscura. Boris ha pedido perdón a la Reina, al país, a cada ciudadano; si es necesario, les visitará de casa en casa, tomará té con ellos y les pedirá disculpas. Pero es mucho tiempo el necesario y poco el disponible. Ya se le ha pasado públicamente a la oposición alguno de sus diputados, el signo máximo de rechazo en la política británica, rica en gestos.

Lo que Boris pide es demasiado, las cosas como son. La imágenes de la Reina aislada ante el féretro de su marido, lejos de la familia, respetando las distancias, chocan con las del juerguista Boris y sus dinámicos asesores en 10 de Downing Street convertido en poco más o menos que Las Vegas del país.

A Boris le hubieran perdonado amantes, cleptomanías, deslices a micro abierto..., pero no que pidiera a los británicos sacrificios mientras se reía de ellos, que nadie pudiera reunirse mientras que de la residencia del primer ministro salían cientos de mensajes convocando a fiestas a las que había que llevar la botella. ¡La edad del pavo se paga! Y Boris, de tanto jugar al adolescente, se le ha ido la manó con el acné político.


Una vez que haya hecho las maletas, no parece ser un político capaz de aglutinar a muchos, especialmente porque va a salir con la marca de un zapato conservador en el trasero. Mencionaban hace unos días que el sistema británico se caracteriza por la falta de miramientos con sus propios líderes, que suelen salir con las espaldas llenas de puñales con los colores de su propio partido. 

Los políticos británicos son muy conscientes de sus electores y menos de los mecanismos de partido, como ocurre en España. Saben que cuando ocurre algo grave, como esto, se les llenan los buzones de correo y de voz de opiniones y amenazas de sus votantes avisándoles sobre lo que creen que debe hacer y mucho me temo que todos opinen como la niñita de ojos grandes y cejas levantadas, "¡el primer ministro se fue de fiesta durante el confinamiento, durante el confinamiento!", que lleva camino de convertirse en cancioncita infantil o eslogan de marcha callejera.

Como a los niños, las mentiras de Boris han quedado al descubierto en cada excusa con la que trataba de salir del problema. De esta forma, no solo se ha complicado la vida con las fiestas e incumplimientos sino también con las mentiras defensivas que levanto y que cayeron pronto.

La opinión es general: ha comenzado la cuenta atrás para Boris. 


sábado, 15 de enero de 2022

El ciudadano Andrés y el juerguista Boris

 Joaquín Mª Aguirre (UCM)


¡La que está cayendo en el Reino Unido! Lo que pueda "caer" en un país como Reino Unido se puede dividir en dos tipos que se deben  diferenciar con claridad: lo que les cae a todos, como el Brexit, fruto de sus decisiones encadenadas y sus expectativas de futuro, sometida a riesgo; y, por otro lado, lo que se suelen llamar "tormentas políticas" cuyo rayos caen, en este caso, sobre el (¿ex?) príncipe Andrés por libertino y sobre Boris Johnson y su capillita por juerguistas incontrolables, poco dados a compartir el dolor de Su Majestad en momento difíciles.

Lo del ciudadano Andrés ha sido un mazazo para un año especialmente difícil de la Reina, que enviudó y vio como uno de sus nietos les hacía una despedida a la francesa renunciado al boato oficial, casándose con quien le dio la gana y marchándose a la ex colonia a vivir del presente, los libros, programas y exclusivas, todo un futuro por delante.

No deja de ser motivo de reflexión cómo las personas que lo tienen todo, como los miembros de la realeza inglesa, que podrían pasarse la vida posando para las portadas de las revistas y saludando con la mano desde coches, escaleras y ventanillas de avión y entradas y salidas de los acontecimientos, etc. se complican ellos mismos la vida. El gusto por lo prohibido, el placer de lo pecaminoso, etc. suele ser un poderoso atractivo para los que reciben el poder y no saben hacer con él nada constructivo. La Reina ha sido fulminante y no le ha temblado la mano al darse cuenta que el hecho de que Andrés quedar cubierto por "la póliza" no deja de hacerle culpable. Andrés se ha hundido él solo, primero cometiendo el delito y después reconociendo el hecho indirectamente sus abogados, que pueden salvarle de la cárcel con una indemnización, pero no salvarle de la ira de la Reina ni del desprecio de sus "súbditos".

A Andrés le han sido retirados los honores militares. Lo cierto es que esos "honores" eran por haber pilotado un helicóptero durante la "gloriosa guerra de las Malvinas", uno de esos acontecimientos que se saltarán en los programas de historia militar británica para avanzar en el programa. Lo cierto es que parece que en su vida, digna de ser descrita por autores como James o mejor Waugh, lo más interesante le debe haber pasado en la zona peligrosa e ilícita que finalmente le saltó a la cara.


En esta tesitura, Boris Johnson, el todavía primer ministro, ha pedido disculpas a la Reina. Lo ha tenido que hacer unas veces a la Reina y otras a los británicos en su conjunto. El 10  de Downing Street convertido en un Shangri-La, exclusivo y juerguista, se merece la atención de los comediantes británicos, incluidos los de tipo Spitting Image si es que todavía se hacen, dado que con políticos como Trump o Johnson es difícil establecer las diferencias entre la realidad y su parodia.

La cuestión está en que falta muy poquito para que las inmisericordes tropas parlamentarias conservadoras arrojen a Johnson por la ventana para evitar ser arrastrados por su aburrida impopularidad creciente. Johnson ya ha tenido su poquito de locura como primer ministro y es hora que deje que los británicos aspiren a un dirigente tremendamente aburrido, como lo fue Theresa May, a la que Johnson apuñaló por la espalda. Quizá hay que ir pensando en esta alternancia en el poder no como bipartidista sino chistoso-serio. Cuando la gente se acaba del chiste de unos se pueda tener un recambio serio que permita seguir la vida política hasta que aparezca el siguiente chistoso. La política cambia y los políticos con ella. ¿O son ellos los que cambian la política? Probablemente ambas cosas, a veces los bueyes se dedican a empujar el carro.

Los problemas de Reino Unido son grandes y, sin embargo, las primeras páginas están dedicadas a la realeza y al gobierno más que a los problemas reales de la gente, que necesitarían mayor atención y dedicación. ¿Crisis? Evidentemente, pero dos crisis causadas por la estupidez de ambos.


Dicen que lo de Johnson es debido a una "venganza" de alguno de sus antiguos colaboradores, que filtró informaciones. Eso no le quita nada y confirma que quienes llegan a la política tienen principios o cosas que se les parecen muy diversos.

Lo del ciudadano Andrés lo ha solucionado la Reina de un plumazo; lo de Boris tiene otro tipo de consecuencias. Puede que Boris caiga, pero la duda está en qué más arrastrará en su caída escandalosa. No ha sido él solo, es cierto, pero ha sido su equipo y en su casa, lo que le hace no solo responsable sino le presenta como un idiota cada vez que dice que no "sabía" o que había creído que era una "reunión de trabajo" a la que se le pedía a todo el mundo que "llevara su propia botella", algo que, aunque fuera por seguridad, suena fatal.

Lo que los británicos no necesitan ahora es una imagen de la clase política insolidaria, distante, privilegiada, que es lo que han mostrado con su comportamiento. Lo de Andrés ha quedado en manos de la Reina, como jefa de la casa real, y ha sido contundente. La Reina es reina antes que madre, que es lo que significa tener que borrar de un plumazo al hijo que hace daño a la familia. Johnson, por su parte, ha insultado a la Reina con su comportamiento, con sus juergas en periodo de confinamiento de duelo oficial en palacio y en la sociedad. Puede que Boris y los suyos no lo estuvieran, pero debían aparentarlo y respetarlo porque iba con su sueldo. La Reina lleva por dentro sus opiniones en este caso, pero los demás políticos y el pueblo mismo exhiben su indignación ante lo que consideran una falta de respeto a la corona y al pueblo.

Ahora nos alimentamos con eso que llaman "índices de popularidad", los de Johnson ya estaban por los suelos y ahora habrá que rastrearlos con satélites.

Más allá de lo anecdótico de estas historias está lo que señalábamos hace unos días: la idea de impunidad de los poderosos. Unos lo tienen por nacimiento, otros lo consiguen buscando el respaldo popular. Pero lo importante es lo que se hace con él, su uso más que su abuso. Si Boris tiene que dimitir, las líneas en los libros de historia están claras; lo de Andrés es más sencillo, pasara como un borrón que fue eliminado de la página.

Los británicos tienen la compensación de la fuerza de la Reina, que llevará la irritada procesión por dentro. Ha mandado un mensaje contundente —la prensa habla de "humillación"— para evitar el deterioro de la institución. Pero cuando la Reina falte... A Boris los suyos le han mandado también mensajes contundentes, "¡lideras o te vas!", que es un mensaje tardío para la situación actual.