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domingo, 3 de junio de 2018

La aritmética política


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
La nueva forma de entender el mundo de la acción política no busca ya soluciones a los problemas sino nuevos problemas más manejables o que confieran alguna ventaja. Eso es lo que parece desprenderse de la lectura rápida de lo ocurrido en España estos días.
Todo lo hecho ha sido constitucional, dice todos. Pero eso no significa que sea bueno per se o funcione. Estamos en un estado de derecho y las cosas se pueden hacer de muchas formas. Esta es una de ellas. Nada más. Cada cual tendrá sus perspectivas y valoraciones, pero el estado funciona y sus instituciones también.
Rescatábamos hace unos días la idea de Hanah Arendt sobre la política como arte de conseguir el poder diferenciándola del de vivir en común, que era la original, nos decía. Bien, pues los que querían el poder ya lo tienen y los que lo tenían no. Lo que ocurra ahora está abierto a todo lo posible, sin que eso signifique que sea mejor necesariamente. Como señalamos, es una vía atípica que implica que han fallado las normales. Y la democracia es sobre todo la búsqueda de un estado de normalidad como forma de vida.
La posibilidad de una moción de censura estaba presente desde el día siguiente a las elecciones generales. La aritmética manda y cada uno tiene lo que tiene. Da la impresión que se esperaba la ocasión para justificarla ante el pueblo soberano. Curiosamente no ha sido la situación del 155 en Cataluña y el previsible contagio al País Vasco; lo que la ha producido sino el "viejo caso Gürtel", al menos en apariencia.

Hay muchas cosas sorprendentes en esta moción, la primera que prospera en la España democrática. La primera de ellas es el tratamiento mediático: todos apuntan a que Pedro Sánchez es una especie de víctima de las circunstancias, que no quería realmente, pero... Es en los peros en donde comienzan las interpretaciones. Para unos, la presión de Podemos con la amenaza de presentar otra moción y dejar a los socialistas en la tesitura de apoyarla o no, ha sido decisivo. Para otros ha sido el cálculo de rentabilizar los errores del gobierno lo que ha lanzado a Ciudadanos a dejar caer a Rajoy y sacar al Partido Popular del poder. Para otros, la moción ha sido la forma de quitar a Rajoy del medio por parte de los nacionalistas, dejando fuera a los más reticentes a hablar con ellos. Hay interpretaciones para todos los gustos y no tienen porqué ser incompatibles.
Hay quienes dicen que Rajoy podía haberlo parado de dos formas: convocando elecciones antes de que se presentara la moción (con muy malos sondeos) o simplemente dimitiendo, lo que le dejaría en una posición insostenible en la Historia: el primer presidente que cesa en la democracia española por un escándalo de corrupción, una especie de Nixon a la española, poco más o menos. Es comprensible que Rajoy prefiera pasar a la Historia como el presidente al que tumbaron entre todos que como un villano. El elogio que le ha dedicado Angela Merkel es suficiente en estos momentos.


La moción de censura abre una serie de interrogantes. El primero es moral. Afecta al comportamiento y responsabilidad de los partidos al mantener una política errónea sobre la corrupción y su propia financiación, un modelo que se debe erradicar de la vida española de una vez por el bien de todos. Los partidos —todos— deberían empezar a solucionar ese efecto llamada a los sinvergüenzas y delincuentes. Podemos creer que a) todos los políticos son delincuentes, b) que la gente es honrada hasta que llega a los partidos y se pervierte o c) que la mala organización de los partidos atrae a este tipo de individuos que acaban tejiendo sus redes clientelares. Las dos últimas explicaciones piden soluciones a los partidos a un problema que convierte la política en un rifirrafe continuo que crispa a la sociedad, la divide y convierte las alianzas políticas en motivo de estigmatización. Son los temores al populismo callejero y de redes sociales, que piden sangre, los que eliminan cualquier viso de acuerdo sobre grandes temas.
Los ciudadanos tienen que tener claro que esto no es un mero asalto al poder, sino la ocasión de producir una purga en los partidos para poder liberarse de los males crecidos en estos años. La moción debería suponer un cambio en las mentalidades, una rectificación del camino. Todos queremos partidos limpios, actitudes claras, condenas reales y no palabrería, tarde y mal.
Los que ven la moción como una forma de acceso al poder hacen un flaco servicio a la democracia. Lo ocurrido en Italia es una muestra de lo que no debe ocurrir en España. No se pueden producir acuerdos contra natura porque es anteponer el poder de los políticos a los deseos de los ciudadanos. No es solo aritmética, son principios básicos para gestionar lo que es del pueblo y que los políticos y sus partidos solo gestionan. Los partidos tienen que cambiar. Eso es una exigencia común y constante
Una moción de censura de estas características necesita de una reflexión sobre los costes presentes y futuros. Presentes porque ya ha divido a la sociedad y futuros para evitar que se repita este proceso, que solo debilita la confianza en la clase política y arrastra hacia los radicalismos que son una amenaza por todas Europa.

Es esa clase la que ha creado el máximo problema de este país. Lo ha hecho para tapar su propia ineficacia en resolver el gran problema nacional: el destino de la próxima generación, la que ha padecido la crisis económica y ha sido sacrificada proletarizándola. Toda energía que no vaya en esa dirección por parte de todos será una forma de entender la política que nadie considerará adecuada.
Las maneras políticas son otra cuestión. Llevamos años señalándolo: la entrada de una forma de hacer política efectista, de cara a la galería, peleona, insultante y estigmatizadora no es la solución a nuestros problemas comunes. Se empeñan en que no convivamos. Puede que sea la que guste a los que están deseando salir a la calle. Pero no es allí donde se hace la política en una democracia real, sino en las instituciones precisamente para evitar el enfrentamiento.
La política, los partidos, deben hacer serio examen de conciencia. Los medios, en cambio, hablan ya de las luchas intestinas para acceder al poder. A la historia  le gustan mucho las ironías y puede que se produzcan algunas pronto.
Ver una moción de censura como una victoria de unos sobre otros, ya lo dijimos el otro día, es un catastrófico error, solo posible en irresponsables. Es un fracaso colectivo que implica a todos los partidos por su incapacidad de encontrar soluciones a los problemas que la sociedad les demanda. Los problemas no están para aprovecharlos, sino para remediarlos y eso les compete a todos.
Cuando algunos han considerado el gobierno de Pedro Sánchez inviable han tenido en cuenta que la moción que ha facilitado acceso al gobierno no puede ser un acuerdo de futuro, sino solo una destrucción del presente. No es posible mantener con acuerdos a los grupos que sí se han puesto de acuerdo, aunque por motivos diferentes, para sacar al Partido Popular. En ese sentido, no ha habido un programa real, que es la base de la moción constructiva, como han resaltado los medios.
En los próximos días y meses veremos cómo se escenifica esta nueva situación. Lo que sí está previsto es que el gobierno de Sánchez tiene las manos más atadas que el de Rajoy y que nadie va a hipotecar su futuro por él. Sobre el papel, la aritmética funciona, pero la aritmética política tiene muchas reglas no dichas o efímeras. Los cálculos que cada uno haya hecho tendrán que comprobarse en la realidad.



viernes, 1 de junio de 2018

La puerta chica


Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Se están escenificando en estos momentos los últimos actos previos a la votación de la moción de censura contra el gobierno del Partido Popular. No es una sorpresa, sino el fin previsto a una mala gestión de una línea que se tenía que haber resuelto hace mucho tiempo para evitar llegar a esta situación. Una moción de censura no es algo que se limite a mero juego parlamentario, no es una simple ejecución de una aritmética. Es mucho más.
Se da en un espacio, el parlamentario, pero también en un tiempo, el momento histórico en el que se presenta. El gobierno y su cabeza han incurrido en una serie de errores garrafales desde hace años, desde que la corrupción saltó al escenario de las principales preocupaciones ciudadanas. Desde hace años repetimos que la incapacidad de encontrar una solución política a lo que era un caso político en todos los ámbitos tenía unos efectos perniciosos sobre la vida política haciéndola girar sobre el entrecruzamiento con otras líneas más complejas.
Mientras haya mayorías absolutas, se viven periodos de tranquilidad en los banquillos de autonomías o en los del parlamento nacional. Actúan como defensa frente a los reproches. En el caso de la debilidad por el reparto de votos en las elecciones últimas, solo era cuestión de tiempo.
La lógica es implacable: si no se resuelven los problemas, se pierden votos; si se pierden votos, los problemas te devoran. No es otra cosa lo que le ha pasado a un ciego Partido Popular. La ceguera es un terrible mal político. Lleva a estrategias erróneas, a escoger mal el remedio para los problemas, que se acumulan.
Y el remedio del Partido Popular, aquella estrategia, del "cómo van a votar juntos X y Z" o de "cómo le van perdonar sus votantes que se apoye en Z" ha dejado de funcionar. Hoy han votado sin pudor o sin escrúpulos los que pareciera que no lo harían juntos nunca.


Eso es lo que abre la segunda parte de la cuestión: los costes o resultados de todo esto. Para el partido que sale del gobierno por la puerta infame de la censura, ningún momento es bueno. Pero eso no significa que esto no tenga costes para todos. Una moción de censura puede llevarte al poder, pero no significa más que un fracaso del sistema en su conjunto. Por más que sea constitucional es una forma que implica la incapacidad de resolver una crisis.
La unión de los votos necesarios plantea a muchos las hipotecas de futuro ante una situación del país sometida al desafío secesionista entre otros retos. Si la estrategia señalada anteriormente, "cómo va a votar juntos", ha fallado al Partido Popular, muchos se preguntan por lo solícito del nacionalismo para aportar su granito de arena a la caída de Mariano Rajoy.


Es interesante ver en los diarios de hoy cierta coincidencia en ver esta moción de censura como un desastre inoportuno y fatalista. Inoportuno porque crea de desunión en un momento de necesidad de unidad y fatalista porque Mariano Rajoy se lo ha ganado a pulso arrastrando hacia los que ya no podían dejar pasar ni la ocasión ni el compromiso.
Es difícil encontrar otro político como Mariano Rajoy, al que aquí hemos calificado como "tautológico". La situación se agravaba con una primera línea de defensa que nunca ha buscado construir sino destruir los ataques a la inacción tautológica de su presidente. Eso dejó de funcionar cuando se puso la sentencia sobre la mesa y el momento en que hablaron los jueces dejó absurdas las excusas.
Las críticas desde fuera del parlamento no van solo a un presidente ausente de la sala en la que se está hablando de su futuro y del futuro del país y, de hecho, del futuro el partido que preside. Van a todos, a cada uno en su papel.
Los dos grandes partidos de la transición española son víctimas de la ceguera, no han entendido que la pérdida de sus votos, que el surgimiento de grupos políticos a su sombra que les desbordaban, se producía por su incapacidad de resolver sus problemas sin que tuvieran que intervenir los jueces. La lentitud de los casos, la aparición de "nuevos viejos casos" (la detención de Zaplana), etc. han convertido el acto de gobernar en un calvario y el de ser oposición en un combate de artes marciales.
Poca política queda... o quizá toda, ya que no es fácil considerar política lo que llevamos un tiempo viendo. No se puede estar mucho tiempo tirando del hilo se que se rompa. Y se ha roto.
Leer y escuchar a los comentaristas sobre lo que se está escenificando es interesante y no dejan de sorprender la contundencia de los reproches a unos y a otros. Escribe Javier Ayuso en El País:

Los socialistas han recuperado en apenas diez días todo lo que habían perdido en los últimos años: han retomado la iniciativa para manejar la agenda política en nuestro país. Ha sido una buena operación de Pedro Sánchez cuando las encuestas le situaban en una clara posición de debilidad. Un movimiento muy positivo, no solo para el PSOE, sino para los intereses generales de los españoles que han visto cómo se pone fin a un gobierno manchado por la corrupción.
Hasta ahí, todo bien. Sin embargo, no está tan claro que un gobierno débil sometido a los vaivenes de unos socios peligrosos (Podemos, ERC, PdCat, PNV, Bildu...), vaya a contribuir a estabilizar o regenerar nada. ¿No hubiera sido mejor negociar una fecha para convocar elecciones generales, más pronto que tarde, para que sean los españoles los que decidan quién quiere que lidere el proceso de estabilización y regeneración institucional?
Llevamos dos años empantanados en una legislatura que no ha sido capaz de sacar adelante leyes (salvo los presupuestos, salvados a golpe de talonario), ni solucionar los graves problemas que tiene España; sobre todo, el de Cataluña, cuya gestión ha sido nefasta. Es la hora de que voten los ciudadanos y sienten las bases de un nuevo gobierno capaz de hacer esa política de diálogo y de consenso que anunció ayer Sánchez.
El problema es que todos los partidos, sin excepción, están poniendo sus intereses particulares por encima de los generales. Y tan poco deseable es mantener un gobierno sin credibilidad ni legitimidad como el del PP, como prolongar por mucho tiempo un ejecutivo débil que solo pueda navegar al pairo queriendo contentar a todos los socios que le han permitido llegar a La Moncloa. Pedro Sánchez tiene ante sí la enorme responsabilidad de hacer compatibles sus intereses partidistas con los de los españoles.*


El gobierno de Sánchez se percibe como un despropósito por la heterogeneidad y lo efímero de sus apoyos ante cualquier decisión. En realidad no es una moción por el caso Gürtel, sino la ocasión del nacionalismo y los populistas de desprenderse del Partido Popular. Como tendrá ocasión de comprobar pronto Sánchez no tienen nada que celebrar. El acuerdo es válido para destruir, por razones diferentes, pero de imposible coincidencia de futuro, salvo que Sánchez enloquezca o los nacionalistas y populistas vayan a Lourdes. El objetivo pues —determinado por la aritmética— no es construir sino destruir, acabar con una situación que ha sido imposible sostener. La responsabilidad es de Mariano Rajoy, sin duda.
No se puede separar el partido del gobierno ni el pasado del presente. No se puede. Eso todo el mundo lo tiene claro y se ha traducido en la pérdida de apoyos en las urnas.
Mientras el sistema casi bipartidista funcionó, los votantes estaban obligados a tragarse muchos sapos de sus partidos. La separación clara de dos opciones ideológicas (más los nacionalistas de distinto pelaje) impedía que se perdieran muchos votos. Era el sí o sí porque el cambio ideológico no era posible so pena de una esquizofrenia electoral. Eso ha cambiado con la aparición de alternativas. Es ya posible penalizar a unos votando a otros sin alejarse demasiado de la ideología general del votante. El Partido Popular ha sido castigado —como lo fue el PSOE por Podemos— por los votos a Ciudadanos. Las nuevas formaciones han surgido del descontento, han crecido con la frustración de los "viejos partidos". Es lo que ocurre cuando no se resuelven los problemas acumulados ni se saca la basura de la alfombra.
Los únicos que van a celebrar esta moción son aquellos que ven en un gobierno estable el freno a sus pretensiones, los secesionistas y los presuntos antisistema. No deja de ser sorprendente que lo primero que ha pedido Sánchez sea "lealtad" al Partido Popular y a Ciudadanos. Pero es otra línea del guión improvisado de esta comedia llena de gags trágicos.
Rafael Latorre escribe en El Mundo:

El drama del candidato Sánchez está escrito en la Constitución. La moción de censura tiene un carácter constructivo, como repetían los tertulianos en la víspera como cacatúas. Si consistiera en demoler todo habría sido más fácil porque Sánchez sólo habría tenido que desgranar los despropósitos del PP y no habría tenido que eludir la pregunta letal de si podía garantizar que lo que viene es mejor para España que lo que su moción dejará atrás.**


Evidentemente la respuesta es no, no hay garantías. Esto no es una cuestión maniquea ni una película de superhéroes. Es más bien un hecho histórico negativo pues implica el fracaso de los mecanismos ordinarios y la llegada de los extraordinarios. El máximo responsable es aquel cuya cabeza se pedía y que encerrado en sus tautologías no ha sabido dar respuestas a lo que era un clamor social: la lucha contra la corrupción en hecho y gestos. La política de que hablen los jueces es válida hasta que los jueces hablan. Tampoco ha funcionado el listado de éxitos en otros campos ni el de apelación a la historia señalando que el PSOE estropea y el PP arregla. Todo eso se ha acabado ya.
En este momento, la cámara está en pie aplaudiéndolo. Es el primer presidente, como señala el comentarista, que accede por la vía de la moción de censura, incluso el primer presidente que no es diputado. Unos se abrazan, otros circunspectos. Los que se abrazan lo hacen porque han obtenido un presidente; otros simplemente porque ya no está Rajoy.


Rajoy sale por la puerta chica; Sánchez entra por ella para llegar al gobierno. No hay mucho que celebrar. Rajoy no dice nada, como tantas veces.
Se abre ahora la lucha interna en cada partido. En el PP, buscando líder que les saque de la ignominia de la moción de censura; en el PSOE, entre aquellos que consideran a Sánchez un peligroso irresponsable. En Podemos apuestan por el 2020 para testarse con el PSOE. Los más felices, por partida doble, los secesionistas; han contribuido a hacer caer un gobierno y tienen en su mano presionar a uno más débil al que han votado. No tienen nada que perder, mucho que ganar una vez sentado el precedente.
Habrá quien duerma feliz, habrá quien lo haga preocupado y otros finalmente muy enfadados. Eso es lo bueno de la democracia. Puedes elegir tu estado de ánimo. Es una experiencia nueva en nuestra democracia y cuando pasen aplausos, besos y lágrimas deberían reflexionar sobre cómo hemos llegado hasta aquí. 


* "Ni un Gobierno ni otro es deseable" El País 1/06/2018 https://elpais.com/elpais/2018/05/31/opinion/1527782734_315207.html
** "Pedro Sánchez, un presidente muy a su pesar" El Mundo 1/06/2018 http://www.elmundo.es/espana/2018/05/31/5b104cf2468aeb28128b45e0.html



jueves, 13 de febrero de 2014

Al salir del metro o Rajoy en Ankara

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Creo que hay que empezar a pensar que a Rajoy realmente no se le dan bien las salidas. Algunos pensarán que tampoco las entradas y que lo suyo son las dos aguas, pero ¡con lo sencillito que suele ser ir fuera y lo que complica este hombre las cosas! Con lo bonito que les ha quedado a dos presidente necesitados de mucha foto, como son Obama y Hollande en estos momentos, el encuentro, con sus brindis y sus competiciones de bajada de escaleras y a él, a Rajoy, le toca Erdogan.
Empezó la cosa esta de los despistes con el célebre caso del país poco protocolario —el nuestro— que visita al más protocolario del mundo conocido, Japón. El presidente Rajoy se marcó un "¡chócate esos cinco!" al emperador que hasta la oposición, que es de izquierda, agnóstica y republicana, se escandalizó ante tanta descortesía con un ser en otro tiempo divino. No, la "marca España" no funcionó en Japón. Y ahora esto.

Pero ahora ha llegado lo de Erdogan, que está que se sale después de una sorprendente entrevista de cincuenta minutos en Al Jazeera, que comienza con la siguiente y lapidaria frase "Recep Tayyip Erdogan is one of the world's most prominent leaders."* Hay que reconocer que la cadena comienza fuerte y le pone en bandeja al primer ministro turco una serie de fantasías realmente sospechosas y sorprendentes sobre cómo funciona el mundo. El primer ministro turco aprovecha para hablar de lo democrático de sus acciones, de lo sospechosas que son las de los demás, que siempre están conspirando contra él, Turquía y la Historia (que viene a ser lo mismo en su visión), defiende a los islamistas egipcios y a su amigo Morsi y confirma que el mundo va a peor con Internet.
La cadena resalta en un ladillo las siguientes afirmaciones de Erdogan: "Turkey is much more free than almost all of the EU member countries. Now you're talking about the Gezi Park incidents .... Why do you ignore the incidents that took place in Frankfurt, Germany? Just recently, incidents took place in Hamburg. Why don't you see the incidents in Hamburg? You have seen what the police have done there."*
El desparpajo de este hombre tan serio es notable. El cincuenta por ciento de Erdogan es mirada y dedo, que maneja con firmeza y soltura. Erdogan jugó a ser el puente entre Oriente y Occidente y se ha quedado en medio, con problemas en ambas orillas. Las medidas para tapar la corrupción galopante que —fruto de una conspiración, claro— ha salido a la luz llevándose por delante a medio gobierno y algunos de sus hijos bien colocados en negocios de la construcción no han funcionado todo lo bien que quisiera porque el mundo no las entiende. Con la divisa turca en su peor momento, con su gobierno en su peor momento, con su popularidad en su peor momento, con la pérdida de sus amigos egipcios y demás miembros de la Hermandad Musulmana internacional en momentos bajísimos, justo en ese momento... ¡llega Mariano Rajoy!


Algo pasa en ese ministerio, desde luego, porque no es normal. El presidente Rajoy, que va a inaugurar una línea de metro llevada a cabo por una empresa española —aunque los de Mas piensen otra cosa— se encuentra, como quien dice, al salir del túnel, con un montón gente que le aplaude y aclama. Pero, su gozo en un pozo, no era por él sino que le habían llevado, sin comerlo ni beberlo, a un mitin electoral. Y allí lo tenemos, exhibido como el "amigo español" en un mitin islamista en toda regla. ¡Qué pena!
El diario El País, que no podía renunciar a este caramelo en bandeja de plata, se recrea en el asunto. El titular de la noticia —que como ya parece habitual en el periódico, muestra mano distinta a la redacción de la noticia— señala con evidente mala intención: "Rajoy lleva su apoyo a Erdogan hasta participar con él en un mitin islamista"**.
Todo el mundo sabe que tiene que hacer concesiones en las visitas al extranjero, sobre todo si hay contratos de por medio, pero también es parte de esas leyes no escritas de la diplomacia el que no se puede llevar al presidente de un país a un mitin electoral sin su conocimiento, que es una profunda descortesía, por decirlo suavemente.


A Erdogan le ha salido bien la jugada, dando a entender a sus islamistas fieles que Europa no le critica, que está con él, que ha convencido a todos de que se trata de una conspiración mediática internacional, y que su buen amigo Mariano Rajoy viene a apoyarle y demostrar lo liberal que es, que lo que él hace en Turquía es lo mismo que hacen los demás en sus países, argumento que, por cierto, usaba con mucha frecuencia el ex primer ministro iraní Mahmud Ahmadineyad, otro famoso dignatario liberal, cuando se le recriminaba la situación de Irán y sus acciones represiva.
El diario El País no puede evitar cierta sorna al describir el acontecimiento:

El viaje a Ankara será recordado en la delegación española. El momento elegido, la actitud de Recep Tayyip Erdogan y una aparente imprevisión del equipo de Mariano Rajoy convirtieron una visita de carácter económico en una auténtica encerrona con imágenes incómodas. El presidente español se vio obligado el martes a poner cara de circunstancias mientras Erdogan increpaba a su lado a un periodista del diario Zatam que le preguntó por la corrupción. Y este miércoles participó nada menos que en un mitin islamista para las elecciones locales de marzo casi sin quererlo, algo inédito para un dirigente del PP que, además, en su día fue muy crítico con la Alianza de Civilizaciones que promovieron José Luis Rodríguez Zapatero y Erdogan.
Con su deseo de gustar a las autoridades turcas, visitó el mausoleo de Ataturk y alargó un día más su viaje, dejando así plantada en Madrid a la oposición, que le esperaba en la sesión de control del Congreso. Pero Erdogan, un veterano político que lleva 11 años en el poder, se la jugó al presidente español. Rajoy fue utilizado en un acto que, convocado como una inauguración de una línea de metro de Ankara dirigida por Comsa, empresa catalana, era en realidad un mitin del partido islamista moderado, Justicia y Desarrollo, en un gran pabellón. Entre banderas del partido, gritos a favor de Erdogan de los más de 5.000 militantes y un tono mitinero del primer ministro, Rajoy funcionó como un telonero de lujo.
Turquía aspira a ser miembro de la UE, y mientras algunos países le ponen pegas, Rajoy le apoyó casi sin matices. El primer ministro turco no desaprovechó la ocasión y presumió ante su gente de su “amigo” Rajoy, líder de uno de los grandes países de la UE.**


Hay que reconocer que la expresión "telonero de lujo" habrá servido de regocijo y regodeo en algunos lugares. Pero de aquel Erdogan de Zapatero, el de la Alianza de Civilizaciones, a la que apenas se sumó nadie, con la excepción de un imam de una mezquita en Manhattan, ya no existe. El diario se empeña en llamar "moderado" a los islamistas y creo que debe ser una "norma de estilo" del periódico porque no me lo acabo de explicar muy bien. No sé qué debe hacer para que le retiren la clasificación. Hace mucho que dejó de serlo y ahora ve conspiraciones por todas partes.
Por su parte, el diario El Mundo tampoco puede evitar la sorna en los titulares: "Rajoy acaba en un mitin de los islamistas turcos tras inaugurar el metro en Ankara"***. Parece como si se hubiera perdido por los pasillos del metro de Estambul y hubiera acabado en pleno bullicio sin saber muy bien qué se repartía allí. Pues nada, ya lo sabe.


La Vanguardia nos da detalles de mitin y lleva al su titular, de forma expresa, la idea de telonero aplicada al presidente del gobierno "Rajoy hace de telonero de Erdogan en la inauguración de una línea de metro en Ankara":

Erdogan [...] presumió de la Alianza de las Civilizaciones que creo junto a Zapatero, y llamado al pueblo de Ankara a seguir en la lucha por la libertad y La Paz en Turquía.
En este ambiente, el presidente del gobierno español se contagió y subió al estrado del auditorio donde se celebraba el acto al más puro estilo de sus mítines, saludando brazo en alto y lanzando besos al auditorio. Por eso quizá, Mariano Rajoy, no habló de la balanza comercial con Turquía, ni de las reformas que ha llevado a cabo el Gobierno español, y se limitó a expresar su agradecimiento por estar en el acto y dejar claro que "Turquía y España somos dos países amigos, y lo seremos siempre", y los asistentes al acto estallaron en aplausos y jalearon a Rajoy. El presidente del gobierno español no contó más, aseguró estar emocionado por escuchar en Ankara el himno español, felicito a todas las autoridades y sólo al final expresó su orgullo porque "una empresa española" haya participado en la construcción de "esta magnífica infraestructura" y que España está dispuesta a seguir construyendo y aportando su experiencia y conocimiento.***


¿Encerrona? ¿Sacrificio? ¿Despiste? ¿Todo junto? Cada uno verá el asunto como quiera. Al que seguro que no le hubiera importado acabar en un mitin electoral  islamista sería a Artur Mas. Seguro que si le hubieran dado ocasión, habría estado encantado de recibir aplausos electorales, hacerse fotos en los andenes con Erdogan y de cualquier otra acción en la que hubiera reforzado la idea de que aquel metro no unía a España con Turquía, "dos países amigos", sino "a un país y otro en vías", con muchas ganas de hacer amigos fuera. A lo mejor la inauguración del metro corría el riesgo, además de ser un acto electoral islamista, de serlo también en la otra punta del Mediterráneo. Quizá la "emoción" por escuchar el himno español en Ankara, como señala con énfasis La Vanguardia, era doble. Ya nos enteraremos en algún momento.
El día antes del paseo por el metro turco, Mariano Rajoy contestaba así a la prensa:

De hecho, Rajoy –que mañana acompañará a Erdogan en la inauguración de esa obra en Ankara– ha destacado que esa línea de metro haya sido construida por COMSA ENTE, empresa “catalana y, por tanto, española y europea”. Esa obra, ha proseguido, une a los ciudadanos, acorta las distancias, facilita la convivencia, fomenta los intercambios y permite superar fronteras y barreras naturales.*****

¿Estaba hablando del metro turco? La jugada de Erdogan es típica de quien necesita apoyos y fotos y recurre a cualquier argucia para conseguirlas. Y así funcionan Erdogan y la política. Le ha tocado a Rajoy pagar la novatada turca, de la que habrán tomado buena nota todos los dirigentes que vayan a visitar Ankara en los próximos meses. ¡Ojo con el programa, que Erdogan te lía!
Es una pena, se dirá Rajoy para sus adentros, ¡con lo amables que eran!



* "Erdogan: Turkey's role in the Middle East" Al Jazeera 12/02/2014 http://www.aljazeera.com/programmes/talktojazeera/2014/02/erdogan-turkey-role-middle-east-201421282950445312.html
** "Rajoy lleva su apoyo a Erdogan hasta participar con él en un mitin islamista" El País 12/02/2014 http://politica.elpais.com/politica/2014/02/12/actualidad/1392199229_283354.html
*** "Rajoy acaba en un mitin de los islamistas turcos tras inaugurar el metro en Ankara" El Mundo 12/02/2014 http://www.elmundo.es/espana/2014/02/12/52fb4b3eca47418f688b456b.html?a=d65770b9477b4cdbdf5a880c9f395807&t=1392236201
**** "Rajoy hace de telonero de Erdogan en la inauguración de una línea de metro en Ankara" La Vanguardia 12/02/2014 http://www.lavanguardia.com/politica/20140212/54401083961/rajoy-telonero-erdogan-inauguracion-metro-ankara.html

***** "Rajoy recalca a Artur Mas que está dispuesto a hablar de todo menos de “romper la soberanía nacional”" Diario de Avisos 11/02/2014 http://www.diariodeavisos.com/2014/02/rajoy-recalca-artur-mas-esta-dispuesto-hablar-todo-menos-romper-soberania-nacional/



Campaña publicitaria del diario Metro en Holanda 



jueves, 3 de octubre de 2013

Rajoy, Japón y la pura significatividad

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
Después de haber asistido el viernes a una preciosa representación de teatro de marionetas japonesas, de Bunraku —los que hayan visto la película de Takeshi Kitano, Dolls, lo recordarán— y enterarme que estamos en algo que llaman el "año dual" —que a mí me suena a cosa de los discos antiguos—  me quedé muy contento. ¡Hace cuatro siglos que tuvimos el primer contacto con Japón y ellos con nosotros!
Pero, cuando pensaba que la emoción común iba a ser verdaderamente común, me encuentro con que Mariano Rajoy va a Japón y lo chafa. Los titulares de los periódicos poseen una extraña concordancia: no se inclinó lo suficiente. ¡Vaya por Dios!
Parece ser que el presidente es inflexible hasta en Japón, país que ha hecho de la flexibilidad un rasgo nacional. Para ser exactos: en España nuestros dirigentes son inflexibles con la flexibilidad, es decir, no perdonan un despido ni un recorte. Eso explica en cierta forma la interpretación que el diario El Mundo hace del apretón de manos —impropio para las delicadas manos imperiales— y de su estiramiento. Dice el diario:

Eso de que Rajoy haya dado la mano al emperador nipón como si estuviera saludando al portero, está no sólo fuera de lugar, sino que puede llevar a los japoneses a considerarlo como una falta absoluta de respeto hacia su jefe de Estado.
Akhito recibe cada año a decenas de mandatarios extranjeros. Y si Rajoy ha llevado los recortes hasta el departamento de Protocolo de Moncloa, le hubiera bastado con mirar en Google las fotos de presidentes y primeros ministros del mundo entero que le han precedido de visita oficial en Japón, para saber cómo tenía que saludar al emperador.*


Hay que reconocer que esto más que una explicación. Como imagen surrealista, en cambio, funciona bien porque nos hace imaginarnos a Mariano Rajoy buscando en Google. Y creo que sí, efectivamente, que el presidente le ha estado dando al buscador porque ¿de qué hablas con un emperador japonés cuando no hablas japonés? Explica el diario tras señalar que el emperador de Japón es la cabeza visible de la dinastía más antigua del mundo que Rajoy "le ha saludado más tieso que el palo de una escoba". De nuevo el juego del contrapunto: la escoba y el emperador. Es el feo más feo desde que Rodríguez Zapatero, que sí se inclinó lo justo ante el emperador —según demuestra la foto recordatoria que El Mundo adjunta— no se levantó ante el paso de la bandera norteamericana. Aquel era un feo ideológico y esto no se sabe si es un lumbago. Aprovecha el diario para hacer un recorrido gráfico para mostrar el grado de inclinación de los distintos mandatarios que han visitado al emperador, en algo que parece un homenaje, más que al emperador, a la Torre de Pisa. ¿El que más se inclina? Pues Barack Obama, el más atlético, el más en forma.


El Mundo insiste en el surrealismo de la situación al titular la noticia "Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón", con lo que logra dotar de un sentido juvenil y retozón a la imagen del presidente. Más que un reencuentro de cuatro siglos parece querer reflejar el de unos compañeros de guardería para recordar viejos tiempos.
En cambio, el titular de El País nos desplaza a un nuevo escenario y reza así: "Rajoy presume ante inversores japoneses de las bajadas de sueldos en España".

El presidente explicó al emperador que en España no hay ningún temor a la situación en Fukushima, como prueba que él vaya a ser el primer dirigente occidental que visite la ciudad. Rajoy, amante del fútbol, trasladó al emperador la anécdota de que un conocido árbitro de primera división, Japón Sevilla, lleva ese apellido como descendiente de la primera colonia de japoneses que se instaló en España en 1614 después del primer contacto diplomático entre ambos países, que precisamente se conmemora ahora.**


Esto echa un tufillo a Wikipedia que tira para atrás. Yo no me imagino a Tom Cruise —El último samurái— hablándole al emperador de Japón de un árbitro de fútbol, descendiente de algún enviado de sus ancestros. A mí, si me preguntan por "Japón Sevilla", digo que sería una línea de Iberia para la Expo, o algo así. Sabemos por qué su padre se llama "Japón", pero nos quedamos con las dudas de por qué se llama también "Sevilla". ¿Quién le iba a decir al árbitro que, además de las cosas que habrá tenido que aguantar por esos campos de Dios por el simple hecho de vestir de negro sobre un césped verde, el presidente Rajoy iba a soltarle su historia al emperador de Japón? Me imagino que gracia-gracia le habrá hecho poca.

Sin embargo, siguiendo la senda de Fraga en Palomares, el presidente resaltó nuestra tradicional falta de temor a las radiaciones. El emperador, que es un hombre sencillo nacido en un mundo complicado, habrá valorado que lo del protocolo no lo entiende todo el mundo, pero que lo de la radiación sí. Y habrá pensado que los españoles somos así, parcos con el protocolo pero generosos con la contaminación. Lo uno por lo otro. La verdad es que yo en las fotos veo a ambos relajados. A quien sí veo muy preocupado, en cambio, es al traductor, pero me imagino que estaba pensando en lo del árbitro "Japón Sevilla" y las consecuencia que ello tendría en su carrera como traductor imperial. Ahí estaba el centro de la noticia, el foco informativo, el documental de la BBC, el reportaje de Telemadrid, etc. Pero nadie se ocupa ya de la gente sencilla.
El titular sobre presumir de bajadas de sueldo que El País ha resaltado lleva añadido la reacción del líder de la oposición socialista quien, abandonado en suelo patrio, avisa del regreso: «Rubalcaba: "Que venga y cuente lo mismo"», ha dicho desafiante. Está fatal de eso de presumir de bajar el sueldo, especialmente por el extranjero. Pero sí no se ve inconveniente en hablar de fútbol con un emperador, los protocolos de los inversores —que son de otro tipo— impiden hablar de "buenos sueldos". De la delicadez imperial a la brutalidad económica, que no admite muchas florituras. Por el camino que llevamos, habrá que presumir de buen sol y sueldos bajos, que es lo que el mundo espera de nosotros. Triste pero cierto. Por eso los políticos han desarrollado muchos eufemismos —ajustes, recortes, techos...— para encubrir esta fea realidad de un mundo carroñero en donde despedir a media plantilla es "saludado" por los inversores y bajar los sueldos recibe homenajes y aplausos. Son los gestos protocolarios de la jungla, el ritual de los tiburones, el caníbal mirando las calorías.


El Economista —que debería entender estas cosas porque las practica todos los días—, sin embargo se suma al surrealismo informativo y va más lejos y, arremetiendo contra todas las normas periodísticas, comienza su texto con una definición del Diccionario de la Real Academia:

'Reverencia': 1. Respeto o veneración que tiene alguien a otra persona. // 2. Inclinación del cuerpo en señal de respeto o veneración. // 3. Tratamiento que se da a los religiosos condecorados o de cierta dignidad. El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, ha olvidado que hoy era día de reverenciar y se ha saltado la norma que marca la necesidad de inclinarse ante el emperador Akihito de Japón.
Ha ocurrido durante la recepción en el Palacio Imperial de Tokio. Rajoy no se ha humillado ante Akihito como manda el protocolo y ha saludado al nipón con un 'occidental' apretón de manos.***


Como no entiendo japonés, no entro a ver las reacciones de los medios de allí por si hay noticias sobre la movilización del Ejército japonés, del despertar del nacionalismo belicista o una oleada de suicidios rituales frente al palacio imperial para lavar la ofensa. Pero, no, no me encuentro nada así. No hay señales de Mariano Rajoy. Nadie grita ¡banzái! ni cosas por el estilo. Repaso The Japan Times y no encuentro nada. Corrijo: hay un enlace que habla de la visita pero no lleva a ninguna parte. ¿Han borrado al presidente del mapa? Hay 22 noticias sobre Mariano Rajoy, pero antiguas, hablando de Bárcenas y sus papeles la última. Paso al Japan Today y, no, tampoco encuentro rastro de la visita.


Sigo repasando la prensa internacional que despacha, como Reuters, la visita con una simple foto. Nadie dice nada del saludo, aquí cuestión nacional. A nadie le importa si Mariano Rajoy se inclina o hace el pino. ¿Es esto posible? Repaso y repaso y repaso... Lo más que encuentro es una noticia en Japan Today que habla de los malos modos de los que van a hacer jogging en la proximidades del Palacio imperial, que se llevan por delante a la gente mayor que pasea y no se disculpan... ¿Serán Rajoy y su séquito?, me pregunto ante tanto ignorar. Algunos dan la visita de Mariano Rajoy solo con la foto del Emperador, que es quien realmente preocupa a los japoneses.


¿Será posible —me vuelvo a preguntar perplejo— que a los japoneses les traiga el asunto al pairo y que seamos solo nosotros, los medios españoles —los del país del tuteo, del "¿qué pasa, tío?" y del "¡hola!, ¿qué tal?"—, los que vayamos con las normas de protocolo imperial por delante, que no pasemos una? ¿Son tan educaditos los japoneses como para mirar para otro lado y seguir con una sonrisa impertérrita un error de protocolo —hoy por ti, mañana por mí— elevado al rango de tsunami, frente a nuestro rasgado de vestiduras y que, con tanto republicano suelto, nos hayamos vuelto imperiales? ¿Por fin respetamos algo? Pues no lo tengo yo muy claro... ¿Hemos pasado de la iconoclastia maleducada al protocolo imperial, que ya es rizar el rizo?


Hay varias explicaciones. la más sencilla dice que se recurre a lo que sea para meter el dedo en el ojo. Es sencilla y funcional. ¡Presidente, te pillamos! Y mientras nosotros elevamos el incidente protocolario al rango de Pearl Harbour, los japoneses pasan olímpicamente, sobre todo ahora que tienen ya los Juegos en Tokyo. Es una especie de tú no te libras ni en Japón. 
El titular del diario El Mundo —"Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón"—, hay que reconocerlo, es muy extraño. ¡Extrañísimo! Y mucho me temo que hará pasar a nuestro presidente de forma muy negativa a la Historia de los visitantes del imperio. El Emperador habrá dejado instrucciones en su testamento para que no se celebren los próximos cuatro siglos "duales", y que si se hace algo se haga por videoconferencia y con retardo por si hay que cortar algo. Aquí unas muñeiras, allí algo de judo y ya está.


La otra explicación que he encontrado para estas extrañas formas de titular es que alguien, para animarle, le dijo a Mariano Rajoy: "¡Presidente, tú inflexible!" y, ante la duda de si se refería al saludo o a los recortes y bajadas de los sueldos, decidió tirar por la calle de en medio y quedarse tieso como un palo en la recepción y presumir después de minisueldos con los "inversores", incluso de "sueldos virtuales", que son las "nuevas tecnologías" de la remuneración. No tengo yo muy claro si la reunión ha sido para que los japoneses inviertan en España o para que las empresas españolas intente trabajar en Tokyo con lo que necesiten para esa Olimpiada que se nos escapó —otra hipótesis seriamente fundamentada, casi de rigor científico— por el inglés de nuestros representantes.
No digo esto último por simple anécdota o ironía. La traicionera barra de direcciones de mi navegador me revela que el titular de la noticia de El Economista originariamente fue este: "Rajoy-se-estrena-en-japones-Domo-arigato-gozaimachita-Muchas-gracias.html". Muy ilustrativo. Estamos haciendo un periodismo extraño, casi de crucifixión —unos días con unos, otros con otros— y chascarrillo —todos los días—. Alguien sensatamente lo cambió por un relativamente más comedido: "Rajoy, descortés ante el emperador de Japón al no saludarle con una reverencia". Si ser presidente del gobierno es duro en España, no lo es menos ser lector de periódicos.
Luego nos quejamos del "collar de Merkel" o del "bolso de Bruni". Con la que tienen allí con Fukushima y con la que tenemos aquí (escoja lo que más le interese o enfade), la cuestión de la inclinación protocolaria —o del tamaño de la flor en la solapa, que esa es otra— no deja de ser la cagadita de una efímera mariposa sobre la piedra más pequeña del monte Fuji en el día más corto del invierno. Sin embargo, aquí se ha convertido en un "efecto mariposa": un pequeño aleteo allí, una conmoción nacional en España, país protocolario por excelencia. El país de la quema de banderas, de las pitados al himno, el país de las mil banderas, de los insultos a ministros y zarandeos a diputados, del hoy me he levantado republicano, mira por dónde, se escandaliza por unos pocos grados de inclinación de la columna vertebral.
El emperador será bajito, pero es grande en otro sentido. Nosotros, en cambio, somos pequeños pero gritones. Aquí no le decimos al emperador —al del cuento— que va desnudo, sino que especulamos directamente sobre el tamaño de sus atributos.


Me gustaría terminar este ensayo perplejo en el que hemos pasado revista al protocolo de los emperadores, al diccionario de la Real Academia, a los árbitros de fútbol, a los corredores de los jardines del Palacio, a los titulares españoles y japoneses, etc. con las palabras de un señor que se enamoró de Japón, Roland Barthes, porque veía en él la concreción material de sus teorías semiológicas. Escribió un precioso librito que llamó El imperio de los signos, donde establecía que en Japón todo se convierte en ritual y que el ritual no es más que otra forma de escritura.

Contaba así su experiencia de sumergirse en un espacio del cual se desconoce absolutamente la lengua que te envuelve:

La masa susurrante de una lengua desconocida constituye una protección deliciosa, envuelve al extranjero (por poco que el país no les sea hostil) con una película sonora que detiene en sus oídos todas las alienaciones de la lengua materna; el origen, regional y social de quien la habla, su grado de cultura, de inteligencia, de gusto,, la imagen mediante la cual él se constituye como persona y pide reconocimiento. Por esto, ¡que descanso en el extranjero! Allí estoy protegido contra la estupidez, la vulgaridad, la vanidad, la mundanidad, la normalidad. la lengua desconocida, de la que no obstante aprehendo la respiración, la corriente aérea emotiva, en una palabra, la pura significatividad, conforma en torno mío, a medida que me desplazo, un ligero vértigo, me arrastra en su vacío artificial, que solo se cumple para mí: me mantengo en el intersticio, desembarazado de todo sentido pleno. (p. 17)

Bonita forma de expresar que no entender es un placer que nos priva de sufrir la estupidez de lo que comprendemos. Si te gusta un país, no aprendas su idioma, porque acabarás descubriendo que hay tantos tontos como en el tuyo. ¡Quién pudiera quedarse en el intersticio, en ese limbo en el que las palabras son solo sonido, música celestial!



* "Rajoy no se inclina, se columpia ante el emperador Akihito de Japón" El Mundo 02/10/2013 http://www.elmundo.es/elmundo/2013/10/02/espana/1380722878.html
** "Rajoy presume ante inversores japoneses de las bajadas de sueldos en España" El País 02/10/2013 http://politica.elpais.com/politica/2013/10/02/actualidad/1380735100_491428.html
*** "Rajoy, descortés ante el emperador de Japón al no saludarle con una reverencia" El Economista 02/10/2013 http://ecodiario.eleconomista.es/politica/noticias/5191689/10/13/Rajoy-se-estrena-en-japones-Domo-arigato-gozaimachita-Muchas-gracias.html

**** Barthes, Roland (1991). El imperio de los signos. Mondadori, Barcelona.






sábado, 20 de julio de 2013

Los argumentos

Joaquín Mª Aguirre (UCM)
No acabo de entender el razonamiento asumido por el conjunto del Partido Popular de que no hay que dar explicaciones "porque Bárcenas está en la cárcel". Sinceramente, no lo entiendo. Las explicaciones no se le deben dar a su ex tesorero sino a la sociedad española en su conjunto. No digo siquiera la "oposición", sino la "sociedad española", porque la explicación se debe tanto a los que no le votaron como a los que le votaron. Quizá con especial obligación a estos últimos, que les gustaría saber qué han hecho las personas a las que dieron su voto fiándose de las recomendaciones del Partido.
El argumento es falaz y, si se me permite, tonto e infantiloide. "Dar explicaciones" es "dar explicaciones" y forma parte del juego natural de la democracia. Es cierto que no es excesivamente ejemplar cómo lo usan el conjunto de los políticos españoles, pero eso no debe ser justificación para sustraer una información relevante para el conjunto de la sociedad que la reclama.

Señala Amartya Sen —el Premio Nobel de Economía— en su obra "La idea de la justicia" (2009)* que la democracia va más allá de las urnas, que los votos son solo el principio. Tras analizar el pensamiento de diversos teóricos de la Ciencia Política, señala Sen: "[...] todas estas nuevas contribuciones han ayudado a promover el reconocimiento general  de que las cuestiones centrales en una comprensión amplia de la democracia son la participación política, el diálogo y la interacción pública." (356) Una "comprensión amplia de la democracia" es ir más allá de los votos.
La reducción de la democracia y el juego político derivado a una mera cuestión de votos y mayorías, si va en detrimento de los tres factores señalados por Sen. De hacen un flaco favor al sistema reduciendo la "calidad" de la democracia, un factor que es de difícil medida —es más fácil contar votos—, pero que debe ser tenida en cuenta. La "calidad" de una democracia es la que garantiza la satisfacción social y el apoyo a las instituciones. No podemos decir que España sea un país "satisfecho" en estos momentos. Y por muchos motivos, algunos inaceptables.
El Presidente del Gobierno ha sacado el argumento de la "legitimidad" de los votos depositados en las urnas para su gobierno frente a "la calle". El argumento tiene un punto de demagógico porque no son las acciones de gobierno por las que se le piden explicaciones (ya se le pedirán en las urnas), sino por lo que no ha sido sancionado por el voto de nadie: las irregularidades que salen cada día en aspectos que afectan al partido y a algunos de sus integrantes.


Cuando el Presidente llegó al gobierno, se modificaron aspectos claves de su compromiso electoral con la explicación de que el panorama que se encontraron no se parecía al que habían contemplado al realizar sus estimaciones en los programas. Unos lo entendieron mejor que otros, pero se dieron entonces "muchas explicaciones": "no nos gusta subir impuestos, pero los subimos porque no hay más remedio", etc. El argumento del "no nos gusta pero..." se ha dado como explicación continua cuando se justificaban los desvíos de los compromisos electorales.
Lo que se está pidiendo ahora es otro tipo de explicaciones. Pero el argumento esgrimido es que nadie tiene derecho a pedir explicaciones, ni la oposición, ni la calle, ni las encuestas. Los votos dados son el compromiso del gobierno, pero también han sido dados para tener unos gobernantes transparentes. Matizo en la distinción entre "gobierno" y "gobernantes" transparentes porque en el primero está explícito que debe serlo, mientras que en el segundo está implícita la transparencia: suponemos que se presentan ante nosotros con sinceridad y honestidad. Los gobiernos tienen que ser claros y los políticos honestos. Por eso el silencio encastillado es inadmisible.

El argumento dado por el portavoz del PP, Alfonso Alonso, de que "él no conoce la financiación de otros partidos", queriendo señalar —como si fuera una partida de póker— que el que quiera ver la jugada debe enseñar antes su cartas es igualmente infantil y grotesco. Ahora mismo casi la totalidad de los partidos están ante la Justicia por un caso u otro, desde Cataluña a Andalucía, de Baleares y Valencia a Castilla-La Mancha o Navarra. Pero eso no debe ser una excusa para no dar las explicaciones que haya que dar. ¿Cuántas explicaciones? Las necesarias hasta que el caso esté aclarado y sea nítida la voluntad de transparencia, algo que no es evidente en ningún grupo político.
La vida política española no puede estar sometida a este desgaste y descrédito constante. El argumento, tan esgrimido por todos, de que la mayoría de los políticos son honestos debería completarse con que también son "tíbios", porque son ellos los que deberían tomar el toro por los cuernos y sacar adelante la confianza bajo mínimos de la sociedad española. Son los políticos los que están hundiendo la política, con sus acciones y silencios, con su ir y venir de juzgados y declaraciones. Es desalentador.


La tentación de convertir el escenario de una "moción de censura" en una especie de plebiscito que lave la cuestión es absurda. La oposición se ha adelantado demasiado en esto y algunos se han dado cuenta. Nos encontramos ante una situación en la que el número de votos o votantes no es relevante. Se trata de saber la "verdad" de algo, no de decidirla en votación, sistema en el que la democracia española ha incurrido en falta demasiadas veces. Los votos no "lavan" irregularidades; ni antes ni después.
España se enfrenta al peligro de un vacío político creado por el rechazo generalizado que la clase dirigente —con poca clase, todo hay que decirlo— está suscitando entre la sociedad. La creencia en que no existen relevos reales, sino meras sucesiones, contribuye a pensar que los escándalos se tapan y son solo los jueces los que están capacitados para destaparlos.

Dejar en manos de los jueces la resolución de esto, como hacen todos, no es más que el reconocimiento explícito de su falta de voluntad de arreglo. Invocar, en esta tesitura, la "legitimidad de los gobiernos por las urnas" es distraer la atención de la cuestión central: los gobiernos y representantes políticos, todos aquellos que reciben una responsabilidad de las urnas, son elegidos para actuar honesta, transparente y justamente. Cuando dejan de hacerlo, no pueden esgrimir en defensa de su silencio lo que debería ser su obligación: explicar sus actos. 


La ausencia de explicaciones no puede ampararse nunca en los votos. El pueblo "habla" en las urnas, sí; pero los electos tienen la obligación de dar lo que toda la sociedad está esperando, una explicación. Los gobiernos no tienen "voto de silencio".


* Amartya Sen (2010). La idea de justicia. Taurus, Madrid.